Rosita y la rusita

A lo largo de mi vida, he escuchado cientos de veces que la actitud que hay que tomar ante la realidad es la abrir la puerta a las nuevas oportunidades que puedan surgir. Yo mismo quizá alguna vez di ese consejo, aunque he de decir en mi defensa que no soy de ese tipo de frases. La verdad es que me tocan un poco los cojones.

No porque opine que haya que tomar la postura contraria, sino porque la gente a veces considera estupidez, cerrazón, provincianismo o cobardía el rechazar cosas que, según el paradigma socialmente aceptado, son apetecibles. Pues mira, a lo mejor resulta que a mí el parámetro mayoritariamente consensuado para valorar las cosas como deseables me la refanfinfla tanto como la programación de Radio María. ¿Eso me convierte en un sujeto cerrado, aislado o temeroso? Hombre, yo diría que no, pero igual es por eso que ando buscando a la chica de mi vida por los escaparates de la Bajada de la Libertad.

Por otra parte, ese tipo de máximas están llenas de hipocresía. El comportamiento que mostramos como seres individuales y, sobre todo, como sociedad, es diametralmente opuesto. Cortamos el paso, bloqueamos nuestros umbrales de entrada, denegamos el acceso a lo diferente, nos negamos a tomar el riesgo de mezclarnos con ello. Vivimos aferrados a nuestra zona de confort y no queremos ni oír hablar de algo que amenace con sacarnos de ella.

Sin embargo, a veces no sabemos lo que nos perdemos. Hay ocasiones en las que dejar la puerta abierta, permitir que penetre en nuestras casas otro ser humano ajeno a nuestra cultura, costumbres y modo de vida puede incluso salvar ésta.

Esto es más o menos lo que trata de relatar la directora Marina Seresesky en su primer largometraje (había destacado previamente con cortometrajes como La Boda y El Cortejo), titulado exactamente así, La Puerta Abierta. La historia se centra en Rosa, personaje interpretado por Carmen Machi, una prostituta de mediana edad que vive en una comunidad de vecinos donde hay otras mujeres que ejercen el mismo oficio y también una vecina fisgona y fiscalizadora que tiene un enfrentamiento abierto con ellas.

Cartel promocional de

Cartel promocional de “La Puerta Abierta”. (Imagen: filmaffinity.com

La sucesión de un hecho trágico en este singular mundo, ubicado en un edificio cualquiera levantado en un lugar cualquiera de un barrio obrero de Madrid, alterará la vida de la protagonista y de la comunidad entera. El simple gesto de dejar franca la entrada de su piso hará que Rosa se vea en la tesitura de arriesgarse a cambiar su vida, que no le gusta pero de la cual no puede ni quiere escapar, o dejar que siga como siempre, expulsando al elemento extraño que puede desestabilizar por completo esa penosa rutina que lleva.

Rosa no es puta por vocación –¿alguien lo es?–, ni tampoco porque se lo hayan impuesto, aunque en realidad sí se sintió empujada a dedicarse a ello desde que nació por su madre, Antonia, a quien da vida la gran Terele Pávez (que para algunos siempre  será Doña Pura, la madre de Antonio Alcántara en Cuéntame Cómo Pasó).

Por lo tanto, Rosa –Rosita en la calle y en la esquina– no tuvo demasiadas opciones. Para colmo, Antonia está en silla de ruedas y algo trastornada, es cascarrabias, demandante y faltona, y le hace a Rosa la vida imposible. Como curiosidad, decir que la elegida para hacer de Antonia era Amparo Baró, pero la inolvidable actriz tuvo que dejar el rodaje, pues ya sufría la enfermedad que la mataría poco después. Habría sido fantástico ver a Machi y a Baró de nuevo juntas, reviviendo los tiempos de Siete Vidas.

Con todos esos condicionantes, cómo podría Rosa resistirse a la tentación de variar el rumbo. Sin embargo, no es tan fácil. A las propias censuras que la propia Rosa se impone, el miedo que la atenaza y se viste de bloqueo emocional y una frialdad de roca calcárea, se unen las censuras sociales, que son casi siempre las más potentes, y las oficiales. La ley, que supuestamente trata siempre de velar por los intereses de los ciudadanos y su seguridad, pero que normalmente tiene más aristas y contradicciones que un personaje de Alejandro Dumas.

Además de Machi y Pávez, que están imperiales, el mayor mérito de esta película está en mi opinión en los personajes secundarios, que tienen una fuerza impresionante y llenan al conjunto de una autenticidad exquisita. Desde La Hiena (Sonia Almarcha) hasta la policía (Mar Saura), pasando por Asier Etxeandia, que encarna de manera formidable a un travesti que pone el contrapunto afectivo a la pétrea Rosa.

De izquierda a derecha, Terele Pávez, Marina Seresesky, Carmen Machi y Asier Etxeandía. (Imagen: Diario de Navarra).

De izquierda a derecha, Terele Pávez, Marina Seresesky, Carmen Machi y Asier Etxeandía. (Imagen: Diario de Navarra).

Mención aparte merece la niña rusa, Lucía Balas, fundamental en el filme, y que demuestra lo que ya se viene observando de unos años para acá. Los niños actores españoles cada vez son mejores y van dejando atrás aquella fama –en parte, cierta– de que los intérpretes menores de edad de nuestro país desmerecían por completo de los de otros, sobre todo los americanos. Hoy en día esto ha quedado atrás y ya no sucede lo de antes, cuando veíamos una película española y a todos de vez en cuando nos asaltaban las ganas de que se cometiera un infanticidio (sin que trascendiera de la gran pantalla, por supuesto).

Lucía (Balas) es la rusita y Carmen (Machi) es Rosita. Las dos parecen condenadas a llevarse bien, pese a que Rosa hace bastantes méritos para que la niña la odie. Pero una vez que se deja la puerta abierta, es difícil cerrarla de nuevo.

Rosita y la rusita. (Imagen: guiadelocio.com).

Rosita y la rusita. (Imagen: guiadelocio.com).

Fuera aparte del mensaje que transmite la película, que me parece totalmente válido y necesario para los tiempos que corren –pese a que el crítico de El Diario El Periódico Quim Casas opine que se trata de un cine con buenas intenciones pero superado– , me parece un trabajo excelente.

He de reconocer que la guionista y directora lo tenía fácil para encandilarme con esta cinta porque soy un enamorado de las historias de barrio que tienen un toque de tristeza nostálgica. Pero eso puede hacerse con acierto o de forma errónea, y claramente Seresesky da en el clavo con La Puerta Abierta. Porque no sólo se trata de una película con “solidaridad entre seres al límite (putas, travestis, drogadictos) y muy poco más”, como dice Quim Casas. Una expresión muy desafortunada, dicho sea de paso.

Yo no tengo ni idea de cine, a diferencia de Casas, pero me parece sorprendente que un experto como él no sea capaz de ver lo que yo veo.

Un elenco de grandes profesionales dándolo todo por un proyecto en el que se nota que hay compenetración y buena química entre ellos. Una directora que tiene la habilidad de darnos planos cortos de elementos aparentemente insignificantes e irrelevantes (unas pinzas para tender la ropa, unas macetas…), pero que resultan muy importantes para contextualizar el ambiente suburbial el en que se desenvuelven los personajes.

Un guión tragicómico, que sabe manejar eficazmente el cambio de registro cuando la narración lo requiere. Un texto que, fantásticamente ejecutado por las actrices y los actores, hace reír, genera sentimientos de ternura, de asco y de aprensión. Una película que, lo más importante, conecta con los espectadores. Como he dicho en alguna otra crítica, esa es la clave. Y de historias que conectan, sí creo saber algo.

Por suerte, hay otros críticos que sí han sabido apreciar el valor de este largometraje. También ha tenido un buen recorrido en festivales, obteniendo, entre otros premios, la Tesela de Oro del Festival de Alicante, como destaca Javier Caro en un recomendable artículo sobre el largometraje.

(Imagen: labutaca.net).

(Imagen: labutaca.net).

Y, sobre todo, el público la ha dado su respaldo, pese a su escasa campaña de promoción y su limitada distribución. No tiene el presupuesto de Tarde para la Ira, la película española de moda (con permiso de la taquillera Cuerpo de Élite y de la estrenada este fin de semana, El Hombre de las Mil Caras), que, aunque también muy buena, es otro tipo de cine, mucho menos entrañable.

En cualquier caso, son dos ejemplos de películas españolas que vuelven a confirmar la tendencia de los últimos años, esa que algunos (como por ejemplo el ínclito Cristóbal Montoro) se empeñan en negar. En España se hacen muy buenas películas (siempre se han hecho, pero últimamente todavía más), que además gustan y recaudan mucho dinero. Y, por encima de todo, son cultura. Nuestra cultura.

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La chica de mi vida

Hace dos días me encontré con el miembro principal de la que será mi nueva familia. Bueno, lo cierto es que aún me falta que ella lo sepa, pero todo se andará. La cosa es que me crucé, así como por casualidad, con la mujer de mi vida. O, mejor dicho, con la chica de mi vida, que yo para estas cosas todavía me siento muy adolescente.

Sólo la vi unos instantes, de perfil, el lado derecho de su rostro. No sé si iba sonriendo, ni me pude fijar demasiado bien en sus rasgos faciales, pero estoy seguro de que era preciosa, sin ser excesivamente guapa, y que sólo llevaba una fina capa de maquillaje. Era rabiosamente atractiva, con un toque de salvajismo aventurero. Su semblante desprendía personalidad e independencia, pero podía adquirir con facilidad pliegues de dulzura y afectuosidad.

Todo esto lo vi realmente, aunque casi no pudiera verla. Lo vi como los corruptos ven ese dinero que se estructura en sociedades-fantasma radicadas en paraísos fiscales.

Sí me pude apercibir algo más de su figura, que me pareció espectacularmente sencilla y bonita. Iba vestida un poco con ese estilo que yo –aunque no lo supe realmente hasta el otro día– siempre había pensado que tendría la chica de mi vida. Simple, sin aderezos innecesarios, con un toque encantador de urbanidad. Con vaqueros de esos que dibujan el culo con precisión y exquisitez, calzado robusto y chaqueta fina y abierta que dejaba a la luz una blusa suave, verde, de ligero escote.

Bueno, a decir verdad no sé si era una blusa o una camiseta, y lo del escote me lo he inventado, pero, dado que era la chica de mi vida, necesariamente tenía que vestir así. Además, mi novia usaría una indumentaria opuesta a la descrita, lo cual confirma, por contraposición, que esta chica, la de mi vida, con quien me topé lateral y fugazmente, necesariamente debía lucir ese aspecto.

El impacto fue brutal. Fue como si una brisa invisible me pegara una hostia. Pero con cariño. Me detuve a los pocos metros, quizá demasiados –siempre he sido de efectos un poco retardados– y me volví. Ella, esquiva sin saber que lo estaba siendo, permanecía detenida en el punto donde yo la había visto, fascinantemente despreocupada.

Yo, mientras, gripado como el motor de un coche clásico –y que conste que no lo digo por el mío–. Pensé en hacer algo –no sé exactamente qué–, porque en ese momento me dispararon balas de fogueo desde algún sitio de mi conciencia. “Álber, ¿vas a dejar que se vaya sin más, después de todo lo que te ha costado encontrarla?”. Pero no hice nada, sólo me quedé mirándola unos segundos, los suficientes como para confirmar que era quien era.

En esta inmovilidad influyeron varias cosas. La primera, que no tenía ganas de que la chica de mi vida pensara, así de primeras, sin conocernos, que yo era un perturbado de esos que merodean por la tarde-noche vallisoletana. La segunda, el temor al desengaño, no por ella, que sin duda era el colmo de colmar cualquier expectativa, sino por mí, pues en estas lides soy un poco como el hombre-gatillazo con exceso de retroceso. Tercera, llegaba justísimo al cine. No, mi novia no estuvo entre mis motivos de mi parálisis.

Así que me quedé así, tontuelo perdido, sin que ella llegase a cruzar sus ojos con los míos, mientras aumentaba todavía más el monzón interno, que me caló hasta el esternocleidomastoideo.

Con ese aguacero de aceite desengrasante para el corazón, cómo no deducir que se trataba de lo que, sin ningún género de duda, era: el despertador de mi siesta sentimental. Algo así como el Sálvame Deluxe de mi corazón aletargado, la crema hidratante de mi sexo agrietado. Lo siento por mi novia, que estará leyendo esto, pero te lo digo como lo siento, cariño, no puedo seguir viviendo con tantas estrías emocionales y físicas.

Otro punto importante que me llevó a alcanzar estas conclusiones tan elevadas y al mismo tiempo tan terrenales fue el contexto. El contexto siempre es muy importante en este tipo de sensaciones. Primer detalle. Yo avanzaba por la acera izquierda de la Bajada de la Libertad, que precede a la calle de las Angustias. Segundo. Ella estaba mirando un escaparate, y las chicas de la vida de uno siempre están mirando escaparates. Eso es así.

Tercero, hacía rasca y medio llovía. El otoño se había adelantado. En verano, uno puede encontrar amores fugaces como en la canción del Dúo Dinámico. Pero las chicas de tu vida aparecen en la estación de la belleza decadente, cuando hace un tiempo de perros. Esto es una verdad irrefutable.

Cuarto, y tal vez el más importante. No la pude observar, se giró hacia el muro de cristal justo en el momento en el que yo pasaba. Está claro que, para que una chica sea tan especial, has de no poder mirarla completamente, sólo intuirla. Únicamente de esa manera te pega el torbellino de amor ad hoc.

Quinto. Como casi todos los quintos, un detalle insignificante, que podría haber omitido. Sin embargo, pensándolo posteriormente, me di cuenta de que tenía mucha más trascendencia de la que parecía. Me dirigía al cine Casablanca, esas pequeñas salas céntricas de Valladolid que sobreviven a las grandes productoras y a las pantallas de usar y tirar de los multicines y en la que los aficionados al cine de autor nos refugiamos de vez en cuando. Por eso, mi novia había decidido no acompañarme.

Ella detesta esa clase de películas, aunque en realidad ésta, La Puerta Abierta, no la habría disgustado. Te juro, mi amor, que esta afirmación nada tiene que ver con que las protagonistas se dediquen a la prostitución. Lo digo por la calidez humana de la historia, porque no es asiática y no hay que leer subtítulos. Pero ya sé que, para ti, Casablanca, leer y cosas de indios o de chinos es todo uno.

Es una suerte, porque, gracias a eso, me encontraba caminando solo cuando apareció la chica de mi vida. Cariño, cuando te deje formalmente –aunque he escrito esta entrada para que te fueras haciendo a la idea– te daré las gracias, porque tu poco interés por mis aficiones, nuestra incompatibilidad en lo que a gustos se refiere, posibilitó que ella surgiera en mi tránsito.

Sexto detalle, y posiblemente la gota que hizo rebosar el vaso de mis sentimientos. El momento del día era propicio para el toque de patata. Alrededor de las diez menos cuarto de la noche, en esa fase del día en la que los oficios dejan paso a la pérdida de beneficios y yo me crezco. Siempre lo hago. Puede que el resto del día haya sido una completa mierda, pero es llegar el crepúsculo y me vengo arriba. Luego, en la noche, me desprendo de los zurullos acumulados y casi consigo dormir bien, especialmente si mi pareja actual y yo no hacemos el amor descafeinado de máquina.

Aunque, casi más importante que el momento por el que atravesaba la jornada, fue lo que estaba ocurriendo a través de las ondas. Porque yo jamás podría haber encontrado a la chica de mi vida sin una banda sonora de fondo. Y, como casi todos los días a esas horas, escuchaba Flor de Pasión. Era jueves, último día de la semana de emisión del programa, y, al igual que yo, el mítico Juan de Pablos se crece en los finales.

Su voz ronca y aterciopelada comenzó a vibrar, no sé si producto de la emoción o del evidente resfriado que tenía –y que yo, para completar la simbiosis, también padecía–. Me inclino a pensar que era mezcla de ambas cosas. Justo antes de que yo tuviera el encuentro personal más relevante de toda mi existencia, él había estado hablando de la conclusión del verano, de las aventuras amorosas perdidas, y había pinchado un tema de Serrat, De Mica en Mica, y, después, una de las canciones en las que se inspiró Joan Manuel para esa historia, Putain de toi, de Georges Brassens.

La canción justo terminó cuando la descubrí  a ella. Y el bueno de Juan, con ese desgarro provocado por la congestión nasal y la melancolía del momento, explicó la letra de la canción. Un tipo bohemio y solitario conoce de repente a una joven veinteañera a la que salva la vida. A cambio, ella se la pone a él patas arriba. El relato no acaba muy bien, como no podía ser de otra manera, y él se enfada mucho y la llama de todo menos bonita, como sugiere el título de la canción.

El tema era muy evocador, aunque yo no me podía sentir identificado con él, puesto que mi novia me esperaba en casa y yo no tengo demasiado de bohemio, pese a que de vez en cuando habite una buhardilla, sea escritor y vaya solo a un cine pequeño del centro a ver películas independientes los jueves por la noche mientras escucho Flor de Pasión.

Entonces, me di cuenta de cómo empezaba la canción de Brassens. La chica llama a la puerta en una noche de tormenta. El desdichado misántropo la abre y empieza a fluir todo. Sin embargo, la clave está en que la puerta no se halla abierta. Y no se puede encontrar a la chica de tu vida de esa manera.

Pero, en mi caso, no sucedió de ese modo. Yo tenía la puerta de mi buhardilla abierta. Y ella pasó por ella hasta el fondo de mi salón, que tiene mucho espacio pese al amontonamiento de muebles de diseño artesano. Sé que le gustó, aunque ahora vuelva a estar más sólo y triste que un pingüino en un garaje, que diría Sabina.

No obstante, como eres la chica de mi vida, confío en que, cuando leas esto, vuelvas. Ya sabes, no tienes más que esperarme otro jueves de inclemencias y pasión a última hora en algún escaparate de la Bajada de la Libertad.

Eso sí, tendrás que llamar a la puerta, porque no he podido dejarla abierta. Mantendré puestos la llave, el cerrojo y la cadena hasta que compruebe cómo se toma todo esto mi novia.

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Las Ferias de mi familia

Recuerdo una semana de Ferias de Valladolid, hace bastantes años, en la que me sentí muy frustrado. Posiblemente todavía corría la década de los noventa y era una de las primeras veces en las que mis padres me dejaron salir hasta altas horas de la noche. En mi cabeza tenía el plan perfecto, los diez días de juerga y diversión que marcarían un punto de inflexión en mi hasta entonces brevísima historia lúdico-festiva.

Pero nada salió como esperaba. Regresé a casa la mayor parte de los días con una sensación de insatisfacción tremenda. Los sitios a los que fuimos no eran los que a mí me gustaban, las actividades en las que participamos no me motivaban y, para colmo, ni siquiera aprovechamos la ampliación de horario. Volvíamos al hogar a una hora incluso más temprana que un sábado normal.

No es que mis colegas fueran unos muermos, si bien tampoco eran la alegría de la huerta. Se trataba más una cuestión de incompatibilidad de intereses y gustos, incluso de caracteres. Admito que yo tenía más que ver en la generación de mi propio disgusto. A decir verdad, nunca me gustó actuar de la forma en la que se comportaba la mayoría, emocionarme en plan postureo o exhibir un grado de excitación artificial, simplemente por que tocaba.

Yo siempre fui más de mis momentos y algo exigente, no me conformaba con cualquier cosa. Había puesto muchas expectativas en aquella semana de septiembre que frisaba con el nuevo milenio, pero me estaba dejando un regusto de orgasmo fingido.

Asqueado y profundamente decepcionado, tomé una decisión bastante radical y que sorprendió mucho a mis amigos cuando llegó el segundo sábado de Ferias. No quedé con ellos. Por aquel entonces dábamos la apariencia de ser una pandilla compacta, un grupo relativamente unido en el que todos íbamos a una, no existían las voces disonantes y las protestas se acallaban por el bien común. Así que mi decisión no fue bien acogida, ni entendida.

Sin embargo, nunca les aclaré las verdaderas razones por las que determiné abandonarles temporalmente. Sé que el tema se habló, se comentó, surgieron rumores y suposiciones –algunas ciertamente imposibles, pues implicaban a alguien del género femenino–. Se relacionó mi ausencia con el caucho, pero por aquel entonces mi única experiencia inflando globos tenía la cara de Super Mario y, en cuanto a su explosión, no se me daba mal el Puzzle Bubble –aunque mi hermano siempre fue mejor.

Esta rama de cavilaciones –quiero pensar que la más extendida, pues eso implicaría que mis colegas tenían en alta consideración mi capacidad de flirteo con las féminas– sin duda tuvo que despertar un gran desasosiego y cierta rabia entre mis buenos amigos. Porque, si eres adolescente, no dejas a tu pandilla por una tía. Si eres un quinceañero, sales con ellos a toda costa, a muerte, caiga quien caiga. Ya tendrás tiempo más adelante para no llamarles durante meses, cuando hayas encontrado a la madre de tus hijos o estés rodeado de churumbeles.  Aprovecho estas líneas para pedirles perdón por haber creado en ellos tal zozobra.

No obstante, me consta fehacientemente que también recurrieron al manido tópico de la enfermedad de aquellos años. “Álber tiene el mal”. Por aquel entonces, si te comportabas de un modo extraño o dabas síntomas de flojera emocional, es que tenías el mal.

Era el mal de amores, claro, pero no se definía como tal, porque englobaba otro tipo de síntomas, que iban más allá de la llorera o las ansias de suicidarte en plan Julieta. Entre otros, la cagalera o la expulsión de tropezones, como si se sufriera una borrachera de amor. Así que yo, en el segundo fin de semana de aquellas Ferias, debí tener para mis amigos el terrible mal, que todo lo devoraba.

Se hicieron estas y otras lucubraciones de lo más estrafalarias y se magnificó el asunto, como de hecho solía ocurrir con todo lo que versaba sobre mí. No es que yo fuera el protagonista ni el líder de la cuadrilla, pero sí era el que más daba que hablar. Conmigo llenaban mentalmente las líneas de los cuadernos que luego yo escribía en horas intempestivas y del todo insospechadas.

Reconozco que yo no era un dechado de sinceridad con mis amigos. De hecho, les escondía en no pocas ocasiones los motivos de mis enfados, las razones de mis ocasionales rayadas silenciosas, de mis cambios de actitud algo desconcertantes o, como en este caso, de mi desaparición. Tampoco mentía totalmente, simplemente me ahorraba dar explicaciones sobre mi negativa a verles. En aquella ocasión, repetí la pauta. Por algo, yo siempre fui considerado el rarito del grupo.

Ahora, muchos años después, merecen saber la verdad. Conocer cuáles fueron los motivos que me llevaron a no compartir con ellos aquellos dos días de las Ferias, cuando todavía eran de San Mateo y no de la Virgen de San Lorenzo. Creo que es hora de que me ponga serio y les desvele la auténtica intrahistoria de mi decisión traicionera.

Lo cierto es que me pasé el fin de semana entero de fiesta con mi familia, abuelos incluidos. No me refiero a una comida familiar tranquila con sobremesa alargada ni a una reunión casera con guateque. Me refiero a lo que en mi familia se entendía, y aún a día de hoy se entiende, por fiesta, nocturna o diurna. Los bares, el picoteo, la tapa y caña, el vino o el chato, como decía mi abuelo, la música, el baile, las risas en lugares públicos, compartiendo espacio con otra gente, respirando el aire con otra gente, viendo la alegría de otra gente, intercambiando la alegría con otra gente.

Retengo imágenes que ya nunca desertarán de mi cerebro. Dignos intentos de mi tía de bailar sevillanas en la Casa de Andalucía, mi madre riéndose mientras bebía Manzanilla, mi padre y mi tío, los cuñados más hermanos del mundo, agarrándose del brazo y entonando una canción en un tono que hubiera matado de espanto al hombre de Atapuerca…

Rememoro a mis primas presentándonos a los que serían en pocos años mis nuevos primos políticos, mi primo, mi hermano y yo detenidos en la cúspide de la gran Noria, cuando las cabinas apenas llevaban seguridad y el viento del otoño incipiente te llenaba el rostro de libertad y dominio sobre la ciudad.

Y, por supuesto, mis abuelos. Al ritmo que ellos dos marcaban, siempre con paso firme y optimista mi abuelo, enérgica y belicosa mi abuela, decididos a mirar hacia adelante y a ponerse el mundo por montera, aunque no se supiera si al día siguiente iba a salir el sol o se iba a poner a tronar.

Así éramos en mi familia. Un poco temerarios, algo imprudentes, de bebernos la vida y exprimir el jugo, compartiéndolo con quien nos quisiera acompañar. Así fuimos durante esas cuarenta y ocho horas.

Fueron los dos mejores días de aquellas Ferias, con diferencia abismal. Me acosté tarde y contento, dormí feliz y mis deseos se vieron por fin colmados.

Pasaron los años y mi vida, siempre en ese filo de la navaja del cambio y el anquilosamiento, fue transcurriendo entre los vaivenes implacables del azar, las imposiciones de la razón y las pérdidas emocionales. Se sucedieron las semanas de Ferias, algunas de recuerdo bastante infausto para mí, y muchas cosas cambiaron, menos las cartas de León de la Riva a la ciudadanía pucelana en los programas oficiales. Aunque, finalmente y contra todo pronóstico, incluso esto último cambió y se cruzó el puente del Pisuerga.

Pese a todo, hubo momentos mágicos en Ferias, aunque cada vez más espaciados, menos frecuentes. Mis amigos, que siguen siendo grosso modo los mismos que entonces, estuvieron presentes en algunos. Nunca volví a jugársela, ni siquiera dejé que la posibilidad de la alta traición fluyese por sus mentes, aunque, claro está, no habría sido lo mismo, porque hace mucho que dejamos de ser un grupo.

No obstante, las Ferias de Valladolid quedaron para siempre en mi memoria como patrimonio familiar. Por diversas circunstancias, algunas procedentes de mi propio interior, durante muchos años no volví a experimentar con la misma fuerza la sensación de distracción, relajación y abandono en esa semana donde los pucelanos salen a las calles y las llenan a reventar.

Aun así, hubo días históricos. Junto a mi primo y mi hermano, viví los atentados del 11-S, con mi prima mayor como informadora ocasional vía telefónica y la radio de mi coche clásico como altavoz, mientras comíamos en la Feria de Folklore y Gastronomía, cuando Internet en los móviles todavía era un sueño. Me emborraché despiadadamente en la peña de mis primas y mis primos políticos, que poco después serían casi como de sangre, y me perdí después desde las huertas hasta las entrañas de la ciudad.

Mi hermano y yo vimos a mis padres bailar agarrados, con la torpeza de mi padre y la desenvoltura de mi madre, entre el verde y el blanco de su querida Casa de Andalucía. Mi abuelo, cuando le quedaba muy poco y estaba ya muy débil y muy malito, quiso despedirse de la Feria y pidió que le lleváramos en silla de ruedas a brindar con sus últimos vasos de vino.

Mis tíos me pillaron una de esas noches en las que se me fue la mano con el albariño, el zurracapote, la sidra y el rebujito, y me acompañaron con cara de circunstancias y condescendencia, hasta que se me aclararon los vapores.

A lo largo de todos esos años, sí que hubo chicas reales, y no inventadas por mis amigos, que se subieron conmigo a la Noria –no demasiadas–, pero ni uno sólo de los besos en la cima de la rueda los cambiaría por la sensación de haber llegado al lado de mi hermano y mi primo a lo más alto de nuestras vidas de niños.

Hoy en día, en este presente que se me escapa de las manos cada día, porque en realidad es pasado en elongación, ellos están casados y, como yo en aquel final de siglo XXI, tienen familia y comparten tiempo con ella en Ferias. Ya no hay lugar para la frustración, y la nostalgia es más producto de la idealización que otra cosa. Supongo que ellos tratarán de imprimir su propio estilo de diversión  en su nuevo núcleo familiar, o adaptarse a otros ritmos.

Sin embargo, yo sigo teniendo la misma familia que entonces, con idéntico espíritu. Ha habido cambios, algunos para bien y otros para mal, pero la esencia se mantiene más o menos invariable. Seguimos estando lejos de ser una familia modélica y convencional, pero, de alguna manera, caemos bien a casi todo el mundo. Tal vez sea porque sabemos divertirnos y, cuando llegan estos diez días en los que Valladolid sale a la calle, aunque sea para mirar a la Virgen de San Lorenzo, nos crecemos.

Por eso, en este 2016, cuando la lógica implacable de la vida debería habernos abocado a la decadencia, seguimos ofreciendo días mágicos. Esa es la razón por la que mi familia es mi asidero al que agarrarme, durante todo el año, pero especialmente en estos días, aunque haya más gente con la que comparta mi tiempo.

Por una vez he decidido hoy, domingo 11 de septiembre de 2016, último día de las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo, quitarme el traje de agnóstico y fantasear.

Quiero imaginar que mi abuelo, precursor de la personalidad que seguimos llevando por bandera, me ha visto esta semana montado con mi sobrina en el sucedáneo de la vieja montaña rusa por primera vez  en la vida de ella, o en los coches de choque, “de mayores”, con mi sobrino, también en su debut. O bailando con ellos dos y mis otros dos sobrinos junto a los Gigantes y Cabezudos en el Atrio de Santiago.

Me gustaría imaginar que nos vio el otro día a todos, comiendo juntos, al completo por primera vez, incluidas las dos nuevas miembros –o miembras– políticas, y mi abuela añorándole como siempre, pero aguantando todos sus achaques por una tarde, antes de regresar a la pequeña tortura en que se ha convertido su vida últimamente. Que contempló con una sonrisa cómo mis tíos y mis padres cumplían el ritual pagano de carácter anual en las casetas de San Benito y Coca, y los cuñados se pegaban, como de costumbre, por decidir quién pagaba, sin permitir, tras las típicas voces que adornan el ceremonial, que lo hiciéramos los de la siguiente línea del árbol.

Nadie me impide soñar con que nos observó a mi primo, a mi hermano y a mí, el trío por excelencia, cantando, bailando y brincando, algo más talluditos pero con la energía de siempre, junto a su querida Playa de las Moreras, donde una vez le salvó El Catarro de morir ahogado.

Ojalá todo esto fuera verdad y no sólo un Canto de Esperanza con el que hoy cerramos las fiestas, entre juglares y candeales, un año más, junto al Conde Ansúrez. Esperando a que el año que viene regresen, como las orquestas a la Pérgola del Campo Grande, donde mi abuelo y mi abuela se bailaron muchos tangos en su juventud, y los conciertos de grupos indie u ochenteros, para que mi primo, mi prima política y yo podamos volver a saltar y aplaudir.

No serán las mismas fiestas. Habrá cambios y Valladolid y sus habitantes estarán un año más viejos, a excepción del que escribe estas líneas, que hace tiempo se negó a contar más allá del día en que respira. Ni siquiera sé si volveré, como vuelven siempre las Ferias y milagrosamente yo también volví este año.

Pero hay una cosa que sí que tengo clara. Si regreso, las viviré con mi familia. Con la de siempre.

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El regreso a Valladolid

Antes de nada, es importante evitar equívocos. Este texto no va sobre el triunfo de algún tipo de política de recuperación de los emigrantes impulsado por alguna Administración al albor de la tan vendida salida de la crisis. Por ahora, al menos que yo sepa, siguen siendo más los pucelanos que buscan su futuro laboral fuera de la capital del Pisuerga que los que vuelven. Los cuales –estos últimos–, dicho sea de paso, se podrían contar con los dedos de la mano de Homer Simpson.

Aclarado este punto, entro en materia. Cuando hablo del retorno a Valladolid, que no es ni el de Martes y Trece ni el del Rey Aragorn, me refiero a ese momento exacto del año, ese punto –“donde convergen los sueños”, que cantaba Alejandro Sanz cuando todavía hacía buenos discos– en el que se produce la confluencia mágica, el combo perfecto.

Septiembre es en general para toda España el mes del inicio del nuevo ciclo, académico y también vital para los adultos. No sólo por una especie de recuerdo residual del pasado, sino porque para muchos supone enfrentarse a las nuevas decisiones respecto a su futuro profesional y, por ende, económico, y, por ende, familiar, y así hasta descender a la minucia más íntima o banal, que daría como resultado condicionar el momento justo para elegir el polvo mañanero según las condiciones de fertilidad.

Los que permanecen en el mismo curro piensan en las posibilidades que el nuevo ejercicio postvacacional, tras agosto y su inhabilidad, tan típicamente española, les ofrece. Opciones de promocionarse, de ascender, de no descender, de evitar la bajada de sueldo o la degradación de funciones, de soportarlas lo mejor que se pueda, de combatir el ERE, de rezar por que sea suspensivo…

Aquellos que saben que no continuarán en el mismo empleo o que ya lo sabían antes de las noches de 22 grados de mínima se afanan en recorrerse el itinerario web que también conocen, desde la sierra de Infojobs hasta la costa de Infoempleo pasando por la meseta de Tutrabajo o las cataratas de Laboris. Incluso los que llevan años sin creer en esa vereda plagada de obstáculos y accidentes del terreno lo vuelven a intentar una vez más.

Porque septiembre es el mes para encontrar de nuevo trabajo, tras la destrucción masiva de los empleos chiringuiteros. Porque en septiembre renace la esperanza. Porque en septiembre sí se puede. Porque septiembre es la misma mierda de siempre, pero huele mejor. Y la ficción de septiembre es tan potente que incluso se estrena de nuevo la película que tantas veces ha repuesto Televisión Española en la que el oriundo pucelano halla por fin la colocación, que dice mi abuela, en alguna vía rebautizada que todos seguimos llamando con el nombre antiguo de tinte franquista.

Nada nuevo les dirá esto a los que sean de fuera. Es más o menos lo mismo que sucede en todos los sitios de este país donde en esta época del año se empieza a poner el sol cada vez más pronto, en un eterno y cíclico recuerdo a la decadencia española.

Sin embargo, en Valladolid existe un matiz diferenciador. En Pucela, el regreso habitual de los residentes se une al ocasional, particular, efímero, burbujeante, de los que viven fuera pero siguen teniendo algún tipo de vínculo con la ciudad. La Feria y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo obran un milagro, que, por ilusorio, causa aún mayor nostalgia masoquista.

Los nacidos y crecidos vuelven, aunque algunos ya tengan de vallisoletanos muy poco. A pesar de que hablen con el “ej que” y caminen como las chulapas, quieren volver a sentir el aire que atraviesa el Paseo Zorrilla. Incluso los que más reniegan de la atmósfera provinciana de la ciudad y se avergüenzan en público de ella, sufren en silencio  privado el síndrome de la melancolía inconfesable. Hasta esos se afanan en volver, aunque sólo sea por unos días al año.

Por eso, en la primera semana de septiembre, Valladolid se peta literalmente. No cabe un alma y la ciudad parece otra. A veces fétida de olor a Kalimotxo, otras endulzada por el aroma del Lorenzito, la mayor parte del tiempo ruidosa por los silbidos de los peñistas, los chillidos de adolescentes con camisetas rotas y los petardos a destiempo. Pero todo el mundo quiere estar estos días en Pucela. Pese a que las casetas regionales no sean las de la Feria de Abril de Sevilla, los encierros no sean los de los sanfermines, ni los conciertos de la Plaza Mayor tengan el tirón de los de La Mercè de Barcelona.

Resulta casi imposible salir por la ciudad estos días y pasar desapercibido. Nunca he comprendido cómo sucede, con la cantidad de focos de atención que hay en un radio no precisamente pequeño de kilómetros a la redonda, pero a cada momento te encuentras con alguien, sobre todo perteneciente a tu pasado.

Entonces, se suceden escenas típicas del regreso, la repetición del ritual anual, no por cansino menos entrañable. Los que vuelven de las vacaciones exhiben su moreno de playa mediterránea y los que se quedaron intentan competir con el suyo de piscina, rayos UVA o el low cost de Las Moreras. Por su parte, los visitantes fugaces, pero con denominación de origen violeta, se ríen cuando los demás se quejan del calor que hace estos días en la tierra de Delibes. “Id a Madrid, y ya veréis”.

Las conversaciones del año anterior se repiten con precisión casi matemática. “Hola, chata, cómo estás ¿Qué tal te va con el tío ese? Lo mismo hasta tienes críos… Yo sigo currando en lo mismo”. Y, aunque hace tiempo que tú dejaste de creer en los sueños y sabes que ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado, sientes con ese reencuentro una especie de gusanillo conocido en el estómago. “Igual este año sube el Pucela a Primera”.

Sonríes casi como antes con las que fueron las chicas top de tu colegio. Sueltas anécdotas perdidas, que hace mucho tiempo que no recordabas, con tus antiguos amigos de la Universidad, coges a su niña en brazos. Te emborrachas ocasionalmente con los de siempre, en un encantador síntoma de decadente involución, aunque sea esporádica.

Tienes poco que responder, tu vida no ha cambiado tanto como la suya. Tú siempre has estado aquí, andando por las Delicias en vez de por el paseo marítimo de Santander, contemplando la Isla del Palero en lugar de tomar el sol en una exótica en medio del Oceano Índico, viendo la sesión golfa en el Broadway y no en algún cine de la Gran Vía, escuchando el rumor del tren a su paso por el Camino de la Esperanza y la Plaza del Crepúsculo sin viajar en sus vagones.

Pero en ese retorno, los trayectos vitales se igualan momentáneamente y todos volvemos a la edad temprana, cuando todavía no habíamos salido del cascarón y Valladolid era nuestro particular paraíso, el único que conocíamos. La única meta de nuestros objetivos e inquietudes. Cuando quedábamos en la puerta del Corte Inglés, en los leones, en el Burger King del Centro Avenida, en Paco Suárez, al lado del Conde Ansúrez.

Las voces adquieren ese toque de jovialidad fresca, de ilusión no troceada ante el telón de fondo de las calles de nuestra vida. Y, en una confesión inesperada que te emociona, los que partieron te reconocen con los ojos brillantes que ojalá pudieran contestarte lo mismo que tú a ellos. Que a veces morirían por volver.

Con el Pisuerga, que siempre alumbra alerta, y La Antigua, que estos días no se durmió, como testigos de lujo, los chicos y las chicas se llevan mutuamente al Campo Grande para que las sombras den cobijo a los tragos de sus litronas. Y allí, en el pulmón verde por excelencia de la ciudad, se produce otro regreso, el de los mayores de la Pérgola que conviven con sus recuerdos y con el presente que les rejuvenece en forma de bailes añejos, pachangueo infumable y visiones de jovencitos y jovencitas con energía desbordante atravesando el parque.

Y tú también pasas por allí, manteniendo las viejas costumbres, en tu particular regreso a la ciudad de la que nunca te fuiste, que vuelves a redescubrir en esta noche en la que te diriges de nuevo al punto donde concurren los viejos conocidos, los amigos que se fueron y quisieron volver por unas horas. Tienes la música en tus oídos, como siempre, vas flotando, ligero, caminas al mismo ritmo que cuando tenías 15 años, adelantas a las nuevas generaciones y saludas, los niños te sonríen. Muchos te conocen y, los que no, saben que estás de vuelta.

Eres tú, has regresado a Valladolid. Aunque sólo sea por una insignificante semana.

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Mis escondrijos

Siempre me han fascinado los recovecos, vericuetos y rincones. No soy un tipo de caminos rectos y fáciles, me gusta la sinuosidad y las irregularidades en el trazado. Me pasa lo mismo con los sitios de recreo o con los espacios públicos. Me encantan los anexos, aunque estén conectados al sitio de tránsito general.

De pequeño me atraían los lugares que estaban recogidos y un poco aislados, pero al mismo tiempo al lado de la sala principal. Si iba a una cafetería con mis padres, les pedía que nos sentáramos en esa mesa algo apartada, delimitada por un espacio singular o protegida por barrotes, junto a la pared, que tenía un encanto especial.

Sí, es posible que de niño ya tuviese ese toque bohemio, ligeramente asocial, pero al mismo tiempo tan infantil, que se mantendría incólume con los años. El toque pueril de esta singular atracción tiene su piedra de toque en los patios de los colegios. Ahí encuentra su razón de ser. Fijaos bien en ellos. La mayoría, por no decir todos, tienen una gran explanada donde se sitúan las porterías y las canastas y después algún que otro escondite al que normalmente no se acercan más que los niños fantasiosos y las niñas a las que les gusta conspirar.

Recuerdo perfectamente que había –y aún lo hay– un lugar especial en el patio de mi colegio que constituía mi predilección. La mayoría tenían como sitios favoritos el pabellón, el espacio de las canchas de minibasket o el de las porterías de futbito, pero a mí me gustaba mucho más un apartado que se incrustaba entre una pequeña puerta que daba a un callejón sin salida y que bordeaba el recinto semicerrado donde se alojaba el gimnasio.

Ese rinconcito era algo penumbroso y gris, lo recuerdo en otoño y especialmente en invierno muy triste, como si siempre lloviese en él, oculto por los edificios que rodeaban la zona, un tejado y el propio polideportivo.  Allí la sombra era dueña  y señora, la nieve no se derretía y uno podía imaginarse su propio planeta que al mismo tiempo no dejaba de ser el de su infancia, sin salir de su zona de seguridad, pero sintiéndose un poquito más independiente.

Sin embargo, mi escondrijo dejaba de ser sólo mío y de los otros que lo frecuentábamos habitualmente para tejer nuestras historias de frikis –antes de que este concepto se popularizara de una forma repugnante– cada vez que llegaba la verbena de las fiestas del colegio. Entonces se poblaba de críos que, como yo, buscaban dar sus primeros pasos en el amor. Y es que por la noche aquella esquina al límite de las fronteras escolares era especialmente penumbrosa y proporcionaba un refugio ideal para los amantes incipientes.

Allí, en mi escondite, se iniciaron los primeros magreos de muchos de mis compañeros y compañeras. Algunos se casaron y tuvieron prole, por milagroso que parezca.

Yo, indignado por esa ocupación vergonzosa, arbitraria e ilegítima de mi zona preferida, pasaba entre la oscuridad como un voyeur barbilampiño y observaba la fila de figuras siniestras apretándose contra la pared del pabellón y rozándose con torpeza. Tal vez deseaba ser una de ellas.

Sin embargo, nunca lo fui, no porque no tuviera la oportunidad –que también–, sino porque nunca hubiese profanado la magia de ese lugar como hacían aquellos sacrílegos. Por suerte sólo había que dejar que transcurriera aquella noche de viernes primaveral y a la semana siguiente todo volvía a la normalidad.

A día de hoy he cambiado un poco. Ya no siempre busco los rincones y a veces hago exactamente lo contrario. Me coloco en el centro del lugar, justo en el punto desde el que se pueda contemplar la mayor cantidad de superficie posible, en un interés por la observación que me viene de mi personalidad de escritor mezclado con un afán de controlar y vigilar todo lo que sucede a mi alrededor para no perderme nada. Como si eso fuera posible.

En el fondo también se trata de una manifestación del niño protestón y ajeno a la evolución que llevo dentro. El omnipotente infante que en ocasiones se revela contra mi crecimiento y me ayuda a sembrar la pantalla de mi portátil o las páginas de mis viejos cuadernos de palabras llenas de nostalgia, rabia, ironía y tormento.

Pero en esas hojas y documentos digitales también aparece el misterio. La intriga, la ocultación, el disfraz, el morbo furtivo. Y eso se lo debo todo a la otra parte de mi niño. A la que más me gusta y más añoro cuando no está.

Esa que hoy, por ejemplo, me llevó a recorrer un muro entero hasta una zona solitaria llena de sol porque sabía que al final no se juntaba en línea con otra pared, sino que se abría inesperadamente, con un respeto discreto, dejando un hueco, un reducto de libertad clandestina sin más utilidad que servir de escondite al mundo sin escaparse de él. Servir de escondrijo perfecto para mis historias.

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¿Todos contra el fuego? (II)

En la primera parte de este artículo me he centrado en los aspectos más tangibles que rodean a los incendios forestales y en la falta de concienciación de la sociedad en general respecto a los mismos.

Si la reacción de la población ante este tremendo drama resulta decepcionante, ¿cómo calificar la de nuestros políticos?

El Presidente del Gobierno en Funciones –con perdón– en su línea habitual de penosa sobriedad realizó hace unas semanas una escueta y patética declaración en la que parecía que se estaba lamentando por lo mal que había jugado el Real Madrid el día anterior. Menos mal que se refería a su tierra natal, Galicia.

En cuanto al gravísimo incendio acaecido a principios de agosto en la isla de La Palma, especialmente dañino porque murió una persona y las casi 5.000 hectáreas quemadas formaban parte de la Reserva Mundial de la Biosfera toda la isla tiene esa catalogación–, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se limitaron a escribir 140 caracteres o menos para dar el pésame a la familia del agente forestal fallecido. No me consta que Pablo Iglesias dijese algo.

Desconozco cuáles son las agendas de cada uno de ellos o si había otras prioridades más urgentes durante aquellos días, pero un incendio de tal magnitud, que además fue complicadísimo de controlar por las condiciones climatológicas, merecía que algún líder político nacional, no sé si los principales u otros, se desplazaran al territorio canario. A veces un gesto, aunque sólo sea para dejarse ver, es todo lo que la ciudadanía pide a los políticos. Pero ni eso son capaces de entender.

Tampoco sorprende tal despreocupación respecto a estos asuntos por parte de nuestros gobernantes, pues se trata de una actitud históricamente consolidada. Los únicos momentos en los que se interesan por la superficie forestal de España –el 54,8% de su territorio– es cuando acaece un grave incendio y toca decidir qué actuación se lleva a cabo sobre el terreno que ha ardido.

Desafortunadamente, después de la modificación de la Ley de Montes, realizada en 2015 por el actual gobierno en funciones, es posible recalificar la superficie quemada cuando concurran “razones imperiosas de interés público de primer orden”, algo totalmente ambiguo y sujeto a múltiples interpretaciones. Antes de ese cambio normativo, se prohibía variar la calificación del terreno durante los 30 años posteriores al incendio.

Es como una autopista abierta para los especuladores con influencia económica y capacidad de corromper a la Administración Autonómica, máxime si se tiene en cuenta que en España el 70% de los montes es de titularidad privada, algo que a mi entender también es un error histórico en cuanto al tratamiento jurídico de esta materia.

Aparte de esta polémica modificación, el Ejecutivo de Rajoy no ha hecho prácticamente nada en materia de incendios forestales durante estos últimos cinco años, más allá de cambiar el artículo 353 del Código Penal, endureciendo las penas por este delito cuando concurran circunstancias agravantes, de una forma a mi entender insuficiente –de 3 a 6 años de prisión o multa de 18 a 24 meses– y además equivocada, porque en este tipo de crímenes existen otras penas mucho más efectivas que deberían complementar a la privación de libertad o incluso sustituirla, como la obligación de contribuir a la reforestación de la superficie quemada.

Por otra parte, eliminó la competencia que sobre esta materia tenía el Tribunal del Jurado, encomendando el enjuiciamiento de estos delitos a los Tribunales Profesionales debido a “su complejidad inherente”.

Desde la redacción original de la Ley de Montes por parte del gobierno de Aznar, si exceptuamos el paquete de “leyes verdes” de ZapateroLey de Patrimonio Natural y Biodiversidad, Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural y Ley de Responsabilidad Medioambiental de las Empresas–, no ha habido ninguna voluntad desde el gobierno central de articular una normativa estatal seria y contundente que mejore la protección forestal y la conservación y regeneración de los bosques.

Es verdad que en nuestro ordenamiento jurídico existe en mi opinión una clara equivocación en lo que respecta a esta materia, porque si bien la Constitución Española atribuye al Estado la facultad de dictar la legislación básica sobre montes, aprovechamientos forestales y vías pecuarias, las Comunidades Autónomas también pueden asumir muchas competencias en esta materia. De hecho son las CCAA las que se ocupan de las normas sobre prevención de incendios forestales y los agentes forestales son contratados directamente por ellas o a través de empresas privadas.

Esto fragmenta y en mi opinión perjudica la política de actuación sobre la conservación de un bien básico como son los bosques. Espacios cuya preservación tendría que estar muy por encima de las dotaciones presupuestarias o de la filosofía que tenga cada Comunidad Autónoma. Debería ser una lucha nacional, y soy consciente de que les sonará rancio a aquellos que siempre apuestan por la descentralización hasta sus últimas consecuencias, porque creen que eso es más progresista. Flaco favor hacen a la izquierda con esas posturas.

Sin embargo, esta ausencia de exclusividad competencial no es óbice para que desde el gobierno se deban implementar políticas a través de la legislación básica. Y sobre todo, algo aún mucho más importante, no es impedimento para que el asunto sea puesto de relieve en los escenarios mediáticos por parte de las formaciones que ostentan la representación parlamentaria, máxime en el momento actual cuando hay tantísimos programas televisivos que tratan sobre política.

Como no recordaba ni una sola declaración, propuesta o mención reciente relativa a la protección forestal por parte de ningún político, ya fuera expresa o mencionada en algún debate –más allá de las siempre loables intenciones ecologistas de Iniciativa Per Catalunya Verds y Equo, pero ineficaces por su baja representatividad–, me he dedicado a hacer un rastreo por esa ventana indiscreta al mundo llamada Google.

En cuanto a los programas de los principales partidos –he consultado aquellos con los que se presentaron a las elecciones del 20 de diciembre–, es Izquierda Unida la que más espacio dedica a esta materia, algo lógico debido a la tradición verde del  grupo heredero del Partido Comunista. Dedica casi 30 páginas al medio ambiente, mucho más que los programas del resto de agrupaciones, y dos específicas a “Biodiversidad y Paisaje”.

Sin embargo, decepciona sobremanera que a la hora de hacer el diagnóstico sobre las amenazas para la biodiversidad, extendiéndose como es de rigor en el cambio climático, no haga mención a los incendios o a su insuficiente prevención.

Sorprende igualmente que Podemos no haga ni una sola referencia a la mejora de la legislación forestal, dado que el año pasado por estas fechas apoyó la defensa de una política eficaz y de calidad contra el fuego subiéndose al carro de la huelga indefinida que plantearon los agentes de las Brigadas de Refuerzo contra Incendios Forestales (BRIF).

(Imagen: arainfo.org).

Mediante un texto publicado en su página web se sumaban a las reivindicaciones de estos trabajadores, que reclamaban una mejora en sus condiciones laborales, mejores medios para combatir el fuego y sobre todo el reconocimiento específico de la categoría profesional de bombero forestal en sustitución de la de peones forestales.

A propósito de esto, hay que decir que los agentes del BRIF están contratados por Tragsa, empresa pública perteneciente al Servicio Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). Por lo tanto, las decisiones del gobierno central sí pueden modificar mucho la forma de tratar la prevención contra incendios, aunque exista la figura del agente forestal dependiente de las Comunidades Autónomas.

Por otra parte, la filial de la formación morada en Extremadura reclamó hace pocas semanas un Plan de Protección Civil ante el riesgo de que acaezcan incendios como el que afectó el año pasado a la Sierra de Gata, además de poner el foco en la necesidad de reducir el tiempo de respuesta de los bomberos, debido a la dispersión geográfica de las poblaciones rurales extremeñas.

Ninguna de estas cuestiones aparece en el texto con el que Podemos se presentó a la cita con las urnas. Debe ser porque en pleno agosto arden hectáreas, pero aquel documento previo a los comicios se hizo cuando ya apretaba el frío.

El programa del PP apenas dedica cinco párrafos a la conservación de espacios naturales y no muestra preocupación alguna respecto a los incendios. Ciudadanos tampoco se extiende demasiado en esta materia. Habla al igual que otras formaciones del impulso a la Red Natura 2000 y de la creación de un fondo para la conservación de la biodiversidad.

Hay que llegar hasta el programa del PSOE para encontrar por fin referencias expresas a la protección forestal en general y a la actuación contra incendios en general. En la línea de lo propuso Podemos antes de las elecciones y al parecer se olvidó de incluir en su programa, los socialistas prometen la creación de un estatuto básico para agentes y bomberos forestales.

Por otra parte, el partido del puño y la rosa indica la necesidad de establecer una política sólida y una estrategia integral para la prevención de incendios e incluso detalla una medida, que a mi entender es fundamental pero que no aparece en los programas de los otros principales partidos: la prohibición absoluta de cambio de uso de suelo en zonas forestales incendiadas.

Lamentable resulta la ausencia de cualquier referencia en los documentos electorales a la política de reforestación fuera aparte de meras declaraciones programáticas. Podemos en el artículo 287 de su programa habla de un Plan de Rescate Ecológico, que define en un párrafo, IU propone un Plan de Reforestación Nacional y Ciudadanos habla de restaurar el Programa de Forestación y Restauración Hidrológica. No existe ninguna medida concreta o plan de actuación específico que verse sobre la replantación de las zonas degradadas.

Una actividad que aparte de sanar las heridas de nuestros montes afectaría positivamente a la creación de un empleo estable, sostenible y socializador, algo de lo que precisamente no anda sobrado este país plagado de precarios urbanitas aislados en una cabina delante de una pantalla. Pero claro, cuesta dinero. Y no es muy popular gastar fondos públicos en plantar árboles. Volvemos aquí a la mentalidad de la sociedad en general.

En este sentido, tengo que decir que me impresionó gratamente el gesto que se adoptó en la gala inaugural de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Todos los deportistas llevaron una semilla encerrada en una cápsula a fin de que se plantaran en Deodoro, una zona que se convertirá en el Bosque de los Atletas y será un símbolo contra la deforestación. De acuerdo que se trató de algo efectista y simbólico, pero me parece que en un escaparate internacional ese tipo de cosas han de hacerse y tienen su efecto mediático, que a fin de cuentas es de lo que se trata.

Columnas donde los deportistas depositaron sus semillas durante la ceremonia inaugural de Río 2016. (Imagen: publinews.gt).

Siguiendo en esta línea, recuerdo perfectamente aquella propuesta que formuló Zapatero en el debate frente a Rajoy de 2008 y de la que se hizo tanta mofa después en los medios y entre la gente. El expresidente socialista prometió que durante la siguiente legislatura se plantarían 45 millones árboles. Se dijo que era una ocurrencia y una medida populista –sí, ya por aquel entonces se utilizaba el tan manido concepto– aunque curiosamente, no sé si con la intención de mofarse, Rajoy la superó poco después, elevando su objetivo a 500 millones de árboles.

A Zapatero se le pueden criticar muchas cosas, pero muchas de sus ideas eran buenas y en concreto esta lo era, fuera aparte de que tal vez fuese demasiado ambiciosa. Distinto es que, como con tantos otros asuntos durante sus ocho años de liderazgo en el gobierno la cosa se quedara en pura retórica y agua de borrajas, porque jamás se diseñó un plan de actuación en condiciones ni se tradujo en algo real. Pero puso en el mapa la necesidad de reforestar, lo llevó a la calle y en ese sentido creo que tuvo mucho valor.

Ya me gustaría que alguno de los partidos actuales tuviera alguna de estas ocurrencias y estuvieran dispuestos a llevarlas a cabo. En este tema todos se igualan para mal, los conservadores, los centristas y los progresistas. La izquierda, por coherencia ideológica, debería encabezar este tipo de iniciativas, pero últimamente bastante tiene con intentar asaltar el poder, algo que no ha conseguido ni siquiera con un PP debilitado, mentiroso, antisocial y  corrupto hasta las cejas.

Al menos hay que reconocer que Podemos recogió en su documento electoral de cara al 20 de diciembre –cuando todavía hablaban de mejorar la sociedad y no de matemáticas– que el derecho al medio ambiente se considerara como fundamental. Más allá de que esto queda muy bien sobre un papel pero en la práctica puede ser mera palabrería, esta es sin duda la filosofía que deberíamos seguir en este país.

Hay miles de razones para considerar la conservación del patrimonio natural como un interés primordial de la ciudadanía. Fuera aparte de las evidentes consecuencias satisfactorias para la población que tienen los árboles –generan oxígeno, proporcionan sombra, etc.– y del impacto fundamental a nivel psicológico que su presencia tiene en los núcleos urbanos, porque reducen la ansiedad y otras sensaciones nocivas, la función más importante que tienen las forestas no se percibe a simple vista, pero es tan vital que de ellas depende en gran medida la calidad futura de la vida humana.

Los árboles son reguladores del clima. Todo el mundo está tremendamente informado acerca del cambio climático por las emisiones de CO2 a la atmósfera que provocan el deshielo de los polos, pero no se habla ni mucho menos tanto de que la destrucción de la naturaleza también influye directamente en el calentamiento global.

Sin ánimo de ser pesado, vuelvo otra vez a sacar a colación la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, donde se reservó un espacio muy importante para ensalzar los valores de Brasil como país verde por excelencia en torno al Amazonas y se puso en conexión con el cambio climático. Una pena que fuera una bonita hipocresía, puesto que la nación carioca está entre los cuatro países más contaminantes por la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de la deforestación, según Greenpeace.

Imagen de la ceremonia inaugural de Río 2016, donde se representa mediante cintas y un juego de luces el nacimiento de la vida vegetal. (Imagen: lapatilla.com).

Y es que cada árbol que se destruye es un paso atrás en el logro de un objetivo que a mí ya me parece por desgracia una quimera, evitar que la temperatura media del planeta aumente más de 2 grados con respecto a los niveles preindustriales. Cada nuevo incendio es un puñal clavado en las entrañas de esa aspiración.

A muchos les puede importar un bledo lo que suceda de aquí a treinta años porque tal vez piensen que por aquel entonces ya habrán pasado a ocupar un nicho en el camposanto o bien estarán demasiado cascados como para preocuparse, pero aparte del egoísmo de este pensamiento la realidad es que los efectos dañinos se dejarán ver antes. Y en España pueden ser especialmente devastadores.

No somos conscientes de que estos sucesos, aparte de los daños directos que ocasionan en la actualidad, supondrán la desertización de gran parte del país, el aumento de la ya de por sí gravísima sequía que sufren determinadas zonas –con todos los problemas que ello supone en cuanto a la gestión del agua–, la repercusión económica por la dificultad a la hora de conseguir materias fundamentales que extraemos de los árboles, la pérdida de empleos, sobre todo en el medio rural, y el deterioro en la calidad de vida.

De esto último ya nos podemos hacer una mínima idea con los bochornosos veranos que llevamos en la última década –apuntar como dato que 2015, 2011 y 2014, por ese orden, han sido los años más cálidos de toda la serie histórica–. Cómo no, todo esto lo padecerán especialmente las clases medias y bajas.

En definitiva un auténtico desastre, que sobre todo sufrirán las generaciones venideras. Españoles y españolas que jamás conocerán lo que fue este país y que, al escucharnos hablar sobre su riqueza natural, pondrán la misma cara que ponemos ahora mismo nosotros cuando oímos el mito de que hace 2.000 años una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de norte a sur sin bajarse de los árboles o, como relataba el gran Félix de la Fuente, un águila sobrevolarla sin dejar de contemplar manto verde.

Y, como canta Serrat en su adaptación de la campaña “Todos contra el fuego”, que fue el punto de partida de este artículo, “esta obra de siglos es para tus hijos y la tienen que heredar”.

Conectando con esta última idea, hay una última razón que nos obliga a actuar urgentemente para solucionar esta situación y que a mí es la que emocionalmente más me llega. Es un motivo si se quiere de cariz filosófico. ¿Qué derecho tenemos nosotros a destruir lo que nos fue dado? Los seres vegetales fueron los primeros organismos multicelulares sobre la faz de la Tierra, con ellos empezó la vida real. Ellos nos preceden, con muchísimos milenios de antelación. No somos nadie para destruirlos. Al contrario, nuestra responsabilidad es protegerlos y darles vida, igual que ellos hacen con nosotros.

A no ser que prefiramos vivir rodeados de un paisaje en el que los únicos árboles que podamos contemplar sean a través de Instagram. O de una campaña de televisión hecha con realidad virtual.

Mientras nos rascamos el bolsillo –si es que hay algo que rascar– para comprar un pingüino de aire acondicionado.

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¿Todos contra el fuego? (I)

Recuerdo perfectamente una campaña de concienciación de los incendios forestales que se emitió repetidamente en televisión durante mucho tiempo. Rememoro especialmente la sintonía y, pese a que yo era muy pequeño, el estribillo se me quedó grabado y es curiosamente una de las canciones que mejor interiorizadas tengo desde mi niñez. Al mismo nivel que las melodías y letras de los dibujos animados. “Todos contra el fuego, tú lo puedes evitar”.

He vuelto a ver el anuncio gracias a la inmortalidad de Youtube y, fuera aparte de la estética algo rancia –a la par que entrañable– de la España de finales de los 80 y de la inmensa distancia técnica que existe respecto a la producción audiovisual de esos años, lo cierto es que me sigue pareciendo una campaña fantástica. Cumple perfectamente su cometido y además emociona.

Por cierto, me ha sorprendido enormemente descubrir que Miguel Ríos colaboró en la iniciativa. Imagino que hay más rostros conocidos entre los muchos que aparecen, pero confieso que no he sido capaz de identificar ningún otro. En años posteriores participarían Joan Manuel Serrat y otros artistas y personajes populares.

No recuerdo en los años posteriores ni una sola iniciativa similar. Se puede alegar que el poder emocional de la televisión para los niños de los 80 no se puede comparar ni de lejos con el de la tele actual y el legado emocional que nos dejó es tan poderoso que todos nuestros hitos se remontan a esos años y no ha habido otros comparables a lo largo de las décadas posteriores.

Aun admitiendo que esto pueda ser cierto, existe una verdad a mi entender mucho más indiscutible. El nivel de mentalización y educación de medios de comunicación, poder político y sociedad españoles en relación a la protección forestal ha descendido ostensiblemente pese a la gran cantidad de tragedias acaecidas. Da igual que se quemen cada verano miles y miles de hectáreas de patrimonio natural o incluso que fallezcan personas en su ingrata –y bastante solitaria– lucha por evitarlo. A veces me parece que esto a la gente le importa una mierda.

La mayor parte de las conversaciones de los españoles durante este verano de calores achicharrantes se mueven entre la indignación, el temor y el enfado y giran en torno a la falta de gobierno, la ola de atentados yihadistas y las vacaciones, que casi nunca satisfacen a toda la familia.

Entre medias, hay un huequito para comentar lo que hacen los deportistas en Río de Janeiro. Sin ánimo de parecer superficial, bienvenidos sean los Juegos Olímpicos y el ejemplo que dan la mayoría de competidores en los mismos, sobre todo porque el fútbol, por una vez, es secundario.

No veo por ningún lado que la gente se preocupe por la destrucción de nuestro país, más allá de lo que dura la pieza de un par de minutos en el Telediario. Si hay algo que dota de valor a España es su biodiversidad, la mayor que se puede encontrar en toda Europa. O al menos así era. Al paso que vamos, este territorio acabará convirtiéndose en un desierto lleno de matojos quemados, en un cementerio de troncos chamuscados, en una llanura de esqueletos donde agonicen las últimas especies animales no extinguidas.

El arboricidio es alarmante y además golpea habitualmente a las mismas zonas año tras año. Este terrible verano les ha tocado –otra vez– a Galicia y Las Palmas de Gran Canaria, precisamente dos de las regiones con un patrimonio natural más basto y bello. Me duele cualquier incendio exactamente igual –también los que suceden fuera de nuestras fronteras, como por ejemplo en Portugal, donde por cierto también tienen un problema gravísimo con este tema–, pero reconozco que se me parte el alma viendo a una de mis segundas tierras, la de las meigas, arder un año más sin control.

Imagen de veraneantes en una playa cercana a Soutoumayor, localidad gallega donde se produjo uno de los peores incendios del mes de agosto de 2016. (Imagen: El Faro de Vigo).

Cuando saco este tema con mi gente, observo con tristeza una posición entre indiferente y resignada que me produce pavor y me pone de muy mala hostia, con perdón. Asumen que siempre va a haber pirómanos, imprudentes o locos que incendien los bosques. Es algo que no se puede evitar y por lo tanto no es un problema que se pueda atajar, no existen soluciones.

No obstante, hay datos que contradicen esta funesta postura. En el año 2007, World Wildlife Fund (WWF), la organización conservacionista independiente más importante del mundo, destacaba el descenso tanto en el número de incendios como en la superficie quemada en España, habiendo sido el mejor año de la década en este sentido. La asociación ecologista destacaba la mejora en la prevención, en la persecución de los incendiarios y en la coordinación y eficacia en la extinción.

Cinco años después, en 2012, el panorama había cambiado radicalmente así como la valoración de WWF, que pidió una acción urgente contra el aumento de los incendios en los países del Mediterráneo, entre ellos España. En concreto, se decía que los grandes incendios forestales que habían azotado el país eran la herencia de décadas de abandono en las políticas forestales. Además, el informe de WWF señalaba los recortes presupuestarios en materia de prevención forestal, especialmente en Grecia, como una de las principales causas de los desastres ecológicos sucedidos ese año.

Ya en 2010 WWF había avisado de que la década sería catastrófica a nivel de incendios forestales en España. En el informe de ese año destacaba la deficiente gestión foral de los bosques de nuestro país, algo que quedaba claramente a la luz por la falta de coordinación entre Administraciones y la ausencia de planes de recuperación forestal, entre otras causa.

En septiembre de 2014, la Fundación Ciudadana Civio en su web España en Llamas criticaba la opacidad en cuanto al gasto realizado por la Administración contra los incendios forestales, destacando que habitualmente no se entregaban los datos históricos, que desde el inicio de la crisis los recortes en prevención y extinción eran significativos –en Castilla y León, Asturias y Aragón había disminuido la inversión en prevención un 50%– y que en algunas Comunidades Autónomas no se hacía labor de prevención en invierno por los recortes. Este demoledor reportaje, con muchos datos contundentes, se publicó también en el periódico El Mundo.

Civio ya se había quejado en 2013 de la falta de transparencia en esta materia y había conseguido recabar datos a través del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, extrayéndose de los mismos que el capítulo de prevención contra incendios se había visto mermado de los 38,8 millones de 2009 a los 8,7 de 2012. En ese mismo informe también se comentaba la reducción del número de patrullas operativa durante el Plan INFOCA, lo cual se traducía en el escaso número de incendios investigados.

De esa manera el propio Ministerio contradecía las pomposas declaraciones de su titular por aquel entonces, Miguel Arias Cañete, quien aseguraba que se estaba realizando un gran esfuerzo presupuestario para poner a disposición de las CCAA los medios y recursos con que contaba el Ministerio. La verdad a medias se caía por su propio peso, ya que, al igual que han hecho históricamente todos los gobiernos, debido a su mayor impacto popular, se destina dinero a la extinción y se recorta en prevención. Aunque durante los años de la crisis se recortó en ambos aspectos.

Bien es cierto que el actual gobierno en funciones del PP tuvo una deriva electoralista en los Presupuestos del pasado ejercicio 2015, subiendo la partida referente a la prevención de incendios –después de años de tijeretazos–, algo de lo que no dudó en jactarse el Subsecretario del Ministerio Jaime Haddad.

Para hacerse una somera idea de las dificultades que existen para conocer los datos sobre el gasto que realizan las CCAA en esta materia y la tremenda disparidad de criterios y de partidas destinadas, basta leer un reportaje publicado en agosto del pasado año en La Vanguardia titulado ¿Cuánto cuestan los incendios forestales en España?

Haciendo una parada expresa en Castilla y León, los recortes derivaron en 2011 en una situación esperpéntica, denunciada por los sindicatos, admitida por el propio Viceconsejero de Desarrollo Sostenible de la Junta y recogida en las páginas de El Norte de Castilla. Las restricciones presupuestarias habían afectado entre otras cosas al tope de gasto en combustible, de modo que los agentes tenían serias dificultades para desplazarse a los montes y otras zonas forestales porque no podían echar gasóleo en los vehículos.

Pero no hay que remontarse a los años de la crisis aguda –que para el gobierno son muy lejanos, pero para muchos han sido ayer, hoy y mañana–. La situación no parece haber cambiado mucho. Con motivo del gravísimo incendio de La Palma que tuvo lugar a principios de este mes de agosto, uno de los agentes forestales se quejaba en la radio de que llevaban años reclamando un hidroavión adicional sin éxito.

Imagen de las labores de extinción del gravísimo incendio de La Palma, en el que se quemó más del 7% de la isla. (Imagen: El País).

Todos estos detalles muestran bien a las claras que, pese a la dificultad de evitar todos los incendios, sí es posible prevenirlos y reducir su riesgo si se dispone de medios suficientes y adecuados o, en el caso de que sea imposible prever su inicio, se pueden controlar mucho más rápido y minimizar su efecto. Sin embargo, esta ecuación adquiere signo negativo si damos la vuelta a la tortilla, que es lo que ha sucedido durante muchos años.

Por lo tanto, no es cierto en absoluto lo que mucha gente afirma por una cuestión de desconocimiento o de pasotismo. La aniquilación de los bosques por el fuego sí se puede anular o al menos acotar bastante sus consecuencias.

Algo que obviamente no sólo es labor de las Administraciones ni se trata únicamente de una cuestión de dinero, sino que el trabajo de los medios, los colegios, las familias y la sociedad en general a la hora de mentalizar sobre todo a las nuevas generaciones resulta esencial. Aunque sea a través de campañas de televisión orientadas al público infantil. Pero me da la sensación de que en esto, como en tantas otras cosas, estamos dando pasos atrás. Como dije antes, sólo hay que hablar con la gente y escuchar sus lacónicas respuestas.

En la segunda parte de este artículo trataré más a fondo sobre las políticas forestales que existen en España y analizaré los graves perjuicios, no sólo medioambientales –incluido aquí lo que se deriva para la salud de las personas–, sino también económicos, sociales y culturales que provocan los incendios forestales.

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