Entrevistas con indigentes essspañoles

Me he dado cuenta de un tiempo a esta parte de que tengo un toque racista, bastante sutil pero evidente. Lo aprecio cuando veo a un indigente. No tengo claro de si, con las nuevas normas sociales sobre utilización del lenguaje, el término indigente resulta ofensivo y por lo tanto debería utilizar conceptos como “nómada semoviente” o “hipster sin recursos”, pero me la juego y mantengo el otro vocablo.

El caso es que yo soy de los que me fijo mucho en estas personas que andan acurrucadas en un rincón, sentadas en las escaleras exteriores de los portales, tumbadas en el cuarto de los cajeros automáticos o plantadas en la puerta de un supermercado. No todas practican la mendicidad, aunque es lo habitual en determinadas horas del día. El recurso del plato o vaso de plástico está en desuso, pero aún hay quien lo emplea. Es más habitual colocar un “cartel promocional” explicando la situación de necesidad y pedir que los transeúntes depositen monedas en la manta, trapo, cartón o tela sobre la que se sientan o tienden.

He de aclarar que desde hace años nunca doy dinero a estos ciudadanos. Antes tampoco era habitual que lo hiciese, pero ahora directamente me lo prohíbo a mí mismo, aunque mi primer impulso sea siempre sacar una moneda del bolsillo. Llegué a la conclusión, tras realizar un estudio rigurosísimo basado en las creencias y leyendas populares, de que dar monedas a las personas que piden en la calle sería contraproducente para ellas, puesto que las necesidades básicas las tienen cubiertas con los albergues municipales y los comedores sociales, y que ese dinero extra sólo se lo gastarían en vino y drogas.

Porque de todos es sabido que los indigentes beben, fuman o se pinchan, y que jamás se les ocurriría destinar los recursos económicos obtenidos mediante la caridad a cosas tan inútiles como la ropa o alimentos no perecederos para comer entre horas o a entrar en una cafetería para tomar chocolate o café caliente cuando hace menos de cero grados en la vía pública. Y por supuesto, es imposible que un indigente sea alguien a quien se le haya ocurrido ponerse en la vía pública con el fin de pedir ayuda para poder pagar la luz, el agua o el alquiler del piso. Dado que obviamente indigente y sin techo son sinónimos, pese a que la RAE defina la indigencia como la falta de medios para alimentarse, vestirse, etc. y no la equipare a la situación de “despojado inmobiliario”.

Este pensamiento me ha hecho reflexionar últimamente que tal vez yo ande equivocado con eso de no soltar la guita a los menesterosos y, a raíz de eso, es cuando he descubierto lo de mi racismo. Porque ahora tomo una actitud diferente dependiendo de si el susodicho es español o no. Tengo que precisar que en este segundo caso la mayor parte de los “comerciales de caridad callejera” de Valladolid son rumanos, al menos los que yo me cruzo, especialmente rumanas, y sobre todo gitanas rumanas. Bueno, digamos que eso parecen, porque tampoco se lo he preguntado nunca.

Señoras de tez oscura entradas en años y kilos, llenas de arrugas y habitualmente plañideras hasta el histrionismo son habituales del paisaje urbano desde hace mucho tiempo y su presencia no nos afecta demasiado. Consideramos que son personas que se dedican a ese oficio de vagar y suplicar desde hace generaciones, que el exilio y el éxodo son su modus vivendi, que va casi con su naturaleza.

Por lo tanto, están tiradas en la acera a menos dos grados porque el cuerpo así se lo pide como a mí me demanda salir a correr y luego pegarme una ducha de agua caliente mientras, si me da por ahí, me masturbo. Para ellas es como para nosotros estar currando delante del ordenador, y por lo tanto no se merecen nuestro dinero.

Además, pertenecen a clanes perfectamente organizados y estructurados en los que se distribuyen las funciones de cada uno, se les asignan los lugares y, por supuesto, todos han de rendir cuentas al final de la jornada. Son como una gran empresa dedicada a solicitar dádivas, salvo que no hay vacaciones, ni días de permiso ni indemnización por despido. O sea, se parece a un trabajo precario de cualquier millennial mucho esssspañol o esssspañola, pero sin tecnología 2.0. de por medio.

Ninguna prueba o confirmación hay de todo esto, claro está, pero forma parte del inconsciente colectivo, que es para nosotros el periodista más fiable, el científico más riguroso, el notario más fehaciente y el juez más imparcial e inflexible, todo a la vez.

De modo que con esta gente aplico mi viejo dogma antes generalizado de “al mendigo, ni un chavo” y sólo les compro comida, o alguna bebida caliente o les regalo una sonrisa o unos buenos días de vez en cuando. Y contemplo la dentadura desdentada de estas viejecillas gordezuelas y ajadas y con eso me siento bien conmigo mismo y mi mecanismo.

Pero con un indigente español eso ya no me vale. Necesito un plus, por las razones antes expuestas que me llevaron a replantear mis añejas premisas. Con mis compatriotas necesito hablar, darme cuenta de que su desgracia no es fingida, comprender su historia de degradación hasta llegar a esa situación de pobreza extrema, para saber si tal vez podría invertir de forma segura mi generosidad en ellos, donarles ese euro que, junto con otras muchas decenas, quizá les permitiría cubrir algún gasto urgente que sus homónimos rumanos jamás tendrían, ya que su concepto de la vida se define únicamente con el gusto por la miseria.

El otro día me crucé con un fulano de unos cuarenta, o tal vez cincuenta (es difícil calcular la edad de los “desarreglados trashumantes urbanos”), que aseguraba ser español en paro y no perceptor de ninguna ayuda. Además, su “mensaje publicitario” también anunciaba que aceptaba comida, y no sólo pasta.

Le pregunté de dónde era (creo que de Extremadura), a qué se dedicaba antes (había trabajado un poco de todo) y cómo había llegado a esa situación (no quiso responderme). “¿Has solicitado la renta garantizada de ciudadanía?”, sin darme cuenta cuando le formulé la cuestión de que la Junta de Castilla y León no la empieza a pagar de forma instantánea desde que se solicita, sino que es obligatorio llevar un año empadronado en la comunidad (asunto que ya traté en la entrada “Abandonados por España”), lo cual resulta tan lógico y empático por parte de la Administración como que te hagan una paja con un condón puesto. Pero como diría nuestro gran presidente del gobierno, “me pinta usssted un paísss que no conozco”.

Le di ánimos, le intenté hablar con completa normalidad, sin un ápice de lástima o compasión, de igual a igual, y finalicé con un toquecito en el hombro mientras salía de mis labios un “macho” o “tío” que no puedo evitar cuando quiero transmitir energía o buen rollo a alguien, excediéndome en la confianza que él me había otorgado, como si el hecho de ser él un “vendedor ambulante de altruismo” me otorgase a mí ciertas licencias a la hora de tratarle.

A finales de otoño, recuerdo que me crucé con otro hombre barbudo y ataviado con un gorro estropajoso que, en una de las primeras noches de frío, se quejaba de que no había plazas suficientes en el albergue municipal porque el Ayuntamiento no había activado el protocolo para la temporada invernal. La Concejala de Servicios Sociales me negó esto por Twitter al día siguiente, pero hubo polémica con otro tuitero, que no aceptaba sus argumentos, y el tema no quedó claro.

En cualquier caso, esa reclamación contrasta frontalmente con lo que me dijo el primero de mis “entrevistados bohemios a la intemperie”, quien me dijo categóricamente que al albergue no pensaba ir, ya que allí era bastante probable que le robasen sus escasas pertenencias y el poco dinero que tuviese.

Pero más interesante, a la par que jodida para mi estado de ánimo, fue la charla que mantuve con una chica que seguramente no superaría mi edad, incluso puede que fuese más joven, pero cuyo aspecto físico decía una cosa más bien distinta, con la cara llena de marcas, su faz ennegrecida y el gesto completamente deformado. Automáticamente la prejuzgué como extoxicómana, aunque tampoco quiso contarme su historia personal, lo cual es totalmente comprensible, pero reconozco que me dolió. Su rictus de tristeza extrema me quitó las ganas de seguir interrogándola.

La chica era de Palencia, creo, aunque iba y venía de un sitio a otro, se desplazaba en autobús y cuando yo me la encontré y la abordé con afán mezcla de curiosidad rapaz y de compasión beata (quiero pensar que mucho más de la segunda), estaba recogida entre varias mantas en una noche con un frío infernal. Me sorprendió que también opinase que era mejor dormir al raso, pese a que Pucela pareciese Siberia aquella madrugada, que irse al albergue.

La bajé un vaso de leche con Nesquik de casa. Estaba durmiendo frente al portal de mi edificio. Pero no quiso entrar cuando dejé la puerta premeditadamente abierta durante unos instantes. Pensé en darla dinero. Pero no lo hice. Ella en ningún momento me lo pidió.

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Operación Triunfo, música y morbo

Mi relación con este concurso siempre ha sido un poco masoquista. Por una parte, podría pasarme las horas enumerando la cantidad de cosas que lo hacen detestable (para mí) y, sin embargo, soy uno de los muchos millones que se tragó, devoró, su primera edición, y, dieciséis años después, ha vuelto a hacerlo con la considerada edición revival que ha servido para que el formato, desgastado y olvidado por la gran repercusión de otros talented shows (los cuales, estos sí, jamás he visto), volviera a estar de plena actualidad.

¿Cómo explicar esta dicotomía, este placer inconfesable y vergonzoso? Trataré de dar respuesta, al tiempo que aprovecho para diseccionar algunas de las claves de esta última competición, que finalizó el pasado lunes 5 de febrero, por lo que esta entrada puede servir tanto a los que aborrezcan el producto como a los que lo amen (y es que, amigas y amigos, del amor al odio, cuán fina es la línea separadora).

Podría justificar mi discutible actitud de muchas maneras, todas lógicas y totalmente ciertas desde un punto de vista racional. El programa ha ganado en calidad musical e interpretativa, en respeto a los intérpretes originales de las canciones y en variedad.

En cuanto a lo primero, resulta evidente que los concursantes de la edición 2017/2018 son infinitamente mejores que los de la primera. Sólo hay que ver a los finalistas, mucho mejor preparados a nivel musical y con una calidad vocal y de transmisión en el escenario tremenda. Alfred es un músico impresionante, Amaia también y a eso une una capacidad para transmitir con su voz verdaderamente alucinante en varios registros, Ana Guerra es un espectáculo bailando y actuando, Miriam es casi perfecta cantando y Aitana tiene una chispa y una frescura con la que, sin parecer que hace mucho, lo consigue todo.

Se podría criticar esta circunstancia alegando que con ello se ha perdido la esencia de la competición original, en la que participaron (algunos) concursantes sin ningún tipo de preparación. Unos cuantos eran diamantes en bruto completamente sin pulir, como Rosa López, que además fue la ganadora, mientras que los que concurren ahora tienen cierta formación musical (algunos mucha). Pero es indudable que eso ha hecho subir el nivel.

Operación Triunfo ha dejado de ser una competición sólo de cantantes y chicos guapos y guapas (aunque esto sigue primando) para convertirse en un conjunto de recitales donde se ven números con una escenografía muy meritoria, actuaciones con música en directo (aunque todavía le queda mucho margen de mejora en este aspecto) y canciones (al final no deja de ser lo más importante) ejecutadas con mucha maestría y emotividad.

Por destacar algunas, me quedaría como casi todo el mundo con City of Stars, tema de la banda sonora original de la película La La Land, música de Justin Hurwitz, letra de Benj Pasek y Justin Paul y cantado por Ryan Gosling y Emma Stone, que Alfred y Amaia hicieron a cuatro manos en el piano y que dejó a muchos, incluido a un servidor, con la boca abierta. Por muchos prejuicios que se tengan contra OT, aquello fue un lujo, bocata di cardinale.

También destacaría la canción de la banda sonora original de Cabaret (compuesta por Ralph Burns, John Kander y Fred Ebbque) de Liza Minelli que se marcó Ana Guerra, el Procuro Olvidarte de Manuel Alejandro y Ana Magdalena, versionada por Aitana con dos de los profesores como músicos, Manu Guix al piano y Capde a la guitarra, el I Wanna Dance with Somebody (who loves me) de Whitney Houston (escrita por George Merrill y Shannon Rubicam) en la voz de Miriam y prácticamente cualquiera de las canciones hechas por Amaia, sobre todo Shake it Out, de Florence and The Machine, y la que hizo en la gala final, Miedo, de M-Clan.

Por lo que respecta a la segunda de las mejoras del concurso actual, ahora el presentador, Roberto Leal (¿sólo a mí me enerva su risita cada vez que uno de los concursantes finaliza su actuación?) siempre comenta quién es el intérprete original de la pieza y normalmente también en los videos previos de los ensayos se suele mencionar a su autor, cuando no coinciden. Es algo tan de justicia que no debería ni resultar relevante si no fuese porque en aquella mítica edición 2001/2002 no se citaba a los compositores o se hacía muy de pasada, lo cual me resultaba vergonzoso.

Otra de las cosas que me parecían muy censurables del concurso original era la absoluta falta de variedad en los estilos musicales que se mostraban. Casi todas las canciones eran baladitas o temas comerciales pop, más o menos de moda, sobre todo si eran latinos, con especial predilección por el rollo andaluz que tanto vendía por aquel entonces.

En OT 2017, sabedores los organizadores del programa que el público joven actual es cada vez más diverso en cuestión de gustos, ha optado por ampliar el rango. Es verdad que la radiofórmula sigue sin enterarse, pero el indie nacional o el rock indie internacional tienen muchos adeptos entre los veinteañeros y, aunque el reggeaton, el electrolatino y el vallenato siguen arrastrando masas, cada vez  hastían más y la gente comienza a decantarse por otras cosas, desde el jazz hasta el glam rock, incluso pasando por géneros musicales que parecían fosilizados en España, como el bolero o el tango, pese a la gran popularidad de la que gozaron en el pasado.

Los propios profesores de la Academia, encabezados por Noemí Galera (que al igual que Manu Guix, siempre ha estado ahí, en todas las ediciones), se encargaron de destacarlo con mucho autobombo, lo cual no hace que deje de ser cierto, y el propio Alfred, un chico que me cae especialmente bien y que atesora una cultura musical alucinante para su edad, también felicitó en la última gala al equipo por esa apuesta.

Sin embargo, pese a esta virtud innegable, sigue habiendo una clara censura al rock nacional, al rebufo de lo que hacen (a excepción de Radio 3) todos los medios de comunicación audiovisuales de este país hipócrita y moralista sólo para lo que les interesa a los jefes ideológicos del sistema. Hasta que no vea y escuche interpretar una canción de Obús, de Barón Rojo, de Rosendo, de Platero, de Barricada, de Los Suaves o de Extremoduro en OT, no consideraré que este programa cuida la diversidad musical en condiciones.

Todos sabemos, y yo he escrito sobre ello en esta Buhardilla en varias ocasiones, que el rock transgresor que se ha hecho en España desde finales de los años 70, no interesa a las corrientes que deciden lo que es mainstream y por ello tratan de invisibilizarlo. Lo malo para ellos es que a día de hoy, con la posibilidad de difundir a través de la tecnología cualquier cosa, resulta imposible eliminar una parte maravillosa y fundamental de la historia de la música de este país, y por eso en Youtube, Spotify y otros canales se sigue escuchando y mucho a esas bandas incómodas, incluso por parte de los adolescentes.

¿Algún día veremos un programa de música con mayúsculas, y no a medio gas como lo es OT, en el que se cante por ejemplo Standby de Extremoduro o Dolores se Llamaba Lola de Los Suaves? (por ser temas conocidos y más o menos buenistas, pues tengo claro que jamás escucharé un tema de La Polla Récords ni tampoco Tranquilo Majete de Celtas Cortos).

Sin perjuicio de todo ello, me debo poner el mono de la sinceridad, que a veces me queda mono y otras no, y reconocer que, por mucho raciocinio que emplee a la hora de analizar las virtudes y defectos, técnicos, musicales o de planificación, de forma objetiva, al final hay una cosa, ¡ay!, que es la que verdaderamente te acaba atrapando de este formato tan criticable como en ocasiones irresistible.

El puro entretenimiento, el aspecto del aborrecible reality, las relaciones que se forjan entre los concursantes, su evolución personal, sus gestitos, sus histriónicas reacciones, su intensidad totalmente exagerada, sus jodidos lloros, risitas, bromas…

Fascina de una forma execrable el vomitivo dramatismo de chavalillos que no se han enfrentado probablemente (al menos la mayoría de ellos) a un problema grave en toda su vida y que consideran esa experiencia como la mejor que vivirán nunca. El estar alejados de sus familias y amigos durante unos meses, estudiando y compitiendo en un concurso que les dará la fama y una carrera musical asegurada al menos durante un tiempo, les provoca una zozobra mayor a la que sienten los emigrados forzosos de España que no encontraron un mal curro que llevarse a los bolsillos en territorio rojigüalda.

Engancha y apesta a partes iguales su estúpida convicción en que los sueños siempre se cumplen cuando se persiguen, como si los obstáculos de la sociedad no existieran, y toda esa mandanga que les lleva a abrazarse desaforadamente cuando consiguen logros o a frustrarse como si se les hubiera gangrenado el dedo gordo del pie siniestro cuando sufren reveses.

El puto pasteleo, incluso. En definitiva, uno de los sentimientos más despreciables, deshonrosos y antiguos de todo ser humano, el morbo, la curiosidad por las vidas ajenas, en ocasiones incluso el deseo de estar metido en ellas e imaginarse el propio comportamiento ante estas situaciones. “Yo sería un poco como Agoney”. “Pues a mí me pasaría como a Nerea, todo me lo tomaría en plan trágico”. “Yo sería el cachondo del grupo, como Roi”.

Bueno, si a alguien le sirve de consuelo para no dejar de verme después de leer este texto como una mediocre figura icónica y antisistema, el abuhardillado que, desde las alturas, se oculta del mundo para que no le agarren sus tentáculos de los huevos, tengo que decir que yo siempre me he imaginado a mí mismo como el que reventaría el concurso.

En efecto, me pondría a interpretar Vicio de Reincidentes o Delincuencia de La Polla cuando me nominaran (lo cual sin duda sucedería inmediatamente), sin avisar y a traición, ahora que se puede actuar en directo sin más instrumentos que la guitarra y la voz. Bueno, o quizá al final me contuviese y acabase tocando una de las mías, más amables con el establishment, no sé. ¿Me aplaudirían, me abuchearían, me votarían? ¿Se cagaría en mí Mónica Naranjo? Probablemente, todo a la vez. En cualquier caso, sería el menos triunfito de los triunfitos. ¿Eso expía mi pecado, oh, puristas de la música alternativa y amantes de las etiquetas?

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Retorno a ninguna parte

Esta semana el Ayuntamiento de Valladolid ha ofrecido los datos que reflejan el balance del Programa Retorno del Talento en su primer año de vida. Sin entrar en pormenores y aunque seguramente yo no sepa hacer cosas mejores, el resultado es tan ridículo que casi parece todo un insulto que alguien se vanaglorie por él. 17 vallisoletanos que en su día emigraron han vuelto a la ciudad a través de esta iniciativa, por otra parte muy loable, propuesta en su momento por Sí Se Puede Valladolid, la marca de Podemos en la capital del Pisuerga.

Es verdad que este tipo de políticas hacen mucha falta y hay que agradecer al actual equipo de gobierno del Consistorio pucelano el que esté intentado hacer cosas en este sentido. En 2017, dotó al programa con 500.000 euros y para el año que viene piensa destinar idéntica cantidad, que sin ser un presupuesto para tirar cohetes, tampoco es despreciable.

Pero una cosa es reconocer ese esfuerzo meritorio y otra negar la mayor. El problema que existe en Valladolid y en la mayor parte de las ciudades de Castilla y León es otro bien distinto. De las zonas rurales mejor ni hablar, porque ya se encarga de hacerlo la Junta de Castilla y León, por obra y gracia del Señor Herrera y sus acólitos, perpetuando el abandono, la despoblación y la miseria de opciones de vida desde hace demasiados años.

En efecto, en los grandes núcleos de población de la castigada y dejada de la mano de Dios Castilla y León el mal es mucho más de base. Casi nadie retorna, con programas específicos o no, porque simplemente apenas hay oportunidades laborales interesantes. Y entre las pocas que hay, prácticamente ninguna ofrece una proyección realmente potente a largo plazo para aquellos que tienen metas profesionales altas (no hablo sólo de remuneración).

Esto no quiere decir que aquéllos con mente más funcionarial o que tengan objetivos menos ambiciosos, esto es, personas que se conformen con un trabajo más o menos estable y permanente que les permita vivir sin excesivos apuros ni demasiada exigencia lo tengan más fácil. Si de por sí ese tipo de concepto laboral está en España cada vez más en entredicho, en estos lares tampoco abundan los puestos de trabajo de ese tipo. Pocos son los que lo consiguen y aún los que lo hacen, tienen casi siempre la Espada de Damocles del cierre de la empresa en cuestión sobre su chepa.

Porque sí, en esta tierra se siguen destruyendo empleos. Muchos. Continuamente hay noticias en este sentido. Esta semana, sin ir más lejos, el anuncio del cierre de la planta de Gamesa Siemens en Miranda de Ebro, que implicará el despido de 133 trabajadores. A la inversa, el desierto. Muy pocas empresas fuertes se instalan en la región y, si hablamos de compañías en sectores de futuro, con capacidad de inversión, investigación, desarrollo social o medioambiental, dan ganas de echarse a llorar.

Pero de todo esto, volviendo al punto inicial relativo al regreso al hogar pucelano, nada hablaban las noticias de los diarios locales que las publicaron a toda página. Se limitaron a fusilar la rueda de prensa del Ayuntamiento, aportando la información que se les proporcionó y sin aportar ni un solo pero o matiz.

Es cierto que sí hablaban del número (escandaloso) de personas que se han ido de la ciudad (pero nada comentaban de los que lo habían hecho en el mismo año 2017 al que se referían los resultados), utilizando el tiempo verbal pretérito (el mismo que debió emplear, deduzco, el Concejal de Hacienda y Promoción Económica Antonio Gato), como si el período de la crisis financiera hubiese sido un compartimento estanco del desastre, algo así como asegurar que la peste sólo se propagó entre una fecha y otra, siendo imposible su contagio de esta última en adelante.

De hecho, el tono de todos los textos que leí iba en esa línea de la recuperación, intentando transmitir la idea de que la fuga ya había sido erradicada y por tanto sólo cabía ya la vuelta a Pucelandia, aunque fuera a pasitos cortos. No se irán más, pero retornará todo perro pichichi, poco a poco, volviendo con su rabito a mear a orillas del Pisuerga y las ardillitas que se piraron volverán paulatinamente al Campo Grande para cruzar de rama en rama su frondosa vegetación. Qué arcadia tan maravillosa nos espera.

Puedo entender que la corporación municipal esté interesada en ofrecer a la ciudadanía datos positivos que justifiquen la apuesta realizada. Es su labor, por mucho que se les pueda reprochar su conformismo y autobombo. Pero no me cabe en la cabeza que periodistas consolidados y los directores a los que sirven sus piezas no tengan una mínima capacidad crítica, sin necesidad de entrar en juicios de valor o de opinión, simplemente realizando una simple labor de contraste y una búsqueda de otros argumentos o aspectos relativos a la cuestión.

Tantos los políticos como los periodistas tal vez deberían preocuparse por indagar en la verdadera realidad de la juventud vallisoletana. Qué piensan, cuáles son sus expectativas y metas, qué esperanza tienen respecto a su futuro.

Descubrirían tal vez con estupor que prácticamente cualquier chico o chica desde que alcanza la mayoría de edad (algunos si son maduros incluso antes) se ha planteado marcharse de la ciudad. Casi todos han asumido que tendrán que buscarse la vida fuera. En una capital autonómica donde residen más de 400.000 personas si tenemos en cuenta el alfoz, eso resulta cuanto menos impactante, aunque pienso que el mejor adjetivo para definirlo es dramático.

Si bien cabría analizarlo en otro espacio, no creo que sea ninguna barbaridad afirmar que Valladolid es una ciudad pensada para la gente de mediana y avanzada edad. Su oferta de ocio y cultural, de por sí no demasiado extensa, y sus infraestructuras y servicios públicos están orientados mucho más a padres con niños o a los abuelos de estos que a adolescentes y jóvenes.

Son los universitarios venidos de otras tierras los que mantienen la llama… Pero sólo durante el curso académico. En verano se comprueba la verdadera realidad, aunque siempre nos quedarán los dos fines de semana de las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo, cuando los miembros del amplísimo ejército de emigrados siguen pasándose por aquí a tomar un Ribera o un Lorencito y colapsan las calles como si no hubiera mañana, para después marcharse y dejar tras de sí algo de dinero y mucha nostalgia.

Pero no pasa nada. Seguiremos vendiendo humo y asegurando que Pucela es tierra de oportunidades a la que casi todo el mundo va a acabar regresando. Al menos, hay 17 personas “talentosas” (¿acaso los vallisoletanos y vallisoletanas no talentosos no tienen derecho a volver?) que desde el año pasado me pueden llevar la contraria. Ojalá no tengan que largarse de nuevo. Suerte.

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Si quieres salud, paga

El sábado 20 de enero tuvo lugar en Valladolid una marcha en defensa de la Sanidad Pública de Castilla y León (SACYL). En ella participaron personas pertenecientes a distintos colectivos y otras muchas a título individual, procedentes de todos los rincones de la comunidad autónoma.

Muchos miles de personas pidieron la dimisión del Consejero Antonio María Sáez Aguado, colgaron carteles en las verjas del antiguo Hospital Militar, sede actual de la Consejería (que fueron retirados con una velocidad inversamente proporcional a la falta de celeridad del sistema sanitario público catellano-leonés), y participaron de un malestar generalizado que, sin embargo, no se refleja mediáticamente con demasiada habitualidad desde que cesó la intensidad de aquellas mareas blancas que surgieron en la época del 15-M.

Además de las reivindicaciones genéricas, había muchas reclamaciones concretas relativas a centros de salud, de especialidades u hospitales en zonas concretas de la región, que han sido desmantelados, cerrados o cuya renovación y/o ampliación requieren ser acometidas de forma inmediata.

Entre todas las proclamas, que comparto en su totalidad y sobre alguna de las cuales ya he escrito en otras ocasiones, me quiero centrar en la relativa a los evidentes beneficios que esta situación de ineficacia del sistema público arroja para los seguros privados y consultas de médicos ajenas a la Sanidad Pública y, muy relacionado con esto, a la inexistencia de una norma que determine la incompatibilidad entre el ejercicio público y privado.

Mucha gente piensa que no se trata de un error voluntario, sino de una estratagema bien urdida y planeada para que esos actores salgan muy fortalecidos económicamente. De hecho, en el manifiesto que leyeron al final de la marcha los representantes de la plataforma en defensa de la Sanidad Pública se hacía alusión a esa supuesta planificación.

Yo no creo tanto en conspiraciones como en la estupidez y negligencia de los responsables públicos. Creo que las personas que gestionan las instituciones públicas son por lo general incompetentes y andan dominados por una dejadez y un abandono de sus funciones permanentes. Se acomodan y dejan que otros hagan por ellos, mientras centran su labor en reuniones de alto copete, charlas con peces gordos y actos de postureo. Esto no les hace menos culpables de los errores, todo lo contrario, pero en general les considero más vagos que crueles, sobre todo por su falta evidente de capacidad e inteligencia.

No obstante, en este caso, hay que descender al segundo nivel. El que se refiere a la propia gestión de los centros sanitarios. Ahí descubrimos cosas que, cuanto menos, dan pie a la sospecha, aunque no se pueda asegurar que exista clara intencionalidad.

Cuanto más conozco en profundidad cómo funciona la Sanidad Pública de Castilla y León, más me convenzo de que esta criminal situación no puede ser únicamente fruto de la dejación. La he estudiado desde muchos puntos de vista. He trabajado dentro de ella, he seguido directa o indirectamente muchos procesos, algunos en los cuales estaban implicadas patologías o accidentes de salud muy graves, incluso terminales, y también he cubierto como periodista algunas informaciones relativas al funcionamiento del sistema.

Todo ello me lleva a afirmar que el personal sanitario de Castilla y León está tan disconforme como la ciudadanía, pero al igual que la mayoría de estos (pese a que la protesta de hace una semana fuera bastante masiva, alcanzándose cifras históricas, no es menos cierto que participó en la misma un porcentaje ínfimo de la población castellanoleonesa), han aceptado estoicamente la estabilidad de esta situación.

Habría que preguntarse qué porcentaje de influencia tiene en esa perpetuación del conformismo ante el desastre el hecho de que el 39% de los profesionales sanitarios públicos trabajen además en la sanidad privada. No hay ley que lo prohíba, se permite siempre y cuando no entren en conflicto la dedicación privada con la pública (lo cual me parece prácticamente imposible), algo realmente discutible y que algunos justifican por las condiciones salariales de la Sanidad Pública y otros consideran aberrante. Sin llegar a este último extremo, sí considero que la compatibilidad da pie a suspicacias más que razonables.

Por supuesto que no se puede afirmar tajantemente que el jefe de una unidad o servicio de un hospital público que a su vez tiene una consulta propia de la misma especialidad contribuya maliciosamente al engordamiento de las listas de espera. Tampoco es posible asegurar que un buen puñado de pacientes acudan a aquélla aconsejados tácita o expresamente por dicho especialista, donde les cobrará por la visita la nada despreciable cantidad de entre 100 y 150 euros, en muchas ocasiones por revisar su problema durante menos de diez minutos.

No, claro que no, y de hecho probablemente habrá más personas integradas en el cuerpo de personal de la Sanidad Pública de Castilla y León que no cometan tales prácticas que aquéllas que sí incurran en ellas. Pero eso no quita para que sea difícil descorrer el velo de la sospecha de las camas, sillones o camillas que hay en sus negocios privados.

Además, no hay que olvidar que otras de las críticas que sindicatos, colectivos sanitarios y partidos políticos de la oposición llevan haciendo desde hace un año a la Junta de Castilla y León (gobernada por el Partido Popular) es la introducción del concepto de Unidades de Gestión Clínica en el SACYL. Estas unidades suponen en la práctica que la persona que las dirige (un profesional médico) tenga autonomía total en su ámbito asistencial para disponer de recursos materiales y de personal y tomar decisiones respecto a la atención de los pacientes concretos e incluso económicas, como por ejemplo a la hora de concertar acuerdos con empresas.

Muchos consideran que esto es una privatización encubierta del SACYL, que redunda en beneficios para el sistema sanitario privado y va en detrimento de la atención a los usuarios, ya que se busca la rentabilidad económica de los tratamientos y de las actuaciones asistenciales que se lleven a cabo, pues el más eficiente, el que más ahorre, recibe premio. Puede destinar ese remanente a la investigación clínica (lo cual también puede utilizarse como vía subterránea para establecer alianzas con laboratorios o clínicas privadas).

Como último dato, no hay que olvidarse que estos directores de las Unidades de Gestión Clínica, como jefes de servicio que son, son designados libremente o, como reza la expresión popular, están nombrados a dedo por el Consejero. Seguramente esto tuvo bastante que ver en el hecho de que el día de la manifestación se publicara una carta firmada por todos ellos jactándose de la excelente situación del SACYL y de la mejora en su calidad experimentada en los últimos años, documento que, como denunció el diputado de Ciudadanos, Francisco Igea, había salido previamente del ordenador del propio Sáez Aguado.

Al final, todo converge en el mismo punto. Si los propios médicos que ejercen su profesión en un negocio privado paralelamente a su trabajo en el SACYL tienen mucha relevancia en la regulación del servicio público y además dependen de la confianza personal del político de turno, todo adquiere un halo penumbroso que genera la desconfianza en el sistema.

En cualquier caso, sea de forma premeditada o no y con independencia de la influencia de los factores anteriormente expuestos, lo cierto es que el SACYL está colapsado y cada vez tiene una peor imagen entre la ciudadanía, gran parte de la cual, pese a todo, se calla y se arma de paciencia del buen paciente.

Lo malo es cuando entran en juego elementos de riesgo para la propia salud y la demora, provocada con premeditación o no, puede suponer una merma notable en las posibilidades terapéuticas, en la curación de una enfermedad grave. Entonces, ahí se acaban las hipótesis y las conjeturas.

Cuando el bien más preciado que tiene un ser humano es puesto en entredicho, poco le importa si hay criterios de eficiencia o de rentabilidad que afectan o no al servicio. Sólo ve que tiene que esperar entre cuatro y seis meses para saber si tiene un cáncer, una enfermedad degenerativa o una lesión permanente.

Si tiene dinero, se larga a la sanidad privada. Y si no lo tiene, sufre otro mal no menos importante añadido al físico, el deterioro de su salud psicológica, que es quizá el bien jurídico que más se desprecia en España de todos los que existen, totalmente desprotegido, y que separa claramente a los que tienen recursos económicos de los que carecen de ellos.

Por lo tanto, y dado que la situación seguirá por esos cauces e incluso se agravará, el panorama que se avecina es realmente horrendo. Uno podrá diferenciar quién tiene dinero del que no lo tiene en función de su estado de salud física y mental. Algo que en realidad ya está ocurriendo, pero que aún tiene mucho recorrido. Y el SACYL se está empeñando en dar los pasos necesarios.

Si continúa la actual política de la Junta de Castilla y León, la mayoría acabará concertando seguros privados como en Estados Unidos, también de diferentes niveles, pues en eso también habrá clases. Y los que no se los puedan pagar, malvivirán o morirán.

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Estado Libre Asociado Superrespetuoso

Hasta que lo he leído, no era consciente de la cantidad de años que José Mota lleva haciendo su ya tradicional Especial de Nochevieja en La 1 de Televisión Española. Desde 2007 de forma ininterrumpida, y ello sin contar los 8 años anteriores en los que, formando parte del dúo Cruz y Raya junto a Juan Muñoz, su show humorístico también despidió el año. Mucho tiempo atrás, en 1993, cuando ni mucho menos eran tan populares, ya habían protagonizado el único paréntesis que existió durante el reinado de Martes y Trece.

Aunque siempre he sido muy fan del humor de Mota, entre otras cosas porque los de mi generación hemos crecido con él, creo que el cómico ha ido de menos a más en su carrera y que en los últimos años ha ganado en calidad, tanto por la profundidad ocasional de algunos temas que trata como por el modo en que lo hace, con elegante ironía.

Ya no es sólo el humorista de risa fácil y frases míticas como “Hoy no, mañana”, o el creador de personajes frikis y entrañables como Bartolo. Desde hace años, es también, como él mismo insinuaba en el propio Especial Nochevieja 2017 Bienvenido, Mister Wan-da, un termómetro social, el espejo en el que nos miramos todos los españoles cada fin de año (incluso los que no se sienten españoles, y más este año) y hacemos un resumen histriónico de nuestra propia realidad histriónica anual, la de este 2017 más si cabe que nunca.

El argumento de ésta giró en torno al encargo que el Rey de España hace a los líderes de los cuatro principales partidos políticos para conseguir atraer hacia nuestro país una importante inversión de dinero procedente de un empresario chino. Aunque obviamente el título hace referencia al clásico del cine español Bienvenido, Mister Marshal (película a la que Mota hizo múltiples guiños), lo de Wan-da tampoco está puesto porque sí, ya que es el nombre del grupo empresarial del que es dueño el chino Wang Jianlin, uno de los accionistas principales del Atlético de Madrid, y que también da nombre al actual estadio del club colchonero.

Esta premisa básica le sirve como excusa a Mota para desnudar, como de costumbre, la realidad socio-económica española, sobre todo la que está más a pie de calle, pero como también viene siendo habitual es sus shows de fin de año, la actualidad política cobra un gran peso. Mota no sólo caracterizó a sus habituales Mariano Rajoy, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Pedro Sánchez o Felipe VI, sino también a los principales políticos catalanes, Puigdemont, Inés Arrimadas, Ada Colau y Ana Gabriel.

José Mota no es el mejor imitador de España, ni mucho menos. Aunque sea bueno, para mí no es eso lo que realmente destaca de él. Lo realmente asombroso del humorista manchego es su capacidad para interpretar de forma exagerada a esos personajes. Creo que es el mejor parodiador de España. Su Rajoy no sólo es magnífico porque se parezca al presidente de España, sino que ya se ha convertido en reconocible por sí mismo. Es “el Rajoy de Mota”, su particular versión, que resulta obviamente mucho más divertido que el original, pese a que éste a veces ponga el listón muy alto con sus míticos discursos dirigidos a besugos con diarrea.

En cualquier caso, la operación Wan-da fue de menos a más. Aunque los sketches relacionados con el empleo, la sanidad, la educación, la justicia y otros asuntos, dirigidos a avergonzar a la clase dirigente y a sacar una sonrisa de circunstancias a los demás, fueron como siempre muy buenos (tampoco se olvidó de otros asuntos candentes de este año, como los incendios o la turismofobia), hubo un punto de inflexión en el programa con la magistral parodia de la famosa serie The Walking Dead, reconvertida en The Walking DUI (siglas de la Declaración Unilateral de Independencia).

El tema del procés catalán, que inevitablemente tenía que tener un gran protagonismo en el especial, por haber colapsado mediáticamente al país en 2017, monopolizó prácticamente el programa de ahí al final.

Por mucho que seas José Mota, es muy arriesgado caricaturizar un tema así, que ha despertado los peores sentimientos de los españoles y de los que no se sienten como tales aunque todavía lo sean. La víscera y el fanatismo han aflorado como nunca en estos últimos meses, y por ello hay que tener mucha mano izquierda, pero sin perder la honestidad y el espíritu irreverente que debe acompañar a cualquier humorista. Además, corría el riesgo de aburrir con chistes fáciles mil veces hechos sobre el asunto y de aumentar la saturación y el hartazgo que ya de por sí asolan a todos los ciudadanos con el temita de marras.

Mota estuvo simplemente brillante, dio una master class de humor irónico, fino pero al mismo tiempo directo, de sarcasmo elaborado pero comprensible, y además dándole ese toque suyo tan particular que a mí es lo que más me gusta del humorista manchego. El musical. Añadir un matiz de color lírico y melódico a algo que, en circunstancias normales, nos debería horrorizar y espantar por lo grave y patético que resulta. El videoclip del Estado Libre Asociado Superrespetuoso (versión del Supercalifragilísticoespialidoso de Mary Poppins) es para mí uno de los momentos ya históricos de la televisión española y del humor nacional. Absolutamente inolvidable.

José convirtió el culebrón tragicómico y exasperante del procés en una fiesta de dos minutos, lo desdramatizó sin renunciar a la crítica afilada, nos puso una vez más ante el espejo y nos hizo descojonarnos de nosotros mismos. De que sigamos siendo el mismo país de charanga y pandereta del que hablaba Machado, esperpéntico como una obra de Valle-Inclán, quijotesco como la gran novela de Cervantes.

Nada ha cambiado en todos esos siglos y, por mucho que a los independentistas se les llene la boca con la diferencia y la autodeterminación, en el fondo no se dan cuenta de que el ridículo en el que están incurriendo no puede ser más españolista.

Están siendo fieles a la propia historia del Estado del que quieren separarse con su expresident fugado y “exiliado” que quiere ser investido telemáticamente, sus retorcidos argumentos contra la torticera propuesta de Tabarnia (otro elemento esperpéntico, además de oportunista) y su relato de heroísmo épico contra la opresión tiránica de un Estado que, a su vez, se cruzó de brazos y relativizó el problema desde que en 2014 Artur Mas, según la versión disparatada de Mota (pero en el fondo muy verídica) planeó no utilizar expresamente la palabra independencia por parte del gobern.

El ejecutivo español, por su parte, gobernado por un presidente que ahora saca pecho por los datos económicos publicados por una agencia de calificación al servicio del capitalismo más feroz, igual que aquéllas que en 2008 contribuyeron al colapso financiero del mundo occidental, tampoco se libró de los dardos del genial actor, cómico (y cantante) manchego. En la escena musical también hubo recadito para la subvención que enmascaró el rescate de 2012 y, de paso, para la desaceleración de Zapatero que no fue crisis, completando así el panorama de embustes de los dos últimos máximos gobernantes de esta nación de chiste.

El colofón al espectáculo lo puso, como ya viene siendo habitual, otro número musical, interpretado por todos los participantes en el programa de Nochevieja, con una versión del Cómo Te Atreves de Morat, a modo de resumen y cuadro perfecto de la España sardónica con la que en el fondo disfrutamos.

Ese es el gran mérito de los especiales de Mota, que no generan aversión hacia el país, sino que nos ayudan a psicoanalizarnos colectivamente, a entender nuestras múltiples contradicciones y estupideces, descojonarnos de ellas, aceptarlas e identificarnos como pueblo. La misma idea de juntar a los cuatro líderes en la operación Wan-da, por mandato del Rey (no es la primera vez que utiliza este recurso), tiene ese punto fantástico de integración pluralista.

Y es que, pese a que muchos no lo quieran ver, España es plural, diversa y, en su fragmentación, podría encontrar la salvación en vez de la confrontación. Pero para ello hay que huir del fanatismo, de los salvapatrias, de los incompetentes inmovilistas y de los mentirosos fanáticos.

Hasta que eso no suceda, nos costará vivir de una forma normalizada y jamás nos quitaremos nuestros complejos de país enfrentado y bananero. Menos mal que siempre nos queda el recurso de escaparnos de vez en cuando a la España de Mota. Cuando no me encontréis por aquí, buscadme en el Estado Libre Asociado Superrespetuoso.

 

 

 

 

 

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¿Has dicho duelo?

En contadas ocasiones he dejado colarse a alguien ajeno a mi Buhardilla y convertirla en un espacio más democrático donde no sólo reine la dictadura de mis emociones, sensaciones y pensamientos. Hoy la ocasión merece la pena. Hace pocos días leí por casualidad un relato que me puso los pelos de punta.

Lo firmaba una persona que ha pasado, está pasando, por una de las experiencias que a menudo menos líneas ocupan en el mundo, sus conversaciones, su cháchara y su ruido virtual. Os estoy hablando del duelo tras la ruptura de la pareja, y del proceso previo para llegar a reconocerlo.

Pero esta vez no seré yo el que hable, el que escriba ni una sola palabra. Todo lo que viene a continuación es obra y gracia de alguien cuyo anonimato me ha pedido que se respete y que es capaz de lograr en unos párrafos realmente intensos algo realmente complicado y que, en una cura de humildad, no sé si siempre consigo cuando vomito en este cuartito virtual y desvarío en exceso. Condensa inicio, desarrollo y desenlace abierto, que es la esperanza. Porque para ser rescatado antes hay que padecer, estar con uno mismo, una misma, y hablarse. Sentarse, sentir y aprender.

Bienvenidos, bienvenidas, al relato sobre el duelo.

“¿HAS DICHO DUELO?

Aún esta mañana lloré. Aún esta mañana, mientras fregaba, pude escuchar voces y notar una pequeña contracción en mí. “No lo hiciste bien” y “te quedaras sola”.

Lo que pasa que ahora hay algo distinto: las lágrimas no me desbordan, las voces las veo venir y las dejo disolverse, y hay mucha belleza en las montañitas que veo a través de mi ventana. Ahora que empieza a volver a mi la ilusión de estar viva que tanto eché de menos. Ahora que mi centro deja de estar allí con él y está regresando poco a poco a mi cuerpo. Ahora puedo inventarme el relato de mi duelo. No sé si lo hago por los demás o por mí. En el fondo no tiene importancia, sólo quiero que salga y se plasme en letras, como para dejarlo libre.

El sentimiento dominante después de mi separación fue de alivio, tristeza, calma. Disfrutaba el haberme atrevido a dar el paso, el tener espacio para mí, la libertad, ligereza, el sentirme de nuevo “creadora de mi vida”. Le escribo una carta para agradecerle todo lo aprendido estos años juntos y despedirme. Me siento lista para una nueva etapa. ¡Sí, yo puedo!

La vida tenía otros planes: después de un mes, se derrumba mi mundo. Me sorprende el vacío, la soledad desangelada… Tengo un invierno dentro. Hay también momentos llenos de alegría con personas queridas, que son como velitas en una oscuridad total y gélida. Echo de menos brutalmente, intensamente, la ternura, la piel, la complicidad, la intimidad compartida, el saber que “hay alguien ahí”.

Escucho voces fuertes dentro de mí que me recriminan sin cesar: “No es para tanto, hay cosas peores” y “te quedarás sola” y “no has sabido quererle” y “podías haberlo hecho diferente”. Estoy en el “no debería ser así” con lo que al dolor, añado la resistencia al dolor y se convierte en sufrimiento. Tengo migrañas fuertes, ansiedad, problemas digestivos. Me duelen tanto las voces, es insoportable, no sé cómo callarlas. También intento escucharlas, bailarlas, escribir, hablar de ello. Temo volverme loca, empiezo a tener dudas de mi salud mental.

Una buena amiga me dice entonces: “No estás loca, bienvenida al duelo, esto acaba de empezar.” Algo cambia entonces, hay un clic. Me doy cuenta de que quiero vivirlo de manera consciente, no me quiero escapar como otras veces y desnudarme con otros cuerpos o irme a otro país para olvidar. Muy en el fondo, sé que él no es más que un estímulo, lo que me mueve es estar lidiando con una de las cosas que más me cuestan en la vida: estar con la soledad. Con el vacío.

Decido prepararme entonces como para un viaje. Decido cuidarme mucho mientras dure y también buscarme apoyo. Me doy cuenta de la falta de espacios para gestionar el duelo de manera colectiva, de encontrar sitios donde nos podamos apoyar unos a otros, a aceptar los finales sin necesidad de ser consolada. En esta sociedad tan disfuncional que hemos creado, ¡cuán importante me parece tener espacios donde nos podamos sostener unas a otras!

Y así empiezo pues entonces un viaje intenso de más de un año (por ahora…), donde he entrado en contacto con zonas muy oscuras y vulnerables que hacía tiempo que no visitaba. Veo como me es difícil levantarme y sigo viviendo un poco por inercia. Notando mi trasiego mental continuo entre recuerdos del pasado y el futuro proyectado, viendo como intento tapar a menudo las emociones incómodas con la comida o el enganche a Whatssap. Mi mente está temerosa y agitada, quiere escapar de esta pegajosa soledad,  quizás porque intuye que solo ahí se puede abrir un espacio donde puede por fin morir una identidad a la que me aferro, que me da miedo soltar y perderme.

He podido comprobar que es cierto lo de que el duelo no es lineal sino como una espiral. Hace unos meses se dibujó una curva, cuando decidí hacer lo que más me cuesta: parar. Parar para cuidarme, para alimentarme bien, mover el cuerpo para traer mi mente al presente y… seguir sentándome con mi soledad. No por afán masoquista sino porque es lo que estoy viviendo ahora mismo. Algo así como sentarme con mi propia presencia y estar ahí sin más, viendo, sintiendo. Aún no sé describirlo pero noto que respiro con el diafragma mas relajado, mi dolor de cabeza ha disminuido y tengo más vitalidad y  como menos resistencia. Ahora veo como una parte de mí anhelaba una expansión de conciencia que no era posible para mi en ese escenario de pareja. Y me doy cuenta de lo valioso que me está trayendo este duelo.

Además de haber reforzado el vínculo con varias personas con las que ahora tengo una conexión muy especial.

Además de haberme permitido conectar mi corazón con el de todas las personas que se sienten solas y tristes en este momento (y si, soy una afortunada por muchas cosas, entre ellas, vivir en un país que no esta en guerra o tener personas que me apoyan).

Además de aprovechar este periodo de soledad para estar sacando a la luz patrones de relación que me limitan, como mi miedo a perder mi autonomía, mi dificultad en la entrega al otr@, mi adicción a estados intensos de enamoramiento que me facilitan no mirar dentro de mi.

Además de estar aprendiendo a cultivar un hogarcito dentro de mi que me acompaña en muchos momentos.

Además de comprender en carne propia que no necesito una relación con un hombre para poder sentirme completa y feliz, y que, al mismo tiempo, los vínculos y las relaciones son lo más valioso de mi vida en este momento. Que me acepto sin reservas como ser interdependiente.

Además de todo eso, hay un regalo que aún me está llegando:

Tiene que ver con un aprender a dejar de luchar y no resistirme a la alternancia entre dolor y placer que creo es la vida. Y tratar de quedarme, minuto a minuto, año tras año, con la experiencia de mí misma en el momento presente.

Y tiene que ver con un aprender a soltar. Ya lo había leído, sí, pero lo he vivido a través de la experiencia en mi cuerpo donde el duelo trascurre de manera independiente a mi “voluntad”. No lo puedo controlar, como mucho lo puedo acompañar. Así que estoy empezando a entender que puedo elegir mi intención y después confiar en la vida y en sus finales y comienzos. Confiar en la caída al vacío que nos contiene. Porque, traiga lo que me traiga, podré estar ahí, conmigo. Y desde ahí quizás sea más fácil bailar con lo que venga y apoyar a otras personas si lo necesitan.

… Y ahora continuo mi viaje en este misterio que es estar aquí. Y una vez más se confirma aquello que decía el poeta J. Welwood de que “cualquier condición de la que huyo me persigue. Cualquier condición que acojo me transforma”.

¡Ole! ¡Feliz año y vida!”.

 

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Enterarse de “lo de los Reyes”

Enterarme de lo que yo denomino “la gran estafa española”, es decir, de que “es mentira, los Reyes son los padres”, como canta Sabina, supuso para mí el final de mi infancia. A partir de ese momento, me empecé a considerar preadolescente, aunque en realidad eso no fue más que “la gran estafa albertiana”.

Pero de esto último no va esta entrada, sino de cómo, a finales del curso Cuarto (sí, ese que tantas cosas significó para mí, hasta el punto de ser el germen de mi pseudónimo literario, como expliqué hace pocas fechas), me enteré de la fula, de la ignominiosa trola. Ya se acercaba el verano, que entonces en Valladolid no empezaba hasta principios de julio aunque ahora arranque prácticamente en el maldito abril, y por tanto el final del curso.

Estábamos en clase, puede que en un cambio, porque nos pusimos a hablar varios que nos sentábamos juntos, entre ellos mis dos amigos Dani, Redondo y Cuadrado (no es un recurso, es más verídico que los ajos que vende un gitano en mi calle), y también el interfecto cuya privacidad mantendré y que fue causante del mayor trauma de mi vida.

Era un chico de esos que denominaban raros antes de que se popularizase el término friki. Como yo también lo era según las masas, no le consideraba especialmente extraño, ni a él ni a nadie en realidad, al menos no a esa edad. Años más tarde, cuando ya me creía guay, sí cometí algunos actos de eso que ahora llaman bullying, aunque muy suaves. El caso es que este chaval sólo jugaba con los coches, le apasionaban los coches, vivía por y para los coches.

Cuando utilizo el adverbio “solo” no exagero, porque realmente él no necesitaba la compañía de los demás niños. Se había construido una especie de carretera privada junto a la tapia, en una superficie terrosa que no llegaba a ser arenero, pensado más bien como jardinera o minihuerto. Allí se pasaba los recreos con sus cochecitos. Montaba carreras, aparcamientos, concesionarios… Esto no quiere decir que no hablase, pues al contrario, sus grandes chapas eran sobradamente conocidas y temidas, pero eso sí, hablaba únicamente de coches.

Sin embargo, aquel día no.

Ese día le dio por hablar de otra cosa por primera vez en su vida. Ya podría haber seguido como siempre, dando la barrila con sus putos modelos de Renault, Citroën, Seat y demás. Pero no, decidió cambiar de tema, y joderme la infancia.

No sé por qué salió la conversación, el caso es que este personaje peculiar me lo soltó. No creo que fuese así sin más, imagino que daría algún rodeo previo. Como yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, me indigné y le acusé de mentiroso. Consulté allí mismo, sin requerimiento previo, a las dos voces que consideraba autorizadas, las de los Danis.

Redondo y Cuadrado, con los matices derivados del carácter de cada uno, pero a la postre discretos y prudentes ambos, dieron la callada por respuesta. Los cabrones lo sabían muy bien, y aunque ese toque de condescendencia hacia su imbécil amigo de nueve años que aún no conocía la verdad debería enternecerme a día de hoy, lo cierto es que me pongo de mala hostia cuando les recuerdo con sus expresiones de zorros y las traslado a sus rictus actuales de jóvenes adultos. Veo guasa, deleite interno y conmiseración hacia el tontito.

“¿Y Papá Noel? ¿También es de mentira?”. Quiero pensar que se lo pregunté en plan desafiante, gallito, pero lo más probable es que utilizara una asquerosa voz gimiente y dramática, himplándome progresivamente.

“Papá Noel es de verdad… El de FASA”. No sé si esto fue una broma privada suya, creada ex profeso para humillarme todavía más, o si realmente pensaba que algún empleado de la empresa por excelencia de Valladolid, que se disfrazaba de gordo barrigón con traje rojiblanco para alucinar a los niños de los cientos de empleados de la compañía en Valladolid (supongo que entre ellos el padre de este sujeto) era tan auténtico como las piezas del motor del Laguna que tal vez fabricase su progenitor.

Me fui aquel día a casa desconcertado y muy revuelto, pero con el firme propósito de aclarar aquel disparate en cuanto viese a mis padres. Ellos jamás me mentirían, pensaba. Ellos siempre me habían dicho la verdad.

Por supuesto, no concebía otra cosa que la confirmación de la completa veracidad de la existencia de los tres míticos magos y, por tanto, también del anciano penetra-chimeneas, si bien esto me angustiaba menos. Los Reyes estaban por encima de todo, eran nuestros héroes, incluso por encima de Indiana Jones o Luke Skywalker, antes de que Cristiano y Messi llegaran y acapararan todo con su relato dual de ídolos enfrentados.

Mi madre, algo extraño en ella, decidió mantener la incertidumbre y no librarme de la zozobra. Es posible que me dijese “no te preocupes, hijo”, para tranquilizarme un poco, pero anunció el aplazamiento de la charla hasta que mi padre volviese del trabajo. Ese día papá no vino a comer, por lo que hasta la tarde-noche mantuve un delgado hilo de esperanza tambaleante, cual funambulista en la cuerda floja de su ilusión, como un mísero equilibrista cojo y jorobado. Fueron las últimas horas de mi niñez.

En la cafetería Studio 3, sita en el barrio de Huerta del Rey, sin duda el lugar público más emblemático de mi familia materna, se sentenciaron de un plumazo nueve años de estupidez congénita, de entusiasmo pueril rastreramente fulminado por unas palabras contundentes de papá y mamá que no dejaban lugar a suspicacias, ambigüedades o interpretaciones. Los Reyes eran un puto bulo, más grande que el Ratoncito Pérez, que los disfraces instantáneos de Mortadelo o que la poción mágica de Asterix.

La vida era prosaica, míseramente realista, y el único misterio que quedaba por descifrar era cómo los padres se las arreglaban para sacar tanto dinero y tiempo como requerían las peticiones de sus vástagos, pregunta que desde entonces me empecé a formular de manera compulsiva.

Ahora, muchos años después, la respuesta me la contesto a mí mismo cuando hago de Rey Mago de baratillo con mis sobrinos, aguanto colas en los grandes almacenes (si bien, realizo alguna que otra compra en pequeñas tiendas y ya sólo por eso presumo presuntuosamente de mi personalidad alternativa y coherente) y participo como el que más de la bonita idiotez estafadora para niños.

Sin embargo, hay una duda que aún no he conseguido resolver: ¿Por qué los niños de hoy no se toman tan mal como yo el hecho de conocer la verdad? La mayoría de los chavales a los que doy inglés lo han descubierto este año, siguiendo el camino que ya recorrieron el año pasado los chicos de los que soy monitor en verano y mi sobrina mayor.

A ninguno le vi especialmente afectado, lo aceptaron con una resignación guasona, madura, toda la que no muestran cuando se les niega cualquier tipo de capricho o antojo, que es cuando sale toda la frustración que no pueden tolerar. El saber “lo de los Reyes” no preocupa a esta generación carente por completo de capacidad de imaginar y fantasear, apegada a lo racional, tecnológico y científico de una manera extrema.

Les cabrearía y provocaría berrinches épicos saber que los Reyes no sólo no son los Reyes, sino que a partir de ese momento tampoco son los padres, ni los tíos ni los abuelos. Pero el conocer que precisamente son todos esos (y cada vez muchos más, en esta creciente moda de que también los amigos regalen a los niños de los suyos en estas fechas) les parece aún más maravilloso que cuando pensaban que eran tres ancianos venerables con poderes sobrenaturales. Ni siquiera creo que les sorprendiera en exceso. A fin de cuentas, para ellos la vida es como una larguísima partida al Clash Royale o una sucesión de imágenes con filtros de Instagram.

Los niños y adolescentes actuales son mucho más torpes que los millennial en lo tocante a su capacidad de análisis, creatividad literaria y profundidad emocional, pero son infinitamente más intuitivos, listos, espabilados y rápidos de reacción. Tienen mucha más inteligencia práctica, se alejan de sensiblerías tontas y melifluas, y saben aprovechar al máximo el beneficio que queda detrás de lo aparentemente desfavorable.

¿Qué les importa a ellos que les regalen tres majestades a lomos de camellos guiados por la estrella de Belén o unos magnates narcotraficantes cegados por las luces alucinógenas? Ellos quieren recibir regalos, les da igual el medio y la ilusión detrás del mito. No son como aquel chico de Cuarto absolutamente deprimido, hundido y eternamente enfadado con sus padres, sus dos amigos, Redondo y Cuadrado, y con el individuo que corrió el cortinaje y le destapó lo que realmente se escondía detrás del telón que un día fui yo.

Pienso que desde entonces arrastro una sensación de decepción e insatisfacción perpetua que sale a relucir en momentos especialmente críticos. Cierto que disfruté todas mis navidades de niño posteriores a ese momento de los regalos, que de hecho fueron aún mejores que antes, y que además tuve que convertirme en guardián del secreto para ser cómplice de mis padres en relación a mi hermano, pero nunca jamás sentí la misma ilusión.

Hoy, cuando abro regalos que no he pedido y que realmente no quiero, sino que son objetos que simplemente piensan otros que necesito, y cuando mi hermano ni siquiera está a mi lado para desenvolverlos conmigo, me pregunto por qué los adultos se empeñan en mantener que ahora las cosas son mejores “de otra manera” cuando es totalmente falso. En vez de reconocer que ellos también tuvieron a su rarito o friki de nueve años particular que les jodió al niño que llevaban dentro.

El mío se fue del colegio a los trece años. Al parecer, cambió de ciudad y le perdí totalmente la pista. Jamás le volví a ver.

Hasta que hace un mes apareció de nuevo en mi vida. Y no en cualquier contexto.

Yo acababa de terminar un acto de presentación de mi novela al que habían acudido muchos amigos de toda la vida, quienes a su vez le conocían. Sin embargo, él se presentó por el lugar cuando todos se habían ido. Él nunca necesitó compañía. Pero yo sí estaba aún en el local y él me vio.

No sé si fue una broma macabra del destino. Nos enfrentamos la mirada y decidimos hablar. No tuve más remedio que contarle que el título de mi libro era “El Secuestro de la Esperanza”. Supe que todavía no le había perdonado y que jamás lo haría. Él me contó que trabajaba en FASA, rodeado de piezas de coches. Es posible que se disfrace de Papá Noel en Navidad y reparta regalos a los hijos de sus compañeros.

No tengo ni idea de que les contará a sus propios hijos, si es que alguna vez los tiene, respecto a los Reyes Magos.

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