Adiós al Papel de calidad

En septiembre de 2015 se publicó el primer número de la revista Papel, editada por Unidad Editorial, también responsable del Diario El Mundo. De hecho, al principio el magazine dominical sólo se vendía junto al periódico. Con el tiempo, también se puso en circulación de forma individual y separada. Hoy es el primer domingo desde entonces sin ella, porque se despidió de sus lectores la semana pasada, si bien parece que no de forma definitiva.

Muchas veces en esos más de dos años de vida de la revista pensé en dedicarle una entrada, pero por unas razones u otras no lo hice. A veces tenía otros temas prioritarios, otras se me pasaba y no lo recordaba hasta unas semanas después, cuando había de nuevo otro asunto cuyo tratamiento yo sentía más urgente, y así en bucle, hasta su defunción. Así que no me queda más remedio que dedicarle un homenaje póstumo, como solemos hacer en general en la vida con las cosas que tenemos delante y no valoramos hasta que las perdemos.

La desaparición de este suplemento me dejará vacío. He leído la mayor parte de las páginas incluidas en sus 109 números, que me han acompañado durante esta época de mi vida en muchas situaciones y en lugares tan diferentes entre sí como una playa o la sala de espera del centro de salud. Era un complemento perfecto para mis ratos de espera, mis descansos laborales y otros trances diarios de poca entidad. Y no era una guarnición cualquiera.

En efecto, Papel tenía calidad. Mucha. Aunque en mi opinión perdiera algo de la misma hacia la mitad de su vida cuando primaron más las entrevistas personales como pieza principal sobre otro de tipo de reportajes de fondo, y sobre todo cuando perdió el relato de ficción de Hernán Casciari, un escritor tan endiablado como genial. También eché de menos a partir de cierto número el cierre de Alberto Salcedo Ramos. Creo que en un determinado momento se perdió la esencia de la sección “mañana”, que era la que más me fascinaba al principio. Me gustó algo más durante la etapa de Javi Gómez que cuando cogió las riendas Gonzalo Suárez.

Pero pese a esta merma no demasiado significativa de su nivel, pienso que esta revista ha sido un ejemplo de compromiso con el periodismo bien hecho hasta el final. Durante todos y cada uno de sus ejemplares ha estado salpicada de textos de calidad e interesantes, escritos desde un punto de vista original, sin casarse con nadie y pasando de lo políticamente correcto, cuya dictadura se ha vuelto tan odiosa en la sociedad actual. Algunos tenían un tono irónico, otros eran más serios, pero siempre apostaban por mezclar la amenidad con la riqueza informativa y valorativa. Un cóctel que muchas veces no entienden los que se dedican a este oficio, ni a muchos otros, pero que es perfectamente conseguible.

Papel logró la heroicidad, sin saberlo sus responsables, de que yo me leyera unas cuantas piezas sobre dos temas que no me interesan absolutamente nada, como son la gastronomía y el estilismo. Incluso me volví casi adicto al consultorio sentimental, tan agradablemente gestionado por Iñako Díaz-Guerra y Nuala Philips, “los frívolos” de la revista.

Consiguieron que me leyera de cabo a rabo una entrevista hecha a modo de reportaje con alguien que me produce tan poco entusiasmo como Paris Hilton, y que además me pareciera una de las mejores piezas de la historia de la revista, arrancándome unas cuantas carcajadas a lo largo del recorrido por las líneas escritas por Ricardo F. Colmenero. Perpetraron la hazaña de que me enganchara a textos sobre materias como la tauromaquia o el flamenco, que normalmente me causan indiferencia y hastío, cuando no rechazo.

En definitiva, esta publicación tenía algo, no sé si mágico o simplemente extraordinario pero terrenal, porque alcanzaba logros casi impensables. Su propia fundación y desarrollo posterior fueron una gesta en sí misma. ¿A quiénes si no salvo a unos valientes (o chalados) se les habría ocurrido sacar una revista física en plena era digital y de crisis del periodismo, especialmente el escrito, mucho más destructiva que la inmobiliaria, pese a que casi nadie se atreva a decirlo?

Sería imposible citar aquí todos los artículos y reportajes que me han entusiasmado de los muchos que poblaron las hojas de esa fantástica publicación. Además de los ya citados relatos de Casciari y del reportaje a Paris Hilton, me dejaron especial huella las columnas de Javier Gómez Santander, un espectacular especial sobre la ansiedad, aquella portada excelsa sobre Kim Jong-un, “un supervillano de tebeo que no debería darte risa”, un estremecedor documento gráfico sobre los refugiados o la crónica de un día de gira con Camela (de quienes disto mucho de ser aficionado, al igual que el propio periodista que la escribió de forma magistral, el antes mencionado Iñako Díaz-Guerra).

Sin embargo, mi número preferido de Papel, aquél que guardaré para siempre con fervor de coleccionista, con sus tapas en papel estucado y su lomo (tal y como eran los primeros ejemplares de la revista), es el 2, que incluía el reportaje “Sexo y Ladrillos en Torrevieja: que queda en la ciudad más pobre de España”, uno de los mejores textos periodísticos que he leído jamás, escrito por Juan Soto Ivars con un sentido del humor fino para desdramatizar la crudeza realista y chusca de lo que describía que me impactó.

Desconozco las razones por las que ha dejado de estar en circulación, aunque supongo que tendrán mucho que ver con la asquerosa tiranía de la rentabilidad, que casi nunca va pareja al buen hacer de las cosas. Parece ser, por lo que dicen sus responsables en el último número y también en redes sociales, que va a volver de alguna manera. En cualquier caso, que sepan los que escribieron, ilustraron o participaron de alguna forma en ella, que hubo lectores como yo a los que encandilaron  con su propuesta arriesgada y de calidad. Gracias.

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Ardemos en nuestro infierno

Ayer observé escenas que jamás creí que vería. Columnas naranjas inmensas, polvo de niebla negra llegando hasta ciudades pobladas. Personas temiendo por sus vidas ante las llamaradas inmensas que como gigantes de formas ondulantes avanzaban a una velocidad inusitada y devoraban todo a su paso. Gente organizando improvisadamente servicios de extinción con lo que podían. Cubos de agua, mangueras caseras, garrafas. Cualquier cosa servía.

Después esos mismos ciudadanos también se pusieron codo a codo a trabajar con los bomberos, servicios de emergencias locales y unidades militares desplazadas a la zona. Cuadros que superaban con creces a los de una película apocalíptica, como si el mundo poco a poco se estuviera reduciendo a cenizas y nosotros fuéramos meros muñecos de cera condenados.

Estaba ardiendo Portugal. Y ardían Galicia y Asturias. Parte de mi alma se veía abrasada, aunque lo único que podía sentir viendo aquellas imágenes era un frío extraño que a mí también me quemaba. Me quemaba las entrañas. Tierras que amo, que he visitado con frecuencia en los últimos años, que forman parte de mi acervo personal. Casi me daban ganas de llorar.

Vigo cercada por el Averno. El parque de Muniellos, reserva natural de la biosfera y mayor robledal de España, ardiendo. Carreteras siempre verdes flanqueadas por lenguas devoradoras. Esta mañana fotos terribles de mi querida Gijón sin amanecer, como si hubieran calcinado el cielo.

Esa gente, ya tan castigada por anteriores desastres, controlando de una forma admirable su angustia y pánico y poniéndose a currar para salvar lo suyo y para protegerse ellos mismos. Nadie había visto nunca nada igual, al menos no los de nuestra generación. Daba un miedo atroz, casi insoportable. Los focos se multiplicaban, como si hubiera una idea siniestra de acorralar, de cercar.

Me quedé hasta bien entrada la madrugada gracias al programa El Objetivo de Ana Pastor, la mejor periodista de este país, que se quedó haciendo un servicio público que nadie le había avisado que tendría que realizar, mientras La 1, el principal canal del ente radiotelevisivo estatal, una vez más dimitía de su obligaciones y dejaba a la Sexta como cadena pública real. Surgían informaciones falsas o bulos que se desmentían casi al instante. Pasaban cosas raras, como fuegos que aparecían esporádicamente en pleno centro de Vigo.

Cosas sin explicación aparente fuera aparte de la obvia. Una banda criminal muy organizada y coordinada. Sin embargo, cuesta creerla, por mucho que ayer mismo ya tanto el presidente gallego, Alberto Nuñez Feijóo, como otros cargos pertenecientes a la Xunta, se atrevieran a hablar sin pelos en la lengua de incendiarios, de grupos perfectamente sincronizados e incluso esta misma mañana hayan pronunciado la palabra terrorismo. Mientras tanto, Pablo Echenique, de Podemos, ponía su grano de arena para avivar el fuego incendiando las redes con un lamentable comentario, presuntamente irónico, tan desafortunado que debería haberse disculpado de manera inmediata. Pero no me consta que lo haya hecho.

Algunos piden que se espere a que los focos estén controlados y/o extinguidos para hacer valoraciones. También muchos están criticando que se haga juego político con este desastre. De acuerdo. Pero no creo que sea honesto callar una serie de verdades evidentes.

Que la Xunta de Galicía prescindió de más de 400 brigadistas al finalizar el verano, pese a que las altas temperaturas, la sequía, los vientos cambiantes y la proximidad de incendios en la vecina Portugal aconsejaban precisamente lo contrario. Y para ello no hace falta ser experto, basta con tener sentido común.

Que los recursos que destinan, no sólo la Xunta de Galicia o el Gobierno de Asturias sino en general la Administración en España, son insuficientes. Que además no hay una planificación adecuada. Es un tema que ya he tratado en más de una ocasión en esta Buhardilla.

Que para colmo las condiciones climáticas de este año son tan anormales y extraordinarias que se debería haber tomado muy en serio la posibilidad de que algo así sucediera. Que nunca ha sido una prioridad política y ni siquiera hoy, cuando las llamas han alcanzado a cascos urbanos y han obligado a los vecinos a hacer cadenas humanas y ayudar a los servicios de emergencias para apagar el fuego, lo es.

En la agenda hay otras cosas que importan mucho más, como la respuesta de un president enrocado en su cruzada independentista para dar, asegura él y sus socios, a un país la justicia que merece y que le impide un Estado fascista y represor. Con esto no quiero quitar gravedad al conflicto catalán, porque la tiene y mucha, pero sinceramente a mí se me borra de un plumazo la inquietud por la sensibilidad nacional de algunos y por las pretensiones legalistas y unitarias de otros cuando lo que está en juego es mi bosque, mi tierra, mi planeta, el entorno de las personas, sus propios pueblos, sus casas, sus calles e incluso sus propias vidas.

Lo peor de esto es que no sólo se trata de una actitud política. Como he denunciado en otras ocasiones, la sociedad en su conjunto (no así colectivos y personas individuales muy concienciadas con el tema) habrá olvidado mañana, pasado, tal vez ya lo haya hecho, que cada día estamos más cerca de arder en el infierno que nosotros mismos nos estamos construyendo.

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La Llamada de las actrices españolas

En el mundo de la interpretación, al igual que sucede con la mayoría de las profesiones artísticas en España, los hombres están mucho más valorados que las mujeres. Actores como Luis Tosar, José Coronado, Javier Gutiérrez, José Sacristán, Raúl Arévalo y, por supuesto, Javier Bardem, aunque juegue en otra liga, reciben reconocimientos de público y crítica con asiduidad. Les llegan premios y les respalda la taquilla, sin duda con todo merecimiento.

Sin embargo, no sucede lo mismo con las actrices. En el caso de las jóvenes, parece que prima mucho más la cara bonita que el conjunto de facultades interpretativas. Ya no hablemos de las veteranas, que sufren el típico menosprecio que acompaña a toda intérprete, aquí y en todas las partes del globo (hay excepciones como Meryl Streep o Isabelle Huppert), a medida que pasa el tiempo y sus rostros no son tan tersos ni sus formas tan firmes.

El clásico machismo de la imagen es en este sector especialmente cruel. Un actor parece que se revaloriza cuando peina canas. Una actriz se devalúa. Así lo dictan los productores, muchos directores y guionistas y, en última instancia, el espectador, que es el más cabrón de todos los jueces.

Hoy quiero reivindicar la calidad extraordinaria de las actrices españolas. De las curtidas en mil batallas y de las que amenazan con presentarla durante mucho tiempo. El elenco nacional de intérpretes es impagable. Lo demuestran muchas películas que se estrenan, pero también la evidencia se encuentra en el teatro y en la televisión. Para mí, el conjunto supera con creces al de sus homónimos masculinos.

Imagen: Sensacine

He elegido para ilustrar esta opinión el filme La Llamada, ahora mismo en cartelera y que está teniendo éxito de crítica y público, porque me parece muy paradigmático. El reparto es femenino casi en su totalidad y el peso del guión recae exclusivamente en sus cuatro protagonistas. Esto es una rara avis en el mercado de la ficción audiovisual española, habitualmente volcada en roles masculinos potentes y relegando a las mujeres a lugares secundarios.

En La Llamada, además se da la agradable singularidad de que las cuatro actrices pertenecen a generaciones diferentes, pero se complementan y ofrecen un resultado coral brillante. Y por cierto, muy gracioso, desterrando otro de los mitos del cine español, cual es que los chicos son los que hacen reír y las chicas se ponen de parapeto para que ellos consigan que nos descojonemos.

Aquí son ellas las reinas de la risa. Cada una a su estilo y con su vis cómica. Desde Anna Castillo, la benjamina, todo un talento en ciernes, con un carácter arrollador, que ya me enamoró en El Olivo, de Icíar Bolliaín, hasta la más longeva, Gracia Olayo, que realiza una actuación tan gloriosa como el espíritu de la Madre Bernarda, a la que da vida, y que arranca una carcajada al respetable con cada intervención.

Las otras dos son Belén Cuesta, una de las actrices con mayor naturalidad y encanto sin artificios que ha dado la historia reciente de la ficción nacional, y Macarena García. Esta última merece un comentario aparte. Pocas veces se puede ver a una artista que reúna tantas cualidades juntas. Llena la pantalla, la inunda. Lo tiene todo. Una cara preciosa, una dicción perfecta, capacidad para transmitir emociones, registros cómicos y dramáticos, energía, credibilidad…

Si no se malogra eligiendo papeles o guiones equivocados, es para mí la actriz con más potencial del cine español en la actualidad, la heredera de las grandes. Quizá la nueva Penélope Cruz, si bien espero que no siga el camino hollywoodiense de ésta y se quede en España, donde se hace mucho mejor cine que por esos lares, mal que les pese a algunos críticos y espectadores prejuiciosos y a determinados políticos con nombre de descubridor de las Américas (será por eso).

Las cuatro mujeres forman un tándem espectacular y redondean el buen trabajo de los dos Javier (Ambrossi y Calvo) guionistas y directores que han sabido adaptar de forma muy notable su propia obra de teatro, que ha estado tres años en el Lara de Madrid con el mismo elenco de actrices.

Pero sería injusto si me quedara únicamente con esta película y estas cuatro mujeres. Hay muchas otras piedras preciosas en el océano de la ficción audiovisual española. Algunas son diamantes ya muy pulidos, como la magistral Carmen Machi (uno de los pocos casos de actriz con experiencia a la que dan papeles importantes), la injustamente olvidada Victoria Abril, las infrautilizadas Ariadna Gil, Emma Suárez y Carmen Maura, la formidable Blanca Portillo o la sempiterna Ana Duato, muchas veces a la sombra de Imanol Arias en Cuéntame Cómo Pasó, pero tan magnífica o más que él. Es muy difícil hacer un personaje durante tantos años y no desgastarse un ápice, seguir dándole esa aura de autenticidad y cercanía. Esto por sólo citar a algunas y sin olvidarnos de las que ya no están, Amparo Baró y la recientemente fallecida Terele Pávez entre otras.

Adriana Ugarte y Emma Suárez en “Julieta”, de Almodóvar. (Imagen: Sensacine).

Si saltamos a una hornada posterior de rubíes que también han brillado en títulos de gran factura, recuerdo a una gran Elena Anaya en La Piel que Habito (le valió un Goya) y a una inolvidable Marta Etura en Mientras Duermes, aunque el premio de la Academia española lo obtuvo por su breve papel en Celda 211. Más o menos de la misma quinta que éstas, debería también destacar a las que fueron dos de mis favoritas a finales de los noventa, Paz Vega y Natalia Verbeke, pero bien sea por la irregular trayectoria que han seguido ambas en los últimos años o porque tienen un nivel interpretativo menor, me parecen algo más flojas que las otras dos mencionadas.

También hay muchas perlas en la cantera de ese océano. Sin contar a las ya citada Anna Castillo y Macarena García, hay un grupo de actrices emergentes o en los mejores momentos de sus carreras que han hecho las delicias del público con determinados personajes. Me encanta Adriana Ugarte (su trabajo en Julieta, de Pedro Almodóvar, es espectacular) y siento especial debilidad por Elisa Mouliaà (encasillada en roles secundarios para la televisión haciendo de chica dulce que acaba maltratada, pero recomiendo a los productores y guionistas que la vean en Al final Todos Mueren).

Me parecen sencillamente maravillosas Aura Garrido y Verónica Echegui (las pongo juntas porque ambas se comen con patatas a Quim Gutiérrez en la mediocre La Niebla y la Doncella, pese a que el protagonista sea este sobrevaloradísimo actor tan de moda) y, aunque haya hecho películas muy malas y últimamente se haya establecido como chica Álex de la Iglesia (donde el esfuerzo actoral no siempre es lo más relevante), creo que nadie se ha preocupado aún por descubrir lo muy buena actriz que es Blanca Suárez.

“Victoria”, protagonizada por Laia Costa. (Imagen: Forocoches).

Mucho menos conocidas para el gran público son tres actrices que me conquistaron en tres películas independientes bastante recientes que contaron por desgracia con nula difusión y escasa publicidad. Una es Victoria, cautivadora película alemana de Sebastian Shipper, rodada en un único plano secuencia de 140 minutos y protagonizada de forma absoluta por Laia Costa, trabajo complicadísimo por el que logró un Lola (los premios Goya alemanes).

Esta barcelonesa cuyo carácter en la pantalla es abrumador triunfa fuera de nuestras fronteras pero es una perfecta desconocida aquí. Ella misma ha hablado sobre esta circunstancia, lamentando que sea algo recurrente y citando expresamente en una entrevista para El Español a la directora y actriz Ana Asensio, que se alzó con el premio a la mejor película en el festival de Austin SXSW por Most Beautiful Island.

La segunda es La Reconquista, un largometraje de Jonás Trueba sencillamente hechizante por su sencillez y que cuenta durante su primera parte con una increíble Itsaso Arana.

La tercera y tal vez la que más me sorprendió por la interpretación de su estrella femenina es Amar, primer largo de Fernando Crespo. María Pedraza es la joven de 21 años que da vida a la protagonista adolescente de la cinta con una calidad interpretativa notable para ser una debutante que se dedicaba entre otras cosas a subir fotos a Instagram.

Aunque si hablamos de teenagers, me quedé prendado de la interpretación de la debutante Sandra Escacena en la bastante taquillera Verónica, e incluso si descendemos más en la edad, sus compañeras de reparto Bruna González y Claudia Plácer lo bordan, si bien mi niña actriz predilecta es Paula Gallego (María Alcántara en Cuéntame Cómo Pasó).

Maribel Verdú en la promoción de su película más reciente, “Abracadabra”. (Imagen: EFE).

Para finalizar este recorrido que pretende servir de resumido homenaje a las intérpretes españolas (soy consciente de que me dejo muchas también formidables en el tintero), me he reservado a mi preferida de todos los tiempos. A la gran Maribel Verdú, la única actriz cuya sola presencia me hace ir a ver una película. El carisma personificado, la versatilidad, capaz de producir lástima, de hacerte reír, de darte morbo, de explotar de erotismo, de mostrarse radiante y afortunada o de parecer el ser más desdichado de la tierra. Una de las pocas que está bastante reconocida en España, aunque no tanto como debería. Pese a que, al igual que sus compañeras, no deje de llamar una y otra vez a las puertas del éxito.

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Ya estamos otra vez como en el 36 (una crónica de Robustiano Iglesias)

Este otoño es cosa de brujería, miren ustedes. No me vayan a decir que esto es cosa normal. Es como si Dios hubiese abandonado a la naturaleza, la madre de todos nosotros, y nos hubiera dejado aquí tiraos al sopor de un verano que dura más que los sarpullidos y que pica en el cuerpo como los cínifes.

Al menos, así es en este mi terruño de la llanura castellana, aquí en mitad de la Meseta, donde los campos amarillean como nunca, las hojas se caen como la verga de un servidor y hace que no llueve desde lo del arca de Noé. Uno, que es hombre poco supersticioso pero con las cosas del cielo, lagarto lagarto, está acojonao, y perdónenme la expresión.

Mis ovejas andan las pobrecitas tristes como un ánima en pena, derrengás por este bohorno, chupás como si las hubiera estrujao las ubres con brutalidad.

Y en estas, mientras me lamentaba y le pedía al Señor en un par de rezos descontaos de los obligatorios que caigan de una vez los chubascos del cordonazo de San Francisco, “que se hace notar tanto en la tierra como en el mar”, escucho el bramido, y no precisamente el del trueno, sino el de un automóvil. No podían ser otros que mis muchachos plumillas, haciéndome su segunda visita del año. Como siempre que vienen, me sentí muy jubiloso.

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando salgo de la finca, me asomo al sembrao y allí, en mitad del camino aparece caminando sola la mocita, con una carita de tanto pesar que bien parecía que en vez de a mis ovejas la hubieran apretao las tetillas a ella.

-Pero mi buena moza, ¡qué alegría das a los ojos de este pobre viejo!

-¡Ay, Robustiano, siempre usted con sus piropos! –me dijo, y ni con esas se le quitó el semblante de perrita a la que se le ha muerto el rebaño entero–. ¡Ojalá todos fueran como usted!

-¿Te ha pasao algo con el muchacho? –la escudriñé sin medias tintas.

-De ese… ¡De ese prefiero ni hablar, Robustiano! –me dice con una furia que yo no veía en una mujer desde que a mi Servanda le daba por regañarme porque le había dejao las calzas mojadas tirás en mitá del zaguán –. Ande, suba usted al coche, que le quiero llevar a Valladolid a enseñarle algo…

Y yo, aunque nunca he sido bien mandao, pero me pueden los encantos de una buena hembra jovencita y tierna como es ésta, pues me subí al trasto de Belcebú rumbo a la capital, por sexta vez en los últimos tres años, si mal no lo he calculao, que ya saben ustedes que mi memoria funciona de estación a estación y de siembra a siembra. Y hablando de la de este año, me dio por preguntarle a la mozuela mientras recorríamos la carretera infernal:

-Hija, ¿estamos ya en octubre?

-Mañana empieza, ¿por qué lo pregunta?

-Nada, hija, porque dice el refrán que a la primera agua de octubre, siembra y cubre. Y aquí no cae ni gota desde antes de que se nos pelara el rostro.

-Ya lo sé, Robustiano, estamos todos súper agobiados con el tema. Se dice que nos van a cortar el suministro durante unas horas como esto siga así.

-Bueno, hija, tengamos fe y confiemos en que cambie, que ya se sabe que octubre lluvioso, año copioso.

La muchacha torció un poco los labios en amago de sonrisa triste. Tenía los carrillitos un poco ensangraos, como si anduviera con los calores subíos, aunque no es de extrañar, porque los hacía, y toavía más cuando llegamos a la capital.

De entrada, me fijé en que había bastantes banderas de la patria por to´ los laos, en las balconás y las fachás de los edificios. Entonces me acordé de cuando en el 36, el 1 de octubre, Franco empezó a mandar, aunque estos pendones no eran los de Franco, porque les faltaban el águila y las flechas. No me sorprendió, porque ya me di cuenta cuando vi la mamarrachá esa del rubi o lo de los pingüinos de las motocicletas que el Caudillo últimamente hace como que levanta la mano pa´ seguir jodiendo al personal.

Sin embargo, luego fuimos a la Plaza, y allí sí vi las enseñas de la Falange de to´ la vida. Había también muchos con las banderas de España sin los puñeteros símbolos. También mi muchacha, muy emocioná, llevaba una de estas últimas. Pero yo me fijé en otro grupo más pequeño separao del resto de la muchedumbre, algunos con pinta de jipis o de zarrapastrosos, y que llevaban una propaganda que decía “apoyo al refugiao”.

-Hija, ¿eso del refugiao se refiere a los exiliaos políticos? –pregunté escandalizao de que Franco permitiera tal cosa en la calle.

-Bueno, es…

No le había dao tiempo a terminar de explicarse cuando los falangistas se pusieron a cantar el Cara al Sol y a mí entró un repelús que no sé ni explicar. Hacía muchos años que no lo escuchaba y les juro a ustedes que  fue como si se hubiera aparecío un espíritu en el camposanto. Ay, madre mía, qué impresión, ni viendo al mismísimo Satanás.

Pero después de eso me entró el pánico por los muchachos con andrajos que estaban apoyando a los exiliaos, presos y opositores. Allí se iba a armar una que ni la de San Quintín. Yo daba vueltas mirando p´a to´ los laos porque en cualquier momento podían aparecer los grises.

Algunos de un grupo de la turba se pusieron a discutir con los otros. Aquello parecía la olla de mi añorada Servanda cuando hervía esas patatas que le quedaban pa´ chuparse los dedos.

Y en estas, que veo a mi querido muchacho correveidile entre los jipis. Y la muchacha con la bandera de la patria en el otro lao, pero no con los del Cara al Sol. Y se miran, y yo allí creo que me da el soponcio. Espero a que se hagan un arrumaco o algo, pero parece que tienen cuchillos en los ojos.

Luego, el mozo se dio cuenta de que yo estaba allí y me vino a abrazar con cariño.

-¡Robustiano, cómo no está usted apoyando a los refugiados! ¡Deje usted a esos fascistas indeseables!

-¡Fascista lo serás tú, que eres un irrespetuoso con las ideas de los demás! Yo sólo estoy defendiendo la unidad de España. ¡Y ya estoy harta de que aquí a los que hacemos eso nos llaméis fachas!

-¡Venga, hombre, pero si acabáis de cantar el Cara al Sol y estáis con las banderas franquistas! ¡Aunque no sé de qué me extraño, esto siempre será Fachadolid!

-¡Por favor, no seas mentiroso! Son una minoría. Los demás estamos aquí por una causa justa.

-Estáis pisándonos una manifestación que reivindica una causa mucho más importante.

-¡Vete a la mierda, imbécil! ¡Esquirol!

-¿Tú me llamas a mí esquirol? ¡Tú eres la traidora, que hace nada estabas conmigo en las trincheras del periodismo defendiendo a esta gente, que lo necesita mucho más que vuestros patriotas españolistas de mierda!

No pude por menos que intervenir, antes de que aquello fuera a más:

-¡Callaos, por favor! Y sobre todo tú, hijo, que como sigas diciendo esas cosas, van a venir los gendarmes y van a soltar palos hasta en la cartilla de racionamiento.

Al final, la muchacha me cogió de la mano y me sacó de allí reprimiendo las lágrimas y haciéndose la dura. Eché un último vistazo al muchacho, que me ponía ojillos de cordero degollao y creí que se me rompía el corazón.

Más tarde, ya en casa de la muchacha, nos pusimos a cenar muy callaos, pero ella casi no probó bocao. Al final, no pudo aguantarse más y se puso a llorar como un bebé.

-¡Puto gilipollas de mierda! –insultó entre sollozos e hipidos.

-Hija, tranquilízate, por favor, que la sangre no ha llegao al río.

-Pero va a llegar, Robustiano, va a llegar. Y por culpa de gente como él. Ya verá mañana, ya. Ahora me voy a la cama, que no puedo ni con mi alma. Y usted intente descansar también, que nos espera un día muy duro.

Yo pensé que con eso se refería a que Franco iría a dar algún discurso en la Plaza de Oriente o algo así, pero me extrañó, porque a esta zagala no la he visto yo nunca de ponerse con el brazo en alto ni na´ de eso. Con congoja en el cuerpo y el intestino danzándome una jota por los nervios y lo poco que había movido el bigote, me fui al catre.

Desde muy temprano, mi muchachita andaba levantada con el aparato ese del carajo que parece un cinematógrafo pero en miniatura encendío. Al principio, yo no le hice mucho caso, porque necesitaba meter algo en el vientre y había sobre la mesa-comedor un rancho bastante apetitoso del que di buena cuenta. Luego ya con la panza llena, me preocupé de la pantalla.

Salía mucha turba por to´ los laos, y luego gente hablando con palabros mu´ complicaos pero de cosas que yo sabía mejor que ellos. Y es que la película que estuvieron poniendo todo el día ya me la conocía yo muy bien. Comprendía lo que contaba el director del filme, un individuo que abría mucho los brazos y se estiraba pa´ alante como si estuviera embistiendo cada vez que hablaba, pero en plan finolis, y también me sabía de memoria lo que decían los otros alrededor de él.

Descubrí que la multitud esa estaba en Barcelona, una ciudá que a mí siempre m´había parecío como de ensueño, leyenda y fantasía, y a la que siempre quise ir en mi juventú, aunque sólo pa´ verla, porque ya la capital me parecía grande en su día en mi mocedá, así que como para ir a una metrópoli como ésa. También salían otras ciudades de Cataluña y las llamaban con nombres raros que no se usaban en mi época.

Había gente de to´ los tipos. Algunas criaturas, chavalería, fulanos talludos, viejos, seguramente menos que yo pero más achacosos, señoras con buena pinta, chiquillas pintarrajeadas y señoras de esas de la aristocracia o cosa así. Gente de bien y pobres. De to´. Y hacían cola para meter una papeleta en una caja que paecía el cubo ´e la basura. Sin duda estaban haciendo otro referéndum pa´ confirmar las leyes del Estao, como uno que hubo antaño maricastaño, pero enseguida la moza me aclaró un poco más las cosas:

-No es legal, va en contra de la Constitución.

Así que esa votación no la había autorizao Franco y muchos estaban en contra de las leyes… Me eché las manos a la cabeza. Allí se iba a montar la marimorena. Una como sólo los más viejos del país podíamos contar otra igual.

A los guardias civiles y a los grises que andaban por allí bien equipaos se les notaba muy enfadaos. Era cuestión de tiempo que el Caudillo les mandara zurrar la badana.

A mitad de mañana, la cosa se puso fea de verdá. Los grises se pusieron a soltar mandobles, y aunque estaban más blandos de lo que yo les recordaba de mis tiempos, no se quedaron paraos como pasó aquel día enfrente del edificio en honor a Don Miguel, hace tres siembras y media, la primera vez que mis queridos correveidiles me llevaron a la capital. Un poco más amariconaos pero con la misma mala hostia de siempre, pegando porrazos a gente sentá, arrastrando a otras por las escaleras y abriendo alguna que otra crisma.

Después de eso, salió a hablar en la película una gachí desaliñada con el pelo a lo muchacho que decíase de las CUP, que supuse era alguna organización subversiva de esas del contubernio judeo-masónico. Dijo unas cosas escandalosas contra el Estao, y especialmente criticando a un tal Mariano, que debe ser el nuevo Primer Ministro del Generalísimo, aunque no sé qué faz tiene porque ni apareció por la película.

Un horrible temblor me recorrió desde los pinreles hasta el último pelo que me queda en la chola. Ya tenía casi claro lo que allí pasaba. Podría haber escrito yo lo que quedaba de argumento del largometraje. Tenía el dibujo de to´ aquel desmadre en la cabeza, casi definío. Me faltaban sólo algunos brochazos pa´ pintar to´ en condiciones.

Fueron pasando las horas y la muchachita estaba cada vez más tensa y afectá. Yo trataba de consolarla pero un poco de mentirijillas, porque por dentro se me removía hasta el potaje que me había comío tres días antes. Cada nueva palabra del guión de ese rollo me sonaba a pesadilla del pasao. Que si desobediencia, que si mozos de escuadra, que si Tribunal, Constitución, autonomía, instituciones, respeto a la ley del Estado, fascismo, catalanismo, ERC, Plaza de San Jaime…

Cayó la noche y entonces tuvieron su actuación estelar en la película un fulano con la cabellera que paecía una bayeta y otro con los ojos a la virulé. Decían ser gobernantes de lo que antaño se llamaba la Generalidad de Cataluña. Cuando terminaron de hablar, me di cuenta de que no había exagerao en mis impresiones. Al contrario, me había quedao corto como el manubrio de un chiquillo en mitá de una helada.

Y por si esto fuera poco, mi joven amiga me confirmó lo tremendo que era aquello cuando soltó con un encoraginamiento que nunca la había visto:

-Estos quieren la independencia de Cataluña como sea, y no van a parar hasta conseguirla.

Ahí fue cuando ya se me quedó pintao en el melindro el cuadro completo, con lienzo y to´. La catástrofe de este pobre país que no aprende.

Hacía muchos años. Muchos. Pero a mí nunca se me podrá olvidar. A la República, que ya había nacío hería de muerte, la pegaron la puñalada trapera entre los de las derechas del CEDA y los republicanos radicales y se puso a sangrar como una cerda, como si se hubiera puesto a hacer el pino y tuviera una úlcera en el costao derecho, allí en Cataluña.

Los de derechas como siempre desde que el mundo es mundo querían hacer más pobre a la gente que trabajaba el campo y más ricos a los señoritos que tenían las tierras. Entonces llegó el político catalán aquel, un tal Luis no sé qué y se quiso hacer el héroe separando a Cataluña de España en otro octubre de sangre, gritos, mamporros y dolor, como ahora. Salieron los militares, se montó la gorda, murieron casi cuarenta personas y se detuvo a toa la plana mayor de la Generalidad.

Eran los tiempos en los que yo aún me enteraba de lo que pasaba en el mundo, mucho antes de retirarme a mi terruño y aislarme de las cosas de la sociedad locuela. Estaba de novio con la Servanda y vivíamos asustaos to´ los días sabiendo que tarde o temprano esto se iba a desmadrar. Y así fue. Llegó Franco y pasó lo que pasó. Y hasta hoy.

To´ esto se lo solté a la muchacha compungío después de terminar de ver la película, ya muy de madrugá, con el lucero del alba y las pocas estrellas que se pueden ver en la capital brillando en el cielo. Por cierto, que antes de los créditos finales toavía seguía ahí plantao el mismo director del principio, el que abría mucho los brazos y paecía que declamaba to´ el rato la obra de un dramaturgo. Pa´ mí que ese hombre funcionaba a cuerda como los muñecos.

La mocita paecía muy emocioná escuchándome. Ya no estaba tan cabreada, más bien parecía impresioná y triste. Me pareció que se acordaba del muchacho y yo también le echaba de menos. Quería volverlos a ver juntos, y entonces le solté a piñón lo que llevaba dentro desde hacía horas, to´ lo que pensaba sin remilgos ni florituras:

-Mira hija, tú y el gaznápiro ese sois un par de mangarrianes y de incoscientes. No os dais cuenta de que ya estamos otra vez como en el 36. Que Franco va a mandar a los militares a Cataluña y va a haber otra guerra civil. Y los únicos que podéis evitar eso sois vosotros, la gente joven. No seáis idiotas como fuimos los viejos.

-Pero Robustiano… Usted no entiende, porque…

-¡No, hija, yo entiendo muy bien, mejor que vosotros! –la corté con dulzura pero firme–. Porque yo esto ya lo he vivío, ¿sabes? Te voy a contar un secreto. Cuando vino Franco de África y lanzó a las tropas y ocupó la capital y los pueblos de alrededor yo era un chavalillo y me hablaba con la Servanda. Nos íbamos a casar y resultó que su familia era muy del Caudillo y la mía de la República.

”Aunque no quisiéramos, a veces nosotros teníamos bulla arrastraos por la pelea que había en el país y entre nuestros padres. Pa´ ella el Generalísimo era como una especie de ángel envíao por Dios pa´ salvarnos a los españoles y yo, que aunque siempre he tenío manía a to´ los políticos al cabrón de Franco nunca le he podío ni ver, le decía que debía ser que Dios había tenío ese día piedras en el riñón o que había cagao mal. Y claro, ella se enervaba y discutíamos. Como el muchacho y tú.

”Pero al final tuvimos un poco de sesos. Antes de que yo me fuera a la guerra, donde encima me tocó luchar por el Frente Nacional, nos casamos. Y luego, cuando yo regresé del combate, aunque estaba to´ el día renegao por lo que había pasao, ella estaba feliz de que yo estuviera a su lao, vivito y coleando.

”Y todo porque necesitábamos estar uníos como la soga y el caldero, hija. Y porque vino la miseria y el hambre, y no teníamos donde caernos muertos. Y teníamos que estar juntos pa´ sobrevivir y llevarnos un mendrugo de pan a la boca y ganar un jornal haciendo faena en el campo. Y por amor, hija, sobre todo por amor. Que está muy por encima de la independencia de Cataluña, de las Leyes Fundamentales del Movimiento, del Tribunal de Garantías constitucionales ese y de los políticos del Caudillo, los de un lao y los del otro. Al final, a todos los ha nombrao Franco y paece que se pegan pero luego seguro que entre todos se llevarán el dinero del pueblo. Y vosotros, cornudos y apaleaos, putas y poniendo la cama, hija y perdóname el lenguaje.

Ella se quedó como extasiá mirándome mientras me escuchaba lo que le decía. Luego, se quedó en silencio y yo me preocupé pensado que la había dao un pasmo. Pero no. Lo que estaba era pensando en llamar al mozalbete. Y eso hizo. Cogió el telefonito pequeño este que siempre lleva en el bolsillo y se puso a hablar con él. Yo me fui a la habitación.

No oí mucho lo que se dijeron, porque Robustiano Iglesias siempre ha sío un hombre discreto, bruto pero educao, aunque sí puse un poco la oreja y le cogí a la muchacha algunas frases sueltas. “Ha sido horrible, no tenían que haber dado la orden”, se lamentó. “Sí, ya sé que tú tampoco quieres que se independicen”, le reconoció al otro marsupial. “Tienes razón que a lo mejor se habría arreglado si hubieran pactado un referéndum hace mucho tiempo, pero también que hubiéramos votado nosotros, ¿eh?”, puntualizó la zagala tontita perdida.  “Sí, yo también tengo miedo, cariño”, le reconoció. Tontitos los dos, pero perdiditos de amor.

“Sí, está aquí conmigo, es todo gracias a él, sabe más que nosotros dos juntos, es un cielo”.

Supe que hablaban de mí. Y aunque nunca he sío yo de los que necesite que le beban las aguas, me sentí como si fuera un globo inflao. Y me sonreí pa´ mis adentros y me acordé de la Servanda y de lo tontitos que éramos también ella y yo. Y le di las gracias por haberme enseñao tantas cosas y, sobre todo, a ser menos cazurro y a hablar más con el corazón.

Le di las gracias a Dios por un día que al final acababa un poco mejor que aquél del 36 y también le pedí que mandara agua de una cochina vez. También en la capital había notao yo que hacía mucho tiempo que no llovía. Y tiene que llover. Está muy sucia la Plaza.

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Me independizo

Lo he decidido ayer después de cenar en exceso y provocar que aumentase mi aerofagia. Así, a las bravas, como quien decide irse a emborrachar o llamar al chico con el que tiene polvo asegurado.

Pero hay una diferencia. Esto lleva años fluyendo en mi interior, no es de ahora. Lo único radical es la determinación, que la he tomado con el mismo fanatismo con que animo a mi equipo de esgrima.

Me piro y no pienso volver. Me largo de esta familia donde me siento maltratada, engañada y humillada desde hace años.

Esto de por sí no debería sorprender a nadie, pues tengo casi cuarenta años y necesito reformar de una vez la estructura piramidal que colapsa mi autonomía, la cual yo percibo como absolutamente falsa. Este ordenamiento familiar y su constitución vieja, fundamentada en unos pilares que se establecieron antes de que yo naciera, nunca me han valido, pero es que ya no los soporto.

No aguanto a mi padre, con su pasividad conservadora, siempre a la cabeza de la ejecución de decisiones cuando ya no queda más opción. Llevo años avisándole, a base de pequeñas disputas, a veces luchas intensas con movimientos en el último instante para evitar la colisión y en contadas ocasiones choques de trenes sin heridos graves.

Esta vez se acabó. Me da igual que saque toda su artillería autoritaria y moralmente legitimada para acosarme. Voy a provocar el cisma familiar, el accidente definitivo. La hostia de su máquina contra la mía. Y que sea lo que ese Dios en el que él todavía cree quiera.

Mi madre, en cambio, me resulta estomagante, pese a su comprensión y cariño. Tanto amor me desborda, su puto chantaje sentimental me agobia cada día más. Ella apela al sentimiento de apego al clan, a lo que nos une y no nos separa, que para ella es mucho y para mí es insignificante.

Ella no se mueve de su raíz, del tronco común, de las ramas que crecen en diversas direcciones. Yo le intento hacer ver que algunas están torcidas o podridas, contagiadas por la enfermedad que corre por la savia del ser colectivo que hemos formado hasta ahora.

Y yo no quiero que la mía se siga pudriendo. En ese aspecto raquítico tal vez se sientan cómodas mis hermanas, que siempre han amenazado como yo con irse pero que al final han decidido volver al redil como benditas, aún a costa de quedarse más secas, exprimidas e infértiles.

Pero yo sé que tengo capacidad para lucir mucho más, tener algo mejor que este trabajo en el que me pagan por debajo de mi cualificación, sin ningún tipo de expectativa de mejora. Estoy hasta los collons que no tengo de entregar parte de mi sueldo en casa. Quiero disfrutar de mis propios frutos. Y para ello debo romper con esta familia que me asfixia, limita, condiciona y aprisiona.

Me da igual que los otros miembros de este grupo hipócritamente unido sean unos conformistas o que carezcan de la capacidad, los recursos mentales o el talento para conseguir algo más. Yo no tengo por qué sufrir los rigores de un invierno que no me corresponde, de una sequía que no es la mía.

Me da pena que la abuela esté tan mayor y débil, pero ya me he cansado de acompañarla en su paseo diario, de aguantar sus continuas exigencias y su sopor bochornoso de señorita andaluza venida a menos. Que se las componga ella sola, que se opere esa rodilla maltrecha que la impide caminar con soltura o que se regale un retiro en su tierra de olivos. Yo tengo derecho a vivir mi vida sin sentirme comprimida por sus malos humores.

Tampoco me gusta que mi tío Pepe, el de Murcia, tenga problemas de próstata y haya que acompañarle al servicio para que mee cada dos por tres, porque él sólo no puede y, aun con todo y con eso, sólo eche gotitas. Pero yo no tengo la culpa de que en su día se pasara con los vicios. Todo el mundo le decía que no podía ser tan estragado, que eso a la larga le iba a dar problemas con las retenciones de líquidos.

No hizo caso y así está, esperando a que los demás le asistamos continuamente, y especialmente yo, que he sido siempre, en palabras de mi madre, la niña privilegiada del clan, la más espabilada, lista, atenta y dotada. Me lo dice para alabarme, pero una vez más, con la doble intención de sobornarme y retenerme en sus faldas.

Me dice mi padre que soy una egoísta y una insolidaria, que estoy yendo en contra de los valores sagrados de la familia, aquéllos que se establecieron cuando nacimos los de mi generación. Se cree que seguimos siendo jóvenes, hijos de papá y mamá. No se dan cuenta de que hemos madurado mucho y no queremos caernos del árbol sin haber vivido.

Tampoco parece acordarse de que mi bisabuela, la madre de su madre, viuda prematura, payesa y que sobrevivió a la Guerra Civil tras el boicot que le hicieron los franquistas a su República, tenía otro espíritu respecto a todas las cosas. Ella luchó largamente por emanciparse e incluso lo consiguió efímeramente. Luego, a su hija, mi yaya, la tocó estar reprimida durante muchos años y después vino él, con su nuevo concepto de familia de finales del siglo XX.

No quiero su regreso al pasado para contentar al rebaño. No quiero ser una oveja más. Quiero ser como aquella mujer que desafió las reglas. Si ella lo hizo en una época en la que era mucho más difícil rebelarse, ¿cómo no voy a intentarlo yo en pleno siglo XXI?

Mi padre no entiende esto y dice que una cosa es libertad y otra libertinaje, y que no se puede hacer lo que a uno le venga en gana. Que cómo he podido llegar a este extremo, y entonces glosa mi historia personal en su versión simplista 1.0.

Me recuerda lo de mi parto difícil con cesárea, como si me reprochara el hecho de estar viva y levemente malformada y, lo peor, las graves complicaciones que sufrió mi madre y que le dejaron algunas secuelas. “Las dos perdisteis cosas, pero por eso habéis estado siempre tan unidas, y ahora quieres cargártelo todo, ingrata”, me demoniza con agresividad.

Acto seguido, algo avergonzado por su torpeza, pasa a enumerarme todas las cosas que él y mi madre (siempre él delante) me han dado. La educación de niña bien que tengo (aquí siempre se repite como el ajo con lo de los cuatro idiomas que hablo, como si uno no fuera mi lengua materna y el otro, en el que escribo este relato, no me lo hubiera inoculado mi madre en vena desde cría) y, sobre todo, mi bienestar económico (sujeto y dependiente al de ellos). “Que nunca te ha faltado de nada, hija”.

Que se lo debo todo a ellos. Mi buena salud (hombre, papá, la Sanidad Pública también me habría atendido si hubiera tenido como padres a unos pordioseros de las antiguas barracas del Somorrostro), el no ser una delincuente o una chica de mal vivir (a saber a qué se refiere con eso, si a ser drogadicta, puta o ambas) y un largo etcétera.

No puedo otorgarle ni una pizca de razón. Todo lo que él tiene lo heredó de sus padres, y ellos de su yaya a la que no conocí y que a base de deslomarse toda su vida consiguió levantar esta masia preciosa en el que vivimos a orillas del mar.

Y de la que no me pienso ir, porque es tan mía como suya.

Eso es precisamente lo que más le cabrea. No tanto que me quiera desvincular de la familia, sino el modo en que quiero hacerlo. Quedándome con lo que es mío y que él considera que es suyo o, cuando mi madre le reconviene, de todos en común.

Pero yo me niego a aceptarlo.

Esta tierra es de quien la siente suya por nacimiento, derecho natural y sentimiento de unión colectiva con un pueblo. Esta tierra es de mis antepasados y no sólo de la vieja yaya republicana, sino también de sus ancestros y de todos los que, antes que ella, la habitaron de un modo muy distinto a como mi padre entiende que hay que habitarla.

Yo quiero establecer un régimen distinto, comunal, de integración entre las gentes, justo como mi bisabuela hubiese querido. Y para ello es preciso separarme definitivamente de la familia que mi progenitor, con mano de hierro, trata de gobernar a base de capitalismo atroz y ausencia de toda empatía. Tengo derecho a decidir mi destino, y no sólo yo, sino todos los que se sienten de la misma manera.

Por eso voy a convertir la masia en territorio independiente, en el que por fin puedan dominar las reglas con las que me siento identificada yo y la propia vecindad.

Invitaré a mis amigos artistas, esos zarrapastrosos perroflautas en palabras de mi padre, para que den conciertos y monten exposiciones. Tendré aquí mismo mi centro de operaciones, mi pequeño negocio de cosmética ecológica y productos de la huerta. Los cultivaré en esta inmensa heredad de la que gozamos gracias a la yaya payesa y los trataré de vender adoptando una economía colaborativa y solidaria, distinta a la de ahora.

Destinaré la tierra a su fin natural, no al artificial impuesto por las generaciones intermedias que la han pervertido. Yo seré quien la salve, la que la dote de su origen primitivo, de su espíritu original. La heroína que la rescatará del absolutismo opresor de mi padre.

Él se enfurece como un hotentote cuando me oye decir estas cosas. Me saca argumentos repetitivos y, para mí, anacrónicos porque están basados en una ley que no comparto. Que no es mía.

Yo no creo en la propiedad privada entendida como la tenencia individual de bienes para satisfacer exclusivamente los deseos de su titular. Eso para mí no es un derecho, sino una esclavitud que nos crea alienación. Me da igual si está consagrada en el ordenamiento. Es su Constitución, yo no tengo por qué seguirla ya que ni la voté, ni la redacté ni me pidieron opinión para su elaboración.

Yo creo en un nuevo orden, en una nueva forma de hacer las cosas que nazca de la voluntad de los seres humanos como creadores de nuevas fuerzas que se contrapongan a lo establecido. Y si eso implica desobedecer la maldita ley, ya sea la del Estado o la de la familia, que así sea.

Mi padre se horroriza al escucharme esto y me dice que no me reconoce, que no soy su la hija que él tan bien se esforzó en educar en los valores sacrosantos de la sociedad. Se pone como loco y me amenaza incluso con denunciarme, con llevarme a los tribunales si, como dice él, le arrebato la masia, sin darse cuenta de que en realidad es él quien la arranca de su legítima naturaleza, del espíritu payés, arcádico, puro, con que la concibió su yaya.

Además, ahora tengo apoyo dentro de la familia, ya no es cómo hace años cuando únicamente mis hermanas me daban la razón (y de puntillas), y eso le lleva a los demonios. Están mis primos políticos y, sobre todo, mis sobrinos. “Son todavía niños, estás utilizándoles y llevas años lavándoles el cerebro”, me acusa con una falta de dignidad atroz. Como si él no me hubiera comido la cabeza a mí o a mis hermanas con ideas equivocadas desde que nacimos.

Le veo tan embrutecido y cerril que casi me hace añorar los tiempos en los que todavía dialogábamos sobre esta cuestión.

Cuando yo amagaba con mis proclamas, él enseguida se ponía a la defensiva, pero me esgrimía razones. Me intentaba hacer ver que mi opinión no podía determinar la forma de vivir de otras personas que tenían el mismo derecho que yo sobre este pequeño territorio.

Me sacaba a colación a mis hermanas. Yo le replicaba que las dos se habían marchado fuera y por lo tanto, no las podía equiparar a mí. Además, sabía que en el fondo las dos me apoyaban, o cuanto menos, me comprendían, y desde luego me tenían envidia, así que no estaba contradiciendo su voluntad.

Yo, al contrario que ellas, llevaba toda la vida en su casa y además participando de los gastos comunes con mi curro mal valorado. A diferencia por ejemplo de mi hermana mayor, la que vive en Euskadi, que se había ya desentendido de la economía familiar. Ella se lo guisa y ella se lo come, y pasa por completo de la abuela y del tío, a los que yo llevo cuidando casi desde que tengo uso de razón.

Aprovechaba yo entonces para decirle que, desde que el yayo murió, los otros miembros de la familia, incluso mi madre, no podían entender como yo el sentido auténtico de este pequeño vergel y que además mi abuela era muy viejecita y estaba a punto de perder la cabeza de tanto rememorar el sol de su Andalucía natal.

“¿Y qué pasa conmigo?”, me soltaba muy serio, con ese acento maravilloso que adoraba y me desarmaba de jovencita. “Es verdad que tú tienes tanto derecho a decidir como yo, papá”, admitía, aunque estuviera en pleno desacuerdo sobre su forma de vivir. Y entonces nos enfrascábamos en una prolija discusión, casi filosófica, sobre si la tierra y la familia nos preexistía a nosotros o no, sobre su yaya y cómo sentía ella este lugar, sobre…

Un debate a veces más fructífero que otras, en el que siempre acababa por cederme un poquito de terreno, a cambio de que yo dejara de comportarme como la hija díscola y le apoyara en su importante trabajo burgués de cara al exterior. No en vano, fui durante muchos años su ayudante, secretaria y mano derecha, aprovechando los grandes conocimientos de “su” educación.

Al final, yo acababa asumiendo que tenía que tragarme mis ideales, que la familia aún no estaba preparada para una ruptura tan importante con algo impuesto durante generaciones. Cuando mis sobrinos fueran mayores de edad, todo sería diferente, le advertía a mi padre, que se reía y me trataba de un modo condescendiente que me irritaba. Pero la cuestión quedaba zanjada durante una temporada.

Ahora ya no hablamos. Sólo nos gritamos. Hace años que dejé su empresa, llena de corruptelas y trapos sucios (de los yo participé plenamente, me acusa él con hipocresía), y busqué otro empleo. Dejé de negociar con él palabras vacías de contenido y nos empezamos a pelear, cada vez con más furia. Él dejó de esgrimir argumentos y yo de pedírselos. Ya me daban igual.

Desde entonces, me hostiga, me hace la vida imposible. No me perdona que le dejara en la estacada y que reniegue de él en público. Dice que le odio. Que ojalá él pudiera odiarme a mí. Y añade que, o me someto a él, o tendré que atenerme a las consecuencias.

Mi mamá, como buena castellana, es más sutil. Siempre lo fue, pero también eso la hace más peligrosa. Ella no me llama al orden como si fuera un general con tricornio, pero se esfuerza en sacarme las tripas de mis sentimientos.

Primero me dice que hay otras maneras de hacer las cosas. Que me fije en mis hermanas, que viven libremente fuera pero, cuando vienen aquí de visita, siguen respetando el orden familiar. O en mi prima paterna, que se ha ido a Bruselas a estudiar. Igual que años atrás hicieron mis otras dos primas, las maternas, una a Londres (antes del Brexit, puntualiza) y otra a México (sin perder el acento castellano de su rama familiar, precisa). Siempre con orgullo de pertenecer a este clan lleno de mezcolanzas y cada uno con su singularidad, pero unido a fin de cuentas, subraya mamá.

Yo le opongo que mi hermana pequeña, “la gallega”, sigue recibiendo transferencias puntuales suyas y de mi padre y el resto del tiempo malvive esperando a que el banco le conceda alguna tregua para aliviar su déficit. Y que mi prima paterna está becada en el epicentro de la Unión Europea, que es el mediocre objetivo al que han optado desde siempre todos los de mi generación. Vivir de subvenciones públicas, aunque sea a merced de la marea.

Pero mi idea es conseguir una libertad real, le digo a mi madre. No me quiero parecer a los demás. Quiero ser independiente a mi manera, estableciendo mi propio estilo, que en realidad es lo que he querido toda mi vida, pero nunca había explotado con este erotismo, con esta pasión que me desborda.

Ella me objeta que lo que quiero conseguir es una autosuficiencia soberbia, y entonces aquí se pone en plan madre inteligente y sofisticada, que retuerce las palabras y los hechos en un giro sentimental que no me espero.

Me recuerda que yo no siempre he sido así. Que si hubiera deseado desligarme desde que era niña, o adolescente, no existirían tantas fotos familiares felices. Me enseña las de las vacaciones en las playas de Levante, y también en las de Mallorca y la Costa del Sol tan queridas por mi abuela, nuestros destinos favoritos para descansar.

Y me muestra con una sonrisa de satisfacción en los labios todas esas en las que mi padre me sostiene en brazos y yo río como una chalada de amor o le miro con admiración.

Dice que en el fondo somos iguales. Brutos como un arado. Orgullosos, incapaces de reconocer los errores.

Me da asco que me compare con él en la actualidad, pero lo hace de tal manera, echando mano de reminiscencias del pasado, empleando parecidos físicos, similitudes en los gestos, semejanzas en las rutinas, en las costumbres y poses, y anécdotas comunes que yo casi ya tenía olvidadas, que casi no puedo resistirme. Todo ello mientras me pone delante la imagen que me está abriendo las entrañas.

Y pienso en una fugaz debilidad si no tendrá parte de razón. Si no estaré siendo un poco como mi padre. Cegada en mi radicalismo, dictadora y arrogante, cambiando este sitio a mi antojo y condicionando con ello la vida de otras personas que no comparten mi visión de las cosas.

Y ella, mi madre, erre que erre con la instantánea, con mi rostro feliz, con mi sonrisa, como la de papá.

Aparto la mirada. Le digo que no prosiga, que eso no tiene nada que ver con el estado actual de las cosas. Pero ella no ceja en su empeño.

Evoca los momentos en los que mi padre me conducía de la mano por las orillas de esas playas y me hablaba de su conexión con la masia, de que ese mar nos bañaba a todos, a los del norte, los del sur, los del centro… Y me cantaba al oído, y yo le seguía como tonta: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa, y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, siento tu luz y tu olor por donde quiera que vaya…”.

Le pido otra vez, casi le suplico, que se detenga, que pare de una jodida vez. Que yo soy más de Lluis Llach o Albert Pla, o de grupos indie como Animic o Pacosan. Ella, pertinaz, me recuerda los tiempos en que también bailaba la música de Estopa. Me da igual, le digo, sólo es música, no hay que mezclarla con mis emociones sobre los otros aspectos.  “Entonces”, contraataca con su finura agresiva y la voz quebrada, “si sólo es música, ¿por qué no puedes escuchar esa canción?”

Todo menos eso. Esa canción no. Mediterráneo, no. Ella cambia. Empieza con la de los locos bajitos. Y va más allá, en el colmo de la temeridad, entona aquel soneto a mamá. Y regresa al principio, como en círculos desbocados por esa puta nostalgia que quiero detestar. Me señala el mar a través de la masia. El mar. Y la foto, y mi padre teniéndome con fuerza. Y canta: “Si un día para mi mal, viene a buscarme la parca…”.

–¡Vale ya, mamá! Todo menos eso, por favor. Todo menos el maldito Serrat –le ruego con lágrimas en los ojos.

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El taburete al que subir para salvarse de la quema

Yo soy uno de esos despreciables seres aficionados a la música de calidad que piensa que no toda la música comercial por el mero hecho de serlo es mala ni merece ser enviada a la papelera de reciclaje de tu biblioteca musical para posteriormente ser eliminada sin compasión. Creo que, aunque hay muchísimas canciones malísimas, y un buen puñado de ellas infumables, existen también cosas que suenan en la radiofórmula que se pueden rescatar. Sé que merezco arder en la hoguera de los puristas por ello.

En esta entrada, quiero dejar aparte los canales no tradicionales, los estilos que triunfan más allá de las corrientes populares y que tienen su hueco entre el público minoritario. Me voy a centrar únicamente en el fenómeno fan y en el mainstream.

No es la primera vez que hablo de la idiotización progresiva e implacable que sufre el panorama musical latino y, en particular, el español. Y allí donde sólo parecía que podía surgir mierda pestilente infectada de ritmos caribeños y tropicales aderezados con toda suerte de sonidos electrónicos infumables, apareció un oasis irónicamente capitaneado por dos familiares de conocidos expresidiarios y por una legión nutrida en su mayoría por niñas de postín.

Se trata del grupo Taburete, liderado por Willy Bárcenas (hijo de Luis. Sí, sí, el de “Luis, sé fuerte” y otros éxitos) y Antón Carreño (nieto del ex presidente de la CEOE Gerardo Díaz Ferrán) y completado por Manuel Evia, Guillermo Gracia y Antonio de la Fuente.

El Grupo Taburete. (Imagen: Hola).

El rayo de esperanza no ha surgido de un ejército de alternativos progres o de gafapastas intelectualoides, como pudo pasar en su día con el inesperado éxito más o menos mayoritario de Supersubmarina o Vetusta Morla (aunque Taburete amenaza con superarlos). No, esta vez son las chicas de las barriadas de bien, de las urbanizaciones madrileñas de renombre, esas de las que un prejuicioso no podría esperar como ejercicio de compromiso cultural mucho más que corear el himno del Madrid o como máximo acto de rebeldía votar a Albert Rivera.

Reconozco que incluso yo, que presumo de estar lejos de etiquetas y prejuicios en lo musical, donde suelen ser especialmente crueles y detestables, afronté el conocimiento de este grupo lleno de reparos y con la tentación de arrojarlos al fango a la primera escucha. Uno no dejará de ser deudor de las grandes bandas roqueras del país y no puede haber nada más alejado de estos, no tanto en cuanto a sonido o las letras (que también), sino sobre todo en lo que se refiere a filosofía, estética y entorno de seguidores (aunque Willy y Antón dicen que le dan bastante al canuto).

Y, sin embargo, hay que decir que Taburete pega una hostia a los reparos previos. Vale que no son un grupo guitarrero que vayan a revolucionar el panorama musical español (¿queda alguno de esos, al menos con cierta juventud?), de acuerdo con que no poseen un toque innovador de calidad en su pop que vaya a convertirles en los Radiohead españoles ni una profundidad en sus letras que los vaya a transformar en herederos de Love of Lesbian.

Pero el caso es que suenan bien. Suenan condenadamente limpios, frescos y, quizá lo más importante, auténticos. Sus melodías se pegan como el Superglue y las historias sencillas que cuentan, casi siempre inspiradas en la cultura mejicana de bares, en sus noches de farra y sus historias de amor ocasional, funcionan a las mil maravillas. Son versos cortos y directos que riman casi siempre de forma asonante, perfectos para lo que tratan de transmitir. No necesitan alardes ni grandes arreglos de producción, de hecho es esa desnudez en el sonido su mayor virtud.

Se podría decir sin exagerar que cogen el testigo de artistas como Café Quijano, Estopa o Melendi, aunque sin el toque macarra y algo transgresor de los principios estos, también hay que decirlo. En ese sentido, son políticamente muy correctos, aunque esto se preste a un chiste muy fácil por su ascendencia familiar.

Si bien se les ha comparado con Hombres G o El Canto del Loco, por el tipo de público eminentemente femenino y guapo que atraen, creo que están más cerca de los anteriormente mencionados, e incluso Willy Barcenas tiene un dúo con los Quijano en uno de los temas de estos últimos.

También ellos dos se sienten más identificados con los referentes que he citado, aunque también mencionan otros como Rocío Jurado, Julio Iglesias, Leiva o… Extremoduro (habría que explicarles tal vez a Willy y Antón que el hecho de que te guste alguien no quiere decir que te parezcas a ellos, pero seguro que al “notas” de Robe Iniesta –o a su personaje– esa comparación le sacaría una buena carcajada)

Hay que destacar que estos veinteañeros no han tenido padrino ni programa de televisión que les haya hecho de lanzadera ni campaña de marketing, ni nada por el estilo (si acaso la publicidad obtenida gracias a las ramas podridas de su árbol genealógico. Ellos mismos admiten que les vino bien al principio para conseguir entrevistas).

Es un caso raro en los tiempos que corren de unos tíos que se ponen a dar conciertos en salas de Madrid, suben unos videos a Youtube y el boca a boca los hace famosos, pretendidos y virales. También es cierto que venir de familia de la jet set, con piso en el Barrio Salamanca y una red de contactos formada por gente con pasta en los bolsos, bolsillos y mochilas con dibujitos ayuda a llevar mejor lo de jugar a ser bohemios y soñadores. Pero no es menos cierto que eso no te hace llenar el Palacio de Los Deportes de Madrid o conseguir 16 millones de reproducciones del video de su gran éxito, Sirenas.

Pienso que es necesario, mucho, que surjan grupos en España de este carácter que hagan que el público menor de edad se olvide de los odiosos ritmos caribeños mezclados con la electrónica que vienen de Puerto Rico, Colombia y Republica Dominicana.

He comprobado a través de mi trabajo que, pese a lo que se pueda pensar, hasta los niños están saturados de que Enrique Iglesias les cuente cada verano lo mismo con Gente de Zona, de que Shakira los atormente con sus rimas estúpidas y su movimiento de caderas que hace tiempo que perdió toda gracia o de que aparezca el típico artista emergente procedente de aquellos lares y les sugiera que hagan intercambio de parejas, aunque ellos no lo capten. Sí, están hartos hasta del Despacito.

Esto no quiere decir que les haya dejado de interesar, porque al final el mainstream y la facilidad machacona de estos ritmos hacen su labor destructiva y absorben los oídos infantiles y púberes con mucha rapidez y contundencia, pero noto una tendencia, no sé si lenta o rápida, hacia la dirección contraria. A volver a aquella época en que los grupos de pop-rock español con toques rumberos, flamencos, tangueros o rancheros (estos últimos son los más habituales en Taburete) copaban las listas de éxitos y formaban un amplio espectro de música comercial con cierta calidad.

Que sí, que a mí también me encantaría que surgieran nuevos Extremoduro, Los Suaves, Barricada o Celtas Cortos, pero eso por desgracia está mucho más complicado. Hasta que esta sociedad asquerosamente represiva, a través de sus canales de comunicación, que marginan al rock y  a otras músicas subversivas, deje de censurar esos estilos, mientras no les permita regresar a ese segundo plano alternativo y perversamente atractivo que siempre ocupó, hay que conformarse con objetivos menos ambiciosos.

Y sinceramente, aunque yo soy de saltar y bailar, si la única opción es hacerlo al ritmo de los  mojitos de Shakira y de los Baby No de Danny Ocean, prefiero estar sentado en un taburete. O en casa de Dron.

Y cuando los 40 Criminales, influencers, youtubers y DJ asesinos berrean The Floor is Lava! con cada nueva canción que provoca erupciones en el buen gusto musical, es mejor subirse a cualquier sitio donde uno no se queme los pies bailando esas danzas infernales. Por ejemplo, a un taburete.

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Para que el contador no se quede a cero

Hay algunas personas cuya única presencia hace que merezca la pena presenciar algo. Actores que justifican el precio de la entrada aunque la película sea floja. Músicos a los que vale la pena escuchar en directo, incluso en un sitio poco apropiado o con un sonido de mala calidad. Deportistas que convierten un espectáculo que podría ser aburrido en algo emocionante, intenso, incluso épico.

Alberto Contador forma parte de este selecto grupo de seres humanos. Gente con la que no tienes relación personal alguna pero que te hace estar pegado al sillón contemplando una pantalla con imágenes sobre la que aparecen varios individuos haciendo algo aparentemente tan poco atractivo para la vista ajena como pedalear durante muchos kilómetros sin que pase absolutamente nada la mayor parte del tiempo. Una actividad que, bien mirada, no tiene nada de entretenido ni de televisivo y que sólo se entendería desde un punto de vista de la afición personal por el mundillo de la bicicleta, de la cual yo carezco.

Sin embargo, existe un punto de conexión emocional que sólo puede ser comprendido si se ha visto competir a ciclistas como Contador. Ha sido el último bastión de una especie en peligro de extinción, sino directamente extinta tras la retirada del propio Alberto, anunciada antes de la última Vuelta Ciclista a España que el madrileño volvió a protagonizar sin ni siquiera haber tenido la necesidad de ganarla.

Él por si sólo ha explicado a lo largo de su magnífica trayectoria esa pasión repentina, no demasiado meditada, que le asalta a uno cuando llegan las grandes vueltas por etapas. El corredor de Pinto ha dado razones a los que las buscan y a aquéllos que critican, no sin razón, que uno se pase horas viendo una carrera que en un ochenta por ciento puede resultar soporífera.

Alberto Contador ha sido un profesional de los que prácticamente no quedan, ya no sólo en el ciclismo, sino en general en todo el mundo del deporte. La mosca cojonera en los tiempos del control, de la planificación extrema de cada detalle, del conservadurismo para poder amarrar las ventajas, por mínimas que sean, de no llevar a cabo un solo movimiento sin que tenga una lógica estratégica. Fue la anarquía, la imprevisibilidad, la valentía.

Contador nunca tuvo grandes equipos. Cierto que hubo buenos compañeros a su lado, pero desde que tuvo madurez suficiente, él siempre fue el jefe de filas indiscutible, el que se jugaba las cartas contra los demás cuando la cosa se ponía complicada. El que se pegaba con los otros rivales y con los equipos de los otros rivales. Él nunca contó con varios gregarios de lujo que podrían ser líderes en otros conjuntos, como sí sucede con el Sky del británico Chris Froome, cuatro veces ganador del Tour de Francia y vencedor de la Vuelta 2017.

Contador con el trofeo de ganador del Tour de Francia 2007. (Imagen: RTVE).

Contador nunca necesitó que los demás le arroparan demasiado, porque es poco amigo de quedarse la manta puesta, ni siquiera en invierno. El no se guardó nada durante su trayectoria profesional que ahora ha llegado a su fin. Lo dio todo hasta el último instante, cada pizca de esfuerzo, cada impulso para conseguir ascender hasta lo más alto, cada gota de sudor derramada por las carreteras de toda Europa.

Su última demostración, el día antes de poner punto y final a su carrera deportiva, en uno de los lugares más especiales para los amantes del ciclismo. La cima de L´Angliru, ya mítica, quedará registrada para siempre como la última que Alberto coronó como deportista profesional. Y no lo hizo de cualquier manera, sino en primera posición, tras un ataque que resumió perfectamente lo que fue su carrera. Que manifestó su personalidad inconformista, generosa, arriesgada, incluso a veces algo temeraria.

Desde las primeras rampas del durísimo puerto asturiano, por las que la retina conserva imágenes de tremendo sufrimiento de ciclistas históricos como Abraham Olano, Chava Jiménez, Marco Pantani o Roberto Heras, el madrileño quiso escaparse. Al principio, en compañía de otros, muy pronto en solitario. Cuando todavía restaba lo peor de ese terrible muro que no siempre tiene la misma inclinación, pero en cualquier caso siempre es infernal. Donde la bicicleta parece que se queda parada, clavada en el asfalto, por mucho que se muevan las piernas. Un recorrido de una dureza extrema, con pendientes de hasta el 23%, y que recuerdan al ciclismo de otros tiempos, tan añorado como imposible hoy en día.

Pero Contador es también un ciclista del pasado y por eso tenía que retirarse de ese modo, fiel a sí mismo. A su estilo de disparar en cuanto la carrera se ponía tensa, los rivales iban vigilándose y algunos empezaban a sacar la lengua. Él entonces se crecía, sacaba su alma de pistolero y se ponía a combatir, a diestro y siniestro, sin filtro, con el mismo descaro que cuando era jovencito y nos encandiló en aquel Tour de 2007, que fue su primera gran victoria.

Incluso fue capaz de combatir al peor de los rivales para el ciclismo. La acusación de haber hecho trampas, de haber corrido de forma ilegal, sobrepasando los niveles permitidos en sangre por un límite ridículo, bajísimo, pero a fin de cuentas superándolos. La famosa polémica del clembuterol, que nunca llegó a aclararse del todo, pero en mi opinión sí está demostrado que jamás le ayudó a ganar nada, pese a lo cual recibió una sanción durísima y desproporcionada de dos años sin competir, siéndole arrebatados retroactivamente el Tour de 2010 y el Giro de 2011.

Contador, durante su declaración ante el TAS en 2011 a raíz de su positivo por clembuterol. (Imagen: RTVE).

Sin embargo, no dejó de ser un error, una mancha en su expediente. Y sin embargo, irónicamente, eso le hizo mucho más grande. Su regreso enrabietado, dando una bofetada en la cara del mundo, ganando una Vuelta a España dificilísima en 2012, le hizo recuperar el estrellato, le catapultó a la categoría de leyenda y calló muchas bocas, entre ellas las de un servidor, que se había sentido algo traicionado por un corredor al que admiraba.

De hecho, tengo que decir que él fue al mismo tiempo el responsable último de que casi estuviera a punto de dejar de ver un deporte que, cuando era pequeño, era mi segundo favorito, con una imagen deterioradísima tras tantos años de historias de positivos por doping, y también el causante de que finalmente no lo hiciera.

Verle competir otra vez a ese nivel, con un carácter, determinación y afán de batalla únicos, me devolvió la ilusión por un espectáculo que, en el penúltimo día de Contador como profesional el 9 de septiembre de 2017, llegó a ser tan grande como aquélla que, siendo muy niño, me provocaban los Perico, Induraín, Chiapucci, Virenque o Rominger.

Creo que a muchos les pasó como a mí, incluso a los más cabreados con el ciclismo. Notaron como se les erizaba el vello y les recorrían escalofríos mientras observaban la última gran secuencia de Alberto Contador como ciclista, el broche perfecto para su carrera, coronando esa cima épica, enervando al público con la mano derecha, esbozando una especie de sonrisa guerrera y haciendo su último disparo. Ese que por desgracia no volveremos a ver más.

(Video: RTVE).

Queda la esperanza de que, aunque el contador original se haya puesto a cero tras haber marcado tantos miles de kilómetros durante tantos años, haya otros que le vuelvan a hacer funcionar y seguir marcando las pulsaciones de un corazón inmenso y luchador hasta el final. Jóvenes que, siguiendo su ejemplo y su figura ya mítica, hereden su espíritu y vuelvan a hacernos vibrar por carreteras angostas o anchas, bien asfaltadas o pedregosas, siempre cuesta arriba, mirando hacia arriba, sin conformarse jamás, intentando llegar lo más alto posible.

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