Despedidas auténticas

Yosi, el cantante y líder de Los Suaves, decía en sus conciertos que las únicas historias verdaderas eran las historias tristes. Así quedó grabado para la posteridad en el mítico recopilatorio de actuaciones en directo ¿Hay Alguien Ahí? No estoy de acuerdo con él, ni me identifico con tal nivel de derrotismo vital, pero sí comparto cierta parte de su credo.

Los cuentos que hablan de derrotas, desdichas, separaciones y miserias tienen un poso de autenticidad mayor que aquellos alegres que nos hablan de una felicidad efímera y pasajera. Creo que la tristeza dota a los seres humanos de la capacidad de mostrarse como son, si bien también puede entenderse desde el punto de vista contrario. Les despojan de la habilidad de ponerse corazas, de contener sus emociones, de fingir compostura y poses artificiales en sociedad.

La alegría va acompañada de otros factores, como la euforia, en la que se desprenden muchas sustancias químicas que, aun siendo totalmente ciertas, envuelven momentáneamente a la persona en un estado anímico que no durará mucho tiempo. Es el mismo efecto que se consigue con ciertas drogas, con la diferencia de que aquí se trata de algo natural.

Pero cuando la persona se siente desdichada, cuando el dolor nos atraviesa por un abandono, la destrucción de una relación o de algo que considerábamos importante, o por una despedida amarga, en definitiva, cuando se produce una pérdida, no hay más que vacío, soledad y desamparo, que inútilmente tratan de aliviar otros.

A diferencia de los llenados, las pérdidas son permanentes, jamás se restituyen, y uno sólo se recupera de ellas con una buena gestión emocional o poniendo parches engañosos que a la larga juegan malas pasadas. Es como cuando uno se empeña en llenar con diesel un coche de gasolina, tal vez para ahorrarse unos euros con el consumo. El vehículo no lo aceptará, el motor andará como gripado y al poco se parará. Tocará hacerle un lavado de estómago y retirarle todo ese combustible dañino. Aprender a funcionar sin él.

Una vez soñé que me despedía de todo y de todos. Que partía sin demasiado rumbo hacia algún lugar. Que rompía con mi vida de siempre y construía otra llena de extravagancias con la mira siempre puesta en lo que había dejado. Ahí radicaba el engaño. En el fondo soñaba con volver, pero de otra forma, cual Edmund Dantes travestido en Conde de Montecristo. Para demostrar algo a mi mundo de siempre, y quizá en cierta medida para vengarme de él. Era mi particular Máscara del Mundo, y esa idea inspiró mi primera novela.

Sin embargo, ahora sé una gran verdad. Cuando te despides de algo o de alguien, hay que hacerlo sin fisuras, alejado de toda ambición de regresar. Es la triste realidad de la vida, el crudo mecanismo que subyace debajo de las rupturas y los vacíos. Siempre van a estar ahí, toca convivir con ellos. Cuando se dice adiós, hay que decirlo de verdad, sentirlo como si se te estuviera partiendo el alma. Sólo así se puede soportar.

Por eso hoy, cuando por fin empiezo a despedirme de cosas de las que soñé ingenuamente que nunca me despediría, lo hago con un nudo en la garganta y la voz estrangulada. Aún así, contengo las lágrimas, todavía no he dado el paso definitivo. Quizá nunca lo dé, o tal vez sí. Ahora me siento más cerca por fin de escribir una historia completamente auténtica. Una historia que contendrá alegría, pero que será, sobre todo, una historia triste.

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El relevo generacional en el tenis se hace esperar

Hace tiempo que se viene diciendo que hay una nueva hornada de jóvenes tenistas que va a dominar de forma inminente tanto el circuito femenino como el masculino. Ya expuse en esta Buhardilla un argumento que contradecía esta afirmación, de una forma más apasionada de lo que lo haré en esta ocasión, cuando finalizó el Open de Australia 2017. Pero lo que escribí entonces sigue siendo perfectamente aplicable ahora.

En cuanto a las mujeres, es cierto que ese cambio se está empezando a notar de una forma muy palpable en los últimos tiempos, si bien no es ni mucho menos tan radical y brusco como cabría esperar si nos atuviésemos a una mera cuestión de edad. No hay más que ver a Serena Williams, que a sus casi treinta y siete años, después de haber sido madre y estar retirada de las pistas durante más de un año, se ha plantado en toda una final de Wimbledon. También es verdad que estamos hablando de una de las mejores jugadoras de todos los tiempos.

Y su rival y ganadora del torneo, la alemana Angelique Kerber, tampoco es precisamente una cría. Con treinta años, ha conquistado su tercer Grand Slam y, dado su carácter y fuerza de voluntad, una vez recuperada la confianza que la abandonó después de alcanzar la cima hace dos años, parece que ha regresado para quedarse y reconquistar el liderato del circuito WTA que ya ostentó.

Es cierto que veinteañeras como Svitolina, Caroline García, Garbiñe Muguruza o las más jovencitas, Ostapenko y Kasatkina, se han consolidado como alternativas claras a otras jugadoras que ya se baten en clara retirada, como Venus Williams, Kuznetsova o Sharapova (pese a su exitoso regreso tras la sanción por dopaje, está muy lejos de su mejor nivel), pero mientras Serena ande por ahí, creo que el relevo será más paulatino de lo que parece, sin olvidarnos de jugadoras como Petra Kvitova o Caroline Wozniacki, cuya edad está a caballo entre las más veteranas y las más jóvenes.

Por lo que respecta a los chicos, ya desde la temporada pasada, pero sobre todo en la actual, se asegura que la generación de los nacidos a mediados de los 80, aquella que ha comandado la WTA y la ATP desde hace más de una década, va a ser definitivamente sustituida.

A esta última pertenecen, además de Rafa Nadal, Novak Djokovic o Andy Murray, grandes tenistas como Gael Monfils, Jo-Wilfred Tsonga, Stan Wawrinka, Tomas Berdych o Richard Gasquet, por sólo citar a algunos. Todos ellos grandísimos profesionales que han estado copando el top 10 año tras año.

Roger Federer se despide de Wimbledon tras caer eliminado. (Imagen: El País).

Si nos centramos sólo en un tema clasificatorio, es cierto que muchos de ellos han sido desplazados de ese grupo de élite, lo cual puede entenderse como un síntoma efectivo de decadencia. Es posible que las carreras de la mayoría de ellos hayan empezado a declinar y estén tocando a su fin.

No obstante, esto sólo es un dato relativo. Los dos primeros jugadores de la ATP, Rafa Nadal y Roger Federer, tienen 32 y 36 años respectivamente. Con su gran torneo de Wimbledon, Djokovic, de 31 años, también ha remontado, vuelve a ser quién era y se ha vuelto a colocar entre los diez primeros. En breve le veremos en el pódium de honor junto con los otros dos monstruos del tenis del siglo XXI. Y si Murray encuentra las fuerzas tras recuperarse de sus lesiones, también regresará al sitio que le corresponde. No me cabe ninguna duda.

Pero es que, fuera aparte de ellos tres, no hay que olvidarse de que dos de los semifinalistas de la edición actual del torneo londinense, John Isner y Kevin Anderson, también pertenecen a esa generación dorada, en mi opinión la mejor de la historia del tenis, además de la más longeva.

Esto quiere decir que Alexander Zverev, que es probablemente el alumno más aventajado de la generación de los que rondan los veinte años de edad, tendrá que esperar para escalar a esas posiciones. Sobre todo mientras siga cosechando una actuación decepcionante tras otra en los Grand Slams, que se le atragantan por completo, a diferencia de los Master 1000. Otros representantes de esa hornada como el díscolo Nick Kyrgios, el zurdo canadiense Dennis Shapovalov, el griego Tsitsipas o el ruso Rublev parecen alejados a nivel tenístico de los geniales treintañeros antes citados y a años luz a nivel mental, de competitividad y de capacidad de esfuerzo y sacrificio.

Los medios de comunicación y los aficionados en general son muy aficionados, valga la redundancia, a jubilar a los deportistas cuando sobrepasan cierto límite de edad. En realidad, es un reflejo de lo que sucede en la sociedad. Cuando alguien tiene una edad, ya no puede dedicarse a tal o cual cosa, llevar a cabo una actividad determinada, que es calificada como de de jóvenes, y ni mucho menos hacerlo sin caer en el ridículo o ser humillado por las promesas emergentes.

Me parece que en el tenis, sobre todo en el masculino, algunos profetas encantados de conocerse y gurús del deporte poco deportivos tendrán que conformarse con tragarse sus palabras. Al menos mientras a una señora y a tres señores que seguramente podrían estar en la máxima élite histórica del deporte en general no les dé la gana dejar de golpear bolas con su raqueta. Ni de echarle muchas más ídem que los que tratan de desbancarles.

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Mi Lady Bird

Siempre supe que te despedirías de mí antes que yo de ti. Era ley de vida y no la traicionaste. No quisimos enfadar a la sociedad, aunque mil veces hubiera quebrado cualquier norma por ti.

Habría sido un atentado a la razón de los bien hablados. Un perfecto salto al vacío del que ya nadie habría podido culparnos, un querer nunca regresar al lugar equivocado.

Ahora tú te vas a aprender nuevos acentos que suplan el castellano de nuestras raíces y mi inglés de copa en copa. Es menester que te diga lo obvio. Jamás te rescatarán de mis ramas.

Sé que no necesitas que nadie te salve, aunque lo reclames con premura. Siempre tendrás estas hojas en las que recostaste cuando nadie te llame en otra vida. En esta siempre tendrás reclamo, y yo seguiré sin que germinen más frutos que los que se caen de maduros a tu vera solaz.

Una vez te dije que no habría más tierra húmeda que la nuestra cuando consiguiéramos reunir el valor para amamantar lo que había en el subsuelo. Hoy he vuelto a ser yo, el decadente olivo al que le da alergia la primavera.

Vi la película mil veces y no quise ser protagonista. Sabía que tu interpretación sería sólida. No tengas miedo a fallar cuando te toque representar el papel, te acogerán con aplausos de misterio morisco en tu nueva cristiandad. Algún día seré el espectador de tus hazañas tras la pantalla. Siempre se me dio mejor escribir el guión.

¿Te acuerdas cuando te dije en una ocasión que no llorases por mí? Sé que no lo hiciste, aunque lo viera. Que las lágrimas sólo eran por el dolor de perderme. Pero como me quisiste en esos instantes no querré que me quiera nunca nadie más.

Di marcha atrás como en esas historias políticamente incorrectas que te mostré de vez en cuando. Siempre prestaste atención a mis desvaríos de otra generación y te burlaste encantadora de mi afán por recuperar los polvos de un pasado que me imaginé.

Tú das marcha adelante como te correspondía hacer. Las dudas te estorban, crees que allá donde vas te quitarán todas las eses menos la de la palabra sola. Pero sé que serás la princesa urbana hechizante de las mil y una noches. No habrá más leyenda que la de la última ciudad reconquistada por tus encantos, ni victoria más sonada que la de tus exámenes de independencia.

No tengas miedo, niña, que volarás por encima de tus miedos y no serás jamás rasante de estas estrecheces. Te perderás en la grandeza del misterio del sur y añorarás este mediocre norte del que algún día te enamorarás cuando te haya perdido y no haya remedio. En esa edad lejana, tal vez llorarás con resaca en el corazón de la gran ciudad, la misma que olvidará tus triunfos para que vuelvas a luchar contra el desprecio de tu dicción perfecta.

Entonces, sólo entonces, te pido que me vuelvas a recordar, a mirar nostálgica los tiempos de la borrachera de sueños imposibles bien urdidos entre la decencia de los académicos. La presencia vil del que siempre te aconsejó por encima de sus posibilidades. El reposo fácil del que no logró título regalado en las universidades públicas, ni título comercial en las librerías.

Alza tus alas de moody girl alternativa y elévate hasta las alturas de esas latitudes que miramos con despecho. Consígueme cuando puedas un viaje de ida a tu felicidad sin mí. La admiraré desde estas ventanas que se abren a golpes, en esta clase de moqueta polvorienta, con la espalda dolorida apoyada en los pupitres donde aprendí mientras hacía que te enseñaba.

No cruces sin rumbo fijo las praderas de tu horizonte indefinible. Aprende a adorar esta meseta cuando ya no puedas regresar. Digiere cada derrota como si fuera la primera. Elige el momento justo de aterrizar cuando los otros piensen que ya no vas a despegar. Coge el precio justo de las ignominias y no discutas tu valor de lo añadido.

Entonces, mi joven ave altisonante en tus humores, créete siempre menos que los demás sin dejar de creerte más. Créete tú, créete entera. Que la credibilidad te acompañe aunque yo deje de creer sin ti en esta era de sueños lentos y aviones veloces que tú representaste, y en la que me hiciste creer.

Ahora me retiro a seguir descreído. Pero creeré que tú algún día creíste en mí.

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Los que vuelven, los que se van, los que se quedan (intrahistoria de un ascenso a Primera)

Recuerdo aquellas vacaciones en las que viajábamos los seis en un coche sin cinturones atrás. Yo, muy niño, inclinándome hacia la divisoria entre los asientos de copiloto y conductor. Solían ser mi abuelo o mi madre los que empezaban a cantar el “Cogí un ramo de flores” cuando regresábamos y veíamos el cartel que marcaba la entrada a la ciudad. No sentíamos tristeza por volver después de un mes de sol y playa. Son mis primeros recuerdos de algo que se parezca al sentimiento de pertenencia a la ciudad.

Son coetáneas a mis primeras memorias del Real Valladolid.

Éstas están formadas por nombres como Lesmes, Coque o Aldekoa. Los recitaba mi abuelo de carrerilla, sentado en su sillón junto a la ventana que daba al Polideportivo Huerta del Rey. Los enumeraba con una mezcla de orgullo, nostalgia y ensueño que me hacía estremecer.

Recordaba el cuarto puesto del equipo, su mejor clasificación histórica, cuando él ya era abonado del club, y aquélla final de Copa del Rey en el Bernabéu contra su otro equipo, el Athletic de Bilbao de Zarra. Curiosamente, muchos años después de ese choque de otra época, fue mi tío, el hijo de mi abuelo, el primero que me llevó a Zorrilla a presenciar un partido contra el Athletic. Mi abuelo ya no estaba allí. No soportó la transición del Paseo Zorrilla al moderno Parquesol y se quedó en su cuarto de estar lamentándose de la oportunidad perdida. Pero después me decía: “Hijo, algún día tal vez la ganemos”. Él siempre fue muy optimista.

Creo que ahí, en esa pequeña sala que para mí fue y siempre será lo más parecido a la felicidad, fue donde comencé a conformar mi personalidad unida para siempre al apodo que representaba una manera de vivir, casi siempre perdedora, melancólica, noble y soñadora. Un lugar, un espíritu, una familia y unos colores. Pucela. Jamás nadie podría arrancarme ese arraigo, ni siquiera yo mismo.

No puedo decir que no lo haya intentado. Decenas, quizá cientos de veces. Posiblemente más por rabia que por convencimiento. No siempre es fácil ser de Valladolid y aún menos del Valladolid. En ocasiones la frialdad, la indiferencia y la sensación de derrota continua atenazan y amargan hasta al más apasionado. No hay pocas veces en las que uno tiene la tentación de mandar toda esa hostilidad, ninguneo y decepción fuera de su vida, buscar otros campos menos secos y peor regados.

A mi alrededor, el desfile de seres humanos que emigraban a otras tierras me alentaba a ello. Se iban para no volver, aunque siempre con el corazón algo encogido. Han sido innumerables las despedidas, algunas más dolorosas que otras. A veces me pillaban con los puños apretados, otras haciendo algún esfuerzo por contener las lágrimas, en otras ocasiones con una sonrisa de circunstancias. Yo me quedaba, siempre me he quedado por aquí. Incluso en contra de mis pies. En dirección opuesta a mi cabeza. Contradiciendo a mi espíritu rebelde, que encontró precisamente un engañoso alimento para su rebeldía a contracorriente, en el quedarse.

Mientras tanto, el siglo XXI pasaba para el Real Valladolid como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. El club cumplía 75 años, 80… Y los sinsabores predominaban ampliamente sobre las alegrías. Mi abuelo pronto dejó de estar aquí conmigo para recordarme que algún día todo cambiaría.

Un brujo vasco y un mago serbio parecieron darle la razón después de que se nos hubiera ido. Pero ni Mendilíbar ni Djukic pudieron quedarse aquí eternamente viendo como el club se autodestruía y se convertía en su peor enemigo. Ni siquiera ellos lo soportaban. Tal vez mi abuelo tampoco lo hubiese soportado. Se fueron. Todos se marcharon.

Este último tránsito por Segunda ha sido especialmente duro. Mucho más que los anteriores, sobre todo por esa angustia que se podía percibir de Fondo Norte a Fondo Sur, con la visión del viejo rótulo de Continente en la retina. El temor de que esta vez nos tocaba quedarnos y no volver en mucho tiempo. Atrás quedaba, como un espectro en la niebla que cubrió Zorrilla durante aquel hat trick de Javi Guerra contra el Rayo Vallecano, su gol más importante y que nos dio el ascenso contra el Alcorcón en 2012 de forma agónica, con un sufrimiento indecible, atrincherados, con el hombro dislocado de Sisi y la nariz ensangrentada de Valiente… Muy lejos quedaba el grito unánime de celebración de 26.000 gargantas acostumbrada a perder y al infierno de la mediocridad y la ramplonería.

(Video: TVE).

Sólo quedaban los tristes destellos de cómo la ciudad se inundó de blanquivioleta en aquella noche sofocante de un maldito junio de crisis. Tocaba otra vez el descalabro, la nadería y el vagar por campos que parecían patatales, estadios semivacíos, pero nunca más que el nuestro propio. De observar el anacrónico foso con su continuo goteo como si, pese a toda la hosquedad, alguien llorase eternamente desde las entrañas del coliseo pucelano.

Y entre tanto, seguía la dimisión, la renuncia, la huída, la procesión de almas, que de eso los vallisoletanos sabemos un rato con nuestra Semana Santa de tallas policromadas, manolas que se quieren desfasar, dramatismo silencioso y discreto, incienso que se esnifa sin querer y cruces que se llevan toda la vida. Mi primo, eterno compañero de asiento y de religión pagana, bajaba la cabeza y se palpaba la frente, como había hecho años atrás su padre, mi tío, y antes que él nuestro abuelo. “Quién sabe, a lo mejor este año subimos. Por qué no puede ser esta temporada cuando volvamos”, se preguntaba retóricamente con el gesto resignado.

Pero un buen día algo cambió. Cuando a los dos nos gustaba demasiado el verbo fracasar, como cantaba Sabina, llegó la esperanza de la tierra de la que probablemente menos la hubiéramos esperado. Un tal Sergio González, del que casi nadie sabía nada y al que todo el mundo recibió con escepticismo, nos devolvió eso que ya sólo latía en las piedras más ennegrecidas de La Antigua, aquello que prácticamente sólo se había quedado como patrimonio de La Leyenda del Pisuerga, el viejo orgullo ya únicamente representado por el andar presuntuoso de los pavos reales del Campo Grande.

Creo que mi entrada “Otro año más en el foso de Zorrilla” da fe de lo poco que creía en este logro descomunal, impensable hace solo dos meses. No es un éxito fácil de digerir para alguien como yo. Soy demasiado vallisoletano incluso para eso. Me cuesta celebrar las cosas cuando se han conseguido de una forma que no corresponde a la idiosincrasia de la ciudad. Estoy demasiado habituado a perder, yo mismo y con ella de testigo, fondo, compañera o amante infiel. Esta victoria me sobrepasa, me bloquea un poco, y a veces incluso tapa la gran alegría que siento. Me apabulla la tranquilidad con la que juegan estos chicos admirables que han sabido sufrir en los peores momentos y han acabado convirtiéndose en un rodillo perfectamente engrasado con el que nos identificamos todos pero al que paradójicamente nos cuesta reconocer como nuestro Pucela.

Hasta ha habido elementos más propios de un cuento perfecto e irreal que de aquellos prosaicos y a veces trágicos que han jalonado los 90 años de historia del Real Valladolid. Como el último gol de Mata en el último segundo de la temporada o el sueño cumplido de Anuar, que también había estado en el campo en 2012 cuando el Pucela consiguió el ascenso frente al Alcorcón… Pero ejerciendo como recogepelotas. Este no es mi Pucela, que me lo han cambiado para bien, pensamos algunos cuando reflexionamos sobre estas cosas.

Se me vienen a la cabeza imágenes de padecimiento extremo, que resumen en parte mi propia vida. El dramático partido del Villamarín, el mismo escenario en el que años después cavaríamos nuestra tumba. Aquella parada de Asenjo, el palo de Oliveira, que antes había marcado, el gol de Aguirre a pase de Víctor, mi futbolista favorito de todos los tiempos… El pitido final, el bar de Santa Clara teñido de banderas, una de las cuales todavía hoy cuelga de mi balcón, el abrazo con mi primo mientras prácticamente rodábamos por el suelo…

(Video: Castilla y León TV).

Después, vendría la canallada posterior del presidente Carlos Suárez y de su director deportivo Roberto Olabe, desmontando aquel equipo para dejarnos huérfanos de referentes durante varias temporadas, el principio de la caída… Borja Fernández, que es uno de los capitanes actuales, estuvo en aquel encuentro de hace casi diez años y no fue uno de los sacrificados en la purga de Olabe.

Antes, ya había sido uno de los héroes del ascenso de Mendilíbar, se quedó en Primera con el Valladolid tras la gesta del Villamarín, se fue al año siguiente al tiempo que el Valladolid marchaba a Segunda, volvió por dos veces y ahora regresa de nuevo a Primera vistiendo la misma camiseta, aunque con el dorsal 8 a las espaldas en vez del 6 que lució en su primera etapa. Borja encarna un poco la historia del propio club. Y la de muchos vallisoletanos. De idas y venidas, casi nunca deseadas, de marchas y vueltas, de desplantes y reconciliaciones.

El propio futbolista gallego formado en la cantera del Real Madrid ha comprobado en sus carnes tanto lo que supone ser denostado por gran parte de la afición vallisoletana como ser reconocido en sus méritos. La grada de Zorrilla es exigente y a veces inflexible, nunca da cuando no recibe nada a cambio y necesita demostraciones. Sólo es apasionada cuando percibe pasión, y aún así recela y desconfía. Pero por otra parte nunca es traicionera ni engaña, va de frente y no regala halagos a quien no se los gana. Representa a la perfección lo que es la propia capital del Pisuerga. La corriente que nunca fluye como mandan los cánones de la sociedad. El equipo es el fiel espejo, para lo bueno y para lo malo.

Aquí uno tiene muy difícil ser profeta en su tierra y muchas veces se ve abocado a decidir entre largarse o persistir cabezonamente en el empeño, buscando la oportunidad que se le niega. Que se lo digan a Fernando Calero, defensa central de la actual plantilla, formado en la cantera desde niño y nacido en la localidad vallisoletana de Boecillo. Lo que les ha costado ser reconocidos a él, a Anuar y a Toni, compañeros suyos de generación y cuya presencia, parece mentira, ha cambiado tantas cosas en la filosofía de este club que se había acostumbrado desde hacía demasiados años a coger restos y remiendos de desguaces ajenos antes que piezas originales de fábrica.

Ahora, con estos elementos propios de diseño, quién nos lo iba a decir hace sólo un año, por fin volvemos. Los que decidieron quedarse vuelven con nosotros al sitio del que tanto ellos, como pucelanos, jugadores y aficionados, como todos los demás, nos vimos desterrados. Y hasta allí, abriendo las aguas de un mar tempestuoso que parecía indivisible, nos ha guiado el báculo de un catalán del Español, Sergio González.

Pero el ascenso del Real Valladolid en la temporada 2017/2018 no sólo será recordado en la historia del club como “el de Sergio” o como el tercero del siglo XXI y por tanto de la era Suárez. Las crónicas oficiales siempre se referirán a él como “el del pichichi de Mata”, ese killer nervioso, comprometido y ambicioso hasta la saciedad que se ha escrito su nombre con oro teñido de blanquivioleta, pero nada dirán los diarios de la intrahistoria, de mis momentos robados al tiempo.

Quedará para mi frágil eternidad como el tercer ascenso de mi sobrina mayor, y el segundo del que tiene conciencia. El de nuestro hat trick particular con niebla en la mirada, de ella, mi sobrino, mis primos y mío. El de los besos de la preadolescencia y mi estado de pacto con el diablo, que diría un buen amigo. El del abrazo renovado con mi primo, mi compañero de sueños y despensas por llenar.

El del retrato añejo actualizado a la era de Instagram, seis años después, nuevas instantáneas para llenar un álbum familiar que se estaba quedando algo huérfano de sonrisas. El de las luces apagadas de Zorrilla y el brillo de los ojos mirando al cielo de nuestra Valladolid festoneado de fuegos artificiales. Buscando a mi abuelo, para que me enseñase su sonrisa de soñador empedernido y me recordase de nuevo que él tenía razón. Que algún día la ganaremos.

Además de todo eso, siempre rememoraré esta campaña gloriosa como la del regreso de la ciudad a su principal institución deportiva, tras tantos años de desgaje, de falta de comunión, incluso de rechazo. El de la reaparición del sentimiento blanquivioleta en los bares, en las asociaciones, en los colegios. El de los aciertos inesperados del mismo que había ejercido de villano en tantas otras ocasiones, ganándose el fin del “Suárez, vete ya”.

Sólo cabe esperar que no se vuelva loco y confíe en este proyecto, en este bloque, en esta filosofía de cantera y de mantener lo bueno que se ha hecho, que siga dando pasos para reintegrar el club a la ciudad, a su ciudad, y ésta se lo agradecerá. Incluso sus peores críticos lo haremos. Valladolid aprieta, pero no ahoga, y aunque muchas veces inflexible, también suele ser justa a largo plazo.

Lo evocaré como el ascenso de las 14.000 entradas agotadas en una mañana, el de las dos semanas en que casi no era posible hablar de otra cosa, desde el Barrio España hasta Covaresa, entre Girón y Pinar de Jalón, que no fuese el Pucela. Ni siquiera habiendo Mundial o un nuevo gobierno en España.

Aquí, en este valle más de lágrimas que de sonrisas, se creó un microclima diferente, una atmósfera que se resguardó del resto de avatares del país. El deseo común de volver al lugar que nos correspondía. De parapetarnos por una vez en nuestro objetivo común y en no en los corrillos de los patios de colegio, de cantar al unísono por una vez la misma canción en el mismo concierto, Banderas blancas y violetas, de bailar todos a la vez en el mismo bar hasta que la muerte de la madrugada nos despierte del sueño.

(Video: Adrián P C).

Porque tal vez ese momento llegará, y es imposible predecir si será tarde o temprano. Algún día nos iremos otra vez. Será para volver de nuevo, fugazmente o no, porque nuestras familias pucelanas nos reservarán una cama en la que dormir, pero es difícil pensar que nos quedaremos para siempre. Ahora, como cantaban los Celtas Cortos, hay que volver.

(Video: Celtas Cortos).

Y como también rezaba nuestra banda de música por antonomasia, la que ha trazado nuestra senda del tiempo, este retorno ya forma parte de los retales de una vida. De los sueños rotos en el corazón, de ese amor perdido del que no queda ya nada. Ojalá sólo recordase lo bueno, y de lo malo nada, pero me cuesta. Sigo con la mirada echada hacia atrás, mirando el gesto de mi abuelo, siempre con esa media sonrisa en la que para mí se contenía el mundo y sobre todo Valladolid. Y le escucho lamentarse con emoción evocadora de aquel partido que perdimos, de ese descenso a Tercera, de los jugadores que se fueron, de los encuentros en la cumbre que nos expulsaron de la élite.

(Video: Celtas Cortos).

Pero en este día, al menos hoy, en estas horas, tal vez durante todo este nuevo verano de éxodos, pérdidas y calor retrasado, debilitado y desleal, seguiré pensando en la vuelta a bordo de mi coche clásico, viendo el cartel que marca el principio de la ciudad, mientras mi abuelo canta “Valladolid, campeón”. Y aunque tal vez haya llegado la hora de mi marcha, ahora que tantos quieren volver a Zorrilla, y no venga ninguna doctora del destino a curar mi fuga, de momento les diré a todos, parafraseando a Brad Pitt en aquel nostálgico final de Sleepers que, como mi Pucela, “yo seguiré por aquí”.

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Sin futuro y sin identidad en Castilla y León

Mientras el país aún digiere la moción de censura a un gobierno nombrado por el presidente de un partido corrupto que, según la justicia, funcionaba como una organización criminal aunque no haya sido condenado penalmente, hay una zona concreta de España que, no ajena a la Gürtel (cinturón en alemán) ni a las correas, va perdiendo su músculo y su fe cual perro flacucho dejado al desamparo de los avatares callejeros. Castilla y León. Nueve provincias, una comunidad, que rezaba aquella canción de principios de los noventa.

Pero, siguiendo con la tonadilla, ni hay un futuro ni una identidad, como no sea la del desastre laboral sin paliativos, el abandono de los pueblos, la desatención al medio rural y la emigración masiva y forzosa de jóvenes con formación universitaria. Esa es la triste pintura a la que se enfrenta en pleno siglo XXI  la región más extensa de Europa y también una de las que tiene una menor densidad poblacional.

Durante estos 18 años de centuria, el Partido Popular ha comandado la Junta de Castilla y León, y en diecisiete de los mismos su principal figura ha sido el carismático burgalés Juan Vicente Herrera, muchas veces alabado por sus rivales e incluso por sus detractores. El presidente de la Junta, al que todavía no le ha alcanzado ningún caso de corrupción de los innumerables que afectan a su grupo político (sin embargo, sí a exmiembros de sus gobiernos, como al malogrado Tomás Villanueva o a exmandatarios del PP de Castilla y León, como al condenado por la ya famosa sentencia Gürtel Jesús Merino).

Juan Vicente Herrera, presidente de la Junta de Castilla y León. (Imagen: digitaldeleon.com).

Su táctica y la de sus consejeros siempre ha sido la misma. Dejar que la inercia de las cosas funcionara como un mecanismo indolente que le fuese llevando a cumplir las legislaturas con la corrección poco brillante del mal gobernante. Nunca ha enfadado demasiado a las bancadas contrarias, que por cierto han demostrado casi siempre un servilismo bastante sospechoso, al menos hasta que llegó Podemos a la política autonómica.

Herrera ha sido siempre el hombre del consenso, de la equidad y la tolerancia, como esos viejos jueces de paz de los pueblos. De vez en cuando, alguna voz contra el PP nacional, sobre todo contra Montoro (pero quién no ha alzado la voz contra el almirante pirata Cristóbal) de cara a la galería, y mientras tanto, Castilla y León colgada en la percha del armario del olvido de España, con la tierra yerma y castigada, las oportunidades secas y el futuro con pan duro en el cajón, que cantaría Sabina.

La vagancia de sus diferentes gobiernos ha sido evidente. La comunidad ha ido perdiendo grueso poblacional de forma alarmante, tanto a nivel global como las localidades que la conforman. El dato es escalofriante. Más de 102.000 personas se fueron entre 2007 y 2017. Esto es especialmente alarmante entre los jóvenes. La mayoría de los recién licenciados huyen despavoridos en cuanto les toca enfrentarse al mercado laboral e incluso antes, cuando están todavía cursando sus estudios. Desde que son adolescentes, tienen claro que aquí no podrán quedarse, que deberán buscarse el futuro fuera y tal vez no regresar jamás.

Por su parte, los que tienen formación menos cualificada se acaban quedando más por ausencia de recursos económicos para labrarse un porvenir más allá de las fronteras de la comunidad que por bienestar, en algunos casos malviviendo o incluso abocados a estar siempre rozando el umbral de la pobreza.

Sólo un porcentaje mínimo de los jóvenes, normalmente aquéllos con estudios superiores en carreras técnicas, en Ciencias Sociales o en Educación, encuentran una posición laboral que les satisface.

Hace unas semanas se publicaba el demoledor dato de que uno de cada cuatro licenciados en Arte y Humanidades se marchan al extranjero y normalmente para trabajar en empleos poco cualificados que nada tienen que ver con su rama profesional. Aun siendo algo más o menos común en toda la geografía española, el caso de Castilla y León es especialmente dramático, porque se junta el hecho (aunque no lo diga el estudio, es bien conocido) de que la mayoría de esos tres de cada cuatro se marchan a otras comunidades o se quedan en la región trabajando, nuevamente, en sectores que no tienen relación con sus estudios.

Campus universitario Miguel Delibes (Valladolid). (Imagen: ABC).

Tal vez tenga algo que ver en esto el lamentable hecho de que las universidades públicas de Castilla y León están en la cola en investigación y son de las que menos iniciativas de inserción laboral llevan a cabo. La palma se la lleva la Universidad de Valladolid, que está, junto con otras cuatro del mapa universitario nacional, a la cola. No me sorprende este dato. Los que hemos estudiado allí, incluso por partida doble, conocemos perfectamente el escaso interés de la UVA por establecer conexiones con las empresas y otorgar formación práctica, y lo mal que funcionan los pocos recursos existentes en este sentido. ¿Qué joven va a tener esperanza de quedarse con estos mimbres?

En cualquier caso, el panorama empresarial de la región tampoco es demasiado halagüeño, más bien todo lo contrario. En tanto que la nueva ministra socialista de Transición Ecológica, Teresa Ribera, habla de 2025 como fecha orientativa para el fin del carbón y de garantizar penosamente hasta entonces los pocos empleos que quedan en el agonizante sector minero, la compañía más importante de todas las radicadas en la comunidad, Renault, ha anunciado que suprimirá el turno de noche en las factorías de Palencia, Valladolid y en la línea de esta última localidad que provee de suministros a la palentina.

Esta decisión afectará directamente a 1.400 puestos de trabajo eventuales que no serán renovados. No hay todavía estimaciones claras sobre cuántos indirectos se verán perjudicados, pero sin duda los habrá, porque hay multitud de pequeñas y medianas empresas diseminadas por toda Castilla y León cuyo negocio depende en gran parte o totalmente de Renault. Para empezar, el centro de trabajo de la compañía francesa Faurecia radicado en el Polígono del Berrocal (Valladolid), que se dedica a la fabricación de asientos, ya ha anunciado la supresión del período de contratación de una parte de sus empleados temporales.

No obstante, Renault no representa el único ejemplo de destrucción de puestos de trabajo en Castilla y León. Los casos se siguen multiplicando mientras en el conjunto de España se lleva años ofreciendo la sensación de la euforia por la recuperación económica y el descenso del paro (cifras que están totalmente maquilladas y dependen de numerosos factores que no se consideran en esas estadísticas). El cierre de Made en Medina de Campo o el de Siemens Gamesa en Miranda de Ebro o el ERE nacional que provocará el despido de 147 trabajadores en Lindorff (Valladolid) son los supuestos más relevantes.

(Imagen: El Confidencial).

Mientras tanto, el ejecutivo autonómico se dedica a poner excusas y a expresar patéticos lamentos, como el hecho de que esos ERE directos o encubiertos se deciden fuera de la comunidad, a veces a cientos o miles de kilómetros. Nada dicen de la responsabilidad que les corresponde.

Se podrían señalar factores como la apuesta casi única de las instituciones por la gastronomía, desdeñando el apoyo a casi todo lo demás, especialmente el desprecio hacia la cultura alternativa. O la política de atracción de empresas, más allá de conceder licencias urbanísticas para establecer polígonos industriales moribundos y fantasmales, con el agravante de que se conocen antecedentes de empresas punteras a nivel tecnológico que no se instalaron en tierras castellano-leonesas por falta de facilidades y de implicación del gobierno autonómico.

En este sentido, María de los Ángeles Rincón, alcaldesa de Boecillo, localidad donde se sitúa uno de los parques tecnológicos de la región, denunciaba recientemente el estado de abandono al que la Junta le tiene sometido. Los datos generales del resto de parques tecnológicos de Castilla y León no son muy positivos y la propia edil de Boecillo considera que la política de la Junta en innovación, desarrollo y tecnología (I+D) es un fracaso.

(Imagen: El Norte de Castilla).

En lo que respecta a política de empleo, la Junta ha pecado tradicionalmente de actuar como rehén de Renault y otras grandes empresas que llevan muchos años instaladas y acomodadas, otorgándoles mucho y exigiéndoles muy poco. No se puede negar que han sido sostén de la economía de la región, pero su retorno social en mi opinión no es tan grande como cabría esperar, y cuando vienen mal dadas y deciden recortar, todo el tejido empresarial y laboral de Castilla y León se resiente. Y no olvidemos que ni Renault ni otras muchas, como antes se apuntó, son de la propia tierra.

Una tierra que cada vez se va quedando más despoblada, desierta y desatendida. Esta situación, que proviene ya de tiempos remotos y que es casi inherente a esta comunidad, se ha ido agravando de una forma cruel e imparable en los últimos años, sin que las instituciones públicas, con la Junta a la cabeza, hayan hecho absolutamente nada para remediarla.

Pueblos que se desangran, aldeas fantasmales, patrimonio cultural dejado de la mano de Dios (que no debe prodigarse mucho por estos lares, porque hay cientos de iglesias en ruina), nula imaginación para impulsar la economía rural o para modernizarla, campos sin cultivar, preciosos parajes que ni se impulsan ni se dan a conocer por medio de las penosas iniciativas de turismo rural, servicios sociales, sanitarios y de abastecimiento que prácticamente no llegan a determinadas áreas

Es evidente que en pleno siglo XXI no es sencillo convencer a la gente joven de que haga su vida fuera de la ciudad y se dedique a oficios distintos a aquellos que les vendieron como ideales en sus familias urbanitas. Pero no todo el mundo tiene la misma mentalidad. Estoy seguro de que hay muchas personas que en el fragor de la crisis (que en realidad no se fue, sino que se estancó y cronificó en muchas casas y muchos sectores sociales) habrían preferido una salida diferente a sus expectativas y a su plan original de vida antes que verse abocados a la precariedad laboral indefinida.

Villacreces, pueblo abandonado en el norte de la provincia de Valladolid. (Imagen: El Mundo).

Pero Castilla y León, como en tantas otras cosas, perdió una grandísima oportunidad y dejó que sus innumerables pueblos siguieran vaciándose y muriéndose, apenas compensado ese descenso brutal en la población con la llegada de inmigrantes y de ocasiones emprendedores españoles dispuestos a dedicarse, sin demasiadas ayudas, a la agricultura moderna o al cuidado de personas mayores. Fuera de esos casos puntuales, el abandono y la decadencia.

Y eso, además de ser gravísimo para un territorio, agrava el mayor de los problemas de esta comunidad y al que me referí al principio. La falta de cohesión, de identidad. Al igual que los habitantes de las zonas rurales se sienten alejadísimos de lo que le pase a los chavales de la ciudad, un segoviano está mucho más próximo a un madrileño que a un palentino, a los burgaleses les importan poco o nada los problemas de los zamoranos y un abulense no se identifica con un leonés.

Esa desunión no sólo es debida a cuestiones geográficas, porque de ser así, en Andalucía ocurriría lo mismo. Tampoco sólo a factores históricos. Es un mal que va mucho más allá. Descansa en la estructura de un territorio de por sí disperso y que ha estado horriblemente mal gestionado, con una política que se ha sentado en el sillón y ha dejado que los tractores, las tijeras de podar y los féretros los llevaran otros. Que los jóvenes se formaran para largarse, los medianos engrosaran la lista del INEM y los mayores tuvieran que mendigar por unos servicios con demoras y lagunas.

Al menos, hemos tenido estos días la satisfacción de ver como dos equipos de Castilla y León, Numancia y Valladolid, se disputan la eliminatoria final por el ascenso a Primera División. Triste consuelo.

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Los locos siempre se van solos

Yo me encontraba haciendo, así es, una locura aquel domingo. Pensaba que podía desafiar al sistema, conseguir atraer a la sociedad y a sus pequeños seres individuales hacia mi causa. Tenía un libro realmente bueno entre manos, era lo mejor que había escrito jamás, una historia ambiciosa llena de matices.

No sólo servía para pasar el tiempo, aunque también. Yo creía que era buena literatura, en algunos casos sesuda, reflexiva, algo densa y descriptiva. Reflejaba la evolución de unos personajes, su crecimiento y maduración, su actitud a la hora de afrontar la vida cambiante que se les presentaba como esa notificación no deseada del Ayuntamiento. Pero era algo más. Era la historia de todos nosotros y de este país, hecha con la sutileza oculta de la metáfora y el símil resguardado en una trama de misterio que, además, yo creía apasionante.

En cualquier caso, la novela que ofrecía a los viandantes de la ciudad que se desperezaba al tibio sol de junio en mitad de una primavera cargada de reproches del cielo tal vez por aquello del calentamiento global y la polución, estaba guiada por la necesidad de transmitir mis pensamientos, sensaciones y emociones, mi interpretación particular del mundo pasado por el tamiz de mi fantasía, con una fuerte carga autobiográfica y escrito en clave de crónica generacional. En definitiva, una locura.

Me habían desplazado del ámbito en el que debía haber estado. Como dijo uno de los compañeros que compartían conmigo el espacio que, por un solo día y con limitaciones de arriendo, habíamos logrado para sustituir penosamente el principal de la Feria del Libro Oficial, éramos los marginados. Lo decía descojonándose, sin ningún tipo de mala sangre. Lo tenía tan asumido como los retrasos de la Renfe. Sabía que nunca seríamos más que eso, unos putos autores frikis a los que habían desterrado. A mí esa encantadora falta de ambición me producía mal de vientre y me tensaba cada vena, pero eso es porque yo andaba perturbado.

El día no podía estar yendo más en consonancia con mis funestas previsiones, que a mi colega (y dicho sea de paso, también a casi todos los demás que en comandita se reunían conmigo en esa sala diseñada ad hoc como feria literaria, vulgo mercata de libros) le parecían tan divertidamente lógicas. La jornada era un zurullo sanguinolento y descompuesto, una bazofia extraordinariamente espesa y maloliente. Pero teníamos una alfombra roja en la puerta, y eso era la hostia… Hasta que la primera loca (sin contarme a mí) de esta historia hizo acto de presencia y la tomó contra la susodicha tela colorada cubre suelos.

Yo estaba en ese momento en la calle, frente a la desolada apariencia de la Feria Indie que nos habíamos montado con un aire pretencioso que nos hacía parecer aún más desdichados y pobres, cuando ella apareció con cachava en ristre y mala hostia a discreción. “¡Qué coño hace aquí esta alfombra roja!”, bramó la señora a escasos centímetros de mi faz cariacontecida, mientras alzaba su bastón como si tuviera la intención de endiñármelo contra el moflete.

“Esto es una feria de libros, señora”, le respondí yo con bastante condescendencia, tengo que admitir, craso error cuando uno trata con alguien que está zumbadete. La señora montó en cólera, adquirió la furia de los titanes y, tras espetarme que eso ya lo sabía, se puso a vociferar cual ente poseído y me soltó una frase lapidaria que se me selló a fuego. “España está muy aprovechada”.

Después de semejante conclusión con ánimo de epitafio o de cierre de un discurso de Albert Rivera, me quedé bastante tocado, pero seguí allí con estoicismo, paciencia y ganas de irme, algo que por fin logré cuando el crepúsculo del sol de esta España aprovechada y fuera del huso horario de nuestro hemisferio comenzaba a anunciar su llegada y el día daba las diez de últimas.

Me metí en un café cercano para reflexionar sobre el papel, como hago siempre que tengo la cabeza embotada de malos pensamientos, descansar y comerme dos rosquillas con azúcar.

Allí fue donde apareció el segundo episodio protagonizado por personajes enajenados. Una viejecilla se arrimó al mostrador para quejarse de que el ruido la estaba matando y averiguar qué era ese extraño sonido que percibía. Las chicas que trabajaban en la cafetería estuvieron formidables, apenas se rieron y la trataron con tremendo respeto. Incluso me anunciaron con admirable aplomo que, dado que iban a poner fin a aquella jornada de carga desenchufada, no les quedaría otro remedio que llamar a la policía si la buena mujer continuaba allí vagando con su letanía.

Sin embargo, me veo en la obligación de aclarar que la loca no era ella, sino su hijo, quien unos minutos antes había bramado cual Zeus tronante que la viejecilla se quedara allí y no se moviera, ya que él necesitaba urgentemente ir a ver el amistoso que la selección española estaba jugando ese día a otra cafetería donde tuvieran tele, pues tal artefacto que invade las vidas de la gente cuerda brillaba por su ausencia en la que nos encontrábamos.

El interfecto no debió reparar, quiero pensar yo, pues loco estaba, en que el establecimiento iba a cerrar sus puertas bastante antes de que finalizara el encuentro de fútbol, y abandonó allí a su madre, quien, dicho sea de paso, en el fondo tenía razón al quejarse de aquellos sonidos que la perturbaban, pues estaba yo por allí cerca con mis zumbidos de conciencia desgastada que sólo podían ser percibidos por alguien igual de ninguneado y apartado del partido en la cumbre que se jugaba a pocos metros y a miles de kilómetros de allí. Por eso, decidí irme antes de descubrir si las fuerzas del orden hacían acto de presencia, tanto por bien de la señora como por prescripción propia de salud dada mi consabida alergia sobrevenida a la autoridad.

Pero la mayor locura que presencié aquel día no la cometió ningún ser humano. Fue un pavo real, concretamente un desplumado pavo real, como dice la letra de mi canción El Del Espejo. Cuando regresaba a casa, me le encontré tratando de cruzar en acto kamikaze un paso elevado repleto de tráfico veloz sin aceras, de quitamiedos a quitamiedos y sin ningún temor. El animal estaba totalmente trastornado, porque además lo hacía sin ninguna cautela, como si estuviera pavoneándose por el Paseo Central, con una flema admirable y estremecedora.

Los conductores, con un respeto que no les presuponía, se detenían desordenadamente al toparse con el ave, arremolinándose y causando un caos circulatorio importante, mientras el personaje bípedo continuaba su camino con chulería y gallardía, sin notar ningún pudor por su desnudez plumífera ni dar un solo traspié, cual presuntuoso poeta inconsciente en la jungla de la vida.

Un taxista que observó la dramática escena anunció que algo debía hacerse. Yo, que soy muy de hacer cosas, cogí resuelto el móvil dispuesto a informar a la policía, pero una voz grabada me anunció que mi saldo era más insuficiente que una explicación de Pablo Casado sobre sus más que suficientes notas de la carrera. Así que, tras echarme una mirada mezcla de condescendencia y de odio, fue el dueño del vehículo quien efectuó la llamada. Posteriormente, arrancó para transportar a alguien que regresaba a la capital pucelana tras un fin de semana en latitudes más benignas.

Yo me quedé, por supuesto, solo como estaba, sin nada mejor que hacer, asegurándome de que el pavo real no era arrollado. Los segundos parecieron una eternidad mientras el desorientado animal traspasaba la línea de la cordura y demostraba al mundo encarnado en mis ojos que únicamente a los seres humanos civilizados no se nos permite desafiar a la sociedad.

Increíblemente, para mi sorpresa, logró pasar al otro lado tras montar un desastre fenomenal y activar los cláxones de media ciudad. Y desde allí, aparentemente sin inmutarse, continuó su camino hacia el parque, sin alterar su zancada elegante ni sus aires petulantes. Solo, pero orgulloso de su proeza sin ser consciente de la misma. Le seguí con la mirada hasta que dobló una esquina y desapareció de mi atónita vista. No se quedó a escuchar mis aplausos. Era un solitario vanidoso pero discreto, el Lucky Luke de los pavos reales.

Por mi parte, miré a mi alrededor y no vi signos de vida pendientes de la mía, que se apresuraba a acabar una semana en la que mi camino se había por fin definido en signo muy contrario al que yo había imaginado mucho tiempo antes. Me tocaba andar por otras sendas, sin duda alejadas de la cruel razón que imponen los colectivos y el asfalto, el público y sus secuaces, el vecino y el alcalde. Sumirme en mi locura y largarme tal y como había venido. Solo como Han cuando no era Harrison. Pero en mi caso, sin ser ni siquiera considerado una amenaza.

La policía nunca apareció.

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Pedro Sánchez, el ave fénix español

Hace menos de dos años, Pedro Sánchez estaba denostado. Era prácticamente un apestado. En junio de 2016, había obtenido el peor resultado de la historia del partido más antiguo de España, el Partido Socialista Obrero Español. El mismo que había estado gobernando el país en la etapa democrática actual durante más de veinte años. Quiso asumir el mando pese a contar con sólo 84 diputados, pero, paradojas del destino, la izquierda de nuevo cuño se lo impidió y sólo fue apoyado por naranjito y sus muchachos de la regeneración derechista.

Susana Díaz, la lideresa querida por los barones del PSOE, conseguía que se expulsara y desterrara a Sánchez. Era Pedro el caído, Pedro el derrotado, Pedro el expulsado. Parecía que jamás volveríamos a saber de él, al menos no de una forma relevante. Su carrera política parecía más finiquitada que el humor de Los Morancos.

Pedro Sánchez, nuevo presidente del gobierno. (Imagen: El Periodico).

Pero un día decidió conceder una entrevista al programa Salvados de La Sexta. Ahí empezó todo. Ese domingo 31 de octubre de 2016, ante una audiencia de más de 3 millones y medio de espectadores, comenzó la resurrección de Pedro Sánchez. Respondió a las preguntas del siempre incisivo Jordi Évole con un nivel de sinceridad que jamás habíamos visto en un tipo hasta entonces de sonrisa impostada y tremendamente robótico en sus discursos. Pareció por primera vez humano, un señor de la calle al que habían desahuciado de su propia casa y que contaba cosas escandalosas de cómo se había urdido todo, incluso apuntando a una posible conspiración entre grandes empresas, cierto periódico de postín y sus opositores en el partido.

Ese día empezó a ganarse las simpatías de mucha gente. Yo lo sé bien, porque en mi familia, de tradición socialista y en la que se vivían momentos de depresión política, comenzó a vérsele mayoritariamente como la única opción sensata para el cambio, alguien alejado de los radicalismos del “coletas”, entregado a los independentistas, y por supuesto de la nueva derecha de Ciudadanos.

Así que Pedro Sánchez, como si fuera los Boston Celtics de esta temporada perdiendo por más de veinticinco puntos al descanso, comenzó su inesperada remontada. Vendió a la perfección la imagen del héroe caído y que regresaba a lomos de Babieca, cuál cadáver del Cid Campeador dispuesto a meter miedo a propios y extraños y a dar batalla. La diferencia, claro está, es que Sánchez, pese a lo que muchos pudimos pensar, no estaba muerto.

Primero se dijo que iba a fundar un partido nuevo, pero pronto se dio cuenta de que, si quería recuperar las oportunidades perdidas, tenía que regresar a su hogar socialista. Sólo de esa forma la gente le vería como un verdadero líder al que se le había despojado injustamente de su autoridad y que volvía para hacer justicia. Sólo de esa manera la peña, el ciudadano, el fulano y la fulana media podrían identificarse dentro de sus filas, seguirle, ser su gregario con dientes apretados cual Gérard Rue detrás de la estela de Induraín.

Consiguió los avales necesarios para presentarse a las primarias y, contra todo pronóstico, derrotó a su archienemiga del sur. Susana Lannister era destronada en Desembarco del Rey por Pedro Nieve. Y todos empezaron a asombrarse, a mirar con otros ojos a Pedrito. Y sus admiradoras de mediana edad prendadas de sus dientes Profiden y su compostura de tipo flemático en mangas de camisa, su cara de no haber roto un plato y su talla de jugador de baloncesto. ¡Qué percha tiene, mi Pedro!

Sí, es verdad que muchos seguíamos opinando que era un político mediocre, amante del postureo, bienqueda por naturaleza, con cierta capacidad oratoria pero pobrísimo a nivel argumental y que resultaba menos creíble que una rodaja de sandía en el plato de un congresista estadounidense. Pero claramente había un vuelco en la imagen general sobre Pedro Sánchez. Y no se podía negar que el personaje tenía su mérito.

Un año después, uno ha de rendirse a la habilidad para tejer alianzas aparentemente imposibles de este hombre sin talento, pero luchador y superviviente como pocos. No es fácil poner de acuerdo a los mismos que le ven como un cómplice de la táctica de la persecución al independentismo catalán por la aplicación del 155 o a aquéllos que le perciben como un vendido al capitalismo cuando votó a favor, al igual que sus compañeros socialistas, de la famosa reforma constitucional de 2011 que situó el techo de déficit en un nivel que prácticamente anulaba la posibilidad de hacer política social de calado.

El secretario general del PSOE ha logrado exactamente lo que se ha encargado de repetir hasta la saciedad durante todos estos años. Que echaría a Rajoy y que el gobierno volvería a ser socialista. Nadie le creyó. Pero hay que agradecerle al menos su persistencia. Ha logrado que saliera adelante una moción de censura hasta hace poco inverosímil.

Era necesario, por una cuestión de decencia democrática, que dejara de gobernar un partido que a lo largo de varias décadas funcionó como una organización criminal y un presidente que había, cuanto menos, pasado por alto la tremenda corrupción que cubría día a día su formación y que ha quedado judicialmente probada en la sentencia sobre el caso Gürtel (si bien, aunque no hubiese existido esa resolución, los hechos, la realidad de las cosas, era ya suficientemente evidente).

Algunos, sin embargo, no compartimos la alegría y euforia con que se ha acogido la noticia en algunos sectores. Creemos que se trata de un mero lavado de cara y que poco se podrá hacer hasta que no haya unas elecciones y varíen realmente las políticas estructurales que cambien de verdad al país. Con la configuración actual del Congreso y con el Senado en manos del PP, es muy difícil que prospere ninguna ley.

Pedro Sánchez es el séptimo presidente de la historia de la democracia española. Es muy posible que se encuentre con un país ingobernable, donde todos le pedirán cosas que no podrá conceder y que su legislatura pase sin pena ni gloria. Seguramente nada cambiará, las grandes reformas que necesita este país seguirán bloqueadas y la situación de millones de ciudadanos seguirá siendo igual de precaria que hasta ahora.

Pero nadie podrá negarle que ha protagonizado una historia realmente magnífica, de película. Un biopic made in Spain, del ave fénix rojigüalda que resurgió de sus cenizas.

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