Las vacaciones del corazón

Parecía que nunca llegarían, pero por fin han aparecido en mitad de una ola de calor prepúber que no consiguió provocar sequía de sueños adolescentes.

Es viernes de fuego. Por última vez en muchos meses se llevan a cabo las rutinas académicas. El conserje del colegio, hastiado de ver ese reguero de nervios enanos, gritones y olorosos, suspira de alivio a las ocho y media de la mañana. No tendrá que ver ese desfile invasivo y legañoso hasta septiembre. Y sin embargo, sabe que cuando llegue el próximo lunes a esa misma hora se le comprimirá el corazón en un nosabequé de tristeza isquémica.

Es el día de la gran cruz en el calendario escolar y el director del CEIP se apresura a organizar los aspectos generales del desorganizado festival que ocupará casi toda la mañana. Los profesores ultiman los detalles con los improvisados bailarines, cantantes y actores de la jornada.

Y al tiempo que sucede eso, yo, extraescolar docente de mentirijillas, escritor denostado por el sistema, surjo de la nada para sorprenderles y soy padre a tiempo parcial una vez más antes de refugiarme nuevamente en las sombras del estío. En el lugar de siempre, el cuerdo de mis locos bajitos, trocando por la aurora al sol de media tarde con el que ellos me llevan iluminando desde su temprano amanecer.

Hoy la única clase se mostrará tras el telón y la tabla de multiplicar será la del escenario. La lección que los maestros impartirán no será otra que la de gestionar las emociones y embridar la impaciencia.

Será la última enseñanza que les den antes de que cambien de grupo o se vayan al instituto. Algunos de los proyectos de chicos y chicas se deshacen en lágrimas a la hora del último recreo en el que ha sido su colegio desde que nacieron. Es el momento de los diplomas y la despedida. No son conscientes de que han dado el último recital de su etapa infantil este día, aunque volverán a él repetidamente cuando las arrugas de su cara creen el mito de estos años que se acaban de ir.

Y mientras tanto, yo, pobre artista de pacotilla, rockero frustrado de la Meseta, toco algunas tonadillas anglosajonas más una de paz y me convierto otra vez en el representante de la pachanga emocional a la hora del almuerzo. En el plano de siempre, a contraluz, con el sol de mediodía que refleja mis pupilas y deslumbra la visión de esos rostros que quizá no volveré a ver.

En otro lugar, los de cuarto de la ESO de los centros que no imparten Bachillerato reprimen las mismas lágrimas.  Otros sólo se dicen hasta luego. Muchos combaten en una encarnizada batalla con armas de agua. Todos se preparan para atestar los sitios de comida rápida de esta ciudad polucionada.

Y en ese momento, yo, torpe deportista de orgullo, escolta eterno del Centro Cultural, intento desafiar al cemento y me transformo una vez más en el jugador de las pachangas solitarias a la hora de la salida. Desde el sitio de siempre, el lado derecho de la cancha, huyendo del sol voraz de antes de comer y del edificio que me vio crecer, para poder hacer mis crossovers de postureo y meterle triples al tiempo.

Ya hay asueto estudiantil en la urbe de la que aún no partieron los Erasmus, los Séneca ni los autóctonos que hicieron la EBAU antes conocida con el nombre de Selectividad. Todos se dirigen en procesión al Pisuerga, como remeros de secano, bajo la última luz natural del día más largo, cargados con vidrio y plástico que tardará en degradarse más que sus recuerdos de esta noche inolvidable.

Y en ese instante, yo, solitario paseante de banda sonora, alma de suela gastada, me tapo los oídos con Green Day y me torno por enésima vez cronista silencioso del calentamiento urbano. En las calles de siempre, de poeta y astros, rogando al sol del ocaso que tarde un poco más en extinguir el sueño y me despierte cuando septiembre haya acabado.

El ritual de los deseos y las esperanzas, de los amores de verano frente a las llamas, se cumple un año más. Algunos los lanzan con gifs y otros con papelitos vintage, pero todos quieren hacerse el mejor selfie para su perfil de Instagram. Tal vez los derramen en algún momento de la fiesta de esta noche, entre los cachis, el calor de la hoguera y la sesión de alguna DJ Marta postiza. Más allá de la arena y sus surcos, la tenue corriente del río les llevará a cruzar por inercia el Puente Mayor hacia la orilla del curso que vendrá cuando pase una eternidad.

Y entretanto, yo, madurito fiestero con polivalencia, animador de feria resultón, me canto algo lujurioso y mudo de piel en un streaming épico frente a un edificio de ilusiones que se va reduciendo poco a poco a simples brasas. En la playa de siempre, buscando en vano a la luna y las estrellas, sustituidas por focos, flashes y sirenas castellanas bailando despacito.

La retirada se produce de forma escalonada en una madrugada que es la primera de muchas que vendrán en costas de verdad, laderas de montañas, peñas de pueblos, escuchando falacias en el televisor o construyendo mundos virtuales en tablets, smartphones y consolas. Mejor, súbeme la radio, aunque esa no sea mi canción. Pero tú me dices que todavía escuchas la música mientras intentas estudiar en tu habitación ciencias que nunca son exactas. Ni en vacaciones llueve a gusto de todos, niña.

Y antes de claudicar, yo, falso aventurero urbanita, superviviente de sequías estivales, me encuentro inesperadamente con un pasado de exotismo húmedo y retorno al diletante de novelista con aroma a curry y a crisis. En la ribera de siempre, la del Cuadro decadente, con la memoria como único testigo, hago un último ejercicio de voyerismo y me juego una hostia.

De muy lejos, mientras los últimos tragos de whisky se escapan de mi vaso reciclable, me llegan unos versos a La Fuga en los que el corazón me pide vacaciones.

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Generación recalentada

Resulta obvio que ninguna época ha sido totalmente inocua para las generaciones que la protagonizaron. Siempre ha habido cosas que han lastrado la evolución de la juventud e incluso en tiempos de bonanza proclives al progreso y al bienestar pudo haber retrocesos inesperados o bien sucesos que marcaron negativamente una era.

Pero no se puede negar que la época presente es especialmente puñetera por su carácter transicional e inestable, de cambios repentinos, bruscos y casi todos malos. La generación de nuestros padres capitalizó un episodio donde las alegrías y el optimismo caluroso se llevaron buena parte del negativismo, la resignación y el dolor que habían enfriado el corazón de la generación de nuestros abuelos.

Ahora, a nosotros también nos ha tocado ser los starrings de una época de calor, pero de calor artificioso, emanado de un microondas. Estamos abocados a un panorama de saturación en el que todo se derrite y pierde su textura o consistencia, como en algunos de los memes que estos días se han hecho sobre la ola de calor.

Me gustaría pensar que esta horrenda bocanada de bochorno desmedido podría tener consecuencias positivas. Que la gente de una condenada vez se dará cuenta de los terribles efectos que incluso en su vida cotidiana tiene eso del calentamiento global, que hasta hace no mucho sonaba a película de ciencia ficción.

Sin embargo, en el fondo sé que es una esperanza infundada. En un mundo donde gobiernan seres como Trump, que niega categóricamente la existencia de un aumento de la temperatura terrestre, o como cierto presidente latino que aseguró en su día tener un primo que se reunía con científicos incapaces de prevenir el tiempo en Sevilla, está claro que a la mayoría de la gente este tema le importa muy poco o nada.

Si no fuera así, estos personajes, sólo por esa cerrazón mental, jamás saldrían elegidos. Nuestra hornada generacional, supuestamente más informada que las precedentes, nunca contribuiría al sustento de un gobierno que no sólo pasa del Medio Ambiente, sino que lo maltrata sistemáticamente al penalizar cruelmente los sistemas de autoabastecimiento y la producción de las energías renovables. Un ejecutivo vendido a las grandes eléctricas.

Esto antes lo decía mucho Pablo Iglesias. Ahora ya no lo dice, porque está más preocupado de sus mociones de censura de postureo y de fagocitar al PSOE, pese a que ni lo consigue ni lo conseguirá con la vuelta del renacido Pedro Sánchez. Éste, a manos de su Tizona y a lomos de Babieca, es otro político mediocre y superviviente del estilo a Rajoy al que, hasta donde yo sé (baste leer el programa del PSOE para las elecciones de 2015), también le importa una mierda esto del cambio climático. Pero, si para la propia ciudadanía ocupa un porcentaje bajísimo de sus inquietudes, ¿acaso esperamos que les genere zozobra a nuestros mandamases?

Creo que el tema no tiene remedio sobre todo por la escasa educación ambiental que hemos recibido en España. La gente de esta generación tenemos tan recalentada la mente por los problemas que le ha creado la sociedad privada y que el Estado ha consolidado y acrecentado que necesitaríamos mucha terapia de ventilación.

Pero somos incapaces de esforzarnos tanto y recurrimos a las soluciones fáciles, paliativas y mecánicas. Recurrimos a los trabajos precarios, al apoyo familiar, a la renuncia de nuestras expectativas emocionales y el desprecio de nuestros talentos  en aras de una mínima comodidad insegura, y por supuesto, al aire acondicionado para aliviar nuestro propio calentamiento.

Utilizamos este sistema, que tanto dinero otorga a las eléctricas, perjudica al sistema respiratorio, agrava las alergias,  las infecciones víricas y la sequedad ambiental, consume energía, provoca emisión de COS y de gases de efecto invernadero, y la propagación de microorganismos y elementos químicos. Pero nos la pela, todos vamos desesperados a refugiarnos en la oficina, la cafetería o el cine para “enfriarnos”.

No hay conciencia, no hay evolución, no hemos aprendido nada. Da igual que nos estemos desertizando, que haya cada día más incendios, que expertos como el cineasta Louie Psihoyos aseguren que en 80 años habremos perdido todos los arrecifes de coral. Pensamos que dentro de unos meses esto pasará y que si no, siempre nos quedan las piscinas de los chalets de los amigos y familiares, o las vacaciones chuscas en Benidorm entre la humedad, los olores de pies, las cañas, el reggeaton y el electrolatino.

Voy por la calle entre la miasma de los cuerpos, el efluvio de sol y sudor, el estrangulamiento cerebral y la deshidratación celular, y de repente me encuentro con una vecina que me asegura que siempre ha hecho calor en Valladolid. Le replico que las temperaturas mínimas en junio jamás habían sido tan altas y hace un leve gesto de asentimiento condescendiente.

Podría haber sacado el tema de la restricción al tráfico de vehículos a motor por primera vez en la historia de la capital del Pisuerga, pero es inútil porque me habría sacado el argumento de los representantes del Partido Popular o Ciudadanos en el Ayuntamiento, quienes aseguran que es una decisión guiada exclusivamente por motivos políticos y que es mentira que haya un nivel de polución alarmante en Pucela, porque es el mismo que el de las zonas rurales donde no hay tráfico.

Y es que en este país somos incapaces de reconocer ni siquiera las evidencias cuando las declara una persona a la que consideramos del bando contrario. Como si al equipo de gobierno comandado por el socialista Óscar Puente le apeteciera tomar medidas tan antipopulares como ésta y que no le aporta ningún tipo de rédito electoral, más allá de contentar al sector del electorado izquierdista y alternativo que de por sí ya votaba a sus socios de gobierno de Valladolid Toma la Palabra.

Soy bastante poco entusiasta hacia la labor municipal de Puente y sus socios, pese a que les voté esperanzado en su día, pero de ahí a criticarles sistemáticamente por todo como hacen la oposición y la ciudadanía conservadora tradicional, va un mundo.

Como si no se notara, sin necesidad de que nos lo diga nadie, que el aire está más polucionado que nunca. Que hierve a más temperatura de la que los cuerpos, la respiración y el organismo están preparados para aguantar. Como si nos acordáramos de la última vez que llovió en condiciones. Miro al cielo por las noches y no soy capaz de ver las estrellas que, aunque escasamente, sí suelen iluminar las noches pucelanas, pero no tengo ni idea de si eso tiene que ver con los más de 120 microgramos por metro cúbico al día de ozono que se está registrando en el centro de la Península.  Me imagino que sólo será mi visión poética de la situación.

Lo que sí sé es que he perdido toda confianza en esta generación, si es que alguna vez la tuve. Siempre fuimos acomodados, pusilánimes y padecemos un desajuste brutal entre nuestro supuesto nivel de formación –el nivel cultural es otra historia– y nuestra conciencia social. Sé que este tema nos la refanfinfla, incluso cuando afecta a nuestra salud, y así será siempre.

Ya no digamos si encima hay que pensar en el medio o largo plazo. Para entonces, todos calvos o muertos. Ese es el pensamiento predominante. Que se preocupen los que vengan. Yo bastante tengo con intentar llegar a fin de mes, pagar el alquiler, pensar en las vacaciones o en el bodorrio de dentro de un mes. Dejemos el marrón a las nuevas generaciones. Nosotros estamos recalentados.

Pero me temo que los que nos siguen cambiarán el microondas por la realidad virtual.

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Me pican las tetas

Hola, me llamo Cristina y me pican las tetas.

Dicho de ese modo, así en versión uno punto cero, puede que no os diga nada, pero la cosa tiene su punto de interacción y es la causa de que mi vida haya pegado un giro últimamente.

Empecé a sentir esa comezón, especialmente focalizada en la zona de los pezones, hace más o menos medio año, al poco de empezar el segundo trimestre de Segundo de Bachillerato. No lo di demasiada importancia al principio, pero me resultaba muy molesto. Se venía a sumar al picor que a veces me asalta en la entrepierna. Pero igual que no se considera cool rascarse el coño, ni lo haría nadie del mainstream –ni siquiera las youtubers antisistema–, tampoco está socialmente aceptado rascarse los pechos, si acaso sutilmente.

A mí tampoco me gusta que los chicos se toquen los huevos o la polla cuando les place, y nadie les dice nada. Sin embargo, nosotras tenemos que aplicarnos un contralema. Si te pica, te aguantas.

Como pasaban los días y la sensación fastidiosa me iba más, decidí bajar la cremallera de mis labios y contárselo a mi madre. Podría haber elegido a otra persona, a mi prima Arantxa o a mi amiga Carlota, pero al final, para determinadas cosas, mamá no hay más que una.

Se lo conté con una inquietud equivalente a la que hubiera empleado para revelarle que me dolía la cabeza o la garganta y ella respondió del mismo modo a como lo hubiera hecho con una gripe o cuando me baja la regla –durante el período mi cuerpo se comporta como un volcán en erupción–, con la precisión de una profana en medicina con experiencia popular, lo cual no fue de gran ayuda.

Me dijo que a ella también le había ocurrido a mi edad, que es lo normal según le había dicho en su día su madre, debido a los cambios hormonales y al aumento de las mamas –juro que utilizó este término–, aspecto en el que evidentemente yo había salido a ella. Imaginarme a la yaya hablando del tamaño mamario de mamá hizo que mi picor se recrudeciera.

Pensé en replicarle que lo normal es que eso me hubiese ocurrido a los catorce o quince años, cuando efectivamente me crecieron hasta un punto en que pasé de ser una más a un objeto de miradas lascivas por cada rincón del insti y me empezaron a apodar Cris Bufas, pero me lo callé.

Me dijo que el problema era mi sujetador demasiado ceñido. No le dije que hace tiempo que me quito el sostén en cuanto salgo por la puerta de casa y las llevo sueltas y no tersas, lo cual ha confirmado mi nickname.

Valoré contestarle que lo único que crecía en mí últimamente no eran las tetas sino la indignación por las discusiones telefónicas que tiene con mi padre. Me habría gustado decirle: “Mamá, ya sé que papá no es un santo y que su novia es bastante gilipollas, pero tampoco se puede decir que tú te portaras muy bien con él. Sí, mamá, sé lo de aquel tío que conociste por Badoo, y sé que papá no quería tener más hijos y eso a ti no te gustó.

”Tampoco se me escapa que estamos muy jodidas de pasta desde que te hicieron reducción falsa de jornada en el hotel aunque sigas haciendo las mismas horas o más que antes. No pasa nada, no soy una adolescente pija, no quiero ropa de marca ni el puto Smartphone que me regalasteis en mi cumpleaños del año pasado y que ya empieza a dar fallos. No necesito que me pagues  las clases en la academia, pese a que me daría muchísima pena dejar de ver a mi profe, que además de saber enseñar tiene un morbo increíble, ni tampoco que discutas con papá por ello. Él apenas llega a mileurista, lo sabes perfectamente.

”¿Qué te crees, que a mí no me fastidia tener que vivir en este piso de cincuenta metros cuadrados de la época de la postguerra, que en mi habitación casi no quepa ni un triste escritorio y que tenga que turnarme contigo y la yaya para entrar en el baño como si hubiéramos vuelto a las primeras temporadas de Cuéntame cómo Pasó, que siempre veía con los yayos cuando era pequeñita?

”Mamá, sé que ahora te sientes sola, frustrada, con necesidades emocionales y sexuales, y ganas de mandarlo todo a la mierda, pero yo no tengo la culpa. Ni siquiera papá.

Todo eso le habría dicho con el objetivo de encontrar razones más convincentes que las suyas para explicar mi acuciante picor de tetas, pero en vez de eso asentí como buena y dócil hija y le prometí que acudiría al médico para consultarle lo de mi supuesto gigantismo mamario púber. Y por supuesto, que me compraría un sujetador más amplio. Bueno, que me compraría un sujetador.

Nada de esto hizo que mi escozor se marchara. Al contrario, subió de intensidad hasta tal punto que la semana pasada se produjo una situación realmente incómoda en clase. Estaba la profe de mates explicando algún rollo sobre las derivadas cuando empecé a revolverme, restregándome sibilinamente con el borde de mi mesa para calmar la insufrible picazón.

Como a Marga, que así se llama la tipa, no se le suele escapar nada, me pilló. En vez de limitarse a reprenderme, la muy cabrona me mandó salir delante de todos para resolver un problema. La muy zorra estuvo sonriendo por lo bajinis observando mis problemas para mantener la compostura y la sudoración que me cubría el rostro y los brazos y se hacía fuerte para formar un desagradable círculo en determinadas zonas del top que llevaba puesto esa mañana, sobre todo en la parte de los senos.

El regodeo fue mayúsculo en clase. Podía notar las risas a mis espaldas y escuché algún que otro click generado por la cámara de algún móvil cuando me di la vuelta. Encima la cagué con el problema y Marga me reprendió con una seriedad tan falsa que me dieron ganas de vomitarle a la cara.

Maldita puta amargada. Se cuenta que tiene bastante dinero pero es la típica solitaria y antisocial. Supongo que como no se la quieren comer ni esas plantas carnívoras a las que es tan aficionada, según repite como una cotorra cuando nos da Biología –encima hay que aguantarla por partida doble, o triple, porque es nuestra tutora–, se dedica a joder a sus alumnas ya que ella no jode.

Para rematar su obra maestra degradadora de ese día, me pidió que me quedara un momento después de clase, quitándome casi todo el descanso de media mañana. La muy desgraciada había notado lo que me ocurría y me empezó a dar la chapa sobre las posibles alergias que podían provocar las cremas hidratantes, perfumes u otros productos aplicados a la piel.

Me tuve que morder la lengua para no decirle que yo no me ponía esas cosas en las peras, salvo una vez que me las rocié de colonia para tratar de poner cachondo a Rafa, mi profe de la Academia. Desde ese día me debe ver como una niñata, aunque quiero pensar que de vez en cuando se echa alguna miradita a los pronunciados escotes que llevo cuando estoy con él y quién sabe, a lo mejor incluso se toca en su intimidad no culpable conmigo de protagonista.

Hice esfuerzos sobrehumanos para contenerme y no soltarle que la única crema que alguna vez se había deslizado por mis pechotes, como los llama vulgarmente algún poligonero de mi grupo de amigos, fue el semen de Álex, mi exnovio, que me ponía esa condición para dejar que yo fluyera por sus labios cuando se animaba a bajarse. Me muero de satisfacción sólo de pensar cómo la habría corroído la envidia porque supongo que la palabra húmeda para ella sólo tiene significado con un consolador o una pantalla de ordenador delante.

Pero lo que realmente habría sido apropiado decirle a Marga es que sus aburridas clases –impartidas desde la desidia y la falta de profesionalidad por una señora como ella que tal vez ni siquiera tuvo vocación educativa en su día y que ahora se dedica a sestear con su plaza sacada mientras hay miles de profesores en el paro muriéndose de ganas de trabajar– sí me producen verdadera alergia.

Que lo que verdaderamente me irrita es que estemos en Segundo de Bachillerato y a mitad de curso los políticos hayan decidido cambiar la prueba de acceso a la Universidad, ahora llamada EBAU, que en cualquier caso tal vez haga para nada dentro de dos días. Tal y como están las cosas en mi casa es posible que me tenga que renunciar a seguir estudiando y buscarme un trabajo para ayudar. No se me ocurre otro que el de camarera, porque lo de grabar videos porno para salir de la crisis, como hacen los protas de la peli Hermosa Juventud, todavía no me seduce.

Debería haberle dicho a Marga que aunque a ella le dé igual, porque es una pasota que no se toma en serio su trabajo, lo de la EBAU ha vuelto locos a los profesores y añadido a los alumnos aún más estrés al que ya de por sí trae consigo un examen en el que te juegas gran parte de tu futuro a una carta, pudiendo arruinar por un par de malos días el buen expediente académico que hayas tenido desde la ESO.

Un futuro que además se avecina deprimente, con unas perspectivas laborales lamentables para la gente de mi generación. No le dije que ella, además de ser una triste de mierda, es una privilegiada por tener un puesto de trabajo al que muchísimos de nosotros jamás podremos ni siquiera aspirar. Nuestras expectativas son el desempleo en uno de cada dos casos, la precariedad y, en el mejor de los casos, un buen curro en el extranjero.

¿Y sabes qué, Marga? Tal vez yo no sea como el resto de los adolescentes, que tienen asumido que se tendrán que largar lejos de su tierra para ganarse la vida. Quizá yo no sea uno de esos jóvenes aventureros de los que hablaba la Ministra de Trabajo del Partido Popular, partido al que estoy segura de que tú votas y al que te aseguro que yo no daré mi apoyo cuando el año que viene tenga edad legal para ir a las urnas, aunque los otros también me generen muchísima desconfianza.

Porque yo puedo parecer una cría tontita que no tiene ni idea de estas cosas, Marga, pero da la casualidad de que no lo soy, que yo leo y me intereso por lo que pasa, y además mi padre, mi madre y hasta mi profe Rafa, al que adoro, me cuentan muchas cosas, y yo escucho y pienso y valoro, procesos que tú, Marga, llevas casi tanto tiempo sin practicar como follar. Y ya no digo follar bien, porque estoy segura de que siempre has estado mal follada y por eso tendrás las tetas arrugadas antes de los sesenta y también te picarán como a mí, pero será por la menopausia, que te vendrá antes de tiempo y te volverá aún más resentida de lo que ya estás.

Todo eso me habría gustado espetarle mientras me soltaba su discurso sobre el nocivo uso de mejunjes químicos y su preferencia por los ungüentos naturales para tratar la piel –como si a ella le sirvieran de algo–. Pero al igual que había hecho con mi madre me la envainé y aguanté estoicamente sus palabras cansinas hasta que me dejó en paz. Y noté como el picor se recrudecía por momentos.

En ese momento, me pillaron por banda en el pasillo mis amigas. Yo no tenía ninguna gana de verlas. Me apetecía irme al baño y rascarme como si no hubiera mañana. Contra los azulejos amarillentos de las paredes llenas de pintadas, si hacía falta. Pero quitarme de encima la tremenda molestia, aunque fuese a hachazos.

Me puse tan frenética y me comporté de una forma tan borde cuando Carlota, mi prima y las demás me saludaron, que se alarmaron y me preguntaron qué me pasaba. Me confesaron que había rumores sobre mi extraña actitud de los últimos días. Una pandilla de chicas puede ser tremendamente insistente cuando quieren conocer algún secreto de una de ellas. Mis amigas son especialmente pesadas. Finalmente claudiqué y decidí contarles lo que me ocurría antes que arriesgarme a pasar una tarde colgada a las estupideces vía Whatsapp.

“(Hola, me llamo Cris y…) me pican las tetas, sobre todo los pezones. Muchísimo, desde hace varias semanas”. Hubo alguna que otra risita sorda, pero en general reaccionaron con seriedad, mi prima incluso con el dramatismo típico de ella. “A ver si va a ser algo malo, tía”. Me tragué el impulso de decirle que seguro que no era tan malo como la actitud que hace un año tuvo su madre, hermana de la mía, cuando soltó toda aquella sarta de mentiras sobre mi padre durante el proceso de divorcio, y que estoy convencido de que mi prima aún se cree.

“No, Arantxa, papá no es un borracho, y no es por nada, pero tú has tomado más drogas en tus diecisiete años que él en toda su vida. Y en cuanto a lo de putero, pues le dices a la tía de mi parte que su hija, o sea tú, se ha tirado a media clase –que no digo que sea malo, ¿eh?, a mí me parece fenomenal, olé tus ovarios y que te quiten lo bailado–, pero igual a ella no le hace tanta gracia”, pensé mientras ella me rayaba con sus tonterías asustadizas.

Entonces, Carlota, mi mejor amiga, tomó la voz cantante y adoptó su clásica pose, mitad postureo mitad afectuosidad, cuando alguien a quien quiere tiene un problema. Eligió de entre su repertorio de buenas historias, reales o inventadas, la que consideró más impactante pero al mismo tiempo más inocua para mi salud con el fin de tranquilizarme y de paso, hacerse la entendida y la interesante.

“Eso es que estás preñada, tía, le pasó también a una chica de un insti de Pajarillos que conozco yo. Aunque no sé, hace mucho tiempo de la última vez que follaste con Álex, ¿no? Y no creo que con el último lo hicieras sin condón porque le conociste esa noche…  –traté de poner cara de póker, pero ella no podía resistirse a seguir interpretando– ¿En serio?… ¡Joder, tía, cómo se te pudo ir la olla así…!

”En cualquier caso, no te preocupes, porque tiene fácil solución. Vamos a la Farmacia, compramos el chisme, te haces la prueba y si es que sí, abortas y ya está. Vamos a lo privado, que por la Seguridad Social es un coñazo y, además, así no se entera tu madre. Yo te puedo ayudar a pagarlo. No te agobies más, tía, en serio”, soltó casi de carrerilla con ese estilo atragantado y algo estomagante tan característico.

Sí, Carlota, eso es justo lo que necesitaba oír. Eres una amiga de la hostia, tía, le dije con la mirada, esa misma que le he puesto tantas veces desde que éramos pequeñas cuando se pone estupenda, en plan reina de la manada de leonas. Cualquiera le desvelaba que con ese chico en realidad ni siquiera me di un muerdo y que aquella noche desaparecí pronto porque me estaba amargando con ellas y me encontré a una vecina con la que me volví a casa.

Y antes de subir, las dos estuvimos echando una buena parrafada en las escaleras y me pareció el rato más interesante que he pasado en los últimos meses con una persona. Porque a esta chica le preocupan las mismas cosas que a mí, aunque sea un poco choni y no tenga la pijotería fina de Carlota, Arantxa o las demás.

Sí, habría hecho falta mucha terapia para mis amigas si les habría confesado en ese momento que mi vecina, un par de años mayor que yo y lesbiana, o a lo mejor bisexual, me acarició aquella noche y yo me dejé llevar, porque me gustó, porque estoy confundida con muchas cosas… Y que fue el único momento en que me olvidé del picor en las tetas, porque sólo estaba sintiendo como se me endurecían las cimas cuando ella me las tocaba suavemente con la punta de los dedos y sobre todo después cuando jugó con su lengua mientras me dibujaba en el cuello y la espalda con sus manos.

Claro que hubo intercambio de fluidos aquella madrugada, aunque os aseguro que científicamente es imposible que me quedase embarazada por eso. ¡Pero cómo iba a atreverme a aclararles este punto…!

Y aun poniéndome en la hipótesis de Carlota… ¡Cómo se me iba a ocurrir decirles que en el fondo la idea de tener una criaturita no me habría desagradado absolutamente del todo…! Que en parte me sentía identificada con las dudas que le asaltaban a la prota de Amar, esa peli que habíamos visto en el Casablanca el finde anterior. La chica tenía nuestra edad, aunque realmente la actriz, María Pedraza, a la que yo ya conocía por Instagram y es una pasada cómo interpreta, tiene 20 años.

Y en cuanto a lo de la clínica privada, por supuesto, Carlota, tú no desaprovechas un momento para recordarnos que tienes pasta en tu cuenta corriente porque tus padres –que heredaron una fortuna y además tienen curros de postín, pese a lo cual te llevan al insti público según dices tú misma, para que te curtas y aprendas lo que es la vida, o sea–, te ingresan quinientos euros todos los meses, que, para que te enteres, es poco menos de lo que gana mi madre desde que hicieron la reducción de jornada o de la pensión mínima que cobra mi abuela; pensé para mis adentros con tal furia que mis tetas parecían volcanes en erupción.

Sé que Carlota me quiere y en el fondo es una buena persona que haría cualquier cosa por mí siempre que entrara dentro de su limitada capacidad empática, pero me revienta su personalidad simplista que le lleva a pensar que casi todos los problemas se resuelven a golpe de like o de tarjeta de crédito.

A veces me vendría muy bien que pensase que yo no pertenezco a su mundo de comodidades, que la vida para mí ha sido y es muy difícil, que se pusiera en mi pellejo, que viera como mis oportunidades reales, pese a lo que diga nuestra Constitución, no son las mismas que para ella, que a mí me costará mucho más siempre todo y que habrá cosas a las que simplemente tendré que renunciar, como por ejemplo estudiar en el Conservatorio –mi sueño es parecerme un poquito a Alicia Keys, tocar el piano como ella, cantar soul de esa manera que me hechiza, aunque yo nunca seré tan guapa–. Entonces, tal vez sería mucho mejor amiga de lo que ya es y quién sabe, hasta se me paliaría lo que empezó como picorcito y ahora es insoportable.

Claro, que la peor es mi prima. La negativa de la familia, la tremendista por excelencia. Llevaba un rato sin hablar, mirando el móvil. Y yo ya sabía que no estaba mirando las notificaciones de Snapchat, a la que ella sigue enganchada pese a que Instagram Stories ha hecho que esté más en decadencia que Tuenti. No, Arantxa no haría algo tan insensible, aunque casi lo habría preferido a su investigación express.

Allí, en mitad del corrillo de amigas que se había organizado a causa de mi problema, no se le ocurre otra cosa que soltarme medio lloriqueando y sin levantar sus ojos parduscos de la pantalla: “¡Hala, Cris, tía, que igual tienes cáncer de mama, que lo pone en esta página! ¡Pobrecita, qué vamos a hacer si lo tienes! ¡Es horrible!”. De no ser porque en el fondo la quiero como a una hermana pequeña (aunque nos llevemos meses) a la que me ha tocado proteger desde que éramos bebés, la hubiese estampado la cara en ese mismo instante.

A medida que escuchaba sandeces y consejos inapropiados, el picor crecía si cabe todavía más, era como si una marabunta de hormigas estuviese recorriendo mis tetas de arriba abajo, en movimientos circulares, escalando la cumbre de mi pezón para deslizarse nuevamente por las laderas, correteando, volviendo… Una y otra vez.

No lo resistí más. Me dio igual estar en mitad del pasillo más concurrido del instituto en plena hora punta, en el momento en que todos los chicos y chicas regresaban del recreo. Me levanté la camiseta, dejé mis pechos al aire y me los rasqué con fruición. Casi no escuché el murmullo inicial y el estallido de hilaridad posterior.

A pesar de que apenas estuve diez segundos restregándome, varios compañeros y alguna compañera fueron lo suficientemente rápidos como para inmortalizar la secuencia, tanto en imagen fija como en movimiento. No pude hacer nada. Empezaban las clases de nuevo y todo el mundo se dispersó entre gritos, comentarios soeces y admirativos y escándalo generalizado.

“¡Qué has hecho, tía, estás loca! ¡En unos segundos vas a ser lo más comentado de Instagram!”, exclamó mi prima muy alarmada. “Ya te digo, y no sólo va a rajar la gente del insti o de la ciudad, sino de todos los sitios. Vas a ser una estrella y te vas a forrar”, completó Carlota divertida.

Después, descubriría en las fotos que no había podido disimular mi cara de gustito, de placer inmenso al sentirme por fin aliviada, y en el video que a las pocas horas ya era viral y rulaba por Youtube y Whatsapp como si fuera un videoclip de Shakira pude apreciar que incluso se me había escapado un gemido bastante erótico.

La locura absoluta se ha apoderado de mi vida en los últimos días. Recibo llamadas, notificaciones, peticiones de amistad mensajes, mails… Comunicaciones continuas, decenas de ellas por minuto. No doy abasto. Me han propuesto de todo. Algunas ofertas muy suculentas a nivel económico, otras obscenas, la mayoría de ellas tan interesantes para mi bolsillo como superficiales y en parte indignas. Muchas son de fotógrafos o gente dedicada al cine erótico, si bien hay unas cuantas de marcas de ropa interior e incluso me han felicitado y hateado, en la misma proporción, diferentes grupos feministas, unas por considerarme un símbolo de la liberación femenina y otras por exhibirme públicamente como carnaza.

El caso es que, si me paro a pensarlo, casi todos los problemas que me asaltaban hace sólo una semana podrían estar solucionados y mi vida encarrilada hacia un futuro en el que no tendría que comerme demasiado la cabeza para hacerme de oro usando mi imagen, como me aconseja Carlota. He encontrado sin quererlo, sin ningún esfuerzo, pretensión, voluntad, sacrificio o mérito, un filón para mi vida; las oportunidades que se me negaban, el agujero en el muro.

Y sin embargo, me siguen picando las tetas.

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Sólo faltan los colores

El Club Baloncesto Ciudad de Valladolid ha conseguido algo que parecía imposible hace sólo dos meses. No me refiero al ascenso deportivo a la LEB Oro, segunda competición del baloncesto español y espiritualmente para algunos la primera debido al elitismo, clasismo y cerrazón de la teórica primera liga, la ACB. Ese gran logro es únicamente la consecuencia, pero no la causa del milagro.

La verdadera proeza que ha conseguido el primer equipo de este club casi bebé (fundado hace menos de dos años por Mike Hansen) es recuperar la ilusión de una ciudad entera por un deporte que parecía no ya moribundo o agonizante, sino directamente muerto. Resultaba casi impensable que el deporte de la canasta en Pucela se recuperara del varapalo que supuso la extinción deportiva (todavía no jurídica) del Club Baloncesto Valladolid.

Varias generaciones de pucelanos y pucelanas vimos crecer nuestro amor por ese deporte con dicha entidad. Con ella y por ella, sufrimos tantas alegrías como sinsabores. Emociones que tuvieron su culminación material en la estafa perpetrada durante décadas por unos delincuentes con traje y facha elegante designados, depuestos o autorizados (cuando no directamente comandados y dirigidos) por el partido que gobernó el Ayuntamiento de Valladolid durante veinte años, y su cima espiritual, su mayor drama, casi coincidente con la propia defunción del club, con la aún llorada muerte del que siempre será el icono principal del baloncesto vallisoletano, Lalo García.

Logo de la Escuela Lalo García, perteneciente al CBC Valladolid.

Ahora, el sueño, la hazaña, la representación onírica más deseada, se ha hecho realidad. La ciudad se ha volcado durante las últimas semanas con este equipo, apodado “las ardillas”, entrenado por un cuerpo técnico infatigable al que capitanea un clásico como Paco García. Un guerrero, a veces general de mano dura, al que se le pueden achacar muchas cosas pero jamás su conocimiento de este juego inventado por James Naismith en 1891, sobre todo desde los pilares defensivos que lo sustentan, ni su tremenda competitividad, capaz de superar cualquier obstáculo (que esta temporada del milagro los ha habido a montones) y de sacar lo máximo de sus jugadores, haciéndoles olvidar sus limitaciones para centrarse únicamente en el trabajo y en explotar sus virtudes.

Pero lo que verdaderamente destaca de Paco es su amor por esta ciudad. Él es más claro ejemplo de vallisoletano emigrado, casi expulsado de su tierra como tantos otros, ninguneado pese a su prestigio y su tremenda valía, por culpa del mal hacer, a veces negligente y muchas otras doloso, de las gentes grises, mezquinas, clasistas y envidiosas que durante muchos años –y aún hoy en día aunque no lo parezca pero quiero pensar que cada vez menos– han constituido el grupo influyente de esta población tan encantadora como odiosa en ocasiones.

Pero Paco, después de su exilio en Brasil, donde por cierto triunfó, regresó a su Pucela, de la que seguía enamorado (y siempre seguirá) pese a los desprecios a los que le había sometido. Y volvió a casa con más fuerza que nunca para conjugar el verbo “recobrar”.

Recobrar el ADN pucelano en el baloncesto de la ciudad, relegado durante tantas décadas por la estulticia de los dirigentes del CB Valladolid pero mantenido en el ámbar de los mosquitos cual dinosaurios extintos por héroes como Porfi Fisac, Gustavo Aranzana, Roberto González o el propio Paco. Un conjunto formado por tres extranjeros relevantes (Wade-Chatman, Sidibe y Graham Bell) y cuatro jugadores vallisoletanos (Sergio de la Fuente, Daniel Astilleros, Miguel González y Pablo Esteban) en la rotación principal (sin olvidar al lesionado Antonio Izquierdo, a Jota o a júniors como Alberto García, que han ayudado cuando ha hecho falta) han sido los responsables de ejecutar sobre la pista la doctrina de “la fe Paco García”.

Sería injusto no otorgar su parte de protagonismo, y no pequeña, al fundador Mike Hansen, que apostó por esa filosofía desde la creación del club en julio de 2015. El que fuera presidente frustrado del CB Valladolid, honesto cuando dejó aquel barco porque veía que se hundía y no le dejaban hacer lo que consideraba necesario para mantenerlo a flote, quiso compensar aquellas miserias con un club hecho en Valladolid, para Valladolid y por vallisoletanos. El acierto ha sido máximo, pero aunque no hubiesen venido esos resultados tan pronto y no hubiese habido tantos aplausos, eso no cambiaría el hecho de que la senda es la correcta.

Presentación del Club Baloncesto Ciudad de Valladolid en julio de 2015. (Imagen: Tribuna Valladolid).

Recobrar la atención mediática por el baloncesto en sí mismo. Después de muchos años en los que en el baloncesto de Valladolid los dimes y diretes, los escándalos y los pufos eran mucho más importantes que el plano meramente deportivo, y los medios de comunicación prácticamente sólo se hacían eco de las noticias negativas que generaba el CB Valladolid, esto ha cambiado radicalmente.

Ahora se habla de las estadísticas, de la táctica, del próximo rival, de los posibles refuerzos, del rendimiento de uno u otro jugador, de las posibilidades de la plantilla. Esta variación en el rumbo no ha sido sencilla, pues este nuevo club, pese a que todavía no le han acabado de salir los dientes, no ha sido ajeno a tales conflictos, ya que la tradición de las guerrillas en el seno del baloncesto pucelano es difícil de superar.

Recobrar la ilusión de la afición, de la masa social. Muchos fieles se habían despegado del baloncesto de Valladolid y se sentían desafectados, frustrados, estafados, y sobre todo tristes por la pérdida de su club de toda la vida. No querían volver a saber nada de un nuevo proyecto, no querían engancharse a un nuevo carro, vacío de equipaje pero obligado a cargar con pesados fardos económicos para poder subsistir. A día de hoy, no queda prácticamente ningún aficionado tradicional del baloncesto pucelano que no haya regresado a Pisuerga. Bueno, salvo los que no pueden volver por razones obvias de vergüenza y dignidad. Aunque a lo mejor algún día hasta tienen la desfachatez de pasarse, quién sabe. Con este equipo, todo es posible.

Recobrar el interés y el apoyo de la ciudad, y no sólo de los seguidores del deporte, sino de la ciudadanía en general. Se ha notado como la gente preguntaba por el equipo, se informaba, y ponía una sonrisa con cada pequeño pasito que daban los titanes de Paco.

Primero, la clasificación para los playoff, que llegó a estar en entredicho por algunas derrotas no esperadas. Después, la victoria increíble en el segundo partido de la primera ronda de playoff frente a Alicante, y sobre todo la del quinto partido en tierras levantinas, posiblemente el punto de inflexión total para este equipo. El choque decisivo frente a Morón, con cuatro mil personas en Pisuerga por primera vez en años, el mejor partido de la temporada en la segunda parte. Y por último, la defensa ejemplar en la ronda final contra Zornotza, asfixiando al equipo vasco, que ha puesto el colofón a la gesta. En cada uno de estos escalones ha habido un pequeño empujón de la sociedad vallisoletana.

Sería la leche si el tejido empresarial se implicase más, aunque Comercial Ulsa y otros pequeños patrocinadores están haciendo su esfuerzo, pero ahí ya no hablamos de recobrar, sino de conseguir por primera vez, porque el empresariado vallisoletano en su inmensa mayoría jamás ha apoyado al deporte pucelano.

En definitiva, este CBC Valladolid lo ha recuperado prácticamente todo. Sólo falta una cosa, a mi entender. Dado que la historia del añorado Club Baloncesto Valladolid por desgracia no puede recuperarse, sino simplemente estudiarse y conocerse, admirando con nostalgia todo lo que se vivió y deplorando sus múltiples errores para aprender y no repetirles, al menos hay que recuperar sus colores. El morado (con detalles amarillos). Ese el color del baloncesto vallisoletano, y el que debe volver a ser.

Sergio de la Fuente, actual capitán del CBC Valladolid, con la equipación morada y amarilla del CB Valladolid hace tres temporadas, celebrando una victoria junto a otros compañeros, que visten camisetas en honor a Lalo García. (Imagen: Diario de Valladolid El Mundo).

Es cierto que el carmesí tiene un vínculo afectivo con la ciudad (a diferencia de lo que ocurre con el Atlético Valladolid, descendiente del también desaparecido Club Balonmano Valladolid y que usa la indumentaria azul, que no representa en nada a Valladolid, por meros motivos comerciales), porque es el tono de la bandera de la provincia y fue también el del pendón del Reino de Castilla.

Pero la realidad es que se vulgarizó hacia el morado hace muchísimos años y, sobre todo en el ámbito deportivo de la ciudad de Valladolid, es este color o el violeta próximo el que siempre ha caracterizado a nuestros equipos. El hecho de que un pasado traiga a la memoria recuerdos amargos, no implica que haya que romper totalmente con él. Hay que cosas que sirven y deben recuperarse. El morado es el color que vistieron en su día mitos como Davis, Sabonis, Oscar Schmidt, John Williams o el propio Lalo.

Me consta que existe un cierto miedo de volver a vestir así al equipo de baloncesto de Valladolid por temas jurídicos relacionados con la posible herencia del CB Valladolid, pero a día de hoy, dos años después de la fundación de este club y con el otro en vías de liquidación (aunque ésta se lleva a cabo en un oscurantismo y secretismo acordes con lo que fue la propia trayectoria de la institución), pienso sinceramente que no tendría fundamento en absoluto que alguien identificara al Ciudad de Valladolid con el CB Valladolid, porque es evidente que nada tienen que ver, más allá de que jueguen al mismo deporte, en la misma ciudad y en el mismo pabellón.

Si bien es verdad que lo más importante ya se ha conseguido, y eso es lo que hay que destacar ante todo y celebrar, pienso que sería deseable que el club intentara dar ese pasito adelante para recuperar, en todo lo posible, el viejo espíritu del baloncesto pucelano.

Un deporte tremendamente maltratado por sinvergüenzas que se fueron de rositas y que gracias a Mike Hansen, a los valientes que le acompañaron en esta aventura con tanto riesgo y tanta incertidumbre, a Paco García y a sus chicos, ha recuperado lo que parecía imposible. Las ardillas son ahora las reinas de la canasta en Pucela. Pero aunque el carmesí y el negro las siente bien, las imagino mucho mejor de morado y amarillo.

Escudo del Club Baloncesto Ciudad de Valladolid, “las ardillas”.

 

 

 

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Pasando por la Estación de Autobuses

¿Hay algo más triste que una Estación de Autobuses de provincia un domingo por la noche?

Exiliados que regresan al lugar donde no desean estar. Emigrantes que viajan al lugar al que no desean regresar.

Almas cansadas que se montan en el último ómnibus de la semana, ese que siempre se coge con los dientes apretados y las pupilas a punto de rebelarse.

Fardos derrotados que se apean una vez más en un sitio que les es ajeno para ser empaquetados.

El silencio en el vestíbulo huele a bollos vendidos y a embutidos pasados de fecha. La entrada tiene tacto de cartones donde se apilan cuerpos sin esperanza. Las puertas se abren como filos de navajas y se cierran como cuchillos que cortan la ilusión.

Entre medias de dos dársenas, hay un beso de despedida que le roba una dosis de Prozac a la puta depresión.

Mientras, yo paso como sólo lo hacen los fantasmas que se quedan atrapados en los lugares de tránsito.

No estoy en el otro lado ni en éste, ni soy ya de mis calles de siempre ni me subo en el transporte de razones dormidas.

No ato cabos ni desato nudos.

Sólo paso. Paso como Sally a nuestro lado, sabiendo que es demasiado tarde.

Apurando los últimos minutos de luz que me quedan para recordar tus lágrimas.

Antes de que el último monstruo de seis ruedas sea engullido por la oscuridad de tus fobias y temores, y yo te proteja de ella en mi sueño viajero.

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No llores por mí

Esto no es una despedida, aunque lo parezca.

¿Qué se yo de decir adiós, si llevo yéndome desde que mis madrugadas eran de tequila y hospital?

No llores por mí porque no lo merezco, y aunque hubiese acreditado algún mérito para recibirte así de desnuda, yo nunca estaré tan en pelotas y no sé agradecer tanta belleza.

Si acaso cogeré el boli en algún café vespertino y decadente y haré lo único que sé hacer bien de verdad; dejar jirones de corazón envueltos por tinta de las profundidades de un océano sin embustes.

Más allá de eso, sigo igual que me conociste, perdido en la isla sobre la que me estrellé tras coger un vuelo low cost a Nowhere Land. Creí encontrarme en ese lugar en mitad del misterio, donde el verbum se hizo carne, pero me faltó dejarme devorar por las bestias salvajes.

No sé si alguna vez me miró la tuya con ojitos de cachorro inocente. No te fíes de la mía que luce barba de león adolescente pero en el fondo es animal herido con llagas en el alma.

No llores por mí, que me sanas y me enloqueces, que me vuelves fiera que quiere conquistar su territorio y hacerte la reina de mi selva inconexa. Tengo alguna cana en las ramas de mis hojas caducas, pero algunos de mis frutos aún no han madurado.

Mi copa me pide que me deje de hazañas, que este bosque ya está perdido, que me convierta en ave migratoria de nidos temporales, sólo enraizadas en el viento. Que haga el amor con especies exóticas, folle con las águilas de altas cumbres y copule con otras primaveras en flor.

Pero mi tronco ajado y lleno de quiebres se agarra a este valle donde las gramíneas me congestionan y el cambio climático deforesta el espíritu de las estudiantes.

La savia, si es que alguna vez la tuve, me deja de fluir cuando veo tus lágrimas y se me apelotona en el tallo.

No llores más por mí, que se me quedan el pecho y las esencias congelados en tus mejillas, que la sonrisa se me comprime en las comisuras de tus labios. Que se me consumen todas las caricias en tu cuello, que se me agota la razón en la curva de tu espalda.

No, niña, no se te ocurra seguir llorando por mí, que se me acaban las frases pasivas de ejemplo y paso a la voz activa, que si sacas un triple seis adivinas mi mayor fantasía.

Y entonces, cansada de mi soniquete suplicante, te vuelves a mí orgullosa y me espetas:

“¿No ves que mi llanto es un grito? ¿Que te chillo porque no quiero que seas manjar de otros aires? ¿Que deseo que te quedes aquí y me des sombra, que claves tus raíces en esta tierra y bebamos juntos el poco agua que caiga? Y cuando esté muy húmeda, que me seques con tus dedos y tu boca, que me hable esa lengua extranjera que me enseñaste a dominar”.

Después, ya no sé qué decir, que pedirte o si pedírtelo todo. Veo la ley de mi mente alienada por esos malditos y quiero transgredirla, volver a ser el furtivo cazador de sueños prohibidos.

Que el corazón le gane la batalla a tus lágrimas, que tu risa infantil siga cavando la locura de mis tardes de viernes, que la inconsciencia de tenerte a mi lado siga llenando nuestro pequeño espacio.

Que no se culmine la era que tú representas hasta que seas tú la que vueles y yo el viejo árbol que llore por ti.

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Sociedad no apta para el olvido

Hay varios tipos de personas con muchas posibilidades de llegar a viejos habiendo perdido una parte importante de lo que han ganado en su vida por errores propios, ausencia del don de la oportunidad, circunstancias del entorno o eso que vulgarmente se llama mala suerte y que muchas veces no es otra cosa que el regate que la vida les hace a los que tienen vitola de perdedores.

Sin perjuicio de ello, si hay una clase de especímenes especialmente maltratados por la sociedad, estos sin duda son los olvidadizos. El olvido es algo que no se perdona en la civilización occidental. Se castiga con dureza y desproporción. A uno sin duda le irá mucho mejor en su caminar si es un cabroncete que arroja las piedras a los demás que siendo uno de esos que olvidan donde están puestas y tropieza en ellas.

Por ejemplo, es mucho mejor para uno mismo ser un hijo puta al volante que un olvidadizo. El primero normalmente se libra de recibir sanción, castigo o reprimenda. Está claro que si un día la manga y desgracia a alguien o a sí mismo, las consecuencias serán mucho peores, pero mientras eso no suceda (y no sucede tan fácilmente, hay miles de pruebas de ello, yo conozco a auténticos profesionales de la delincuencia al volante que apenas han tenido un par de sustos en su vida), tiene las de ganar.

Como es lógico, no hay policías vigilando en cada esquina y además este tipo de personaje se las sabe todas y conoce perfectamente las zonas espacio-temporales en las que puede delinquir. Sé bien de lo que hablo, porque en algunos momentos muy puntuales de mi vida, me he comportado como un criminal a cuatro ruedas.

Yo me sentía mal, rematadamente mal pensando en los riesgos que había generado, porque tenía esa conciencia jodida. Ojalá hubiese tenido la laxitud de ese individuo dispuesto a saborear su final victorioso después de haber bebido en exceso, acelerado en rectas con semáforos siempre verdes para sus ojos daltónicos, saltado unos cuantos stop a y hecho zigzag por carriles estrechos.

Acabará triunfando sobre el asfalto, autoerigiéndose en rey de su jungla y admirando petulantemente su propia pericia sin importarle una mierda el coro de cláxones que le jalea a su paso, cual Nick Kyrgios destrozando raquetas y escuchando abucheos ante una grada repleta. “He infringido vuestras putas reglas, anormales, venid aquí a comerme el rabo” (léase también coño o cualquier otro elemento situado en las partes bajas).

Sin embargo, un desmemoriado paga cada olvido poco trascendente que comete en el uso de su vehículo. Pongamos el caso de que un día se le olvida pagar el cruel, injusto y aberrante importe del estacionamiento en zona limitada o restringida, ya sea azul, verde, naranjita o de otros colorines. Da igual que incurra en ese olvido una sola vez después de haber cumplido esa odiosa obligación cientos de días.

Basta con que vaya con prisas al trabajo o a cualquier otra cita, o bien reciba en ese momento una llamada urgente o tenga que responder a algún correo de su jefe madrileño que se está “cagando en Dios” porque los clientes le están presionando y todo es culpa de sus subordinados.

A una persona con tendencia a las lagunas mentales es muy probable que, después de acometer dicha tarea (que por otra parte puede haberse prolongado hasta el momento dramático de la visita del vigilante de la zona), se le pase por completo ir hasta el parquímetro o entrar en la aplicación de su móvil para efectuar el pago.

Entonces, el controlador del estacionamiento, ese tipo con un oficio que sólo tiene cabida en una sociedad como la nuestra, dado que su única función es causar efectos negativos, sin ningún tipo de piedad, comprensión o aplicación flexible de la norma, procederá a dar cuenta informatizada del olvido.

El resultado son 90 euros de sanción económica, aproximadamente el mismo montante económico que corresponde a un exceso de velocidad que sobrepase en menos de 20 kilómetros por hora el límite de velocidad permitido.

Hay otros muchos ejemplos de lo que se llama vida cívica o ciudadana y que en realidad es un caminar castrado, en los cuales el despiste se cincela con martillo sobre la jeta del empanado. Por ejemplo, si a uno se le va la pinza y no paga un impuesto determinado en la fecha de vencimiento, se le embargará tarde o temprano la cuenta corriente con los recargos preceptivos. Como el olvidadizo lo es para todo, igualmente puede darse el caso de que se le pase confirmar su borrador de saldo a su favor con la Administración Pública y ésta se quede con la devolución cual ave haciendo rapiña en un casino de fichas sobrantes.

Pero aquél únicamente cumplidor de la formalidad burocrática, ése que tiene como único mérito ser puntual pero conculcador de todas las demás obligaciones tributarias, sorteadas gracias a la pericia en ingeniería fiscal de la asesoría a la que paga una iguala carísima todos los meses, no tendrá ningún problema.

Será a los ojos del Fisco un ciudadano ejemplar, y si no lo es pero goza de un grandísimo patrimonio, ya sabemos que la filosofía Montoro no es muy kantiana y se inclina más por la doctrina Maquiavelo. Sin embargo, los seres que adolecen de lapsus mentales son presas fáciles para Hacienda. ¡Resultan tan útiles! Son una especie de ajuste positivo inesperado de los presupuestos.

También pueden beneficiar a las arcas públicas por otras vías. Por ejemplo, si están cobrando una prestación por desempleo, olvidándose de renovar su tarjeta de demanda de empleo, lo cual les acarreará una sanción desproporcionada respecto a su error. Dejarán de percibir un mes la mencionada ayuda y ayudarán al Estado a ahorrarse unos cuartos, que buena falta le hacen después de tanto atraco y desfalco.

La tragedia del distraído afecta también a sus expectativas profesionales. Esta clase de individuos nunca llegarán a ser funcionarios de carrera. Alguna pifia cometerán el día clave, la fecha señalada por el sistema de la criba en base a la memoria y no al mérito. No tiene nada que ver con el temario, pues su desmemoria no afecta a la retención de conocimientos, sino que se concentra en los trámites del día a día, las rutinas cotidianas.

Puede que se les olvide el DNI en casa o que no se hayan acordado de echar gasolina al coche y llegar a tiempo al lugar de marras en transporte público resulte inviable. Pueden ser muchas cosas, pero el desenlace no cambia. El cuerpo funcionarial perderá a algunos hombres y mujeres a los que su desastre arrojó al fango de la imposibilidad de presentarse al examen. Tal vez a sus mejores activos. Nunca lo sabremos.

Su drama excede incluso lo legal. Este tipo de seres están por definición inhabilitados para desempeñar una de las profesiones más de moda en el Estado Español, la de corrupto. Si algo resulta fundamental para llevar a cabo tal arduo oficio es precisamente la concentración y el mimo de los detalles. A estas personas algo se les pasará por el camino que dejará su rastro y su pista completamente diáfanas para los investigadores. También podrían olvidarse incluso de donde escondieron el dinero, si fue en el mundo físico, el virtual, el fantasmal o el presunto, este último el favorito de Rajoy.

Pero no hay que pensar sólo en la esfera pública. En la privada, a los olvidadizos les va aún peor. A los típicos descuidos que les llevarán durante toda su vida a extraviar objetos de diferente valor (los errores del desmemoriados son arbitrarios, no hacen distinción ni filtro en cuanto a la importancia económico), hay que unirles otros, que van desde no anotar la fecha y la hora de aquella entrevista de trabajo que parecía interesante, no rememorar la cita con una amistad que dejó de serlo o la fecha de cumpleaños de una pareja que por una vez tenía visos de durar.

Tengo que reclamar desde este cuartito virtual que tendría que darse mayor visibilidad a este tipo de tara. Que la ciudadanía y las instituciones en general deberían tomar conciencia y echar un cable a estos sujetos caóticos. Tal vez se tendría que debatir en el Congreso de los Diputados la posibilidad de conceder una pensión especial de carácter permanente que compense los daños y perjuicios que estas personas sufrirán a lo largo de sus perros días. El problema es que en el Congreso es precisamente donde más se olvida todo.

 

 

 

 

 

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