Sociedad no apta para el olvido

Hay varios tipos de personas con muchas posibilidades de llegar a viejos habiendo perdido una parte importante de lo que han ganado en su vida por errores propios, ausencia del don de la oportunidad, circunstancias del entorno o eso que vulgarmente se llama mala suerte y que muchas veces no es otra cosa que el regate que la vida les hace a los que tienen vitola de perdedores.

Sin perjuicio de ello, si hay una clase de especímenes especialmente maltratados por la sociedad, estos sin duda son los olvidadizos. El olvido es algo que no se perdona en la civilización occidental. Se castiga con dureza y desproporción. A uno sin duda le irá mucho mejor en su caminar si es un cabroncete que arroja las piedras a los demás que siendo uno de esos que olvidan donde están puestas y tropieza en ellas.

Por ejemplo, es mucho mejor para uno mismo ser un hijo puta al volante que un olvidadizo. El primero normalmente se libra de recibir sanción, castigo o reprimenda. Está claro que si un día la manga y desgracia a alguien o a sí mismo, las consecuencias serán mucho peores, pero mientras eso no suceda (y no sucede tan fácilmente, hay miles de pruebas de ello, yo conozco a auténticos profesionales de la delincuencia al volante que apenas han tenido un par de sustos en su vida), tiene las de ganar.

Como es lógico, no hay policías vigilando en cada esquina y además este tipo de personaje se las sabe todas y conoce perfectamente las zonas espacio-temporales en las que puede delinquir. Sé bien de lo que hablo, porque en algunos momentos muy puntuales de mi vida, me he comportado como un criminal a cuatro ruedas.

Yo me sentía mal, rematadamente mal pensando en los riesgos que había generado, porque tenía esa conciencia jodida. Ojalá hubiese tenido la laxitud de ese individuo dispuesto a saborear su final victorioso después de haber bebido en exceso, acelerado en rectas con semáforos siempre verdes para sus ojos daltónicos, saltado unos cuantos stop a y hecho zigzag por carriles estrechos.

Acabará triunfando sobre el asfalto, autoerigiéndose en rey de su jungla y admirando petulantemente su propia pericia sin importarle una mierda el coro de cláxones que le jalea a su paso, cual Nick Kyrgios destrozando raquetas y escuchando abucheos ante una grada repleta. “He infringido vuestras putas reglas, anormales, venid aquí a comerme el rabo” (léase también coño o cualquier otro elemento situado en las partes bajas).

Sin embargo, un desmemoriado paga cada olvido poco trascendente que comete en el uso de su vehículo. Pongamos el caso de que un día se le olvida pagar el cruel, injusto y aberrante importe del estacionamiento en zona limitada o restringida, ya sea azul, verde, naranjita o de otros colorines. Da igual que incurra en ese olvido una sola vez después de haber cumplido esa odiosa obligación cientos de días.

Basta con que vaya con prisas al trabajo o a cualquier otra cita, o bien reciba en ese momento una llamada urgente o tenga que responder a algún correo de su jefe madrileño que se está “cagando en Dios” porque los clientes le están presionando y todo es culpa de sus subordinados.

A una persona con tendencia a las lagunas mentales es muy probable que, después de acometer dicha tarea (que por otra parte puede haberse prolongado hasta el momento dramático de la visita del vigilante de la zona), se le pase por completo ir hasta el parquímetro o entrar en la aplicación de su móvil para efectuar el pago.

Entonces, el controlador del estacionamiento, ese tipo con un oficio que sólo tiene cabida en una sociedad como la nuestra, dado que su única función es causar efectos negativos, sin ningún tipo de piedad, comprensión o aplicación flexible de la norma, procederá a dar cuenta informatizada del olvido.

El resultado son 90 euros de sanción económica, aproximadamente el mismo montante económico que corresponde a un exceso de velocidad que sobrepase en menos de 20 kilómetros por hora el límite de velocidad permitido.

Hay otros muchos ejemplos de lo que se llama vida cívica o ciudadana y que en realidad es un caminar castrado, en los cuales el despiste se cincela con martillo sobre la jeta del empanado. Por ejemplo, si a uno se le va la pinza y no paga un impuesto determinado en la fecha de vencimiento, se le embargará tarde o temprano la cuenta corriente con los recargos preceptivos. Como el olvidadizo lo es para todo, igualmente puede darse el caso de que se le pase confirmar su borrador de saldo a su favor con la Administración Pública y ésta se quede con la devolución cual ave haciendo rapiña en un casino de fichas sobrantes.

Pero aquél únicamente cumplidor de la formalidad burocrática, ése que tiene como único mérito ser puntual pero conculcador de todas las demás obligaciones tributarias, sorteadas gracias a la pericia en ingeniería fiscal de la asesoría a la que paga una iguala carísima todos los meses, no tendrá ningún problema.

Será a los ojos del Fisco un ciudadano ejemplar, y si no lo es pero goza de un grandísimo patrimonio, ya sabemos que la filosofía Montoro no es muy kantiana y se inclina más por la doctrina Maquiavelo. Sin embargo, los seres que adolecen de lapsus mentales son presas fáciles para Hacienda. ¡Resultan tan útiles! Son una especie de ajuste positivo inesperado de los presupuestos.

También pueden beneficiar a las arcas públicas por otras vías. Por ejemplo, si están cobrando una prestación por desempleo, olvidándose de renovar su tarjeta de demanda de empleo, lo cual les acarreará una sanción desproporcionada respecto a su error. Dejarán de percibir un mes la mencionada ayuda y ayudarán al Estado a ahorrarse unos cuartos, que buena falta le hacen después de tanto atraco y desfalco.

La tragedia del distraído afecta también a sus expectativas profesionales. Esta clase de individuos nunca llegarán a ser funcionarios de carrera. Alguna pifia cometerán el día clave, la fecha señalada por el sistema de la criba en base a la memoria y no al mérito. No tiene nada que ver con el temario, pues su desmemoria no afecta a la retención de conocimientos, sino que se concentra en los trámites del día a día, las rutinas cotidianas.

Puede que se les olvide el DNI en casa o que no se hayan acordado de echar gasolina al coche y llegar a tiempo al lugar de marras en transporte público resulte inviable. Pueden ser muchas cosas, pero el desenlace no cambia. El cuerpo funcionarial perderá a algunos hombres y mujeres a los que su desastre arrojó al fango de la imposibilidad de presentarse al examen. Tal vez a sus mejores activos. Nunca lo sabremos.

Su drama excede incluso lo legal. Este tipo de seres están por definición inhabilitados para desempeñar una de las profesiones más de moda en el Estado Español, la de corrupto. Si algo resulta fundamental para llevar a cabo tal arduo oficio es precisamente la concentración y el mimo de los detalles. A estas personas algo se les pasará por el camino que dejará su rastro y su pista completamente diáfanas para los investigadores. También podrían olvidarse incluso de donde escondieron el dinero, si fue en el mundo físico, el virtual, el fantasmal o el presunto, este último el favorito de Rajoy.

Pero no hay que pensar sólo en la esfera pública. En la privada, a los olvidadizos les va aún peor. A los típicos descuidos que les llevarán durante toda su vida a extraviar objetos de diferente valor (los errores del desmemoriados son arbitrarios, no hacen distinción ni filtro en cuanto a la importancia económico), hay que unirles otros, que van desde no anotar la fecha y la hora de aquella entrevista de trabajo que parecía interesante, no rememorar la cita con una amistad que dejó de serlo o la fecha de cumpleaños de una pareja que por una vez tenía visos de durar.

Tengo que reclamar desde este cuartito virtual que tendría que darse mayor visibilidad a este tipo de tara. Que la ciudadanía y las instituciones en general deberían tomar conciencia y echar un cable a estos sujetos caóticos. Tal vez se tendría que debatir en el Congreso de los Diputados la posibilidad de conceder una pensión especial de carácter permanente que compense los daños y perjuicios que estas personas sufrirán a lo largo de sus perros días. El problema es que en el Congreso es precisamente donde más se olvida todo.

 

 

 

 

 

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La roña de Mr. Wonderful

En los tiempos que corren, odiar a algo o a alguien está más de moda que ser fan o apasionado. Ya no te digo nada dentro del terruño del Estado rojigüalda, donde es más popular el deporte de detestar que el fútbol. En el futuro de Hispania XXII, si es que llegamos, será más practicado aborrecer algo que jugar a la petanca digital en los ratos en los que no se tenga que trabajar para complementar la pensión de supervivencia del Estado.

Dicho lo cual, que quede claro que yo no soy hater respecto a nada. Ni siquiera hacia Montoro, y eso que encontraría más consenso que opinando favorablemente sobre los pechos de Blanca Suárez o los pectorales de Hugh Jackman.

Pero reconozco que lo de Mr. Wonderful me supera y siento hacia su filosofía un asco consistente sin necesidad de introducirme las falanges en las faringes.

La vida imaginada por esta corriente de mensajes siempre positivos ante cualquier adversidad no sólo es simplista o vacía de cualquier reflexión. Lo más peligroso es que este proyecto, que nació como una campaña de diseño gráfico ideada en tierra ibérica (concretamente por Ángela y Javi, una pareja de Barcelona a la que hay que reconocer el tremendo mérito a nivel de marketing y difusión), supone dar un lavado de cara sin cambiar la esencia a aquellos valores ochenteros y noventeros que nos metieron en la chola a través de la educación y que ahora inundan la sociedad por medio del entretenimiento. Ver para creer.

Aquella frase de “si te lo propones, puedes conseguirlo todo” se ve levemente modificada por “lo único imposible es aquello que no intentas” o “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Esto es una falacia del tamaño del falo de un senegalés de dos metros. Mucha gente sueña miles de cosas durante toda su vida, se empeña en lograrlas, lucha lo indecible, mantiene una buena actitud y sin embargo no consigue su objetivo, ni siquiera teniendo talento.

Porque la mayor parte de las cosas que queremos en la vida no dependen únicamente de nosotros. Es más, ni la mitad de ese éxito o fracaso depende de uno mismo. Existe una sociedad, principalmente censora, hermética y cerrada, una ley restrictiva, unos parámetros establecidos e incontrolables, y un sistema de recompensas y castigos que nada tiene que ver con el de inspiración cristiana que nos venden.

Nos creemos que hemos evolucionado mucho, que la globalización, el desmonte de la fe en lo intangible, la tecnología, la guerra contra el tabaco y la defensa de los animalicos nos han hecho sabios, racionales y juiciosos. Pero no es así, de hecho pienso que en muchos aspectos hay una clara involución. Cada día hay más límites, prohibiciones y cortapisas. Muchas de ellas invisibles. Algunas sofisticadas, encubiertas. Otras más burdas que nunca. Hay más puertas abiertas que antes, pero en contrapartida las cerradas que aparecen se multiplican por dos.

Por eso, ni mucho menos basta con intentarlo o con perseverar. No es suficiente con ser currante y bueno en lo que haces. Es puro optimismo de ocasión que no tiene los pies en el suelo y fuente de creación de una sociedad de frustrados, de personas que no saben gestionar la decepción. Eso es lo que se consigue con la proliferación de esos mensajes.

Yo propongo otro, que es “intenta todo lo que esté en tu mano y acepta lo que no dependa de ti”. Esa es una filosofía realista. Pero claro, no resulta tan aparente ni resultón. Es como comparar al pibón de la discoteca que baila Despacito moviendo las caderas con su amiga discreta que no sonríe y bebe su copa con seriedad porque piensa que la canción es un excremento sonoro y que la apetecería estar cantando un tema de los Suaves con letra deprimente de mujeres envejecidas, seres solitarios y vidas perdidas.

Por desgracia, esas realidades jodidas a las que alude Yosi en sus canciones son más reales que las vidas perfectas. Porque los tiempos son malos, malísimos, como dice otro de los mantras ñoños de Mr. Wonderful. Y por mucho que a renglón seguido se añada que “la pasión, el trabajo y las buenas ideas triunfan, aquí, ahora y en la China”, lo cierto es que uno puede estar lleno de creatividad, de ganas y de capacidad, pero si está en un entorno complicado o en situación de precariedad económica, la pasión y su mente preclara tienen tanto valor para el mundo que le rodea como un libro de bolsillo de Corín Tellado.

Parece como si hubiera una especie de incitación encubierta al autoempleo, como si detrás del credo wonderfula estuviera el gobierno de España, que anima a todos a tener iniciativa empresarial para que bajen las cifras del paro y se rellene el socavón de la Seguridad Social.

Sin embargo, alguien debería decirles a los chicos que se creen esas patrañas que no todos valen para ser sus propios jefes ni para tener un negocio, que tampoco hay nicho de mercado para todos, por muy maravillosas, “te lo juro por Snoopy”, que sean sus ideas, y que incluso habiéndolo puede haber factores ajenos a ti que te hagan acabar en la lona como si el mismísimo Mayweather te hubiera soltado un gancho de derecho.

Y no, tú no puedes con todo, por mucho que los de la campaña del Señor Maravilloso te diga que es así. Hay veces que estás jodido, muy jodido, y necesitas apoyo. De los demás, de la sociedad, de las instituciones. Y no lo encuentras. Y te puedes hundir. Porque hay mucha gente que se hunde y otra que tira para adelante y no. Y los que tocan fondo no son peores por no poder con todo. Son humanos, débiles, vulnerables. Y no tienen por qué avergonzarse de ello. Simplemente necesitan ayuda. De los que les quieren o de gente profesional. Y no pasa nada porque no puedan con todo. De hecho, nadie puede con todo. Nadie.

Aunque por supuesto, los wonderfuleros también tienen un antídoto mágico. Te animan a cambiar tu forma de ver las cosas, porque de ese modo, las cosas cambiarán. Más o menos te invitan a mirar la realidad con unas gafas 3D o de realidad virtual. O quién sabe, tal vez sea un mensaje subrepticio para fomentar el consumo de cristal.

Este portento recetado por los “tú siempre positivo, nunca negativo” a lo mejor les vendría muy bien a las personas violadas o que sufren palizas continuas por parte de sus parejas. Quizá les serviría para no ver los moratones o los desgarros vaginales o anales. Qué extraño que ninguna de ellas lo haya usado aún, deben ser gilipollas perdidas y no saber que existe el milagro wonderful, más efectivo para rellenar las carencias que los sujetadores wonderbra.

Y si aun así las cosas siguen más chungas que los de la banda del Kung Fu, Mr. Wonderful también tiene la respuesta. Llegamos al culmen, al sumun de la memez de “todo es maravilloso y todo tiene solución, o sea”. “Si la vida te da la espalda, tócale el culo”. Vaya, pues yo el otro día lo hice y me soltó una hostia que me dejó la cara girando como si fuera un spinner. Debió ser que ese día se había hecho caca encima y estaba incómoda.

Lo más grave no es que este tipo de consignas las lleven supuestos adultos y que se las crean a pies juntillas, incluso hasta el punto de reprocharte que no los apliques tú, acusándote de estar afectando a sus putos chacras con tu energía negativa. Lo más peligroso es la cantidad de niños y adolescentes que tienen por padre espiritual al tal Señor Wonderful. Habría que denunciarle por acoso de menores, pues está presente en sus agendas, cuadernos y estuches. A todas horas ven esas paridas y crecen pensando que así es la vida, de colorines y tan fácil de voltear como una botella de agua en un bottle flip challenge.

Al final, esta absurdez infantiloide es el reflejo de la sociedad que estamos construyendo. Hasta tal punto lo estamos banalizando todo que corremos el riesgo de que las nuevas generaciones sean incapaces de enfrentarse a los problemas, que sean eunucos emocionales. Que no maduren porque crean que la realidad se compone siempre de “cosas no aburridas para ser la mar de feliz”. Un ideal tan ridículo como falso. Hay multitud de aspectos en la vida de una persona que forman parte de la rutina y del “aburrimiento”, y esa felicidad que venden es de trapo, está vestida de era 3.0. pero en el fondo es chusca, de mercadillo.

Es como si la crisis brutal que ni se ha ido ni se irá nos hubiera dejado una especie de resaca esquizofrénica. Nos refugiamos en un bienestar anímico impostado y falso, como si fuera una nueva religión, para compensar lo jodidos que estamos. No queremos mirar a la realidad y permitimos que nos embauquen con chorradas de autoayuda barata en forma de eslóganes prefabricados.

Lo más lamentable es que esto ni siquiera les garantiza a los que pertenecen a la secta wonderfulanos que su espíritu vaya a estar arriba durante mucho tiempo, como una de esas viejas canciones de dance progresivo que se agotaban después del subidón. Y es que las personas que más creen en Mr. Wonderful son las más frágiles y las más cambiantes en su humor cuando reciben reveses. A poco que rascas en el Señor Maravilloso, sale roña. Es un pensamiento sucio, viciado y pestilente.

Deberíamos importar otro tipo de principios para nuestras vidas. Por ejemplo, el ser racionales, juiciosos y equilibrados. Saber cuándo tener los pies en la tierra, cuándo hay que levantarlos y cuándo hay que aterrizar lo más dignamente posible. Eso es la sabiduría y el optimismo moderado y real. Pero implica un mayor esfuerzo que decirle a la gente que le dé palmaditas en los glúteos a la vida.

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Sanidad Insana

Es un tema del que apenas se habla, aunque desconozco la razón. No sé si es que no les interesa a ninguna de las partes implicadas (siempre hay una a la que no le interesa, en cualquier ámbito), incluidos los medios de comunicación y los ciudadanos, o es que se ha llegado a una situación de resignación tan enfermiza como el estado de la propia Sanidad Pública.

Por una parte, tenemos los males endémicos, como el tratamiento de la salud mental (prácticamente inexistente y despreciado sistemáticamente por todos los gestores, estatales o autonómicos) o las listas de espera, vergonzantes y que han crecido en los últimos años a causa de los recortes (o ajustes, como los llaman los políticos con bisturí). Listas de espera que se refieren tanto a operaciones de entidad como sobre todo a consultas externas, pero que también afectan cada vez más a las propias visitas al médico de atención primaria.

En cuanto a esto último, hace años era casi impensable que te dieran cita a más de dos días vista. Ahora, están dando en muchos casos para la semana siguiente.

Si tienes una gripe, te aguantas. Si tienes un virus estomacal, a tirar de los remedios de la abuela. Si arrastras un catarro mal curado desde el invierno, vete a la Parafarmacia. Tal vez es lo que deberíamos hacer todos. Usar hierbas, ungüentos y sistemas naturales. Probablemente nos iría mejor. Olvidarnos de matasanos, químicos y mierdas de laboratorio. Pero se supone que los profesionales sanitarios saben más. Se supone.

Lo de los análisis de sangre se ha convertido en un auténtico cachondeo. Conozco casos en los que se ha convocado a la persona quince días después de solicitarlos. Debe ser para que dé tiempo de sobra a que se limpie el alcohol y los niveles de triglicéridos no se disparen.

Lo peor no obstante se refiere a lo relativo a las consultas de especialidades. Las demoras pueden ser de hasta seis, siete u ocho meses, y los noventa días son casi tan reglamentarios como los noventa minutos de un partido de fútbol. Esto, que ya de por sí debería ser inadmisible fuera cual fuera el problema de salud de la persona, se hace todavía más insoportable cuando hablamos de temas de Medicina Interna, Cardiología u Oncología.

Todo esto puede provocar un retraso diagnóstico evidente que sin embargo jamás va a reconocer la Sanidad Pública de ninguna comunidad. Dado que el problema de las listas de espera es consustancial al sistema de salud y por tanto es un fallo ajeno a la actuación de los profesionales sanitarios, ni el servicio de inspección de la propia Administración ni por supuesto los responsables políticos admitirán jamás su responsabilidad. Vete a los tribunales si te queda dinero y si sigues vivo. Y si no, tu familia, que probablemente haya perdido también la salud física, mental o ambas durante el proceso.

Por si esto fuera poco, he notado de un tiempo a esta parte que el problema se ha vuelto aún más profundo y enraizado. En muchos lugares y aunque siguen dando guerra, ha descendido la fuerza de las mareas blancas, valientes y poco apoyadas por el resto de la sociedad, en las que el personal de la Sanidad Pública reclama una mejora de sus propias condiciones y de las del sistema. Hace no tanto tiempo su poder, basado en la rotunda justicia de la protesta que abanderan, copaba titulares y gastaba mucha saliva en conversaciones de bar.

Hoy en día incluso a los sanitarios se les ve cansados, tal vez decepcionados por la escasa o nula respuesta que sus reivindicaciones contra los recortes en medios y recursos humanos han traído consigo. Tal vez hastiados de que una gran parte de la ciudadanía se conforme con lo que hay y siga votando masivamente a los mismos partidos (especialmente a uno) que hicieron la vista gorda con los corruptos que saqueaban el país mientras por el rabillo del ojo miraban con complacencia como el pueblo sufría sus tijeretazos o sus delirios obsesivos de grandeza.

Ellos, los y las que tienen encomendada la misión de sanarnos o de organizar nuestra sanación, también sufren de algún tipo de enfermedad, posiblemente la de la frustración, que tiene mala cura.

Eso provoca que se den cada vez más situaciones de duplicidad de citas que provoca que haya que perder una de las dos, atascos incomprensibles de personas convocadas a la misma hora que pierden toda la mañana esperando como si se estuviera en la cola aguardando a la apertura de puertas de un concierto de rock, atenciones que se eternizan innecesariamente o médicos legañosos que se toman descansos en mitad del tráfico de demandantes de salud porque no pueden más con su alma o simplemente están hasta las pelotas.

Ahora, parece que tanto empleados sanitarios como los propios usuarios nos hemos vuelto más que pacientes, nunca mejor dicho. Nos hemos convertido en dóciles y estoicos sufridores que toleran el intolerable estado de las cosas.

Ocurre en muchos más ámbitos del Estado español, pero aunque suene políticamente incorrecto, si nos dan a elegir, todos preferimos tener contentos a una doctora, un enfermero, unos auxiliares administrativos o a un grupo de celadores antes que a un barrendero, por muy importante que sea el trabajo de este último. Sin embargo, consentimos que nos diagnostiquen y asistan cabreados y que no les falten razones para ello.

Esta crisis sanitaria constituye uno de los mayores lastres que arrastra este país, sumándose a un fardo que lleva mucho tiempo amenazando con hacer que el español medio hinque definitivamente rodilla en tierra.

Pero se confía en que sigamos resistiendo. A fin de cuentas, lo hemos hecho con cosas de mayor magnitud mediática. No obstante, ésta toca a algo tan sensible, como es nuestra salud básica y primaria, que tal vez no seamos tan fuertes. Ni estemos tan sanos.

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Cuidado, ya está aquí la Tercera Guerra Mundial (II)

Escribí la primera parte de esta entrada hace casi un año. Las circunstancias geopolíticas actuales me han llevado a elaborar una segunda parte, que tal vez no sea la última. Como ya sabéis, el título está sacado de una canción de Joaquín Sabina, concretamente de uno de los cortes de mi álbum preferido del cantautor de Úbeda, Ruleta Rusa.

Como si el mundo mismo hubiera cogido un revólver y hubiese cargado el tambor con cinco balas, avanzamos hoy, casi treinta y cinco años después del aviso sabinero, disparándonos a la sien cada poco tiempo. Debe ser que tenemos mucha potra o bien que el arma es uno de esos trabucos decimonónicos del abuelo de Mortadelo que de vez en cuando aparecen en las historietas de Ibáñez y siempre se atascan, hasta que lo coge Filemón y le explota en las narices.

En algún momento, nosotros, la civilización humana, nos transformaremos en Filemón y la pistola se detonará en nuestras pituitarias. La suerte se irá a follar con su lesbiana favorita, la muerte, y las dos practicarán la tijera en rima perfecta, se harán un dedo en símbolo de peineta hacia los homínidos y estallarán en gemidos, haciéndonos volar por los aires, ante las incrédulas miradas lujuriosas de los moralistas de salón.

Puede que el momento esté cerca. Hay que pensar que la nación más influyente del planeta está gobernada por un ególatra sensacionalista con complejo de general del Vietnam a quien le gusta hacer carantoñas en forma de despliegue de tropas a un desequilibrado mental probablemente adicto a los mangas apocalípticos que hace ensayos nucleares para entretenerse y cuyo arsenal destructivo dejaría en ridículo al de la organización Hydra.

Kim Jong-un amenaza porque Donald Trump amenaza, pero este se justifica en que el otro representa de por sí una mayor amenaza y los dos amenazan con dejar de amenazarse. Es como en la letra de Sabina. Los azules culpan a los negros, los verdes a los amarillos, los rojos gritan “¡me defiendo!”, los verdes dicen “¡yo no he sido!

En lo de Kim, poca culpa tiene el pueblo norcoreano, sojuzgado por los delirios de su dinastía desde hace setenta y cinco años por una mezcla de culpas entre Estados Unidos, China y la antigua Unión Soviética, pero Trump está ahí puesto por una de las democracias más consolidadas de Occidente.

Por otra parte, y aunque sea mediantes métodos corruptos y con sospecha de pucherazo, el caso es que en otra de las grandes potencias mundiales manda un exespía de la KGB a quien no le temblaría el pulso si tuviera que ordenar un ataque químico contra una población, como hace su amigo Bashar al-Assad, actor muy protagonista de uno de los peores conflictos de la historia de Oriente Medio.

Confrontación causante de la huida masiva de personas fuera de su tierra, los cuales van a recalar por interés de la fracasada y pusilánime Unión Europea a un país que es antesala del umbral de entrada al viejo continente. Una nación donde acaba de adquirir superpoderes un tipo como Erdogan, que ejerce su tiranía de buena apariencia para Occidente por decisión popular (adulterada o no) y que se dedica a permitir la violación de los derechos humanos de esos mismos refugiados que envejecerán, madurarán o crecerán odiando al resto del mundo, al que declararán la Cuarta Guerra Mundial, si es que aún queda algún imbécil por aquí.

La Quinta nos la declararán los africanos del África Negra cuando algún día adquieran conciencia colectiva y se den cuenta de que llevan años muriéndose de hambre porque les hemos explotado hasta la saciedad.

Sólo falta Marie Le Pen para unirse a la fiesta y completar el salón de gala lleno de dementes, irresponsables, intolerantes, racistas y déspotas llenos de odio y rencor, pero no exentos de agudeza y don de la oportunidad. Y esto, lo de Le Pen, es cuestión de tiempo. Ocurrirá tarde o temprano, en estas elecciones o en las próximas, no tiene marcha atrás. De nada vale tirarse de los pelos porque ya es tarde. Lo único que se puede hacer es tratar de frenarles a ella y al resto, no desde la política, sino desde la sociedad.

Y es que no por la irresponsabilidad de todos estos politicastros –líderes y lideresas de la estulticia– y la incompetencia manifiesta de los demás, deberíamos ser irresponsables nosotros. El ciudadano medio no tiene la responsabilidad absoluta en lo que está ocurriendo en el Globo, eso es evidente, pero sí que la tiene en el sentido de que se ha consentido por pasotismo, egoísmo, capitalismo o cualquier otro ismo nocivo, que hay muchos, que la sociedad lentamente fuera dominada por su facción más radical, violenta y forofa.

Ese tipo de sujetos y sujetas que siempre deciden las cosas, actúan y en general guían su vida externa por el fanatismo emocional, el apasionamiento exacerbado y la ausencia de toda reflexión consciente nos han ganado la partida o (si se quiere conservar algo de esperanza) nos la están ganando.

Esos que confunden querer a algo o alguien con defenderlo a muerte, aquellos que siempre identifican su indignación con la culpa externa o que las relacionan en causa-efecto infalible, nos han comido la tostada a los que nos consideramos normales, moderados, no excluyentes y amantes del bien común. Como si la normalidad en este mundo fuera “lo normal”. Somos ingenuos y pecamos de prepotencia moral.

También somos culpables de que ya esté aquí la Tercera Guerra Mundial. No hemos sabido convencer a los otros de que el camino del ataque porque me han atacado o por si me atacan es una mierda con onda expansiva. Que se trata del alimento con el que recargan pilas los drones y artefactos autotripulados que se accionan a la orden de los trumposos de turno.

No hemos sabido transmitir que esos seres mediáticos investidos de poder son únicamente la mecha que hace volar el kiosko social, hecho de un material explosivo ya de por sí altamente inestable. No son más que el carburante necesario para que el parado que pernocta en la barra del bar se líe a hostias con el hincha del equipo contrario o con el árbitro del partido en el que juega su hijo, o para que una mujer llame a grito pelado zorra y trepa a su joven y embarazada futura hija política por la calle.

Hemos perdido la batalla que nos costará una guerra. La de la cultura y la educación, en manos de incompetentes y en parte ejecutada por una minoría de padres ignorantes y profesores desidiosos, maltratados por el sistema y/o cabreados con el gallinero.

Nos han derrotado los mismos que votan a Le Pen en Francia o a otros que aún quedan por llegar a la recepción donde los políticos como Putin y Trump estrechan sus manos y acuerdan cómo van a hacernos volar por los aires en la Tercera Guerra Mundial.

 

 

 

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Desde entonces, ya Castilla…

El sol vespertino refulgía sobre el asfalto impecablemente pavimentado de la A-6 e iba perdiendo fuerza a medida que avanzábamos, dando paso a un crepúsculo que se presentó casi sin avisar cuando nos hallábamos cerca de los túneles del Guadarrama. Decidí realizar la última parada del viaje en el área de servicio de Villacastín.

Me hallaba tremendamente cansado, pero no quería reconocerlo. Había aguantado hasta allí y casi por cabezonería debía hacerlo hasta el final. Mi primo David ya parecía despierto definitivamente, pero no pensaba dejarle el timón de una expedición que yo había capitaneado desde el principio. Eso habría supuesto dejarle la gloria del momento final a él después de que yo me hubiese comido lo más tortuoso. Ni hablar.

Así que después de un refrigerio rápido, durante el que se palpó claramente en el ambiente como mi amigo Devassy y yo nos esforzábamos por que no se nos notara la fatiga acumulada tratando de hablar animadamente de cualquier cosa, iniciamos la última etapa de aquella irrepetible aventura cuando quedaba apenas una hora para que oscureciera.

Accioné por última vez el contacto del Safrane, y después de varios kilómetros, tomé la desviación de la N-601. Yo era más partidario de seguir por la autovía, máxime teniendo en cuenta la cantidad de kilómetros que llevaba sobre el cuerpo y la mente, pero una especie de arrebato sentimental me incitó a pasar por esa vía que atravesaba varios pueblos de mi adorada Castilla, la mayoría dentro de la provincia vallisoletana.

Necesitaba enseñarle mi querida tierra a nuestros compañeros indios. Aquella carretera, que imaginé muy poco concurrida a esas horas del domingo, resultaba idónea para tal fin.

El ocaso generaba una franja rosácea que se extendía en el horizonte mezclada con un grupo de alargadas y delgadas figuras nubosas, cuyo conjunto se asemejaba a un ejército celeste del pasado que vigilaba desde los remotos parajes del tiempo.

La mortecina claridad postrera del día invernal dejaba sobre los campos, todavía sin sembrar, una tonalidad preciosamente agónica, ligeramente azulada, que poco a poco iba siendo invadida por la penumbra. Sobre algunos puntos, se generaban ocasionalmente espacios cristalinos, procedentes de los últimos rayos de un sol agonizante.

Había pasado por allí mil veces, pero bien fuera porque la presencia de los dos hindúes hacía que me sintiera especialmente henchido de orgullo hacia mi tierra o porque de alguna extraña forma sentía que podía perderla en cualquier momento, noté como me atravesaban súbitos e incontrolables escalofríos de emoción que estuvieron a punto de provocarme un inesperado llanto de extraña melancolía dichosa.

—Bienvenidos a la verdadera Castilla —anuncié conmovido.

—Nuestra región, Kerala, un poco como así —señaló Devassy.

—Sí, es poquito parecida —coincidió Vainavi.

Elegí de la lista de reproducción de mi móvil un tema que llevaba muchos minutos deseando escuchar. El Canto de Esperanza, del Nuevo Mester de Juglaría, basado en el poema del berciano Luis López Álvarez, el himno no oficial de Castilla y León y una de las canciones con más carga emocional para mí.

Mantenía desde hacía muchos años el ritual de ponerla a todo volumen en las mañanas festivas del Día de Villalar y cantarla a todo pulmón. Mi madre, de quien me venía gran parte de ese sentimiento identitario con la región y sus tradiciones —si bien se trataba de una característica también muy extendida en mi familia paterna, desde mi abuelo hasta mi tía Mati—, solía unirse a mí y ambos reíamos mientras entonábamos esa verdad tan cierta, triste y nostálgica: ‹‹Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar››.

En aquel lejano atardecer de domingo, allá por 2007, cuando tantas cosas estaban comenzando a cambiar en mi personalidad y en mi mundo, podía atisbar casi de puntillas que algún día mantendría esa vieja tradición lejos de mi Castilla.

Era capaz de intuirlo discretamente, de respirar brevemente un aroma a fuerte añoranza, pese a que todavía no había abandonado mi país. Lo empezaba a percibir en un contexto curioso, cuando era precisamente yo quien llevaba a unos extranjeros hacia su nueva vida, a miles de kilómetros de sus raíces…

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Mi primo Pedro sufría una evidente enajenación mental transitoria, para cuya fecundación habían copulado diversos licores de distinta graduación y un palpable desasosiego.

Calibré que en esa desazón voraz, en aquella congoja desmedida, influían muchas cosas: la vergüenza por haber sido pillado con las manos en la masa —desconocía si había sido en la compacta de las tetas o en la levadura informe de la vagina, pero obviamente daba lo mismo—; el sentimiento de pérdida y la llanura de soledad que se extendía ante él, hasta entonces salpicada por alguna que otra choza aislada —ahora Chipre debía de asemejarse peligrosamente a una isla desierta para mi primo.

Tan importante o más que los anteriores factores, estaban la añoranza hacia el hogar, después de muchos meses separado de él, y el miedo respecto al futuro, que en su caso se debatía entre la necesidad de alejarse cada vez más de su tierra y el llamamiento interno de una estabilidad que veía imposible.

Y entre todo ello, como algo transversal, al igual que me pasaba a mí, el efecto de todas las cosas que nos habían ocurrido en los últimos años.

—¿Sabes que día es hoy, David? —inquirió de pronto, aparcando su acceso de locura, con un acento nostálgico que me desgarró sin esperarlo.

Llevábamos casi un minuto sin hablar. A través de las ondas, sólo habían circulado sus murmullos casi gimientes, mi impresionante quietud doliente y la aflicción de una ciudad, la nuestra de siempre, que observaba cómo la lejanía que nos separaba la hería de muerte.

—Hoy no sé. Mañana es Villalar.

—Ya es 23 de abril. Son las cuatro y pico de la madrugada.

—No sabemos a qué hora se produjeron los ajusticiamientos de los comuneros.

—Yo sí. En realidad, les decapitaron en la madrugada del 24. Lo que se conmemora el 23 es su derrota y apresamiento. ¿No te parece muy apropiado para esta tierra nuestra? La celebración de un fracaso sonado, la onomástica de una condena injusta. El recuerdo del fiasco de una revolución, de la muerte de unos ideales. La evocación del sufrimiento que llevamos encima en Castilla desde hace siglos.

Soltó todo aquello de una manera que no me recordó a Pedro. Inflexionando las palabras con una calma lánguida, un laconismo relajado, dejando que fluyera la emoción de forma sosegada, como si se estuviera derritiendo de pena, saboreando su propia melancolía.

Yo nunca había tenido ese sentimiento de pertenencia hacia nuestra región, aunque profesase cariño por ella. Siempre había opinado que en realidad uno consolidaba su querencia hacia el lugar donde encontraba su bienestar, no en el que hubiese nacido.

En mi caso, eso no se había producido aún, ni siquiera en Valladolid, aunque había una indudable mochila de memorias felices que retrotraían a la infancia, siempre radicada en determinados lugares, y un contagio afectivo procedente de mis familiares, la mayoría de ellos muy arraigados a la vieja, yerma y castigada Castilla.

—Va a ser la primera vez que no paso ese día al lado de mi madre. El primer Villalar en el que no me levantaré por la mañana escuchándole tararear el Canto de Esperanza mientras la canción suena de fondo en la radio.

Le percibía tan conmovido que preferí no añadir nada. Me limité simplemente a escuchar como desplegaba todo su arrebato emocional con el mayor de los respetos. También yo me sentí algo sobrecogido. Me noté bastante conectado con él, unido por un espíritu común que se había filtrado como por sorpresa entre los poros de mi alma.

—No puede haber canción más exacta para definirnos a los castellanos y, en general, a los españoles. Siempre castigados por la justicia que supuestamente nos debería proteger, bajo el yugo de dictadores o de tipos que hacen sus funciones como regentes falaces, incluso ahora en democracia. Y sin embargo, sólo aquella vez nos rebelamos y perdimos. Para colmo, ni siquiera lo hizo el pueblo llano por sí mismo, sino que tuvieron que encender la llama los burgueses. Y desde entonces, ya Castilla no se ha vuelto a levantar. Ni España.

Se detuvo unos segundos. Se le percibía preso de una tremenda agitación emocional.

—Ahora sustituimos la protesta por la huida —continuó—. Yo mismo estoy aquí, fuera, haciéndome un camino que en el fondo me satisface mucho pero que también me genera una cierta desesperación, porque me doy cuenta de que, por muy bien que me encuentre viajando a mi bola, independiente, sin nada que me ate, allá donde vaya siempre me faltara ese lazo, esa raigambre que tengo allí, pero al mismo tiempo, cuanto más tiempo pase, más se irá debilitando. Tengo miedo de convertirme en un nómada sin pertenencia a ningún lugar, David. De no encontrar jamás mi sitio. No me malinterpretes, no es que haya cambiado de opinión con respecto a lo que te dije hace unos meses. Sigo queriendo explorar, conocer mundo, es lo que el cuerpo me pide y estoy convencido de ello… Pero por otra parte, siento esta zozobra, este temor a la incertidumbre y a la inestabilidad.

—Estás exagerando un poco —atajé para mitigar el peso trágico de su discurso—. Cuando vuelvas, aquí seguirán estando tu familia, tus amigos y tus cosas de siempre. Y así será siempre que regreses.

—¿Tú crees? —puso una nota de escepticismo—. Puede ser, pero el problema entonces quizá esté en mí, tal vez me sienta raro y ya no me adapte. Quién sabe si no acabaré siendo un extraño en mi propio país.

En ese instante, me di cuenta de lo duro que tenía que ser para Pedro sentir esa dicotomía que le dividía entre el apego por las raíces y el deseo de escaparse de ellas. Pensé en todos aquellos castellanos que, en mayor o menor medida que mi primo, sentían aquella demoledora pesadumbre, y pude adquirir una cierta empatía respecto a todos ellos.

Especialmente pensé en los que no se habían ido por gusto, sino que habían sido poco menos que expulsados por la escasez de opciones y la depresión generalizada, ante la indiferencia de nuestros gobernantes y la desidia de nuestra sociedad, que veía como se le abrían boquetes cada vez más grandes, sin que fuera capaz de reaccionar.

Podía parecer que sólo se trataba de una estúpida fecha que a alguien se le había ocurrido fijar en el calendario para reivindicar una identidad regionalista que en realidad jamás existiría, pero en el fondo se trataba de algo más.

Era la apelación a un sentimiento que otro Maldito Abril, como rezaba la canción de La Fuga, casi quinientos años después, seguía estremeciendo, y en parte penalizando, a los castellanos y a aquellos leoneses que se notaran partícipes de esa herencia emocional colectiva.

La falta de ímpetu y de conciencia común para decir basta a aquella situación de maltrato histórico, de discriminaciones acumuladas en el saco de la desigualdad, de desprecio por parte de la clase dirigente, de exilios forzosos por acción u omisión.

La frustración de que, desde entonces, Castilla no se haya vuelto a levantar…

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La presidenta que pudo tener España

Siempre me ha resultado curioso observar las reacciones de España cuando alguien de relevancia pública estira la pata. Si en vida fue más o menos querido por el pueblo, o al menos no un enemigo, la gente se suele deshacer en parabienes. Incluso si el susodicho o la susodicha arrastran tras de sí un legado controvertido y han estado en el ojo del huracán, las palabras son mesuradas, se atenúan las críticas, el personaje en cuestión merece más alabanzas que reproches por su labor anterior y, por supuesto, en lo que se refiere a su valía personal, “fue un buen hombre o una buena mujer” o “sacrificó mucho por el país” o “fue un referente” o “dejará huella para los que vengan”.

Hay dos casos recientes, uno de ellos recientísimo y ambos de mujeres, que representan ese gran contraste en cuanto a las consideraciones que la nación y sus mandatarios guardaban hacia ellas. Rita Barberá sería un buen ejemplo del segundo grupo, si bien la polémica en torno a sus actos estaba tan viva en el momento de su fallecimiento que ni siquiera desde algunos sectores se respetó ese beatismo tan español para con los finados y se puso el acento en su controvertida moral política aun estando de cuerpo presente. No obstante, sin duda mucho menos de lo que la objetividad de sus acciones merecía.

En el caso contrario, estaría Carme Chacón, ex ministra socialista de Defensa, que murió hace una semana. La catalana era en general una política de consenso y ha recibido todo tipo de mensajes positivos tras su muerte, destacando en casi todos ellos su figura política y personal, opiniones favorables que ella habría deseado escuchar en vida con más asiduidad pero que se extienden ahora sobre su féretro.

Carme Chacón en un mitin del PSC. (Imagen: El País).

Estoy seguro que muchos de los que ahora la ponderan la despellejaron en vida muchas veces o directamente la ningunearon, que no sé qué es peor. Leyendo y escuchando, pareciera que hubiese sido la mejor ministra de defensa de la historia, pero ya se sabe cómo somos por estos lares. En su momento, tal vez incluso se dirá lo mismo de María Dolores de Cospedal. Que fue una gran ministra, buena secretaria general, excelente política y mejor persona. En diferido, claro está.

Pero en directo las cosas son muy distintas. Confieso que no recuerdo apenas nada de la labor que Carme Chacón llevó a cabo como titular de defensa. No tengo una opinión, ni formada ni deformada, sobre si fue una mala o buena ministra. Reviso ahora su trayectoria en dicho desempeño y compruebo que su equipo fue quien lidió con el tema de los piratas contra pesqueros españoles en aguas somalíes y que durante su mandato se puso fin a la misión española en Kosovo (decisión bastante criticada desde algunos sectores) y se terminó el escudo antimisiles de la OTAN en la base de Rota.

Sin embargo, sí tengo buena memoria para recordar comentarios de la ciudadanía o reseñas aparecidas en medios de comunicación, algunos bastante despreciativos, respecto a su trabajo. Me acuerdo que se desató una corriente machista entre los profesionales del ejército por el hecho de que la máxima responsable del ministerio fuera una fémina y además catalana, algo incompatible con la supuesta españolidad que debía revestir la persona que ocupara tal plaza, y para colmo de “despropósitos” embrazada.

Recuerdo que decían que no tenía mucha idea ni hechuras para el cargo, que debilitaba y perjudicaba la imagen de España de cara al resto de las potencias militares desplazadas en Afganistán (pues Zapatero no retiró las tropas españolas de allí, a diferencia de lo que hiciera en Irak). También se dirían algunas cosas buenas, supongo, pero rememoro con mucha mayor claridad las malas, porque prevalecían sobre aquéllas.

Carme Chacón, junto a miembros de las tropas españolas desplazadas a Afganistan. (Imagen: Libertad Digital).

Me sorprende leer que después se convirtió en la ministra más valorada de ZP en las encuestas. Manda huevos mi frágil retentiva que ni siquiera me acordaba de que antes de pasar revista a las tropas españolas fue Ministra de Vivienda, la misma que impulsó la famosa medida de los 210 euros de ayuda al alquiler para los menores de 30 años que quisieran emanciparse. Será que por aquel entonces aquello ni me iba ni me venía. Ahora tampoco, pero por otras razones bien distintas. Maldito don de la oportunidad a la inversa.

Pero por otro lado hay muchas cosas acerca de Carme Chacón que sí tengo en la mollera. Se trata más bien de una huella que esta política catalana me dejó en forma de sensaciones sobre su persona y, como habría dicho ZP, su talante.

Siempre me pareció una mujer de formas exquisitas, una de esas personas que no abundan en la política. Mesurada pero al mismo tiempo firme en sus ideas, educada pero no por ello resignada, dura cuando tenía que serlo y dulce cuando la ocasión lo requería, feminista con inteligencia y sin estridencias, catalanista pero al mismo tiempo defensora del entendimiento, de la unidad y de los mínimos comunes, de izquierdas pero sin extremismos. En otras palabras, era una socialista, al igual que en algún momento lo fue Zapatero antes de que se vendiera, acorralado por la crisis y su propia necedad, al neoliberalismo.

No es que yo coincidiera plenamente con sus ideas, porque sólo me identifico parcialmente con el socialismo (me refiero al socialismo puro, no al derivado amorfo, pastoso y de apariencia repugnante que representan muchos dirigentes socialistas en la actualidad) pero sí que considero que sus características personales hacían que Carme Chacón fuera una de las mejores alternativas, si no la mejor, para el liderazgo del partido del puño y la rosa.

Cuando perdió su pulso con Rubalcaba por la secretaría general de la formación en 2012, recuerdo que me entristecí. Me pareció un error histórico y casi mortal para el PSOE, posiblemente el principio de todos sus males posteriores o la continuación y agravamiento de los que ya tenía. La tumba del partido más antiguo de España, que ahora pega tal vez sus últimos estertores en una lucha entre espectros de los cuales tal vez el más gracioso y simpático, puede que hasta esperpéntico, en parte por ese carácter de mártir que tanto nos mola a los españoles, sea Pedro Sánchez.

Carme Chacón junto a Alfredo Pérez Rubalcaba. (Imagen: El Mundo).

No tengo ni idea de qué habría hecho yo en el caso de que Carme hubiese derrotado al siniestro Rubalcaba y se hubiera llegado a presentar como candidata a la presidencia del gobierno. No descarto en absoluto que la hubiese votado pese a no ser totalmente afín a su corriente ideológica. Creo que me habría gustado que fuese ella la primera presidenta de la historia de España.

Las otras dos mujeres que han tenido opciones de serlo en los tiempos recientes han sido Esperanza Aguirre y, aun con posibilidades, Susana Díaz. No tengo los suficientes conocimientos como para afirmar que Carme Chacón era mejor política que estas dos, pero sí tengo bastante claro que su talla personal era muy superior.

En concreto, si la comparamos con la lideresa andaluza del PSOE, por proximidad, ambas se parecen en que no son políticas de clase ni pertenecen “por razón de ascendencia” a la oligarquía socialista, sino que proceden de familias trabajadoras y ajenas al partido. Chacón era hija de un bombero almeriense y de una abogada catalana. Siempre estuvo vinculada a Esplugues de Llobregat, su localidad natal. Díaz siempre alardea de sus orígenes humildes en cuanto tiene ocasión de hacerlo, en cualquier mitin, parodiándose a sí misma y restando valor a su presunta modestia, haciendo parecer que no es tal.

Carme Chacón era mucho más auténtica. Era algo que se notaba sin necesidad de conocerla. No jugaba con el exceso como Susana Ohara. Por desgracia, tengo la sensación de que las palabras de Carme se las llevó en muchas ocasiones el viento, cosa que no ocurre con la ruidosa y altisonante Díaz. No obstante, esta última apoyó a Chacón en aquellas primarias de 2012 y uno de los últimos actos políticos de la catalana fue asistir al acto de presentación de la campaña de Díaz para liderar el PSOE. Según dice Susana Ohara, eran amigas.

Carme Chacón y Susana Díaz. (Imagen: El Confidencial Digital).

Si así era, espero que Carme le haya dejado en barbecho alguno de sus valores para cuando Díaz consiga su cantada victoria. Por el bien del socialismo, si es que queda algo. Pero aunque así fuera, la posible primera presidenta de España nunca será la que pudo y tal vez debió ser.

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Ya no estalla la primavera del amor

Casi todo el mundo sabe lo que fue el verano del amor, aquella cosa que los del 67 se sacaron de la manga para quitarse de encima definitivamente la represión de los valores dictados por la generación anterior a la suya. Quisieron hacer exaltación de lo que sus mayores consideraban blando y amariconao y se juntaron en San Francisco para que todas las orgías artísticas de la historia se fijaran desde entonces en ellos, antes de que las únicas armas dignas de ser alabadas en la bahía californiana fueran las metralletas de los splash brothers.

Fue una suerte de explosión happy flower en cuya onda expansiva se dejaron atrapar greñudos que luego se cortarían la coleta y chicas de pueblo sin depilar, que en su versión patria eran “una tribu de repatriados de Ibiza que dejaron de ser hippies pero no de ser palizas”. Todos ellos y ellas se situaron dentro del radio de acción del All You Need Is love para mejor gloria de los corazones, la naturaleza, la biología y las hormonas segregadas químicamente.

Sin embargo, prácticamente nadie sabe lo que es la Primavera del Amor. Entre otras muchas cosas, porque no fue un movimiento que se colectivizara, y por ello no fue recogido por cronistas mentirosos como yo. Ahora, sin que sirva de precedente, voy a contar una verdad. Voy a contar lo que fue la Primavera del Amor.

Mi relación con el maldito abril secular, el mes de María y el de los exámenes y la noche más larga últimamente ha sido turbia. Una especie de aborto de la ilusión embarazada durante un verano de estío sonrojante, un otoño de decadentes esperanzas y un invierno a la cuesta de enero. Como un globo sonda fabricado en Vallecas que se pincha y llena de flatulencias mi libido.

Pero esto no siempre fue así. Ni para mí ni para todos nosotros. Hubo un tiempo en el que nos pasaban cosas, en el que éramos algo más que saltimbanquis de adorno en un club de carretera lleno de parejas de hecho con proyección de divorcio católico.

Fue en esa época cuando llegó la estación púber que nos hizo estallar como artefactos sincronizados del Bomberman sin necesidad de que nos programaran para arrojar cataratas de esperma o llover torrentes de flujo en los relojes online. Entonces, los informativos anunciaban borrascas y no el cambio climático disfrazado de agosto anticipado, aunque ya había propaganda del turismo de la España de los tirantes y los baños prematuros en Benidorm y las charangas con lloros y mantillas hispalenses.

Bien es verdad que la detonación fue un poco chusca y se quedó muchas veces en petardeo ruidoso, pero los escrotos acababan ajados y aunque en Castilla se negaba, las fresas de la cesta de Caperucita Roja acababan machacadas porque el lobo no aparecía y a ella, enfadada, le tocaba volver a casa de su puta abuelita.

Era un tiempo en el que nuestra miseria estallaba en bolsas de Drakis y en los coches con matrícula de Madrid, San Sebastián o Navarra, antes de que los vehículos explosivos fueran camiones con bastidor espiritual del Islam.

Aquella primavera tenía un cierto aire pueril. Nos comían la merienda del burguer los matones que llevaban el éxtasis en bombers y nos conformábamos con descapullarnos de forma codificada. Hay que reconocer que pese a su nombre no nos trajo amor, ni siquiera del Todo a Cien, pero había derivados polínicos que transportaban las abejas de flor en flor.

La deflagración se produjo al ritmo de un tema de Sash!, que fue el himno de esos meses en discotecas donde a la gente le gustaban las pastillas rojas, verdes y amarillas, y en cuyos baños cerca del caballo se rumoreaba que aparecían de pronto travelos bakalatas para preguntarte si querías que te dieran por detrás.

En esos días de kalimotxo y claveles que habían sobrado de San Valentín en las floristerías de barrio había chicas que querían ser más altas que tú y que vomitaban el almuerzo sin creerse guays. Era una época en la que el bullying se medía por las hostias que te llevabas en el estómago y no por el número de likes de los videos.

Fueron unas semanas en las que podían llevarte al huerto y se arrancaban amapolas salvajes de la huerta que fue del rey y hoy en día es de los gladiadores azules y de las guerreras de Pajarillos. Y todos nos sabíamos de memoria aquella canción que decía que el milagro que esperábamos iba a ocurrir al comenzar la primavera en el jardín.

Hoy en día muchas cosas han cambiado. Ahora nos fijamos en otras primaveras que ya han sido desvirgadas antes de florecer. Los capullos se niegan a llevar capuchón en estas fechas, ya sólo se abren cuando algún bicho se posa encima y tienen su propio canal en youtube. Los hímenes se rompieron despacito en un marzo de baratillo que olía a julio.

A Sash! lo vi en vivo y en directo muchos años después, en plena crisis tratando de remendar en otra primavera tardía las mentiras que nos había soltado en su día. Fui a verlo con una de las amigas a las que más he querido en mi vida. Actuó en un sitio cuyo nombre alentaba a pensar que volvía un verdadero orgasmo primaveral, La Rosaleda. Pero la canción sonó descafeinada, sin gracia. No había ni pizca de la magia de antaño, el local acabó convirtiéndose en un antro pijo con nombre hindú poco después y de mi amiga, como de Guille y los demás, ya no sé nada.

Ya no estallan las bombas en Zarauz ni en Rentería, sino que caen del cielo sobre Siria, estallan en trenes rusos y en iglesias egipcias y las únicas sustancias químicas que hay en el ambiente son de destrucción masiva. Ni siquiera los coches lapa tienen ya registrado su lugar de nacimiento, hay desarmes de juguete y a nadie le importa que en alguna jodida radiofórmula sigan pinchando la horrorosa canción de la tortura.

Seguimos esperando a que aparezca el milagro en el jardín, a que venga la bella y evite que la flor se marchite, pero Emma Watson no da ni de lejos la talla del dibujo animado que fue pornografía para nuestras mentes infantiles y sobran las bestias que arrojan fuera de sus palacios de hormigón a las hechiceras solicitantes de asilo.

Menos mal que aún nos queda Sabina, “superviviente, sí, maldita sea”, que en su nuevo disco le ruega a la primavera “no me tumbes en la era de Internet”.

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