¿Todos contra el fuego? (II)

En la primera parte de este artículo me he centrado en los aspectos más tangibles que rodean a los incendios forestales y en la falta de concienciación de la sociedad en general respecto a los mismos.

Si la reacción de la población ante este tremendo drama resulta decepcionante, ¿cómo calificar la de nuestros políticos?

El Presidente del Gobierno en Funciones –con perdón– en su línea habitual de penosa sobriedad realizó hace unas semanas una escueta y patética declaración en la que parecía que se estaba lamentando por lo mal que había jugado el Real Madrid el día anterior. Menos mal que se refería a su tierra natal, Galicia.

En cuanto al gravísimo incendio acaecido a principios de agosto en la isla de La Palma, especialmente dañino porque murió una persona y las casi 5.000 hectáreas quemadas formaban parte de la Reserva Mundial de la Biosfera toda la isla tiene esa catalogación–, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se limitaron a escribir 140 caracteres o menos para dar el pésame a la familia del agente forestal fallecido. No me consta que Pablo Iglesias dijese algo.

Desconozco cuáles son las agendas de cada uno de ellos o si había otras prioridades más urgentes durante aquellos días, pero un incendio de tal magnitud, que además fue complicadísimo de controlar por las condiciones climatológicas, merecía que algún líder político nacional, no sé si los principales u otros, se desplazaran al territorio canario. A veces un gesto, aunque sólo sea para dejarse ver, es todo lo que la ciudadanía pide a los políticos. Pero ni eso son capaces de entender.

Tampoco sorprende tal despreocupación respecto a estos asuntos por parte de nuestros gobernantes, pues se trata de una actitud históricamente consolidada. Los únicos momentos en los que se interesan por la superficie forestal de España –el 54,8% de su territorio– es cuando acaece un grave incendio y toca decidir qué actuación se lleva a cabo sobre el terreno que ha ardido.

Desafortunadamente, después de la modificación de la Ley de Montes, realizada en 2015 por el actual gobierno en funciones, es posible recalificar la superficie quemada cuando concurran “razones imperiosas de interés público de primer orden”, algo totalmente ambiguo y sujeto a múltiples interpretaciones. Antes de ese cambio normativo, se prohibía variar la calificación del terreno durante los 30 años posteriores al incendio.

Es como una autopista abierta para los especuladores con influencia económica y capacidad de corromper a la Administración Autonómica, máxime si se tiene en cuenta que en España el 70% de los montes es de titularidad privada, algo que a mi entender también es un error histórico en cuanto al tratamiento jurídico de esta materia.

Aparte de esta polémica modificación, el Ejecutivo de Rajoy no ha hecho prácticamente nada en materia de incendios forestales durante estos últimos cinco años, más allá de cambiar el artículo 353 del Código Penal, endureciendo las penas por este delito cuando concurran circunstancias agravantes, de una forma a mi entender insuficiente –de 3 a 6 años de prisión o multa de 18 a 24 meses– y además equivocada, porque en este tipo de crímenes existen otras penas mucho más efectivas que deberían complementar a la privación de libertad o incluso sustituirla, como la obligación de contribuir a la reforestación de la superficie quemada.

Por otra parte, eliminó la competencia que sobre esta materia tenía el Tribunal del Jurado, encomendando el enjuiciamiento de estos delitos a los Tribunales Profesionales debido a “su complejidad inherente”.

Desde la redacción original de la Ley de Montes por parte del gobierno de Aznar, si exceptuamos el paquete de “leyes verdes” de ZapateroLey de Patrimonio Natural y Biodiversidad, Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural y Ley de Responsabilidad Medioambiental de las Empresas–, no ha habido ninguna voluntad desde el gobierno central de articular una normativa estatal seria y contundente que mejore la protección forestal y la conservación y regeneración de los bosques.

Es verdad que en nuestro ordenamiento jurídico existe en mi opinión una clara equivocación en lo que respecta a esta materia, porque si bien la Constitución Española atribuye al Estado la facultad de dictar la legislación básica sobre montes, aprovechamientos forestales y vías pecuarias, las Comunidades Autónomas también pueden asumir muchas competencias en esta materia. De hecho son las CCAA las que se ocupan de las normas sobre prevención de incendios forestales y los agentes forestales son contratados directamente por ellas o a través de empresas privadas.

Esto fragmenta y en mi opinión perjudica la política de actuación sobre la conservación de un bien básico como son los bosques. Espacios cuya preservación tendría que estar muy por encima de las dotaciones presupuestarias o de la filosofía que tenga cada Comunidad Autónoma. Debería ser una lucha nacional, y soy consciente de que les sonará rancio a aquellos que siempre apuestan por la descentralización hasta sus últimas consecuencias, porque creen que eso es más progresista. Flaco favor hacen a la izquierda con esas posturas.

Sin embargo, esta ausencia de exclusividad competencial no es óbice para que desde el gobierno se deban implementar políticas a través de la legislación básica. Y sobre todo, algo aún mucho más importante, no es impedimento para que el asunto sea puesto de relieve en los escenarios mediáticos por parte de las formaciones que ostentan la representación parlamentaria, máxime en el momento actual cuando hay tantísimos programas televisivos que tratan sobre política.

Como no recordaba ni una sola declaración, propuesta o mención reciente relativa a la protección forestal por parte de ningún político, ya fuera expresa o mencionada en algún debate –más allá de las siempre loables intenciones ecologistas de Iniciativa Per Catalunya Verds y Equo, pero ineficaces por su baja representatividad–, me he dedicado a hacer un rastreo por esa ventana indiscreta al mundo llamada Google.

En cuanto a los programas de los principales partidos –he consultado aquellos con los que se presentaron a las elecciones del 20 de diciembre–, es Izquierda Unida la que más espacio dedica a esta materia, algo lógico debido a la tradición verde del  grupo heredero del Partido Comunista. Dedica casi 30 páginas al medio ambiente, mucho más que los programas del resto de agrupaciones, y dos específicas a “Biodiversidad y Paisaje”.

Sin embargo, decepciona sobremanera que a la hora de hacer el diagnóstico sobre las amenazas para la biodiversidad, extendiéndose como es de rigor en el cambio climático, no haga mención a los incendios o a su insuficiente prevención.

Sorprende igualmente que Podemos no haga ni una sola referencia a la mejora de la legislación forestal, dado que el año pasado por estas fechas apoyó la defensa de una política eficaz y de calidad contra el fuego subiéndose al carro de la huelga indefinida que plantearon los agentes de las Brigadas de Refuerzo contra Incendios Forestales (BRIF).

(Imagen: arainfo.org).

Mediante un texto publicado en su página web se sumaban a las reivindicaciones de estos trabajadores, que reclamaban una mejora en sus condiciones laborales, mejores medios para combatir el fuego y sobre todo el reconocimiento específico de la categoría profesional de bombero forestal en sustitución de la de peones forestales.

A propósito de esto, hay que decir que los agentes del BRIF están contratados por Tragsa, empresa pública perteneciente al Servicio Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). Por lo tanto, las decisiones del gobierno central sí pueden modificar mucho la forma de tratar la prevención contra incendios, aunque exista la figura del agente forestal dependiente de las Comunidades Autónomas.

Por otra parte, la filial de la formación morada en Extremadura reclamó hace pocas semanas un Plan de Protección Civil ante el riesgo de que acaezcan incendios como el que afectó el año pasado a la Sierra de Gata, además de poner el foco en la necesidad de reducir el tiempo de respuesta de los bomberos, debido a la dispersión geográfica de las poblaciones rurales extremeñas.

Ninguna de estas cuestiones aparece en el texto con el que Podemos se presentó a la cita con las urnas. Debe ser porque en pleno agosto arden hectáreas, pero aquel documento previo a los comicios se hizo cuando ya apretaba el frío.

El programa del PP apenas dedica cinco párrafos a la conservación de espacios naturales y no muestra preocupación alguna respecto a los incendios. Ciudadanos tampoco se extiende demasiado en esta materia. Habla al igual que otras formaciones del impulso a la Red Natura 2000 y de la creación de un fondo para la conservación de la biodiversidad.

Hay que llegar hasta el programa del PSOE para encontrar por fin referencias expresas a la protección forestal en general y a la actuación contra incendios en general. En la línea de lo propuso Podemos antes de las elecciones y al parecer se olvidó de incluir en su programa, los socialistas prometen la creación de un estatuto básico para agentes y bomberos forestales.

Por otra parte, el partido del puño y la rosa indica la necesidad de establecer una política sólida y una estrategia integral para la prevención de incendios e incluso detalla una medida, que a mi entender es fundamental pero que no aparece en los programas de los otros principales partidos: la prohibición absoluta de cambio de uso de suelo en zonas forestales incendiadas.

Lamentable resulta la ausencia de cualquier referencia en los documentos electorales a la política de reforestación fuera aparte de meras declaraciones programáticas. Podemos en el artículo 287 de su programa habla de un Plan de Rescate Ecológico, que define en un párrafo, IU propone un Plan de Reforestación Nacional y Ciudadanos habla de restaurar el Programa de Forestación y Restauración Hidrológica. No existe ninguna medida concreta o plan de actuación específico que verse sobre la replantación de las zonas degradadas.

Una actividad que aparte de sanar las heridas de nuestros montes afectaría positivamente a la creación de un empleo estable, sostenible y socializador, algo de lo que precisamente no anda sobrado este país plagado de precarios urbanitas aislados en una cabina delante de una pantalla. Pero claro, cuesta dinero. Y no es muy popular gastar fondos públicos en plantar árboles. Volvemos aquí a la mentalidad de la sociedad en general.

En este sentido, tengo que decir que me impresionó gratamente el gesto que se adoptó en la gala inaugural de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Todos los deportistas llevaron una semilla encerrada en una cápsula a fin de que se plantaran en Deodoro, una zona que se convertirá en el Bosque de los Atletas y será un símbolo contra la deforestación. De acuerdo que se trató de algo efectista y simbólico, pero me parece que en un escaparate internacional ese tipo de cosas han de hacerse y tienen su efecto mediático, que a fin de cuentas es de lo que se trata.

Columnas donde los deportistas depositaron sus semillas durante la ceremonia inaugural de Río 2016. (Imagen: publinews.gt).

Siguiendo en esta línea, recuerdo perfectamente aquella propuesta que formuló Zapatero en el debate frente a Rajoy de 2008 y de la que se hizo tanta mofa después en los medios y entre la gente. El expresidente socialista prometió que durante la siguiente legislatura se plantarían 45 millones árboles. Se dijo que era una ocurrencia y una medida populista –sí, ya por aquel entonces se utilizaba el tan manido concepto– aunque curiosamente, no sé si con la intención de mofarse, Rajoy la superó poco después, elevando su objetivo a 500 millones de árboles.

A Zapatero se le pueden criticar muchas cosas, pero muchas de sus ideas eran buenas y en concreto esta lo era, fuera aparte de que tal vez fuese demasiado ambiciosa. Distinto es que, como con tantos otros asuntos durante sus ocho años de liderazgo en el gobierno la cosa se quedara en pura retórica y agua de borrajas, porque jamás se diseñó un plan de actuación en condiciones ni se tradujo en algo real. Pero puso en el mapa la necesidad de reforestar, lo llevó a la calle y en ese sentido creo que tuvo mucho valor.

Ya me gustaría que alguno de los partidos actuales tuviera alguna de estas ocurrencias y estuvieran dispuestos a llevarlas a cabo. En este tema todos se igualan para mal, los conservadores, los centristas y los progresistas. La izquierda, por coherencia ideológica, debería encabezar este tipo de iniciativas, pero últimamente bastante tiene con intentar asaltar el poder, algo que no ha conseguido ni siquiera con un PP debilitado, mentiroso, antisocial y  corrupto hasta las cejas.

Al menos hay que reconocer que Podemos recogió en su documento electoral de cara al 20 de diciembre –cuando todavía hablaban de mejorar la sociedad y no de matemáticas– que el derecho al medio ambiente se considerara como fundamental. Más allá de que esto queda muy bien sobre un papel pero en la práctica puede ser mera palabrería, esta es sin duda la filosofía que deberíamos seguir en este país.

Hay miles de razones para considerar la conservación del patrimonio natural como un interés primordial de la ciudadanía. Fuera aparte de las evidentes consecuencias satisfactorias para la población que tienen los árboles –generan oxígeno, proporcionan sombra, etc.– y del impacto fundamental a nivel psicológico que su presencia tiene en los núcleos urbanos, porque reducen la ansiedad y otras sensaciones nocivas, la función más importante que tienen las forestas no se percibe a simple vista, pero es tan vital que de ellas depende en gran medida la calidad futura de la vida humana.

Los árboles son reguladores del clima. Todo el mundo está tremendamente informado acerca del cambio climático por las emisiones de CO2 a la atmósfera que provocan el deshielo de los polos, pero no se habla ni mucho menos tanto de que la destrucción de la naturaleza también influye directamente en el calentamiento global.

Sin ánimo de ser pesado, vuelvo otra vez a sacar a colación la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, donde se reservó un espacio muy importante para ensalzar los valores de Brasil como país verde por excelencia en torno al Amazonas y se puso en conexión con el cambio climático. Una pena que fuera una bonita hipocresía, puesto que la nación carioca está entre los cuatro países más contaminantes por la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de la deforestación, según Greenpeace.

Imagen de la ceremonia inaugural de Río 2016, donde se representa mediante cintas y un juego de luces el nacimiento de la vida vegetal. (Imagen: lapatilla.com).

Y es que cada árbol que se destruye es un paso atrás en el logro de un objetivo que a mí ya me parece por desgracia una quimera, evitar que la temperatura media del planeta aumente más de 2 grados con respecto a los niveles preindustriales. Cada nuevo incendio es un puñal clavado en las entrañas de esa aspiración.

A muchos les puede importar un bledo lo que suceda de aquí a treinta años porque tal vez piensen que por aquel entonces ya habrán pasado a ocupar un nicho en el camposanto o bien estarán demasiado cascados como para preocuparse, pero aparte del egoísmo de este pensamiento la realidad es que los efectos dañinos se dejarán ver antes. Y en España pueden ser especialmente devastadores.

No somos conscientes de que estos sucesos, aparte de los daños directos que ocasionan en la actualidad, supondrán la desertización de gran parte del país, el aumento de la ya de por sí gravísima sequía que sufren determinadas zonas –con todos los problemas que ello supone en cuanto a la gestión del agua–, la repercusión económica por la dificultad a la hora de conseguir materias fundamentales que extraemos de los árboles, la pérdida de empleos, sobre todo en el medio rural, y el deterioro en la calidad de vida.

De esto último ya nos podemos hacer una mínima idea con los bochornosos veranos que llevamos en la última década –apuntar como dato que 2015, 2011 y 2014, por ese orden, han sido los años más cálidos de toda la serie histórica–. Cómo no, todo esto lo padecerán especialmente las clases medias y bajas.

En definitiva un auténtico desastre, que sobre todo sufrirán las generaciones venideras. Españoles y españolas que jamás conocerán lo que fue este país y que, al escucharnos hablar sobre su riqueza natural, pondrán la misma cara que ponemos ahora mismo nosotros cuando oímos el mito de que hace 2.000 años una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de norte a sur sin bajarse de los árboles o, como relataba el gran Félix de la Fuente, un águila sobrevolarla sin dejar de contemplar manto verde.

Y, como canta Serrat en su adaptación de la campaña “Todos contra el fuego”, que fue el punto de partida de este artículo, “esta obra de siglos es para tus hijos y la tienen que heredar”.

Conectando con esta última idea, hay una última razón que nos obliga a actuar urgentemente para solucionar esta situación y que a mí es la que emocionalmente más me llega. Es un motivo si se quiere de cariz filosófico. ¿Qué derecho tenemos nosotros a destruir lo que nos fue dado? Los seres vegetales fueron los primeros organismos multicelulares sobre la faz de la Tierra, con ellos empezó la vida real. Ellos nos preceden, con muchísimos milenios de antelación. No somos nadie para destruirlos. Al contrario, nuestra responsabilidad es protegerlos y darles vida, igual que ellos hacen con nosotros.

A no ser que prefiramos vivir rodeados de un paisaje en el que los únicos árboles que podamos contemplar sean a través de Instagram. O de una campaña de televisión hecha con realidad virtual.

Mientras nos rascamos el bolsillo –si es que hay algo que rascar– para comprar un pingüino de aire acondicionado.

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¿Todos contra el fuego? (I)

Recuerdo perfectamente una campaña de concienciación de los incendios forestales que se emitió repetidamente en televisión durante mucho tiempo. Rememoro especialmente la sintonía y, pese a que yo era muy pequeño, el estribillo se me quedó grabado y es curiosamente una de las canciones que mejor interiorizadas tengo desde mi niñez. Al mismo nivel que las melodías y letras de los dibujos animados. “Todos contra el fuego, tú lo puedes evitar”.

He vuelto a ver el anuncio gracias a la inmortalidad de Youtube y, fuera aparte de la estética algo rancia –a la par que entrañable– de la España de finales de los 80 y de la inmensa distancia técnica que existe respecto a la producción audiovisual de esos años, lo cierto es que me sigue pareciendo una campaña fantástica. Cumple perfectamente su cometido y además emociona.

Por cierto, me ha sorprendido enormemente descubrir que Miguel Ríos colaboró en la iniciativa. Imagino que hay más rostros conocidos entre los muchos que aparecen, pero confieso que no he sido capaz de identificar ningún otro. En años posteriores participarían Joan Manuel Serrat y otros artistas y personajes populares.

No recuerdo en los años posteriores ni una sola iniciativa similar. Se puede alegar que el poder emocional de la televisión para los niños de los 80 no se puede comparar ni de lejos con el de la tele actual y el legado emocional que nos dejó es tan poderoso que todos nuestros hitos se remontan a esos años y no ha habido otros comparables a lo largo de las décadas posteriores.

Aun admitiendo que esto pueda ser cierto, existe una verdad a mi entender mucho más indiscutible. El nivel de mentalización y educación de medios de comunicación, poder político y sociedad españoles en relación a la protección forestal ha descendido ostensiblemente pese a la gran cantidad de tragedias acaecidas. Da igual que se quemen cada verano miles y miles de hectáreas de patrimonio natural o incluso que fallezcan personas en su ingrata –y bastante solitaria– lucha por evitarlo. A veces me parece que esto a la gente le importa una mierda.

La mayor parte de las conversaciones de los españoles durante este verano de calores achicharrantes se mueven entre la indignación, el temor y el enfado y giran en torno a la falta de gobierno, la ola de atentados yihadistas y las vacaciones, que casi nunca satisfacen a toda la familia.

Entre medias, hay un huequito para comentar lo que hacen los deportistas en Río de Janeiro. Sin ánimo de parecer superficial, bienvenidos sean los Juegos Olímpicos y el ejemplo que dan la mayoría de competidores en los mismos, sobre todo porque el fútbol, por una vez, es secundario.

No veo por ningún lado que la gente se preocupe por la destrucción de nuestro país, más allá de lo que dura la pieza de un par de minutos en el Telediario. Si hay algo que dota de valor a España es su biodiversidad, la mayor que se puede encontrar en toda Europa. O al menos así era. Al paso que vamos, este territorio acabará convirtiéndose en un desierto lleno de matojos quemados, en un cementerio de troncos chamuscados, en una llanura de esqueletos donde agonicen las últimas especies animales no extinguidas.

El arboricidio es alarmante y además golpea habitualmente a las mismas zonas año tras año. Este terrible verano les ha tocado –otra vez– a Galicia y Las Palmas de Gran Canaria, precisamente dos de las regiones con un patrimonio natural más basto y bello. Me duele cualquier incendio exactamente igual –también los que suceden fuera de nuestras fronteras, como por ejemplo en Portugal, donde por cierto también tienen un problema gravísimo con este tema–, pero reconozco que se me parte el alma viendo a una de mis segundas tierras, la de las meigas, arder un año más sin control.

Imagen de veraneantes en una playa cercana a Soutoumayor, localidad gallega donde se produjo uno de los peores incendios del mes de agosto de 2016. (Imagen: El Faro de Vigo).

Cuando saco este tema con mi gente, observo con tristeza una posición entre indiferente y resignada que me produce pavor y me pone de muy mala hostia, con perdón. Asumen que siempre va a haber pirómanos, imprudentes o locos que incendien los bosques. Es algo que no se puede evitar y por lo tanto no es un problema que se pueda atajar, no existen soluciones.

No obstante, hay datos que contradicen esta funesta postura. En el año 2007, World Wildlife Fund (WWF), la organización conservacionista independiente más importante del mundo, destacaba el descenso tanto en el número de incendios como en la superficie quemada en España, habiendo sido el mejor año de la década en este sentido. La asociación ecologista destacaba la mejora en la prevención, en la persecución de los incendiarios y en la coordinación y eficacia en la extinción.

Cinco años después, en 2012, el panorama había cambiado radicalmente así como la valoración de WWF, que pidió una acción urgente contra el aumento de los incendios en los países del Mediterráneo, entre ellos España. En concreto, se decía que los grandes incendios forestales que habían azotado el país eran la herencia de décadas de abandono en las políticas forestales. Además, el informe de WWF señalaba los recortes presupuestarios en materia de prevención forestal, especialmente en Grecia, como una de las principales causas de los desastres ecológicos sucedidos ese año.

Ya en 2010 WWF había avisado de que la década sería catastrófica a nivel de incendios forestales en España. En el informe de ese año destacaba la deficiente gestión foral de los bosques de nuestro país, algo que quedaba claramente a la luz por la falta de coordinación entre Administraciones y la ausencia de planes de recuperación forestal, entre otras causa.

En septiembre de 2014, la Fundación Ciudadana Civio en su web España en Llamas criticaba la opacidad en cuanto al gasto realizado por la Administración contra los incendios forestales, destacando que habitualmente no se entregaban los datos históricos, que desde el inicio de la crisis los recortes en prevención y extinción eran significativos –en Castilla y León, Asturias y Aragón había disminuido la inversión en prevención un 50%– y que en algunas Comunidades Autónomas no se hacía labor de prevención en invierno por los recortes. Este demoledor reportaje, con muchos datos contundentes, se publicó también en el periódico El Mundo.

Civio ya se había quejado en 2013 de la falta de transparencia en esta materia y había conseguido recabar datos a través del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, extrayéndose de los mismos que el capítulo de prevención contra incendios se había visto mermado de los 38,8 millones de 2009 a los 8,7 de 2012. En ese mismo informe también se comentaba la reducción del número de patrullas operativa durante el Plan INFOCA, lo cual se traducía en el escaso número de incendios investigados.

De esa manera el propio Ministerio contradecía las pomposas declaraciones de su titular por aquel entonces, Miguel Arias Cañete, quien aseguraba que se estaba realizando un gran esfuerzo presupuestario para poner a disposición de las CCAA los medios y recursos con que contaba el Ministerio. La verdad a medias se caía por su propio peso, ya que, al igual que han hecho históricamente todos los gobiernos, debido a su mayor impacto popular, se destina dinero a la extinción y se recorta en prevención. Aunque durante los años de la crisis se recortó en ambos aspectos.

Bien es cierto que el actual gobierno en funciones del PP tuvo una deriva electoralista en los Presupuestos del pasado ejercicio 2015, subiendo la partida referente a la prevención de incendios –después de años de tijeretazos–, algo de lo que no dudó en jactarse el Subsecretario del Ministerio Jaime Haddad.

Para hacerse una somera idea de las dificultades que existen para conocer los datos sobre el gasto que realizan las CCAA en esta materia y la tremenda disparidad de criterios y de partidas destinadas, basta leer un reportaje publicado en agosto del pasado año en La Vanguardia titulado ¿Cuánto cuestan los incendios forestales en España?

Haciendo una parada expresa en Castilla y León, los recortes derivaron en 2011 en una situación esperpéntica, denunciada por los sindicatos, admitida por el propio Viceconsejero de Desarrollo Sostenible de la Junta y recogida en las páginas de El Norte de Castilla. Las restricciones presupuestarias habían afectado entre otras cosas al tope de gasto en combustible, de modo que los agentes tenían serias dificultades para desplazarse a los montes y otras zonas forestales porque no podían echar gasóleo en los vehículos.

Pero no hay que remontarse a los años de la crisis aguda –que para el gobierno son muy lejanos, pero para muchos han sido ayer, hoy y mañana–. La situación no parece haber cambiado mucho. Con motivo del gravísimo incendio de La Palma que tuvo lugar a principios de este mes de agosto, uno de los agentes forestales se quejaba en la radio de que llevaban años reclamando un hidroavión adicional sin éxito.

Imagen de las labores de extinción del gravísimo incendio de La Palma, en el que se quemó más del 7% de la isla. (Imagen: El País).

Todos estos detalles muestran bien a las claras que, pese a la dificultad de evitar todos los incendios, sí es posible prevenirlos y reducir su riesgo si se dispone de medios suficientes y adecuados o, en el caso de que sea imposible prever su inicio, se pueden controlar mucho más rápido y minimizar su efecto. Sin embargo, esta ecuación adquiere signo negativo si damos la vuelta a la tortilla, que es lo que ha sucedido durante muchos años.

Por lo tanto, no es cierto en absoluto lo que mucha gente afirma por una cuestión de desconocimiento o de pasotismo. La aniquilación de los bosques por el fuego sí se puede anular o al menos acotar bastante sus consecuencias.

Algo que obviamente no sólo es labor de las Administraciones ni se trata únicamente de una cuestión de dinero, sino que el trabajo de los medios, los colegios, las familias y la sociedad en general a la hora de mentalizar sobre todo a las nuevas generaciones resulta esencial. Aunque sea a través de campañas de televisión orientadas al público infantil. Pero me da la sensación de que en esto, como en tantas otras cosas, estamos dando pasos atrás. Como dije antes, sólo hay que hablar con la gente y escuchar sus lacónicas respuestas.

En la segunda parte de este artículo trataré más a fondo sobre las políticas forestales que existen en España y analizaré los graves perjuicios, no sólo medioambientales –incluido aquí lo que se deriva para la salud de las personas–, sino también económicos, sociales y culturales que provocan los incendios forestales.

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El tipo de la pequeña mala suerte

Conozco a un tipo cuya característica insignificante pero al mismo tiempo impactante merece ser destapada. Vive en mi barrio, muy cerca de mí y al mismo tiempo bastante lejos, pues procuro cruzarme con él lo mínimo posible tras descubrir su penoso don a la inversa, no vaya a ser que se me pegue algo de su minúscula desdicha.

Se trata de un fulano aparentemente normal, con una vida más o menos mediocre, que goza de buena salud, cuenta con una familia más o menos estable que le quiere y con un empleo al que ni siquiera le hacían falta las reformas laborales del PPSOE para ser precario, pues siempre lo fue.

El individuo en cuestión come tres o cuatro veces al día, el doble de las que se suele duchar, duerme entre seis y siete horas, tal vez algo más en fiestas de guardar, mea y defeca con cierta regularidad, salvo jornada de nervios, bebe en exceso cuando hay celebraciones y no folla. Nada extraordinario, todo dentro de los parámetros de la más aburrida normalidad española.

Sin embargo, posee un atributo que le convierte sin duda en un ser realmente digno de destacar. No es un rasgo ni positivo ni negativo objetivamente considerado, aunque para él es una putada como un campanario. Se trata de su mala suerte, que ni siquiera es enorme o dramática.

Como ya he dicho, al sujeto le va bien en lo vital y en lo fundamental sus circunstancias son grises, como las de mucha gente, un ni fu ni fa cíclico que en nada le diferencia de la masa general descontenta y resignada que compacta la sociedad sin agrietarla. Pero en los aspectos nimios y banales de la vida este personaje es un auténtico desgraciado sin parangón.

Hablo de cosas intrascendentes como la empatía tecnológica, la ubicuidad, la idoneidad temporal, la fortuna en los juegos o el amor (rompiendo en este último binomio la tan manida premisa, cuya falsedad puedo certificar tras conocer a este infeliz).

El concepto gafe cobra en él nuevo significado, uno muy cool, adaptado a la modernidad. No es un Filemón que con el mero contacto de su cuerpo bloquee fuentes, atasque revólveres, raye vinilos o destroce armarios, casi siempre sufriendo él los daños colaterales. Esto es algo más sofisticado y principalmente aplicable a los elementos tecnológicos, desde los más rudimentarios como los móviles cuando eran móviles y no Smartphones hasta los más punteros, como los sorpassos digitales de los partidos de derechas.

Tener él entre sus manos algo 2.0 y que el objeto en cuestión esté destinado a sufrir algún tipo de accidente inesperado e inexplicable es todo uno. Normalmente no se trata de daños irreversibles (aunque a veces sí), sino de averías no demasiado graves que inhabilitan no obstante el correcto funcionamiento del trasto.

No es por mal uso, lo puedo asegurar yo que he convivido bastante con él (aunque ahora no lo haga, pues creo que porta algo así como la más inofensiva de las pestes), sino que el tipo encarna en sí mismo una especie de Expediente X con patas que sólo ataca a los cacharritos con menos de una década de antigüedad. Es un guionista de un serial terrorífico de fallos que van desde las baterías de los aparatos hasta los sistemas operativos.

Cada vez que recurre a un servicio técnico o un supuesto entendido en la materia, el pobre operario o dependiente, que había creído verlo ya todo en la vida desde que León de la Riva dejó de ser alcalde de Valladolid, se echa las manos a la cabeza, esbozando una mueca entre el temor y el preludio de partirse el eje. Porque el infortunio del tipo, si no fuera porque es de verdad y le causa tanto estropicio, es miel para el despiporre de puro grotesco.

Ese divorcio con la tecnología le genera quebraderos de cabeza para su bolsillo (de por sí no demasiado lleno), pero es desde luego más dañino para su espíritu su extraña antihabilidad para no llegar a tiempo de coger el tren adecuado, por mucho que prevea la situación. El RENFE de sus oportunidades siempre adelanta o retrasa su horario de salida, que de todos modos nunca está fijado.

Hay una canción de Celtas Cortos que dice “nunca llego a la hora apropiada, o pronto o tarde cuando ya no queda nada, oigo campanas y nunca me entero donde, oí tus palabras en un río que se esconde”. Nada puede describir mejor a este errabundo conocido mío, que tiene la funesta cualidad al revés de no encontrar nunca la estación de donde parten los trayectos que debería coger o de no enterarse del lugar en el que se celebra la fiesta realmente molona. Siempre acaba en guateques cutres escuchando “demasiado Picky Picky”.

Si juega a algo, pierde fijo. No hay manera de que el condenado gane.

Una vez, cuando todavía teníamos trato (antes de que me produjera pavor su mal, pese a su insignificancia), intenté que me venciera en una actividad sencilla, que apenas requería esfuerzo y que él dominaba perfectamente. No sé cómo coño se las apañó para caer derrotado, pero falló estrepitosamente las últimas jugadas cuando había estado bordándolo antes de eso. Yo apenas podía creérmelo. Le asaltaron los nervios, una especie de vértigo por la idea de lograr el triunfo o tal vez una estúpida sensación de solidaridad hacia mí, que de eso tiene mucho este singular hombrecillo.

En cuanto a los sorteos y otros juegos de azar, me confesó que hacía mucho tiempo que no jugaba y que estaba convencido de que la combinación fija que usaba en el Euromillón había sido premiada durante sus años de abstinencia. Lo decía con un convencimiento tan triste, tan rotundo, que yo no sabía si enternecerme o descojonarme. Optaba por lo segundo en cuanto se largaba.

Sin embargo, lo más pírrico de todo (aunque he de confesar que también tenía algo de tragedia que ponía los pelos de punta) era su aciaga suerte en cuanto a la búsqueda del sexo opuesto, ya fuera para meros intercambios de fluidos y contactos carnales, ya fuera con otras miras más elevadas porque son los latidos del corazón los que mueven el mundo.

Jamás he visto en mi vida (y dudo que vuelva a verla) una combinación de factores tan bien alineados para que este personajillo fuera caducando cajas de condones como si fueran yogures de marca blanca. Es preciso dejar claro que el colega no era mal parecido, ni mucho menos. No era apuesto en el sentido de considerársele un galán de cine, un latin lover o un gigoló, pero tenía bastante sex appeal, era resultón y solía tener facilidad para entablar relación con las féminas.

Esfuerzo ímprobo, desde luego. Todas las chicas en las que conseguía despertar atracción (ni pocas ni muchas teniendo en cuenta que estamos en una ciudad castellana de provincias) tenían pareja. Invariablemente, con una precisión matemática. Esto de por sí podría no haber supuesto un impedimento determinante, pero se juntaba que el novio de turno siempre era amigo, coleguita o compañero de algo de esta antítesis de Don Juan, cuyo problema tal vez es que era demasiado simpático y social.

En un par de ocasiones le ocurrió lo mismo con personas homosexuales y entonces me dijo con esa ironía fúnebre que le caracteriza que ni siquiera le quedaba el consuelo de poder hacerse gay para mojar el churro, si quería mantener sus principios. Era la moral o la polla. Él siempre elegía la primera. Si conocía a una soltera, esta ni le miraba. No es que a ella no le gustase, simplemente no veía más allá de un bulto humano, de un fantasma fuera de contexto que desaparecería de la misma forma absurda en que había surgido.

Como un algoritmo cachondo y siniestro, esta ley se cumplía como la D´Hont para Izquierda Unida. Daba igual el número de personas a las que sedujera, se quedaba sin escaños para formar grupo propio y le tocaba mezclarse con el mixto, el batiburrillo de los perdedores.

Después de varios testimonios oculares y de escucharle tantas veces su discurso derrotista llegué a convencerme de que todo era lastimosamente cierto. Que lo suyo era una cuestión de miseria sentimental y sexual irremediable, sin precedentes.

Debo aclarar que a mí este peculiar desdichado no me produce ninguna lástima. Ese sentimiento le reservo para los miles de niños africanos que mueren cada día o para los refugiados sirios. Objetivamente considerada la vida de mi conocido es bastante agradable, mucha gente se cambiaría por él.

Sin embargo, confieso que en cuanto le veo por la calle me cambio de acera. Por si acaso.

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Cuidado, ya está aquí la Tercera Guerra Mundial

El Papa Francisco ha dicho esta semana que el mundo está en guerra. No estoy totalmente de acuerdo con él. Pienso que en realidad lo que hay es un escenario prebélico que, salvando las lógicas distancias de las décadas transcurridas y teniendo en cuenta la evolución geopolítica de los países y del mundo en general, recuerda mucho al de la Segunda Guerra Mundial.

Lo peor es que hace dos años alguien varios analistas aseguraron que las circunstancias que rodeaban a la política internacional se parecían a los antecedentes de la Primera Guerra Mundial debido a la tensión en Oriente, la inestabilidad una vez más en los Balcanes, los choques entre China y Japón, etc. Pero los acontecimientos surgidos desde entonces llevan a pensar que nos hemos saltado esa fase y estamos en algo aún mucho peor.

En primer lugar, la tremenda brecha de la desigualdad que se ha creado o que han creado, mejor dicho, los grandes poderes financieros, es un caldo de cultivo perfecto, como si hubiera sido cocinado expresamente para que se desatara un conflicto a gran escala.

Ya no hablamos únicamente de que en una mitad del mundo la gente se muera de hambre, que por penoso que pueda parecer no provoca de por sí grandes problemas en clave de hostilidades entre naciones. Sin llegar a esos extremos de miseria, ahora la población del llamado Primer Mundo empieza a sufrir gravemente las causas del desmadre capitalista. La estratificación social y económica se ha convertido en algo tremendo, dramático, el mayor problema de nuestra sociedad, por mucho que no figure como prioridad ni en la agenda política ni en la agenda mediática.

Al igual que sucedió en la Alemania hitleriana de los años treinta, existe la necesidad de buscar un culpable de ese deterioro en las condiciones de vida –algunos sostenemos que las de antes eran totalmente falsas y que el sistema nos hacía vivir en el embuste continuo–. Sí, están los políticos, que lo han hecho muy mal, pero ellos sólo son culpables por inútiles y por negligentes y en realidad ese sentimiento se agota rápido o al menos va perdiendo fuerza con velocidad. Se necesita un enemigo de mayor calado emocional.

Quiénes mejor que los foráneos, los sujetos de otras razas y otras culturas, provenientes de países de fuera de nuestro entorno que nos traen todo lo malo de sus países: los virus, la pobreza, el fanatismo religioso y el ataque a nuestros valores sagrados.

Este discurso, que sorprendentemente no ha calado hondo en un país tan proclive e inclinado al racismo como España, ha corrido como la pólvora en Europa durante el último lustro y ahora ya se ha apretado el gatillo y no tengo muy claro que se pueda frenar la trayectoria de la bala. La ultraderecha, la xenofobia, el nacionalismo exacerbado y el odio a lo de fuera es tan fácil de acoger, tan seductor y atrayente, que parece muy complicado bajar del burro a esos ciudadanos hastiados y desesperados que lo han hecho suyo con irracionalidad e irresponsabilidad.

Creo que sólo los propios errores de esos partidos sin ningún tipo de tradición en la democracia europea post Segunda Guerra Mundial pueden lastrarles. Ellos mismos son sus peores enemigos. Confío en que cometan equivocaciones y que la ciudadanía se los haga pagar, pero mientras tanto Le Pen, Amanecer Dorado, Alternativa por Alemania o Norbert Hofer han dejado de ser una amenaza para convertirse en un peligro real y palpable.

Y por supuesto el fundamentalismo y el fanatismo, amparado en la religión, aunque el Papa diga que esta no es una guerra de religiones, añaden el ingrediente que falta para que el cuenco rebose y el alimento del odio y la confrontación se derrame por la mesa y manche cualquier rastro de cordura en los comensales. En el otro extremo del salón, en la mesa presidencial, unos tipos a salvo de toda implicación se ríen, como siempre. Ellos harán su negocio del siglo, como de costumbre, y siempre tendrán a camareros que les servirán su detestable rancho.

Como es mucho más sencillo generalizar para la mente humana, capaz de los argumentos más complejos y también de dejarse llevar por los impulsos más simples, los más atávicos y primitivos, automáticamente se asocia el elemento ajeno y diferente con esa monstruosa radicalización.

Todos los musulmanes son peligrosos o por lo menos hay tantos que lo son que prefiero que no entren en mi país. Y, aunque no fuera así, prefiero ser un racista y un xenófobo antes que correr el riesgo de que penetren mis fronteras unos cientos de terroristas entre los millares que no lo son.

Conozco cada vez a más gente que padece una clara fobia hacia los musulmanes. No utilizo el habitual término “Islamofobia” a propósito, porque el Islam es una idea, pero los musulmanes son seres humanos. Gente que ya estaba predispuesta a cargar contra ellos se baña este verano en el radicalismo más terrible y suelta frases por su boca que son, una vez más, propias de un ambiente prebélico. Lógicamente ninguna de estas personas piensan ni por asomo en que les podría tocar morir en el frente. Y, si se lo mencionan, te dicen que lo harían por defender la Patria.

Debido al peligro que representan, hay que atacarles, eliminar el problema de raíz, lanzar bombas al ISIS y a sus enclaves estratégicos, asumiendo que puede haber daños colaterales. Por eso hay que limitar el flujo de refugiados o directamente bloquearlo, creando el drama humanitario consiguiente y aceptando que se están poniendo los cimientos para que crezca el odio hacia Occidente entre la población desterrada. Haciendo un favor al atroz Estado Islámico y proveyéndole de futuros combatientes o al menos personas sensibilizadas y dispuestas a convertirse en uno de ellos.

Ni siquiera la actitud de las grandes potencias se ha modificado demasiado pese a la cantidad de años transcurridos desde aquellos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Francia siempre capitaneando la defensa del sueño cada vez más debilitado de la vieja Europa, de sus valores tradicionales. Alemania, a diferencia lógicamente de entonces, también está en la pelea, pero de una forma mucho más tibia, y además a Merkel la están creciendo los enanos en su propio país, con la oleada de racismo, la vuelta a las viejas ideas nazis y los crímenes perpetrados por ciudadanos de su propio país, extremistas islamistas, ultraderechistas o simplemente locos perturbados.

Estados Unidos, después de haber dejado que creciera el problema –EEUU es para mí uno de los principales responsables de la proliferación de fanáticos islamistas, fuera aparte de los propios fanáticos y de los regímenes que los apoyan abiertamente– siempre está dispuesta a bombardear, aunque sea a destiempo, mal y de forma desproporcionada, lo que sea con tal de defender los sacrosantos principios del capitalismo occidental.

Mientras tanto observamos la actitud de Rusia, siempre ambigua, como lo fue en su día la de la vieja URRS, cuando firmó aquel pacto de no agresión con la Alemania hitleriana que escandalizó al mundo entero. Rusia ya no es comunista, pero sigue jugando al gato y al ratón con Al Asad, que supuestamente es el enemigo común en la guerra de Siria, si bien es menos temible que el ISIS, a quien Rusia teóricamente sí combate. Una auténtica ensalada de intereses que se superponen y convierten la actitud de Putin en un rompecabezas.

En este barullo, lo más preocupante es la proliferación de actitudes antidemocráticas y contrarias al Derecho Internacional que se extienden como los terrenos desérticos en el Estado de Nevada. Cada vez se están produciendo más violaciones de derechos humanos, golpes de Estado, puñetazos encima de la mesa de líderes autoritarios que tratan de poner un supuesto orden empuñando la batuta del terror. Erdogan aprovecha la insurrección militar para imponer sus medidas más autoritarias, como si lo hubiera planeado él mismo.

Y de la misma forma que sucedió entonces, hace ochenta años, los acaparadores de atenciones, los embaucadores de masas, los tipos y las tipas con lengua viperina, tratan de hacer el agosto, viendo que es su gran momento para saltar a la palestra y envalentonar al pueblo proponiéndoles soluciones virulentas, unilaterales y principalmente ultranacionalistas. Donald Trump acecha más allá de las praderas texanas.

Está de moda la proclama de que si nos vamos solos por nuestra cuenta, nos irá mucho mejor. Nosotros lo sabremos hacer muy bien solos bajo nuestro trapito de colores, sin la injerencia del maldito Estado o de la maldita Unión de Estados que nos coarta la libertad, nos obliga a adoptar leyes con las que no comulgamos y nos avergüenza con su inutilidad.

No iremos al desastre con ellos, nosotros tenemos la solución. El que sea contraria a la ley e insolidaria nos da exactamente igual. Sólo importa el honor de nuestra nación y la justicia que sabremos establecer.

Millones de personas se aferran a ese último recurso, se agarran a esas falsas promesas como si fueran la última roca antes de que el río les arrastre por la corriente.

Cantaba Joaquín Sabina con su sorna habitual, en uno de sus temas menos populares, que ya estaba aquí la Tercera Guerra Mundial y todos íbamos a volar por los aires, así que resultaba absurdo que estuvieras cambiando de champú.

Aunque confieso que estoy acojonado por esta oleada de terror y animadversión desatada, sigo confiando en que esta situación de locura mundial se redirija de alguna forma. No tengo ninguna confianza en que se resuelva, pero al menos me conformaría con que se quedara latente y no fuera a más. Es triste conformarse con eso, pero ahora mismo la paz total y la armonía entre pueblos es lamentablemente pedir mucho. Hay que rebajar expectativas.

Quiero pensar que ahora hay instrumentos internacionales, que aunque bastante ineficaces y tibios, algo disuaden a los gobernantes. No obstante, mi mayor fe radica en la experiencia pasada de aniquilación y destrucción. Que a alguien se le encienda, aunque sólo sea con intermitencias y batería baja, el pilotito en el cerebro y se acuerde de los kilómetros de trincheras, de las ciudades devastadas, de los millones de muertos en toda Europa, de los campos de concentración, del Holocausto, de la bomba atómica…

Pero otras veces pienso que estoy siendo demasiado ingenuo. En realidad lo único que puede parar la Tercera Guerra Mundial es la percepción que tengan los poderosos de que el conflicto petardee en exceso la economía y destruya los mercados. Aunque ya sabemos que en ese contexto revuelto o ruinoso esos mismos también saben pescar y recoger las sobras como nadie.

Así que, por si acaso, habrá que cambiar de champú ahora que todavía estamos a tiempo.

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Buenas personas no significa buenos amigos

Uno de mis mejores amigos me impactó una vez con una de sus teorías tan suyas, por lo contundente y algo irreverente de su contenido. Decía que no le importaba que sus seres queridos un día abandonaran el buen camino y maltrataran a los árboles, mataran a los animales o robaran e hicieran daño a las personas.

De la forma en que le trataran a él era lo único relevante. Lo único valioso. Si le demostraban cariño y estaban dispuestos a morir por él, él haría lo mismo. Eso es la amistad para mi amigo, que por cierto es además una buena persona. Hace mucho tiempo que no se lo escucho, pero conociéndole supongo que seguirá opinando lo mismo.

Sin llegar a este radicalismo, con el paso de los años he llegado a albergar convicciones que se acercan a las suyas. Cada vez me doy más cuenta de que la mejor persona del mundo puede ser un amigo pésimo. No estoy tan seguro de que se cumpla a la inversa, pero supongo que la peor persona del mundo también habrá podido ser el gran amigo de alguien. Hasta los desalmados sin escrúpulos pueden llegar a querer a alguien. Al menos eso quiero pensar, porque no conozco a ninguno, por suerte.

Pero me gustaría detenerme en posturas menos extremas, en la escala de grises en la que le gusta tan poco fijarse a esta sociedad, probablemente porque le genera miedo e inseguridad.

Yo tengo dos clases de amigos. Los que son buenos, tienen una escala de valores que considero respetable o incluso admirable y cuadran más o menos con lo que pienso que constituye la forma adecuada para que el mundo sea mejor. En el anverso, tengo amigos que son un poco cabroncetes, a veces bastante, que ven en el mundo con ojos viciados, algo intolerantes e irrespetuosos, en ocasiones faltones o crueles y que son capaces de cometer actos bastante poco edificantes o incluso atroces.

Se puede pensar que estos últimos, que además se parecen poco a mí en cuanto a mi código de conducta respecto a las cosas del mundo exterior, es imposible que sean mejores amigos que los primeros. Sin embargo, ni mucho menos en todos los casos es así.

¿De qué sirve tener un colega que está decidido a defender al medio ambiente a capa y espada, a proteger los derechos de las mujeres en el último confín de la Tierra, a promover la revolución ciudadana pacífica o a ser el defensor de las causas laborales de su comunidad de vecinos o que es incapaz de matar ni a una mosca si luego pasa de ti porque está muy absorbido con su vida o te quitaste el WhatsApp?

Claro que tengo amigos, algunos de los mejores, que son excelentes personas y también me demuestran su cariño (no demasiados, también tengo que decirlo). Pero últimamente me doy cada vez más cuenta de que durante años he convivido con personas a las que he rebajado bastante a nivel moral, en una especie de superioridad ética que en el fondo es pura soberbia, y que a la hora de la verdad, cuando menos me lo espero, tienen rasgos, gestos, ademanes, actitudes que me demuestran mucho más amor que otros.

Amigos que siempre han estado ahí sin que yo me diera cuenta de que estaban dispuestos a cuidarme, sacrificando su tiempo y jodiendo su espacio, sólo por echarme una mano, o a tener un detalle de generosidad y de entrega hacia mí incluso sin que yo se lo pidiera.

Sí, puede que al mismo tiempo se rían del indigente que pide en la puerta de la iglesia, hagan una broma sobre los refugiados sirios o exalten el franquismo en una mezcla de chanza y nostalgia rancia, pero, aun sabiendo que a mí todo eso me da asco y me produce repulsa, son capaces de darme un abrazo o decirme una palabra agradable de reconocimiento cuando más la necesito, o de quedarse a mi lado en los momentos duros.

Tampoco me pondré estupendo y diré que esta segunda clase de amigos abundan, porque no es cierto. En realidad, los amigos de verdad no abundan, eso lo tengo clarísimo a día de hoy, aunque me joda admitirlo, ya que siempre he sido un tipo que ha defendido a capa y espada las amistades y su capacidad de expandirse. Pero el mundo adulto no piensa igual y no queda más remedio que asumirlo.

No obstante, sí hay algunos amigos, o al menos algunos momentos de amistad. Incluso protagonizados por aquellos que, como personas, tal vez dejen algo que desear.

Pero, como decía mi amigo, ese que sí es buena persona, no me importa. Sólo me importa lo que me quieran esos cabrones. Y además, ¿quién dice que yo sea mejor que ellos?

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Más que un clásico

No me considero una persona fetichista, pero eso no significa que no tenga especial aprecio a determinados objetos transicionales. Estos son aquellos que simbolizan determinados afectos y emociones y que contienen en su capa inanimada, en sus componentes metálicos, vínculos con otras personas y con la realidad y confieren cierta seguridad, porque tejen un hilo común que conecta mis momentos vitales. Es un concepto construido por la psicología para el mundo infantil, pero yo aún tengo algunos rasgos de ese universo mágico.

Posiblemente el más importante de todos mis objetos transicionales sea mi coche, que tiene la particularidad que otros no tienen de ser el punto de conexión entre decenas, tal vez cientos, de personas de mi presente y mi pasado, muchas de las cuales no se conocen entre sí. En ese vehículo han compartido conmigo momentos, más allá de haber sido el utilitario que les ha conducido a un determinado destino.

Resulta emocionante pensar que personas que ya no están en mi vida siguen en cierta manera presentes porque muchas veces viajaron junto a mí en el desgastado asiento del copiloto, que aún conserva el rastro seco del pegamento que un día alguien derramó y sobre el que se han sentado tantas personas especiales.

No es un coche especialmente bonito ni especialmente veloz –aunque una vez una compañía de seguros lo definió como ultrarrápido, ligero y extremadamente peligroso–, pero para mí es mucho más que suficiente y no lo cambiaría por nada del mundo. Aunque esté muy viejecito y su modelo casi no se vea por el mundo, sigue manteniendo la línea juvenil de coche pequeñito, apañado, perfecto para un adolescente o conductor novato, si bien asumo que muchos desconsiderados sólo lo valoren como una tartana blanca del siglo pasado.

Cuando me lo compré ya era veterano, estaba justo en ese punto de madurez que ya anunciaba la cuesta abajo, el declive, pero cuando lo vi supe que tenía que ser mi coche. No fue un amor a primera vista, porque no creo en tal cosa ni siquiera con los seres humanos. Fue algo más mental, la conciencia plena de que ese bólido a cuatro ruedas, con tres puertas y aspecto deportivo me identificaba y cuadraba perfectamente con mi personalidad.

Han pasado muchos años desde entonces. Crecí y me hice adulto con él, he reído, he cantado mientras sentía la velocidad en autovías y parecía que se iba a desmontar a cachos, he visto paisajes a través de sus ventanillas en carreteras rurales, casi siempre en las entrañas de Castilla.

He sufrido calor en verano y disfrutado de él en invierno gracias al aire tremendamente caliente que expiden sus viejas rejillas, me ha costado horrores arrancarle después de cada helada intensa, me ha dejado tirado en carreteras y calles, he derrapado y hecho aquaplaning, le he estampado en alguna ocasión, una vez incluso se cayó por un terraplén. Me han puesto multas por el infame y criminal sistema de la O.R.A,  he saludado a los transeúntes con una canción de Celtas Cortos o de dibujos animados desde los semáforos en rojo de Pucela.

He besado, he abrazado, he acariciado, he follado, he querido y tal vez incluso haya amado dentro de él.

Durante todo este tiempo ha sufrido múltiples peligros y riesgos. He estado a punto de quedarme sin él en muchas ocasiones, la mayoría de ellas al principio por mi propia imprudencia o descuido, aunque desde hace un tiempo para acá es él el que, cansado de tanto trasiego, se me queja de vez en cuando y reclama a voces un descanso que yo me niego a concederle.

Sé que aún puede aguantar, que tiene fuerza. No lo jubilaré, salvo que no quede más remedio. Si me desprendiera de él, por muy lógico que ello resulte desde un punto de vista racional, práctico y frío –aunque yo también podría exponer argumentos en contra–, sentiría que se ha esfumado un trozo de mí, uno de los pocos que aún me quedan para construir la masa que compacta el ayer con el hoy, el Álber que fui con el que soy, que en realidad es el mismo pero también muy distinto.

Hace unos meses mi coche se convirtió en clásico, pues cumplió un cuarto de siglo. No le sentó nada bien tal onomástica, porque como si le pudiera la responsabilidad, unas semanas después se vino abajo. La cosa no pintaba nada bien y prácticamente lo di por perdido. Parecía como si no tuviese ganas de seguir conmigo, en el parque de vehículos activos del que tantas veces le han querido expulsar los técnicos de la Inspección Técnica de Vehículos a base de sacarle defectos superficiales que para nada afectaban a su seguridad, aunque estén catalogados como tales en la normativa.

El impacto para mí fue muy grande y reconozco que mi determinación titubeó, mi fe en las posibilidades de mi mítico coche temblequeó y estuve cerca de tirar la toalla.

Pero no lo hice. No soy testarudo en otros aspectos de mi vida, pero cuando tengo cariño a algo o alguien sí lo soy bastante. No me resigno a perder las cosas y, aunque eso me haya traído múltiples problemas, no creo que a estas alturas ya cambie. Como mucha gente me conoce y sabe lo que significa para mí ese automóvil –y también por ellos mismos, que lo quieren aunque les algo de vergüenza admitirlo–, empatizaron con mi desazón y me dieron consejos para solucionar el problema.

Así que busqué, indagué en el armario de las opciones. Y al igual que las personas cuando enfermamos, sentimos la desesperación y buscamos a un médico fuera del sistema, con métodos alternativos pero probablemente más viables que los convencionales, encontré un mecánico que me devolvió la esperanza y le dio a esa pequeña leyenda que me trae y me lleva a los sitios desde hace tantos años una nueva oportunidad, dotándole de una vitalidad como no le notaba desde hacía tiempo.

Parece como si le hubiera rejuvenecido y quiero pensar que a mí un poco también, aunque yo no lo necesite tanto, pues no estoy tan cascado (o eso creo). No soy un clásico como mi coche, ni lo pretendo, pero para mí es un honor ir a los mandos de un objeto que sí lo es, poder seguir contemplándolo como cuando era sólo un chiquillo, saber que cuando lo necesito está ahí con la misma apariencia de entonces, aunque tenga unos cuantos bollos más y algún que otro parche.

Me hace recordar todo lo bueno y lo malo que he vivido, con quien, cómo y cuándo, da sentido y coherencia a ese desastre que soy a veces. Me sigue pareciendo tan fantástico como el primer día. Me siento igual de orgulloso por tenerlo, aunque sólo sea un coche pequeño y esté muy viejecito.

Pero ahora puedo decir a todo el mundo que no es simplemente vetusto. Es algo más, un clásico, con solera y prestigio. Aunque en realidad para mí es mucho más que eso.

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Quítate el WhatsApp y veras qué pasa

Esta es la historia de una chica que un buen día decidió eliminar la archifamosa aplicación WhatsApp de su Smartphone anteriormente conocido como teléfono móvil. Llevaba cuatro años con ella instalada y no pudo aguantar más.

Hastiada de despertarse con trescientos mensajes nuevos –la mitad de ellos únicamente compuestos por los emojis anteriormente conocidos como emoticonos, aproximadamente cincuenta de cada grupo en el que estaba incluida–, de desayunarse con otros cuatrocientos e irse a la cama con más de mil, de gastar más de hora y media al día chateando sobre temas trascendentales, sexuales, escatológicos y propios de la prensa rosa, deteriorando la sensibilidad de sus falanges y su vista, y de recibir decenas de videos y fotos con memes anteriormente conocidos como caricaturas, sin olvidar las mil doscientas fotos de las vacaciones chic de Manu y Julia, del gato de Gabriela y del sobrino de Norma, dimitió de aquella vida perra de la mensajería instantánea e involucionó.

Decidió apuntarse a una nueva moda minoritaria de los japoneses, que siempre habían sido muy listos para según qué cosas, y se compró un Dumbphone o teléfono tonto –lo más parecido al mítico Alcatel que tenía todo Dios en la primera década de 2000–, para no caer en la tentación de volver a descargarse el servicio de comunicación más usado en todo el mundo. Volvió a lo que había sido su vida cuatro años atrás, cuando quedar con la gente se limitaba a un par de SMS escuetos, mientras que las conversaciones importantes se reservaban para las llamadas tradicionales o el cara a cara. Se convirtió en una australopithecus a nivel tecnológico.

Ella era consciente de que su vida social iba a cambiar. En algunos aspectos el futuro se presentaba brillante, pues se libraría de formar parte del grupo del trabajo de fin de semana en el italiano, con todas aquellas recetas que la importaban una mierda y los infinitos comentarios sobre lo gilipollas que eran los clientes. Igualmente se ahorraría las tonterías sobre los apuntes de reprografía que había dejado el profesor de turno, los cotilleos sobre el nuevo rollo surgido en la clase, las críticas hacia los frikis que siempre querían participar y los odiosos preparativos de la fiesta de fin de curso.

Asumía que dejaría de tener todo contacto con personas a quienes había conocido en los últimos tiempos y con las que prácticamente sólo se había relacionado por medio de WhatsApp. Como el hábito hace al monje, tenía muy claro que esas supuestas amistades ya no saldrían del monasterio y se aislarían para siempre. No es que le resultara totalmente indiferente, pero digamos que era una pérdida que estaba dispuesta a soportar con deportividad.

También supuso que el nivel de comunicación en general con su círculo sufriría descensos, pero precisamente eso tenía más de positivo que de negativo, ya que pondría tierra de por medio con los incómodos grupos creados ex profeso para comentar el último partido de la selección española de fútbol o para comprar el regalo de cumpleaños a su amiga Mariela que en realidad nunca lo fue demasiado, entre otros.

Pero confió en que seguiría al tanto de lo realmente importante. De las novedades que afectaban directamente a la vida de sus familiares y amigos de siempre.

Sin embargo, la realidad superó ostensiblemente sus peores previsiones.

Durante los primeros meses sin WhatsApp la chica bastante tuvo con estudiar para el temible junio que se acercaba y preocuparse en superar el síndrome de abstinencia. Al principio cada cinco minutos sacaba del bolsillo de su pantalón o falda, o del bolso si ese día llevaba vestido, su terminal imbécil de nueva adquisición, sin ser consciente de que ya no había nada que consultar.

Aquella herramienta del pleistoceno la irritaba.

Cuando veía la pantalla simplona, sin apenas colorido, sin los iconos que tanto se había acostumbrado a observar como si fueran sus auténticos compañeros de fatigas, especialmente ese encantador círculo verde con forma de bocadillo de cómic que había sido durante tantos días la fuente de la que manaba el tiempo que paliaba su aburrimiento vital cotidiano, una vez olvidadas las viejas aficiones del pasado, se sentía tan frustrada que maldecía una y mil veces su decisión de pasarse a la secta de los cromañones pre 3G, predigitales, pretáctiles, prepago, preescolares… Prehistóricos.

Pero decidió ser fuerte, ser mártir, ser estoica.

A medida que fueron pasando las semanas y sin necesidad de acudir a ninguna terapia ni seguir ningún tratamiento para desintoxicarse –algo de lo que se sentía tremendamente orgullosa–, más allá de algún que otro Tranquimazin para la ansiedad, consiguió poco a poco espaciar el tiempo entre revisión y revisión del dispositivo y, lo más importante, ya se daba cuenta de que en realidad no tenía nada que revisar.

Únicamente le quedaba superar esa irrefrenable necesidad, procedente de su vicio prolongado, de agarrar el aparato cuando se sentaba a miccionar, después de cada capítulo en los libros que de nuevo volvía a leer y al inicio de cada pausa publicitaria de los programas políticos de la Sexta, Cuatro y Antena 3, pues le daba tiempo, ahora sí, a verlos todos.

Cuando acabó los exámenes y creyó, muy ufana, que estaba completamente rehabilitada, lo urgente dejó pasó en su mente a lo importante.

Llevaba meses sin saber nada del noventa y cinco por ciento de los que ella podía considerar seres más o menos íntimos o al menos bastante cercanos. El cinco por ciento restante se correspondía con su familia directa, a excepción de un par de tíos muy cool, dos primas adolescentes y su abuela Marga, que siempre fue muy hippy y fumaba muchos petas.

Ni una sola de sus amistades se había puesto en contacto con ella. Al principio pensó que tenía que haber cometido necesariamente algún olvido. Pero repasó mentalmente la lista de sus personas importantes y no descubrió ninguno. Todos y todas habían sido pertinentemente avisados por mail.

En un primer instante se enfureció. Su primer impulso fue dejar pasar el tiempo deliberadamente, tirar de orgullo. “Si ellos no llaman, yo tampoco”. Pero pronto se dio cuenta de que no estaba siendo justa. Le tocaba a ella tomar la iniciativa, pues ella era quien había cambiado y no los demás. No podía pretender que se adaptaran a la nueva situación sin poner de su parte, sin invitarles a regresar al método tradicional, sin pegarles un toque y decirles: “Hey, qué tal, hola, soy yo, no me he ido a ningún lado ni he desaparecido del mundo, sólo que ahora no estoy en WhatsApp, pero me puedes llamar, ¿eh?”.

Llamó a Enrique, que además de su amigo más antiguo también era el más guapo. Insistió mucho, casi diez tonos, e incluso hizo varias rellamadas, concepto del que ya casi ni se acordaba. Decepcionada, probó con Isabel, que posiblemente era su mejor amiga aunque también la más enganchada a su Iphone, siempre el último modelo que hubiese salido al mercado. Nada. Fue marcando uno a uno todos los números de su pandilla principal, con idéntico resultado descorazonador.

Pese a que no era su intención primitiva, probó también con otros amigos pertenecientes a otros grupos con los que no tenía tanta relación, pero que habían significado cosas especiales en determinados momentos de su vida. La ausencia de respuesta se mantuvo invariable. Era como si el mundo se hubiese convertido en la famosa escena de Abre los Ojos en la Gran Vía.

Pasaron las horas y los días y su terminal de generación cero no sonaba. Ni un ring, ni un beep, ni siquiera el puto politono que se había puesto como señal de llamada para contribuir a su asqueo vital.

No daba crédito a lo que estaba sucediéndole. No conocía los planes para salir de fiesta por la noche –y pasaba de humillarse presentándose en los bares de siempre–, no había podido felicitar a su amiga Karla tarareándole como todos los años la mítica canción de Los Nadie que en realidad, ahora que lo pensaba, llevaba cuatro años sin cantarle directamente, sino que en realidad se la había grabado en un whatsapp de voz. No sabía qué tal estaba la madre de Ana…

Llegó el fin de semana y se dirigió al restaurante. A la hora de siempre, a la que llevaba presentándose desde que había sido contratada por duración determinada debido a circunstancias eventuales de la producción hacía tres meses.

Nada más ver la cara del payaso de su encargado, su gesto hosco, su faz de mascador de chicle con revolver oculto tras el cinturón, se dio cuenta de que algo grave ocurría. Y que tenía que ver con ella.

“¿Qué coño haces aquí? Tenías que haber venido a hacer la comida, te tocaba doblar turno. La has cagado, niña, búscate otro curro”. Inmediatamente, antes de que aparecieran unas finas lágrimas que sólo consiguió reprimir hasta que salió del aparcamiento del Centro Comercial, se dio cuenta de lo que había ocurrido. En ese trabajo todo lo comunicaban mediante el maldito grupo de WhatsApp. Por eso no se había enterado de la modificación horaria. Por eso estaba en la puta calle.

Sopesó los pros que tenía la amarga noticia. Tenía el sábado noche completamente libre desde primera hora. Le apetecía un polvo. No con alguien demasiado espectacular, le bastaba con que fuera mono y follase bien, con entrega y cierta pasión. Tenía en la cabeza al candidato perfecto, un tío de su Facultad que estaba en un curso superior y con el que ya había probado los muelles de la cama de su piso de estudiantes.

Le llamó y, como suponía, este sí aceptó la llamada. Imaginó que ver aparecer su nombre en la pantalla le habría producido el mismo efecto que recibir una invitación a una orgía y eso era demasiado irresistible para cualquier tío. Incluso sin WhatsApp de por medio.

Sin embargo, se equivocó. La que respondió fue una zorra de voz chillona que la despachó en dos o tres frases desabridas. Ella era su novia y él estaba en la ducha donde ella se iba a meter “en cuanto te cuelgue”.

Se quedó totalmente plof. Su mente no pudo evitar hacerse el harakiri y pensar que tal vez si hubiera mantenido el contacto con él durante los últimos meses, intercambiándose aquellos mensajes de contenido erótico y esas fotos en las que ella se esforzaba por pronunciar el escote y él por marcar los hoyuelos, tal vez no la habría cambiado por aquella gritona hija de puta.

Al día siguiente se levantó como si tuviera una resaca de pánico. Vale que en parte la tenía porque se había pimplado unos cuantos chupitos del Bourbon que sus padres guardaban para las visitas, pero sobre todo su resaca era emocional. Sentía que su existencia era un zurullo.

Entonces, se le ocurrió la única vía posible para solucionar su mísera vida. El sistema más viejo de todos. El teléfono fijo. A la hora de comer el domingo por la tarde. Lo que nunca le fallaba cuando tenía diez años y casi nadie del grupo tenía móvil. Se armó de valor, cogió un viejo cuadernito con apariencia de pergaminos cosidos y busco el número de Isabel.

La madre de su amiga le pasó enseguida con esta. Nuestra protagonista se sintió muy rara al escuchar su voz después de tantos meses y el corazón le pegó un involuntario saltito. Isabel parecía la de siempre, risueña, algo tontita, graciosa. Que si “dónde te has metido últimamente, tía”, que si “no te sabes la última de Claudia”, que si “vaya pasada lo de Rebe”… Ni una sola mención a la no devolución de las llamadas.

Así que no le quedó más remedio que sacarle el tema, intentando no mostrarse muy enfadada, aunque no pudo evitar un cierto tono de reproche. La respuesta de su amiga de la infancia le dejó estupefacta, pasmada, boquiabierta, ojiplática. “Ya, tía, es que da mazo pereza…”. Cuando le replicó que no tenía otra forma de comunicarse, Isabel la dejó aún más rota. “Pues ya sabes lo que tienes que hacer, tía, ponerte otra vez el WhatsApp, que mola más que hablar”.

Antes de que tuviera tiempo de objetar algo más, la otra cortó definitivamente. “Te dejo, que me está escribiendo la pija de Carol para contarme no sé qué y tengo que responder al grupo de estas, que tenemos que hablar de la barbacoa de esta noche. Apúntate, ¿eh? Besitos, ciao”.

Aquello le sonó a mucho más que una despedida. Era el final de una época, el portazo a una era en la que ya no se podía vivir. La de la normalidad.

Fue totalmente consciente de lo caro que podía costarle su rebeldía. Podía quedarse sin trabajo, sin amigos, sin sexo. El WhatsApp era esa odiosa herramienta para acceder a un mundo que antes era tan sencillo como decir un hola y esbozar una sonrisa.

Estuvo tentada de mandar todo a la mierda, jugársela y llevar su insumisión tecnológica hasta el final.

Aquella misma tarde sacó del cajón su Samsung Galaxy, desfasado pero no tanto como para no aceptar WhatsApp. Llamó a su compañía y les comunicó su deseo de darse de alta en la tarifa Tortuga Hermafrodita. Que, por supuesto, incluye datos.

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