Desde entonces, ya Castilla…

El sol vespertino refulgía sobre el asfalto impecablemente pavimentado de la A-6 e iba perdiendo fuerza a medida que avanzábamos, dando paso a un crepúsculo que se presentó casi sin avisar cuando nos hallábamos cerca de los túneles del Guadarrama. Decidí realizar la última parada del viaje en el área de servicio de Villacastín.

Me hallaba tremendamente cansado, pero no quería reconocerlo. Había aguantado hasta allí y casi por cabezonería debía hacerlo hasta el final. Mi primo David ya parecía despierto definitivamente, pero no pensaba dejarle el timón de una expedición que yo había capitaneado desde el principio. Eso habría supuesto dejarle la gloria del momento final a él después de que yo me hubiese comido lo más tortuoso. Ni hablar.

Así que después de un refrigerio rápido, durante el que se palpó claramente en el ambiente como mi amigo Devassy y yo nos esforzábamos por que no se nos notara la fatiga acumulada tratando de hablar animadamente de cualquier cosa, iniciamos la última etapa de aquella irrepetible aventura cuando quedaba apenas una hora para que oscureciera.

Accioné por última vez el contacto del Safrane, y después de varios kilómetros, tomé la desviación de la N-601. Yo era más partidario de seguir por la autovía, máxime teniendo en cuenta la cantidad de kilómetros que llevaba sobre el cuerpo y la mente, pero una especie de arrebato sentimental me incitó a pasar por esa vía que atravesaba varios pueblos de mi adorada Castilla, la mayoría dentro de la provincia vallisoletana.

Necesitaba enseñarle mi querida tierra a nuestros compañeros indios. Aquella carretera, que imaginé muy poco concurrida a esas horas del domingo, resultaba idónea para tal fin.

El ocaso generaba una franja rosácea que se extendía en el horizonte mezclada con un grupo de alargadas y delgadas figuras nubosas, cuyo conjunto se asemejaba a un ejército celeste del pasado que vigilaba desde los remotos parajes del tiempo.

La mortecina claridad postrera del día invernal dejaba sobre los campos, todavía sin sembrar, una tonalidad preciosamente agónica, ligeramente azulada, que poco a poco iba siendo invadida por la penumbra. Sobre algunos puntos, se generaban ocasionalmente espacios cristalinos, procedentes de los últimos rayos de un sol agonizante.

Había pasado por allí mil veces, pero bien fuera porque la presencia de los dos hindúes hacía que me sintiera especialmente henchido de orgullo hacia mi tierra o porque de alguna extraña forma sentía que podía perderla en cualquier momento, noté como me atravesaban súbitos e incontrolables escalofríos de emoción que estuvieron a punto de provocarme un inesperado llanto de extraña melancolía dichosa.

—Bienvenidos a la verdadera Castilla —anuncié conmovido.

—Nuestra región, Kerala, un poco como así —señaló Devassy.

—Sí, es poquito parecida —coincidió Vainavi.

Elegí de la lista de reproducción de mi móvil un tema que llevaba muchos minutos deseando escuchar. El Canto de Esperanza, del Nuevo Mester de Juglaría, basado en el poema del berciano Luis López Álvarez, el himno no oficial de Castilla y León y una de las canciones con más carga emocional para mí.

Mantenía desde hacía muchos años el ritual de ponerla a todo volumen en las mañanas festivas del Día de Villalar y cantarla a todo pulmón. Mi madre, de quien me venía gran parte de ese sentimiento identitario con la región y sus tradiciones —si bien se trataba de una característica también muy extendida en mi familia paterna, desde mi abuelo hasta mi tía Mati—, solía unirse a mí y ambos reíamos mientras entonábamos esa verdad tan cierta, triste y nostálgica: ‹‹Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar››.

En aquel lejano atardecer de domingo, allá por 2007, cuando tantas cosas estaban comenzando a cambiar en mi personalidad y en mi mundo, podía atisbar casi de puntillas que algún día mantendría esa vieja tradición lejos de mi Castilla.

Era capaz de intuirlo discretamente, de respirar brevemente un aroma a fuerte añoranza, pese a que todavía no había abandonado mi país. Lo empezaba a percibir en un contexto curioso, cuando era precisamente yo quien llevaba a unos extranjeros hacia su nueva vida, a miles de kilómetros de sus raíces…

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Mi primo Pedro sufría una evidente enajenación mental transitoria, para cuya fecundación habían copulado diversos licores de distinta graduación y un palpable desasosiego.

Calibré que en esa desazón voraz, en aquella congoja desmedida, influían muchas cosas: la vergüenza por haber sido pillado con las manos en la masa —desconocía si había sido en la compacta de las tetas o en la levadura informe de la vagina, pero obviamente daba lo mismo—; el sentimiento de pérdida y la llanura de soledad que se extendía ante él, hasta entonces salpicada por alguna que otra choza aislada —ahora Chipre debía de asemejarse peligrosamente a una isla desierta para mi primo.

Tan importante o más que los anteriores factores, estaban la añoranza hacia el hogar, después de muchos meses separado de él, y el miedo respecto al futuro, que en su caso se debatía entre la necesidad de alejarse cada vez más de su tierra y el llamamiento interno de una estabilidad que veía imposible.

Y entre todo ello, como algo transversal, al igual que me pasaba a mí, el efecto de todas las cosas que nos habían ocurrido en los últimos años.

—¿Sabes que día es hoy, David? —inquirió de pronto, aparcando su acceso de locura, con un acento nostálgico que me desgarró sin esperarlo.

Llevábamos casi un minuto sin hablar. A través de las ondas, sólo habían circulado sus murmullos casi gimientes, mi impresionante quietud doliente y la aflicción de una ciudad, la nuestra de siempre, que observaba cómo la lejanía que nos separaba la hería de muerte.

—Hoy no sé. Mañana es Villalar.

—Ya es 23 de abril. Son las cuatro y pico de la madrugada.

—No sabemos a qué hora se produjeron los ajusticiamientos de los comuneros.

—Yo sí. En realidad, les decapitaron en la madrugada del 24. Lo que se conmemora el 23 es su derrota y apresamiento. ¿No te parece muy apropiado para esta tierra nuestra? La celebración de un fracaso sonado, la onomástica de una condena injusta. El recuerdo del fiasco de una revolución, de la muerte de unos ideales. La evocación del sufrimiento que llevamos encima en Castilla desde hace siglos.

Soltó todo aquello de una manera que no me recordó a Pedro. Inflexionando las palabras con una calma lánguida, un laconismo relajado, dejando que fluyera la emoción de forma sosegada, como si se estuviera derritiendo de pena, saboreando su propia melancolía.

Yo nunca había tenido ese sentimiento de pertenencia hacia nuestra región, aunque profesase cariño por ella. Siempre había opinado que en realidad uno consolidaba su querencia hacia el lugar donde encontraba su bienestar, no en el que hubiese nacido.

En mi caso, eso no se había producido aún, ni siquiera en Valladolid, aunque había una indudable mochila de memorias felices que retrotraían a la infancia, siempre radicada en determinados lugares, y un contagio afectivo procedente de mis familiares, la mayoría de ellos muy arraigados a la vieja, yerma y castigada Castilla.

—Va a ser la primera vez que no paso ese día al lado de mi madre. El primer Villalar en el que no me levantaré por la mañana escuchándole tararear el Canto de Esperanza mientras la canción suena de fondo en la radio.

Le percibía tan conmovido que preferí no añadir nada. Me limité simplemente a escuchar como desplegaba todo su arrebato emocional con el mayor de los respetos. También yo me sentí algo sobrecogido. Me noté bastante conectado con él, unido por un espíritu común que se había filtrado como por sorpresa entre los poros de mi alma.

—No puede haber canción más exacta para definirnos a los castellanos y, en general, a los españoles. Siempre castigados por la justicia que supuestamente nos debería proteger, bajo el yugo de dictadores o de tipos que hacen sus funciones como regentes falaces, incluso ahora en democracia. Y sin embargo, sólo aquella vez nos rebelamos y perdimos. Para colmo, ni siquiera lo hizo el pueblo llano por sí mismo, sino que tuvieron que encender la llama los burgueses. Y desde entonces, ya Castilla no se ha vuelto a levantar. Ni España.

Se detuvo unos segundos. Se le percibía preso de una tremenda agitación emocional.

—Ahora sustituimos la protesta por la huida —continuó—. Yo mismo estoy aquí, fuera, haciéndome un camino que en el fondo me satisface mucho pero que también me genera una cierta desesperación, porque me doy cuenta de que, por muy bien que me encuentre viajando a mi bola, independiente, sin nada que me ate, allá donde vaya siempre me faltara ese lazo, esa raigambre que tengo allí, pero al mismo tiempo, cuanto más tiempo pase, más se irá debilitando. Tengo miedo de convertirme en un nómada sin pertenencia a ningún lugar, David. De no encontrar jamás mi sitio. No me malinterpretes, no es que haya cambiado de opinión con respecto a lo que te dije hace unos meses. Sigo queriendo explorar, conocer mundo, es lo que el cuerpo me pide y estoy convencido de ello… Pero por otra parte, siento esta zozobra, este temor a la incertidumbre y a la inestabilidad.

—Estás exagerando un poco —atajé para mitigar el peso trágico de su discurso—. Cuando vuelvas, aquí seguirán estando tu familia, tus amigos y tus cosas de siempre. Y así será siempre que regreses.

—¿Tú crees? —puso una nota de escepticismo—. Puede ser, pero el problema entonces quizá esté en mí, tal vez me sienta raro y ya no me adapte. Quién sabe si no acabaré siendo un extraño en mi propio país.

En ese instante, me di cuenta de lo duro que tenía que ser para Pedro sentir esa dicotomía que le dividía entre el apego por las raíces y el deseo de escaparse de ellas. Pensé en todos aquellos castellanos que, en mayor o menor medida que mi primo, sentían aquella demoledora pesadumbre, y pude adquirir una cierta empatía respecto a todos ellos.

Especialmente pensé en los que no se habían ido por gusto, sino que habían sido poco menos que expulsados por la escasez de opciones y la depresión generalizada, ante la indiferencia de nuestros gobernantes y la desidia de nuestra sociedad, que veía como se le abrían boquetes cada vez más grandes, sin que fuera capaz de reaccionar.

Podía parecer que sólo se trataba de una estúpida fecha que a alguien se le había ocurrido fijar en el calendario para reivindicar una identidad regionalista que en realidad jamás existiría, pero en el fondo se trataba de algo más.

Era la apelación a un sentimiento que otro Maldito Abril, como rezaba la canción de La Fuga, casi quinientos años después, seguía estremeciendo, y en parte penalizando, a los castellanos y a aquellos leoneses que se notaran partícipes de esa herencia emocional colectiva.

La falta de ímpetu y de conciencia común para decir basta a aquella situación de maltrato histórico, de discriminaciones acumuladas en el saco de la desigualdad, de desprecio por parte de la clase dirigente, de exilios forzosos por acción u omisión.

La frustración de que, desde entonces, Castilla no se haya vuelto a levantar…

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La presidenta que pudo tener España

Siempre me ha resultado curioso observar las reacciones de España cuando alguien de relevancia pública estira la pata. Si en vida fue más o menos querido por el pueblo, o al menos no un enemigo, la gente se suele deshacer en parabienes. Incluso si el susodicho o la susodicha arrastran tras de sí un legado controvertido y han estado en el ojo del huracán, las palabras son mesuradas, se atenúan las críticas, el personaje en cuestión merece más alabanzas que reproches por su labor anterior y, por supuesto, en lo que se refiere a su valía personal, “fue un buen hombre o una buena mujer” o “sacrificó mucho por el país” o “fue un referente” o “dejará huella para los que vengan”.

Hay dos casos recientes, uno de ellos recientísimo y ambos de mujeres, que representan ese gran contraste en cuanto a las consideraciones que la nación y sus mandatarios guardaban hacia ellas. Rita Barberá sería un buen ejemplo del segundo grupo, si bien la polémica en torno a sus actos estaba tan viva en el momento de su fallecimiento que ni siquiera desde algunos sectores se respetó ese beatismo tan español para con los finados y se puso el acento en su controvertida moral política aun estando de cuerpo presente. No obstante, sin duda mucho menos de lo que la objetividad de sus acciones merecía.

En el caso contrario, estaría Carme Chacón, ex ministra socialista de Defensa, que murió hace una semana. La catalana era en general una política de consenso y ha recibido todo tipo de mensajes positivos tras su muerte, destacando en casi todos ellos su figura política y personal, opiniones favorables que ella habría deseado escuchar en vida con más asiduidad pero que se extienden ahora sobre su féretro.

Carme Chacón en un mitin del PSC. (Imagen: El País).

Estoy seguro que muchos de los que ahora la ponderan la despellejaron en vida muchas veces o directamente la ningunearon, que no sé qué es peor. Leyendo y escuchando, pareciera que hubiese sido la mejor ministra de defensa de la historia, pero ya se sabe cómo somos por estos lares. En su momento, tal vez incluso se dirá lo mismo de María Dolores de Cospedal. Que fue una gran ministra, buena secretaria general, excelente política y mejor persona. En diferido, claro está.

Pero en directo las cosas son muy distintas. Confieso que no recuerdo apenas nada de la labor que Carme Chacón llevó a cabo como titular de defensa. No tengo una opinión, ni formada ni deformada, sobre si fue una mala o buena ministra. Reviso ahora su trayectoria en dicho desempeño y compruebo que su equipo fue quien lidió con el tema de los piratas contra pesqueros españoles en aguas somalíes y que durante su mandato se puso fin a la misión española en Kosovo (decisión bastante criticada desde algunos sectores) y se terminó el escudo antimisiles de la OTAN en la base de Rota.

Sin embargo, sí tengo buena memoria para recordar comentarios de la ciudadanía o reseñas aparecidas en medios de comunicación, algunos bastante despreciativos, respecto a su trabajo. Me acuerdo que se desató una corriente machista entre los profesionales del ejército por el hecho de que la máxima responsable del ministerio fuera una fémina y además catalana, algo incompatible con la supuesta españolidad que debía revestir la persona que ocupara tal plaza, y para colmo de “despropósitos” embrazada.

Recuerdo que decían que no tenía mucha idea ni hechuras para el cargo, que debilitaba y perjudicaba la imagen de España de cara al resto de las potencias militares desplazadas en Afganistán (pues Zapatero no retiró las tropas españolas de allí, a diferencia de lo que hiciera en Irak). También se dirían algunas cosas buenas, supongo, pero rememoro con mucha mayor claridad las malas, porque prevalecían sobre aquéllas.

Carme Chacón, junto a miembros de las tropas españolas desplazadas a Afganistan. (Imagen: Libertad Digital).

Me sorprende leer que después se convirtió en la ministra más valorada de ZP en las encuestas. Manda huevos mi frágil retentiva que ni siquiera me acordaba de que antes de pasar revista a las tropas españolas fue Ministra de Vivienda, la misma que impulsó la famosa medida de los 210 euros de ayuda al alquiler para los menores de 30 años que quisieran emanciparse. Será que por aquel entonces aquello ni me iba ni me venía. Ahora tampoco, pero por otras razones bien distintas. Maldito don de la oportunidad a la inversa.

Pero por otro lado hay muchas cosas acerca de Carme Chacón que sí tengo en la mollera. Se trata más bien de una huella que esta política catalana me dejó en forma de sensaciones sobre su persona y, como habría dicho ZP, su talante.

Siempre me pareció una mujer de formas exquisitas, una de esas personas que no abundan en la política. Mesurada pero al mismo tiempo firme en sus ideas, educada pero no por ello resignada, dura cuando tenía que serlo y dulce cuando la ocasión lo requería, feminista con inteligencia y sin estridencias, catalanista pero al mismo tiempo defensora del entendimiento, de la unidad y de los mínimos comunes, de izquierdas pero sin extremismos. En otras palabras, era una socialista, al igual que en algún momento lo fue Zapatero antes de que se vendiera, acorralado por la crisis y su propia necedad, al neoliberalismo.

No es que yo coincidiera plenamente con sus ideas, porque sólo me identifico parcialmente con el socialismo (me refiero al socialismo puro, no al derivado amorfo, pastoso y de apariencia repugnante que representan muchos dirigentes socialistas en la actualidad) pero sí que considero que sus características personales hacían que Carme Chacón fuera una de las mejores alternativas, si no la mejor, para el liderazgo del partido del puño y la rosa.

Cuando perdió su pulso con Rubalcaba por la secretaría general de la formación en 2012, recuerdo que me entristecí. Me pareció un error histórico y casi mortal para el PSOE, posiblemente el principio de todos sus males posteriores o la continuación y agravamiento de los que ya tenía. La tumba del partido más antiguo de España, que ahora pega tal vez sus últimos estertores en una lucha entre espectros de los cuales tal vez el más gracioso y simpático, puede que hasta esperpéntico, en parte por ese carácter de mártir que tanto nos mola a los españoles, sea Pedro Sánchez.

Carme Chacón junto a Alfredo Pérez Rubalcaba. (Imagen: El Mundo).

No tengo ni idea de qué habría hecho yo en el caso de que Carme hubiese derrotado al siniestro Rubalcaba y se hubiera llegado a presentar como candidata a la presidencia del gobierno. No descarto en absoluto que la hubiese votado pese a no ser totalmente afín a su corriente ideológica. Creo que me habría gustado que fuese ella la primera presidenta de la historia de España.

Las otras dos mujeres que han tenido opciones de serlo en los tiempos recientes han sido Esperanza Aguirre y, aun con posibilidades, Susana Díaz. No tengo los suficientes conocimientos como para afirmar que Carme Chacón era mejor política que estas dos, pero sí tengo bastante claro que su talla personal era muy superior.

En concreto, si la comparamos con la lideresa andaluza del PSOE, por proximidad, ambas se parecen en que no son políticas de clase ni pertenecen “por razón de ascendencia” a la oligarquía socialista, sino que proceden de familias trabajadoras y ajenas al partido. Chacón era hija de un bombero almeriense y de una abogada catalana. Siempre estuvo vinculada a Esplugues de Llobregat, su localidad natal. Díaz siempre alardea de sus orígenes humildes en cuanto tiene ocasión de hacerlo, en cualquier mitin, parodiándose a sí misma y restando valor a su presunta modestia, haciendo parecer que no es tal.

Carme Chacón era mucho más auténtica. Era algo que se notaba sin necesidad de conocerla. No jugaba con el exceso como Susana Ohara. Por desgracia, tengo la sensación de que las palabras de Carme se las llevó en muchas ocasiones el viento, cosa que no ocurre con la ruidosa y altisonante Díaz. No obstante, esta última apoyó a Chacón en aquellas primarias de 2012 y uno de los últimos actos políticos de la catalana fue asistir al acto de presentación de la campaña de Díaz para liderar el PSOE. Según dice Susana Ohara, eran amigas.

Carme Chacón y Susana Díaz. (Imagen: El Confidencial Digital).

Si así era, espero que Carme le haya dejado en barbecho alguno de sus valores para cuando Díaz consiga su cantada victoria. Por el bien del socialismo, si es que queda algo. Pero aunque así fuera, la posible primera presidenta de España nunca será la que pudo y tal vez debió ser.

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Ya no estalla la primavera del amor

Casi todo el mundo sabe lo que fue el verano del amor, aquella cosa que los del 67 se sacaron de la manga para quitarse de encima definitivamente la represión de los valores dictados por la generación anterior a la suya. Quisieron hacer exaltación de lo que sus mayores consideraban blando y amariconao y se juntaron en San Francisco para que todas las orgías artísticas de la historia se fijaran desde entonces en ellos, antes de que las únicas armas dignas de ser alabadas en la bahía californiana fueran las metralletas de los splash brothers.

Fue una suerte de explosión happy flower en cuya onda expansiva se dejaron atrapar greñudos que luego se cortarían la coleta y chicas de pueblo sin depilar, que en su versión patria eran “una tribu de repatriados de Ibiza que dejaron de ser hippies pero no de ser palizas”. Todos ellos y ellas se situaron dentro del radio de acción del All You Need Is love para mejor gloria de los corazones, la naturaleza, la biología y las hormonas segregadas químicamente.

Sin embargo, prácticamente nadie sabe lo que es la Primavera del Amor. Entre otras muchas cosas, porque no fue un movimiento que se colectivizara, y por ello no fue recogido por cronistas mentirosos como yo. Ahora, sin que sirva de precedente, voy a contar una verdad. Voy a contar lo que fue la Primavera del Amor.

Mi relación con el maldito abril secular, el mes de María y el de los exámenes y la noche más larga últimamente ha sido turbia. Una especie de aborto de la ilusión embarazada durante un verano de estío sonrojante, un otoño de decadentes esperanzas y un invierno a la cuesta de enero. Como un globo sonda fabricado en Vallecas que se pincha y llena de flatulencias mi libido.

Pero esto no siempre fue así. Ni para mí ni para todos nosotros. Hubo un tiempo en el que nos pasaban cosas, en el que éramos algo más que saltimbanquis de adorno en un club de carretera lleno de parejas de hecho con proyección de divorcio católico.

Fue en esa época cuando llegó la estación púber que nos hizo estallar como artefactos sincronizados del Bomberman sin necesidad de que nos programaran para arrojar cataratas de esperma o llover torrentes de flujo en los relojes online. Entonces, los informativos anunciaban borrascas y no el cambio climático disfrazado de agosto anticipado, aunque ya había propaganda del turismo de la España de los tirantes y los baños prematuros en Benidorm y las charangas con lloros y mantillas hispalenses.

Bien es verdad que la detonación fue un poco chusca y se quedó muchas veces en petardeo ruidoso, pero los escrotos acababan ajados y aunque en Castilla se negaba, las fresas de la cesta de Caperucita Roja acababan machacadas porque el lobo no aparecía y a ella, enfadada, le tocaba volver a casa de su puta abuelita.

Era un tiempo en el que nuestra miseria estallaba en bolsas de Drakis y en los coches con matrícula de Madrid, San Sebastián o Navarra, antes de que los vehículos explosivos fueran camiones con bastidor espiritual del Islam.

Aquella primavera tenía un cierto aire pueril. Nos comían la merienda del burguer los matones que llevaban el éxtasis en bombers y nos conformábamos con descapullarnos de forma codificada. Hay que reconocer que pese a su nombre no nos trajo amor, ni siquiera del Todo a Cien, pero había derivados polínicos que transportaban las abejas de flor en flor.

La deflagración se produjo al ritmo de un tema de Sash!, que fue el himno de esos meses en discotecas donde a la gente le gustaban las pastillas rojas, verdes y amarillas, y en cuyos baños cerca del caballo se rumoreaba que aparecían de pronto travelos bakalatas para preguntarte si querías que te dieran por detrás.

En esos días de kalimotxo y claveles que habían sobrado de San Valentín en las floristerías de barrio había chicas que querían ser más altas que tú y que vomitaban el almuerzo sin creerse guays. Era una época en la que el bullying se medía por las hostias que te llevabas en el estómago y no por el número de likes de los videos.

Fueron unas semanas en las que podían llevarte al huerto y se arrancaban amapolas salvajes de la huerta que fue del rey y hoy en día es de los gladiadores azules y de las guerreras de Pajarillos. Y todos nos sabíamos de memoria aquella canción que decía que el milagro que esperábamos iba a ocurrir al comenzar la primavera en el jardín.

Hoy en día muchas cosas han cambiado. Ahora nos fijamos en otras primaveras que ya han sido desvirgadas antes de florecer. Los capullos se niegan a llevar capuchón en estas fechas, ya sólo se abren cuando algún bicho se posa encima y tienen su propio canal en youtube. Los hímenes se rompieron despacito en un marzo de baratillo que olía a julio.

A Sash! lo vi en vivo y en directo muchos años después, en plena crisis tratando de remendar en otra primavera tardía las mentiras que nos había soltado en su día. Fui a verlo con una de las amigas a las que más he querido en mi vida. Actuó en un sitio cuyo nombre alentaba a pensar que volvía un verdadero orgasmo primaveral, La Rosaleda. Pero la canción sonó descafeinada, sin gracia. No había ni pizca de la magia de antaño, el local acabó convirtiéndose en un antro pijo con nombre hindú poco después y de mi amiga, como de Guille y los demás, ya no sé nada.

Ya no estallan las bombas en Zarauz ni en Rentería, sino que caen del cielo sobre Siria, estallan en trenes rusos y en iglesias egipcias y las únicas sustancias químicas que hay en el ambiente son de destrucción masiva. Ni siquiera los coches lapa tienen ya registrado su lugar de nacimiento, hay desarmes de juguete y a nadie le importa que en alguna jodida radiofórmula sigan pinchando la horrorosa canción de la tortura.

Seguimos esperando a que aparezca el milagro en el jardín, a que venga la bella y evite que la flor se marchite, pero Emma Watson no da ni de lejos la talla del dibujo animado que fue pornografía para nuestras mentes infantiles y sobran las bestias que arrojan fuera de sus palacios de hormigón a las hechiceras solicitantes de asilo.

Menos mal que aún nos queda Sabina, “superviviente, sí, maldita sea”, que en su nuevo disco le ruega a la primavera “no me tumbes en la era de Internet”.

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Sabina de resaca

Hoy es el día para que lo neguemos todo. Ayer no estuvimos allí, donde las niñas no querían ser princesas de boca de fresa y el camello gritaba “¡Drogas, no!”.

No, ayer ni siquiera merodeamos por la calle donde habitaba el olvido, ni vimos cómo la gente se marchaba o cómo la noche pasaba como pasan las cosas que no tienen mucho sentido.

Es mentira, y no por ser un bulo repetido merece ser verdad, que nos acercáramos a la senda de los conductores suicidas, aunque sí es cierto que a los dos nos gusta demasiado el verbo fracasar.

Niego absolutamente que yo acabara más triste y solo que un pingüino en un garaje o que un torero al otro lado del telón de acero. Supongo que tú tendrías más suerte y una venus latina iría a darte la extremaunción. No hay nada mejor que encontrar un amor a medida.

Tampoco es verdad que en algún momento, antes de que la poesía mintiera como mienten todos los boleros, a esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar, quisiéramos escribir la canción más hermosa del mundo. Ni que terminásemos por morder el anzuelo en un banco de morralla como buenos peces de ciudad.

Es rastrera fula eso de que soñáramos con emular al Dioni (cuando era el Dioni). Fiel a nuestro estilo de perdedores asiduos de tantas batallas que gana el olvido, les dijimos a esos críticos, los que ayer mismo nos acusaban de jugar demasiado a la ruleta rusa, que eso sí que no. Preferimos que nos acusen de quedarnos anclados en calle melancolía.

En realidad, la noche que amamos olía a pachulí y vivimos en la ficción de que no amanecía jamás. Había chicas que toreaban a los autobuses y pedían fuego. Lo peor es que nos robaron el corazón.

No tuvimos que irnos hasta el Río de la Plata para conocer a nuestra vendedora de soldaditos de lata. Era peruanita y aunque ya no volvimos más a su puesto del rastro a comprarle figuritas de pan, todavía echamos de menos a Paula y su pollera. Y ya se sabe que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Tú y yo somos más de extrañar lo malo. Acuérdate de cuándo se masticaba en los billares que el Pucela había bajado a Segunda. Aun así, hubo momentos gloriosos hasta que las campanas del pasado repicaron a duelo y no pudimos resolver el caso de la rubia platino.

Entonces, ya no hubo remedio, y los gatos del mercado nos maullaron la balada del abandonado, la canción de las noches perdidas. Escuchamos ladrar a los putos perros del amanecer. Era demasiado tarde para el deseo y muy pronto para el amor.

Afuera, sonaban despertadores llamando a las ovejas descarriadas al redil, a cumplir la ley otro lunes que agoniza, otro martes y otro miércoles de ceniza. Sin importar que no hubiese demasiadas ganas de vivir. Tú y yo hicimos un pacto entre caballeros antes de que cantara el gallo, nos sacamos otra ley del sombrero y pusimos el reloj a la hora de los locos de atar.

Sin embargo, en la leyenda falsa que se cuenta sobre ayer y nosotros, se dice que anduvimos entre la cirrosis y la sobredosis y que nos robaron el mes de abril apenas recién empezado. Había hombres de traje gris sacando sucios calendarios y tratando de no marchitarse en el sillón, como mi vieja.

La realidad es que fuimos boxeadores en Detroit y suspenso en religión. Le dijimos que no se pasaran con la ley “Dímelo en la Calle”, pero la madrugada no tuvo corazón.

Sin importar lo que digan esos embusteros que no se saben la canción del pirata cojo, hoy te diría que nos fuéramos rumbo a la Estación de Francia y pilláramos un viaje barato en uno de esos sucios trenes que llevan al sur, pero me equivocaría. En el fondo, cambiamos la canción y queremos que nos dejen aquí cuando la muerte venga a visitarnos, pese a que no quede sitio para nadie.

Ya sé que tú eres más de “morirme contigo si te matas”. Yo sin embargo soy más de morirme de un ataque de tos y no recibir el sacramento. Si os acercáis de visita al tanatorio y no os atiendo, esperadme en la salita hasta que vuelva del baño.

Pero sin prisa, que a las misas de réquiem nunca fuimos aficionados. Yo no tengo viudas que se fueran a pegar por mis derechos de amor y de todos modos, mi primera mujer era una arpía.

A nuestra edad, a quién le importa la talla de nuestros Calvin Klein o que después de muertos tengamos nuestros vicios.

Repito, todo es mentira. Tenemos más de cien mentiras, más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarnos de un tajo las venas. Si nos cuentas nuestra vida de ayer por la noche, lo negamos todo.

Incluso la verdad.

 

Dedicado a Charly

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El Regreso al Futuro de Chuck Berry

En el imaginario colectivo de toda una generación quedaron para siempre aquellos acordes mágicos que transmitían garra, pasión y rebeldía a partes iguales. Los niños de los ochenta se enamoraron de un estilo, el rock´n roll, y de una estética que en realidad no era suya gracias a ese riff de guitarra, a ese solo de piano, a ese acompañamiento de viento y a la voz que trataba de imitar descaradamente a la de su creador.

La música venía del futuro, pero la historia, esa cabrona veleidosa, había recogido en sus anales que perteneció a la década de los cincuenta. Hasta que la película Back To The Future, para los españoles Regreso al Futuro, nos contó la verdad. O mejor dicho, parte de la verdad. Marty McFly viajaba hasta el año 1955, cogía la falsa identidad de Levis Strauss –“un sueño”, como decía su adolescente madre Lorraine–, se plantaba en el escenario en la fiesta de graduación del instituto de Hill Valley y reventaba la pista al son de Johnny B. Goode, de Chuck Berry.

“Esta es una pieza antigua”, explica Marty antes de tocar el tema. “Bueno, digamos que es antigua de donde yo vengo”, aclara tras unos segundos de desconcierto delante de la chavalería asistente, compuesta por caballeritos trajeados y engominados y señoritas con vestidos de faldas anchas y plumíferas. Después del recital desenfrenado, del abandono a la guitarra, Marti se ve obligado a parar porque “ya veo que no estáis preparados para esto, pero les encantará a vuestros hijos”.

Esa escena, tal vez la mejor de toda la trilogía de una de las sagas cinematográficas más exitosas de todos los tiempos, se ve completada por una llamada que el líder de la banda de acompañamiento, los Marvin Berry and The Starlighters, realiza en mitad de la canción a su primo Chuck. “¿Recuerdas el sonido que has estado buscando? Pues escucha esto”.

Ahí radica la parte falsa del filme. Chuck Berry, el verdadero, jamás pudo recibir esa llamada. No sólo porque su primo Marvin sea una invención del largometraje, sino porque en realidad fue el propio Chuck quien viajó del futuro para regalar a esa hornada generacional de las chupas de cuero, las motos y la brillantina aquella música, la que sería para siempre su música.

El rock´n roll no es algo de aquel tiempo, ni tampoco de este ni de ninguno. Se trata de algo demasiado bueno y atemporal como para haber sido creado dentro de los escuetos y simples límites del espacio-tiempo. Nos lo trajo alguien desde un futuro remoto que no podemos imaginar.

A Chuck Berry, el padre y fundador de esto –con la inestimable colaboración del pianista Johnny Johnson y de otros artistas de la música popular que le precedieron– le gustaron los cincuenta y decidió quedarse a vivir en ellos. Se quedó únicamente para comprobar el efecto que causaba su música, desde Johnny B. Goode (que según la historia oficial que ahora desmonto, Berry escribió el mismo año de la película, 1955, aunque no fue grabada hasta 1958) hasta Roll Over Beethoven, pasando por Rock´n Roll Music o You Can Never Tell.

Esto no ha de extrañar a nadie, porque Berry debía ser un tipo peculiar, algo narcisista y difícil de llevar. Solitario y taciturno, lleno de manías y de rituales propios que no le gustaba compartir. El típico perfil del viajero del futuro viviendo un tiempo que no le pertenecía. La otra hipótesis es que su máquina, no sé si un Delorean con condensador de Fluzo u otro tipo de cachivache más sofisticado y menos entrañable, se jeringó y él quedó atrapado. Eso explicaría esa personalidad arisca, huraña y poco sociable.

Chuck Berry vivía indudablemente mosqueado, otro síntoma de que había un evidente conflicto entre la realidad en la que se movía y la que verdaderamente le correspondía. Entre la mediocridad e imperfección de mediados del siglo XX, sumido en una crisis de valores por la resaca de la Segunda Guerra Mundial, con sus jóvenes tratando de rebelarse a las imposiciones de su fracasados mayores, llenos de heridas físicas y morales, y el mundo girando a mayor velocidad de la que los cronistas podían recoger.

Por eso, Berry les donó como legado universal e imperecedero el rock´n roll. Su rock´n roll. Para que tuvieran algo con lo que compensar su descontrol de feromonas. Un ritmo endiablado salpicado de letras calenturientas llenas de personajes perdedores, adictos y desfasados con el que se pudieran sentir identificados y canalizase la bestia de su interior hacia parajes más positivos.

Pero él mismo cayó presa de la trampa. Porque el propio Berry fue un chico que se metía en problemas. Pasó tres años en un reformatorio por un asalto a mano armada. Siendo ya adulto y famoso, la Justicia lo persiguió y condenó en dos ocasiones, ambas relacionadas con escándalos sexuales. El más grave y por el que tuvo que pasar un año y medio en prisión fue emplear en su club a una prostituta que tan solo tenía 14 años –Berry contó que la chica le dijo que tenía 21– y que además provenía de otro estado.

Cuando salió de la cárcel en 1963, se dio cuenta de que lejos de haber sido olvidado, sus canciones se versionaban incluso por los cuatro chavales de moda, unos tales John, Paul, George y Ringo, y que cosechaban un éxito absoluto. Sin embargo, a él se le agrió el carácter y ya no volvió a ser el mismo.

Tal vez le cabreó un poco que consideraran rey del rock a un blanco de Memphis con tupé llamado Elvis que contoneaba las caderas, cantaba aterciopeladamente y provocaba desmayos como si hubiera tomado cuerpo el protagonista de la canción de Berry, Brown Eyed Handsome Man, aunque tampoco le sorprendió. Chuck sabía que ser negro y músico en Estados Unidos era una mezcla apta para el desagravio y el descrédito de la sociedad. Además, a fin de cuentas también Elvis le versionó.

Pese a todos estos conflictos y frustraciones, algo interesante debió ver el bueno de Chuck en nuestra época porque al cabo decidió quedarse en ella. Quizá fueran tantos artistas de calidad con los que compartió escenario, desde Bruce Springsteen hasta Tina Turner, que no existían en su lejano futuro distópico probablemente asolado por la ciberguerra mundial desarrollada en escenarios de realidad virtual, donde la música importa un pimiento, triunfa el electrolatino 10.0 y ni siquiera hay aeropatines o secadores automáticos de ropa.

Así que decidió quedarse en su St. Louis natal. Así pasaron los años y aunque sus apariciones púbicas eran muy pocas, cuentan los que alguna vez estuvieron en la ciudad de Missouri que todavía ofrecía recitales de vez en cuando en el Blueberry Hill y eso les retrotraía una y otra vez a ese 1955 del Baile del Encantamiento Bajo el Mar en Hill Valley, como si el genial guitarrista hubiera decidido recordarse a sí mismo de vez en cuando: “Chucky, be good”.

Sin embargo, por alguna razón que este pobre abuhardillado desconoce, el pasado 18 de marzo se hartó. Tal vez no pudo soportar que Trump fuera el presidente de Estados Unidos o que Justin Bieber estuviera valorando hacer una cover de su School Days. Se dio cuenta de que en este cochino siglo XXI, No particular place to go. Y decidió regresar. Regresar al futuro.

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¿Lo que dice Pablo Iglesias va a misa?

Los que me leéis con frecuencia sabéis que últimamente detesto escribir sobre política española. Esta Buhardilla, que no hace tanto tiempo se veía decorada con lienzos podemitas, peluches riverescos, percheros socialistas y paragüeros peperos, se ve cada vez más libre de reflexiones acerca del Skaparate Nacional, que cantaban mis queridos paisanos Celtas Cortos.

En primer lugar, el tema me aburre. Reconozco que sufro una saturación de política, estoy estomagado y empachado después de todo lo que hemos tenido que pensar, escuchar, debatir y analizar en los últimos años, especialmente si uno se ha dedicado al oficio del Periodismo.

Por otra parte, la desconfianza y desilusión que me invaden son similares a la cara que esboza Neus Asensi en Torrente cuando Santiago Segura dice: “Ha sido el mejor polvo de mi vida”.

Estoy más quemado que la moto de un hippy, hastiado de escuchar discursos vacíos, mentiras adornadas de veneno verbal, requiebros retóricos para entronizar a la masa y contentar al adepto, y enfrentamientos entre gente de izquierdas que ayer nos ilusionó y hoy juegan a darse ganchos de derecha.

Me aburro de indignarme por la estafa económica, social y en la Administración de Justicia. Las miserias económicas de los parados de larga duración, las madres solteras que cobran menos del salario mínimo y cotizan por debajo de las horas que realmente hacen, las familias deshauciadas o los emigrados a la fuerza, esos aventureros de Báñez, me producen tanta empatía como sus dramas aburrimiento por la impotencia que me generan.

Han conseguido incluso aburrirme las torpezas de Rajoy o sus “presuntas” falsedades sobre la corrupción. Hasta Montoro me aburre, y además últimamente habla poco. Es dramático.

A todo esto, que no es poco, se une el hecho de que no me siento actualmente en disposición de aportar nada, transgresor, distinto u original, a todo ese marasmo de escombros políticos teledirigidos hacia la misma dirección, como si un remolino los hubiera absorbido, los diera vueltas en sus fauces y los dirigiera hacia el abismo común de la Nada perpetua. Y, con ellos, nuestro interés por sus peleas, confrontaciones, propuestas huecas y medidas a caballo entre lo inútil y lo cruel. En definitiva, su simpleza, falta de honestidad y ausencia de soluciones reales amenazan por aniquilar nuestra misma afición política.

Sin embargo, esta semana algo me ha despertado de mi letargo político. No podía ser otro que Pablo Iglesias, el político más polémico, incisivo y carismático que ha habido en la historia de la democracia española, algo que reconocen incluso los que le odian, que no son pocos. Su defensa pública de la proposición no de ley interpuesta por el Grupo Parlamentario de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea que pide la supresión de la retransmisión de la misa de La Dos me pide a gritos una opinión.

Me resulta tan grotesco que en estos tiempos de incertidumbre social, económica y política a todos los niveles alguien polemice sobre una cuestión tan menor e intrascendente que cuando lo escuché me dieron ganas de reír. Me parece pírrico por parte de los que utilizan el grupo parlamentario para realizar propuestas propagandísticas que sólo tienen un matiz ideológico y que no redundan absolutamente nada en el bienestar diario de los españoles, pero todavía me parece más esperpéntico desde el punto de vista de los que organizan protestas masivas, reacciones airadas a través de las redes sociales y una indignación mediática abrumadora.

Yo no soy católico más que por educación no elegida. Pertenezco a la tradición de valores católicos por mera imposición, como muchos españoles, que no se sienten católicos pero tampoco pueden negar haber recibido y formado parte de esa corriente cuando no tenían edad para decidir por sí mismos.

Sin embargo, me importa un comino que se retransmita la misa a través de La Dos. Quiero decir, que ni me molesta ni me satisface, simplemente me da igual que se gaste dinero público en eso. RTVE gasta dinero público en hacer series de ficción, programas de entretenimiento o en comprar películas, y algunos de esos espacios probablemente son mucho más detestables que la liturgia y suponen un mayor derroche de dinero. Por no hablar de otro tipo de despilfarros que están en la mente de todos.

Retransmisión de una misa en La Dos. (Imagen: eldiario.es).

Yo no he visto en mi vida una sola misa en La Dos, pero he leído que hay 300.000 personas de media que la ven, supongo que la mayoría gente mayor y con limitaciones físicas. Bien por ellos. Tienen suerte. A mí también me gustaría que se retransmitieran partidos de la NBA en abierto, los Grand Slam de Tenis, documentales de música o conciertos clásicos de rock y no tener que elegir entre pagar o quedarme sin verlos, pero la vida es así de dura. Me alegro por los ancianos, que tienen en ese sentido más potra que yo y pueden ver la ingesta de la ostia y la lectura del Santo Evangelio según San Marcos sin soltar un céntimo mientras que yo me tengo que rascar el bolsillo para ver los crossover de Kyrie Irving.

Dicho lo cual, si se consideran las cosas desde un punto de vista puramente jurídico, la polémica es estéril porque sólo una de las partes tiene razón. La formación morada propone ni más ni menos que cumplir con lo establecido en el ordenamiento jurídico. España es un Estado aconfesional y laico. Ninguna religión ha de gozar de protagonismo o especial trato de favor a través de los canales públicos.

Es cierto que, por lo que he leído, en La Dos también hay emisiones dedicadas a los cultos judío, evangélico y musulmán, pero ocupan un tiempo mucho menor. Esto es totalmente lógico por la especial importancia del catolicismo en España, pero hay que recordar que el ente público no debería guiarse por los criterios de audiencia, sino por los de interés cultural, pluralismo político, servicio de información al ciudadano, etc.

Precisamente La Dos es una cadena de televisión que representa perfectamente ese espíritu. Es, con diferencia, el canal con mayor calidad en cuanto a sus contenidos. Documentales, programas culturales, películas independientes y clásicas, conciertos de grupos minoritarios o pertenecientes al circuito menos comercial… Por desgracia, su audiencia raramente pasa del 2,5% de cuota de pantalla diaria y prácticamente nunca llega al 3%.

Eso me llevó a pensar que en realidad Pablo Iglesias en realidad buscaba un objetivo completamente diferente al soltar su proclama de apariencia nimia y algo infantil. Con su sermón en contra de la celebración televisada, Iglesias perseguía subir el número de parroquianos de La Dos.

La misa tuvo un récord de audiencia espectacular, sobrepasando el millón doscientos mil televidentes y alcanzando un share del 20%. Ese día la segunda cadena de RTVE marcó un máximo diario en este 2017, llegando hasta el 3,2%. Si Iglesias buscaba atraer nuevos feligreses hacia La Dos, la táctica ha sido impecable. De ahí que en sus posteriores declaraciones siga erre que erre con la supresión del rito eclesiástico, confiando en que el efecto perdure.

A lo mejor, algún día de estos incluso le da por referirse a Los Conciertos de La 2, los de Radio 3, a Saber y Ganar, La Aventura del Saber, Grandes Documentales o Versión Española. Igual hasta a algún milloncejo de españoles les daba por verlos, e incluso les gustaba o se sentían medio enriquecidos. De momento, parece que su estrategia es menos directa.

Así las cosas, y siguiendo esta hipótesis, se puede decir que realmente Iglesias ha actuado como los propias curas en la misa. Ha soltado su homilía, su rollo macabeo, sus fieles lo han aguantado estoicamente y, tras varios bostezos, un par de rezos y las típicas respuestas automáticas para complementar lo dicho por el líder, han decidido comulgar a su manera, reconciliándose con su yo interno pecador.

Han recordado que existe La Dos, palabra que además se parece mucho a ‹‹Dios››. Iglesias se ha tomado el traguito de vino en la eucaristía se ha chuperreteado los labios, se ha limpiado la perilla con una servilleta del altar y ha soltado una sonrisa beatífica de satisfacción al final. “Compañeros de Podemos. Podéis ir en paz”.

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Domingos por la noche en mi barrio

Dice Sabina en uno de los cortes de su flamante y excelente nuevo disco que “las noches de domingo acaban mal”. Yo podría decir simplemente que mis noches de domingo acaban de una forma extraña. Y sin apenas moverme del arrabal que circunda mi puerta.

No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que para vivir experiencias excitantes uno sólo tiene dos posibilidades: volverse un perturbado mental o viajar al extranjero. Bueno, en realidad sólo estoy en desacuerdo con la segunda alternativa. Pero añado que a veces se presentan, como animales en celo soltados a la intemperie, otras opciones mucho más prosaicas.

Uno puede viajar a otro continente o sentir de cerca el desastre sin necesidad de salir de su barrio de toda la vida, aquél en el que pasó su infancia y adolescencia. Sólo hace falta saber elegir el momento adecuado y estar predispuesto. Reconozco que mi facilidad para atraer sucesos que descarrilan del trazado de la vida rutinaria también ayuda.

Quien me siga con cierta frecuencia sabrá que acostumbro a dar paseos nocturnos o a echar carreras cuando el astro lunar se empeña de forma tan enternecedora como patética en proteger a los desamparados. Soy un poco ave de ese talante y condición, a ratos solitario, aunque sin rapacidad y en ocasiones tampoco con demasiada sagacidad.

Cuando me entra el arrebato de fuga, me escapo de la jaula para conocer mundo sin salir del mío. En realidad, ahora vivo en una zona residencial de viviendas unifamiliares que no dan la sensación urbana de barriada.  Por eso, de vez en cuando me voy al barrio en el que crecí. Algunos de estos microviajes a un microcosmos que enlaza mi pasado con la nostalgia de mi presente ya los he reflejado otras veces en esta Buhardilla.

Tengo dos momentos favoritos de la semana para desplazarme a mi zona de escondites en las esquinas, de comunidades de vecinos ochenteras y otras que aún conservan el encanto de los locales comerciales estética Cuéntame Como Pasó antes de que se muriera Franco.

Dos instantes predilectos en el ciclo capitalista de siete días para patearme mi área de rinconcitos metidos en soportales que surgen de repente y se adentran en las entrañas de una vida de patios interiores, escaleras que bajan a garajes y panaderías regentadas por la tendera de siempre.

Un par de recodos horarios entre el lunes y el domingo para despistar a la Diosa Narcolepsia de mi realidad y perderme por callejas y callejones donde hay bares con banderillas de pepinillo, tortillas de jamón, boquerones en vinagre y croquetas en vitrinas de aspecto poco sofisticado, pero con mejor sabor que cualquier tapa de los gastropubs y demás locales de putiferio fino donde se empuercan las falanges con supuesta elegancia.

Uno de esos momentos es el viernes por la noche. El punto en el que convergen en su punto más alto mis sueños, mi alegría melancólica y mi fe pagana en los espíritus que habitan bloques de hormigón. Cuando todo está por empezar y finalizar, allí donde la incertidumbre camina a pie de calle en escaparates todavía iluminados a bajo coste y la guerra de los días se arregla en mesas de comedores familiares con manteles de papel que se ven desde la acera.

El otro momento para dar vueltas de tuerca al gaznate de mis emociones es el opuesto para mis biorritmos y mi estado anímico, el domingo, casi madrugada del lunes. El descenso del telón de toda la pantomima, la llegada del bajón, de descubrir el marrón, cuando ya no queda ni la resaca, a esa hora en la que sólo vagan por la ciudad almas errantes, policías con ganas localizar una reyerta en la que haya implicados con gramos de desesperanza y vidas perdidas con un manojo de llaves que no hacen girar ninguna cerradura.

Pero en mi barrio, hay algunas veces en las que encuentro personajes que no entran dentro de ninguna de esas categorizaciones. Son simplemente seres trashumantes, nómadas de urbe que siempre se están moviendo, sin más destino que la mañana de un lunes incierto.

En ese punto exacto del domingo, cuando está a punto de bajarse la trampilla de la tienda de fin de semana en la que sólo se vendieron remedos de afrodisíacos y falsos estimulantes de deseo sexual para las chicas castellanas de los siete sacramentos, los hallo en su trasiego. Yo los miro a los ojos e inmediatamente sé que pertenecen a una de esas tropas sin uniforme ni insignias distintivas que forman el ejército más numeroso y menos compacto que existe. Y ellos saben quién soy yo. Y me paran.

Me siento arrastrado hacia ellos tanto como ellos hacia mí, supongo que porque ven en mí exactamente lo que necesitan en ese momento de conclusión amarga, de breve respiro silencioso y moribundo antes de la esquizofrenia que dominará el mundo unas horas después. Ven alguien auténticamente de allí, de ese barrio al que siempre vuelvo incluso cuando más me quiere alejar de él la dictadura de la evolución social.

Y yo, muy henchido, actúo de forma encantadora, me receto y me trago el antidepresivo idóneo para combatir la penuria de mi espíritu de domingo por la noche, que es la clausura de todas las fiestas, la previa de las clases de adoctrinamiento, la firma de la desilusión, la constatación del fracaso, cuando la abulia me hostiga y el calendario de bolsillo me ata las neuronas del alma.

En efecto, estos individuos de ninguna parte me salvan justo en el lugar del que yo me siento más parte que en ningún otro. Soy su guía física y espiritual durante unos segundos que a veces se alargan, dependiendo de su necesidad, mis ganas de conversación y las monedas que tenga en el bolsillo. Les conduzco por el siguiente paso de su itinerario, ese que tal vez no podrían hacer correctamente si no se hubiesen topado conmigo, un chico al que le salió barba en ese barrio, un domingo por la noche en el que ni siquiera la profilaxis actúa como triste consuelo.

Les digo cómo llegar a la pensión con cuyas historias de crímenes, desconchados con sangre y ruina extendida a lo largo de las antiguas ramas del árbol generacional de su aterradora propietaria, fantaseábamos mis amigos y yo. Les indico el atajo ideal de unos cientos de metros para llegar hasta una máquina de vending que sigue expidiendo los Kit Kat de envoltorio noventero que consumíamos de niños.

Si tienen sed, les llevo hasta la fuente de piedra que hay justo detrás del patio de mi colegio, al lado de unos columpios que una vez vimos balancearse solos en una noche de verano, tras lo cual alguien descubrió la leyenda de la niña a la que su abuela chiflada mató por empujar demasiado esas cadenas que antes eran anillas de hierro engarzadas.

Les aclaro cuál es la única cafetería de la zona que abre toda la noche y en la que sólo han de temer al viejo borracho que se asoma por allí sobre la doce y media a pedir su chupito de orujo, porque siempre sintió una inexplicable aversión por los forasteros, según se dice porque su mujer se fue con uno y desde entonces nunca jamás hizo otro recorrido que no fuera el de su edificio al bar.

Sin embargo, otras veces les detallo cómo resguardarse del frío en el cajero del barrio, cuyas puertas no suelen estar bloqueadas, o, en su defecto, en un cruce de calles donde se produce un extraño fenómeno climático que corta el viento en dos mitades que se repelen y huyen como Errejón y Pablo Iglesias, dejando ese espacio minúsculo como una especie de tregua que se toma el invierno en las crueles batidas que realiza por la ciudad. La tristeza aquí se enseñorea un poco de mi intestino, especialmente frágil a esas horas de agonía semanal.

No obstante, me pongo aún más triste cuando me preguntan cómo pueden llegar a las estaciones de retirada. Entonces, no me queda otro remedio que señalarles cómo salir de mi barrio, que aunque ellos no lo sepan es el lugar más interesante que puede existir un domingo a esas horas.

Me muerdo la lengua y reprimo las ansias de espetarles que no saben nada. No saben que en ese entramado de diseños urbanísticos informes, a esa misma hora del último día de la semana, una vez conocí a un chico sordomudo de Gambia con el que tuve una de las conversaciones más ricas de toda mi vida y que algún día tendrá su propia historia en este cuartito virtual.

No tienen ni la más remota idea de aquélla vez en que la policía municipal me confundió con un vándalo urbano y me retuvo a escasos metros de mi casa natal. Viven completamente ajenos al hecho de que en ocasiones hay simulacros de partidos de baloncesto en madrugadas dolientes, aunque la iluminación brille por su ausencia y la única competitividad la marquen los ladridos de los perros vecinos.

En ocasiones, esta ignorancia me produce algo peor que la pena, me despierta un terrible enfado. El que me solicita que le saque de allí cuanto antes, de esa cuadrícula de calles interconectadas y cruzadas, superpuestas y cuyo corazón se debate entre el sístole regular del traqueteo del tren y el latido arrítmico del tráfico de la avenida principal, me parece un desconsiderado, un insensible y un egoísta.

Sé que no lo hace aposta, que no es consciente del desprecio en que incurre, pero no puedo evitar convertirme en Django desencadenado de furia, con ganas de encañonarle. No se da cuenta de que está desaprovechando la oportunidad de perderse un domingo por la noche en mi barrio, de eternizar el fin de la semana, de engañar al tiempo en esas callejuelas intrincadas.

El muy inconsciente no sabe que allí uno puede timar a la implacable necesidad de los artificios que crea la sociedad, quedarse por una noche y, por lo tanto, quedarse para siempre.

Desconoce que yo desearía hacerlo y no puedo. Que a mí me toca volver a mi mundo, ese donde un portón donde los foráneos tienen que marcar una contraseña me guía hasta un sendero salpicado de jardineras, garajes individuales, casetas para los perros y cobertizos para las bicis.

El muy imbécil ni siquiera se puede imaginar que allí, en mi planeta, no hay barras de bar sobre las que se acodan viejos que se alcoholizan y echan pestes contra los de fuera. Que no existe nada parecido a la plazoleta tras las vallas de mi colegio con una fuente de piedra en su centro y los balancines que chirrían trémulos por el suspiro de la niña asesinada a manos de su abuela.

Que en mi universo sólo existen las normas de una costumbre que se perpetúa entre los pliegues de las obligaciones vestidas de lentejuelas. Que mi novia está postrada sobre su mitad más uno de nuestra cama y duerme profundamente sin un solo atisbo de remordimiento, sin una simple concesión a la compasión por mí persona.

Pese a que en el fondo se tema que no estoy hecho para esa comida de mantel de flores. Aunque sienta pavor cuando se plantea que en realidad yo nací para morir un domingo por la noche en mi barrio.

 

 

 

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