Conversación sobre el maltrato con mi amiga Nata

Transitábamos por uno de los veranos vallisoletanos más aburridos que se podían recordar cuando, en mitad del desierto agostero, en el que la ciudad parece más muerta que viva, la lacra de la violencia doméstica nos hizo despertar a todos del letargo.

El maltrato, violación y asesinato de la pequeña Sara, de 4 años, golpeó en toda la jeta a Valladolid y la convirtió en una localidad siniestra a plena luz del sol. En un caldo de cultivo del dolor y la incomprensión a más de treinta grados de temperatura. Sus calles bañadas de luz en una suerte de laberinto de dudas sombrías generadas por una historia sórdida.

Un relato en el que ni siquiera aparecen espacios al trasluz porque las instituciones que deberían haber salvado a la menor están pringadas hasta las trancas. La Junta de Castilla y León, a la que pareciera que la escandalosa sequía ha dejado seca de ideas y capacidad de reacción, la Fiscalía, el Juzgado de Menores y hasta la propia policía fallaron estrepitosamente. Pero esto ya se ha tratado convenientemente en los medios de comunicación locales, que esta vez sí, se han implicado con el asunto por la gran alarma social creada y la especial sensibilidad que se genera al tratarse de un menor de edad, a diferencia de su actitud en otros asuntos.

Hoy me interesa reflejar otro punto de vista sobre este terrible asunto. Para el cual me voy a servir como vehículo transmisor de la narración de una charla que mantuve el otro día con mi amiga Nata, que si bien no es experta titulada en temas de violencia doméstica, a menores o de género, sabe mucho más que la mayoría sobre estos temas y conoce sus implicaciones como las líneas de la palma de su mano.

Ella me comenta el suceso por si no lo conocía y ya adelanta sus intenciones. Me enseña una foto de los padres de Sara y dice que son dos seres vivos… O algo así. Que no se atreve ni a calificarles de salvajes, porque eso sería un insulto a la naturaleza. Mi amiga tiene razón. La crueldad con la que a veces se manifiestan los seres humanos no tiene parangón. No existe criatura ni especie, viva, muerta o extinta, que se comporte de ese modo.

Hablamos de la niña de doce años, hermana de la fallecida y en cuya situación los medios no han ahondado demasiado. Nos planteamos qué podrían haberle hecho a ella o lo qué quizá por desgracia sí le hayan hecho. Tal vez no en modo de maltrato físico, pero desde luego sí psicológico, provocándole un trauma para el resto de sus días.

Yo me arriesgo un poco y me aventuro a pensar que incluso la madre, con su indudable influencia moral sobre ella, la podría haber presionado para que no dijese nada en el colegio o a otros familiares y amigos. Aunque caben incluso opciones peores, y quién puede asegurar que esa niña de doce años no vaya a retorcer su personalidad, que tal vez la madre y su pareja la hayan moldeado a su antojo.

En este punto, mi amiga tiene mucho que añadir. Considera que ese tipo de perfil psicológico se da mucho en este tipo de situaciones. Víctimas que con los años pasan a ser verdugos. Gente que se dedica a hacer la vida imposible a los demás porque en su día fueron maltratados y el supuesto equilibrio que todo el mundo debería tener en su vida se fue al garete. Se volvieron agresivas, frustradas y depresivas, sustrato fundamental del maltratador.

“No conozco a una sola persona que sea mala de verdad, de base. Lo son porque les ha ocurrido algo”. Son producto de las circunstancias, de los acontecimientos de su pasado. Nata opina que el círculo se perpetúa y se hace más grande con cada maltrato. Pero tampoco sabemos si la hermana de Sara será parte de ese diabólico engranaje, todo es una suposición. Lo único que se conoce es que de momento se la ha alejado de su madre y el novio de ésta. Hay que pensar que se abre otro camino para ella y existen motivos para la esperanza.

Una vía de salida que ya no cabe en el caso de Sara. Su caminar por esta vida se detuvo bruscamente mucho antes de tiempo. Fue un andar de pocos pasos, un trayecto de cercanías plagado de sacudidas, de incómodos traqueteos y que finalmente descarriló de la forma más dolorosa.

Es aquí donde mi amiga se la juega del todo y decide darme un punto de vista muy contundente que quizá yo no comparta, pero que sí entiendo y respeto enormemente por la dureza que implica y porque surge tras cortar toda raigambre con la moral socialmente establecida. Nace de la compasión y de la rabia, pero también de la razón más humana.

“Sinceramente, Álber, para mí lo mejor que le ha podido ocurrir a la niña es que haya muerto. Qué clase de vida le esperaba”. No puedo aceptar algo así de entrada, ya que mi tendencia natural es apegarme a la vida –aunque no a cualquier precio– y le rebato. “Una buena familia de acogida la hubiera salvado”.

Pero Nata lo tiene muy claro. Ella considera que se originan secuelas para toda la vida y es muy difícil remontar y tener una buena vida cuando se ha sido maltratado en la infancia. Concede que es posible que se supere en determinados casos, pero los niños que han sido castigados con tanta brutalidad como Sara sólo pueden recibir el regalo de morir y pasar a una vida mejor, si es que la hay. Quizá en la reencarnación, opción que mi amiga considera posible. “Y aunque no sea así, es mejor no vivir que vivir una vida de sufrimiento y angustia”, sentencia.

Y yo me quedo un poco sin palabras. Pese a que no pueda estar de acuerdo totalmente con ella, aunque me resista a concederle la razón en su totalidad, no soy capaz de mantenerme ajeno a sus juicios y a la fuerza que llevan implícita. Son pensamientos expresados en bruto y de manera sencilla, con desgarro, pero precisamente por ello posiblemente sean más sabios y acertados que muchos otros emitidos por personas que analizan estos hechos desde la intelectualidad fría, aséptica y distanciada.

Es evidente que el tema es muy complejo y, cada vez que se aborda, se abre una paleta cromática llena de grises. Hace un par de semanas vi la película Abracadabra –con una memorable Maribel Verdú– que, aunque no trata específicamente sobre el maltrato de menores, sí habla del maltrato en general, y lo afronta de un modo tan sutil, elegante y simple al mismo tiempo que me recuerda en parte a las reflexiones de las que me hace partícipe Nata.

Mi amiga es muy modesta y opina que no ha dicho nada extraordinario. Que sólo ha soltado lo que tiene dentro de su cabeza y que yo soy el escritor, el que sabe juntar las palabras y estructurar las cosas dotándolas de profundidad y riqueza semántica.

Sin embargo, yo creo que en este caso eso, suponiendo que sea cierto, importa una mierda. Ella está mucho más capacitada para hablar sobre este tema, independientemente de que yo comparta sólo parcialmente lo que dice. Lo que siente Nata merece tener un altavoz, aunque su volumen tenga tan poca potencia como el de esta buhardilla.

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Soluciones imposibles para personas sin recursos

No acostumbro a escribir sobre un tema que acabo de tratar ni a publicar entradas sobre el mismo asunto dos semanas seguidas, pero en esta ocasión he creído conveniente hacer una excepción.

El caso de Mónica Santos lo merece. Ella lo merece. Una mujer que ha tomado una decisión tan valiente y que a primera vista un ciudadano medio podría no entender se hace acreedora a una dedicación especial. Es necesario analizar el por qué de su arriesgada determinación y poner de relieve que en el fondo era la menos mala de las alternativas. Que la Junta de Castilla y León la había dado una opción envenenada, prácticamente imposible.

Esta persona, que sufre una enfermedad degenerativa y que decidió hace un año ocupar un piso propiedad del máximo órgano de gobierno de la comunidad autónoma (mientras su solicitud  formal de recibir uno de protección pública no era atendida), ha rechazado una vivienda en régimen de alquiler que la Administración le había concedido después de que su caso generara eco mediático.

Los partidos de la oposición, concienciados con el tema de Mónica tras saltar la noticia a los medios, se reunieron con ella y con el Consejero de Fomento y de Medio Ambiente, Juan Carlos Suárez-Quiñones,  el día 7 de agosto para buscar una alternativa que fuera satisfactoria para ambas partes. La Junta quería que Mónica abandonara la vivienda de la Avenida Vicente Mortes. Ella, quedarse en la misma.

La tercera vía ofertada por el gobierno popular y aceptada de buen grado por el resto de formaciones políticas, una vivienda en Medina del Campo (localidad situada a 56 kilómetros de Valladolid), es claramente más beneficiosa para la Administración que para Mónica. Aunque aparentemente uno pueda pensar en la benevolencia de la Junta, el caramelo estaba relleno de cianuro.

Para empezar, resulta cuanto menos sarcástica la supuesta bondad de una decisión que implica “echar encubiertamente” a una ciudadana del municipio donde ha residido siempre y aún reside su familia (por ejemplo la madre de Mónica, que también está enferma) por el simple hecho de haber ocupado  una vivienda de propiedad pública, vacía y destrozada, es decir, sin haber violado el derecho a la propiedad privada de persona alguna. Ello después de que su enfermedad la impidiese trabajar de por vida y de que su expareja la dejase, como se suele decir coloquialmente, con una mano delante y otra detrás (y un hijo de doce años).

Por otra parte, y como ya comenté en la anterior entrada sobre el asunto, los problemas de salud que sufre Mónica Santos no son compatibles con su residencia fuera de Valladolid. Tiene pautadas pruebas y revisiones médicas periódicas en la capital con el neumólogo que la trata su sacroileítis degenerativa y además tiene programada una operación.

Ella no dispone de transporte propio y tan sólo recibe de pensión de jubilación no contributiva la mísera cantidad de 368 euros mensuales, que ni siquiera llega no ya al salario mínimo (ya de por sí pírrico) sino al IPREM, que es una renta de referencia que la Administración utiliza para calcular distintas prestaciones de supervivencia o para fijar rentas mínimas.

Prestaciones que son en muchos casos condenas a la miseria (y ni siquiera perpetuas porque también se agotan), a la condición de abandonados por España de la que hablé hace tiempo, como la famosa tarifa plana de 426 euros a la que se refería la enferma de cáncer Beatriz Figueroa, cuya historia también tuvo su hueco en esta Buhardilla. Mónica percibe aún menos.

Por si esto fuera poco, su hijo está matriculado en el Instituto Ferrari de Valladolid, con lo cual el ofrecimiento de la Junta implica expulsar a un menor de edad de su ambiente educativo, que conoce y en el que se siente integrado. De hecho, más allá de las dificultades para su salud, Mónica me confiesa que el motivo que más la ha impulsado a declinar la propuesta de la Junta ha sido el bienestar de su hijo.

Una oferta que parece más bien una especie de oportunidad de saldo, ni siquiera propia de las rebajas de enero, sino parecida a la de los excedentes sobrantes destinados al mercadillo. Máxime si se tiene en cuenta que la Junta de Castilla y León posee pisos en Valladolid, vacíos y esperando a que en algún momento decida adjudicarlos (proceso durante el cual se van deteriorando progresivamente).

Entretanto, sigue sin resolver la lista de espera para realojar a personas en situaciones de urgencia. Una lista en la que la afectada y protagonista de este asunto espera seguir figurando en el puesto 67 en el que constaba antes de que se la ofreciera el piso de Medina del Campo. Lo contrario sería reconocer tácitamente que la Junta de Castilla y León le ha propuesto una especie de chantaje.

En cualquier caso, el órgano de gobierno castellano y leonés no tiene publicado un listado de viviendas de su titularidad, lo cual parece que debería ser conveniente e incluso legalmente obligatorio. Como si tuviera miedo a que otros como Mónica tuvieran el arrojo necesario como para ocupar esas casas que la Administración Pública tiene muertas de asco en vez de destinarlas a satisfacer el derecho a una vivienda digna de sus administrados.

Pero no todo el mundo tiene el valor de Mónica. Ni su entereza, pese al deterioro de su salud. Aunque a partir del 25 de agosto se encuentre en una encrucijada difícil de resolver, ella sabe que encontrará una solución. Una más factible para su vida que la imposible planteada por una Administración que en España sigue viviendo de espaldas a la calle y a la realidad, una vez que desde Bruselas y desde Madrid se felicitan estos días de verano solaz para algunos por el supuesto final de la crisis financiera.

 

 

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Cuando la ley desahucia a los justos

La palabra ley proviene del latín lex, que a su vez deriva del verbo latino ligare (unir, obligar), probablemente con el sentido figurado de unir a una persona a un deber o responsabilidad. Convendría quizá cambiar el término en las sociedades occidentales para no traicionar su etimología, dado que la ley actualmente poco tiene que ver con ese primitivo significado, sino que en realidad es un conjunto de prohibiciones y trabas dictadas por el poder para controlar a sus súbditos.

En la mayor parte de las ocasiones, su promulgación y su ejecución se guían por unos parámetros de conveniencia que contentan más o menos a un colectivo informe, a una sociedad acomodada y pusilánime que justifica la propia absurdez e inmoralidad de las normas por las que se rige. Se podría definir como la ley que no molesta a la masa.

Y sin embargo, sí perjudica a muchos individuos que forman parte de la misma, especialmente a aquéllos con menos recursos para saltarse los obstáculos que pone la ley del Estado. Esto es así y la mayor parte de nosotros lo aceptamos. No pasa nada, el mundo ha funcionado siempre de esa guisa.

Si no fuera de esa manera, nadie entendería que la ley y su aparato administrativo estuvieran en contra del derecho legítimo a una vivienda digna de una mujer que sufre una enfermedad degenerativa –concretamente, sacroelitis degenerativa y artrosis de etiología degenerativa– y afecciones psicológicas diversas que la impiden obtener ingresos y que es a su vez madre de un chico de trece años.

Pero la realidad es que Mónica Santos sabe perfectamente que lo que hizo es ilegal, aunque fuera justo, comprensible y entendible. Y que por ello lo tiene complicado, porque se trata de ella, una insignificante ciudadana a la que las cosas no le han ido bien, contra todo un sistema lleno de armas. Pese a que cualquiera de los que ahora la miran con lupa y justifican esa ley que quiere desahuciarla, cuando no directamente la condenan sus actos, habrían hecho lo mismo en su situación.

El caso de Mónica fue dado a conocer por El Norte de Castilla hace menos de un mes. A día de hoy, continúa sin existir una solución para esta vallisoletana de 43 años que decidió ocupar ilegalmente hace un año un piso vacío, abierto –“y destrozado”, según me cuenta la protagonista, donde habían sido robadas tuberías, radiadores y otros elementos básicos para la habitabilidad– sito en la Avenida Vicente Mortes y perteneciente al parque de vivienda de protección pública de la Junta de Castilla y León.

Aunque lo primero que habría que preguntarse es por qué la Administración Pública mantiene de forma casi perpetua viviendas desocupadas en condiciones lamentables, como si no existiesen personas sin techo, urge más cuestionarse la razón por la  cual el órgano de gobierno de la comunidad está decidido a desahuciar a Mónica.

Cuando en marzo alguien informó a la Junta de la situación en la que vivía esta mujer que cobra una pensión pública no contributiva de jubilación de 368 euros al mes, desde la Consejería de Fomento y Medio Ambiente se pusieron en contacto con ella. Y se la ofreció una solución que, de no ser por la seriedad de la situación, resultaría hasta cómica de puro grotesca. Se le dijo que se fuera a vivir “con su madre, con alguna amistad o como ella crea oportuno”. En lo referente a su madre, resulta especialmente ofensivo, pues la mujer tiene alojados a la hermana de Mónica y a sus dos niños. Allí ya no cabe nadie más.

También se le comentó que se le podía ofrecer una vivienda de la propia Junta en el medio rural u otra alternativa, pero Mónica asegura que no es cierto. Que desde Fomento sólo le han comunicado que debía irse del piso de Vicente Mortes antes del 19 de agosto, que nadie le ha ofrecido nada. Por otra parte, vivir en un pueblo podría no ser lo más razonable para una persona que necesita un centro de salud cercano por la cantidad de problemas de salud que sufre, que le obligan a tomar ocho pastillas diarias y a usar un respirador nocturno, ni para su hijo, que acude al Instituto Ferrari, muy próximo al piso ocupado, donde consigue buenas notas y tiene su círculo de amistades, vital a esa edad.

Además de esto, Mónica denuncia que desde la Consejería se profirieron amenazas y se la trató de una manera insultante. Que una de las personas con las que habló llegó a decirle: “No llores, porque no te va a servir de nada”, además de advertirle de que, si no abandonaba esa vivienda, acabaría teniendo antecedentes penales y se le podía incluso retirar la pensión de jubilación.

Por su parte, la interesada ofreció a la Junta una solución justa, equitativa y razonable. Dice que ella puede pagar un alquiler social de 60 euros, como de hecho hacen otras personas de la ciudad que residen en pisos públicos sujetos a ese tipo de régimen. Sin embargo, desde la Administración se rechazó su propuesta porque se dice que está la número 67 en una lista configurada por un acto singular que dictó la propia Junta para el realojo de personas con necesidades urgentes.

Es decir, que “supuestamente hay otras 66 familias o personas peores que yo, pero no hay ningún tipo de plazo previsto ni de exigencia para que esos pisos sean adjudicados”, deduce Mónica. Podrían seguir sin un morador meses o años. Por lo tanto, cuesta creerse el mencionado criterio de urgencia, cuando el propio piso donde vive Mónica –“y otros muchos que ahí en esa zona y en otras de la ciudad”, me cuenta la afectada – estaba deshabitado y sin recibir un mantenimiento adecuado desde hacía mucho tiempo. A eso reduce la Junta la urgencia humana, a una lista y a unos números.

Mónica se expresa con total claridad y mesura, pese a la situación desesperada que está viviendo y a sus problemas psicológicos. No se trata de alguien con desarraigo crónico –lo cual, por otra parte, tampoco justificaría la actitud de la Administración–, sino una madre que se ha visto abocada a una situación de necesidad como tantas otras, sin que ella haya hecho nada para merecerlo.

Mónica trabajaba –“como limpiadora, camarera, o lo que me saliera”–, pero la salud y las circunstancias personales –su expareja y padre de su hijo la dejó– condujeron a su vida al naufragio del que ella ha intentado salir con coraje, apoyo –la casa donde vive está amueblada y equipada gracias a los regalos y a la ayuda que le prestaron personas con las que contactó a través de Facebook– y sobre todo apostando por la justicia, aun en contra de la ley.

Ahora, ella no se plantea otra solución que no sea la de quedarse en ese piso que ha transformado lentamente en un hogar. Sabe que no lo tendrá fácil, pero tampoco está sola. Luis Miguel Durán, quien fuera portavoz de la Plataforma Stop Desahucios y el Colectivo Indignado de Valladolid, ha sido uno de sus principales sostenes, al igual que otros grupos ciudadanos, que han planteado una concentración pacífica para el próximo día 16 de agosto, a las 12 del mediodía, en la puerta de la sede de la Consejería de Fomento y Medio Ambiente, localizada en el número catorce de la calle Rigoberto Cortejoso, de Valladolid.

También la mayoría de los partidos de la oposición en la Junta, concretamente PSOE, Podemos y Unión del Pueblo Leonés (a raíz de la publicación del caso en El Norte de Castilla) se reunieron con ella hace unas semanas y volverán a hacerlo el día 7 de agosto, en esta ocasión con el Consejero, Juan Carlos Suárez-Quiñones, para intentar reconducir la solución y encontrar una alternativa viable que satisfaga a todas las partes.

Una opción que sobre todo retire de Mónica la sensación de “injusticia absoluta” con la que está viviendo todo el proceso. Que la permita equipararse a otros ciudadanos sin recursos que, como ella, pagan un alquiler social y habitan una vivienda de protección oficial. Un tipo de inmueble que, como le han recordado por quintuplicado desde el Servicio Territorial de Fomento, entre amenazas y faltas de respeto, ha de seguir un procedimiento público de adjudicación.

Pero la necesidad no entiende de plazos, trámites ni de esperas burocráticas o arbitrarias. La necesidad es como la justicia, que se tiene o no se tiene. Y Mónica de momento sólo tiene la primera. Aunque los defensores de la ley digan lo contrario.

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El ataque cobarde de la sociedad reprimida

Hace un par de semanas escribía sobre mi otra vida. Acerca de lo feliz y refugiado que me encontraba en ella, pese a que supiera que era una bonita y efímera mentira, un sueño embriagador del que despierto irremediablemente cuando ha llegado agosto y otro año toca a su fin. Hasta el siguiente. Y hasta que el tiempo dicte su sentencia final y esa otra existencia caduque definitivamente.

Pero ni siquiera este yo alternativo que vive en una dimensión que se confunde con la realidad ordinaria pero que para mí, en mi cabeza, es otra bien distinta, está totalmente a salvo de mi vida de verdad, que saca sus tentáculos de las profundidades abisales y me viene a agarrar cuando menos me lo espero. El monstruo marino suele ser siempre el mismo, aunque esta vez se ha presentado con una forma poco conocida, como si hubiera mutado. Pero es la misma bestia cruel que carece de toda comprensión y que sólo busca trocear mi entusiasmo.

Lo consigue, logra su objetivo. No puedo negar lo contrario. Sin embargo, nunca conseguirá, por más empeño que ponga, destrozar mi autoestima ni rasgar ese pedazo de alma que aún conservo para las buenas ocasiones. Aunque haga que se resienta y que en ocasiones me sienta tentado a hundirme entre sus garras hacia los fondos pútridos y oscuros de la sociedad en los que él vive.

Es ajeno a mí, eso me tranquiliza. Eso le hace menos dañino, pero no por ello menos peligroso. Sé que me persigue y de vez en cuando me encuentra. Suele venir siempre igual, de improviso, a traición, por la espalda y a degüello, cobarde y atroz al mismo tiempo. Nunca se manifiesta por sí mismo, porque no tiene lo que hay que tener. Se muestra a través de intermediarios que nada tienen que ver con él y a los que trata de confundir con sus prejuicios y sus miedos.

En el fondo, se trata siempre de eso. Del pánico a lo diferente, del ataque preventivo y sucio del que se caga en los pantalones ante cualquier duda, enfrente de cualquier situación desconocida para él. La ignorancia y la represión forman una combinación letal para el que trata de vivir su vida en libertad y sin arreglo a más normas que las del cariño hacia los demás y las mínimas que dicta el civismo y el sentido común.

Pero siempre llegan estos, los reprimidos cobardes, que son manifestación de una sociedad enferma y odiosa que vive acojonada desde que se levanta por la mañana y que se mete en la cama entre sudores provocados por el mal de conciencia y por los pensamientos corroídos.

Surgen de su rastrera y vomitiva neurosis para traspasar sus paranoias, sus inquinas, sus rencores y su detritus mental hacia otros, quitándoselo de encima porque les huele mal y les molesta. Tirándoselo a la gente que está limpia y que ni siquiera les ha importunado. Porque les consideran diana fácil, el perfecto ojo del huracán donde alojar sus demonios internos.

Esta corriente, que en no pocas ocasiones ha dominado mi vida real hasta hacerla aborrecible, se ha colado en lo que creía una existencia plácida donde me podía manifestar tal y como era sin temor a las hostias de los prejuiciosos mezquinos y miserables. Me equivocaba.

Pero les mando un mensaje, desde esta alcoba virtual. Jamás llegaréis hasta esta Buhardilla donde yo ordeno mis muebles emocionales, mi decoración racional y mis enseres de complemento personal como me place. Donde sólo yo pongo mis reglas. Jamás la dañaréis. Tal vez es lo único que me queda, mi único bastión de resistencia. Pero no es tan poco como parece.

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Otro año más en el foso de Zorrilla

Ayer tuve un fuerte dilema. En realidad, pensaba que lo había resuelto hacía días o incluso semanas, pero a la hora de la verdad me di cuenta de que no era así. Finalizaba el período incentivado para renovar el carné del Real Valladolid y debía tomar una decisión. Tenía claro que fuera de ese período (que implica tener derecho a la posibilidad de que el carné de la 2018/2019 sea gratuito en el caso de que el equipo subiese a Primera División) no renovaría. Era ahora o nunca.

Mi mente y mi corazón se pusieron a funcionar, pero ninguna de las dos partes de mi ser, siempre tan divididas, me daba una solución satisfactoria, ni siquiera en su disyuntiva o en una discusión que no fue tan agria como en otras ocasiones. De inclinarse por alguna opción, estaba claro que la de mandar al club de mis amores a tomar ventosidades (en buena lid, eso sí) era la preferida por ambas partes, por una vez más o menos de acuerdo, si bien sí hubo debate en cuanto a los motivos que fundamentaban sus respectivas determinaciones.

El lado racional consideraba una insensatez carente de toda lógica continuar pagando una cuota anual que me diera derecho a acceder a un Estadio para presenciar un espectáculo que en las últimas cuatro temporadas ha sido realmente decadente, apenas con unos chispazos de calidad que pudieran considerarse dignos del buen paladar futbolístico.

Eso sin olvidar las casi tres horas de mis fines de semana (desplazamientos incluidos) que se gastarían patéticamente en la contemplación de un rectángulo de juego verde por el que triscan veintidós jugadores, once de los cuales son teóricamente de los míos y que se pierden durante la mayor parte del partido en una suerte de patadones, pases errados, disputas de balón broncas, faltas, trifulcas, protestas, pérdidas de tiempo e imprecisiones varias que enervan al respetable.

Así es la Segunda División. Larga, marrullera y la mayor parte de las veces aburrida, sólo salvada por fogonazos puntuales y por la indiscutible emoción y competitividad del campeonato.

Por su parte, el lado emocional de mi persona clamaba venganza contra ese club que lleva más temporadas de las que puedo recordar dándome disgustos, regalándome sinsabores y no enmendando la plana. Principalmente hacia su presidente y supuesto accionista mayoritario, un tipo tan eficiente como gestor económico según comentan los que saben de eso como lleno de ineptitud a la hora de manejar la parcela deportiva de un club… deportivo.

Eso por no hablar de su nula capacidad para crear ilusión, integrar la entidad en el tejido empresarial, social y cultural de la ciudad, introducirlo en los colegios o para comunicar algo que no sea “lo de siempre”, que al final en esta localidad de humor cínico y afición a la crítica amarga se traduce en “cómo vas a ver a esos, si son unos paquetes”. Y lo peor es que últimamente no les falta la razón a esos destructores de barra de bar que tanto abundan por estos lares.

Este año nada hace pensar que la cosa vaya a ser diferente. Sí, la campaña de abonados es muy bonita e intenta apelar al lado más emotivo, al sustrato blanquivioleta más básico, a ese pedazo de alma común que tenemos todos los aficionados pucelanos, incluso aquéllos que más divididos parecen en sus relaciones personales.

Pero al final uno mira la política de fichajes, los movimientos del club… Y no se ve por ningún sitio ese mensaje de gran familia que quiere recuperar su ADN común. Un año más noto que los canteranos son considerados jugadores de segunda fila, opciones a las que recurrir si los principales espadas, venidos de fuera, en ocasiones cedidos y en otras con contratos cortos, fallan estrepitosamente y si luego fallan también los segundos espadas y en el caso de que tampoco funcionen los recambios, restos, repuestos o remiendos que se consigan en el mercado de invierno y… En definitiva, nunca es el momento para apostar por ellos.

Al menos esa es la sensación que me da cuando observo que un chico como Anuar, que ha hecho méritos más que suficientes en las próximas temporadas para ser considerado un jugador muy importante del primer equipo, dice que no tiene nada claro cuál va a ser su futuro. Y eso por citar sólo un nombre.

Exceptuando el caso de Jose, no se ha confiado en ningún jugador formado en las categorías inferiores desde hace años y, si nos remontamos más en el tiempo, el número de futbolistas emergentes de cosecha propia que han triunfado en el primer equipo del Real Valladolid se pueden contar con los dedos de la mano. En realidad, durante toda la larga y fatídica (al principio también en lo económico, y siempre en lo deportivo) era Suárez.

Tampoco observo cambio alguno en la filosofía del club. Sigue siendo una entidad prácticamente fantasmal a los ojos de la inmensa mayoría de empresarios de la ciudad. La indiferencia, cuando no desprecio, con la que se la ve, es deprimente. Eso por no hablar de su nulo calado entre los niños y adolescentes, que deberían ser la mayor prioridad del club. Y sé bien de lo que hablo, porque trabajo todo el año con menores de edad.

Parte de culpa la tiene la personalidad del colectivo vallisoletano, pero ni mucho menos toda. Mucha responsabilidad es de los que han gestionado el club durante estas últimas dos décadas, con Suárez a la cabeza.

Teniendo en cuenta todo esto, la cosa parecía sencilla ayer, día 22 de julio de 2017. No renovaba y punto. Pondría fin de una vez a este martirio voluntario. Se acabarían de una vez los fracasos, las decepciones y últimamente la sensación de hastío, tedio e incluso indiferencia.

Pero no, había algo que no me convencía. Seguía con esa sensación de incomodidad, de insatisfacción. Con ese remusgo interno que me recorría las tripas y me revolvía desagradablemente. Pondría punto y final a muchos años de fidelidad.

Ahí estaba la palabra clave. Fidelidad, tradición, arraigo. No era una cuestión de emociones ni de razonamiento. En realidad, casi nunca lo fue. Uno va a ver al Pucela porque es de Valladolid y quiere formar parte de esa historia colectiva. En el fondo, tiene razón el anuncio. Es lo único cierto que vende el club, porque lo demás es humo. No podemos huir de eso, al menos yo no puedo. Me siento demasiado vinculado a los colores blanquivioletas.

Demasiado enraizado a la costumbre de subir andando por “la cuesta del manicomio” hasta el Estadio del poeta, entrar por la puerta 16 y acceder a la Tribuna Norte para ver desde ella la portería que, según mi primo, es la de marcar los goles en las segundas partes. De ir en coche los días de diciembre en los que el Estadio de la pulmonía hace honor a su apelativo, cuando la niebla permite apenas distinguir el esférico. De salir del aparcamiento hora y cuarenta y cinco minutos después con las manos entumecidas debiendo realizar maniobras que mezclan el escapismo de Houdini, el apile de piezas del Tetris y las agresivas técnicas de conducción del GTA para abandonar el recinto con el vehículo ileso.

De escuchar la alineación pronunciada sin ningún tipo de declamación por la misma voz desde tiempos inmemoriales, como si en realidad fuera un software, un programa informático. De que suenen esos acordes como de jota castellana y alzar las “Banderas blancas y violetas”, aunque cantemos pocos goles y menos gestas. De escuchar el segundo himno oficial al final de los encuentros, particularidad musical de este club que también tiene otros tantos extraoficiales.

Apegado al ritual de ver enfrente el Fondo Sur sajado y Continente como decoración accesoria. De tomar “café prefabricado” en el bar. De contemplar a diez tíos vestidos con una camiseta que a fin de cuentas es la tuya. De tener a nuestros pies el foso, ese elemento anacrónico, vetusto, una rara avis en los estadios europeos, y que el coliseo vallisoletano aún conserva. El foso por el que se deslizan los niños en el descanso, que huele a agua estancada y que simboliza nuestra frecuente bajada a las profundidades, a los infiernos de Zorrilla.

El Estadio Zorrilla, con su foso. (Imagen: Twitter).

De que pongan en el marcador el dato inflado habitual del que todos nos reímos, que dice que somos los 8.000 de siempre, aunque antes éramos los 12.000 de siempre y a veces ahora no somos ni los 6.000 de siempre. Un número supuestamente extraído de la lectura de los tornos custodiados por unos tipos en su mayoría castellanos y hoscos, quienes te responden taxativamente si se te ha olvidado algo en el coche que no se puede salir del Estadio y volver a entrar. Que estás irremediablemente atrapado en Zorrilla, en su foso.

Y quizá en el fondo eso es lo que quieres.

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Obsesión revanchista

Soy consciente de que me voy a ganar comentarios negativos y críticas al escribir esta entrada por parte de algunos de los que me leéis habitualmente. Pero como yo me debo a mi propia honestidad de pensamiento y emociones, tengo que expresarme sin cortapisas. De lo contrario, no tendría sentido esta Buhardilla.

Voy a hablar de algunos cambios provocados por la Ley de Memoria Histórica que en su día elaboró el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, la cual ha estado sin aplicarse durante muchos años en bastantes municipios e instituciones españolas, sobre todo si era el PP el que gobernaba en las mismas. En los tiempos recientes, ha habido una proliferación de alteraciones en nombres de calles, retirada de símbolos, condecoraciones, honores, enseñas y títulos.

Aún a día de hoy se siguen desplegando los efectos de la citada norma. Hace poco, se decidió que había que retirar la laureada del escudo de la Diputación de Valladolid y hay mucha polémica respecto al mismo símbolo en el blasón del Ayuntamiento, puesto que fue Franco quien la concedió en 1939, e incluso en el propio emblema del Real Valladolid de fútbol.

A mí me parece un añadido bonito que dota de belleza al distintivo, mi generación y las dos anteriores hemos crecido viéndolo y me da exactamente igual si no es el original o si fue Franco quien nos dotó con ese honor por ser muy franquistas y muy Fachadolid. A mí me gusta, y estoy muy lejos de ser franquista o partidario de ningún régimen dictatorial. Pero eliminarlo es desde hace tiempo objetivo fundamental de los partidos de izquierdas.

¿Y cómo casa eso con el hecho de que yo sea, en muchas otras cosas, afín a estos partidos? Tiene un nombre, y se llama esclavitud ideológica y ansia vengativa llevada al máximo nivel de detalle. Permitidme no tener nada de ninguna de las dos.

Esta misma semana se ha modificado el nombre de la Avenida José Luis Arrese de Valladolid, que ha pasado a llamarse Miguel Ángel Blanco en honor al concejal popular de Ermua asesinado por ETA hace veinte años.

Primero de todo, me gustaría aclarar que me parece totalmente apropiado y correcto que exista una calle a nombre de Blanco, si bien también hay que puntualizar que existen otras víctimas de la banda terrorista que ni tienen ni tendrán jamás tal reconocimiento. Por no hablar de la multitud de héroes y heroínas, muchas veces anónimos, cuyas hazañas o sacrificios no han tenido históricamente la repercusión mediática que, por desgracia para él, sí tuvo la del político vasco, cuya valentía por otra parte no pongo en duda. Su muerte conmocionó a la sociedad y merece su sitio destacado, eso no es objeto de debate.

Sin embargo, ello no es óbice para que me parezca totalmente inadecuado que se sustituya el nombre de una vía que siempre se había llamado así, José Luis Arrese, desde su inauguración. Creo que no había ninguna necesidad de modificarlo y, si se quería dar una calle a Miguel Ángel Blanco, seguramente había muchas calles de reciente creación con poca o ninguna tradición que podían haber sido rebautizadas con su nombre.

Sin embargo, se elige ésa porque José Luis Arrese fue un destacado ministro franquista y, siguiendo la moda actual, hay que eliminar todo vestigio del franquismo en el callejero español y, en general, en el paisaje material o inmaterial del país. El tal Arrese debía ser un elemento de cuidado, partidario de la Alemania nazi, bastante astuto en sus maniobras políticas para buscar en cada momento el favor de Franco, y además precursor de la criminal política de promoción de viviendas para la propiedad privada que tanto ha dañado a este país. Así que simpatías por él, ninguna.

¿Pero es que a alguien le importa quién fue el tal José Luis Arrese? A nadie, obviamente, o a muy pocos, más allá de la gente que por su edad le recuerde (pero que probablemente tampoco sepa muy bien qué representó su figura). Yo mismo confieso que hasta que no se ha decidido el cambio jamás me había interesado por saber quién era ese tipo u otros muchos que tenían su nombre impreso en placas situadas en las esquinas de la ciudad. Creo que resulta bastante más relevante, educativo e interesante estudiar quiénes fueron estos individuos en vez de eliminarlos de la memoria. Porque la ley de memoria en verdad es una ley de desmemoria en muchos sentidos.

En otros, como la exhumación de cadáveres víctimas de la Guerra Civil o del franquismo, no lo es, y de hecho mi postura es totalmente contraria a la que he expuesto en el otro asunto. Es una vergüenza histórica que se haya tardado tanto en llevar a cabo y me parece absolutamente indignante que el Estado no haya puesto medios y recursos públicos en esa tarea.

Pero lo de los simbolitos y chorraditas varias sinceramente me parece una obsesión revanchista que hace flaco favor a la izquierda. Algunos me dirán que yo no soy de izquierdas o que soy un traidor por manifestar esta opinión. Me la refanfinfla. Yo no tengo porque adscribirme de forma total al ideario de nadie, por mucho que coincida en muchas cosas.

Más valdría que la izquierda de este país, absolutamente desnortada, se preocupara de recuperar un discurso social que cale en la ciudadanía, el de la reivindicación de derechos laborales, de mejora en la calidad del empleo, de los servicios públicos, de la implantación de la economía colaborativa, colectiva y solidaria, y se dedicara a combatir el capitalismo feroz basado en el urbanismo de ladrillo delincuente, en las energías no renovables y en las telecomunicaciones estafadoras, que sigue propagándose como la peste y es fuente de la corrupción que desangra nuestros bolsillos y nuestra dignidad.

Convendría que los partidos de colores republicanos estuvieran más inquietos a la hora de retomar la idea de establecer una democracia verdaderamente participativa, de poner las bases para una educación sólida, diversa y plural (que no genere desmemorias), de promover la cultura para acabar con el síndrome del país de charanga y pandereta que seguimos siendo, de cumplir al menos los ridículos compromisos de acogida de refugiados a los que llegó el gobierno y, sobre todo, de defender el medio ambiente y la sostenibilidad, que es el problema más grave a medio y largo plazo que tiene no sólo España, sino el mundo entero. Y no gastar tanta energía (no renovable) en gilipolleces.

Todo eso es mucho más importante para mí que las batallitas revanchistas. Pero claro, será porque yo soy un izquierderechista traidor…

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Lluvia purificadora

Reconozco que nunca he sido muy fan de la lluvia. Esto contrasta bastante con mi personalidad romántica (considérese romanticismo en su sentido puro, el que explicó muy bien Amelia Folch en un capítulo de El Ministerio del Tiempo), pero lo cierto es que ese toque lúgubre, tétrico, decadente y melancólico de las tormentas y los chaparrones nunca me han hechizado demasiado.

Lo considero un fenómeno meteorológico molesto para una vida moderna al que los urbanitas algo sedentarios como yo no nos acabamos de acostumbrar. Eso de andar con los zapatos embarrados, de recibir golpes de paraguas (aunque la mismísima Rihanna cantara una loa a su umbrella, confieso que los detesto), de sentir como se mezcla la humedad externa con la propia del cuerpo o de ver como las actividades al aire libre quedan automáticamente restringidas o impedidas no me mola nada. Bueno, al menos eso he creído siempre.

Ahora no lo tengo tan claro. Como yo mismo he promulgado en los últimos días en el pequeño ámbito en que se desarrolla mi otra vida, lo cierto es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y lo mismo me ha ocurrido a mí con el llanto de los cirrocúmulos. Que de tan poco como se produce últimamente, lo he llegado a añorar sin darme cuenta. Y cuando se presentó ayer con toda su fuerza, me pegó una hostia en la dentadura de mis convicciones.

Ya no recordaba las sensaciones que generaba. Esa extraña magia que crea una cortina en el aire y empaña la visión como si estuvieras contemplando un cuadro antiguo desfigurado por el paso del tiempo. La impresión falsa pero preciosa de que los objetos cobran vida, de que los volúmenes se ensanchan y el paisaje se pone a danzar con miles de ondas en movimiento al compás de una música silenciosa de fina percusión. De que hasta las rocas sueltan lágrimas.

Se me había olvidado por completo el olor de la lluvia al caer sobre la ciudad, la limpieza de la atmósfera viciada que trae consigo o el aroma a tierra mojada al pasar por los parques. Ya no tenía apenas memoria del atardecer oscuro con los charcos sobre el pavimento como si el mundo hubiese ido estampando las huellas de sus pecados, las prisas de la gente por guarecerse bajo cualquier tejadillo, cornisa o soportal sin que su dispositivo móvil pueda ayudarles en ese lance pese a su supuesta inteligencia.

Pero la lluvia de ayer fue incluso más especial porque me arrastró todavía mucho más en mi pasado. Me pilló en un colegio lleno de niños y allí pude experimentar por sorpresa la tensión que generan las tormentas en la infancia ingenua y sobreexcitada, las ganas frustradas de salir al patio, el paseo inhabitual por los pasillos penumbrosos que lo sustituye, el destello de un rayo sobre la pizarra, el retumbar de los truenos contra el viejo edificio de ladrillo y tejas. La idea de engañosa protección dentro de los muros de un recinto que dentro de no demasiados años no podrá acogerles ni salvarles.

Sin embargo, más allá de eso, tal vez durante unos breves instantes que, como todo lo bueno que hay en esta vida, no duraron demasiado, sentí mi alma purificada y comprometida con una misión. Tenía que contarles una historia de miedo para que no se asustaran, grabar la película de los mejores años de sus vidas.

Creo que lo hice ignorando el aguacero que en el fondo me estremecía a mí por dentro.

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