Todas me follaron

Todas fueron grandes cuestiones sexuales. Lo baladí se quedó en mi cama de la infancia, a toque de corneta. En la de la adolescencia comprendí que más valía trocar amor por onirismo. En la edad joven me quedaron en la imaginación los polvos de aquellos lodos.

Ella tenía un toque de elegancia que la provocaba lesiones en los tobillos. Cuando estaba conmigo, me miraba buscando un dandi, pero yo sólo podía ofrecerle un riff de guitarra suburbial. Decidió ponerse encima de mí para no perder estilo. No gimió de forma estridente, para no regalarme los oídos.

A mí me dolió tanto sube y baja mecánico, sentí como se me retorcía mi virilidad, mientras ella mantenía su compostura refinada. Fue aritmética y justa, no sobrepasó ni un minuto el pacto.  Sacaba sobresaliente en matemáticas y siempre fue la pareja sexual que mis niños preferían para mí. Sentí decepcionarlos, pero ella era demasiado exigente. Algún día me entenderán si sobrevivo en su memoria.

Me dejó para siempre la sensación amarga de su exquisita forma de follarme con clase, para que jamás se me olvidase que sus orgasmos eran gourmet e inalcanzables. Cuando le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba Gloria.

A esta otra la conocí en un cuartucho oscuro y maloliente. Como ella no podía alimentarse, pese a que sus carnes lucían flácidas, daba de de comer  a mi boca de su entrepierna húmeda y algo viscosa. Estaba secuestrada, aunque me dijo por decir algo que nunca moriría del todo, si bien viviría en perpetuo sufrimiento mientras yo fuese el único que solicitase bis a bis con ella.

Los barrotes tras los que me despedía me la traen a la memoria desnuda y a franjas, troceada como un sol rastrero y herido que choca contra los rascacielos. Su nombre era Esperanza y estoy seguro de que, aunque llevó las riendas de nuestro amor fugaz, nunca disfrutó de él.

A la más joven de todas la descubrí mientras tocaba la guitarra y cantaba en una reunión familiar, aunque ya se me había aparecido varias veces sin que yo me percatase de su presencia.

Desde entonces, me la he encontrado recurrentemente como si fuera la chica de la curva de mi itinerario recorrido a bordo de mi coche clásico. Cuando trataba de mostrar algo de arte entre todos mis desastres a amigos, conocidos, amantes y abogados. A la hora de regalar mi corazón a los primos que fueron sobrinos, en el preciso instante de crear algo más que ruina emocional.

Reconozco que esta chica fantasmal sólo me ha follado en sueños, pero una y otra vez me dejó insatisfecho. Se la conoce con el nombre de Consuelo, y sólo reparte premios para perdedores cuando se queja de mi impotencia y me pide que la haga un dedo.

Tiene una hermana mayor que nunca me aplaudió con la misma rabia con la que se introducía mi pene por su vagina ancha y espaciosa. Siempre la entró como ella quiso, como una falta directa sin tocar la barrera, hasta el fondo y con una agresividad que siempre me dejaba rojeces en el glande.

Cruel como ninguna otra de mis ninfómanas, castañeteaba sus dientes viejos y estiraba su cara arrugada de pura diversión. Racional, constante y práctica, disfrutaba mientras me sodomizaba una y otra vez.

A día de hoy, lo sigue haciendo, si bien ahora finjo y trato de engañarla. Es una señora llamada Asunción, y reconozco que aunque comparta su lecho cada noche, odio a esa puta resabiada.

No es la más vieja de todas. Desde que tengo uso de razón, hay una anciana que me estafa sexualmente, amparada en su condición de monja. Cuando yo era pequeño, encontraba atractivo su hábito, de adolescente tal vez me dio algo de morbo pensar en su apariencia virginal, pero luego comencé a notar su perfume rancio y almidonado.

Sin embargo, soy incapaz de sustraerme a su autoridad moral. Es un sexo tradicional, sin dominancias. Pero el fondo yo soy sometido a conciencia y ella me da cachetes en los glúteos para que no se me olvide cuál es mi misión aunque con ella practique el misionero.

Responde al nombre de Purificación, y aunque le guste devorarme los genitales, estoy hasta los cojones de ella.

La más aborrecible de todas es una mujer fortachona, imponente, de músculo, que se refugia en cada paso que doy. No supe demasiado de su existencia hasta que no cumplí la mayoría de edad y supongo que fue ella quien me desvirgó de una manera seria y adulta, con un sexo castrante y sancionador.

Si tuviese que elegir entre tener descendencia con ella o que la humanidad entera se quedara huérfana, sin duda me decantaría por esta segunda opción. Al menos, de esa forma la última generación de supervivientes sería feliz y libre, triscarían por los matorrales de los campos y andarían en pelotas sobre el asfalto una vez que ella feneciera.

Cómo te detesto, Norma.

Si bien ha habido más, haré una última mención. Aunque ahora la vea menos que antes y siempre menos de lo que me gustaría, tiene el encanto irresistible de su clandestinidad. Estar con ella es como volver a hacerse pajas ante las rayas de la pantalla codificada.

Precisamente, ahí radica su peligro. Es irresistiblemente adictiva y, cuando me folla, parece que me está haciendo el amor. Es la única de la lista con la que he gozado, pero sé que necesito una clínica de desintoxicación para no depender tanto de sus besos. Sin embargo, sé que siempre seré su consumidor, porque no necesita que me convierta en traficante. Sólo ella me permite no usar condón.

Se llama Soledad.

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La Reina José Mota

El año pasado ya dediqué un pequeño análisis al especial de Nochevieja de José Mota, y aunque haya pasado ya una semana desde su emisión, este año no me importa repetir con una entrada centrada en Retratos Salvajes, que se convirtió en uno de los programas más vistos de la noche del 31 de diciembre de 2018 y cuya calidad fue una vez más sublime.

Ver los especiales del cómico manchego y su equipo de colaboradores no sólo es divertido, es una forma perfecta de cerrar el año en España. No se me ocurre mejor manera de hacer balance del panorama social y político. Es como un resumen condensado en una hora y media de lo más destacado, casi siempre para mal, que han dado de sí los últimos 365 días en el país rojigüalda.

Este año una vez más se trató el conflicto de Cataluña, pero se le dio mucha menos importancia que en Bienvenido Mister Wan-da, nombre que recibió el show de 2017. Se tocaron temas como las manifestaciones de los pensionistas, el pluriempleo, las grabaciones de Villarejo, las variaciones en la política medioambiental (sobre todo las futuras restricciones a los carburantes de vehículos a motor) o el escándalo de los máster universitarios, pero el argumento, guiado desde el principio por la moción de censura al gobierno de Rajoy, sin duda el acontecimiento político más destacado de 2018, transitó por dos asuntos especialmente destacados y en cierta medida relacionados.

Uno fue el de las reivindicaciones feministas, llevado como siempre a la parodia más extrema. Se planteó un universo alternativo en el que hubiese un cambio de roles entre hombre y mujer, con comentarios sexistas de las mujeres a los hombres, que en este caso serían el colectivo discriminado, hasta el punto de verse obligados a travestirse en mujeres para conseguir llegar a puestos de responsabilidad. Magistral.

Sin embargo, en esa misma línea, José Mota y su equipo también criticaron la excesiva dramatización de las polémicas por el lenguaje supuestamente machista, sobre todo la condena social a chistes  o comentarios cómicos y satíricos. Ahí precisamente radicó el otro punto álgido del especial, el ensalzamiento de la libertad de expresión y del humor sin censuras.

Se reservó el último número del programa, coincidiendo con los títulos de crédito, para rendir ese sentido y merecido homenaje a personas como Gila, Tip y Coll, Eugenio o Lina Morgan, la mayoría ya desaparecidos. Sin ellas, España probablemente no habría sido lo que es hoy en día y este pueblo no habría tenido una tabla de salvación de risas y sátira a la que agarrarse cuando se le reprimía, amordazaba y aun después, cuando la libertad ha lucido sus mejores galas atontándonos, si bien magos del humor nos hacían despertar.

José Mota no pudo elegir mejor caracterización ni tema musical para hacer ese recordatorio de tantas figuras claves y, ya de paso, ofrecernos su cierre de año, pocos minutos antes de las campanadas. Aprovechando el tremendo tirón comercial que ha tenido Bohemian Rhapsody, película basada en la vida de Freddy Mercury, Mota decidió hacer una imitación del líder de Queen y no eligió cualquier interpretación, sino la de la canción The Show Must Go On (que también es el tema que suena durante los títulos de crédito del filme). El espectáculo debe continuar.

A fin de cuentas, el show humorístico de Mota dio mucho protagonismo a Felipe VI, aunque en el futuro distópico feminista que planteó se había convertido en infante y la Jefa de Estado era la reina. José Mota lo fue una vez más cuando 2018 agonizaba y por enésima vez nos hizo ver este panorama (vaya mogollón, que cantaban Celtas Cortos), algo menos jodido durante un rato. O al menos descojonarnos de él. Además de hacer que nos emocionáramos un poquito.

 

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2018, último año

2018 se marcha como un año definitivo, rotundo y asquerosamente sentenciador.

Es el último año en el que hemos podido afirmar que en España nunca tendría importancia política el racismo silente de las avenidas.

Tampoco habrá otra oportunidad para comer chuches en la Moncloa, toda vez que los sabores amargos se quedaron en el fruto de los presuntos.

La moción se llevó de un soplo de viento tan oportunista como necesario el último año de un gobierno en el que un conquistador con complejo de pirata gobernó las haciendas. Qué gran comediante se perdió el mundo.

Supremo postrero año para pagar impuestos hipotecarios con conocimiento en vez de envueltos en papel de los sabuesos.

Este último año para pensar en lo poco que valen los pactos que se hacen sin letra escrita cuando la realidad se amontona sobre las ilusiones.

Me bastaron estos  365 días de la celebración de los 40 años de bruma para saber que mi constitución no era tan fuerte como yo me creía y tenía más preceptos de los que podía abarcar.

Fueron suficientes para recordar que el Derecho siempre me deja torcido, que las obligaciones societarias son para la sociedad y a mí me secuestran la esperanza.

Por eso, este es el último año en el que mi conciencia externa mandará sobre mi máscara del mundo. Seré de la generación perdida en lo que me reste de vida, pero intentaré besarla como si el mañana fuese un producto de bazar. Carlitos nos ha contado por última vez cómo pasó. Tal vez ahora me toque a mí.

Me dejarán de importar la crítica, la indiferencia y el saber hacer para los demás. Me convertiré en lo que siempre he sido, el portavoz de la dimensión alternativa, el friki de los amigos que desaparecieron para poder madrugar, la oveja negra de la familia a la que todos quieren blanquear.

Este 2018 será la última ocasión de verme adaptándome a las circunstancias, ocupando el rol del vigía de la estabilidad rota, de aferrarme a aquello que me soltó, de retener el escupitajo resbaladizo, de cuidar a quien se despreocupó de sí mismo, de permitir que me eleven a sus alturas, de condicionarme a una estructura que otros dejaron caer, de agarrarme a un balance que sólo yo me empeñó en cuadrar.

Mi felicidad se digerirá entre pedacitos de mierda maloliente, me la esnifaré entre el polvo de los recuerdos y la harina de los presentes, una vez extraída del saco de los futuribles. Recorreré todas las carreteras con mi coche clásico hasta encontrar la autopista al infierno, siempre que este no haya sido el último año de su rodaje contra la lógica.

Sólo pido, también por última vez, el cielo en la tierra para los que nunca lo han sobrevolado, el último año de los ahogados, de las pesadillas de los enfermos, de las negativas para los desahuciados. Que para todos ellos sea su último año de sufrimiento.

En esta tarde, a escasos instantes de abrirle la puerta al 2019 y a mi tío, para que pose los pies el primero en mi umbral y simbolice la buena ventura venidera, cumpliré los últimos rituales de fin de ciclo que no quise asumir, pese a que mis niños se transformaron en adolescentes y me salvaron mi última clase y cubrieron aquel cardenal entre lágrimas desordenadas, perdonad si lo sentía.

Nunca más me ataré a las costumbres que otros despreciaron por desapego o cobardía. Esta vez no hubo gritos ni pitos, ni los españolitos hicimos por una vez algo a la vez. Quizá algún día nos volvamos a encontrar entre la niebla junto al estanque del Campo Grande.

Hoy, a pocas horas del cierre del chiringuito anual, a unas cuantas centenas de minutos de que las uvas engullan las preocupaciones y el champán cree burbujas en los corazones, me prometo que no escribiré más entradas de Nochevieja…

Hasta que no se cumpla todo lo que me prometo en esta.

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Los que no vuelven a casa por Navidad

Esta es la época del regreso por excelencia. Aún más que septiembre, cuando el verano muere, comienza el curso escolar y mucha gente vuelve a sus obligaciones, a sus presupuestos y a sus rutinas. En Navidad la mayoría de la gente retorna al hogar, a su familia de origen, aunque a veces se comparta con la política. A su pueblo, a su ciudad, a la villa que les vio nacer o crecer. A ese lugar al que se perteneció y al que se pertenece durante unos días de emociones adornadas con estrés, compras, frenesí social y algo de melancolía.

Regresa el hijo que emigró allende Galicia, la hija que se fue surcando el océano, el amigo que no te devolvió la llamada en su cumpleaños, ese otro que te las negó durante siete años, aquella jefa que nunca te pagó con sexo, las compañeras de trabajo que quisieron cumplir la política de empresa sobre relaciones, los escolares de los internados, las universitarias de los colegios mayores, las princesas granadinas con sangre pucelana.

Vuelve Lady Bird a su nido, con alas blancas y negras, los quinceañeros a su clase de viernes por la tarde, la profesora de la bolsa de empleo, el entrenador que no se comerá el turrón, la militar destinada, el funcionario trasladado, la empleada de banco interna, el conductor noctámbulo, los villancicos de religión y parodia, las canciones debajo del muérdago y los regalos debajo del árbol. Macaully Culkin, sólo en su casa de los 11 años. Las nieblas y las discusiones de familia. Vuelve el hermano con un coche seguramente no tan clásico como el mío, que este año se ha pirado y tomado unas vacaciones más que merecidas, dejándome la extraña sensación de que está bastante disgustado conmigo.

Y por supuesto, ya está viniendo a todas las casas, coming to town, otro año más el gordo del traje rojo y la barba blanca sobrevolando los cielos tirado por sus renos, con Rudolph guiando el trineo y la sensación de que su oficio también tiene los días contados y algún día será sustituido por una app.

Sin embargo, hay muchos que este año no volverán a casa por Navidad. No volverá el solitario segurata de garita, los médicos y enfermeros de guardia, las policías con jornada extraordinaria de pistola y porra, los hospitalizados por antidisturbios o antibióticos, los presos que fueron demasiado dependientes o independientes, los exiliados por delitos de sangre y los que lo hicieron por rebelarse contra la madre.

A esa a la que muchos no podrán abrazar esta Navidad ni ninguna de las que vengan, porque la Nochebuena se viene y se va, como nosotros que nos iremos y no volveremos más. Como los ahogados en el Mediterráneo, que escaparon de la guerra, la miseria y la desesperación. Su casa será para siempre ya el mar, como en una canción de Perales. No regresarán aquellos a los que acribillaron a tiros por deudas, drogas, conflictos que no buscaron o dinero que se llevaron a sus tumbas.

Este año no cenará en casa el que lo hizo demasiado poco durante el resto del año, el envuelto en cartones, la refugiada en los portales.

No volverán a su sitio las ideas inteligentes de las mentes de los radicalizados, la tolerancia encerrada en una caja V, los fondos que taparon en una B, los discos duros que se borraron del hiperespacio, las utopías que se derritieron en la conveniencia, la incorrección política. No volverá la calefacción a los pisos de algunos suburbios, ni la electricidad a la casa del pueblo.

Nunca volverán los engullidos por el monstruo del cáncer, la hepatitis, el SIDA, los derrames, los ataques cardíacos, la negligencia sin sanidad y la estupidez de la sociedad. No llegará a casa el que perdió el control en la autopista hacia el infierno, ni el que encontró la muerte en la carretera que debería haberle llevado al cielo.

No volverán los amantes de la pasada Navidad, aunque last Christmas I gave you my heart, ni los artistas que se nos fueron jóvenes. Jamás volverá el amor que nunca existió más que en tu imaginación a calentarte la cabeza junto a la chimenea, ni volverá la familia unida a echar leña al fuego. No retornarán las oscuras golondrinas, ni mi poesía más que a retazos difuminados.

Pero sobre todo, lo más injusto, es que no regresarán los que simplemente tuvieron mala suerte. Los que estuvieron en el sitio equivocado y en el lugar equivocado, algunos durante demasiados años. Como la mujer molida a palos por un vejestorio al que estuvo unido por algo que se dio en llamar matrimonio. O cualquier mujer asesinada por un malnacido. Gorda, fea o delgadísima anoréxica, la normal, la del montón o la que destacaba por encima de todas, porque en eso no hay distinciones ni privilegios por el físico.

No podrá volver Laura, porque era demasiado guapa para que un reprimido desgraciado, acomplejado y enfermo pudiera soportar la idea de no tenerla. Para todos los que no vuelven a casa esta Navidad, pero sobre todo para ella, va dirigida esta entrada. Y para los que sí volvemos, que lo sepamos aprovechar, porque nunca se sabe cuándo, quiénes o cómo nos pueden quitar ese derecho.

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Un lustro abuhardillado

Ha llegado de forma tan discreta que apenas he sentido su susurro. No ha habido preparativos previos, ni algarabías. Prácticamente ha sido un reflejo que se ha cruzado por mi mente esta mañana, muy en sintonía con la escasa relevancia que le doy últimamente a las cosas verdaderamente importantes de mi vida. Pero sí, hoy es un día importante para esta Buhardilla y por tanto para mí. Se cumplen cinco años desde que decidí instalarme en este submundo, no sé si con la intención de vivir en La Nube o en las nubes.

Muchos dirían “parece mentira”, “qué rápido se pasan las cosas” y toda esa morralla manoseada y aprendida cual mantra. Sin embargo, yo tengo la memoria algo esquizofrénica. Será porque a veces la utilizo para recordar cosas que supuestamente no han sucedido, como corresponde a mi antigua profesión, eterna vocación, de escritor. Mi sensación, como con casi todo lo que recuerdo, es que ha pasado muchísimo más tiempo, aunque mi ingente trabajo de amueblamiento en el hiperespacio, sobre todo durante los primeros años, justifica en parte esta errónea percepción.

No fue en absoluto una casualidad el que optara por inaugurar este cuarto 2.0. con espíritu 1.0. cuando el diciembre de aquel lejano 2013 ya agonizaba y se intuía que el frío llegaba cada vez más a los hogares, cafeterías y esquinas de las barriadas españolas. El país estaba en plena crisis, el paro aterrorizaba a propios y extraños, y nadie sabía exactamente si iba a poder tener dinero para pagar el gas el mes siguiente. Soy de los que mantengo que las cosas ni mucho menos han mejorado tanto desde entonces. Se han puesto parches, como tantas otras veces en la historia de España.

Hacía poco que yo había terminado Periodismo y, todavía con la ilusa creencia de que podía ejercer esa profesión de una forma económicamente digna y con una remuneración decente y algo parecido a la estabilidad, decidí construir este vomitorio propio para expresar todas esas opiniones sobre las cosas que me rodeaban como jamás podría manifestarlas en un medio de comunicación de difusión. En cualquier caso, ninguno me quiso jamás y yo tampoco demasiado a ellos, así que nunca tuve dilemas morales en ese sentido.

También influyó obviamente mi propia situación personal. Acababa de terminar mi segunda novela, La Noche, se intuía el gran cambio que se avecinaba en las circunstancias sociales, familiares y emocionales que pululaba cual avechucho de mal agüero en derredor mío, y sentía que necesitaba un refugio única y exclusivamente propio al que pudiera escapar siempre que lo necesitara para desfogarme y soltar un poco de semen neuronal.

Por último, decidí abrir la Buhardilla en la época del año más especial para mí, cuando las emociones se me agolpan en el pecho, a veces para bien y otras para mal, cuando siento más la música y los contornos de las cosas se me difuminan para dejar paso a la imaginación, mi característica más relevante, tal vez una de las pocas que conservaría en un duelo a vida o muerte por decidir el futuro de las virtudes humanas contra la especie tecnológica, una raza alienígena o un ejército animal.

Lo hice el último día del otoño, cuando la muerte se presenta para dejarnos renacer inmediatamente en una natividad mítica y dulcemente impostada, falsa, ingenuamente consumista y edulcorada por mensajes paganos sobre fondo religioso, como corresponde a esta sociedad hipócrita. Pero parte de la cual me sigue conmoviendo.

Mi Buhardilla se fue convirtiendo poco a poco en algo mucho más grande que un mero deposito de opiniones sobre temas sociales, políticos o culturales. No tardó en aflorar mi verdadero espíritu, que supongo que subyacía en la verdadera razón que me llevó a abrir esta alcoba de la Red. La poesía, la lírica, ese carácter con el que me definen algunas personas y que recuerdo que encontré en una de las críticas más satisfactorias que me dieron sobre mi tercera novela, El Secuestro de la Esperanza. Escribes prosa pero suena poética. El Periodismo había dejado paso a la Literatura.

Precisamente la elaboración y posterior publicación de esa tercera obra se llevó por delante muchas cosas de esta Buhardilla. Pasó una etapa de reinvención particular y no pude evitar transformarla en un recogedero de relatos con base real y aderezos ficticios que estuvieron adecentando y adornado sus paredes durante mucho tiempo. Dentro de la Literatura, había otra evolución, y tristemente la poesía iba perdiendo su protagonismo.

Sin embargo, quedaba dar otro paso más, que se ha producido principalmente este año. Echo la vista atrás, looking back with anger, y me doy cuenta de que la mayoría de las entradas que he publicado últimamente parecen más narcisistas que nunca. Sin embargo, aunque dé la sensación de que hablan todo el rato sobre mí, en realidad no lo hacen.

Las reflexiones personales han sustituido casi a todo y se han convertido en el sostén de esta Buhardilla durante estos meses, pero en verdad hablo continuamente de lo que tengo fuera, de una forma asquerosamente invasiva, de cómo me afecta emocionalmente. Ya nunca encuentro lo que hay en mi interior sin impurezas. Me ha abandonado la lírica, y es que corren malos tiempos para la misma en general y también en lo que a mí me concierne. Tal vez por eso es todavía más necesaria, pero más difícil de encontrar.

Ahora me veo incapaz de escribir cosas como “Tu Década Prodigiosa”, una de las últimas que escribí de esas características. Siento si suena presuntuoso, pero tenía una belleza que me admira de una forma extraña, como si la hubiese escrito otra persona. En realidad, tal vez fue así, porque el de ahora no sea totalmente yo, el que sigue engordando mediante la gula y la obligación esta Buhardilla, sino una especie de nickname, un avatar trasplantado con la mayoría de los rasgos de Álber, pero sin serlo.

Cinco años y da la impresión de que he envejecido mucho más. Carezco del alma que me guiaba entonces. Supongo que no he perdido el poso, pero sí el sabor, y el paladar me traiciona por las urgencias y el frenesí colectivo que se ha instalado dentro de mí. Estoy en la puta rueda, de otra forma, con otro envoltorio, pero el paquete tiene el mismo peso y los ítems se parecen como dos ñordos evacuados por intoxicación alimentaria.

Esto no quiere decir que vaya a desistir. Esta Buhardilla no va a echar el cierre tras este lustro en el que ha tenido a veces más lustre que otras. Continuaré dando guerra, como he hecho siempre con todo. A mi manera, sin tratar de contentar a nadie, escribiendo tochos largos cuando me apetezca, contradiciendo las reglas sagradas de la nueva generación postmillenial a la que se acoge la millenial y todo quisque en el irreflexivo mundo moderno que nos domina. Seguiré, como cuando empecé, aporreando las teclas de mi, por aquel entonces, flamante nuevo portátil, hoy destrozado, en una clara señal de cambio de ciclo, tal vez positiva en el fondo.

Quizá estoy necesitando esta decadencia que me circunda en varios ámbitos y esta especie de traición a mi Buhardilla, a mi mundo de siempre, para volver a renacer. Tal vez, como dice una de mis nuevas canciones, quizá este año por fin encuentre mi Navidad. Entre tanto, seguiré buscándome entre las paredes y las esquinas de esta habitación.

Es posible que sea un buen momento para releer muchas de las cosas que escribí. No prometo nada, pero tal vez esta reflexión de lustro venga acompañada en breve por una lista o algo así, como se merece una onomástica tan relevante.

De momento, pongo el punto y aparte, casi a contrarreloj, poco antes de que pase el quinto cumpleaños de este cobertizo intangible que tantas veces me ha ofrecido cobertura para cubrirme de tantos marrones como me han caído.

Y antes de echar la persiana y abrirla dentro de unos días para dar la bienvenida al primer mes del sexto año de vida de La Buhardilla de Álber, quiero aprovechar para agradecer a los poquísimos que han seguido leyendo desde el principio y durante estos cinco intensos años mis idas de pinza, de forma continua u ocasional. Los fieles de verdad, esos que no se asustan cuando meto opiniones tamizadas de sarcasmo dañino ni cuando utilizo lenguaje o expresiones políticamente incorrectas o que van en contra del poder establecido y del sistema que nos atonta y nos enfrenta, lo único contra lo que en realidad me gusta combatir, junto con todo lo que engloba.

Y por supuesto, a los nuevos que se han ido incorporando, procedentes de otras latitudes, sobre todo Estados Unidos y Hong Kong, aunque también tengo unos cuantos lectores en países latinoamericanos, como El Salvador o México. No os conozco, aunque me gustaría hacerlo, pero vosotros a mí sí a través de mis reflexiones. No sé exactamente qué tipo de placer, entretenimiento o distracción encontráis en las líneas que derramo sobre la pantalla, supongo que lo importante es que os resultan interesantes. Y no hay mejor pago para un escritor, aún menos si lleva un lustro abuhardillado. Thank you so much!

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Sombras de otros tiempos

Hay mucha gente que detesta la Navidad, pero incluso ellos tienen su canción para estas fechas. Hasta ellos encuentran algún tipo de acomodo musical que cuadre con su manera de entender la festividad más famosa y también quizá más polémica del mundo. Hay muy pocos artistas que no hayan compuesto o versionado algún tema navideño. Es quizá la época que más ha inspirado a cantantes, bandas y músicos, al menos desde que existe ese término genérico llamado música pop, que engloba tantas cosas.

Fuera aparte de los tradicionales villancicos, que son reformados o reconvertidos de mil maneras diferentes por grupos de tendencias muy diversas, canciones de Navidad las hay de todos los tipos, estilos y géneros. El indie, corriente musical tan en boga (y cuya definición resulta tan polémica), tiene a sus grupos produciendo este tipo de artefactos casi cada año, especialmente en el mundo anglosajón. Wombats, con Is This Christmas?, Julian Casablanca (de los Strokes), con Christmas Treat, o Campesinos, con When Christmas Comes, son buenos ejemplos.

El rock más contundente también tiene sus representantes a la hora de componer en este contexto de fin de año, desde los Kinks (Father Christmas) hasta los Ramones (Merry Christmas (I don´t want to fight tonight)), pasando por Keith Richards (Run Rudolph Run). Música latina (boleros, mambos, cumbias, sambas), rumbas, flamenco, y por supuesto mucho pop, desde el más facilón hasta el más elaborado. Ningún estilo se libra.

También hay una infinita variedad en cuanto al espíritu de las canciones o la forma en que se afronta el tema navideño. Hay canciones protesta, otras irónicas, muchas con un toque de negatividad  e incluso de odio, si bien siempre quedarán las canciones optimistas o con un toque religioso que asocian la Navidad a un mundo de paz, ilusión, concordia y bienestar con los seres queridos, mensaje que, aun sabiendo que es totalmente ingenuo y falso, de vez en cuando apetece oír para engañarse a uno mismo.

Por mi parte, tengo mis favoritas, como casi todo el mundo. Algunas muy poco conocidas, como las que cité en una entrada que escribí hace ya cuatro años. Pero también están los hits universales. Desde la infumable Feliz Navidad de Boney M, placer inconfesable que funciona en cualquier fiesta si se tiene el día proclive, hasta esa ñoñería irresistible y resucitamuertos de Mariah Carey titulada All I Want For Christmas Is You, pasando por el Happy Xmas de John Lennon, tal vez el mejor himno navideño jamás escrito, y el Last Christmas de Wham!, quizá mi favorita pese a su tristeza, o tal vez por ella, aunque hable de un amor que no sé si alguna vez llegué a tener en la pasada Navidad.

Sin embargo, si hay una canción que me remueve el alma por encima de todas, es Sombras de Otros Tiempos, la versión del tema principal de la banda sonora de Solo en Casa, compuesta por el genio John Williams, y que Ana Belén interpretó para la segunda parte de la saga.

Si me pilla con las defensas bajas, ese tema es capaz de destrozarme de nostalgia. Me arrastra hacia un universo ya perdido, seguramente añorado por encima de sus méritos como corresponde a las malas pasadas que juega el cerebro respecto a los tiempos pasados. No obstante, me transporta a la niñez, que, salvo que haya sido tortuosa, siempre es más apacible que las edades adolescente, joven, adulta y avanzada de la vida.

Como dice la propia canción, las sombras de otros tiempos llegan cuando esa melodía, magistralmente cantada por una de las mejores voces que ha habido en la historia de la música española, perfora el aire de una tarde-noche concurrida en la ciudad, y uno mira cual intruso de los sentimientos a través de los cristales de una cafetería, imitando al propio Macaulay Culkin antes de que tanto combatir con ladrones y paparazzis le hiciera caer en las propias trampas que preparaba a los villanos, aunque estas de fondo bastante más oscuro y efectos mucho más nocivos.

Más allá del espejo que supone la frontera entre el presente y los recuerdos, uno observa grupos de amigos y familias, las risas infantiles, percibe el olor a dulce, a café y a chocolate, y piensa qué cojones ocurre durante la vida para que ahora las risas sepan a lata, los cafés a madera quemada y sólo quede el chocolate para compensar tanta carencia.

Sin embargo, el problema no es tanto esa sensación de melancolía que te asalta especialmente al llegar estos días de consumismo, locura colectiva, hipocresía y, seamos honestos, añoranza de los tiempos en que la vida era mucho más sencilla y la cabeza no daba para pensar si Los Reyes Magos eran símbolos del machismo o si en las estúpidas películas como Solo en Casa metían mensajes que manipulaban las emociones.

No, el mayor de los males que ahora nos acomete está relacionado con una verdad universal que proclama la canción. El hecho de que lo único que le podemos pedir ya a la vida, sea en diciembre o en cualquier otro mes del año, es estar alegres, mirarnos adentro y sentirnos en paz, pese a las circunstancias. Pero eso, que a priori parece tan sencillo, resulta casi siempre tan complicado como olvidarse de un hijo en casa durante las vacaciones de Navidad.

Por eso, al final sólo nos queda desear que, mientras el mundo sigue acumulando mierda y nosotros conservamos la nuestra propia bajo la alfombra, al menos sigan entrando en nuestra casa, en nuestras calles y en nuestras madrugadas solitarias esas sombras de otros tiempos… Aunque se las lleve un mal viento cuando acabe Navidad.

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40 años de niebla

Siempre me han dicho que soy un poco especial. Yo mismo reconozco que no les falta razón con algunas cosas. Bicho raro, anomalía social o directamente a veces sujeto incomprensible. Supongo que de no ser así, no existiría esta buhardilla o no sería como es.

Pues bien, una de las cosas que supongo justifican esa opinión sobre mí es mi predilección por un fenómeno climatológico que la mayor parte de la gente suele detestar. Me encanta la niebla. Es mi estado climático preferido. Me fascinan y animan los días de niebla, cuanto más baja mejor, aunque sobre todo si levanta durante el mediodía para luego volver a descender a medida que el sol también lo hace.

Tengo suerte, porque nací y crecí en una ciudad en la que la niebla en otoño es casi tan habitual como las ofertas de turrones y juguetes. Sin embargo, con esto de la variación del clima, cada vez está menos presente o tarda más en aparecer. Antes, a mediados de noviembre ya podíamos contar unas cuantas, y desde hace unos años, ya llega antes la Prenavidad, extraña fiebre de la que escribí en otra ocasión.

Casualidad o no, el caso es que con motivo de la celebración del 40 aniversario de la Constitución, ya desde la víspera, se produjo la primera gran niebla de la temporada en Pucela. El día amaneció con disfraz fantasmal, siguió con una ligera claridad rastrera y se ocultó con esa travesura en el aire que hace parecer a las cosas mucho menos feas de lo que en realidad son.

Mientras tanto, en España algunos ya se empiezan incluso a parecer a sus abuelos o bisabuelos en una herencia esquizofrénica absurda que, si no fuera porque deja tras de sí regueros de sangre, marcas en el cuerpo y cicatrices en el tiempo, produciría hasta gracia. En este país ha habido niebla siempre, no de ahora, y la Carta Magna que hoy cumple la edad de la crisis de identidad por excelencia en los hombres y de la renovación sexual en las mujeres, no hizo sino difuminar aún más unos contornos que jamás se han mostrado claros.

Esto podría quedarse simplemente en la lectura facilona de la cuestión del territorio, mal definido, de forma a veces incluso precipitada, en ocasiones sin atender a la lógica y siempre puesta en entredicho por los separatistas, los ultrapatrióticos (que en el fondo son los mismos, de un lado y otro de la balanza), los centralistas y últimamente por los haters, que lo son de todo y de nada en general, porque ni siquiera el odio es válido sin reflexión previa.

Sin embargo, las líneas que conforman esta España nuestra de barba quemada al sol, pollas sin circuncisión, tetas cubiertas en los colegios concertados y despejadas en Benidorm, coitos con perdón de Dios y polvos de Tinder a electricidad de lujo y conexión de pueblo, son inestables por muchos otros costados que la señora que hoy cumple 40 tacos (y no sé si cumplirá los 40 y 10, que diría Sabina) se encargó de dejar así, como si a sus redactores les hubiese apetecido proyectar un thriller de alto recorrido.

Especialmente para los del vulgo, claro, que son los que, cuando cometen crímenes, reciben el oprobio público de Antena 3. Hoy ya casi nadie habla por ejemplo de la mayor nebulosa que hay en la Constitución, los derechos de corte económico y social, que no son más que principios rectores sin ningún tipo de protección que, como la niebla, se ocultan tras los descampados abiertos donde los gitanos, moros y payos low cost trapichean, las prostitutas no se quieren llamar esclavas sexuales y los demás nos afanamos por no mirar a los indigentes.

Hace no mucho, algún que otro político de izquierdas con coleta y otro que decidió fagocitar su partido en aras de la unidad de los que pueden, sí comentaban estas cosas, pero ahora andan muy preocupados en intentar echar a los dinosaurios del pasado de sus tumbas, a los del presente de sus tronos y a los nuevos escorpiones de su caja V, mientras la gaviota de nuevo plumaje sobrevuela las costas de Galicia para que la dejen una vez más traficar con los despojos de algunos ciudadanos.

Tampoco los redactores de la Constitución tuvieron mucha consideración cuando establecieron la protección de otros derechos fundamentales, como el básico de igualdad, gracias al cual todos nos sentimos muy equivalentes ante la ley, pero cuyo amparo en realidad requiere un esfuerzo jurídico y dinerario titánico. Nuevamente es parte del paisaje espectral, difuso, sólo apto para los que tengan las carteras bien escondidas en rincones fáciles de recordar y difíciles de ver.

Por no hablar del tema de las competencias autonómicas, donde la Constitución alcanza su mayor grado de indefinición, sin que nadie, por mucho que se haya valorado en infinidad de ocasiones, se haya preocupado de cerrarlo y concretarlo un poco más. Parece que muchos se sienten cómodos paseando entre esos núcleos gaseosos que a veces te mean a pequeñas gotitas, para que tengas la sensación de que no te estás mojando apenas y dejes el paraguas en casa. Parece que, en efecto, no sólo me pasa a ti.

De hecho, yo soy en parte la excepción a la regla, pero al menos no entro en contradicción. Yo camino con deleite entre la niebla porque la inestabilidad tiene un algo de imprevisible y morboso que me excita, un misterio que me devuelve el romanticismo. Me sube la libido lo inconexo, las infinitas posibilidades de imaginar, la incertidumbre ante lo que me puedo encontrar al saltar a la calle. El frío que desprenden las nubes bajas lejos de generarme presión, me libera de la mucha a la que estoy sometido diariamente.

Aparece en un día en que hay una sensación de retorno de las cosas que antes, que inevitablemente siempre trae la niebla. Esa pequeña nostalgia que viene de repente en una vieja tele de un bar de pueblo donde te sorprende el anuncio inmortal de El Almendro. Entrar  por accidente en tu viejo colegio donde ensayan otros niños nuevos villancicos, con la palabra Santa pero menos santos que los que tú conociste, mientras dejas a tu coche clásico que ocupe tu lugar para vigilarlo todo desde el parque donde metiste alguna canasta memorable.

O llegar a la que consideraste tu segunda casa y encontrarte de sopetón con que alguien la ha vuelto a vestir de ese hogar que un día conociste para que los rufianes y sectarios no te désoler tanto, mientras desde la balconada donde no te dejaron ser visible, ahora te ríes de toda la vecindad que luce tan invisible como tú ante las miradas de locos, beatos y legalistas.

En ese momento, te das cuenta de que no hay aniversario sin sentido ni cumpleaños que no deje un mensaje de felicitación. En esta ocasión, la clave está en lo que tenemos que intentar distinguir por nosotros mismos sin que nos lo cuenten ni nos lo den dibujado.

Tal vez nos obliga a todos a dejar volar el pensamiento, a tirar de sentido para dar forma a lo que se nos escapa de las manos. En vez de intentar agarrar lo que no se puede, ni se deja. Dejar de escondernos tras el vestido de la niebla, ser valientes y andar envueltos por su manto. Tal vez así consigamos ver lo que ahora no podemos, o no queremos.

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