Mi patria

Santiago Abascal, de VOX, utiliza mucho en sus mítines la palabra “patria”. Esta semana lo ha hecho de forma especial en el País Vasco. Dice que no quiere utilizar eufemismos como “este país” o similares para referirse a España. Que es nuestra patria y que no se avergüenza de llamarla así.

Pero no es el único que paladea el vocablo, que utiliza el concepto. Todos lo hacen, da igual la ideología que tengan.

De izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Santiago Abascal

Al escucharle, inmediatamente se me vinieron a la cabeza aquellas palabras que hizo tan famosas Pablo Iglesias hace unos años, cuando dijo que “nuestra patria es la gente, no una marca”, en alusión a la imagen de “marca España” que tanto intentó exportar el gobierno del PP presidido por Mariano Rajoy. El propio secretario general de Podemos se mete muchas veces con los que consideraba “patriotas de bandera”.

Igualmente, pensé en Pedro Sánchez copiando de forma más moderada este ataque de Pablo Iglesias hacia los acérrimos defensores de la unidad de España, esos que salen en tropel a la calle únicamente para manifestarse por ese motivo, inundados por el rojo y el gualda. El todavía presidente del gobierno, como buen mandatario del PSOE, es muy aficionado a ese tipo de actitudes, a plagiar de cara a la galería lo que tiene a la izquierda mientras intenta pactar en secreto con lo que tiene a su derecha o con el que le pille a mano. Alguno dirá que esto es una virtud, claro. Me consta que muchos en mi familia lo piensan, de hecho.

Y precisamente de la familia quería yo hablar, porque al percibir en mis oídos el tono agresivo de Abascal a través de los altavoces de mi tele, se me vinieron a la mente unos cuantos recuerdos, que enlacé con situaciones actuales.

Me crié en un ambiente un poco bipolar a nivel ideológico, reflejo muy fiel de lo que es España. Por un lado, el temperamento castellano frío, discreto y algo tristón, recibí la consigna de guardar, de ser prudente, de no arriesgar, de conservar lo que se tenía. Por el otro, cierto afán de destacar, el mensaje de que hay que ser generoso y aparentarlo, de celebrarlo todo, de divertirse a la menor ocasión, de gastar siempre que se pueda, cambiar todo lo que parezca viejo, aunque sólo sea por renovarse hacia el exterior, y utilizar la cabeza solo a la hora de trabajar y de ser responsable a la hora de cumplir las obligaciones ajenas.

Y es que la parte paterna y materna de mi familia no podían ser más distintas ante los ojos y la mente poco desarrollada de un niño o un jovencito irreflexivo. Así pensé durante muchos años. Sin embargo, desde que empecé a ser un tocahuevos, un crítico y un amante de sacar punta a todo, que es lo que piensan seguramente muchos de mí, me empecé a dar cuenta de que tenían muchos más rasgos en común de lo que parece. Y uno de ellos es precisamente el amor a la patria, a España, al terruño rojigualda y a sus innumerables virtudes.

Ahora rememoro infinitos gestos de amor a la bandera, al himno, a las costumbres nacionales, a su patrimonio, al clima, a la comida y sobre todo al estilo de vida típicamente español, superior al de cualquier otro país. Opiniones que no han cambiado pese a la cantidad de viajes que tanto una rama como la otra de mi árbol genealógico han realizado al extranjero, cualquiera de sus miembros más que yo, a excepción de mi abuela, a quien esto de salir a ver lo foráneo ya la pilló mayor.

Ahora, con nuevas elecciones a la vuelta de la esquina, el politiqueo en mi familia ha experimentado el típico repunte. Siguen siendo muy diferentes en cuanto a la forma de expresar sus simpatías, recelos, apoyos, objeciones o inclinaciones hacia unos u otros candidatos, pero ambos están guiados por una preocupación muy importante. No se puede romper España, la unidad ante todo. La patria ha de ser defendida frente a los catalanes, los imperios económicos extranjeros, los grupos de inmigrantes delincuentes o frente a quien sea.

En cuanto a , el concepto patria me empezó a dar tirria en un momento muy concreto de mi historia vital, precisamente muy relacionado con la evolución y los avatares sucedidos en el seno de mi familia. Lo curioso es que a mí me afectara aquello de un modo tan distinto a los demás.

No es que yo fuese el típico adolescente que se levantara a tararear con exageración o bien en silencio con reverencial respeto mientras sonaba el himno y miraba la bandera, pero tampoco era de los que quemaba calendarios con la bandera de España, como vi hacer en una ocasión a uno de mis compañeros de colegio. De niño, era otra cosa. Todo era diferente. Estaba la influencia de la familia y del entorno. Seguramente sería más españolista que Abascal. Volvíamos de hacer una excursión por Francia y cantábamos en el coche Que Viva España de Manolo Escobar. Con dos cojones y qué ganas de perder de vista a los gabachos, tal vez diríamos.

Pero después no. Después, España me empezó a doler, como a Machado, como a Miguel Hernández, como a Sabina. Eso no quiere decir que, al igual que ellos, no sienta afecto por esta tierra ni me identifique con muchas cosas. Pero hace mucho tiempo que se me cayeron todos los mitos, que renegué de los símbolos. Y comencé la construcción de mi propia patria, que no está delimitada por unas fronteras ni se encuentra necesariamente en un determinado territorio físico.

Me considero vallisoletano, castellano y español, jamás lo negaría ni tampoco me enorgullecería de forma especial. Pero también me siento apátrida, como la izquierda pura de origen. Por eso me sorprende que personas que presumen de seguir una determinada corriente de pensamiento defiendan el soberanismo o el nacionalismo extremo en determinados lugares de este Estado. Tampoco entiendo a los que dicen ser de izquierdas y lo apoyan sibilinamente o lo justifican. Y por supuesto no comparto nada de los que lo combaten desde la postura contraria, el nacionalismo del Estado.

A mí el Estado no me ha dado jamás nada, más bien al contrario. Me ha quitado mucho, pese a que yo le he intentado dar siempre todo a lo que me obligaba e incluso más. Eso que llaman patria no me representa. Pero tampoco su destrucción. A veces me siento que pertenezco más a la grada del TD Garden o a cualquier club de Liverpool donde se pinche a los Beatles que a la patria que supuestamente me corresponde por nacimiento y ciudadanía. Por eso no entiendo las exaltaciones nacionalistas ni que sean motivo de conflictos irresolubles.

Como cantaban los Celtas Cortos, mi grupo referencial en castellano por excelencia, “Qué voy a hacer yo”…  Si no se me pegó el amor a la patria de mis dos familias.

 

 

 

 

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Mi color de inmensidad

El jueves 4 de abril de 2019 murió Alberto Cortez, uno de los cantautores más importantes de la historia en lengua castellana. Hacía muchos años que estaba olvidado, pero en España, su tierra de acogida, llegó a ser realmente popular, tanto como en su país de origen, Argentina.

Sin embargo, en cierta parte de mi familia nunca lo llegamos a olvidar del todo. Especialmente mi hermano y yo, que llegamos a poner una de sus canciones más famosas, No soy de Aquí (aunque curiosamente es uno de sus pocos éxitos no escrito por él, sino por su amigo Facundo Cabral), a casi 10 grados bajo cero, durante una Nochevieja que ambos siempre recordamos porque fue probablemente la más surrealista y original de todas las que hemos vivido.

Fue mi hermano quien me comunicó la noticia del fallecimiento de Cortez. Estaba claro que yo no era la primera persona que se le había pasado por la mente, sino la segunda, exactamente igual que me habría ocurrido a mí con él en el caso contrario. El primer puesto estaba reservado al yayo, nuestro abuelo, que nos dejó hace ya 15 años y que tenía auténtica devoción hacia el carismático artista argentino. Es curioso, pero al conocer el hecho sentí como si hubiera resucitado y al mismo tiempo le hubiéramos perdido un poquito más.

Hay un recuerdo especialmente intenso que estos días ha regresado con fuerza y se me cuela por cada poro y quiere penetrar a través del estrés que me atenaza y contractura los músculos en estos tiempos. Quiere destensarme el alma y devolverme a esa época de placidez casi imposible de la que nunca fuimos conscientes.

El yayo se sentaba en su sillón, colocaba uno de los casetes de Alberto Cortez en el viejo reproductor y se quedaba absorto con su expresión soñadora (a él también le gustaba hacer Castillos en el Aire), hasta que llegaba un momento que se ponía a cantar con esa voz poderosa, emocionante e inabarcable, mucho mejor que la del propio músico.

La yaya, siempre nerviosa, igual que hoy en día, pululaba por allí esperando a que él la cantase Te Llegará una Rosa, y de vez en cuando se detenía para comentar algo e interrumpir la escucha, pero el yayo no parecía darse cuenta, porque seguía entonando por encima de la grabación.

Mi hermano y yo solíamos seguirle, aunque a él le costaba más de un disgusto en su maltrecha garganta y llegó una edad en que tuvo que renunciar a soltar sus cuerdas vocales más veces de las que habría deseado, convirtiéndose en alguien tan parco en la melodía como lo es en su conversación habitual.

Tampoco el yayo era de decir demasiadas palabras. Siempre se parecieron un poco en eso y en otras cosas, aunque ojalá mi hermano se diera más cuenta de esta semejanza.

Al final nos acabamos aprendiendo las canciones de memoria, incluso mejor que él. A veces se confundía y casi lo preferíamos, porque nos hacía reír. El mejor recuerdo lo tenemos los dos con la canción No soy de Aquí, la misma con la que  muchos años empezaríamos un año congelado, otro más en nuestra ciudad de siempre, que también fue siempre la del yayo.

Cuando Cortez canta aquello de “no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”, él siempre se sentía muy identificado (fue la definición perfecta de alguien feliz sin renunciar jamás a la nostalgia), cambiaba esta última palabra por inmensidad. Nos encantaba corregirle y decirle que no era así y, cuanto más lo hacíamos, él más remarcaba la palabra inmensidad. Lo hacía claramente aposta y se reía con ese gesto travieso de señor elegante que se tomaba en serio las bromas y que iluminó tantas veces nuestra infancia.

Tal vez lo hacía porque él siempre pensaba en la inmensidad del mar (“hacer castillos en el aire, igual que estelas en el mar”), aquél en el que se encantaba bañarse, el Mediterráneo, pero posiblemente también en la del océano, ese que irónicamente nunca cruzó para visitar la ciudad de sus sueños, Buenos Aires, que tenía tanto en común con sus dos grandes ídolos, Carlos Gardel y Alberto Cortez.

Aunque el yayo siempre vivió en su Pucela y se sentía muy arraigado a ella, el fondo de su alma era inmenso. Era de echar raíces como ese árbol de la canción de Cortez, de tener recuerdos abrazado a él a medida que se fue haciendo viejo, pero al mismo tiempo sus ojos eran aventureros y siempre miraron más allá, era su filosofía de la libertad, como la del perro Callejero que toda la vecindad cuidaba, respetaba y admiraba, otra de las historias sonoras inmortales del brillante cantautor.

Él ha fallecido, igual que mi abuelo hace ya demasiados años, pero, al igual que el yayo nos dejó En un Rincón del Alma la pasión que sentía por él, la emoción que imprimía cuando interpretaba cada una de sus canciones, ahora esos mismos temas son igual de inmortales. Mi hermano y yo tal vez los cantaremos en las pocas ocasiones en que tengamos el ánimo, la ocasión y la presencia… Tal vez lo volvamos a hacer en estas calles cada día más grises, quizá lo hagamos en Galicia. O quién sabe, como El Abuelo, quizá lo hagamos allende ella para cumplir el sueño del yayo… Mientras, “sin decir palabra”, hablamos a alguien de España. Y de él.

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Si el Tiempo nos Devora

Inauguro una nueva sección en esta Buhardilla cuyas entradas no tendrán como parte principal el texto, sino el video y sobre todo el audio contenido en el mismo.

Algunos conocéis mi faceta musical, muy ligada a mi profesión de escritor, aunque siempre separada de ésta en el sentido de que jamás me la he tomado como un modo de ganarme la vida, sino como un mero hobby. Una afición que, eso sí, me tomo con absoluta seriedad y que intento realizar de la mejor forma posible dentro de mis obvias limitaciones, pues nunca estudié una carrera musical ni siquiera asistí a clases de guitarra, de canto o de composición. En esto, como en casi todo, soy totalmente autodidacta.

La primera de las canciones que he decidido trasladar a esta Buhardilla es la más reciente en cuanto a su grabación y publicación, pero en realidad la hice hace casi 5 años, cuando las circunstancias en mi vida eran bastante diferentes de las actuales. Ahora supongo que no me saldría algo de estas características, pero precisamente por eso la he querido recuperar y grabar. Además, creo modestamente que es de lo mejor que he hecho hasta ahora a nivel musical. Se titula Si el Tiempo nos Devora.

Más abajo tenéis la letra, más modesta y menos desarrollada que en otros temas que he hecho. Espero que os guste y os remueva algo. A la libre interpretación del oyente queda su significado, aunque adelanto que ni yo mismo tengo muy claro lo que quise decir y tampoco lo dejé registrado. Fue un ataque rabioso de inspiración.

Agradecer por último a mi querido amigo Sergi, que aparcó por unos minutos su fobia tecnológica para grabarme.

 

 

Podría haber dicho un montón de cosas

Pero esta noche no me apetece hablar

De ti ni de mí.

Para qué, si me vas a pedir perdón

Si te voy a pedir que no…

 

Podría haber despertado el cielo

Podría haber claudicado el viento

Pero aún así, nos bastaría una palabra

Para decir que el destino

Se ha reído en nuestra cara…

 

Conviene ser prudente en esto del amor

Hoy no quiero decirte

Ni que sí ni que no

Si se diera el caso de que

Tú y yo nos viéramos

Dentro de mil años

En el mismo ataúd

De la civilización

Sería presa de un destino

O empresa de un adivino

Pero al fin podríamos hablar claro

Probablemente se haya terminado…

 

Y si el tiempo me devora

Tu cariño lo compensa

Del otro lado

Y si el tiempo nos devora

Mi cariño se hace fuerte

Desde el otro lado…

Y si el tiempo me devora

Tu cariño lo compensa

Del otro lado.

Y si el tiempo nos devora

Mi cariño se hace fuerte…

Desde el otro lado

Vente al otro lado

Huye…

Que esta noche la presa

Que esta noche la presa

Que esta noche tú eres la presa…

 

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Antifeminismo

Recuerdo que el año pasado escribí sobre las manifestaciones masivas que se produjeron el día 8 de marzo en favor del movimiento feminista y sus reivindicaciones. En este 2019 he decidido escribir sobre el tema de un modo más reflexivo y a posteriori. Principalmente analizando las reacciones del entorno que me rodea, recogiendo el eco que me ha llegado tras la nueva marcha multitudinaria que tuvo lugar.

Y la realidad es que he percibido bastante rechazo. Casi diría que mayoritario y en algunos casos, intenso. No se trata de un perfil único de personas. Tampoco creo que sean especialmente machistas, fuera aparte de los tics mentales sobre los roles de género que la sociedad en su conjunto sigue teniendo asimilados y de los que participan casi todos sus integrantes, en mayor o menor medida.

Cuando yo me declaro abiertamente feminista, me miran con escepticismo o directamente con hostilidad. Amigos, familiares y compañeros. Es preciso que justifique que mis posturas no son radicales para que se les ablande el gesto, si bien algunos de ellos consideran que el feminismo es radical por definición. El concepto no gusta.

Por otra parte, como me gusta generar polémica en mis clases con adultos y hacer pensar a los adolescentes, para que unos y otros hablen y se suelten, he tratado el tema a lo largo de la semana con diferentes grupos. He llegado a la conclusión de que a los más jóvenes el tema les cansa y lo consideran desgastado. Supongo que les bombardean en los centros escolares con ello.

Por otra parte, entienden que el problema no es suyo, que es algo “de los mayores”, pese a que una percepción totalmente falsa, porque son mayoritariamente machistas, tanto ellas como ellos, y tienen los prejuicios completamente marcados en este sentido, como he comprobado muchas veces.

En cuanto a los adultos, he notado que la generalidad de los mismos se centran casi exclusivamente en los temas de menor calado, como el posible carácter machista de cumplidos, halagos o gestos de supuesta cortesía, o del tratamiento del físico de la mujer en los medios y en la publicidad.

Estos temas se tienden a banalizar con bromas y comentarios manidos (también por parte de ellas) y los hombres aseguran que tienen miedo a actuar o a decir determinadas cosas delante de personas femeninas, que el feminismo ha logrado crearles confusión, inseguridad y dudas sobre su forma de afrontar muchas actitudes a las que antes no daban ninguna importancia. Por su parte, a algunas mujeres les molesta que se coarte su feminidad.

Sin embargo, el debate no se ha centrado, ni en las conversaciones de café ni en mis clases, en los temas a mi juicio verdaderamente serios, en los aspectos en los que a día de hoy, se quiera admitir o no, sigue habiendo una clara discriminación contra la mujer. La falta de visibilidad de las deportistas, artistas y profesionales de todo tipo, las menores oportunidades laborales en trabajos de alta cualificación, las trabas a la promoción en empresas y Administración, el mayor sacrificio de la madre en relación con el padre a la hora de conciliar la vida laboral y familiar cuando se tienen niños, la asimilación de la mujer con alguien delicado, dulce, necesitado de protección y poco independiente, y un largo etcétera.

No, la gente está empezando a olvidarse de esas cosas, pese a que también se repitan mucho en las consignas de los movimientos feministas y deberían ser su principal razón de ser. Porque se da excesiva importancia a todo lo demás, que hace mucho más ruido, es más jugoso y crea una polémica frívola, superficial a veces, que parece que nos entretiene en el puro enfrentamiento polarizado de forma extrema. La clásica guerra de sexos en su versión 2.0. y con las nuevas posturas del siglo XXI, radicalizadas en un lado y en el otro, sobre cuestiones a mi entender si no estúpidas, desde luego mucho menos importantes.

Personalmente, yo no dejo pasar a una chica delante cuando abro la puerta porque sea chica, lo hago por educación y lo hago con todo el mundo, igual que hay algunas personas que hacen lo mismo conmigo y lo acepto. Depende de la situación.

Nunca me ha gustado la imagen de tíos gritando a una chica “tía buena” o “preciosa” o cualquier otra lindeza, más o menos refinada, por la calle ni en un sitio público, creo que es algo zafio y trasnochado, pero no me parece ni mucho menos la actitud más machista sobre la faz de la tierra. Otra cosa es que la gente que hace eso muy posiblemente cuadre con el perfil del que tiene en su vida privada comportamientos propios del más rancio patriarcado. Pero habrá excepciones, seguro.

Y por supuesto la denuncia constante que hace un determinado sector del feminismo, que pienso que daña muchísimo al movimiento en general, de la utilización del cuerpo de la mujer en el arte y en la publicidad. No niego que haya algunos anuncios y algunos trabajos artísticos que se excedan y caigan en el más burdo cliché o en la cosificación del cuerpo, pero meter cualquier cosa que exalte el físico o la belleza femenina en ese cajón de sastre me parece equivocado y peligroso.

Como feminista que me sigo considerando, creo que eso perjudica y no ayuda. Bien sea por culpa de los medios que exageran en la difusión del mensaje, bien sea de quien lo recibe, interesados en poner el foco en ese tipo de polémicas para alimentar su odio contra el feminismo y justificar sus críticas, lo cierto es que noto que la gente, incluso la que tenía buena imagen de las reivindicaciones, empieza a pasarse al lado contrario. Y eso no me gusta. Me preocupa.

Creo que el feminismo tiene que reflexionar y, sin olvidarse de los detalles, que a veces marcan lo importante, ocuparse de los grandes asuntos. En los que por cierto se ha avanzado poquísimo en los últimos años. Incluso diría que se ha retrocedido durante la crisis. Esa es la batalla real del feminismo. La que hace falta seguir dando.

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Mi año de desgaste

El otro día alguien me dijo que estaba “en mi año de desgaste”. Aunque no se refería a lo que la frase parece referirse, lo cierto es que la referencia fue la hostia y se convirtió en mi jodido referente para poder escribir esta reflexión tan autoreferencial.

Tal vez nadie lo note demasiado, más allá de las ligeras abolladuras que adornan desde hace años mi chasis, pero por dentro la cosa no luce tan bien. Cada vez que levanto la tapa de mi capó para comprobar cómo van las cosas mis  piezas crujen, chirrían, y la barra no se sostiene, lo cual impide mirar en condiciones. Además, en mi garaje está todo demasiado oscuro. Por eso, mi desgaste, mi deterioro, lo he ido descubriendo sobre la marcha.

Todo comenzó cuando sentí que tenía problemas en el frenado. Las rótulas estaban tan desgastadas que había un claro desequilibrio entre ambos ejes a la hora de detenerme. Como me costaba parar, me vi obligado a tirar del freno de mano, pero lo arranqué de su base. Fue el primero de los muchos costes que me he visto obligado a afrontar.

Comencé a darme cuenta de que me costaba horrores arrancar, sobre todo tras un período largo de suspensión. Funcionaba fatal en frío, con caladas continuas, pero irónicamente la temperatura subía enseguida a un ritmo totalmente inapropiado.

Una luz roja me avisó de que el radiador no refrigeraba. Me calentaba en exceso, sobre todo cuando subía cerros o pasaba de 140 para imaginarme que así regresaba al futuro. Un día llegué a extraviar el tapón del depósito por el camino y no pude contener la olla a presión.

Mis manguitos se han ido rompiendo poco a poco. La mayoría porque hacían aguas, no porque obstruyesen su flujo. Supongo que, mirado de otra forma, eso tiene su toque adolescente. Incluso en reposo y con el motor apagado se me escapa líquido, casi siempre caliente. Como algunos eran viejitos, no he podido cambiarlos y han tenido que hacerme un empalme.

Otra cosa es el tema del aceite, que llevo quemando desaforadamente en combustión desde hace años. Sin embargo, para mi sorpresa, en este año he llegado a gotear, a chorrear. A estas alturas. No hubo problemas tras el rellenado y cambio de sensor, pero sigo necesitando que alguien me apriete las juntas y tape mi varilla para que no haya más fugas.

Por suerte, fui previsor antes de saber que este era mi año de desgaste y decidí comprar un alternador nuevo. Si no, no se explica que aún tenga corriente eléctrica, si bien tengo serias dudas de que la batería me vaya a durar mucho más.

Debería cambiar los neumáticos. Los tengo totalmente tazados, con agujeros en algunas partes, trozos de caucho rajados a punto de desprenderse de las ruedas. Demasiado rodamiento, excesivos trayectos, la mayoría cortos, apresurados, sobre un asfalto monótonamente desigual, lleno de baches, siempre los mismos. 

No obstante, no todo es tan dramático. Parece que sigo embragando correctamente y hago todo lo posible para cambiar de marchas de forma adecuada, aunque admito que siempre he pecado de impaciencia a la hora de ejecutar esta tarea.  

El motor aguanta como un jabato pese a que observa algo asustado como los componentes que le rodean se deterioran. No debería acojonarse demasiado, porque de peores ha salido. Cantidad de gente le dio por acabado hace muchos años y ahí está, contemplando el desgaste y tratando de que no le afecte. Noto como sus latidos a veces se aceleran y golpean con fuerza. Anda mosqueado y con la mosca detrás de la oreja. Me pide a gritos una tregua.

Noto que la dirección continúa funcionando sin problemas. Sin embargo, en ocasiones, no demasiado relevantes ni prolongadas, noto como un extraño balanceo. Especialmente cuando subo velocidad y acelero más de la cuenta. No lo noto jamás en las subidas y apenas en las rectas, pero sí en las bajadas.

No llega a ser desequilibrio, pero me produce cierto vértigo. Sé que probablemente tenga que ver con el movimiento de tornillos y tuercas desgastados y aflojados por la presión y el paso del tiempo, que hacen su baile de San Vito particular, pero no deja de inquietarme.

Percibo la amortiguación bastante tocada en las zonas de pavimento irregular. Tal vez me toque renovarla, hacer que resista los golpes como antes.

También sé que inevitablemente habré de sustituir la correa de distribución si no quiero que se me joda todo el mecanismo. Hace demasiado tiempo que funciono con la misma y preciso irremediablemente una nueva.

Así, cuando pase este horrible año de desgaste, tal vez pueda volver a sincronizar los tiempos de mi motor, la apertura de mis válvulas de admisión y escape. Recuperar mi función de encendido, la chispa de mi bujía.

Y volver a transmitir mi movimiento. Hacia adelante. Sin mirar por el retrovisor más que para asegurarme de que no viene nadie detrás.

 

 

 

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Sobrevivir, remontar, romper

En los tiempos actuales, no queda cool decir que hay una importante cuota de sufrimiento que todos debemos aceptar y con la que hay que convivir. Que hay muchas fases de la vida en las que toca simplemente sobrevivir, situarte en el lugar menos incómodo dentro de la incomodidad, como siempre me solía decir uno de mis grandes referentes.

Actualmente, queda mucho mejor decir que hay que buscar tu propia felicidad, la cual sólo depende de ti, que nadie puede enturbiar tus objetivos, que puedes conseguir todo lo que te propongas y mierdas de esas heredadas de los ochenta, de Mr. Wonderful y de las tendencias del mundo online que propugnan el hedonismo en su versión más chusca y engañosa, basada en el artificio, la pose y la posesión, desdeñando todo el componente ajeno a cada cual, que constituye en mi opinión el 80% o más de la existencia humana en sociedad.

Los problemas generados por la propia salud, en el seno de la familia, los amigos, los grupos sociales y los entornos laborales, las leyes de circulación y de convivencia ciudadana, incluso las fluctuaciones políticas y económicas son factores absolutamente incontrolables por la persona que minan la moral incluso al ser más zen dotado de chakras muy elevados o al personaje más repulsivamente egoísta.

Sí, en esos momentos no queda otra que asumir el padecimiento, la tristeza o el dolor, pero al mismo tiempo ser fuerte e intentar aislar mentalmente los agentes externos de tu parcela íntima de bienestar emocional, algo que no es nada sencillo pero sí posible con trabajo personal y un buen equilibrio psicológico.

Eso es lo único que depende de nosotros en este cochino caminar donde uno se cruza directa o indirectamente con todo tipo de individuos indeseables, problemáticos, enfermos, débiles o poco empáticos que generan circunstancias negativas sin que se haya hecho nada por buscarlas.

Si se logra tal hazaña o gesta, la de sobrevivir, entonces es cuando empieza la segunda tarea épica. Tratar de remontar a base de lucha y fe en las propias posibilidades, que aunque limitadas, son de uno mismo y de nadie más. Es otro absurdo mito de la sociedad actual el pensar que hay que tener esperanza en que las cosas mejorarán y que no hay mal que cien años dure o que Dios aprieta pero no ahoga, producto de la larga tradición educativa de carácter conservador recibida por estos lares. “Tranquila, hija, al final encontrarás trabajo, o te subirán el sueldo, o te vendrá el amor, o tendrás hijos”.

Las personas que te dominan seguirán haciéndolo de no ser que tú lo impidas (si bien muchas veces nada puedes hacer más allá de buscarte un refugio a salvo de ellos), y lo que está mal, aunque también es susceptible de mejorar, suele empeorar por una cuestión de lógica de círculos viciosos y porque lo tóxico siempre se retroalimenta de sí mismo.

Para ello, los tipos y tipas más nocivos que existen, pero también los más listos, optan por el más puro desentendimiento de todo lo que no les afecte directamente. Se centran en sus vidas exclusivamente domésticas, no miran hacia fuera jamás, dejan de lado todo lo que no se traduzca en un efecto directo para sus números, propiedades, pareja o hijos. Es el claro síndrome del repliegue, de la defensa férrea, de dejar la portería a cero.

Luego está la versión violenta de estos mismos sujetos, en el fondo exactamente iguales que los anteriores en su extremismo pero desde el polo opuesto, que deciden atacar sin criterio, de forma criminal e indiscriminada a todos los que les rodean para aplacar sus frustraciones, chutar a puerta muy lejos de la frontal, desde cualquier posición, tirar triples desde el centro del campo. Dentro de que también me parecen bastante perjudiciales, sin duda me identifico más con ellos que con los anteriores.

En mi opinión, lo sano de verdad, lo productivo y constructivo, para uno mismo y para los que te rodean, aunque sean culpables a veces de los males que te asolan, es luchar contra la adversidad de un modo ordenado, cuerdo, solidario y valiente, pero al mismo tiempo protegiéndote de las arremetidas externas, bajando al barro si es preciso para que no te pisen, mostrándote fiero y combativo hasta la extenuación, pero con inteligencia y generosidad. Ser los Celtics en el último cuarto o Rocky Balboa de vuelta a las calles, the eye of the tiger. Resurgir de las propias cenizas, sacar la cabeza y enseñársela a los que te daban por muerto.

No se trata de encerrarse y proteger la pintura o el área propia con uñas y dientes, ese es el gran error del egoísmo del siglo XXI, sino de defenderse y salir al contraataque, correr siempre que se pueda, sin olvidarse jamás de compartir el balón durante esas posesiones rápidas y fugaces.

Mientras se tiene el esférico, aprovechar esos instantes preciosos en los que te dejan conducir el balón sin marcajes férreos, galopar sin presión. Beberse el placer a pequeños tragos antes de que vuelva el equipo rival formado por el engranaje familiar, social, económico y político, y toque soltar el balón para encontrar al compañero liberado. Luego, nos volverán a quitar la bola y meterán gol o canasta, pero habremos disfrutado del gusto de fracasar en nuestro intento de remontada frustrada, a lo Sabina. Superviviente, maldita sea. Es un ejercicio de sátira y desdramatización.

Sin embargo, es cierto que en algún momento de la vida no queda más remedio que olvidarse del deporte colectivo y dar un salto a mayores de libertad, dentro del estrecho margen que nos deja este mundo civilizado de mierda lleno de obstáculos, imposiciones margen que para la misma nos deja este mundo, clichés, ataduras. La capacidad de esfuerzo tiene un límite.

Hay que optar por la anarquía y dejar la ironía. No es fácil elegir el momento, se tiene que pensar bien y hacerlo de forma progresiva, porque los saltos al vacío suelen tener muy malos resultados y el sistema formado por todas las estructuras creadas se venga de forma aún más cruel. Por mucho que nos atraiga su leyenda de Braveheart, William Wallace acabó ejecutado.

La clave está en romper de una forma en que se conserve la coherencia con uno mismo y con los valores que se han defendido. Pese a que la vida sea infeliz casi por naturaleza, la misión está en encontrar un lugar propio en el que se pueda escapar de la infelicidad, y eso casi siempre sólo depende de uno mismo. No se puede estar sobreviviendo toda la vida. En algún instante, es necesario ponerse a la simple y al mismo tiempo difícil tarea de vivir.

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La radio musical española se jubila

Es difícil explicar a alguien que no haya escuchado nunca Radio 3 o que ni siquiera le interese demasiado la música lo que ha supuesto Juan de Pablos para la emisora y en general para la cultura radiofónica de este país.

El veterano locutor no volverá a presentar su mítico programa Flor de Pasión nunca más. La razón oficial, su jubilación, mediante acuerdo voluntario con la dirección de la cadena perteneciente a Radio Televisión Española. Personalmente, tengo mis dudas sobre ese mutuo acuerdo amistoso y creo que ha sido una salida algo forzada por parte del ente público debido a las continuas bajas por razones de salud que Juan se había visto obligado a cogerse en las últimas dos temporadas, cubiertas por diferentes compañeros.

Precisamente ellos, sus  colegas, prácticamente todos los de la emisora, le han dedicado esta semana palabras, homenajes, incluso programas especiales o tramos de los mismos. Alguno podría pensar que se trata del típico síndrome que lleva a hablar siempre bien de los muertos aunque se les detestase en vida o bien del clásico efecto derivado del borreguismo y el temor al reproche social, con el agravante de corporativismo en este caso. Pero se equivocarían.

Quien siga habitualmente Radio 3 sabe de la profunda admiración que todos esos profesionales, la mayoría fantásticos, profesan hacia Juan de Pablos, considerándole los jóvenes y los de mediana edad un maestro, como Virginia Díaz, Diego RJ y Santiago Alcanda, y los veteranos, como José Miguel López o Julio Ruiz, un amigo y referente. Los comentarios de elogio hacia su personal, los guiños hacia el gran hombre de los suspiros, de las noches de invierno envueltas en manta de canción francesa de los 60 o de doo wop de los 50, han sido siempre frecuentes en los distintos espacios de la cadena de RTVE.

En mi caso, existe una historia casi mágica que conecta a Flor de Pasión y Juan de Pablos con mi propia vida. Una de mis grandes amigas de la infancia cumple años el 18 de febrero. Tal fecha como ésa, en 2009, salimos a tomar algo por tal señalada ocasión. Era una tarde-noche gélida de miércoles, verdadero invierno en Valladolid, a diferencia del actual.

En la soledad de la placita que había frente a su casa de entonces, metidos en mi coche clásico, el mismo que todavía hoy copa protagonismo en mi recorrido vital, ella, con su entusiasmo e impulsividad habituales a las que la tremenda confianza que nos unía la hacía acreedora, decidió tocar convulsivamente las teclas de mi equipo de música para cambiar de dial, algo que ya hacía de pequeña cuando la cadena que yo tenía en el salón de casa no emitía la música que le gustaba mientras estudiábamos o hacíamos los deberes.

“¿Conoces Radio 3?”, me preguntó. “Yo no paro de escucharla a todas horas desde hace meses”, me comentó. Yo por aquel entonces estaba todavía atravesando una etapa de depresión musical postraumática tras el cambio radical a peor que experimentó la radiofórmula en 2005, y sobre todo Los 40 Principales, que había sido la emisora por excelencia de mi infancia y adolescencia, convertida desde entonces en “Los 40 Criminales”.

Cierto es que también pasaba por una etapa de indefinición a todos los niveles, y eso se reflejaba en el terreno sonoro.

Había perdido un poco el enganche con mi mundo musical primitivo, noventero, guiado por el rock independiente y nacional kalimochero, siempre aderezado por toques de música sesentera y soul, con artistas de otras épocas, como Los Beatles, Elton John, Queen, Roxette, Michael Jackson o Mecano, dominando mi acervo musical básico a nivel comercial, y me había deslizado hacia terrenos que no tenían nada que ver, mucho más poperos o incluso pachangueros, porque era lo que se bailaba por las noches, y lo que yo mismo pinchaba en el bar donde trabajaba o en las fiestas que organizaba.

Como de esto me hastiaba enseguida, no tenía realmente un conjunto de éxitos de esa época que pudiese reputar como míos ni mucho menos un álbum que pudiera inmortalizar o un artista nuevo que me marcase. Realmente, y esto era terrible tratándose de mí, no había música contemporánea que me apeteciera escuchar en mis ratos de soledad, y me había olvidado de la antigua, con lo sagrada que tal cosa había sido para mí desde siempre.

Mi amiga detuvo su frenética y desconsiderada búsqueda. Un hombre de voz profunda, casi cavernosa, pero al mismo tiempo aterciopelada y dulce, hablaba con gran emoción de algo. Puso un tema que me sonó mucho más antiguo de lo que seguramente sería en realidad, luego emitió un suspiro, se quedó callado durante unos segundos que me parecieron interminables, y continuó hablando con la voz quebrada.

A mí me dio la impresión de haber retrocedido a otra época, cuando el entretenimiento se hacía de forma muy distinta, sin anuncios, sin tanto ruido, con mucha más pausa, con la palabra reposada, de forma más didáctica y desnuda. No supe si me parecía aburrido o fascinante. Después, el hombre hizo alguna gracieta que no llegué a entender mientras empleaba un tono que mezclaba la exaltación y la profundidad, como si estuviera o borracho o por encima de este mundo terrenal.

¿Cómo iba a saber yo que mis oídos se estaban enfrentando por primera vez al mito viviente Juan de Pablos?

Mi amiga se rió y dijo. “Esto es un locutor de verdad, no habla con artificio, sino de forma natural, tal y como se siente sin importarle lo que piense el que está al otro lado ni para contentar con chorradas al personal”. Parecía mentira que fuese ella quien me hiciese ver algo tan obvio a mí, el supuesto experto musical y radiofónico de los dos, ella a quien ni siquiera le gustaba demasiado la música…

Miré a la pantalla. Marcaba el 92.2. Los tres números que a día de hoy aparecen casi como fijos en ese marcador digital, junto con la leyenda “Radio 3”. La frecuencia que desde entonces más veces estaría sintonizada en la radio de ese mismo aparato musical, y que más sonaría durante la década siguiente, la de mi verdadera madurez musical, o incluso, recuperación de mis raíces, la que me ha acompañado casi siempre no sólo en el interior de ese vehículo legendario, sino también en muchos otros lugares o durante mis paseos por la ciudad.

Exactamente diez años y un día después, 19 de febrero de 2019, Juan de Pablos se retira. Este año llamé a mi amiga para felicitarla bastante tarde, más allá de las 10 de la noche del día 18. Tenía el móvil apagado, así que la mandé un whatsapp. Cuando recibí su contestación a la mañana siguiente tenía ya puesta Radio 3. Al mismo tiempo, escuché la noticia, si bien la habían anunciado horas antes. Sincronización casi mística que cerraba el círculo y me hizo recordar aquella noche de 2009.

Nunca le estaré lo suficientemente agradecido a mi amiga y a su falta de modales. Posiblemente suene muy exagerado, pero mi vida sin Radio 3 habría sido peor. No sé qué rumbo habría tomado mi pasión musical. Quiero pensar que no habría acabado siendo uno de esos discos rayados que repiten una y otra vez la misma canción, anclado continuamente en los artistas del pasado y añorando tiempos atrás, que siempre fueron mejores.

Gracias a Radio 3, descubrí que se seguía haciendo excelente música actual, sobre todo independiente, pero también comercial que había sido desterrada del mainstream por parte de las emisoras de la radiofórmula.

Sin Radio 3 jamás habría cogido gusto al por aquel entonces emergente indie español festivalero que yo tanto denostaba por puro prejuicio (que aún hoy conservo de forma muy residual, tal vez por eso no soporte a Los Planetas). Grupos como Supersubmarina, Sidonie, Love of Lesbian, Second, Izal, León Benavente o Hinds, entre otros muchos menos, algunos mucho menos conocidos que los citados, nunca se habrían convertido en bandas de cabecera que han puesto música a la banda sonora de mi vida.

Igualmente me sucedió con bandas y artistas internacionales de los cuales prácticamente nunca había oído hablar y que ahora son de escucha deseada y obligada para mí cada vez que sacan algo nuevo, o bien cuando me apetece repasar su discografía. The Vaccines, Artic Monkeys (los de los primeros tres discos, eso sí) y Muse son algunos de los más conocidos, pero en el Olimpo tengo a los neoyorquinos QTY y a esa maravillosa rockera australiana llamada Courtney Barnett.

Fue la misma emisora que escuché por primera vez hace diez años por la insistencia de mi amiga la que me hizo reparar para mi sorpresa en que aún existen bandas de rock “kalimocheras”, reivindicativas, poéticas y cañeras en España. Kamikazes, Sínkope, Gritando en Silencio, Desakato (aunque estos tiren más al heavy) o Tako, recogiendo el testigo de mis añorados Extremo Duro, Los Suaves, Barricada o La Polla Récords. U otros de sonido más fusionado, como La M.O.D.A. o La Raíz, auténticos grupazos.

Sin Radio 3, probablemente nunca habría recibido el regalo de conocer a mi admiradísima Carmen Boza y otros tantos artistas que hacen música de autor, posiblemente mi género favorito, aunque parezca tan denostado a día de hoy. Pedro Pastor, Patricia Ruiz, Ángel Stanich o Bambikina, por sólo citar a algunos.

Eso por no hablar de toda la variedad de estilos mucho más intemporales como el jazz, el soul, el blues, la bossanova el reggae o el country (lo siento, pero ni siquiera Radio 3 me ha hecho aficionarme al flamenco, a la cumbia o a la samba), que tienen protagonismo en diversos programas de la cadena, bien es verdad que cada vez menos y más recluidos a los horarios menos agradables de la programación.

Sin embargo, lo más importante que Radio 3 me ha aportado en todos estos años ha sido recuperar mi bagaje musical, que durante muchos años amenazó ruina. Hacerme recordar mis viejos éxitos noventeros pop-rock, esos que marcaron mi infancia y adolescencia, algunos casi olvidados, y especialmente la música que, a diferencia de mucha otra gente, más me marcó mientras era un chaval y crecían mis hormonas ahora tan aplacadas. La anglosajona de los 50 y 60, herencia que siempre le deberé a mi tío Jose (quien aún a día de hoy se encarga de que la tenga presente, y eso que esas canciones tampoco le pertenecen a él por generación) y, en mi época adulta, a Juan de Pablos.

El maestro de las ondas que me hizo volver a emocionarme con clásicos de Dusty Springfield, Simon & Garfunkel o Carole King, que me hizo volver a escuchar rock and roll, twist, rythm and blues (el de siempre, no eso que ahora llaman R&B), high school y doo wop, así como baladas melódicas de aquellos años.

Y por supuesto, el DJ sensible que me devolvió a grupos españoles revival como Tennessee, Airbag o Los Fresones Rebeldes, bandas de power pop y otros muchos artistas que ni conocía, franceses e italianos, incluso de estilos que nunca me atrajeron, siempre con ese sello característico Flor de Pasión, canciones capaces de hacer sentir hasta a los muertos vivientes.

Fueron tantas las tardes-noches de otoño, las noches de invierno y las puestas de sol de primavera y verano en las que, después de salir de trabajar, sintonizaba con urgencia casi desesperada el 92.2. (como el 98.6., la mítica canción de Keith, también favorita de Juan de Pablos) para escuchar el Attends ou va-t’en, sintonía de apertura del programa, y que me devolvieron la energía perdida…

Tantos los cierres de Flor de Pasión en mi habitación o en la cocina mientras me preparaba para cenar, con la despedida vitalista “¡Forza, saluti a tutti, bacioni, auguri, in bocca al lupo, arrivederci ed a presto Pino!” y el Azzurro de fondo, repetidos un día y otro, pero que nunca me llegaron a cansar un ápice, que realmente se convirtió en una rutina casi mística y sagrada para mí.

Ahora que ya no está Juan de Pablos en antena, curiosamente no habría podido mantenerla, ya que ahora trabajo durante el viejo horario de Flor de Pasión, por eso su jubilación tiene aún más significado para mí y adquiere más valor si cabe redescubrir los miles de podcast de su programa, que por suerte siempre quedarán allí para deleite de sus seguidores y admiradores.

Y en general, de los amantes de la buena música y de la explicación espiritual además de informativa de las canciones. Pero sobre todo de las palabras que arrumaban, de los suspiros que endulzaban el alma, de los susurros que generaban congoja, emoción, amor y nostalgia a partes iguales. Algo que sólo Juan de Pablos ha sabido provocar en la radio musical española.

Y aunque esta entrada no sea suficiente para demostrarle mi agradecimiento, que va mucho más allá, ni para agradecerle todo lo que ha hecho, le decimos al maestro arrivederci y presto para siempre, hasta el infinito de las ondas y más allá.

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