Casados con la titulitis

“Yo también hice un máster”. Esto podría ser un buen comienzo para un libro, una película o una canción de dentro de unos años cuando tal vez el hecho de tener un título de postgrado se haya convertido en algo vintage, propio de otros tiempos. “Yo también tuve un spinner” o “yo también bailé el Swish Swish en una boda” podrían ser otras grandes frases de esa pequeña historia contada, filmada o cantada.

En mi caso, fue mi padre quien me animó con poca sutileza a completarlo cuando estaba en una época algo disoluta de mi vida. Eso sí, el que lo pagó en hastiosos plazos durante cinco años fui yo a base de currar en empleos precarios cuando no se hablaba de que los había. Era un máster low cost, de esos con un índice de colocación bajito, es decir, que no te aseguraba la compra de un puesto de trabajo seguro, como sí ocurre con muchos otros que organizan los propios despachos de abogados en los que trabajarán como asociados en el futuro aquéllos que los cursen.

De hecho, un amigo mío “me ganó un curro” gracias a haber cursado uno de ellos. Los dos habíamos llegado hasta el final del proceso de selección, yo tenía bastante mejor expediente académico que él y mucha más experiencia laboral, incluso en el campo jurídico. Pero había hecho el máster pobre en otra institución y no el de quince mil euros en el propio bufete.

Fue en otra vida, cuando yo me sentía morbosamente atraído por la idea de ser abogado, vestir trajes elegantes y follar en mi propio despacho con alguna de mis viejas amigas amantes del prestigio mientras me quejaba de que estaba traicionando mis valores y renunciando a mi verdadera vocación bohemia. Tal vez aquel rechazo laboral cambió toda mi vida.

Pablo Casado. (Imagen: La Vanguardia).

Sin embargo, ahora que el tema está tan de actualidad, me ha dado por recordarlo y pensar en algo de lo que no se está hablando, un aspecto que está en el trasfondo y que implica a toda la sociedad. La enfermiza convicción de que poseer uno de esos títulos capacita inmediatamente a la persona para ejercer un cargo o desarrollar un trabajo determinado.

Una corriente que se puso de moda no hace tantos años en España cuando las grandes empresas y las instituciones que se dedican a la formación asociadas a las mismas decidieron hacer su agosto y sablear los bolsillos de todos los españoles de clase media o media-alta a base de meterles en la cabeza que sin un Máster del Universo te tocaba pasarte al ejército de Skeletor y asumir que serías un temporal del SEPE, un fijo discontinuo o un mileurista durante el resto de tu vida.

Por eso yo, que soy por naturaleza autodidacta y siempre fui enemigo de la titulitis, incluso en esa época confusa en que pensaba que el éxito social y económico me daría licencia para convertirme en un perfecto hipócrita que criticaba al sistema desde el mismo, me alegro de que haya muchos Pablo Casado, Cristina Cifuentes o Carmen Montón en el mundo actual. De hecho, estoy deseando que salgan más.

Y cruzo los dedos para que se investiguen todas las tesis doctorales de los políticos o altos cargos de empresas e instituciones públicas o privadas y se demuestre que plagiaron parte de su contenido o lo tomaron chuscamente prestado de algún trabajo anterior, como parece ser que hizo Pedro “Sánchez al rescate”.

Quizá de ese modo, ya divorciados de la titulitis, podamos todos dentro de un tiempo cantar esa canción, leer ese libro, ver esa película y reírnos de nosotros mismos. Del disgusto que nos llevamos cuando otro nos arrebató un puesto de trabajo porque no habíamos concursado en el jodido máster chief. Por no haber entrado en la rueda de los talent shows de los títulos pagados, los trabajos comprados o directamente regalados.

Es posible que ese día nos vayamos de copas con aquellos que se beneficiaron de esta estúpida mentalidad social que todavía nos domina y los estemos consolando. Yo, particularmente, hace ya muchos años que doy las gracias a mi amigo, que está forrado, igual que lo estaba su familia entonces, por haberme salvado la vida.

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Mentiras de alta precisión

No es de extrañar que en la Grecia clásica la política estuviera directamente ligada a la retórica. Los sofistas y su pico de oro fueron el ejemplo más característico de relativismo oratorio.

El Ministro de Exteriores del actual Gobierno de España, Josep Borrell, es un buen político. No cabe duda. Todo el mundo ha alabado siempre su capacidad, su inteligencia y su habilidad discreta para tratar los asuntos. Por eso el otro día tiró de retórica cuando dijo que el armamento que España le vende a Arabia Saudí es de precisión y no provoca efectos colaterales, al rebufo de lo que había dicho la Ministra Portavoz Isabel Celaá de que las bombas no estaban hechas para matar yemeníes.

La mentira fue automáticamente destapada por parte de varios medios de comunicación, que hicieron sangre con las palabras de Borell y Celaá.  Varios expertos en lenguaje y en armamento pusieron de relieve que el concepto precisión está usado con en este contexto para tergiversar y confundir y que además es imposible por definición que un arma no tenga potencial para generar efectos colaterales.

La precisión es una variable científica, y como tal ha de ser ponderada en relación a una unidad de medida, ya sean metros, centímetros o lo que sea. Por ejemplo, una bomba de alta precisión sería aquélla que tiene un margen de desviación muy pequeño respecto a su objetivo. Pero, ¿quién fija el objetivo? El Gobierno español cae en el infantilismo o trata a los ciudadanos españoles como a infantes, que no sé que es peor.

Borrell y Celaá, como todos los que han usado el concepto antes que él, trataban de justificar al Gobierno, haciendo ver que esas bombas made in Spain que va a usar la coalición de Arabia Saudí en la guerra de Yemen van a estar dirigidas sólo contra objetivos concretos del enemigo. Es decir, que la población civil no se vería afectada si el proyectil se dirige únicamente a una instalación militar, cuando todos sabemos que eso es una milonga.

Por otra parte, si algo ha demostrado esa coalición, es su falta de mesura y su extrema agresividad en ese conflicto. Por lo que confiar en que no van a atacar directamente “con alta precisión” a personas inocentes (término por otra parte totalmente relativo, pero digamos que se trata de víctimas civiles) es como hacerlo en que un delincuente sexual suelto en un cementerio sólo va a violar cadáveres y no a los familiares que vayan a visitarlos.

En cuanto a lo de los daños colaterales, es una falacia aún mayor del Ministro. Es imposible prever que una bomba no vaya a generar ese tipo de consecuencias. Están la onda expansiva, la metralla que salta, los trozos de las construcciones destruidas, el humo… Incluso en las bombas de alta precisión supuestamente sólo dirigidas a cuarteles o fuertes de los rivales existen esos riesgos, y no son bajos.

Por lo tanto, al final lo que le sucede al Gobierno es que, como señalaban acertadamente en varias tertulias el otro día, no se atreve a decir que su discurso pacifista se ha venido abajo en cuanto han entrado en juego daños colaterales de otro tipo, laborales en el propio país, y económicos a nivel general.

Todos los gobiernos españoles han fabricado armas para Arabia Saudí. Eso no es ninguna novedad y no hay que culpabilizar especialmente al actual ejecutivo socialista por ello, sino a la penosa tradición de establecer contratos militares con ese régimen y con otros de mejor apariencia. El tema es que ellos, comandados por “Sánchez al rescate”, venden que son mejores que los demás, que abogan por la paz en el mundo. Y por eso tienen que salir a hacer retórica de forma chusca y torticera.

Es obvio que no resulta políticamente correcto decir que sería un pequeño mazazo para la economía española no cumplir los compromisos de compraventa de armas adquiridos con el gobierno saudí, que además hay amistades reales por ahí, por no hablar de que se quedarían en la calle unos cuantos miles de trabajadores españoles que fabrican las armas.

Sin embargo, no tengo tan claro que esa verdad de alta precisión no fuese entendida y de hecho aplaudida por un importante sector de la población española. Así que igual debería probar el gobierno a decirla. Por lo menos así el tan valorado Ministro Borrell no tendría que quedar en evidencia soltando bulos que no se traga nadie. Igual lo hacen para evitarse daños colaterales en forma de votos.

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Los que hay han cambiado

Ferias de Valladolid de 1996. Plaza Mayor abarrotada. Concierto de Celtas Cortos. Ferias de Valladolid de 2018. Plaza Mayor llena pero con espacios libres. Concierto de Celtas Cortos. 22 años después. Y algunos seguimos estando allí.

Imagen de la Plaza Mayor de Valladolid durante el concierto de Celtas Cortos. (Imagen: Último Cero).

Ya no somos unos niños. Tampoco Jesús Cifuentes, Alberto García o Goyo Yeves lo son. Por el camino se quedaron muchos otros Celtas, Nacho Castro o Carlos Soto entre otros, y una gran parte de su público fiel. Como dice su himno 20 de Abril, una de las canciones más importantes del pop-rock español, ya no queda casi nadie de los de antes, y los que hay han cambiado.

Ellos se mantienen más o menos en forma, pese a sus 30 años sobre los escenarios y a que están bastante trabajados, como diría aquélla. No tienen la fuerza ni la energía de antes (aunque su nuevo álbum, que se publicará el 14 de septiembre, se titulará Energía Positiva), pero siguen sonando bien.

El recital que ofrecieron en las Ferias 2018 supone para mí olvidar la triste imagen que me quedó de su último concierto en la Plaza Mayor, en el año 2015, cuando Cifu, bien fuese porque había sido pregonero, bien fuese por otras razones, no era capaz de entonar ni de vocalizar correctamente, ni de conseguir sus famosísimos falsetes y giros de voz con los que tantas veces he vibrado.

Es difícil explicar lo que significa Celtas Cortos para mí. Si tengo un grupo generacional, desde luego son ellos. Aunque cuando empezaron yo no tenía uso de razón, viví su época de mayor apogeo, en la segunda mitad de los 90, a tope, siendo un crío, y participé de aquellos momentos que forman ya parte de la Leyenda del Pisuerga.

Conciertos como el ya citado de aquellas ferias o sobre todo los de la antigua nave Packexpress de la Estación del Norte, en febrero de 2017, que dio como resultado uno de los mejores discos en directo del rock español, Nos Vemos en los Bares, en cuya contraportada por cierto aparezco muy difuminado, totalmente barbilampiño y con la excitación propia de mis nacientes hormonas de chiquillo. Como se suele decir, yo estuve allí.

Ahora, escuchándoles de nuevo, me doy cuenta de que esa letra inmortal de 20 de Abril es quizá la más cierta y honesta que jamás se haya escrito en castellano. Cuántas veces no he hablado en esos mismos términos a viejos amigos o amigas con los que perdí el contacto hace tiempo. Lo mismo hasta tienes críos, qué tal te va con el tío ese, o recuerdas aquella noche

Sí, porque es cierto que la gente se ha ido, muchos a otras ciudades, en ese éxodo sangrante doloroso de jóvenes vallisoletanos que a más de un gobernante, gente impresentable, le debería avergonzar eternamente. Y muchos de los que se quedaron ya no parecen los mismos.

Durante la actuación observé claramente que la brecha generacional ha hecho estragos. Unos, por sentirse viejos de repente (sin arrugas en la frente), otros porque han crecido con el espíritu de ver conciertos donde la música se comparte por las redes sociales vía selfie fugaz o historia de Instagram antes que escucharla o que sentirla, hicieron que la Plaza Mayor pareciese una balsa de aceite.

Dejaron en agua de borrajas esa vieja fama que tenían los conciertos de Celtas de que uno acababa reventado por botar sin parar antes que por fumar porros o beber un cachi de cerveza tras otro, y eso que esto último era casi norma.

Jesús Cifuentes durante el concierto de Celtas Cortos en la Plaza Mayor. (Imagen: El Norte de Castilla).

EAlgunos hacían tímidos amagos de vez en cuando, se movían como con vergüenza, algunos saltitos con No Nos Podrán Parar o Tranquilo Majete. Pero realmente parecían, como dice este último tema, en su sillón. Otros directamente ya estaban en la cama, como un amigo al que se me ocurrió llamar porque el tema me recuerda un montón a él. Lo desperté. Apenas eran las 11 de la noche. De un viernes.

Los más jóvenes no se sabían ni siquiera La Senda del Tiempo, lo cual me hace preguntarme qué clase de herencia musical han recibido de sus padres vallisoletanos, cómo es posible que no les hayan transmitido el legado del grupo rock por excelencia de la ciudad, especialmente ese himno con el que se han cerrado tantos bares, calmado tantas borracheras o celebrado, a nuestra manera, con melancolía y cierta tristeza, los pocos éxitos deportivos de Pucela.

Pero como en todo, por suerte hay excepciones. Entre la multitud, bastante más alejados del escenario de lo que debería haber sido, pero a fin de cuentas, ahí, al pie de cañón, un pequeño grupo mantenía el espíritu. El de la Cálida Trinchera, el de En Estos Días Inciertos (en que vivir es un arte). Remontándonos a la época de El Cuadro, de bares sin nombre borrados de la memoria por los intereses creados, los conflictos y la radicalidad.

José Luis Campuzano, líder de Sherpa y ex líder de Barón Rojo. (Imagen: Valladolidwebmusical).

El alma rockera y de fiesta reivindicativa del barón rojo, héroe de cuento. La de ese José Luis Campuzano, leyenda viva de la música de este país, que se coló en pequeñito en el programa de ferias para dar un espectáculo memorable junto al río ante viejos puretas que todavía entienden de música y siguen vibrando con esas canciones de hace más de 30 años.

Mientras, el resto de la ciudad se dedicaba a escuchar a C “Tangada” (como le apodó la concejala de cultura del Ayuntamiento de Valladolid Ana Redondo tras su brevísimo concierto del miércoles) o dormía, sin saber que ese sherpa indomable sigue bramando de forma épica mi rollo es el rock.

Lógicamente todos hemos cambiado, porque la cruel dictadura del tiempo, de su paso, de su senda por la que transitamos, así lo dicta. Pero algunos no tanto. Algunos seguimos, la verdad como siempre, porque la música no nos cansa, aunque a veces nos encontremos vacíos.

Dedicado a Pablo y a Carlos.

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A deshora

Hay que ver cómo nos gustan a los españoles las noticias que afectan a nuestras horas de luz. A nuestro sol, a nuestro aire… igual que a los ciudadanos de Calenda, país imaginario descrito en la novela El Contrabandista de Pájaros, de Antonio Burgos.

Puede que pasemos muchas veces de cuestiones que realmente nos afectan más al bolsillo, a nuestra seguridad, a nuestro nivel de bienestar, o incluso a nuestra forma de convivencia, pero sale el tema de que la Unión Europea quiere acabar con el cambio de hora y todo quisqui habla de ello. Salen los expertos, los políticos, los analistas, la patronal, los sindicatos, los folclóricos…

Y claro, “Sánchez al rescate”, siempre al quite, también interviene y dice que hay que devolver a España al huso horario que en teoría nos corresponde por el hecho de que la mayor parte de que la Península esté situada al oeste del Meridiano de Greenwich. Dejar el muro de Berlín y volver a la torre de Londres. Cambiar el mayo de París por los claveles rojos de Lisboa. Volver a comer plátanos a la misma hora que los canarios y a tomar las uvas de Nochevieja con ellos.

Pues yo me quejo amargamente, digo que esto llega a deshora y que además no me convence. Si, como propone la Comisión Europa, nos quedamos con el horario actual, el de verano, me planteo muchas cosas. Y me cabreo.

¿Quién me devuelve a mí ahora todas esas horas perdidas de sol en noviembre en las que pude haber brillado con mi moreno tardío de ciudad en la playa de Las Moreras de Valladolid?

¿Quién me compensa ahora por esos errores que, debido a mi precario nivel como guitarrista, cometí al no atinar con la cuerda correcta una vez transcurrido el ocaso?

¿Quién me reintegra ahora todo ese tiempo en que no pude tocar mis mejores temas antes del temprano anochecer y conquistar con ellos la simpatía oculta de las vallisoletanas frente al Duque de Lerma?

¿Quién me asegura que la llegada prematura de la luna no me cortó la posibilidad de componer mi tema más melancólico con la decadente puesta de sol otoñal como testigo?

¿Quién me indemniza por haber segado mi creatividad cuando estaba escribiendo mis mejores versos en mi cuaderno cutre de folio cuadriculado con mi letra de doctor esquizofrénico, sentado junto al Puente Mayor?

¿Quién me devuelve las páginas que no pude leer sobre la arena artificial ennegrecida que tomamos prestada del Sardinero?

¿Es que acaso las nuevas medidas horarias van a darme todo esto con carácter retroactivo?

Claro, que también lo puedo ver a la inversa. Si a partir de ahora los días se acortasen en primavera y verano por el regreso al huso horario GMT +1, eso quiere decir que me robaron en mi adolescencia horas de botellón nocturno y clandestino.

Que me hurtaron la oscuridad que me protegía a la hora de practicar los vicios legales mientras añoraba los ilegales.

Que a ti y a mí, estés donde estés, seas quien seas, nos quitaron en ese maldito abril aquella hora mágica de oscuridad, previa a las farolas y a la caída total de la luz, en la que podíamos habernos follado refugiados tras la cascada del Campo Grande.

Que quizá esa hora de noche usurpada fue la que nos hacía falta para encontrarnos en el bar. Para conocernos en la fiesta de mi amigo, de tu hermana, de mi amiga con derecho a roce, aquella juerga nocturna y veraniega a la que no pude ir porque empezaba demasiado tarde.

La que necesitábamos para habernos comenzado a querer sin querer hacerlo.

Por lo tanto, no me vengáis ahora con rectificaciones, UE, gobierno español y gurús de la racionalización de horarios. Hay cosas que no se pueden arreglar.

Y a deshora, sale un sol alumbrando una esquina y alegrándome el día… — Robe Iniesta.

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La Economía tradicional necesita unas vacaciones

Transporte de viajeros, alquiler de la vivienda para vacaciones o estancias temporales… Y ahora, visitas turísticas. Los particulares, la gente de a pie se busca cada vez más su modo de sacar un dinerito a cambio de realizar un servicio para el que creen que están cualificados aunque no sea su profesión. Especialmente en verano.

El otro día escuché una noticia sobre el tema de los free tours, visitas guiadas totalmente oficiosas a la localidad de turno que personas particulares ofrecen a los turistas a cambio de una pequeña propina. Pero si hoy el titular es que la señora Juana de Castilla le alquila su piso a Raimundo Roig mientras ella se pira a su apartamento de Benidorm, mañana será probablemente que Orestes Ruiz alquila su plaza de garaje exterior durante la época estival a un grupo de amiguetes para que monten una tienda de campaña. Cualquier cosa es posible.

El modelo económico tradicional está siendo desafiado de forma masiva, especialmente el del sector vacacional. Cada vez más personas optan por este tipo de sistemas alternativos y pasan de lo que les ofrece el mercado tradicional. La cuestión es que éste se ha quedado en fuera de juego y no parece tener alternativas para contraatacar.

Da la sensación de que está muy desconectado de las nuevas realidades y no parece tener respuestas más allá de la apelación a la legalidad vigente, que también, como en casi todo, va unos cuantos pasos por detrás. En esos términos se expresaba la Presidenta de la Federación de Guías de Castilla León, Eva Torres. Reclamaba al Estado, a la Administración, al sistema de siempre para que la protegiera, al poder coercitivo.

Con la fuerza de la ley en la mano, está claro que estos servicios, si se realizan de forma continua, son pura economía sumergida que no tributa ni cotiza a la Seguridad Social y que por tanto juega con ventaja porque no respeta las reglas del juego. En ese sentido, no lo defiendo. Sin embargo, lo que no decía la señora Torres, ni muchos de los portavoces oficiales de otros gremios, es que en muchas ocasiones los ingresos son mínimos y para nada constituyen una actividad habitual.

No es lo mismo una empresa ya organizada como Uber u otras del mismo corte, con sus profesionales contratados y que por tanto está ya integrada en el sistema y debe jugar con sus mismas normas, que un grupo de particulares que se autoorganizan y, utilizando como soporte una aplicación online, ofrecen de forma ocasional esos servicios para sacarse unos ingresos extra que contribuyan a hacer menos precaria su economía.

Fórmulas económicas que en realidad son antiquísimas pero que se han actualizado como la economía colaborativa, asociativa o el trueque —pensemos por ejemplo en los Bancos del Tiempo, donde personas cambian servicios por servicios, una clase por un corte de pelo, por ejemplo—, están en auge y empiezan a ser preferentes, sobre todo entre la gente joven.

El mundo tal y como el capitalismo empresarial lo ha entendido durante décadas está cambiando a pasos agigantados por la accesibilidad a todo tipo de necesidades que ofrece Internet. Hay aspectos nocivos y otros maravillosos, pero lo que resulta indiscutible es que el porcentaje de gente que prefiere que le faciliten las cosas al menor precio posible, aunque sea por cauces no ordinarios, está en pleno crecimiento.

Y las empresas y profesionales tradicionales deberían plantearse por qué sucede esto. No basta con decir que la gente quiere ahorrarse unos euros a cambio de lo que sea. Habrá personas que realicen esos servicios en plan chapucero y además sin ofrecer ninguna seguridad y otras que no. Que lo hagan bien.

Por mucho que la Presidenta de la Federación de Guías de Castilla y León diga que esos free tours son peores que los oficiales porque los hacen personas sin formación reglada, la titulación por sí sola no es sinónimo de calidad. En absoluto.

Como enemigo acérrimo de la titulitis que este país ha padecido desde siempre —sobre todo porque es una manera de perpetuar la herencia laboral de la clase económicamente más potente—, creo que alguien de forma autodidacta o bien por su propia experiencia vital y laboral puede perfectamente estar capacitado para realizar un determinado trabajo tan bien o mejor que aquél que ha estudiado y se ha formado para ello.

Así que el problema no está por ahí. Está en saber lo que ofrecen de novedoso las empresas que pertenecen al mercado de siempre. O aún mejor, qué no están ofreciendo. Y tal vez la respuesta sea que muy poco o no lo suficiente. La gente no es tonta y si elige una cosa diferente a la tuya, entran otros factores además del precio, por mucho que éste obviamente influya.

Y no basta con querer refugiarse bajo la manta de la ley o en gritar histéricamente que hace falta el diploma o el título. Eso es ir en contra de los tiempos. Igual tienen que tomarse ellos mismos unas vacaciones para reflexionar. Descansar, recuperarse y replantear su estrategia. Y tal vez así vuelvan a recuperar su cuota de protagonismo. O aprendan a convivir con otros sin dramas.

 

 

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Nadie es racista

Bajo la polémica que envuelve a los barcos que rescatan a personas en el mar subyace una cuestión que casi nadie se atreve a poner de relieve, la del racismo encubierto de la sociedad española.

Leo editoriales de diarios, escucho a periodistas, a políticos, a expertos que antes eran profesores alternativos y ahora son catedráticos y en general a personas de a pie hablar sobre la demagogia del gobierno de Pedro Sánchez, el populismo de la izquierda y el buenismo que no nos podemos permitir en España.

Pedro Sánchez besa a una inmigrante. (Imagen: Alerta Digital).

Luego sale Pablo Casado en la foto, haciendo de hombre con don de gentes (no me extraña, su facilidad para los estudios le ha debido dotar de muy buena educación), dando la mano a los inmigrantes rescatados y diciendo que a él también se le ablanda el corazón y tiene sentimientos, aunque lo diga con esa cara de tipo de la jet set jugándose sus acciones en La Bolsa. Y por supuesto, están los críticos de la izquierda, que son los que ponen la calma a los impulsos izquierdosos de la izquierda. Desde la izquierda, claro.

Sólo falta para completar The Big Picture que una señora beata de Castilla, de esas con pasta, primera vivienda en el centro de la ciudad y mucha humanidad, salga gritando “¡Pobres negritos, qué más quisiera yo que tenerles a todos aquí! ¡Mira a esos niños, pobrecitos, qué pena me dan! ¡Pero qué va a hacer una, y además tal y como están las cosas en España!”. Obviamente, la crisis que ya se pasó hace tiempo, pero que, cuando interesa, se recupera.

Nadie es racista, por supuesto. Porque decir que uno es racista queda muy feo. Todo se justifica por motivos económicos, logísticos, laborales… Todo muy racional. Que si los jóvenes españoles no tienen trabajo, que si el paro de larga duración ataca a los mayores de 45 años… Pues cómo vamos encima a dar trabajo, y ayudas y pisos, y de todo, a los “pobres negritos” que vienen en pateras o a los que rescatan el Aquarius o el Open Arms.

(Imagen: Europa Press).

Y tanto Casado, como los que todavía escriben en los periódicos (que supongo que darán las gracias todos los días por haberse librado de la destrucción de empleo en el sector o burbuja informativa de la que ellos mismos nunca hablan, en vez de estar quejándose y cagándose en todo continuamente), como los tertulianos, la señora del centro o el fulano del bar, el otro y el de más allá, sacan siempre a relucir, pues queda muy sofisticado como argumento, lo de las mafias. Lo de que el problema es d´ allá y lo de que con salvar en el mar a los que se van a ahogar y traerles pa´ acá nada se soluciona.

Lo que nadie dice es qué mierda se supone que se deberían hacer con esa gente rescatada en el Mediterráneo, que es lo que nos toca de cerca. Quizá maldicen la obligación legal de auxilio (ya no entramos a hablar de moral), que establece el deber de socorrer a las personas siempre que no se ponga en riesgo la propia vida. A lo mejor alguno piensa que el Aquarius, el Open Arms y en general las ONG no deberían meterse en lo que no les importa y que, si no pulularan por allí, no tendrían que llevar “pasajeros no previstos” a bordo.

(Imagen: El Periódico).

Pero como esto nadie se atreve a decirlo, porque también suena muy desagradable y cruel, entonces la única opción sensata es devolverles a sus países, ¿no? Sobre todo si están en guerra o en cualquier otra situación que ponga en peligro manifiesto las vidas de esas personas. Resulta que eso, según las leyes internacionales que seguro que nadie pone en cuestión, porque todo el mundo se declara no-racista y muy civilizado, no se puede hacer.

Sea como fuere, toda la recua de personas lógicas y prudentes y  que se tragan su corazoncito con no poco sufrimiento por bien de la sociedad española, opinan que aquí no pueden estar. Que además trayéndoles como hizo “Sánchez al rescate” se crea un efecto llamada muy peligroso, milonga repetida hasta la saciedad todos los años por unas u otras causas.

Si bien es cierto que este año se prevé que el número de inmigrantes que intenten entrar por vías irregulares supere al del año pasado, que ya supuso un récord desde que se tienen registros, hay que recordar que el número de repatriaciones casi siempre deja un saldo positivo ínfimo, de apenas varios miles de personas que se acaban quedando.

Además, a España por su situación geográfica siempre han llegado oleadas de africanos intentando entrar por mar o tierra, en patera o saltando vallas, y aunque este 2018 pueda aumentar, no es un crecimiento tan significativo como quieren hacer ver Pablo Casado (que habla de millones de africanos sin ningún tipo de rigor) y otros supuestos expertos en la materia.

Pablo Casado estrecha la mano a un inmigrante. (Imagen: Cadena SER).

Es verdad que los CIE de las zonas por donde entran están colapsados (las propias ONG lo denuncian), que todas las Comunidades Autónomas han de asumir responsabilidades (me niego a utilizar el término “cargas” que tanto se usa por ahí, me parece aberrante) y en general la sociedad civil en la medida de sus posibilidades, que el problema no se soluciona únicamente con que se les salve, se les traiga a España y se les conceda, si procede (estudiando caso a caso, algo que se incumple sistemáticamente), el asilo o refugio.

No se puede negar que hay que atacar paralelamente el asunto desde otros frentes. Que hay que intentar negociar con el resto de la Unión Europea y otras naciones del mundo para que se impliquen. Que hay que parar los conflictos en África y frenar a los traficantes, para lo cual vendría muy bien que los estados occidentales tan civilizados y tan modélicos dejaran de sacar rédito económico de los mismos, bien sea explotando sus materias primas, bien sea vendiéndoles armas, directamente o a través de particulares.

Pero aún siendo todo esto cierto, lo que es indiscutible es que hay gente, personas, que se lanzan a la aventura en embarcaciones a la deriva con el loable y justificadísimo fin de escapar de la pobreza, la hambruna o la guerra, y hay que salvarles y tratar de llevarles a un sitio seguro. Sobre todo si son menores de edad. Punto. Aquí no entran ni consideraciones racionales ni factores políticos o ideológicos. Es una obligación humana. Y legal. Lo otro sería consentir un asesinato.

Y quién no defiende esto es porque quizá prefiere mantener sus verdaderas motivaciones ocultas. Por ejemplo que no le gusta que haya una población inmigrante de origen económico miserable, que va a tratar de vivir aquí como pueda, y con esto no me refiero a robar, sino a aceptar trabajos que rozan la indignidad.

“Es que si no hay para nosotros, cómo va a conseguir trabajo toda esa gente”, dicen de forma fina. Pero lo que se callan es que la inmensa mayoría de ellos no cogerían jamás esos curros que los africanos sí están dispuestos a realizar. Y que son precisamente los españoles que ofrecen esos empleos los culpables, no los inmigrantes.

Y también se acojonan a la hora de admitir abiertamente que no verían con buenos ojos que un magrebí o un subsahariano fuese contratado antes que ellos si reuniera la cualificación necesaria y reuniese el perfil requerido para el puesto en cuestión. Como no son racistas, no pueden reconocer que, según ellos, los españoles deben tener prioridad, sin más motivo que el mero hecho de serlo. Porque eso sonaría racista, ¿verdad?

Recuerdo una vez que un tipo se escandalizó cuando me oyó decir que estaba sin trabajo pero que entendía y aceptaba que se contratara antes a un inmigrante que a mí si se daban factores objetivos, bien fuera la experiencia, la formación o simplemente su personalidad, que le hicieran más atractivo que a mí a ojos del empleador. Me dijo que yo estaba loco y que no podía entender cómo defendía semejante barbaridad, que un extranjero jamás debía tener preferencia sobre un español. En su día, le consideré un racista asqueroso de mierda. Ahora considero que es un racista asqueroso de mierda sincero.

 

 

 

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Arte y sexismo

El otro día estaba conversando con unos amigos sobre el feminismo. A ellos no les gusta el movimiento, porque creen que está mal definido por la RAE y que en el fondo no busca la igualdad real entre hombres y mujeres, que ellos defienden y consideran un objetivo totalmente necesario, sino la prevalencia de las mujeres sobre los hombres. Es decir, que, según ellos, el feminismo es el polo opuesto al machismo.

Por otra parte, mis colegas entienden que las reivindicaciones del feminismo han llegado a unos límites extremos que son insoportables, juzgando y criticando continuamente lo que las personas hacen con sus cuerpos, sus mentes y sobre todo sus actitudes externas.

También dicen que ha caído en la ridiculez al poner el foco en cosas tan insignificantes como la creación forzosa de palabras femeninas a partir de sustantivos o adjetivos neutros o en la censura de determinados mensajes supuestamente degradantes para la mujer que se difunden en los medios de comunicación o en las manifestaciones artísticas, y no en lo relevante, como por ejemplo la clara discriminación que sufren las mujeres en el mercado laboral, más o menos en la misma línea que yo ya había seguido en una entrada que publiqué el pasado 8 de marzo, “Feminismo en la calle”.

En algún momento, la charla se desvío hacia aquellas canciones, sobre todo de reggeaton, trap o electrolatino, cuyas letras son habitualmente tildadas de machistas. Despacito, con sus metáforas sexuales (“esa belleza es un rompecabezas, pero pa´ montarlo aquí tengo la pieza”), Mayores, de Bud Bunny y Beckie G (“a mí me gustan más grandes, que no me quepa en la boca”), o Sin Pijama, también de Becky G y Natti Natasha (“siempre he sido una dama, pero soy una perra en la cama”) son muy conocidas, pero hay otras menos famosas para el gran público pero sí muy populares entre el público infantil y adolescente, y bastante más contundentes, como Dura, de Daddy Yankee, Me reclama, de Ozuna, o Beef Boy del granadino Yung Beef (aunque la letra de esta última resulta incomprensible para la mayor parte de los mortales).

Actualmente, estoy bastante enganchado a una serie que se llama Shameless, concretamente a la versión estadounidense (la original es británica). Para quien no la haya visto nunca, diré que es una especie de comedia dramática familiar totalmente sui generis y extremadamente irreverente en cuyo guión hay cabida para casi todo, desde contenido sexual muy explícito (y a veces planteado de forma muy cruel o retorcida, muy en sintonía con las personalidades de los personajes) hasta comportamientos delictivos, y sobre todo comentarios muy ofensivos en los que se dispara contra casi todos los colectivos sociales de la forma más ácida posible, y que escandalizan al espectador.

En el capítulo que vi el mismo día en que aquella charla con mis amigos tuvo lugar, uno de los hermanos de la familia Gallagher intenta echar del barrio a una joven profesora acusada en el pasado de haber tenido relaciones con un preadolescente. Para ello, reúne a varios vecinos que van a su casa equipados con bates para acosar a la nueva inquilina.

Sin embargo, cuando la ven con su rostro angelical y juvenil, explicando entre lágrimas la historia de su aventura con aquel niño, que ella definía como “amor verdadero” por parte de ambos, todos se enternecen y deciden dejarla en paz. Menos Lip Gallagher, que sigue empeñado en que la maestra es una pedófila.

Cuando su hermano Ian (que tiene 15 años y se acuesta con un hombre adulto) le reprocha su empecinamiento, Lip le pregunta qué pensaría si un profesor hubiese tenido sexo con su hermana pequeña Debbie, de 12 años. Ian le replica que para nada es lo mismo, que por supuesto que eso estaría mal. Aunque luego suceden más cosas que complican el asunto, el dilema moral se traslada desde ese momento al espectador, y yo mientras lo veía me daba cuenta de que la serie, con su deformación exagerada de la realidad, daba totalmente en el clavo.

(Imagen: Showtime).

Esta misma semana he visto una buena actuación en directo. Una cantante de jazz, soul, blues y bossanova, que me gustó especialmente con su interpretación de Fever y de I wanna be loved by you. Después, me encontré con una amiga que había pasado por el lugar donde estaba el espectáculo y que criticó el hecho de que la chica se moviera de forma sensual y se contoneara al modo en que lo hacían las artistas de Cabaret de los años 50.

He de reconocer que, pese a conocer las convicciones de mi amiga, me quedé muy sorprendido. Yo jamás habría reparado en que algo así pudiera ofender a una mujer, pero pensándolo en frío no me sentí en absoluto culpable porque yo lo disfrutara, si bien supongo que alguna parte de mí sí se removió y se puso de uñas moralistas.

Creo que existe una gran hipocresía social en este momento tan complejo que vivimos respecto a las cuestiones de género. Somos muy hipócritas todos, feministas y no feministas, y que existe una contradicción muy grande entre nuestros principios y nuestra forma de actuar, que además se da de hostias con un concepto básico que para mí debería predominar sobre todo, que es la libertad de expresión, siempre obviamente que no incurra en abusos, injurias o calumnias privadas, agresiones o discriminaciones.

Y la esfera por excelencia en la que esa libertad ha podido ser ejercida a lo largo de los años de democracia, en los países en los que la hay, es el arte. Por eso soy de los que pienso que cualquier manifestación de este tipo ha de separarse por completo de otro tipo de cuestiones. Lógicamente cada uno puede tener su opinión sobre si una canción, una película o una pintura es degradante para las mujeres, los hombres o para los animales, pero en ningún caso debe actuar la censura. De lo contrario, estaremos dando pasos atrás muy peligrosos, como de hecho se están dando en la sociedad actual.

Eso es precisamente lo más preocupante de todo, que la censura actual la hace la sociedad y mal que me pese, porque yo sí me considero feminista, a diferencia de mis amigos, las posturas extremas de esa corriente tienen muchísima responsabilidad en esas cortapisas.

A mí me puede parecer, y de hecho me lo parece, una auténtica bazofia musical, además de vulgar y sexista, la canción Cuatro Babies de Maluma, como tantas otras de ese corte, pero no por eso considero que haya que prohibir a ese tipo que martiriza los oídos que deje de actuar. Es problema de los que le quieran ir a ver y paguen por ello. Yo desde luego nunca lo haría. Además, soy consciente de que otras canciones que a mí me encantan, incluidos algunos himnos del rock, también tienen cierto contenido machista en sus letras.

Lo que sí ha de haber es información, más que control, por parte de los encargados de educar a los menores, principalmente los padres, sobre qué significa cada contenido artístico de los que sus hijos consumen por Internet, y tal vez establecer un filtro a determinadas edades. Pero todos sabemos que la mayoría dejan la tablet o el móvil a los niños durante horas para ahorrarse broncas, dolores de cabeza y jugar con ellos. Ese es quizá el único punto común que une a feministas y a machistas, con independencia de las definiciones de la RAE.

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