Prenavidad

Probablemente en no mucho tiempo este vocablo acabará siendo de uso ordinario, tendrá su correspondiente artículo en la wikipedia e incluso dos o tres lustros después terminará siendo aceptado por la RAE cuando ya se haya quedado desfasado y exista uno nuevo denominado Navidoño o algo parecido.

Por ahora, el concepto Prenavidad ya existe y se suelta cada vez con menos vergüenza. Se emplea en más de una campaña publicitaria, para definir algunos tipos de dietas que permiten aliviar la culpabilidad de ponernos como cerdos cuando lleguen las reuniones familiares, de amigos, trabajo y del grupo de whatsapp de los vecinos de la mancomunidad, y en general, para referirse a ese período que más o menos arranca a principios de noviembre y en el que el comercio se dedica a sacar toda su batería de atracción consumista.

Yo marcaría su inicio, aunque los contornos son difusos, en la semana previa al Black Friday, cuya introducción en España ha tenido mucho que ver en la noción de Prenavidad y en que los árboles minimalistas, bolitas de las que acabas hasta las bolas, luces de verbena y demás artificios horteras patrocinados por los municipios y que nada tiene que ver con la decoración tradicional navideña se coloquen antes de que caiga la primera helada en Soria.

Recuerdo perfectamente cuando hace años, no tantos, uno no veía apenas un solo escaparate decorado antes del Puente de la Constitución y la Inmaculada. Ahora, raro es ver alguno que no lo esté antes de esa fecha. Ni siquiera el Corte Inglés, adalid por excelencia del consumismo navideño con hurgamiento en los resquicios emocionales infantiles, colocaba las famosas estrellas de luces en sus fachadas antes de esas fechas.

En mi casa se consideraba que la Navidad empezaba el día 8 de diciembre, aniversario de la muerte de John Lennon. Ambas cosas tenían mucha relación, porque nos rememoro con claridad a mi madre y a mí, con cierta ayuda de mi hermano y alguna intervención logística ocasional de mi padre (básicamente para desenredar la hilera de luces y que solía enredar más las cosas), adornando el salón, el vestíbulo, los pasillos y la sala (las habitaciones, los baños y la cocina siempre quedaban ajenas a todo fervor navideño) mientras sonaba de fondo una recopilación de éxitos de mi artista musical predilecto, por supuesto con el Happy Xmas (War is Over) incluido. Escuchar esa canción suponía el arranque de mi período favorito del año.

Ahora eso no sucede, porque ya la has escuchado en cualquier centro comercial, emisora de radio, canal de televisión o en una jodida Story de Instagram de un amigo indie al que ni siquiera recuerdas. El mainstream, las redes, los medios de comunicación, las grandes superficies y los hijos de Donald (del pato y de Trump) hacen que todo pierda su esencia. Que acabes saturado y evitando entrar en cualquier bar donde esté sintonizada una cadena de videos musicales, porque sabes que en algún momento aparecerá Mariah Carey vestida de Santa Claus y descubrirás que ha sucedido lo que antes parecía imposible. No que el All I Want for Christmas is you ya no te emocione, sino que la Carey del videoclip ya no te dé morbo.

Dejando aparte los grandes almacenes y sucedáneos, para los cuales Navidad sólo es una excusa, comprendo que al comercio de proximidad le viene muy bien que se adelante cada vez más el sarao navideño. Soy muy defensor de los pequeños negocios a pie de calle, por lo que si fuese únicamente para beneficio suyo, no me importaría soportar la locura del mercado prenavideño.

El problema es que, en mi opinión (no demasiado valiosa, todo hay que decirlo, pues creo que no reúno precisamente el perfil de un consumidor medio o tipo), eso se puede volver después en su contra. Pan para hoy y hambre para mañana. Porque la avalancha de mensajes, productos, novedades, ofertas y oportunidades de compra es tan excesiva que puede derivar en una asfixia posnavideña para la que ni siquiera las rebajas de enero sirvan como efecto ventilador. Un hartazgo, provocado por el exceso de clímax consumista que desemboque en insatisfacción y arrepentimiento y haga que luego el resto del año las ventas desciendan por debajo del nivel esperado.

Aunque seguramente habrá alguna teoría psicológica basada en la Pirámide de las necesidades de Maslow o algún galimatías parecido de esos que yo jamás acabé de entender cuando los estudiaba que me lleve la contraria. El mismo teorema que quizá justifique dentro de poco el nacimiento de un nuevo género musical. El previllancico.

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Diez años

Han pasado prácticamente diez años desde que jugué a la Rayuela con mi vocación y acabé por perder la cigüeña que venía de París. Tenía menos barba y más afeitados.

Me tocó abortar a Natalia y todavía no estaba preñado de tu inspiración, aunque ya habíamos ido a rescatar nuestro desencanto.

Hace diez años aún faltaban doce meses y algunos días para que me llevases a tu Estado con nombre de discoteca de bakaladeros reconvertida en Feria de Muestras sofisticada, pero ya habías cambiado la novela de mi vida.

La otra ya había comenzado mucho antes que diez años atrás, entre el esperanto y un arzobispo que quizá venía de Roma, aunque yo nunca aprendí latín. No nos habíamos reencontrado en El Barrio, pero algunos nos encontrábamos más que ahora. Ahora os encuentro a todos con la canela en flor, aunque ya no estemos en la flor de la vida.

Quizá por eso, ya hace diez años me decíais que era líder arengador de masas. Ahora os casáis y tenéis hijos sin que la masa os arengue ni yo sepa liderar vuestra locura de chicas de leyes. Arrieros fuimos y en el camino no siempre nos encontramos.

Por aquel entonces, yo todavía ponía ojos delante del estrado, pero nunca convencí a las magistradas. Al menos, me fui de copas con algunos abogados que hoy ejercen por mí. Un notario dio fe de que hipotecaba mi futuro para pagar con talento a plazos y varios técnicos gestionaron mi leyenda jurídica con sello oficial.

Hace diez años mi coche ya era clásico y, aunque nunca os condujo a donde deseabais, lo hizo con la fuerza del destino. Aún no era el DJ colgando en tus manos ni había un demonio que se vestía de ángel. Lo siento, nunca creí en el tiempo de mi felicidad, aunque tú me adores.

Si me remonto diez años atrás, pensaba que mi historia familiar era la que nunca querría contar. Diez años después, pienso que hay historias que deben quedar en familia después de haberlas contado. A veces creo que con otra familia no lo habría contado, aunque me cuenten historias para no dormir.

Tal vez era porque durante esos meses de hace diez años creía que tenía un Plan sin haber trazado el proyecto. Nunca fui de ejecución ni remate, así que me metí a fantasear sin valorar las consecuencias del incumplimiento parcial.

No sabía que me bloquearía, que tendría recaídas de las que tú siempre me levantarías, que me orientaría sin recurrir jamás a los maps de google. Siempre tan 1.0 para mí mismo, tan 2.0 para los demás.

Fue hace más de diez años cuando me enseñaste que mi Caín tenía que reconciliarse con mi Abel moribundo. Lo resucitaste, aunque ya hacía meses que había pasado San Jordi.

Si mis recuerdos no me fallan, creo que fue más o menos en esa temporada cuando os la jugasteis a tres bandas y el destino no quiso bailar con nuestra cobardía de nivel medio-alto de. Pero mi hermano me prestó vuestra amistad, aunque fuese solo y fuera de cobertura. No todo es maravilloso.

Probablemente ya pensabas eso cuando te preguntaba y no me contestabas, en esos días de diciembre de hace dos lustros cuando eras el ángel con el que se encontraba María y todavía no eras el santo al que Marta abrazaría.

Por esos años, tú eras el defensa galáctico de la Nochevieja y yo tu mediocentro creativo, pero los goles siempre los marcabas tú, nuestro primo, que aunque no sea el nano, nos toca todo y es nuestro hermano.

Diez años atrás, Sabina no ponía banda sonora a mi ansiedad, pero ya viajaba hacia La Senda del Tiempo con vosotros dos. Tú terminarías sin sobrinos y tú acababas de ser tío.

Hace diez años ya eras la niña guapa y comenzaba tu década prodigiosa. Tú estabas a punto de ser feto con proyección de santo y futbolista. Vosotros dos ya erais la lucha de vuestra madre coraje.

Los demás no me esperabais para que os hiciera de padre a tiempo parcial y hermano mayor en los ratos libres. Conciliamos extraescolares con historias de verano y siempre hubo centros abiertos para que os colaseis en mi corazón.

Todavía no tocaba, pero ya cantaba rock´n roll. Escribía canciones sin guitarra y los únicos escenarios a los que me había subido temblaron por mi rebeldía. Sé que tu gusto más cuando no son malos tiempos para la lírica.

Tal día como hoy de hace diez años no había Constitución sin Estatuto, ni recurría a vuestra audiencia nacional para escuchar vuestros crímenes en mi pequeño territorio, donde no hay verbum sin palabras.

De esa época, más o menos hace diez años, es esa foto con gafas precrisis que hoy enmarca tus recuerdos a la francesa mientras vivimos el presente juntos, con más inglés que clase.

Yo no tenía una lovely boss, me faltaban amigos bilingües y otros que nunca lo serían, pero lo compensaba con una canción de Los Beatles y otras que nunca entendía.

Hace diez años tenía una Máscara para el Mundo y todavía no me habían secuestrado la esperanza.

Diez años atrás ya jugaba a ser Enmascarado por el Mundo y no sabía que mi generación estaba perdida.

En este mismo mes de hace diez años, había más nieblas y menos sequía, pero me llovió vuestro cariño en comandita. Hacía el mismo frío que ahora, pero vosotros fuisteis mi cambio climático.

Tendrían que pasar otros diez años, o más, de hachazos al alma para que me arrancasen vuestra presencia cuando estáis ausentes.

Pasarán más de diez años, muchos más, hasta que pueda poneros la rúbrica que os merecéis y os acordéis de mi última dedicatoria. Pero vosotros, mucho antes, ya habéis firmado en el libro de mi vida.

 

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Personalidades castellanoleonesas

Una de las cosas que siempre me han fascinado de desplazarme a otros lugares es la diferencia que uno encuentra entre las gentes de unas y otras poblaciones, incluso cuando están próximas entre sí.

Últimamente me he movido mucho por Castilla y León para promocionar mi última novela, El Secuestro de la Esperanza (por la que ya me llueven los reconocimientos y los parabienes desde todos los confines de mi comunidad de vecinos). Entre venta y venta multitudinaria de libros, he aprovechado para realizar un pequeño estudio de personalidades colectivas que se ven más o menos representadas en individuos e individuas que engloban tales conjuntos, fuera aparte de la individualidad propia que en un plano general de tomavistas (la cosa no me ha dao pa´más) es complicada de apreciar.

Es curioso ver por ejemplo como en Palencia (ciudad que conocía ya muy bien antes de iniciar este maratón literario y donde nacieron un buen puñado de amigas mías), pese a que la gente se parece bastante a la de Valladolid en cuanto a su parquedad en demostraciones exteriores de todo tipo, hay un matiz importante que los diferencia.

Mientras un pucelano o una pucelana opta por descojonarse ante los sinsabores de la vida y tomársela como una absurda y cruel tragicomedia donde todo lo que puede salir mal acabará siendo una gran ironía de la que reírse con unos Riberas (sobre todo si les toca a otros sufrirla), los palentinos tienen esa educación discreta y buenista que les impide entender y/o aceptar el sentido del humor ácido tan típico de la ciudad que tienen a sólo media hora de distancia en coche.

Esto les dota de una sosería característica levemente aburrida de la que sin embargo se les puede sacar hurgando en el pedazo de maldad que todos llevamos dentro (en Valladolid un poco más, pero de buen rollo y siempre con elegancia).

Esto por ejemplo no sucede en la zona de Burgos, donde la gente sí tiene ese toque de desenfado hacia las cosas, si bien de una forma bastante más ruda, más directa, menos elaborada y satírica que por estos lares en los que pasé de feto a adulto, sobre todo a medida que uno se va desplazando hacia el norte y se acerca a Euskadi.

Los burgaleses y burgalesas por regla general son campechanos y noblotes y no tienen ese retorcimiento, tan polémico como admirable, de los y las de Pucela.

Si uno salta a Ávila (la cual siempre asocio a Burgos, a pesar de que haya bastantes kilómetros entre una y otra, posiblemente por esa presencia especial que tiene el catolicismo en ambas, o simplemente porque de pequeños nos aprendíamos de memoria las nueve provincias por orden alfabético), también se da cuenta del salto en el carácter, aunque no haya salido de Castilla.

En la ciudad de la Muralla, la mayoría de la gente tiene una educación exquisita (en ocasiones demasiado para mi gusto), es bastante formal, a veces incluso reverencial, y se trata de usted a casi todo el mundo con independencia de la edad. Reconozco que esto, aunque ni mucho menos sea un defecto, me incomoda en ocasiones.

Por evidentes razones de proximidad, no puedo evitar referirme a Segovia, que, según mi opinión, muy personal, es la localidad más bonita de toda España. Esto choca con lo incómoda que creo que me resultaría para vivir, tanto por su trazado y disposición, como por el precio de los productos y servicios. Tampoco me da la impresión de ser una ciudad fácil a la hora de desenvolverse.

Me parece que los segovianos, por cuestiones geográficas y de influencia migratoria y turística, tienen una especie de mezcla rara entre el típico castellano cerrado, yermo, arisco y algo negativo, y el chulo madrileño, con matices de resignación algo hastiada. Un cóctel que, dependiendo de la persona con la que te cruces, tiene mejor sabor en algunos casos que en otros.

En cualquier caso, empatizo ciertamente con ellos, porque no es fácil estar siempre en esa encrucijada y saber que tu ciudad, que para ti es simplemente el escenario de tu vida rutinaria, sirve como pasto de todas las curiosidades foráneas.

Como Castilla y León es una tierra muy extensa, bastante variopinta y por desgracia poco cohesionada, Salamanca representa un contraste evidente con las últimas dos citadas e incluso con la propia Valladolid. Los charros y charras son por lo general dulces y simpáticos, aunque también he creído detectar en ocasiones cierta tendencia al despiste y a la disipación. Creo que eso lo reciben del toque de ciudad universitaria por excelencia, lo cual, dicho sea de paso, a mí me encanta.

Me faltarían Soria, Zamora y León, pero en esta primera gira no he podido acercarme a las mismas, así que no me siento ahora mismo legitimado para hacer un comentario que vaya más allá de la superficialidad que, en cualquier caso, también reviste los anteriores. Y es que a fin de cuentas no se trata nada más que de generalizaciones de un elemento ajeno como yo, aunque no por eso dejan de tener su valor.

Pero lo más importante para mí es que a todos ellos les llevo muy adentro, porque habitan mi querida tierra, con la que me identifico absolutamente, y me han tratado siempre fenomenal.

Ello pese  a ser un pucelano hacia el que, de entrada, indudablemente sienten algo de recelo por la fama que nos hemos ganado, a veces exagerada y otras merecida (tan cierta o incierta como lo que yo he escrito en esta entrada sobre ellos), y por las rivalidades territoriales que siempre se generan respecto a la capital.

Pero a la hora de la verdad, en las distancias cortas, todos sabemos que en esta región tan castigada y abandonada nos tenemos que unir a la fuerza y tratarnos bien entre nosotros. Porque nadie de fuera posiblemente lo vaya a hacer.

No se me ocurre otra manera de rematar este texto (que ahora releyéndolo tiene un tono que hace que no parezca ni mío) que dejar el video de una canción maravillosa y emocionante de un grupo burgalés fantástico, La M.O.D.A.

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En el intestino grueso de Valladolid

Es Valladolid una ciudad en la que el paisaje conformado por cafeterías, bares, restaurantes y sucedáneos ha cambiado mucho. Apuntándose a la moda, se ha poblado de gastrobares, coctelerías, afterworks y demás establecimientos con nombres sofisticados donde te sirven la misma tapa de siempre con mejor presentación y más insípida y te venden un combinado basado en meados de mono africano y bilis de ciempiés como manjar fino para el paladar.

Sin embargo, en algún lugar recóndito cuya ubicación no aparece en el Gran Hermano googlemaps y que yo no desvelaré, aún se mantiene la esencia. El espíritu de ciudad provinciana rancia donde en otros tiempos abundaban las tabernas, mesones, bodeguillas, tascas y otros locales de aromas contundentes y mobiliario preIkea.

Ese tesoro de lo chusco y decadente se encuentra situado en una parte oscura del colon de la ciudad, apenas un canalón negrísimo de la urbe pucelana por el que uno sólo pasaría si reside allí o tiene la vejiga cargada cual cuenta de Dropbox con casi 2 gigas y necesita eliminar contenido de forma urgente y discreta.

Me adelanto a la curiosidad. Yo no estaba en ninguna de esas dos situaciones.

Entré en este submundo inefable una tarde-noche fría de un día de diario cualquiera en que necesitaba oxigenar mi cerebro después de varias jornadas pendiente de mi fulgurante carrera como maquetador-editor-promotor-distribuidor-community manager y publicista de una novela que creo recordar que escribí en algún momento de mi vida.

Había visto aquella puerta en otras ocasiones y me había resistido a la tentación. Esta vez la contemplé más largamente, enfrenté su mirada llena de cuencas de madera, le hice un test a su pomo sólo apto para ser abierto por habitantes de varios siglos atrás y no pude soportar quedarme ajeno.

Lo primero que me llamo la atención fue un adolescente con rasgos propios de alguna comarca ya extinta que me miró como si hubiera aparecido un soldado intertemporal. Cuando pronuncié las palabras café solo, tuvo unos segundos de duda, rumió algo ininteligible y llamó a la que tomé por su madre, no supe al principio si utilizando algún código especial de comunicación de corte prebélico o alguna clase de lenguaje eminentemente mamífero bastante más fiable que los digitales de la actualidad.

La señora, ataviada con un mandil que parecía almidón amarillento, se apresuró a servirme el líquido cafetero con aspecto de sangre coagulada y me lo soltó sin soltar una palabra. Reparé entonces que, a diferencia de cualquier otro establecimiento de los nuevos tiempos, donde los camareros presumen de modales peripuestos, aquí todo se había desarrollado de un modo rústico y natural, sin artificios vocales de ningún tipo. Ni un mísero “hola”, ni un desnudo “aquí tiene”, ni un forzado “gracias”, fuera aparte de los míos propios.

Cuando me dirigía a la mesa, recibí un sobresalto en forma de voces sumergidas. Detrás de la barra había un ocupante más. El interfecto estaba arrodillado y se dedicaba a arreglar algo perteneciente a los bajos del local, oxidados cual genitales de un prefecto. Una vez que aquella figura se irguió, me impresionó su perfil decimonónico y miliciano de baja graduación, destacando en él un bigote carlista cuyas terminaciones se afilaban en las esquinas como púas de un cepillo usado.

El sujeto utilizaba herramientas lingüísticas algo más elaboradas que sus supuestos retoño y parienta, y desde luego más avanzadas que el cachivache herrumbroso que portaba para arreglar las cañerías o lo que fuese. Es preciso aclarar que cuando el antiguo combatiente a mayor gloria de los ejércitos de España tomó el mando de las operaciones, su esposa e hijo se retiraron inmediatamente y ocuparon un sitio fuera de la barra. Se pusieron a comer algo de aspecto indefinible pero que contenía migas y una levadura más o menos amasada.

Una vez repuesto del susto, pude observar mejor los detalles de ese museo viviente de la hostelería. Los tochos a modo de mesas, las sillas con las vetas bien marcadas y los cuatro remaches metálicos cual botones de una blusa infantil, pequeñas y bajas como si hubieran estado concebidas para albergar a una generación de españoles de dimensiones mucho menores que la media actual…

Sin embargo, lo que más me impresionó fue un rinconcito a la izquierda de la puerta de entrada, en el que se había improvisado una especie de barra supletoria diminuta, a una altura ínfima del suelo de terrazo, custodiada por dos taburetes cuya circunferencia apenas podía albergar a un infante en gestación, como si después de todo en ese espacio singular de vez en cuando pudieran aparecer gnomos u otros seres del inframundo a tomarse unos chatos.

Había unos tiestos extendidos a ambos lados del umbral, macetas de barro dispuestas como una guardia real, quizá esperando a que Herminia, la abuela de los Alcántara, fuese allí a regalarlas. Objetos de utilidad polémica brotaban de aquí y allá. Había un reloj de corte ferroviario y carteles anunciando una cerveza cuya marca debió quebrar cuando se produjo el alzamiento nacional del 36. Un extintor encerrado en una vitrina ajada ofrecía poca confianza.

Tal vez alguien pueda pensar que en tal universo cerrado la única compañía de esa familia eran las dos televisiones que colgaban de las paredes de ladrillo (únicos elementos, por cierto, con apariencia moderna del bar, aunque sintonizadas como no podía ser de otra forma en la Uno y la Dos, respectivamente, “uno de los dos canales ha de helarte el corazón”, y con esta última emitiendo una película en la que Audrey Hepburn parecía una chiquilla). Se equivoca radicalmente.

Al menos cuatro personas, todos varones, penetraron en la estancia durante mi estancia. Lo más curioso es que todos ellos tenían integrado ese extraño proceder comunicativo de intercambio de sílabas o sonidos incomprensibles para cualquier mortal ajeno a esa dimensión. El capitán de la fonda los atendió con displicencia y diligencia, sirviéndoles sus consumiciones casi de forma automática.

La mayoría de ellos las tomaron mientras languidecían en las banquetas inundando el ambiente del bar de un silencio apocalíptico, sólo roto por los ocasionales cruces de impresiones entre los propietarios del bar, de pared a pared, sobre cosas que un pobre ignorante como yo no podía siquiera aproximarse a intuir.

Sin embargo, uno de los clientes rompió en un momento la entrañable monotonía fúnebre del bar. Se puso a hablarle al tabernero con gran confianza y éste le respondió utilizando expresiones cañís que sin duda constituían el siguiente registro comunicativo de los varios que poseía el hombre, que se manejaba bien en euros cuando me cobró el café (que me supo mejor que en muchos otros sitios del siglo XXI) y no tuvo que pensarse demasiado la conversión en pesetas, aunque me aplicó el redondeo. Incluso la pureza cavernaria trabaja como meretriz del dinero.

Lo último que recuerdo antes de abandonar ese planeta al que sin duda volveré algún año de estos es haber consultado el móvil para comprobar si había recibido algún whatsapp en ese breve intervalo de mi vida que ha quedado inmortalizado para siempre en esta Buhardilla. Tal cosa era imposible, por lógica aplastante. Pues, evidentemente, allí no había cobertura.

Salí con una sensación extraña. Los humores se aliviaron, pero me sentí como expulsado cual deshecho excretorio por los verdaderos esfínteres de la ciudad.

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La Buhardilla de Álber se vuelve neutral

Tenía el nuevo post muy meditado. Quería escribir otra vez sobre Cataluña, esta vez desde la perspectiva del gobern. Tenía la idea clara, que destilaba ironía y mala leche. Pensaba escribir una especie de panfleto con lenguaje periodístico decimonónico, en tono guerracivilista.

En él, Puigdemont exaltaba los ánimos (pacíficos) de los auténticos patriotas catalanes y se quejaba de que el Estado había invadido Catalunya y puesto de mandamás a una tipa de Fachadolid, la más rancia esencia del fascismo españolista. Le había desterrado, como sucedió después del 36 con tantos luchadores por la República, la libertad y la democracia.

Lo tenía prácticamente redactado en mi cabeza. Me planteaba diseminar por el texto múltiples referencias exageradas sobre la honorabilidad, pureza y calidad intachable del president en el exilio y de su gobern encarcelado por motivos políticos. Carles I de Cataluña prometía resistir en una Bruselas estandarte de la libertad, llevando una vida clandestina y adinerada, mientras preparaba su asalto al trono usurpado en vistas a construir una tierra en la que crecerían las oportunidades laborales, la justicia social y hasta el sexo cual naranjas de un fértil vergel argelino.

Sin embargo, y aun dejando constancia de la propuesta, para que no caiga en el abismo negruzco de mis olvidos delirantes, como tantas otras cosas, he rectificado. Ya no volveré a incurrir en tamaños excesos. Esta Buhardilla ha iniciado el proceso imparable del cambio hacia una modernidad gafapastista, cultureta y neutra que me ha de guiar hacia el triunfo literario.

Como bien sabéis los innumerables seres que seguís fanáticamente mi carrera a lo largo y ancho de los mundos cibernético y real, recientemente he publicado mi tercer engendro novelesco y aspiro a colocarlo en los más altos estantes de la Biblioteca Nacional de España para que sea leído por los espectros de los grandes pensadores y eruditos, muertos o vivos, de este glorioso país.

Para ello, debo irónicamente descender de las alturas en las que me instalé para vomitar emociones, opiniones y sentimientos hace ya casi cuatro años. Debo hacer cual miembro de la CUP que pasa de enseñar la zapatilla a Rato a pasar un rato con los del 3%. Ser como mi alcalde Óscar Puente y eliminar mi Timeline anterior para ejercer de portavoz centrista en el socialismo.

Esta alcoba virtual se despide del libertarismo para siempre. Reniego de su antiguo espíritu algo anarquista, como un día lo tildó una buena amiga que se casó este año, y de su rojerío, como me decía con cariño esta misma semana uno de mis amigos de derechas.

“Da igual que critiques a veces a la izquierda, Álber, a los partidos revolucionarios, a los comunistas o incluso al mismísimo Pablo Iglesias. No puedes disimular que eres rojo, el votante prototipo de Podemos o de Izquierda Unida, que para el caso da lo mismo, les votes o no. Cambia si quieres vender libros. Eres un personaje público, vendes tu producto a un espectro muy amplio de personas, muchas de las cuales piensan lo contrario a ti. Tú mismo eres ahora un producto”, me dijo en un tono que me recordó levemente a Risto Mejide con esa contundencia mezcla de solemnidad y socarronería tan entrañable que le caracteriza.

Le discutí con cierta intensidad, mientras tomábamos café en un bar de cariz decadente y le firmaba y dedicaba un ejemplar de mi novela. Le puse el ejemplo de Vargas Llosa, militante declarado del PP y aún así muy leído por personas de izquierdas. Él no rebajó un ápice la fuerza de su consejo. “En tu caso es más complicado, te significas demasiado con una tendencia que no es la mayoritaria entre tu público potencial. Asúmelo, casi todos los que te leemos y compramos tus libros somos de derechas”.

Tras una guerra interna en la que los antidisturbios de mi razón unitaria se liaron a hostias con los manifestantes de mis sentimientos independientes, he decidido hacer caso a mi colega.

El viejo Álber irreverente y transgresor es desde ya pasto de los gusanos, alimento de los carroñeros de la nostalgia. No me meteré jamás con las instituciones, la ley, la sociedad, las fiestas de guardar ni con el rabo de toro. Seré minimalista en mis planteamientos, cual pene flácido a dos grados bajo cero, buscando el compromiso del éter metafísico.

Sí, cambiaré incluso el tono carmesí que ha abanderado hasta ahora este cuartito 2.0 en homenaje sentido al original pendón castellano y a la enseña de mi provincia vallisoletana. A partir de hoy, la vestiré de algún color pastel agradable y no controvertido. La aderezaré con placas de letra cafetera en la que se puedan leer mensajes optimistas sobre el emprendimiento, la iniciativa y la resistencia a las hostias, incluso a las sagradas (con perdón).

Teñiré su contenido de la gama cromática más grisácea, neutra e inofensiva que pueda encontrar. Incluso tendré el don mágico de la equidistancia polivalente, cual medio centro de amplio recorrido y llegada en segunda línea. Si hace falta en un momento dado hacer las paces con Otegui o ser condescendiente con la dictadura chavista, no dudaré. No me temblará el pulso si tengo que transigir con los desvaríos independentistas que van en contra de la filosofía apátrida, solidaria, colectivista e internacionalista de la vieja izquierda marxista.

Si hace falta, conseguiré que esta Buhardilla se quede como refugio de un destierro ideológico bien estudiado y complaciente con todo, a ratos asépticamente amigable, en otras ocasiones simpáticamente distante. Cada domingo mis convicciones se harán un Puigdemont. Viajarán lejos a costa de las de otros.

Se financiarán con el dinero que me dejarán a espuertas mis lectores ingenuos y agradecidos, que me harán llegar a la cima de los autores más vendidos y me transformarán en un capitalista con aire bohemio, si bien seguiré escribiendo sobre cosas del pueblo y de la vida modesta para llegar a todos.

Sólo ahí tiraré de la experiencia acumulada, de mi viejo yo que escribió en esta Buhardilla tantos textos revolucionarios, utópicos y ácidos, y cuyo pasado hoy se despide para siempre para saludar un futuro de gloria. Bienvenido, bienvenida… A la nueva Buhardilla. Una, grande y… Neutral.

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La mosca de Mariano

Érase una vez un hombrecito llamado Mariano que, como era muy tranquilote, se pasaba los días repantingado en su sillón fumando puros con gran deleite.

Un buen día, mientras se carcajeaba mucho viendo una vieja película en la que un guerrero escocés se rebelaba contra la autoridad del monarca inglés, a Mariano le venció un sopor tremendo, probablemente por haber chupado más marisco de la cuenta ese día, y se quedó frito en su poltrona.

Pero al poco rato, sintió una incomodidad muy grande. Notó que algo se le había posado en la entrepierna y se movía juguetón. Mariano, entre la vigilia y el sueño, se despertó perezosamente y escuchó un zumbido. Lo tuvo claro al instante. Era la típica mosca cojonera. Nada de lo que preocuparse. Se puso unos tapones y santas pascuas.

Sin embargo, el animalito se puso travieso, incomodando al pobre Mariano, que lo único que quería era dormir plácidamente hasta que un terremoto tambalease el mundo. Se colocó a un palmo de su nariz, se entretuvo haciéndole cosquillas, luego puso sus patitas en las orejas de Mariano… Éste cerró los ojos e hizo tanta fuerza que casi se le descontrolan los esfínteres. Pero de nada sirvió, la criatura volante continuaba amargándole el descanso.

Entonces, tomó la primera determinación seria para cortar de raíz el asunto. Estiró el brazo más de lo habitual (lo cual no era decir mucho) y agarró su matamoscas. Se puso a soltar mandobles a diestro y siniestro, como si estuviese manejando un florete, pero el esfuerzo fue ímprobo. Ya no es que no alcanzara a la mosca, es que ni siquiera era capaz de verla o de detectar la dirección de sus piruetas aéreas.

En ese momento, el generalmente afable Mariano se cabreó. Es justo decir que no demasiado, pues no era este singular y entrañable personaje muy dado a los derroches de energía, y consideraba que el enfado era una de las manifestaciones que más gasto de ese tipo implicaba. Pero ciertamente se mosqueó con la presunta mosca.

“¡Cáspitas! Presunto, todo presunto… ¿Y si en realidad fuera una avispa?”, se planteó Mariano con algo de inquietud, pues tenía pánico a los picotazos, aguijonazos y penetraciones en un sentido amplio de la palabra. Debía tomar medidas serias. Por fin, iba a tomar el mando en esa  disputa aparentemente desigual, pero que tanto le estaba importunando su sagrada quietud.

Se levantó de su sillón, emitiendo varios quejidos, y se fue a buscar un insecticida que guardaba en la despensa. Fumigó como si no hubiera mañana, a discreción. Por aquí, por allá, por las esquinas, por los rincones, detrás de los muebles, debajo de las alfombras… Incluso dentro de los armarios, por si acaso la supuesta avispa, cuyo cuerpecito flotante continuaba sin ser visto por Mariano, allí decidía ocultarse.

Por un breve instante, dejó de oír cualquier ruido, salvo el de sus propias pisadas pesadas. Mariano, satisfecho y con una sonrisa bien pagada de sí mismo, se encaminó de nuevo a su asiento predilecto, rumbo a los oníricos mundos de Morfeo.

La alegría no le duró más que unos instantes. El zumbido volvió a surgir, si cabe con mucha más fuerza. Aquello empezaba a resultar insoportable para el desgraciado Mariano, que ya no sabía si se enfrentaba a un bicho, a varios o a todo un ejército.

Desesperado, se levantó y dio vueltas por el cuarto buscando poner en orden sus ideas y combatir la amenaza. Entonces, tuvo una idea que él mismo calificó de gloriosa, sin duda una de las más brillantes de la historia de la humanidad. ¿Y si el rumor venía de algo que había fuera del cuarto y no de dentro? ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

Abrió la ventana. Y entonces vio un montón de gente en las puertas de su suntuoso palacio lanzando todo tipo de proclamas en un idioma extraño, a todas luces incomprensibles para él. Eran muchos, una multitud. Pero a Mariano no le preocupaban. No había nada que él no pudiera vencer o derrotar.

Se fue al sótano del edificio y allí, junto a las múltiples cajas llenas de papeles contables, revisó su viejo arsenal. No tardó mucho en dar con lo que necesitaba. Al lado de las cadenas, estaba lo que buscaba. Un excelso cañón de los tiempos de Chindasvinto. Era perfecto para aplastar a los responsables de su desvelo.

Se dirigió a la parte más alta de la lujosa finca, colocó el armatoste, apuntó y disparó sin que le temblara el pulso. Una vez, otra vez… La multitud huía despavorida  hacia todas las direcciones. Los socavones abrían el asfalto como heridas sin supurar. Había zanjas por doquier que hacían imposible cruzar de acera a acera. La comunicación se volvió impracticable. Como nadie sabía muy bien qué era lo que había pasado, unos se culpaban a otros.

Mariano pensó ufano que con eso había zanjado, y nunca mejor dicho, el problema, y podría volver a su quehacer de sobar a pierna suelta y con babilla incluida. ¡Qué equivocado estaba el hombrecillo!

El vocerío se volvió ensordecedor. Mariano, alarmado pero tirando de una pachorra admirable, cerró los postigos y reforzó el vano con contraventanas, hasta que lo único que le llegaba de la calle era un leve murmullo casi parecido al ronroneo de un gato que no le impediría, de una vez por todas, transitar por el universo de la ensoñación feliz.

Cuando estaba de nuevo enteramente dedicado a tal tarea, volvió a sentir algo detenido en sus partes nobles y después de nuevo el zumbido. Entonces, vio por fin el rostro de su temible oponente. Era una mosca tse-tse de ojos vidriosos, uno mirando a Venezuela y el otro a Tolocirio, a la que le brotaban extraños cabellos de aspecto desaliñado.

Y se reía la jodida. Vaya si se reía. Y describía circulitos. Y se paraba, se suspendía en el aire y proseguía su trayectoria. Y se volvía a detener. Mientras, afuera, en el mundo desconocido para Mariano, los chillidos habían aumentado su vigor y ya no había manera de protegerse los oídos, ni de aislarse del mundo exterior, ni de tapar esas bocas agresivas y demandantes.

Mariano entró en bucle. Volvió a coger el matamoscas, el insecticida, a abrir las ventanas, a acudir al almacén para que su armamento le rescatara, a lanzar proyectiles… Todo fue inútil.

Pues tan cierto es que a la gente no se la calla con balas como que no se puede matar a una mosca a cañonazos.

Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

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Adiós al Papel de calidad

En septiembre de 2015 se publicó el primer número de la revista Papel, editada por Unidad Editorial, también responsable del Diario El Mundo. De hecho, al principio el magazine dominical sólo se vendía junto al periódico. Con el tiempo, también se puso en circulación de forma individual y separada. Hoy es el primer domingo desde entonces sin ella, porque se despidió de sus lectores la semana pasada, si bien parece que no de forma definitiva.

Muchas veces en esos más de dos años de vida de la revista pensé en dedicarle una entrada, pero por unas razones u otras no lo hice. A veces tenía otros temas prioritarios, otras se me pasaba y no lo recordaba hasta unas semanas después, cuando había de nuevo otro asunto cuyo tratamiento yo sentía más urgente, y así en bucle, hasta su defunción. Así que no me queda más remedio que dedicarle un homenaje póstumo, como solemos hacer en general en la vida con las cosas que tenemos delante y no valoramos hasta que las perdemos.

La desaparición de este suplemento me dejará vacío. He leído la mayor parte de las páginas incluidas en sus 109 números, que me han acompañado durante esta época de mi vida en muchas situaciones y en lugares tan diferentes entre sí como una playa o la sala de espera del centro de salud. Era un complemento perfecto para mis ratos de espera, mis descansos laborales y otros trances diarios de poca entidad. Y no era una guarnición cualquiera.

En efecto, Papel tenía calidad. Mucha. Aunque en mi opinión perdiera algo de la misma hacia la mitad de su vida cuando primaron más las entrevistas personales como pieza principal sobre otro de tipo de reportajes de fondo, y sobre todo cuando perdió el relato de ficción de Hernán Casciari, un escritor tan endiablado como genial. También eché de menos a partir de cierto número el cierre de Alberto Salcedo Ramos. Creo que en un determinado momento se perdió la esencia de la sección “mañana”, que era la que más me fascinaba al principio. Me gustó algo más durante la etapa de Javi Gómez que cuando cogió las riendas Gonzalo Suárez.

Pero pese a esta merma no demasiado significativa de su nivel, pienso que esta revista ha sido un ejemplo de compromiso con el periodismo bien hecho hasta el final. Durante todos y cada uno de sus ejemplares ha estado salpicada de textos de calidad e interesantes, escritos desde un punto de vista original, sin casarse con nadie y pasando de lo políticamente correcto, cuya dictadura se ha vuelto tan odiosa en la sociedad actual. Algunos tenían un tono irónico, otros eran más serios, pero siempre apostaban por mezclar la amenidad con la riqueza informativa y valorativa. Un cóctel que muchas veces no entienden los que se dedican a este oficio, ni a muchos otros, pero que es perfectamente conseguible.

Papel logró la heroicidad, sin saberlo sus responsables, de que yo me leyera unas cuantas piezas sobre dos temas que no me interesan absolutamente nada, como son la gastronomía y el estilismo. Incluso me volví casi adicto al consultorio sentimental, tan agradablemente gestionado por Iñako Díaz-Guerra y Nuala Philips, “los frívolos” de la revista.

Consiguieron que me leyera de cabo a rabo una entrevista hecha a modo de reportaje con alguien que me produce tan poco entusiasmo como Paris Hilton, y que además me pareciera una de las mejores piezas de la historia de la revista, arrancándome unas cuantas carcajadas a lo largo del recorrido por las líneas escritas por Ricardo F. Colmenero. Perpetraron la hazaña de que me enganchara a textos sobre materias como la tauromaquia o el flamenco, que normalmente me causan indiferencia y hastío, cuando no rechazo.

En definitiva, esta publicación tenía algo, no sé si mágico o simplemente extraordinario pero terrenal, porque alcanzaba logros casi impensables. Su propia fundación y desarrollo posterior fueron una gesta en sí misma. ¿A quiénes si no salvo a unos valientes (o chalados) se les habría ocurrido sacar una revista física en plena era digital y de crisis del periodismo, especialmente el escrito, mucho más destructiva que la inmobiliaria, pese a que casi nadie se atreva a decirlo?

Sería imposible citar aquí todos los artículos y reportajes que me han entusiasmado de los muchos que poblaron las hojas de esa fantástica publicación. Además de los ya citados relatos de Casciari y del reportaje a Paris Hilton, me dejaron especial huella las columnas de Javier Gómez Santander, un espectacular especial sobre la ansiedad, aquella portada excelsa sobre Kim Jong-un, “un supervillano de tebeo que no debería darte risa”, un estremecedor documento gráfico sobre los refugiados o la crónica de un día de gira con Camela (de quienes disto mucho de ser aficionado, al igual que el propio periodista que la escribió de forma magistral, el antes mencionado Iñako Díaz-Guerra).

Sin embargo, mi número preferido de Papel, aquél que guardaré para siempre con fervor de coleccionista, con sus tapas en papel estucado y su lomo (tal y como eran los primeros ejemplares de la revista), es el 2, que incluía el reportaje “Sexo y Ladrillos en Torrevieja: que queda en la ciudad más pobre de España”, uno de los mejores textos periodísticos que he leído jamás, escrito por Juan Soto Ivars con un sentido del humor fino para desdramatizar la crudeza realista y chusca de lo que describía que me impactó.

Desconozco las razones por las que ha dejado de estar en circulación, aunque supongo que tendrán mucho que ver con la asquerosa tiranía de la rentabilidad, que casi nunca va pareja al buen hacer de las cosas. Parece ser, por lo que dicen sus responsables en el último número y también en redes sociales, que va a volver de alguna manera. En cualquier caso, que sepan los que escribieron, ilustraron o participaron de alguna forma en ella, que hubo lectores como yo a los que encandilaron  con su propuesta arriesgada y de calidad. Gracias.

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