Buscando bulla

Este verano es sin duda el de la calma, pese a que los mentideros políticos y el clima social general del país diga lo contrario. Una de esas coincidencias astrales o bien marcada a propósito por los gurús del mainstream ha hecho que las dos canciones más escuchadas y pedidas en fiestas y afterparty veraniegos se titulen Calma y Con Calma (la primera, de Pedro Capo, pero famosa por su remix con Farruko, y la segunda, una versión que Daddy Yankee hace del tema Informer de Snow, quien colabora en la misma), respectivamente.

Como muchas de las canciones latinas de los últimos años de estilo reggeaton, estos temas tienen sus referencias sexuales metafóricas o directamente explícitas. Pero la realidad es que les encantan a la mayoría de las niños, que se las saben de cabo a rabo, aunque confundan cosas o las adapten a su manera. Por ejemplo el otro día una niña me aseguraba que la segunda línea de Con Calma dice “desde que te vi supe que eras mami”, cuando en realidad Daddy Yankee canta “pa´ mí”.

El caso es que siempre surge el típico y bastante manido debate entre los que nos dedicamos a la educación sobre si es apropiado poner esas canciones a los niños en los campamentos y actividades veraniegas. Algunos directamente se niegan a hacerlo por considerarlas de ínfima calidad. Esto suele ser bastante habitual entre hipsters treintañeros de nueva ola que en su día renegaban del Saturday Night, de las canciones de Camela o de los éxitos infumables de David Civera y que ahora se los bailan en sesiones nostálgicas de música noventera o de principios de los 2000.

No se puede negar que este tipo de temas son malos a rabiar, pero no creo que sean mucho peores que aquellas pachangadas insoportables que ahora de repente parecen oldies. Cada canción vale para su momento o para su época. La pachanga emocional, como yo siempre la he definido, es útil en determinados contextos y situaciones y para determinadas fases de la vida de la persona. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario, el noventa y nueve por ciento de los niños prefiere escuchar la rima facilona de “cierra la pantalla, abre la medalla” que el My Sharona o que una canción de Sabina o Serrat.

Hay que aceptarlo y asumirlo como algo normal y no rasgarse las vestiduras. Otra cosa es que la obligación de las escuelas, instituciones educativas, familias y medios de comunicación sea la de divulgar otros estilos musicales mucho más minoritarios entre los niños para que los conozcan y, cuando tengan suficiente madurez, puedan elegir por sí mismos lo que escuchan con los suficientes recursos y un acervo musical adecuado.

Eso no hará que renieguen de su herencia musical procedente de la niñez y de la adolescencia, que siempre será el electrolatino y el reggeaton, igual que para los niños de los ochenta fue la música disco o las canciones de dibujos animados, o para los de los setenta la rumba flamenca pop.

Pero el fondo de la discusión no es solo el valor artístico de estas piezas musicales compuestas por ritmos de laboratorio y textos sobre la diversión desenfrenada y alcohólica, el baile con sol y mar como testigos y el contacto sexual. Es precisamente esta temática la que desata la polémica entre profesores, monitores y orientadores infantiles.

Yo soy de los que piensa que nunca se debería censurar una composición musical, ni en general un trabajo artístico. Es tarea libre del oyente filtrar esos mensajes, interpretarlos y, en su caso, negarse a escuchar la canción en cuestión y la decisión posterior de no ponérsela a los menores a su cargo. Es completamente respetable.

Pero por otro lado me parece una auténtica hipocresía salir de fiesta los sábados, cantar a pleno pulmón las machistas letras de Maluma u Ozuna y luego escandalizarse porque los niños se las saben. Al final, están en el ambiente, suenan en las radios, a veces en la tele, y es imposible poner una pantalla protectora para impedir que pasen y lleguen hasta los oídos de los niños.

Doy fe de que los pequeños no tienen ni la menor idea de lo que significan las alusiones subidas de tono que incluyen esos hits que tanto les gustan. Y tampoco les importa demasiado. Les gusta el ritmo, la alegría y, en verano, ese espíritu de playa, baile y entretenimiento que contienen dichos artefactos.

Además, esos mismos que hoy se llevan las manos a la cabeza, independientemente de que les gusten a ellos mismos esos temas o que los aborrezcan, saltaban y cantaban en su día canciones que también hablaban de drogas, sexo y alcohol cuando en teoría por edad no habían probado ninguna de las tres cosas. Y les parecían flipantes, geniales, atrevidas, irreverentes, excitantes. Tal vez las letras de Shakira, Ricky Martin o Chayanne y las del pop latino en general eran menos explícitas, pero, de forma más ñoña o infantil, muchas hablaban de lo mismo.

Quizá tenían más calidad que las actuales, eso no voy a entrar ahora a discutirlo (aunque había temas realmente malos a los que con el tiempo la gente los ha hecho mejores de lo que en realidad son), pero creo que hay un claro problema de regresión mental hacia el puritanismo en la sociedad española, que se ve contrarrestado por corrientes que vienen de Sudamérica en las que, fuera aparte del tinte indudablemente sexista que tienen algunas composiciones (igual que lo tenían las de antes), el sexo se trata sin tapujos. Y a mí no me parece mal.

A diferencia de lo que opinan muchos adultos que conozco, no creo que haya nada malo de por sí en que los niños escuchen y canten esas canciones. La labor del adulto está en dar respuesta adecuada a las preguntas que puedan formular o aclaraciones correctas a las interpretaciones que puedan hacer de esas canciones o de cualquier otra cosa. Sinceramente pienso que es mucho peor ocultárselas y convertirlas en tabú, porque como sucede siempre con todo en la vida, ese toque clandestino las dotaría de un atractivo aún mayor y buscarían el lado oculto que ahora les da exactamente igual cuando cantan aquello de que “eres buscabulla y me gusta”.

También tengo que admitir que yo soy un poco buscabulla y me encanta llevar la contraria.

 

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Juguetes que evolucionan

El otro día una amiga mía me contaba una conversación que había tenido con una amiga suya a la que apenas conozco. Al parecer, esta la había sorprendido por completo confesándole cosas que sentía desde hace años respecto a la inmensa mayoría de sus relaciones de amistad e incluso familiares, entre las cuales mi amiga estaba incluida.

Le dijo que de un tiempo a esta parte se había sentido sola y abandonada. Mi amiga, bastante molesta, le replicó que no tenía motivos ni razones para albergar ese sentimiento. Que debía entender que las vidas de las personas habían cambiado, que ya no eran adolescentes y que cada uno tenía sus propios problemas y sus propias responsabilidades, muchas veces poco o nada coincidentes, por lo que las relaciones de amistad se transformaban.

“A peor, entonces”, contraatacó la otra. “No, simplemente lo que te ocurre es que tú no has evolucionado y los demás sí lo hemos hecho”. Mi amiga venía a tratar de explicar con ello a la confesante que no se trataba de que ella misma o sus otras personas de referencia la hubiesen olvidado, la quisieran menos o no se preocupasen de ella, sino que a estas alturas de la saga el reparto había cambiado, los protagonistas ya no eran los mismos y la trama discurría por otros derroteros.

No se podía intentar repetir el éxito de las primeras películas. Habían sido geniales, en algunos momentos se las podía calificar de obras maestras, pero se habían quedado en el pasado, al igual que la amiga de mi amiga. Ahora tocaba cambiar el argumento e introducir nuevos elementos en la historia para que esta siguiera su curso y no se estancara en un pantano de recuerdos bonitos pero inmóviles.

Al escuchar a mi amiga decir esas palabras, me vino a la cabeza inmediatamente el personaje de Woody y el rol que ocupa en Toy Story 4. No haré spoilers por si alguien no ha visto la peli, pero vamos a decir que el juguete vaquero más famoso del universo cinematográfico se empeña durante todo el filme en mantener el espíritu heredado tras muchos años al lado de su antiguo dueño Andy y en transmitir esa misma herencia a los nuevos personajes que se incorporan en esta nueva cinta de Pixar.

Sin embargo, la visión rupturista, de independencia y lo que mi amiga consideraría evolución está siempre rondando la cabeza de Woody a través de las palabras de su viejo amor Bo Peep, con el que se reencuentra. A Woody parecen no hacerle demasiada mella, pero en el fondo no es así y se halla ante todo un dilema.

Me imagino que la amiga de mi amiga estará también actualmente embarcada en esas aguas, que tal vez se resistan todavía a fluir pero cuya inercia es moverse hacia adelante. Supongo que ese es el favor que, tras la difícil conversación, posiblemente sin una intención expresa, le habrá hecho mi amiga a aquella chica.

No obstante, en uno de los escasos momentos de inspiración que tengo últimamente, le dije que a lo mejor había malinterpretado esas palabras, que por otra parte debían haber sido como una especie de desahogo de algo que llevaba enquistado mucho tiempo, como una especie de arrebato de sinceridad por respeto a la amistad que tenían o simplemente por coherencia con ella misma y una especie de deber de honestidad.

Que quizá lo que le había tratado de transmitir era que sí había superado esa etapa y lo había hecho prácticamente sola, sin que muchos le prestasen el nivel de atención que ella hubiese esperado a priori, independientemente de que, desde un prisma objetivo, tuviese una percepción adecuada o no.

Que no se trataba de que ya no aceptara todos esos cambios, como le sucede a Woody, sino de que finalmente los había interiorizado a su manera, con todas las consecuencias, por triste que le resultara. Mi amiga me preguntó si estaba intentando decirle que eso significaba una asunción de la pérdida o de la separación.

Yo me encogí de brazos y, recordando casos similares que había conocido de forma directa o indirecta, simplemente le deseé que no fuese así. Al mismo tiempo, le advertí que desde luego el mundo de los seres humanos no era como el de los juguetes y que, por mucho que nos empeñemos, el cine sólo muestra una parte de la realidad, pero nunca toda ella. Que la vida y las relaciones auténticas tienen muchos matices y complejidades. Que había muchos puntos de vista válidos y que no podemos esperar a que un guionista escriba el quinto capítulo de una serie ni escribirlo nosotros solos con afán de verdad absoluta.

No hay finales correctos o equivocados, sólo finales abiertos donde todos los implicados tienen algo que decir. Ni juguetes que hablan. Porque si lo hicieran tal vez ninguno querríamos evolucionar.

 

 

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Colegio al Viento

Hace ya siete cursos empecé a trabajar en un colegio público. Uno de tantos de los que existen en la ciudad donde vivo y de los miles que en España, durante 9 meses y medio al año, tratan de hacer que las nuevas generaciones tomen mejores decisiones que las que les preceden.

Poco podía imaginar por aquel entonces, cuando era un recién llegado a este mundillo de la enseñanza, que acabaría considerando ese lugar como uno de mis hogares itinerantes. No tanto por el edificio o el sitio, que sin duda también tiene un toque especial por su particular ubicación, las condiciones climatológicas que se generan allí y el hecho de haber sido construido con una sola altura, sino sobre todo por sus pequeños ocupantes.

El grupo que me asignaron era de niños y niñas de Tercero de Infantil, y aunque muchos se quedaron por el camino, con algunos he seguido todos estos años o al menos un buen número de ellos. Para ellos aquella es una etapa muy primitiva, pero todavía puedo ver sus caras de entonces y resulta increíble observarles ahora, siendo ya casi adolescentes y acabando sus estudios de Educación Primaria antes de pasar a un colegio concertado o a un instituto.

Han sido unos cursos increíbles y no podría describir con palabras todo lo que me han hecho sentir. Pese a los enfados, que los hubo, y algunos fuertes, casi todo lo que recuerdo es bueno, y no se trata de una simple impresión subjetiva. Realmente ha sido así. He sido muy afortunado por tenerlos como alumnos y la relación que hemos construido durante todos estos cursos ha sido tremendamente especial, como si hubiésemos sido familia.

Los conciertos en las jornadas de bilingüismo, la preparación para los exámenes oficiales, las fiestas fin de Trimestre, los videos de las canciones… Pero sobre todo, los juegos, dinámicas y actividades gracias a los cuales hoy puedo decir sintiendo un tremendo orgullo hacia ellos que han aprendido a manejarse con el idioma, complementando el fantástico trabajo que sus profesores de inglés titulares han hecho con ellos, a comunicarse con soltura y a comprenderlo perfectamente, incluso a un nivel complejo.

No puedo más que darles las gracias. Por ser como son, por tantos momentos como me han regalado, cada palabra amable, cada sonrisa, cada gesto de cariño y su continuo entusiasmo a la hora de participar en mis locuras.

Es muy probable que el curso que viene siga trabajando en ese colegio situado en lo más alto de la ciudad. Pero, como dice esta nueva canción cuya música y letra he creado expresamente para la ocasión, ya nunca será igual.

 

Verde y naranja se pueden mezclar

En lo más alto de esta ciudad

Madruga el parque, el sol nace aquí,

Aún duerme Valladolid

 

Hace tiempo que crucé

Tu puerta por primera vez

No recuerdo si lloré,

Pero quién sabe si hoy lo haré…

 

Francisco Pino donde tu quedes

Yo quedaré

En tus pasillos y en tus rincones

Mi infancia dejé

 

Antes pensaba mirando hacia el cerro

Que se acababa el mundo tras el recreo

Hoy en clase de Carmen no puedo pensar

Sonríe Pedro…

 

Este septiembre tendré que bajar

Nuestra cuesta rumbo a otro lugar

Tus puertas volveré a cruzar

Pero ya nunca será igual

 

Francisco Pino donde tu quedes

Yo quedaré

En tus pasillos y en tus rincones

Mi infancia dejé

 

En este colegio, lo vas a flipar

Cuaderno al viento, poeta a volar

Nieve en la tapia, hoy nos toca correr

Ábrenos Jose por última vez…

 

Hace tiempo que crucé

Tu puerta por primera vez

No recuerdo si lloré

Pero creo que hoy lo haré…

 

Francisco Pino donde tu quedes

Yo quedaré

En tus pasillos y en tus rincones

Mi infancia dejé

 

 

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Graduación sin sol

Esta historia podría haber sucedido tal día como ayer, última jornada académica del curso 2018-2019, en algún colegio público de alguna ciudad castellana rica en tradiciones denostadas, afán de la modernidad a la chusca manera y obsesionada con el progreso amortiguado de los deseos castrados. Ínfulas de grandeza de cemento abandonado y conciencias subterráneas…

Se levantó con más energía de la que acostumbraba a recorrerle los poros en los últimos tiempos. Era viernes, su otrora tiempo día favorito de la semana. Había planeado cerrar el calendario escolar a su estilo, muy de bohemio venido a menos y, a la falta de costumbre de madrugar, pensaba compensar un desayuno a base de bollo requemado con salsa cancerígena y café con leche extra para redoblar su caché vital de ese día.

De modo que bajó al garaje tras la pertinente ducha de agua termal (le gustaba llamar así a su particular forma de regular el agua a una temperatura que no era ni fría ni caliente, y a ratos muy fría y a ratos muy caliente), arrancó a la primera sin dificultad su vetusto vehículo (esto siempre era buena señal) y, con el humo blanco por testigo de quema aceitosa contrastando con el límpido aire cristalino de la muerte primaveral y nacimiento del estío…

En realidad, aquí es donde empezaríamos a introducir mentiras. Y preferimos ceñirnos a la falsa realidad de los hechos. La climatología, por ser elemento clave en todo el nudo de este relato, ha de ser tratada con la seriedad que se merece. Lo cierto es que el techo de la ciudad tenía un color de ceniza de cigarrillo rubio deteriorado, como si la localidad hubiese decidido incinerar en bloque todos sus cadáveres.

No amenazaba tormenta, pero ese detalle casi resultaba más tétrico, porque daba al panorama un aspecto más mortuorio, como de funeral anticipado y emociones contenidas en lid del desfile digno de almas austeras preocupadas por salir contritas en la foto, al son del espíritu de la tierra.

Pero pese a estos augurios, él se sentía en un estado intermedio entre lo mundano y lo pletórico, un 7 sobre 10, nada desdeñable tratándose del examen final de un curso tan abrupto como el que casi había superado.

A la sazón se debería decir que el varias veces mencionado personaje era profesor de expresión artística, título demasiado garabateado para describir todo lo que en realidad hacía, entre otras cosas una canción en la que se mencionaba la mezcla entre el verde y el naranja, por aquello del parque y el amanecer precisamente en lo alto del cerro donde se situaba el centro escolar al que se dirigía esa mañana de techumbre grisácea. Quizá este elemento decisivo, tan en contraste con la letra de la tonadilla, debería haberle hecho reflexionar sobre lo desajustado de su estado anímico.

Pero le restó importancia porque aquella desgastada cubierta de lona de piscina en recinto militar amortiguaba el calor, tan detestado por él, porque corría un vientecillo que también solía ser protagonista en ese sitio académico, y por tanto también tenía su alusión correspondiente en la canción, y porque a fin de cuentas eso le ayudaría a estar más triste que un independentista catalán en Ceuta para cuando empezase el acto que iba a presenciar. Y era eso lo que en el fondo pretendía. 

Tal evento no era otro que la graduación de los mismos niños a los que había dado clase por primera vez en ese mismo colegio de vendavales improvisados y lloviznas vespertinas por encima del valle soleado, con nieve ocasional en la tapia y escarcha en el prado que lo circundaba mientras el resto de la ciudad se desperezaba.

Por eso él había decidido estar allí ese día, sin obligación laboral, ya que era un profesor de expresión artística, y no de matemáticas, lengua o inglés titular de los que formaban parte de la plantilla titular del centro, pese a que llevaba más cursos allí que algunos de ellos. Sin embargo, nunca había podido desprenderse de su carácter residual, de trapecista de circo o clown de recitales de segunda fila. Pero él quería a los niños como si fueran de su familia, y lo demás le daba igual.

Esa razón tenía tanta fuerza que también le privó de entendimiento cuando, mientras desayunaba fuera de los muros de la morada en la que residía sin independencia disfrutando de su particular previa del epílogo y contemplaba la faz  patibularia del barman que le había servido emitiendo sonidos guturales de gruta moriana, escuchó una conversación de tono acalorado en la mesa contigua.

Una de las señoras, o mujeres de mediana edad (él, siendo aún un tipo de aspecto juvenil pero ya no un barbilampiño, no se atrevía a poner según qué etiquetas) hablaba con marcado acento gallego del tremendo acoso, con agresiones incluidas, que había sufrido su hijo. La interfecta voceaba en exceso para la temprana hora y la supuesta privacidad del asunto, si bien sus tres interlocutoras la atendían con la misma intensidad, realizaban aquiescencias continuas y, aunque estaba claro que la otra no las necesitaba, se esforzaban por introducir innecesarias reafirmaciones.

La cosa sólo le conmovió un poco cuando la mujer, algo más calmada, decidió expandir su universo trágico e hizo por primera vez partícipes a las otras tres amigas. “No tuve más oídos que los que están aquí”, frase que repitió cual letanía de película del Hollywood clásico varias veces. Pero al profesorcillo tampoco se le torció el gesto y continuó masticando su pedazo de producto industrial con hidratos de carbono y sorbiendo su reconstituyente a base de cafeína y lactosa.

¿No era acaso un tipo sensible? ¿O aquella historia no le movió porque sus sentimientos estaban demasiado centrados aquella mañana en el polo positivo de su máquina cerebral y por ende el negativo estaba aletargado y la compuerta que abriese el paso de las aguas a ese otro lado se hallaba bien cerrada cual presa inaugurada por Franco?

En realidad, no quiso creerlo. Se lo negó a sí mismo.

En su colegio no podían haber ocurrido ese tipo de cosas, y aún menos que los maestros titulares, con quien tenía un buen trato tras tantos cursos de difícil convivencia entre propietarios de aula y un alquilado con matiz de okupa, o el AMPA, con quien se hallaba comprometido de palabra, obra y omisión jurídica hasta que la asociación tuviera claro que no arriesgaba absolutamente nada comprometiéndose, y aún menos el director, al que le unía una excelente relación que mejoraba en varios puntos la de director-monitor de actividades residuales para la educación elemental o primaria, pudiesen haber consentido algo así o hecho la vista gorda, como la española norteña se afanaba en repetir a sus contertulias.

Concluyó que tal vez se refiriera a otro colegio o instituto, pese a que la proximidad de la cafetería con el centro hacía altamente sospechosos a sus integrantes, padres, madres, docentes, alumnos y hasta personal auxiliar o subcontratado al que la señora se estaba encargando de poner de vuelta y media en el escaso tiempo en que él, el profesor de expresión artística y todavía con expresión risueña, hacia las nueve y media de la mañana, se encargó de pagar su consumición.

De modo que se dispuso a cruzar la puerta como había hecho “hace mucho tiempo por primera vez”, tal y como rezaba su canción, escrita expresamente para la ocasión en la que no la interpretaría, por incompatibilidad con la organización minuciosamente elaborada del acto de graduación, aderezado por canciones latinas de moda, la de un youtuber cantautor que lo petaba con frases de dibujos animados que se emitían cuando ninguno de los niños allí presentes habían nacido y diversos temas infantiles o de apariencia cursi y ñoña, medio alegres, medio tristes al modo Disney, para canalizar perfectamente el discurrir emocional del festival de despedida.

No obstante, lo asumía como parte del entramado perfectamente diseñado en el que él sólo resultaba una pieza de recambio, de utilidad y aprovechamiento evidente en determinadas ocasiones, mientras que en las de funcionamiento a modo exhibición se prescindía de ella. “A mí sólo me importan los niños”, se decía. Y era verdad. Por eso disfrutó viéndoles sonreír y llorar por última vez en su colegio de toda la vida, recibir los diplomas y ejecutar bailes ensayados desde hacía semanas.

Únicamente hubo un momento en que la resistencia estoica y la flema le flaquearon. Cuando todos los profesores titularísimos del centro recibieron su merecidísimo homenaje, que se extendió al AMPA y a otros colectivos oficiales y extraoficiales del centro, y del que él no fue excluido, sino que simplemente resultó olvidado cual margarita silvestre en zona recalificada.

Pero pasó el mal trago con ayuda del toldo celeste, que seguía nuboso y cerrado como el capullo de un aspirante a Premio Nobel de Química. No podía responsabilizar de la laguna estigia que su nombre nunca cruzó a los niños, por su corta edad, la sobreexcitación del día y limitarse a recibir la herencia consuetudinaria de los que les precedieron en actos similares. Tampoco a los profesores, que le habían dejado ya suficientemente claro que ese no era el día de las expresiones artísticas, sino de las que a ellos les salieran de verga o seta, según el caso. Así que se limitó únicamente a culpar al ente inmaterial que nos domina a todos y dar las gracias al puto sol cuando decidió salir justo cuando el acto tocaba a su fin.

Había llegado su momento de esfumarse como las nubes. Sus queridos niños, ya casi adolescentes, después de ser felicitados por sus padres, se deshacían en llanto, incluso los que dijeron que no lo harían. Otros se dejaban llevar por una extraña corriente de euforia mal medida y difícil de controlar entre el baile de hormonas.

En esa vorágine, mientras se despedía y buscaba como única guía la paleta artística de su mirada interna, los niños informaron al profesor de la verdad que reposaba más allá del abrevadero cristalino en que el astro celeste había convertido al día.

“Menos mal que ha salido todo medio bien, porque bien del todo ya era imposible después de lo ayer”. Al cuestionarle al chaval por semejante epitafio, demasiado lapidario para tantos años de trayectoria más o menos armónica (al menos hasta donde alcanzaba el conocimiento del cariacontecido profe), el chico le explicó que el día anterior uno de sus compañeros le había partido la cara, casi literalmente, a otro, hasta el punto de que le habían tenido que llevar al hospital. Al parecer había mediado provocación y agresión previa, si bien la respuesta había sido a todas luces desproporcionada. El agresor era uno de los chicos que, a lo largo de todos aquellos años, habían ido a clase de expresión artística. Uno de sus niños.

Inmediatamente, se dirigió a él. Le encontró solo, en el pasillo, algo circunspecto, sin apenas participar en la algarabía colectiva y fiesta improvisada que había montada en pasillos y aulas. En realidad, siempre había sido un poco de ese modo, y el profe siempre había sentido una inclinación especial hacia él precisamente por ello.

“¿Por qué no contaste hasta tres?”, le preguntó al chico. Muy serio, este le respondió tras sus gafas graduadas no de sol. “Llevaba años haciéndome bullying. Se lo merecía”.

El profesor no titular del centro lo abandonó por última vez ese curso. Los rayos de luz por fin caían a plomo sobre el edificio. Se escuchaban voces y alguien cantaba “Con Calma”.

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Patriota por Nadal

No soy patriótico en el sentido tradicional del término. Tal vez cuando era niño lo fui, porque era difícil sustraerse a la influencia patriótica de mis dos ramas familiares, tan diferentes entre sí, pero con un tronco común claro, pese a que luego se dividiera de forma rotunda. Esa guía siempre fue España y yo recibí esa herencia, de la que luego comenzaría a renegar con el paso de los años.

Nunca he detestado al pueblo español (resultaría absurdo, pues aunque no me gusten infinidad de cosas del mismo, formo parte de él). Sin embargo, el Estado, el sistema público y gran parte de la sociedad española me producen bastante alergia, y no es estacional. Repelús en algunas épocas de mi vida, e inquina en otras. Sin embargo, todavía hay alguna cosa de la que me siento orgulloso. De la capacidad de superación que tenemos en el deporte, pese a la cantidad de trabas, obstáculos y falta de recursos e infraestructuras que ha habido.

Los españoles, o algunos españoles, han conseguido retos en el deporte que parecían inalcanzables, imposibles, utópicos, y de esa parte del pastel del supuesto patriotismo sí participo, si bien no enarbolando la bandera ni cantando el himno. Simplemente, me produce admiración la personalidad que irradian esos profesionales de la élite deportiva que da la casualidad de que comparten nacionalidad conmigo.  

Hay muchos nombres en los últimos años, desde Carolina Marín hasta los hermanos Gasol, pasando por Garbiñe Muguruza o futbolistas como Casillas o Iniesta. Pero ninguno de ellos es comparable a Rafael Nadal. El tenista balear está un escalón por encima de cualquier otro deportista que hay o haya nacido nunca en los terruños e islas presididos por la enseña rojigüalda. Lo que representa, el carácter de proeza y gesta antológica de lo que ha conseguido, la personalidad que le define como deportista y persona, están a otro nivel.

Estos días, después de su duodécima victoria en Roland Garros, un hito que posiblemente nadie repetirá jamás (y, si no se retira y el físico le respeta, ampliará ese número), he pensado mucho en aquellos párrafos que le dediqué en mi novela El Secuestro de la Esperanza, cuando David se acuerda del principio de la crisis económica de 2008 y se refiere a la gesta de Nadal en Wimbledon de ese mismo año, mientras el país se convulsionaba.

Lo transcribo aquí, porque resulta completamente vigente.

Ahora recuerdo la impresionante hazaña de Rafa con una emoción algo distinta de la que sentí entonces. Tengo la imagen de la pista central del All England Tennis Club entre sombras, apenas iluminada por varios trazos de un tono anaranjado decadente, tras más de cuatro horas de sufrimiento y media hora de agonía.

Un español se coronaba en el templo del tenis justo cuando caía el imperio del sol. El enfrentamiento del siglo y de otro siglo, antes de los techos retráctiles, la luz artificial y ‹‹El Ojo de Halcón››.

Fue un símbolo del final. Se avecinaban tiempos oscuros, pero quedó aquel héroe como señal de la resistencia de todo un pueblo, varado entre la hierba llena de agujeros, envuelto por el azul languideciente del anochecer, mordiendo con rabia la copa amarga de nuestra generación”.

Lo escribí hace ya unos cuantos años, pero creo que no pude definir mejor el sentimiento que nos provocó a todos aquella victoria, y que, si bien no con la misma fuerza que en aquella gloriosa ocasión, se reedita cada vez que el de Manacor consigue un nuevo título.

Es, en efecto, un héroe. Porque aunque su caché de multimillonario (en realidad, él ya provenía de familia pudiente) pueda ser discutible desde el punto de vista ético, como sucede con todos los deportistas de élite, lo cierto es que lo que él hace no lo ha hecho nadie en la historia.

En el tenis no hay trampa ni cartón, sólo llegas a la gloria si eres el mejor. Y no basta con tener un talento extraordinario, porque Rafa tal vez no sea el mejor tenista de todos los tiempos desde el punto de vista técnico (pero sí uno de los mejores, no creo que nadie se atreva ya a acusarle de andar justo de calidad y sobrado de físico), pero sí es el mejor en cuanto a mentalidad, capacidad competitiva y, lo más sorprendente de todo tras todo lo que ha ganado, el más trabajador, el más tenaz, el que tiene mayor capacidad de superación y ambición.

Fuera aparte de eso, su manera de ser encandila a cualquiera. Es una persona normal, humilde y respetuosa, a diferencia de la inmensa mayoría de deportistas, como por ejemplo algunos que copan estos días la mitad del minutaje de los informativos porque ordenan montar un parque de atracciones con motivo de su boda y se dedican a hacer ostentación de su fortuna y de su fama, algo que Rafa jamás ha hecho.

Y nació en España, como yo. Tuvimos suerte. No nos toca nada cuando gana, pero al mismo tiempo nos toca todo. La fibra sensible, el orgullo, la ilusión de poder ser capaces de hacer lo que parece imposible, porque él lo hace cada día. Tal vez algo parecido al patriotismo.

 

 

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Peor plaga que los mosquitos tigre

“Vaya miedo que da esto”, le escuché decir a mi madre hace unos días mientras veía la tele. Me acerqué y descubrí que se refería  a una plaga de mosquitos tigre que desde hace un tiempo está presente en España. Por lo que comentaban, estos bichos pueden incluso provocar la muerte. El reportaje que mi madre estaba viendo también hablaba de las avispas asesinas y de unas termitas destructoras o aniquiladoras o algo así (en cualquier caso, un sobrenombre que las hacía justicia, pues deben ser unas cabronas de la hostia) que pululan por Tenerife.

No seguí demasiado el resto del programa, pero extraje la información de que estas especies tan agresivas viven sobre todo en alcantarillas, humedales… Se pueden colar en las casas a través de las tuberías y los mosquitos tigre se sienten especialmente cómodos en los lugares donde no hay demasiada limpieza.

Ninguna de ellas es autóctona de este país, sino que han venido de fuera, supongo que para confabularse con las teorías xenófobas y racistas que tanto éxito tienen últimamente por estos lares. En realidad, aparecen cuando las temperaturas suben y el calor es muy elevado, así que supongo yo que el tema del calentamiento global tiene algo que ver y no contribuye precisamente a que se debiliten.

También me quedó claro que son animales invasores. Tienen un fin muy claro, el de la aniquilación, bien sea de forma inmediata como las termitas, que se pueden llegar a comer hasta viviendas enteras, o tras unos días de padecimiento, a través de los virus, bacterias e infecciones que introducen en el organismo humano. No les gusta nuestra raza y nos quieren joder. Lo hacen por puro impulso e instinto asesino, pues carecen de toda razón, lo cual las hace aún más peligrosas.

Pero reflexionando un poquito más, también me di cuenta de que eso las hace más lógicas y previsibles. En el fondo, su comportamiento es perfectamente analizable, su patrón explicable. Su propia naturaleza las lleva a matar y a destruir. Tal vez eso haga que me generen un tipo de miedo diferente al de mi madre. Es un temor a su capacidad y habilidad para herirnos y fulminarnos (por su tamaño, porque atacan en grupo, etc.), pero en realidad no me amargan en absoluto la existencia ni gasto más de cinco minutos en pensar en ellas.

Considero que ese tipo de plagas ajenas son bastante más benignas en realidad que otras muchas que son puramente humanas y que hemos creado nosotros solitos. No hablo tanto de las enfermedades que se transmiten por efecto del contagio bacteriano en hospitales, o de las creadas específicamente en laboratorios, o de las que se contraen por la polución, la mala alimentación u otros agentes nocivos dependientes del hombre.

La peor plaga que existe hoy en día es el trastorno psicológico, y es a la que menos importancia damos, porque ya es inherente a nosotros y porque la hemos provocado entre todos. La depresión, la ansiedad, pero sobre todo el estrés. El vivir con presión constante, sometido a reglas de convivencia ciudadana, a exigencias familiares o del entorno de amigos, a las demandas de la sociedad en su conjunto.

Ese es el peor mosquito tigre, la avispa más asesina, la termita que nos come las entrañas, el coraje, la fuerza de voluntad y, lo más importante, pues es lo que nos diferencia de esos putos bichos, la parte emocional de nuestro ser. En el fondo, como colectivo, somos peores que esas manadas de insectos indeseables, porque al igual que ellos utilizamos el impulso agresivo con los que nos rodean, pero automáticamente lo doblamos, mitigamos o incluso eliminamos con la razón egoísta que busca maximizar nuestros beneficios.

Esta sociedad cada vez pone menos en valor y en la balanza el aspecto sentimental de las cosas, lo que los poetas llamaron corazón, los filósofos alma y algunos simplemente humanidad. Creo que ya únicamente la sacamos en las relaciones privadas e íntimas, y hay muchas veces que ni siquiera eso. Estamos jodidos y enfermos por la sociedad que hemos creado. Somos mosquitos tigre sin su componente de lógica, más imprevisibles y por lo tanto más temibles.

Individualmente, creo que seguimos siendo un animal loable, pero como conjunto somos un puto desastre. Cada vez que nos juntamos en grupo, montamos una estructura, establecemos normas y nos relacionamos a través de esos organismos (familia, pandilla de colegas, grupos de trabajo, etc.) damos pavor. Termitas, seres voraces con nosotros mismos, siempre que prevalezca la regla, la imposición y el salvar el culo. Casi me parece más bonito el matiz hijo puta de los bichos, al menos tiene su toque de epopeya. Esta sociedad y sus subconjuntos, ni eso.

Como cantaba Eddie Vedder en una de las canciones que compuso para la maravillosa banda sonora de Hacia Rutas Salvajes, “Society, you´re a crazy breed” (sociedad, eres una estirpe loca), para luego añadir, en sintonía con el protagonista del filme (basado en la vida real del personaje del mismo nombre), Christopher McCandless, “I hope you´re not lonely without me” (espero que no estés sola sin mí). Sin embargo, y aunque sintonizo con este pensamiento, jamás lo llevaría al extremo como él hizo, y de hecho se acabo arrepintiendo al final de sus días.

En realidad, siempre preferiré al género humano. Aunque nuestras sociedades sean más dañinas que cualquier horda de criaturas.

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La última lección del cine

Tenía completamente decidido sobre qué iba a escribir hoy. Hasta hace unos días, lo tenía clarísimo. Desde que vi, con más de una semana de retraso, pero completamente a salvo de spoilers, el final de Juego de Tronos, no veía otro tema posible para mi entrada de este domingo.

Tenía hasta pensado el tono que iba a dar a la entrada, de alabanza hacia la serie y su conclusión, aunque sin fanatismo, muy alejado de esos haters que piden en change.org otra temporada con otro guión. A mí me encantó el giro argumental del episodio 5, la forma en que arriesgaron los escritores de la serie, me encandiló el paisaje devastador y tendré para el resto de mis días muchas imágenes de ese capítulo y del siguiente y definitivo impresas en mi retina como parte de mi bagaje cultural y de entretenimiento.

También había pensado explicar por qué algunas tramas se quedaron un poco cojas, todo marchó demasiado apresurado en esta última temporada y por qué habrían hecho falta más diálogos, más explicación y más emotividad en algunos momentos, pero dejando claro que el producto en su conjunto me parece excelso, lo mejor que se ha hecho en el género ficción fantástico para la televisión. Tardaremos mucho en ver algo así.

Sin embargo, algo me ocurrió este pasado miércoles que me ha hecho desistir de dar desarrollo a estas ideas que dejo sólo esbozadas para mostrar mi opinión sobre tan mediático acontecimiento audiovisual.

En el cine Casablanca de Valladolid, único templo del romanticismo cinéfilo que queda en la ciudad (y eso que últimamente se ha tirado hacia derroteros mucho más comerciales), se me ocurrió entrar a ver una película francesa titulada La Última Lección, sin saber muy bien lo que esperaba.

Apenas había leído nada sobre ella, sólo un par de críticas positivas y la buena puntuación de 6,3 que tenía en Filmaffinity. Y que iba de unos estudiantes y un profesor, tema que ya era de mis favoritos incluso cuando no me dedicaba a la enseñanza. Así que pagué la entrada con cierta esperanza de ver algo que justificara el precio.

Vaya sí lo vi. Hacía muchísimo tiempo que una película no me atrapaba de esa manera, que no me movía tanto por dentro y que no me impactaba tanto. Cada poco tiempo veo largometrajes que me gustan, me interesan, no tantos que me dejen huella, pero la experiencia que viví en este caso fue mucho más allá. Ya constituye una de las que siempre recordaré.

Para mí, es un peliculón que ha sido completamente infravalorado. Gustó mucho en el Festival de Sitges, según he leído. No me extraña, porque la cinta reúne todos los elementos para hacerse un hueco noble en dicho certamen. Terror psicológico, suspense, atmósfera agobiante, juventud en los personajes, rasgos cómicos, toques apocalípticos… Pero además añade algo muy importante que le da en mi opinión el toque de excelencia. Crítica social.

Resulta asombrosa la capacidad que tiene la película de integrarte desde el minuto cero en la situación que se plantea, de meterte en ese ambiente que es a la vez opresivo, grotesco, terrorífico y morboso. Es un mundo cerrado en el que el profesor protagonista, encarnado por Laurent Lafitte, un actor que hace un trabajo sobresaliente, se va viendo cada vez más atrapado y por el que se siente tan atemorizado y obsesionado como atraído.

Tanto los estudiantes como los propios profesores del centro están zumbados, la propia comunidad en la que se desenvuelve el asunto está enferma, como en realidad lo está la nuestra si retiramos la capa de exageración superflua del filme. Pero al mismo tiempo resulta realista y creíble, la forma en que está narrada por el director Sebastian Marnier y su coguionista Elise Griffon (aunque se basan en una novela de Christophe Dufossé titulada La Hora de la Salida), los diálogos y el reparto hacen verosímiles escenas que tal vez no lo serían tanto de otro modo.

Incluso hay un ligero toque vintage, rancio o nostálgico en los decorados y en el propio edificio del colegio Saint Joseph que lo hace todavía más auténtico y palpable.

Todos los elementos de la película me enamoraron. Las interpretaciones, no sólo de Lafitte sino también de Luàna Bajrani, quien da vida a la líder de los alumnos superdotados Apoline (da verdadero miedo), de Emmanuel Bercot (la profesora de música) o de Gringe (profesor de matemáticas). La fotografía, a cargo de Romain Carcanade, de paisajes bonitos y apacibles, y otras veces decadentes, propios de una civilización que se derrumba, y las imágenes documentales que se entremezclan de vez en cuando, de una crueldad insólita. El tratamiento de la luz, con ese sol declinante que nos conduce al ocaso, combinada con la explosión lumínica del verano estudiantil en ciernes, y la oscuridad del misterio y la neurosis, a veces en medio del silencio.

El guion es maravilloso, porque intercambia géneros de una forma natural, con transiciones nada forzadas. He leído que la película sin embargo ha sido criticada por su falta de humanismo, por la frialdad que transmite y el pesimismo vital. A mí me parece que eso es justo lo que la hace tan emocionante. Es una película que deja mal cuerpo, eso está claro, y salvo un par de momentos de ternura en su desenlace, no es nada esperanzadora. Pero el personaje principal sí busca en todo momento esa empatía con todos los que le rodean, sin importar lo pirados que estén. El ponernos en su piel hace que consigamos también ponernos en la de los chicos, por muy raritos que sean.

La música es sencillamente perfecta para acompañar la trama. Además de un par de números excepcionales en los que los estudiantes interpretan canciones de Patti Smith, la banda sonora original (de Zombie Zombie) está compuesta por música electrónica pausada, que recuerda un poco al futurismo y al maquinismo musical de los 80. Va encaminando al espectador hacia esos compases finales en los que parece que se ejecutará un plan macabro que se ha ido gestando. Desembocando hacia la derrota. En el fondo, nuestra propia derrota como sistema educativo, como sociedad. O quizá es otro fracaso la que se pone de manifiesto justo al final.

Esa última lección hay que descubrirla viendo esta excelente película.

 

 

 

 

 

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