Rebelión en las taifas

Sí, amigos y amigas, volvemos a estar alteraditos y dificilitos en este país de pequeños reinos, cada uno con el suyo in mai jaus, montando la gresca cada dos por tres, o ahora que se acercan las japi krismas, la marimorena. Hay que ver lo nerviosos que andan algunos, y por ello es que voy a contar la historia de esta semana a modo de historietilla de Mortadelo y Filemón.

El otro día sufrí un ataque repentino de diarrea cerebral, puse Tipejo Público y allí me reencontré con el viejo Francisco Te Dascuenta, con su aspecto de periodista de la transición canoso, y otros tertulianos del mismo talante, poniéndose como un basilisco con la conseyera de justisia de Cataluññña, Ester A Capela, quien, a través de la pantallita, se reía en plan cabrona al ver conseguido su objetivo de cabrear a los fachillas.

La cosa es que la pérfida Catalonia´s guoman había acusado de intromisión y grabación ilegal en el recinto carcelario donde están uno de los jjjordis a la otra Susanita de Espanya, la Grisú, y ésta, muy en su papel de niña buena del conglomerado de medios de comunicación del reparto literario a los que ya están bien repartidos, puso su cara de no haber roto en la vida un platito.

Los otros bufaron y se revolvieron cual leales escuderos prestos a defender a su reina, en plan adolescentes alfa vestidos de intelectualoides indignados (aunque con cierto toque zarrapastroso), si bien también había alguna tertuliana.

La entrevista que Susanita Grisú le había hecho a esta mujer de la izquierda republicana de la Marca Catalana, que tiene cierto toque de bruja mala del cuento, venía a colación de las declaraciones que la vicepresidente Carmen Sin Pelo, feminista, socialista, sanchista y todo lista, había hecho sobre el enésimo desdice del gobierno en la persona de Sánchez al Rescate.

Que dice ahora Pedro el Campeador, caído por el Puño y la Rosa, estocado por Susana I de Espanya y de Andalucía y resucitado a lomos del caballo morado de Paul Misas, que no hubo rebelión en las actuaciones de los políticos e impulsores del prusesso y eso. Que los jjjordis no se rebelaron contra el Estado ni la patria, sino que sólo fueron un poco sediciosos, si acaso. Y la vice, claro está, sale a defender al presi, y comenta que, de lo que dijo su jefe cuando sólo era Peter el de Twitter y no era Sánchez al Rescate, no comenta na´.

Cogiendo la argucia, yo, desde esta buhardilla virtual en la que ya sólo vengo a refugiarme cuando me hago mucha caquita, anuncio con solemnidad que, al igual que nuestro gran líder nacional, sólo respondo de las cosas que he dicho en función de mi actual cargo de flamante empresario explotado de las enseñanzas lingüísticas y no de las cosas que decía Álber, un tipo muy lenguaraz que se dedicaba a escribir novelas, articulitos de rojos y entradas venenosas. De eso no respondo, que diría Rajoycorto. Todo prescrito, como las cosas de Pablo Desencajado.

Y hablando del nuevo caudillo de los ejércitos de derechas de la patria espanyola, esta semana ha subido un peldaño más en su escalada para convertirse en el tío duro del reino, precisamente a raíz de sus comentarios sobre el intento de atentado/comentario whatsappero/chanza vía chat/amenaza seria/broma privada fascista/declaración voluntariosa de asesinato al propio Sánchez al Rescate de un fulano con aspecto de exmiembro de la legión pero de profesión segurata y de nombre Manolo.

Pablo Desencajado dice que por supuesto no podemos permitir que los violentos nos ataquen, nos intimiden, que se solidariza con el presi, y que eso es igual de condenable que los escraches, los cuales, recordemos, aunque ya hayan pasado de moda como el Flip Bottle Challenge, el Pro, los spinners o los chistes de Montoro, son esas acciones de protesta/acoso que se les hacía a los políticos en sus domicilios privados.

Yo coincido plenamente con Pablo Desencajado, porque efectivamente en este país hay que ser hombres de verdad y, puestos a hacer las cosas bien, usar cacerolas es una mariconada y es mucho mejor acumular un arsenal acojonante de armas de fuego, como hizo Manolo (no podía llamarse de otra forma, un espanyol de verdad). ¿Es que no hemos aprendido nada de Clin Isgud, de Cartón Jeston o del Pato Donald Trump? Ah, los estadounidenses, esos sí que saben defender lo suyo, no como nosotros.

Aquí en la Hispania somos unos blandos, y hacen falta tipos como ese, capaces de sacrificarse si hace falta por la dignidad de los restos de un esqueleto cubierto de flores frescas a quien a día de hoy todavía reverencian personas jóvenes o de mediana edad que ni siquiera habían nacido cuando estiró la pata el otrora tiempo caudillo de todos los ejércitos y hoy inquilino temporal de un mausoleo de lujo (y muy bello, todo hay que decirlo, porque los franquistas, otra cosa no, pero tuvieron buen gusto cuando decoraron la chabola esclavizando a comunistas, anarquistas y demás ralea).

Pero como en Spain todo is different, resulta que Desencajado, Albert “a la ribera del río que me lleva la corriente”, y su nuevo colega Abascal “qué bonita serenata” no están d´acor azucarera, Braun sugar.

En función de su pacto tripartito, que ha configurado el eje rojigüalda al servicio del antiguo centinela espiritual de Occidente y asesino en sus ratos libres, ven con malos ojos que el cadáver de Su Excelencia Franco ha Muerto pierda sus derechos adquiridos al descanso en propiedad de primeras calidades a base de pico, pala y gatillo, bajo la cruz gigante que recuerda perpetuamente que con la Iglesia en la Espagna siempre hemos topao.

Y si no, con Paul Misas, que para eso la lleva en su apellido. Pero hasta a éste parece que le han cortado la coleta y quitado la fuerza. Se le ve últimamente blandengue, o tal vez es que siente empatía por el dictador, ya que a él también le gustan las moradas lujositas.

Al final, todo conduce a lo mismo, a la castración de la parte izquierdista de la sociedad española, que no se entera de que aquí hay que dejarse de tonterías. Hacer como Manolo Watchman, acumular pistolas, metralletas… O bombas de alta precisión, en vez de vendérselas a los saudíes para que maten a yemeníes, que es dinero perdido.

Ya lo dice Queme Torro, que hasta los siempre belicosos catalanes para hacer rebeliones son unos flojos, joder, ni se ha pegado un tiro ni nada, cullons, de lo contrario ya veríamos a ver si no estaban hace tiempo en su república idílica andando en pelotas por Las Ramblas rodeados de vaquitas triscando billetes, o vestidos únicamente con gayumbos, sujetadores y tanguitas con esteladas, sin que les mandaran a los mamporreros a soltar hostias.

A mí no me miréis, que yo para estas cosas tengo también mi taifa particular, mi pequeño reino representado en esta buhardilla o en mi coche clásico. Y ahí las reglas las pongo yo, hosti tú, no me toquéis los bajos, un poquito de education, que  yo también estoy mu´ loco y me rebelo. Y ahora que van a dejar pasar el Bachillerato con una asignatura suspensa, que le jodan a la Lengua española. Mi solo Spikin inglis.

 

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Adolescentes zombis

En esta semana tan maravillosa para los profesores de inglés como yo, donde la mitad de nuestro trabajo de preparación está hecho porque la inercia de la temática de la celebración te lleva a no tener que pensar mucho (independientemente de que Halloween cuadre o no con las preferencias personales de cada uno), he confirmado algunas cosas que ya vengo notando desde hace tiempo.

La mayor parte de la gente afirma que los adolescentes actuales son muy diferentes a cómo eran los de las generaciones precedentes. Que tienen dificultades para relacionarse, son más caprichosos, menos adaptativos, tienes peores valores… Se señalan principalmente detalles negativos, si bien también hay un consenso más o menos común en afirmar que son más rápidos e intuitivos.

Casi todas estas características lógicamente se vinculan al uso excesivo de la tecnología, especialmente de los dispositivos móviles. Hay otros que simplemente se conforman con resignarse y, con una sonrisa que amenaza buenismo estomagante, aseveran que la vida ha cambiado, el mundo evoluciona y es natural. Que hay que aceptarlo y ya está.

Yo, sin embargo, discrepo bastante o al menos en parte de esas opiniones lapidarias y también de las revestidas por ese optimismo pusilánime e irresponsable. Adolescentes los hay de todas las clases y condiciones, como siempre ha sucedido, pero sí es cierto que existe un rasgo común a muchos de ellos, que se traduce en una actitud externa a veces demasiado fría, en ocasiones descreída y apagada, tendente al aburrimiento, a la inactividad, al cansancio excesivo e incluso, en casos extremos, a la incomunicación radical y a la depresión.

Sin embargo, yo no creo que los chicos y chicas de trece a dieciocho años de estos tiempos sean tan distintos en el fondo a cómo por ejemplo éramos nosotros en nuestra época, no hace tanto tiempo. También ya había móviles e Internet, aunque no estuvieran tan generalizados, y consolas, y videojuegos, y mucho entretenimiento audiovisual.

Yo creo que lo que ha cambiado en realidad es el envoltorio, que, si no opuesto, sí es bastante diferente. La forma en la que se enfrentan al mundo exterior, como lo gestionan, la forma que tiene de afectarlos, los comportamientos que se estandarizan más o menos en casi todos ellos, y las consecuencias que les genera en su carácter, estado de ánimo y sensaciones. Que a veces les lleva a parecerse a muertos andantes, a zombis, a personajes de The Walking Dead.

En mi opinión, todo forma parte de una compleja estructura. El actual sistema social y educativo conduce por su propia esencia e incluso anima, estimula y promueve algo así como el adoctrinamiento, la sedación en engañosa libertad de los adolescentes. Parece que tienen un universo de posibilidades para escoger en casi todos los ámbitos de la vida, pero cuando llega el momento de disfrutar de su tiempo libre no saben muy bien qué hacer con él.

Están reventados y saturados cuando tienen por delante un fin de semana o un puente largo como este. Muchos me han confesado estos últimos días que en lo único en lo que estaban pensando era en dormir y descansar, que no tenían ganas de nada más.

No creo que sea únicamente una cuestión de que hagan muchas cosas, llenos de obligaciones, exámenes y tareas diversas marcadas por sus profesores y por la metodología de sus institutos, ni siquiera de que estén sobrepasados de actividades extraescolares diversas, aunque es verdad que en ocasiones esto influye y que la presión, especialmente en Bachillerato es muy alta.

Es algo que va más allá, porque si sólo se tratase del estrés y la exigencia yo entonces debería tener la misma energía que un esqueleto, y no me refiero precisamente a esas figuras huesudas danzantes que aparecen en videos de canciones infantiles. Sin embargo, me apetece salir, planear, hacer cosas, moverme, tengo mil cosas en las que aprovechar mis raros ratos de asueto y dispersión.

Cuando yo tenía 17 años, y supongo que igual les sucedía a mis compañeros y amigos (habría que preguntarles, pero me da que muchos ni se acordarán de aquello, aunque no haya pasado en realidad tanto tiempo), de lo que no tenía ganas era de pisar por casa. Más o menos igual que ahora, si bien eso sé que es rara avis y que soy una especie de monstruo adulto en el firmamento de criaturas apelmazadas, arrugadas y avejentadas de forma prematura que se dirigen al cementerio. Pero por aquel entonces creo que ni a ellos ni a mí se nos habría ocurrido decir en la víspera de un puente que sólo estaban pensando en echarse a la cama y estar tirados en el sillón.

Pero en verdad es algo engañoso. Pienso que esa vitalidad aparentemente perdida sólo está en letargo, esperando a que alguien la despierte. Está dentro de ellos y sólo hace falta introducir los alicientes adecuados, romper la norma general, los esquemas que tienen preestablecidos en su colegio o instituto, en su casa, en su tiempo libre. Se traduce en darle las dosis exactas de imaginación, des pojarles de la vergüenza y de las demandas diarias. De la casaca férrea que les viste para no salirse de lo marcado en forma de obligaciones o de postureo.

Basta con devolverles una visión un tanto infantil y fantasiosa de la realidad, dejarles que sean ellos quienes se sumerjan en ella. Que se pongan el disfraz de criatura terrorífica o mágica y dejen de comportarse como autómatas sin el atavío de Frankenstein. Que se permitan el lujo de olvidarse de las calabazas que, en forma de censura académica, indiferencia paterna o tiranteces sociales les dan todos los días. Que por un día, por unas horas, por un rato, durante una actividad, sean ellos quienes lleven las riendas de sus cerebros y los dejen volar.

Tan simple como ver a unos niños disfrazados de variopintos horrores llamar a la puerta una academia de idiomas de un pueblo sito en las entrañas de Castilla, donde hace treinta o cuarenta años sólo había lutos, silencios y miradas solemnes de personas apagadas. Ahora se suelta lo de truco o trato y se piden caramelos, como si estuviéramos en Illinois. Tan sencillo como poner durante la lección especial preminivacaciones una estúpida canción para bebés que sería todo un hit en las pistas de baile a ciertas horas de la madrugada, en la que criaturas espectrales con aspecto de monigotes se mueven al son de un baile claramente precursor del Swiss Swiss.

De ahí que yo defienda el auge y popularidad de la fiesta de Halloween en España desde un punto de vista más allá de mis opiniones puramente personales o incluso de mi trabajo. Permite que, por una noche, o incluso durante los días previos y el fin de semana posterior, los chicos y chicas usen su creatividad, salgan de la rutina que les amuerma, se disfracen, se conviertan en monstruos, personajes fantasiosos o en parodias de los mismos de forma ocasional. E interactúen físicamente sin pantallas de por medio, se miren a la cara y se rían.

Aunque sea a través de una máscara horrenda, una capa de maquillaje y durante el breve espacio de tiempo que dura una clase de inglés.

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De Génesis y Espigas

Me apunto un dos de tres en la presente edición de la Seminci, que no es en absoluto un mal balance. Elegí bien las pocas películas que he podido ver este año y dos de ellas han sido galardonadas con los premios principales del prestigioso Festival Internacional de Cine de Valladolid. El film canadiense Genese, de Philippe Lesage (ganador del Premio a mejor Director), que ha conseguido la Espiga de Oro y la producción estadounidense The Miseducation of Cameron Post, de la realizadora Desiree Akhavan, que ha logrado la de Plata junto con la alemana In Den Gängen.

Los dos largometrajes tienen bastantes cosas en común, aunque sean completamente diferentes en cuanto a su estética fílmica, la manera de estar rodadas, el guión, la actitud de los personajes y el tono que preside ambas películas. Genese es mucho más independiente, The Miseducation of Cameron Post contiene bastantes más dosis de humor, los planos secuenciales, muy presentes en aquélla, casi brillan por su ausencia en esta última, salvo al final.

En la cinta estadounidense hay muchos flashbacks que nos explican los antecedentes y el mundo interior de la protagonista principal (que por cierto está interpretada por la estrella hollywoodiense Chloë Grace Moretz) a diferencia de lo que ocurre en el largometraje canadiense, donde se deja que sea el espectador el que intuya lo que les ocurre emocionalmente a los personajes, no sólo en base a sus palabras, sino casi más a sus silencios y lenguaje no verbal.

The Miseducation of Cameron Post. (Imagen: Seminci).

Pero por otra parte existen muchas semejanzas. La principal es que ambas hablan del despertar adolescente al amor, y aunque el tema esté todavía más definido si cabe en The Miseducation of Cameron Post, del derecho a elegirlo libremente. Sin importar que haya una asociación religiosa dedicada a purgar de las mentes la Same Sex Atraction (Atracción hacia el mismo Sexo), como sucede en la última de las obras citadas, o que en Genese los propios amigos y compañeros no entiendan los sentimientos del personaje de Guillaume (a quien da vida Théodore Pellerine, galardonado con el premio al mejor actor) hacia su mejor amigo Nicolas.

La homosexualidad está muy presente en las dos películas, mucho más en la norteamericana, mientras que en Genese la hermanastra de Guillaume, Charlotte, opta por dejar a su pareja y emprender una relación con un hombre mayor que ella, embarcándose en un barco de sufrimientos diversos. La última historia de esta película, introducida de manera prácticamente independiente de las otras dos, nos muestra a Felix y a Beatrice, dos quinceañeros que viven su particular historia de amor en un campamento de verano, rodeados de naturaleza y de buenrollismo, a diferencia de lo que sucede con Guillame y Charlotte, metidos de lleno en la civilización, en las presiones sociales y en el ruido ambiental.

Genese. (Imagen: Seminci).

Precisamente otro de los rasgos que ponen en común ambas películas es el ambiente en el que desarrollan. Esa atmósfera de internado, presente en las historias de Cameron Post y de Guillaume, y por otro lado el toque de comunidad en medio de la naturaleza, aunque con muy distintas filosofías, otra vez en el proceso de “mala educación” que recibe Cam y también en el relato de Felix y Beatrice.

No deja de resultar curioso que dos películas con tantos puntos en común se hayan alzado con los reconocimientos más destacados del Festival, en el que por otra parte vi proyectada una película que en mi opinión supera a ambas, una pequeña maravilla del cine español más social, costumbrista y modesto, titulada Jaulas.

En cualquier caso, me siento bastante satisfecho de mi buen tino a la hora de haber escogido las proyecciones. Es la segunda vez en cuatro años que veo el largometraje ganador de la Sección Oficial en su estreno, y en aquella ocasión tuvo bastante más mérito, porque fue la única película que vi, de cualquier ciclo o categoría, de la edición, Rams (El Valle de los Carneros), de Grímur Hákonarson.

Bien es verdad que entonces tuve la gran suerte de estar aconsejado por mi asesor principal en estas lides, el verdadero experto de la familia en cine, mi hermano Diego, a quien su aventajado alumno le dedica esta pequeña entrada, ya que por desgracia él no ha podido estar presente en nuestra Pucela esta semana en que se vuelve la estrella del firmamento cinematográfico.

Ojalá algún día volvamos a ver juntos películas como Segundo Asalto, por la que Daniel Cebrián se llevó en 2005 el Premio Pilar Miró al Mejor Nuevo Director, aunque por desgracia ya nunca será como aquella vez, en la sesión matinal de nuestro añorado cine Roxy, el que fue cine más antiguo de la región, ahora envilecido al servicio del mejor postor por obra y gracia del Ayuntamiento de Valladolid (y de todos los grupos políticos que por aquel entonces lo conformaban), el infame Enrique Cerezo, la Junta de Castilla y León y el director del Casino. Todos juntos conspiraron para que esta ciudad respirase un poco menos cine desde entonces, aunque todavía lo inspire con fuerza, y que las espigas castellanas de la Seminci tuvieran alguna flor hermafrodita menos, almas de cinéfilos solitarios como yo arrancadas de su eje.

Tal vez este año se haya compensado con la génesis de algún amor adolescente en las butacas del Calderón, el Zorrilla o el Carrión, ya sea lesbiano, gay o heterosexual. O en la fiesta de clausura del hotel Olid Meliá, en la que tal vez se puedan haber colado dos jovencitos universitarios con todo por descubrir, bocas que morder y rincones por explorar.

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Hipotecado

Cada uno tenemos la posibilidad de elegir nuestro propio camino. Debemos optar por el libre albedrío y enfrentarnos a la polaridad. Elegir el amor y el bien común.

Son frases que repitió Carme Pérez, fundadora junto al también psicoanalista Jorge Robres, en la conferencia que sirvió de presentación de la fundación Advaita Luz, una iniciativa muy ambiciosa que pretende integrar a profesionales de muchas disciplinas para asesorar a las personas y ayudarles a reorientar su vida, darles ese soporte y ese acompañamiento que necesitan, y además con el objetivo ulterior de mejorar el planeta en su conjunto.

Debido a ello, la fundación no sólo se centra en el aspecto de la salud física o mental, sino también en el laboral y en el medioambiental. Inspirado en parte por la filosofía del cristianismo puro (no eclesiástico) y con un fuerte matiz de crítica social, hacia el poder establecido y el sistema, Carmen articuló su discurso ante una multitud de personas que agotó completamente el aforo bastante antes de que comenzara la conferencia, lo cual imposibilitó a otro buen puñado de interesados o curiosos acceder a la sala.

Personalmente, necesitaba recordar esas palabras, que por otra parte escuché hace años muchas veces. Recuperar conceptos como el exceso de queja, las presiones del entorno y, sobre todo, la toxicidad mental.

Y es que estoy rodeado de ese tipo de cosas todos los días. De gente vomitándome, exigiéndome, quejándose de mis actuaciones, y en ese maremágnum, muy de vez en cuando, sobresale un halago o un comentario positivo, de refuerzo. No sé si será porque tengo muy en cuenta este tipo de pautas que inundan casi todas mis relaciones e intento no repetirlas o bien porque al dedicarme a la enseñanza me esfuerzo por ser más empático, o simplemente porque no va con mi personalidad, que es lo que me gusta pensar, pero intento actuar de un modo totalmente opuesto a ése.

Me resulta odioso que la gente me agobie continuamente, muchas veces sin más motivo que la tiranía, el afán de dominación, la asunción de roles impositivos, la soberbia, el proteger el propio espacio, incluso el placer por agredir.

A la gente le encantan las normas cuando las imponen ellos. En cuanto a las que vienen de otros, los hay que las obedecen ciegamente sin ningún tipo de filtro y hay quienes las desprecian por sistema con la misma ausencia de reflexión. Las que vienen del poder coercitivo y social, esas sí, las respetan casi todos por temor al castigo.

Otras veces me exigen por el mero hecho de que yo les satisfaga, ya que están acostumbrados a eso. Cuando no ocurre, porque no he podido llegar a eso, porque he sido consciente de mis límites o bien porque he decidido establecerles ahí para protegerme, ellos se revuelven y me critican con fiereza, incluso cuando reconozco mi error y pido perdón.

Me reprochan el haberles fallado, el no haber sido suficiente. Asistidos por la razón que tienen, se muestran inflexibles y muestran una falta total de comprensión. “Sí, sí, está muy bien lo que me cuentas, pero entiéndeme tú a mí”, es el puto soniquete que me llena de mierda los oídos y el cerebro desde hace años.

Me reclaman lo máximo mis compañeros de trabajo, mis jefes, mis colaboradores, mi equipo. Da igual que haga 99, me piden el 100%. Tal vez querrían que esnifara coca como Carlos Alcántara para resistir el tirón, levantarme a las malditas seis de la mañana, a la hora de los perros del amanecer, porque nunca llego a la hora apropiada. Me tengo que conformar con el Ballantines como forma de vida.

Gimen mis amigas, se desahogan conmigo, y me dejan sin libido para mis amantes, que me exigen algo que ya no las puedo dar, y yo sólo pienso en dormir.

Muchos de mis amigos ya no me piden nada desde hace años. Pero llevo sus hipotecas arrastradas desde los tiempos en que lo hacían.

Me demandan desde mi familia, y da lo mismo que haga más de lo que debería. Mis primos me acusan por motivos de peculio, mis abuelos me aprietan el gaznate, mis tíos me piden que sea el eterno soltero, mis hermanos quieren que les lleve de viaje sin coste alguno, mis padres se consumen si yo me consumo y todos me consideran el negativo del clan, pese a que tengo los huevos cargados de optimismo y llevo oliendo a mierda ajena desde que me bajé de aquel tren de largo recorrido que no me dejaron conducir.

Hasta mi coche clásico, mi compañero más fiel, se me queja últimamente y se me ha declarado un par de veces en huelga.

Por suerte, no le dura mucho la rabieta. Y sigue surcando conmigo las calles, las avenidas, las carreteras, las autovías… Para llegar hasta donde los demás, el mundo, la sociedad, me impone sus reglas imposibles de cumplir en su totalidad o con excelencia.

Pago el impuesto de actos jurídicos documentados por cada una de esas garantías reales que tengo establecidas desde hace demasiados años, y por las nuevas que voy creando aun cuando creo que me van a liberar.

Los jueces del Supremo que supervisan los contratos y rigen toda esta parafernalia asfixiante me dan un mínimo respiro y me dicen que tal vez pueda liberarme de ese pago, pero rectifican al día siguiente. Corresponde al puto cliente, al jodido hipotecado correr con todos los gastos.

Entonces es cuando me doy cuenta de que lo que yo añoro de verdad es volver a esa ciudad del norte para decirle que la echo de menos, allí donde las únicas hipotecas serían las del mar y donde mi coche, aún no tan clásico, se asomaría a la cresta de la ola de su libre albedrío. El de Advaita Luz. El de Jorge y Carmen.

A esos tiempos en que mi única relación con los bancos sería sentarme para descubrir nuevas historias e inspirarme para las que yo contaría al mundo. Aspirar a ser el animal sin collar, como Natalia de Molina en esa Andalucía de miserias políticas y personales.

Y regresar entonces a esta ciudad de hipotecas, a la sociedad opresora, a la familia sin aire, al trabajo estresante, a las presiones de la vida a la que quieren que pertenezca y contarles de la única puta manera que sé mi visión del mundo. Escribiendo algo que jamás olvidarían. La historia anarquista y libre de mi propia alma. Sin reglas, sin hipotecas.

Y es que, mundo que me exigís, no os olvidéis de una cosa jamás. Algún día seré el escritor que nunca quisisteis que fuera. El que os hará firmar la hipoteca emocional que os vinculará a mí para siempre.

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Carta de un indignado por la subida del salario mínimo

Qué vergüenza de gobierno tenemos, de verdad. Malditos sociatas, si es que ya se sabía que no podían traer nada bueno a este país, que ya de por sí no hay por dónde cogerlo entre los negros saltando las vallas y los catalanes cagándose en la bandera, en el rey y en todo lo que nos une, mire usted. Ya sabíamos que el Pedrito estaba secuestrado por “El Coletas” y que los dos juntos, Picapiedra y Mármol, nos iban a llevar a la ruina.

Cómo se atreven a pactar unos presupuestos en los que se prevea la subida del salario mínimo hasta los 900 euros. ¡Pero qué quieren, llevar a la nación a la quiebra! Mírales, cómo sonríen los populistas de los huevos poniendo la firmita, el Pablito con su cara de cantautor rojo y el otro con esa pinta de anuncio del Corte Inglés de estos tiempos, porque, mire usted, ya ni el Corte Inglés es lo que era y hasta en los carteles promocionales que hacen fichan como modelos a rojos faranduleros.

Pero si es que es lo que dicen mis padres y mis abuelos, que en otros tiempos no se quejaba tanto la gente, y se cobraba mucho menos. ¿Qué 730 euros al mes por currar de camarero son pocos para vivir? Pues mire usted, a ver estudiao, hijo mío.

Como por ejemplo he hecho yo, gracias a Dios y al patrimonio familiar, que a ver si se creen ustedes que sacarme la plaza en ocho años no les ha costao pasta a mis viejos, o el máster que hizo mi hermana en la empresa en la que trabaja, que vale que la tenían ahorrada de cuando vendieron los cuatro solares aquéllos, pero vamos, que el despacho que tienen y en el que ni mi tata ni yo hemos querido trabajar para que no nos dijeran lo de hijos de papá, pero oye, que arrimamos el hombro lo que haga falta, lo levantaron con su sudor y esfuerzo, sin que nadie les regalara nada, y ayudando a que este país, que antes era santo y ahora es de los etarras, de los de la estelada y de los terroristas islámicos, se llenara de ladrillo y de gente que sabía estar allí para llenarse los bolsillos con él y con el suelo que había debajo.

Vale que estaba allí mi abuelo, militar y con buena pensión, pero vamos, mírale ayer en el desfile de la Hispanidad, sin darse un pijo de importancia, con lo que le debe este país a él y a otros tantos como él, y encima teniendo que comerse la mierda pa´ no escupir al Pedrito y a todos los de su calaña, la ministra esa de defensa, también corrupta y ladrona, seguro, como todos, y ojo, que yo no digo que los de la gaviota sean mejores, ni los del naranjito, que pa´ mí, ladrones todos, hay que meterlos en la misma box, que yo sé inglés, porque estuve un año en Manchester, y hasta era abonado del United.

El caso, que ahora vienen y que 900 euros y tal… Pero, hijo mío, no te das cuenta de qué te están engañando, qué quieres, si luego después seguro que no te los van a pagar, que te van a poner menos horas en el contrato y vas a currar lo mismo, y ya está, que quién hizo la ley, hizo la trampa, y bien lo saben el Pedrito y el Pablito, pero para hacerse la foto les viene de puta madre, así ganan votos de los rojos ignorantes como tú.

Ahora, una cosa te digo, la culpa de todo eso la tienen los moros, los africanos, los búlgaros y sobre todo, los rumanos, que menuda gentuza que son, los peores, y claro, son los que aceptan esa mierda y por eso el salario mínimo es el que es, pero mira, hijo, pues te ajustas el cinturón como hemos hecho todos alguna vez, yo también cuando no podía salir de fiesta porque tenía que estudiar y concentrarme para el preparador que les costaba 200 euros al mes a mis padres, menos cuando había bodas y cumpleaños y bautizos los findes en la urbanización, ¿eh?, que entonces ahí sí que me desfasaba un poco, pero claro, porque también me lo había ganado y merecido me lo tenía, digo yo, ¿no?

En fin, que estás engañado, encima de ser un podemita, un rojeras y un perroflauta, tonto del culo, te cae todo, porque no vas a ver 900 euros al mes en tu puta vida. Pero bueno, bien empleado te está, por no haber estudiado y creerte que con una FP o el Bachillerato podías llegar a algo, desgraciao.

Y oiga usted, que los hay peores, como ese que dice que se paso 39 años y no sé cuantos meses de albañil y ahora se queja porque está en el paro desde lo de la crisis del ladrillo, que la causaron encima gente como él que seguro que porque se vieron con cuatro euros en el banco pidieron una hipoteca al 120%, y dice que con 426 euros que le dan los de la Junta de Castilla y León no le da para vivir y no sé qué hostias más. Y los jueces, que también están al servicio de la extrema izquierda, encima le dan la razón, aunque es papel mojado como todo lo que dicen, porque esos 200 euros a mayores no se los va a pagar ni Dios.

Joder, con lo fácil que se soluciona eso, se le da un curro picando piedra, parecido a lo que hacía antes y ya está… A él y a todos los que se quejan también. Eso sí, sin piso propio ni hostias, en edificios abandonados, que hay muchos, donde estén todos muy juntitos para darse calor humano, y parte del sueldo que se lo quede el Estado por el alquiler, que no vamos todos los españoles a ser encima de putas a ponerles la cama… ¡Qué hubiera estudiado coño, que con 16 años se vio con cuatro duros y ya se creía el rey de Roma, si no me conoceré yo a esos paletos provincianos que se vienen arriba enseguida!

Y es que, mire usted, es el problema de este país, que todo el mundo quiere llegar a ser de todo por su cara bonita y eso no puede ser. Algunos nacemos para ser algo en la vida, y que conste que yo no es por alardear, ¿eh?, que cuando me compré el coche y la casa sólo subí un par de fotos a mi Insta y las compartí en el grupo de Whatsapp de la urba y ya, que yo soy muy humilde, ¿eh?, y otros pues vienen al mundo para ser unos desgraciaos, de no ser que tengan mucha suerte (que España está lleno de tipos con coña, y arrimados también, pero que se les ve que no saben hacer la “O” con un canuto), siempre ha sido así y así seguirá siendo, por mucho que “El Coletas” y su secuaz el Pedrito suelten propaganda, bulos y milongas haciendo ver que eso va a cambiar.

Mire usted, aquí en España lo único que no va a cambiar es que los hay que cobran una puta mierda y otros que vivimos a cuerpo de rey porque nos lo hemos ganado. Y porque nos sale de los santos cojones. Y punto.

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Mitos de la vida circense

Reconozco que toda mi vida he sido un tío mitómano. Mi creencia en cosas que van más allá de lo físico pero que están conectadas a alguien real o a una proyección fantasiosa me ha perseguido siempre. Con los años, me he vuelto algo más pragmático y la tendencia se ha ido desviando, pero aún así llevo eso dentro.

No obstante, es cierto que quizá en los últimos años de mi vida me siento mucho más identificado con la caída de los mitos que con su ascenso. Ver como las grandes construcciones mentales de la sociedad, de un grupo humano o de las personas individuales se derriban me produce un extremado interés, especialmente cuando lo expresan cineastas, autores literarios o cantautores.

El otro día revisité al mayor exponente que para mí hay en castellano de esta última categoría de artistas, Joaquín Sabina. Cierto es que lo hago cada poco tiempo. No elegí un álbum de los más populares o reconocidos, sino uno en el que precisamente habla bastante de los mitos caídos y que fue de los que peores críticas recibió de toda su carrera cuando lo publicó hace ya casi 10 años, Vinagre y Rosas.

Se dijo entonces que era un compositor acabado, que sólo cogía energía gracias a las dos colaboraciones de Pereza en el disco y que su capacidad como letrista había descendido porque “ya no se metía” y le faltaba una vida excitante e infeliz para poder contarnos historias de la vida pendenciera, subterránea y clandestina, casi como él mismo, veintidós años antes, había clamado irónicamente en su tema Oiga, Doctor.

Sin embargo, a mí me encanta ese LP. Llegó en una época muy determinada de mi vida en que a mí también se me habían caído muchos mitos, estaba en la búsqueda confusa de otros y necesitaba canalizar esas emociones de tristeza y melancolía a través de algo.

Estaba en plena fase de creación de El Secuestro de la Esperanza, una vez que la vida me había quitado cruelmente La Máscara del Mundo con la que equivocadamente creía protegerme del mismo. Es muy posible que ahora esté en un período similar, esperando que alguien Rescate a mi Generación Perdida y los Ladrones de la Memoria no nos ganen la partida.

En el álbum hay canciones como Crisis, que destroza de una forma contundente pero con ironía made in Sabina la milonga del desastre financiero y lo baja al nivel de calle, o Agua Pasada, sobre lo que queda tras el amor y la separación (lo peor son las habitaciones separadas, que no seas tú entre todas las mujeres, que la cuenta esté saldada).

Pero sobre todo está la canción que da título al disco, un tema que pasó totalmente desapercibido en su día y que no figura ni siquiera entre los cincuenta más solicitados del repertorio sabinero. Ninguno de sus seguidores lo pediría probablemente en un concierto. Yo quizá tampoco, porque prefiero escucharla en la soledad y la decadencia de una noche de otoño, rodeado de silencio, en una habitación o mientras conduzco por una carretera solitaria.

Al ritmo pausado de una guitarra con acordes que evocan una melodía de caja de música, Sabina va cantando a la realidad de una compañía de circo venida a menos, en la que hay un trasfondo que desmiente bastante la esperada apariencia de alegría. Hay una tristeza latente, un telón de miseria, desdicha y sabor agridulce (de vinagre, aunque también haya dulzura de rosas) “a la hora de cenar”. Lo utiliza como metáfora del final del amor, el mayor mito del mundo.

El tema, cantado con esa voz tan rota de un Sabina ya muy aguardentoso y afectado por el exceso de tabaco (y que contribuye aún más a esa sensación de quiebre maravillosa), me transmite una sensación incomparable de añoranza de una vida mejor que en realidad nunca existió desde mi prisma de tipo siempre en movimiento, buscando algo más, pero enfangándose en las derrotas y los fracasos. Es la posición del romántico perdedor que sin embargo adora ese toque de bohemia melancólica.

Para mí, la vida en realidad es un circo bastante desastroso donde cada uno hace de todo para sobrevivir o para conseguir su concepto de supervivencia. Pero el mundo, la sociedad actual, adolece de esa triste calidez que desprenden las letras de Sabina. Es fría, impersonal y la mayor parte de las veces implacablemente indiferente.

Cuando la pérdida te rodea por todos los lados y tu “pólvora está empapada de tanto decir adiós”, al menos esperas que el otro lo sienta, que no seas tú el único que te reveles y alces la voz, “maldita ley del embudo, no valgo menos que tú”. Pero no, la gente continúa con sus vidas de una manera totalmente aséptica, como si le importara una mierda que ya no estés ahí, que “Polichinela se haya fugado con Arlequín”.

Es la lamentable lógica del consumismo y la pirámide de clases. De la deshumanización y el asesinato de la lírica. Ya casi nadie cree en los mitos y a mí se me han evaporado casi todos los de carne y hueso que tenía. Me quedan los del mundo ideal y por supuesto, aquellos que están lejos de mi alcance. Esos son intocables. Como el propio Sabina y su figura icónica, llena de imperfecciones y de desastres que le hacen todavía más grande. Lleno de poesía.

Y es que algunos preferimos ser “mariposas de arrabal que nunca aprenden a volar”, pero que lo intentan todos los días. Aunque cuando hayamos aprendido a “tragar fuego”, el circo ya se haya pirado “de Albacete a Nueva York”.

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Un lugar para románticos

Mi primo, que es mi hermano, siempre dice que ningún objeto material o espacio físico merece una vinculación emocional. Ni siquiera una casa. Yo sé que se trata de una postura extrema que en el fondo ni siquiera él mismo se cree totalmente, pero que le gusta defender por herencia materna y porque así se protege de las ataduras materiales, lo cual, no se puede negar, tiene un lado muy beneficioso para él y le ahorra sufrimientos.

Pero todo el mundo que conozca algo de psicología y que haya estudiado la ciencia del comportamiento humano, la manera en que se establecen las conexiones de nuestro cerebro y el modo en que éste establece puentes con el mundo exterior, sabe que nadie, ni siquiera el más extremo trotamundos, cual Christopher McCandless “hacia rutas salvajes”, es capaz de evitar esas ligaduras con determinados objetos, y sobre todo con algunos lugares. Especialmente si tienen un carácter transicional, según la definición que el pediatra y psicoanalista inglés Donais Woods Winnicott creó a mediados del siglo XX.

Tengo mis dudas de si Winnicott pensó en los adultos a la hora de establecer ese concepto. ¿Pueden personas hechas y derechas, no infantes, generar ese tipo de afectos hacia algunos lugares? ¿Dotarlos de ese carácter de protección, en ausencia o sustitución de la madre o, me atrevería a ampliar, de la familia?

No tengo ni idea, pero sí conozco algo acerca de cómo descubrir historias y contarlas. Y algunas tienen la capacidad de sorprendernos, incluso cuando parece que la imaginación está perdida y esos niños que fuimos ya no están aquí para hacer que miremos el mundo de una manera un poco menos fría.

Existe un lugar en el corazón de la ciudad en la que vivo donde se guarda uno de sus mejores secretos. Es un piso situado cerca de la iglesia más antigua de la ciudad, de cuya construcción original todavía resiste la torre, que se salvó de la quema, del gran incendio. Está en un edificio anodino, tirando a feo, de esos revestidos de tosco ladrillo y balcones feos y desgastados, que prácticamente nadie se pararía a mirar.

Sin embargo, lo que encierra dentro es para mí puro lujo. Es el lugar en el que encontré mi refugio personal. Sucedió en un momento muy determinado en el que necesitaba recuperar algo parecido a un hogar. A diferencia de la mayoría de la gente, lo hallé en un ambiente laboral, y no doméstico.

En vez de dormitorios, pequeñas aulas en las que se condensaba algo más que conocimiento. No había comedor, pero en un pequeño despacho con poca luz a mí me dieron el alimento más importante que existe, el espiritual, justo cuando mi fe estaba más en entredicho, resumido en un concepto que para mí casi era un fósil, la confianza.

A la entrada, no había un recibidor con espejo, pero sí un pequeño mueble donde casi siempre reposaban unas velas que olían a incienso. El aroma de la eterna sabiduría que se encierra en esas cuatro paredes, condensada en una pelirroja que tiene la dicción perfecta de sus raíces castellanas, pero recita el francés como su admirada Brigite Bardot.

Ella encarna mejor que nadie lo que es ese lugar. Su propia historia es la del sitio cuya fundación no se entendería sin ella. Si no existiera, habría habido que crearla. Cuando se arrendó ese lugar, su versión educativa de Isabelle Huppert ya estaba allí.

Ha vivido tantas transformaciones que podría haber escrito un máster sobre sucesión empresarial y sus figuras jurídicas asociadas, algunas veces marcadas por el surrealismo. Profesores que tuvieron en sus manos la gestión del lugar, del secreto, que aún así siempre ella, al lado de ellos, guardaba como el tarro de las esencias, de su incienso, bajo la llave de su acento de la Rue Muffetard.

Sin embargo, ni siquiera ella sabía lo que el destino le deparaba a su querida academia. Un buen día, se asomó al borde del abismo. Parecía que todo se había terminado y ella se marchó ese verano a la antigua Galia pensando que jamás volvería a pasearse por su balcón, a mirar el patio interior, mientras, cigarrillo en una mano e infusión en otra, pensaba en sus chicos y chicas, potenciales Alain Delon y lloradas Edith Piaf.

Poco podía imaginar ella que ese otoño de la melancolía una de sus antiguas alumnas vendría a rescatarla. Veinte años antes, la ingeniera que cambiaría las frías máquinas industriales por una cálida fábrica de conocimiento había aprendido a querer ese lugar. Y no lo iba a abandonar a su suerte. Ambas empezaron a caminar juntas y, una vez más, al ritmo que marcaban los exámenes de recuperación de septiembre, se unieron para salvar a unos cuantos estudiantes descarriados y demás despojos a nivel educativo. Dijeron ciao, salut, hi, hallo, alô de nuevo.

Se sucedieron años mágicos, que fueron los que yo tuve la suerte de conocer. Cursos en los que los antiguos apellidos trajeron a otros con los que compartían alguno, hubo felices retornos que nunca dejaron de lucir en la foto navideña de la mesa de ella, “la eterna” del país de las maravillas, quien nunca dejó de esperarla, y en los que la familia volvió a sonreír al ritmo que marcaban vinos, cañas y futbolines del desapercibido paraíso radicado en los intestinos de la capital del Pisuerga.

Hice simulacros de Halloween en pleno corazón de Castilla a mi manera poco americanizada, usé el inglés como si tomorrow never comes, tuve White Christmas con Lady Bird rodeados de azul, me reí mientras cometíamos little crimes y toqué mis acordes favoritos de sueños lentos y aviones veloces justo antes de que el verano nos engullera y el lugar entrara en una dulce pero imparable decadencia.

Mientras tanto, la vida había ido pasando y, sin darnos cuenta, entre exámenes de Cambridge, competencias desleales y algún que otro arrivederchi inesperado que no tuvo su revanche apropiada, nos habíamos quedado demasiado solos.

Pero aún teníamos una familia y una casa. Y la seguíamos queriendo como era. Sólo hacían falta unas reformas y la ilusión de que alguien las llevara a cabo. Y en esa serie increíble de acontecimientos guiados por una mano en la que algunos jamás hemos creído, me tocaba a mí asumir el papel del interiorista emocional. De nuevo la cadena se alimentaba a sí misma o de sí misma.

La intrahistoria de cómo tal cosa pudo ser posible daría para llenar muchas más líneas, tal vez otra de mis novelas, pero baste decir que, cómo no podía ser de otra forma, la ocasión se presentó en forma de coincidencia ajustada en tiempo y espacio de una forma tan precisa que casi pareció cosa de brujas. Recibí una comunicación de alguien que había sido uno de los ocupantes fundamentales de ese lugar mágico y, sin ser él consciente de lo que hacía, me ofreció la oportunidad que necesitaba justo cuando estaba a punto de tomar una decisión que me habría hecho imposible dar el paso.

Él, sin saberlo, influyó de manera definitiva para que se pudiera salvar nuestra academia, que también había sido la suya. Me devolvió la ilusión e hizo que viera la puerta abierta para dar rienda suelta a mi verdadera personalidad, esa que la mayor parte de las veces inunda el espíritu de esta Buhardilla, para bien o para mal. No en vano, la gente siempre me ha dicho que soy un romántico. No podía defraudarles, y sobre todo no podía defraudarme a mí mismo. Debía actuar en consecuencia.

Sin embargo, no fui consciente del todo de lo que había hecho hasta que mi Lady Bird particular me vio el otro día en nuestra clase azul, desde su exilio universitario, llena todavía de vértigo por el vuelo. Su rostro de sorpresa, sus comentarios llenos de añoranza, su risa me lo dijeron todo. Jamás pensó que me volvería a ver allí, ni que yo tal vez la estaría esperando a que volviese.

Supongo que tenemos un toque algo endogámico y, si bien hay que ser conscientes de que tenemos que abrirnos mucho más al exterior, nunca perderemos ese matiz. A fin de cuentas, es nuestro secreto mejor guardado. El que hace a este lugar diferente y especial. Y el que le ha hecho sobrevivir tantos años pese a haberse asomado al precipicio en demasiadas ocasiones. Lo dicen siempre mis dos amigas, tan distintas, tan iguales, tan French and Maths, tan Física y Química, las que lo han mantenido latiendo antes que yo. Este sitio tiene algo. Incluso mi primo, que es mi hermano, lo sabe.

De hecho, yo lo conocí a través de él, que, como no podía ser de otra forma, también fue parte de su familia. Nunca podré agradecérselo lo suficiente. Ayer, mientras hablábamos y se lo contaba, cerré el círculo con sus palabras, llenas de romanticismo. No sé si habrá que volver a pararlo, pero de momento sigue girando. Aseguro a quien quiera subirse que no se arrepentirá.

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