La cucaracha de la Hispanidad

Ayer por la mañana, mientras desayunaba en una cafetería, comencé a escuchar una voz gutural y cavernosa que inundó rápidamente todo el local. A diferencia de las voces graves y misteriosas que narran los cuentos, esta era desagradable. Tenía sonoridad y desgarro, pero ni una pizca de lírica. Sólo potencia y volumen sin control.

De no haber carecido de toda musicalidad, habría sonado a hardcore procedente de las catacumbas del país. No salido de un local de ensayo instalado en un garaje o en una nave industrial, sino directamente desde la gruta de la que últimamente emergen a la superficie cada vez más animales patrios que parecían extintos, aunque algunos sabemos que, como el oso, tan sólo hibernaban esperando que llegase su particular primavera.

Él sin embargo dirigía su saña contra otro tipo de criaturas más modestas y de presencia menos apabullante, aunque muy temidas cuando marchan en formación. “Hay que aplastar a esas cucarachas”, bramaba.

Y hablando de formaciones castrenses, no me había fijado en el día que era hasta que reparé que el interfecto hablaba dirigiéndose a la televisión, que emitía el desfile de las Fuerzas Armadas.

Entonces, ya entendí el resto de su discurso, que por cierto iba principalmente dirigido a su acompañante, un hombre delgaducho de aspecto famélico y barba raída que tenía una boina calada y parecía prestarle tanta atención como uno se ve obligado a prestar a un ogro en la peor de sus pesadillas.

“Nuestra Guardia Civil y nuestro ejército, ahí los tienes, pero no les dejaron aplastar a esos maricones como a cucarachas, hijos de puta”, trenzó su nuevo pedo verbal, versión más olorosa del anterior, con claros síntomas de descomposición y putridez oral.

Pronto me di cuenta de que se refería a los independentistas catalanes, si bien hubo un momento dado en el que, repantingado en su taburete, la emprendió en similares términos contra los socialistas, los de Podemos y los rojos en general. “Estos que se cagan en España, hijos de puta, maricones, hay que machacarlos”, insistió alguna que otra vez.

Su nivel de enervamiento creció bastante cuando apareció Pedro Sánchez y, mimetizado con cierta parte de la masa congregada en Madrid que abucheaba al presidente en funciones y coreaba hijo de puta, él se vino arriba, que no España.

En realidad, su lenguaje variaba poco, sólo viraba entre la imagen del aplastamiento y sus loas a las fuerzas y cuerpos de seguridad, no sólo a los antes mencionados sino también a la policía nacional (“eso sí es gallardía y hombría, y no tanto maricón como hay por ahí”, decía). Asimismo, mientras miraba las imágenes, no se cansaba de explicar a su amigo, familiar o pobre desgraciado que había tenido la mala suerte de juntarse en el camino con un tipejo como aquél, lo maravilloso que era ver marchar al Ejército en aquel acto.

Yo no entraré a discutir este último punto, porque aunque yo no sea un entusiasta de lo militar, reconozco belleza en la disciplina y el conjunto de los movimientos y sobre todo mucha preparación, esfuerzo y voluntad previas. Ya sólo por eso merece ser valorado incluso por los que pensamos que el mundo sería mucho mejor si no hiciera falta tener ejércitos, si bien también reconocemos que a día de hoy no pasa de ser una utopía.

No obstante, la exaltación de individuos como el que podría haber hecho que se me atragantara el desayuno en tiempos en los que yo tenía peor estómago y bastantes menos tragaderas que hoy (algo que da el tiempo, la madurez y el cinismo) me parecen repugnantes y contribuyen a que los que sentimos desapego por todo ese mundillo de órdenes, rigidez y respeto a una bandera nos distanciemos aún más y lo cojamos repelús.

El problema no es que se celebre un Día de la Hispanidad (aunque debería ser una fiesta en la que participara todo el pueblo latinoamericano para perder todo el tufo colonizador que aún posee), el problema es el sentido que lo dan seres despreciables como aquél.

No creo que sean cada vez más numerosos, porque siempre han existido y existirán, sino que han encontrado un espacio mediático y político en el que saben que se les vuelve a hacer caso, y por eso ellos se hacen notar sin el pudor que quizá llegaron a sentir hace diez o quince años, cuando la inercia democrática parecía que los condenaba a la desaparición.

A mí me parece fenomenal que cada uno se exprese en los términos que quiera y que  critique lo que no le gusta, desde cualquier perspectiva ideológica. Igual de derecho tiene alguien a decir que no le gustan ni el Ejército ni la bandera o que no se siente español y quiere separarse, como otros a ensalzar esos mismos cuerpos y símbolos y a abogar porque se proteja la unidad de la nación.

Pero una cosa es ésa y otra el fanatismo violento de especímenes como ése, que además era claramente homófobo, y al que no obstante nadie interrumpió ni pidió que se callara o bajara la voz, como sin duda alguna hubiese ocurrido en el caso de que un extremista de izquierdas se hubiese expresado en similares términos en contra de la celebración.

A un hippy perturbado no se le tiene ningún miedo, se le considera un perroflauta desarrapado excluido de la sociedad y sin ninguna influencia en ella, pero a un fascista de camisa blanca con apariencia de tener posibles se le tiene aún cierto respeto (y simpatía) en ciertas zonas provincianas del interior del país. Y además ya sabemos que en mi querida y denostada Pucela abundan ese tipo de entes jurásicos.

Como era de esperar, en un momento dado no faltaron sus referencias a la exhumación de Franco, al cierre temporal del Valle de los Caídos y mezcló todo ello con su propia bilis y el odio hacia los rojos, catalanes y maricones. “El Ejército y la Guardia Civil, sobre todo la Guardia Civil, los aplastará. Mira la bandera, qué maravilla, otros se cagan en ella, me cago en la puta, mira qué bonita es, hay que protegerla”.

Por desgracia, no me quedé a ver cómo reaccionaba cuando sucedió el desafortunado incidente del paracaidista que chocó contra la farola portando la enseña rojigualda. Creo que habría dicho algo así como, “¡pero que lleva la bandera y eso es sagrado! A ver si se aplasta contra el suelo esa cucaracha…. Maricón”.

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El sarpullido

Dicen que es en primavera cuando aparecen este tipo de manifestaciones que alteran la estabilidad cutánea. Son alergias repentinas provocadas por la liberación de histamina. Pero en mi caso fue la decadencia amamantada del otoño la que me provocó la dermatitis que aún a día de hoy se niega a remitir del todo.

Para ser totalmente precisos, surgió a mediados de septiembre, tras una noche loca en las festividades de cierta población castellana hundida en mitad de la Meseta. Había bebido en exceso. Como tantas otras veces soltaba las campanadas de mi fin de fiesta y luego las bloqueaba para que dejaran de sonar.

En uno de estos arrebatos de urgencias extemporáneas, me adentré por los recovecos olvidados de la madrugada casi olvidada. Más de quince años me contemplaron y me vi de nuevo ante aquella estampa de feria poligonera con el humo artificial de los pedos dulces y los choques de autos.

Y como ídem y a diferencia de entonces, decidí ir al cuerpo a cuerpo, colisionar de frente, a ver qué coño sucedía. Lo que pasó, pasó, pero no entre tú y yo. Me escoció como un gramo de bicarbonato sobre una úlcera silente.

Tal vez en aquella escaramuza por el pasado y el espejo que me reflejó en la cara como una hostia de destellos tras casi dos décadas, estuvo el origen de los granos.

Al principio, no les di mucha importancia. Eran rojeces de apariencia inofensiva que podía combatir con simples caricias. No me molestaba su irrupción espontánea ni las ganas de emerger cual pelillos sobre rostros imberbes. Les dejé hacer a sus anchas y no les concedí el crédito que tal vez se merecían desde el principio.

Pero como si fuesen una especie de Stephen Curry, cuyo picorcito se convierte en eccema y después en erupción, su eclosión fue meteórica y antes de tres días se me habían esparcido por toda la zona derecha del tórax. Formaron un ejército compacto de apariencia volcánica que adquirió la figura y el tamaño aproximado de un corazón. El otro, el viejo, permanecía impasible. Ni se inmutaba el muy cabrón. Tal hipocresía le hizo aún más culpable.

En una primera exploración, se pensó que podía tratarse de un herpes, pero ante la ausencia casi completa de prurito, supuración o coloración blancuzca (aquello estaba carmesí, escarlata, era puta lava), lo descartaron. Tampoco sufría el intenso dolor que aseguran que provoca ese tipo de infecciones. Tan sólo ese persistente, incómodo e insolente picazón. Curry encestando triples uno detrás de otro, poniendo patas arriba el encuentro con mi piel.

Con el paso de los días y una pomada que me pautaron, aquellos compañeros de viaje se fueron debilitando y perdiendo vigor, eso sí, con exasperante lentitud. Perdieron su juventud, traspasaron la madurez, se fueron haciendo viejos. Se secaron, pero extrañamente no se extinguieron, como mandaba la lógica natural. Incluso hubo un par de pequeñas recidivas y remontadas entre épicas y agónicas.

En ese tránsito, el runrún encorajinado que suele acompañar la parte más visceral de mi ser parecía transmitirles fuerzas renovadas, les impedía morir.

Tal vez mi error fue pensar en ese momento que debían largarse de mi cuerpo y esfumarse, volatilizarse como si fueran vapor, dado que venían de algo intangible e indefinido.

No me di cuenta de que debían fundirse en mi pecho. Retroceder hacia una edad en la que fueron concebidos sin polvo previo, cual elementos virginales sobre un caparazón angelical que en el fondo había nacido para ser diablo.

Anteayer intenté hacer que tal cosa sucediera. Me puse frente a mi historia de fin de siglo repleta de leones, de archivos adjuntos y de leyes en las que sólo tú creíste.

Traté de soltar las ronchas de mi piel para después retenerlas en un ejercicio de prestidigitación en el que curiosamente no sentí vértigo ni miedo a caerme. Ni siquiera a perder el equilibrio. Se ve que me he vuelto algo más valiente con los años en ese tipo de lides, quizá a base de coger impulso desde la temeridad que siempre ha guiado mis pasos en otros ámbitos.

Algunos dirán que mi lengua se dejó llevar, o que mi espíritu retiró el cinturón de seguridad de la contención, pero la realidad es que luego me monté en mi coche clásico, igual que entonces –pero para ser honestos, esta vez no descendí desde el cerro hasta los infiernos de la ciudad, reduje velocidad y ni siquiera derrapé–, y lo único que podía cantar a gritos era esa vieja canción de Barricada que reza “las lentejuelas brillan demasiao, tu rollo es puro montaje”.

Quiero pensar que no me la dedicaba a mí mismo, sino sólo a mi sarpullido, que hoy, aunque tímidamente, parece haber descendido un poco más y está más callado que nunca.

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Inconsciencia medioambiental

Se podría decir que a la gente ya no le importa un rábano, pero las manos tampoco forman precisamente un bosque. Como mucho llegan a arboleda discreta. Desde luego, no hay motivos para ponerse en plan alegría de la huerta. Sube más rápido el nivel del mar que el de la marea que protesta contra el cambio climático, ya conocido como emergencia climática.

Los datos dicen que las manifestaciones tuvieron más impacto mediático que presencia real, tanto de estudiantes por las mañanas como de gente en general por las tardes en las diferentes ciudades españolas. Tal vez en las grandes capitales como Madrid, Barcelona o Bilbao la cosa fuera bastante más importante, pero en sitios de provincias como Valladolid la cosa no pasó de ser algo más numerosa que otras veces.

No hay comparación entre el seguimiento de las protestas para exigir medidas contra la situación medioambiental y el que tienen otras marchas que reivindican soluciones para otros asuntos como el déficit sanitario, el desempleo, la violencia machista o el terrorismo.

No deja de resultar curioso en tanto en cuanto, y sin quitar un ápice de gravedad a los temas comentados –especialmente a los asesinatos y agresiones sexuales a mujeres, que es tal vez la mayor lacra social que tiene España en estos momentos–, la catástrofe que lleva aparejada el calentamiento global es sin duda el mayor problema que tiene ahora mismo el mundo en términos generales. Más aún que la robotización del trabajo, los conflictos bélicos, la hambruna o la discriminación por raza, género, religión u orientación sexual.

Y sin embargo, personas con supuesta conciencia medioambiental fuerte como yo no asistimos a la manifestación de ayer en Valladolid, que concentró en Fuente Dorada a medio millar de personas. Por la mañana, los datos fueron aún más deprimentes. 300 estudiantes de los más de 6.000 que decidieron no acudir a las aulas, según datos del Norte de Castilla. Los otros 5.700 quedaron para desayunar, dar un paseo o simplemente se quedaron en casa durmiendo, estudiando o jugando a la Play.

Personalmente, creo que a la mayor parte de la gente nos la pela por completo el asunto, por mucho que nos esforcemos en decir lo contrario. Somos unos putos hipócritas que vamos por el mundo pregonando que el asunto va a joder las vidas de las generaciones futuras, que nos vamos a cargar el planeta y miles de consignas manidas más que sólo sirven para alimentar nuestra buena opinión de nosotros mismos y para aliviar nuestra sensación de culpabilidad.

Obviamente los gobiernos tienen mucha más responsabilidad que los seres humanos individuales. Claro que las grandes corporaciones, las petroleras, las empresas energéticas y demás ralea tienen mucha más incidencia en este drama que nosotros, seres individuales. Pero no nos engañemos. Seguimos conduciendo coches que contaminan, comprando productos fabricados en lugares que contaminan, usando plásticos, lanzando mierda a la atmósfera y polucionando con nuestros pedos verbales, que al final son los peores de todos.

Todos intentamos cambiar pequeñas cositas. Ahorrar un poco de agua por aquí, usar bolsas de papel, reutilizar, etc. Pero luego después a la hora de la verdad sabemos que esos pequeños gestos son inútiles, ya que en el contexto global de nuestras vidas vivimos en ciudades de mierda que han dado la espalda a la naturaleza. No comulgamos con ella y nos la resbala que se quemen miles de hectáreas todos los veranos, que se arrasen montes o que se haya hundido otro petrolero jodiendo un ecosistema más.

Yo personalmente me he vuelto un cínico y un escéptico. Un vendehúmos que últimamente ya ni cree en lo que dice, porque lo dice con la boquita para fuera. Mi único consuelo es escribirlo, desgarrarme en este caso sobre las teclas y plasmar de la única forma que sé mi negatividad y la distancia que he cogido respecto a todo lo que es verdaderamente relevante en este mundo.

Estamos rotos y quemados, como los bosques, como el mar y como la lluvia, que cada día es más caliente y refresca menos. Vivimos en una sociedad paranoica donde no nos importa nada más que llegar al día siguiente con una falsa sensación de seguridad y estabilidad. Maltratamos a nuestros padres, amigas, primos y a nuestro propio hermano el viento y el mar, que cantaban los Celtas Cortos. Ayer quería escribir una canción sobre ello, pero se me olvidó entre la vorágine de tanto desecho de fin de semana.

Sólo cuando escribo me siento auténtico. Lo demás en mí se ha convertido en pura fachada. Y por eso escribo esto. Para conservar algo de mí. En esta tarde de sábado otoñal usualmente veraniega en la que muchos pasean por los parques con los niños y otros intentamos llegar a ver las ramas de los árboles, percibir el bosque… Aunque ya hayamos renunciado a ver las estrellas.

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Viejos y Modernos

Me ha costado mucho publicar esta canción. La grabé hace dos años y medio. Tenía greñas, bastante más barba que ahora y la camiseta que luzco en el video aún tenía buen aspecto.

Estábamos a caballo entre el invierno y la primavera y elegí ese lugar en Parquesol, con vistas al antiguo Continente, por una cuestión de ubicuidad. Salía de trabajar de un lugar bastante cercano y me pareció que la panorámica y la soledad soleada del entorno adornaban bien el espíritu de tarde plomiza que encarnaba el tema.

Sí, en efecto es una pieza bastante dominguera. Si yo fuera un músico de verdad y tuviese unos arreglos en condiciones, creo que la podrían haber firmado cantautores indies algo pesadotes como The New Raymon, Ligula, La Bien Querida, Xoel López, Zahara, Amaia o Jero Romero. Es una canción cansina que gana a la segunda o tercera escucha.

Esa es la razón por la que he tardado tanto en subirla a mi canal. La verdad es que me ha venido bien esto de complementar los videos con una entradilla explicativa sobre los mismos porque en este caso necesitaba quitarme algo de vergüenza o justificarme de alguna forma a través de estos párrafos.

Esa quizá es la palabra clave. Vergüenza. Me daba algo de vergüenza esta canción por lo alejada que está de mi estilo habitual. No tiene nada de rock, muy poquito de folk y casi nada de los giros autorales clásicos que, tanto en los acordes como en la voz como a la hora de escribir las letras, suelo meter en mis canciones.

El propio texto está completamente imbuido por el indie, ya desde el título. Es una oda al modernismo más naif y happy, aunque, como mandan los cánones de estos tiempos, está visto desde la perspectiva de alguien que lo detesta, protagonista de la primera estrofa, y de alguien que lo adora, protagonista de la segunda, para terminar ambos estableciendo un diálogo en el que se fusionan al final de la canción. Para ilustrar esto, hay una aparición estelar completamente improvisada en los minutos 2:28 y 3:30 y que tuvo algo de mágico.

No pueden faltar las referencias a la tecnología, a Internet, a las Redes Sociales y a las mareas colectivas, para completar el puzle empalagoso e ingenuo de una historia que suena completamente a Siglo XXI. Con sus ganas de cambiarte el rumbo.

Como curiosidad, comentar que cometo un error al cantar el segundo estribillo, que ni siquiera corregí cuando grabé el audio del tema para que no se notara mucho el desajuste con el video. Digo “niños perdidos, Peter Pan. Hashtag #afilacapitán”, lo cual no tiene demasiado sentido, porque la letra que escribí dice “hashtag #nomasPeterPan afila el garfio capitán”, una tonta metáfora sexual. Más abajo podéis encontrar la letra completa.

Lo cierto es que nunca he escrito algo tan optimista y ñoño, no hay ni un ápice de mi mala leche habitual, ni de crítica, e incluso la nostalgia está pasada por el filtro de la luminosidad. De hecho, la mayor parte del tiempo esta canción me parece de otro. Todavía a día de hoy cuando la toco y canto me cuesta sentirla como mía.

Pero la realidad es que lo es, que está influenciada por ese tipo de música alternativa y gafaspastera con la cual nunca me sentiré identificado pero que indudablemente escucho, me gusta y me ha influido de forma ocasional a la hora de hacer temas y claramente o de forma muy intensa en este.

No es mi género favorito, pero desde luego lo he seguido mucho en los últimos años y es normal que esté presente en lo que hago. Así que, me he quitado los prejuicios de encima en este primer domingo otoñal, y tal vez por la decadencia que se asoma –si bien, yo siempre la siento muy cerca, tanto como el renacimiento y el resurgimiento–, he optado por dejar atrás los complejos y mostrar este artefacto al pequeño mundo que me sigue.

Pero que quede claro que yo no soy moderno, y mucho menos viejo. Soy el del espejo, y más que nunca en este otoño, en el que estoy extrañamente vivo y escasamente cuerdo, esperando con anhelo el próximo encuentro casual que me rescate.

 

Es una desgracia que no me puedas mirar

Es bastante trágico que no me quieras ni hablar

Sé lo que pasó entre tú y yo

Pero me parece bastante infantil conservar el rencor

Cielo, ¿por qué no nos vamos a tomar el sol?

Y olvidamos y soñamos,

Sin privados ni recatos.

Y contamos mil historias

De lo viejos que somos

De batallas sin celos

De cronistas de miedo

De payasos en celo

 

Hoy me iré tarde a acostar

Leche en polvo en Nunca Jamás

Niños perdidos a jugar

Mi campanilla sin Prozac

 

No me gusta ni una pizca

Que me vengas con mentiras

A pesar de los pesares

Te quiero tanto que me entran los siete males

Deja de imaginar, déjame repensar

Deja de naufragar, deja de quemar las naves

Caronte esta noche puede esperar.

Bienvenido al siglo XXI

Con sus ganas de cambiarte el mundo

Vamos enciende el ordenador

Pasa de los cables, la conexión

Fiesta vintage en el salón

Modernidad estomagante,

Siempre variando el rumbo fijo de tu evasión

Cariño por qué no me das calor

Y bailamos, y cantamos

Unas demos de Just dance sing star

Y grabamos mil victorias

Tutoriales del sexo

Contenido viral

Trending topic del pueblo

Tendencia en la ciudad

 

Hoy no me pienso ir a acostar

Polvos de hada en Siempre Quizás

Hashtag #NomasPeterPan

Afila el garfio capitán

 

Tu perfil ya me he subido

Cortafuegos preventivo

Te descargo, tú mi app

Yo me bajo a cien mil kilobytes

 

Conjeturas soy tu presa

Rebeliones bajo la mesa

Selfies de nuestro amor fugaz

Seremos story en Instagram

 

En los libros del deseo

Escribamos las memorias

Mi biblioteca multimedia

Está abierta entre mis piernas

 

Me has petado el whatsapp

He almacenado tanto contenido

Tus archivos comprimidos

Los extraigo con mi winrar

 

¿Por qué no?

Porque sí

Emoción

Emoji

 

Lanzo los dados

Tira fuerte

Qué carta saco

No le temas a la suerte

 

Salgo del asilo del temor

Seamos la marea roja de pasión

 

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Mi deportista del siglo

Quizá a alguien le suene exagerado, pero uno de los momentos de celebración y alegría que recuerdo con mayor claridad de toda mi vida fue la victoria de Rafa Nadal frente a Roger Federer en la final de Wimbledon de 2008. Lo curioso es que no se trataba de nada mío, sino de la victoria de un tenista al que en principio no me unía nada más que la nacionalidad.

Sin embargo, ese tipo se convirtió por alguna razón en uno de mis referentes. Ya lo era, pero aquel triunfo lo consolidó. Y ya jamás dejaría de serlo. Tal vez haya sido el último gran ídolo que he tenido. Admiro a muchas otras personas, artistas, y también a otros deportistas que aún están en activo, pero mis sentimientos hacia Nadal pertenecen a otro nivel. Forma parte de mi Olimpo personal, ese en el que he dado entrada a muy pocos y aún menos en mi vida adulta.

No se trata ya de que sea un grandísimo tenista, un deportista de primerísimo nivel o un ganador nato. No sólo es por lo que hace, es por cómo lo hace. Por los valores que encarna a la hora de competir y practicar su deporte. Por lo que transmite cuando juega y cuando habla fuera de la pista. Y por algo especial que representa y que a veces resulta difícil de explicar, aunque trate de hacerlo en una entrada que le dediqué con motivo de duodécimo Roland Garros.

La semana pasada, once años después de aquella final de Wimbledon, y esta vez sobre el cemento de la Arthur Ashe, en Flushing Meadows (Nueva York), Rafa Nadal volvió a recordarme, por si tenía alguna duda, porque su figura es tan importante para mí. Ganó al ruso Daniil Medvedev, de 23 años, y conquistó su cuarto US Open, que supuso su decimonoveno Grand Slam.

El paralelismo con aquel partido épico que tuvo lugar sobre la hierba londinense fue más que evidente. Un cruce de generaciones, si bien es cierto que la diferencia de edad entre Federer y Nadal no es tan grande y en realidad casi se les podría considerar de la misma hornada por las fechas en las que ambos comenzaron a ganar y la cantidad de años que se han pasado batallando el uno contra el otro.

Pero el ruso es claramente es exponente máximo, al menos ahora mismo, de la llamada next gen, jugadores nacidos a mediados o finales de los 90 que llevan varias temporadas llamando a la puerta, cada vez con más fuerza, de la élite del tenis mundial. Ya pertenecen a ella, pero les falta entrar en el salón de honor, ese en el que por ahora sólo comen Roger Federer, Novak Djokovic y Rafa Nadal, tres viejos en comparación con el citado Medvedev y los demás compañeros de su quinta (Zverev, Rublev, Tsitsipas, etc.).

En la final del US Open del pasado domingo Daniil Medvedev llamó con más fuerza que nunca a esa puerta, la aporreó y la estuvo a punto de tirar abajo. Cualquier otro la habría dejado caer o se la hubiese abierto de par en par. Pero enfrente estaba Rafa Nadal. Y no se lo permitió.

Ni siquiera cuando parecía que la tendencia del partido y la lógica imponían lo contrario. Un jovencito recién llegado, descarado, tremendamente talentoso, fuerte como una roca y ambicioso remontando dos sets a un tenista de 33 años tremendamente castigado por las lesiones y el desgaste físico y mental tras diecisiete temporadas al máximo nivel profesional.

Curiosamente también Federer le había ganado la tercera y cuarta manga en Wimbledon 2008, tras haberse impuesto Rafa en la primera y la segunda. La diferencia es que en esta final ya histórica del US Open 2019 era Medvedev quien ejercía el rol que entonces tuvo Rafa. Le tocaba a él hacer el sorpasso que Nadal había protagonizado en 2008.

Ahí se acabó el paralelismo con ese otro partido del siglo. O quizá ahí empezó.

La lógica no se cumplió. Igual que sucedió en aquel ocaso que caía a plomo sobre Wimbledon, esta vez con la noche neoyorquina como testigo, Nadal salió triunfante. Él fue el más fuerte mentalmente en los momentos agónicos del partido, incluso en la segunda reacción de Medvedev, casi al final, cuando ya parecía que Rafa tenía el partido ganado.

El manacorí impidió que hubiese un cambio de generación en el tenis masculino. Habría sido el primer Grand Slam de un miembro de la next gen y el primero que no hubiesen ganado ni Federer, ni Djokovic ni el propio Rafa desde el US Open de 2016. Habría sido lo que tocaba, ni más ni menos, y aún así habríamos aplaudido a Rafa a rabiar y le habríamos dado las gracias por todo. Seguramente habría sido el comienzo del gran cambio.

Ese que todavía no ha llegado porque Rafa se sigue negando. 99 de cada 100 tenistas habrían perdido ese partido. Siempre hay una excepción que confirma la regla. Rafa Nadal era el único que podía cambiar el curso de la historia. Y lo hizo. Dos veces en el mismo siglo. No hay palabras para definirle. Nunca volverá a salir alguien como él. Es irrepetible.

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Me odia este domingo

Os juro, si es que ese verbo significa algo en el infierno, que hoy no pensaba escribir de mí. Pero la vida me ha engullido una vez más. Quería comérmela a bocados, pero siempre me acaba devorando. Odio los putos domingos y sin embargo este me odia más a mí que yo a él. Es septiembre, huele a petardo por venir y yo estoy harto de tanta pirotecnia. Tirad vuestros fuegos artificiales, yo me iré a quemar la poca pólvora que me queda.

No estaba claro que huyésemos de tantas cosas por pensar, pero pensé que era un buen momento para dejarse llevar. Sé que no me pidió explicaciones en el penúltimo penicilino, y sin embargo la zapatilla me supo a frustración y nostalgia. Cerrado por derribo, no es un buen Puente para pasar de legislatura. Aunque resucites al archiduque Francisco Fernando, nunca te darán el Oscar. Mientras, mi corazón, que siempre me domina mientras me traiciona la razón, seguirá abierto por destino.

Sin dudar ni un ápice lo que decía, dije más de lo que había que decir. Como siempre, mi padre bocazas, lo heredó el hijo adoptado que sufre como un ictus cuando sus piernas empiezan a flaquear. Papá, no te preocupes, yo sostendré con mi poca consciencia, osado hasta la temeridad, los millones de pasos que marque tu reloj. Déjame ser tu cadera que el tiempo le robó al yayo. No marques las horas.

Veinte años no es nada, y febril la mirada, pero mi sombra ya no es errante, porque te busca y te nombra. Pone palabras donde había capítulos de novelas inacabadas. Llena páginas en los libros que jamás me publicarán. Se hace amuletos en los dedos que le crecieron sin los anillos. Es la paja del grano sin trillar. No estoy tan trillado como os creéis, aunque tenga más arrugas que mi primo. Me jodo a todas sin que me jodan a mí. Me follan algunas cuando me pongo hostil. Soy su prostituto de Feria cuando el trigo vale más que el violeta. Puta Valladolid.

Se han roído las esquinas y mi culo no soporta tantos marrones. Es lo que tiene la resaca, siempre caga más líquido el que tiene otros retenidos. Harto de tanta continencia, soltaré a chorro lo que me quede tras la impotencia que me dejó el tabaco. Ya no fuma marihuana, pero me habría gustado meterme la raya del amanecer para dejar de torturarme con lo bonitos que son tus ojos. Siempre te quedó mejor el negro y para mí dejaste el blanco de los santos y del polvo sin limpiar. Ya ves que ahora prefiero a Satanás.

Dicen que la amistad no tiene fronteras si no hay pastillas para volver al mundo real. A mí me parece que el borde lo pusieron los que nos enseñaron a comulgar con ruedas de molino. Me masturbé demasiadas veces en la capilla de mis sueños y siempre eras tú la sacerdotisa. Ahora te bajo del altar, sin que dejes de ser mi musa de los fines de semana que detesto para que me los salves. Cuando escribo, eres otra. Me inspiras, eres mi farlopa, mi compañera cuando no sabes que estás. Y eso nunca cambiará, si no me matas.

Antes de arrojar mi último lastre al Pisuerga, os diré una cosa, compañeros de colegio y de Facultad. Estoy harto de que me licenciéis, pero gracias por las lecciones de filosofía. Cuando  queráis, os doy un par de clases entre los tomos que no he vendido. Algún día pegaré el pelotazo y no tendré que pincharme esa mierda en mi trena. Entre pico y pico, soltaré varias palabras de aliento sin respirar. Cuando creáis que todo se ha acabado, meteré el último triple desde mi campo y haré otro saque directo. Rafa vuelve a ganar, no se Serena.

Entre tanto, escondo mi testamento entre las historias que imaginé y tampoco escribiré esta semana. Nunca dejarás de ser mi relato. No serás mi saga de aventuras, pero cuando quieras, puedas subirte a mi coche clásico sin freno de mano. Aún me quedan un par de gramos en la guantera y un cartucho en la recámara. Ya sabes que me van los amores de contrabando y los viajes sin dormir. La Fuerza del Destino nos hará repetir.

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El Penicilino, otro referente de Valladolid al que tendremos que decir adiós

Seguramente algunos de los que no se hubiesen enterado aún de la noticia estarán boquiabiertos y, tras la sorpresa inicial, es posible que sientan bastante pena y cierta rabia. A otros no les afectará demasiado, pero apostaría a que casi ninguna persona residente de Valladolid, o que lo fue en el pasado, incluso visitantes ocasionales, se quedará indiferente ante el inminente cierre del bar Penicilino.

Como me decía alguien el otro día, es el típico bar que los que somos de aquí enseñamos a la gente de fuera por su casticismo, antigüedad y haber existido desde que tenemos uso de razón. Curiosamente su nombre actual, que es por el que se le ha conocido siempre, no era el que tenía antes de su clausura temporal en 2006, sino que era Taberna de Avelina. Afortunadamente, ese mismo año la gestión del establecimiento fue adquirida por el mismo grupo de personas que ahora, en agosto de 2019, saben que su trabajo allí tiene los días contados.

Tanto al Penicilino como al resto de locales comerciales del edificio se les comunicó recientemente vía burofax que a finales de febrero deberán abandonar sus respectivos establecimientos porque se va a acometer una obra “que durará 4 años”.

En realidad, se trata de una demolición con conservación de la fachada y de otros elementos históricos que se puedan apreciar en su interior. No se sabe a ciencia cierta, según me informó una de las personas encargadas del bar, si será el actual propietario el que la realice o bien una nueva propiedad, lo cual implicaría que ha habido una venta del inmueble.

En cualquiera de los casos, gravita en el aire la posibilidad y la sospecha más que fundada de que el propietario haya logrado aquello que lleva esperando y buscando desde hace años (a mí me consta fehacientemente que es así por fuentes personales), la declaración del estado de ruina del edificio por parte del Ayuntamiento y por lo tanto carta abierta para derribarlo. Sería un caso parecido al de la finca que albergaba el café Luna, en la Plaza Cruz Verde, del que ya hablé en otra entrada de esta Buhardilla. Sin embargo, en el caso del edificio del Penicilino, se conservaría la fachada, reformada no hace demasiado tiempo.

De hecho, esta es la hipótesis que baraja Último Cero y la más plausible, por la conocida práctica que ha existido en Valladolid en infinidad de inmuebles del centro histórico. Lo que podría definirse como un pelotazo por dentro, pero guardando las apariencias.

De ser así la historia, al final se confirmaría lo que he sostenido en múltiples ocasiones. Da igual el signo del equipo político que esté al frente de las corporaciones municipales, al final la ley se impone a cualquier ideología. La propiedad privada y el uso prácticamente arbitrario de la misma, que es la filosofía urbanística de este país, se come cualquier tipo de intención de servicio público.

No se trata en este supuesto de una mera cuestión de romanticismo, si bien haya bastante de esto. El Penicilino es algo más, como sucedía en el caso del Café Luna. Pero sin desmerecer la importancia que tuvo este último u otros que han visto como sus puertas se cerraban contra la voluntad de sus regentes, el bar de la Plaza de la Libertad 5 que cerrará en febrero de 2020 es un exponente de la cultura vallisoletana sin parangón, un local único e irremplazable que tiene tanta importancia espiritual y simbólica como cualquier otro elemento histórico de Valladolid.

Sin olvidarnos de que es un sitio que ha apoyado a la cultura desde siempre a través de la venta de libros, discos, organización de recitales artísticos y exposiciones, y ha impulsado acciones solidarias de todo tipo.

Pero sobre todo el mayor valor histórico y cultural del Penicilino tiene que ver con un aspecto que es difícil de medir y de cuantificar. Se trata de un lugar de conexión, uno de los pocos, sino el único que aglutina a toda la mezcolanza diversa de seres vallisoletanos, que no es poco decir, además de juntar a personas de cualquier edad.

No es raro acudir allí cualquier día de la semana y ver a la clásica abuela del centro de Valladolid de toda la vida con los nietos sentada al lado de una pareja de adolescentes, de un grupo de universitarios o de gente de mediana edad con aspecto de tener posibles, mientras un señor mayor se pide un vino en la barra y un par de amigos con barbas y camisetas negras comparten una frasca con vino dulce y zapatillas (Mantecados de Portillo).

Quién conozca bien la idiosincrasia de Valladolid sabe bien lo extraordinario, casi imposible, que resulta tal cosa. El Penicilino lo encarna. Por ser un referente del pasado y del presente, aunque se le va a segar la posibilidad de que lo siga siendo en el futuro.

El problema es el de siempre y que ya expuse en la entrada a la que antes me he referido. En España en general y en Valladolid en particular (aquí el ensañamiento ha sido brutal) este tipo de patrimonio inmaterial que mezcla lo cultural, lo folclórico y lo identitario le importa un comino a las instituciones públicas. Y si no es así, como quiero pensar que ocurre con los concejales y el alcalde actual de Valladolid, tampoco buscan ningún tipo de soluciones ni de acciones de cambio. A diferencia del celo que ponen en establecer leyes absurdas que penalizan conductas totalmente inocuas como colocar carteles publicitarios en la vía pública o en balcones que no tienen ningún tipo de valor histórico ni artístico.

Se lo dije a una de las personas que regenta el bar. Al menos, luchadlo. Pedidle al Ayuntamiento que dé la cara, que demuestre que esa filosofía de izquierdas y de apego al pueblo vallisoletano que vende es de verdad y no simple impostura. Tienen una oportunidad inmejorable. Seguramente no se pueda hacer nada y el Penicilino desaparecerá irremediablemente, pero sería bonito ver a Óscar Puente, a Manuel Sarabia o a cualquiera de sus acólitos haciendo declaraciones al respecto, tratando de buscar algún resquicio en la ley o al menos peleando aunque fuese de manera estéril con la propiedad.

Sin embargo, mi experiencia en este tipo de temas me dice que el Ayuntamiento es el primer interesado en la demolición de ese edificio. O que, por lo menos, ni le molesta ni le incomoda. Y que tal vez no se ha preocupado mucho a lo largo de estos años por hacer cumplir al propietario con su obligación de mantener el edificio en condiciones correctas y de hacer las reformas pertinentes. Porque todo el mundo sabe que un edificio no tiene por qué caerse si se hacen las obras de rehabilitación adecuadas, por muy antiguo que sea.

Sería una curiosa forma de mostrar su interés por la protección del centro histórico y sus referentes. Porque pocas cosas hay más populares y auténticas en Valladolid que el Penicilino. De hecho, quedan muy pocas. Y menos que quedarán.

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