El Regreso al Futuro de Chuck Berry

En el imaginario colectivo de toda una generación quedaron para siempre aquellos acordes mágicos que transmitían garra, pasión y rebeldía a partes iguales. Los niños de los ochenta se enamoraron de un estilo, el rock´n roll, y de una estética que en realidad no era suya gracias a ese riff de guitarra, a ese solo de piano, a ese acompañamiento de viento y a la voz que trataba de imitar descaradamente a la de su creador.

La música venía del futuro, pero la historia, esa cabrona veleidosa, había recogido en sus anales que perteneció a la década de los cincuenta. Hasta que la película Back To The Future, para los españoles Regreso al Futuro, nos contó la verdad. O mejor dicho, parte de la verdad. Marty McFly viajaba hasta el año 1955, cogía la falsa identidad de Levis Strauss –“un sueño”, como decía su adolescente madre Lorraine–, se plantaba en el escenario en la fiesta de graduación del instituto de Hill Valley y reventaba la pista al son de Johnny B. Goode, de Chuck Berry.

“Esta es una pieza antigua”, explica Marty antes de tocar el tema. “Bueno, digamos que es antigua de donde yo vengo”, aclara tras unos segundos de desconcierto delante de la chavalería asistente, compuesta por caballeritos trajeados y engominados y señoritas con vestidos de faldas anchas y plumíferas. Después del recital desenfrenado, del abandono a la guitarra, Marti se ve obligado a parar porque “ya veo que no estáis preparados para esto, pero les encantará a vuestros hijos”.

Esa escena, tal vez la mejor de toda la trilogía de una de las sagas cinematográficas más exitosas de todos los tiempos, se ve completada por una llamada que el líder de la banda de acompañamiento, los Marvin Berry and The Starlighters, realiza en mitad de la canción a su primo Chuck. “¿Recuerdas el sonido que has estado buscando? Pues escucha esto”.

Ahí radica la parte falsa del filme. Chuck Berry, el verdadero, jamás pudo recibir esa llamada. No sólo porque su primo Marvin sea una invención del largometraje, sino porque en realidad fue el propio Chuck quien viajó del futuro para regalar a esa hornada generacional de las chupas de cuero, las motos y la brillantina aquella música, la que sería para siempre su música.

El rock´n roll no es algo de aquel tiempo, ni tampoco de este ni de ninguno. Se trata de algo demasiado bueno y atemporal como para haber sido creado dentro de los escuetos y simples límites del espacio-tiempo. Nos lo trajo alguien desde un futuro remoto que no podemos imaginar.

A Chuck Berry, el padre y fundador de esto –con la inestimable colaboración del pianista Johnny Johnson y de otros artistas de la música popular que le precedieron– le gustaron los cincuenta y decidió quedarse a vivir en ellos. Se quedó únicamente para comprobar el efecto que causaba su música, desde Johnny B. Goode (que según la historia oficial que ahora desmonto, Berry escribió el mismo año de la película, 1955, aunque no fue grabada hasta 1958) hasta Roll Over Beethoven, pasando por Rock´n Roll Music o You Can Never Tell.

Esto no ha de extrañar a nadie, porque Berry debía ser un tipo peculiar, algo narcisista y difícil de llevar. Solitario y taciturno, lleno de manías y de rituales propios que no le gustaba compartir. El típico perfil del viajero del futuro viviendo un tiempo que no le pertenecía. La otra hipótesis es que su máquina, no sé si un Delorean con condensador de Fluzo u otro tipo de cachivache más sofisticado y menos entrañable, se jeringó y él quedó atrapado. Eso explicaría esa personalidad arisca, huraña y poco sociable.

Chuck Berry vivía indudablemente mosqueado, otro síntoma de que había un evidente conflicto entre la realidad en la que se movía y la que verdaderamente le correspondía. Entre la mediocridad e imperfección de mediados del siglo XX, sumido en una crisis de valores por la resaca de la Segunda Guerra Mundial, con sus jóvenes tratando de rebelarse a las imposiciones de su fracasados mayores, llenos de heridas físicas y morales, y el mundo girando a mayor velocidad de la que los cronistas podían recoger.

Por eso, Berry les donó como legado universal e imperecedero el rock´n roll. Su rock´n roll. Para que tuvieran algo con lo que compensar su descontrol de feromonas. Un ritmo endiablado salpicado de letras calenturientas llenas de personajes perdedores, adictos y desfasados con el que se pudieran sentir identificados y canalizase la bestia de su interior hacia parajes más positivos.

Pero él mismo cayó presa de la trampa. Porque el propio Berry fue un chico que se metía en problemas. Pasó tres años en un reformatorio por un asalto a mano armada. Siendo ya adulto y famoso, la Justicia lo persiguió y condenó en dos ocasiones, ambas relacionadas con escándalos sexuales. El más grave y por el que tuvo que pasar un año y medio en prisión fue emplear en su club a una prostituta que tan solo tenía 14 años –Berry contó que la chica le dijo que tenía 21– y que además provenía de otro estado.

Cuando salió de la cárcel en 1963, se dio cuenta de que lejos de haber sido olvidado, sus canciones se versionaban incluso por los cuatro chavales de moda, unos tales John, Paul, George y Ringo, y que cosechaban un éxito absoluto. Sin embargo, a él se le agrió el carácter y ya no volvió a ser el mismo.

Tal vez le cabreó un poco que consideraran rey del rock a un blanco de Memphis con tupé llamado Elvis que contoneaba las caderas, cantaba aterciopeladamente y provocaba desmayos como si hubiera tomado cuerpo el protagonista de la canción de Berry, Brown Eyed Handsome Man, aunque tampoco le sorprendió. Chuck sabía que ser negro y músico en Estados Unidos era una mezcla apta para el desagravio y el descrédito de la sociedad. Además, a fin de cuentas también Elvis le versionó.

Pese a todos estos conflictos y frustraciones, algo interesante debió ver el bueno de Chuck en nuestra época porque al cabo decidió quedarse en ella. Quizá fueran tantos artistas de calidad con los que compartió escenario, desde Bruce Springsteen hasta Tina Turner, que no existían en su lejano futuro distópico probablemente asolado por la ciberguerra mundial desarrollada en escenarios de realidad virtual, donde la música importa un pimiento, triunfa el electrolatino 10.0 y ni siquiera hay aeropatines o secadores automáticos de ropa.

Así que decidió quedarse en su St. Louis natal. Así pasaron los años y aunque sus apariciones púbicas eran muy pocas, cuentan los que alguna vez estuvieron en la ciudad de Missouri que todavía ofrecía recitales de vez en cuando en el Blueberry Hill y eso les retrotraía una y otra vez a ese 1955 del Baile del Encantamiento Bajo el Mar en Hill Valley, como si el genial guitarrista hubiera decidido recordarse a sí mismo de vez en cuando: “Chucky, be good”.

Sin embargo, por alguna razón que este pobre abuhardillado desconoce, el pasado 18 de marzo se hartó. Tal vez no pudo soportar que Trump fuera el presidente de Estados Unidos o que Justin Bieber estuviera valorando hacer una cover de su School Days. Se dio cuenta de que en este cochino siglo XXI, No particular place to go. Y decidió regresar. Regresar al futuro.

Publicado en Música | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

¿Lo que dice Pablo Iglesias va a misa?

Los que me leéis con frecuencia sabéis que últimamente detesto escribir sobre política española. Esta Buhardilla, que no hace tanto tiempo se veía decorada con lienzos podemitas, peluches riverescos, percheros socialistas y paragüeros peperos, se ve cada vez más libre de reflexiones acerca del Skaparate Nacional, que cantaban mis queridos paisanos Celtas Cortos.

En primer lugar, el tema me aburre. Reconozco que sufro una saturación de política, estoy estomagado y empachado después de todo lo que hemos tenido que pensar, escuchar, debatir y analizar en los últimos años, especialmente si uno se ha dedicado al oficio del Periodismo.

Por otra parte, la desconfianza y desilusión que me invaden son similares a la cara que esboza Neus Asensi en Torrente cuando Santiago Segura dice: “Ha sido el mejor polvo de mi vida”.

Estoy más quemado que la moto de un hippy, hastiado de escuchar discursos vacíos, mentiras adornadas de veneno verbal, requiebros retóricos para entronizar a la masa y contentar al adepto, y enfrentamientos entre gente de izquierdas que ayer nos ilusionó y hoy juegan a darse ganchos de derecha.

Me aburro de indignarme por la estafa económica, social y en la Administración de Justicia. Las miserias económicas de los parados de larga duración, las madres solteras que cobran menos del salario mínimo y cotizan por debajo de las horas que realmente hacen, las familias deshauciadas o los emigrados a la fuerza, esos aventureros de Báñez, me producen tanta empatía como sus dramas aburrimiento por la impotencia que me generan.

Han conseguido incluso aburrirme las torpezas de Rajoy o sus “presuntas” falsedades sobre la corrupción. Hasta Montoro me aburre, y además últimamente habla poco. Es dramático.

A todo esto, que no es poco, se une el hecho de que no me siento actualmente en disposición de aportar nada, transgresor, distinto u original, a todo ese marasmo de escombros políticos teledirigidos hacia la misma dirección, como si un remolino los hubiera absorbido, los diera vueltas en sus fauces y los dirigiera hacia el abismo común de la Nada perpetua. Y, con ellos, nuestro interés por sus peleas, confrontaciones, propuestas huecas y medidas a caballo entre lo inútil y lo cruel. En definitiva, su simpleza, falta de honestidad y ausencia de soluciones reales amenazan por aniquilar nuestra misma afición política.

Sin embargo, esta semana algo me ha despertado de mi letargo político. No podía ser otro que Pablo Iglesias, el político más polémico, incisivo y carismático que ha habido en la historia de la democracia española, algo que reconocen incluso los que le odian, que no son pocos. Su defensa pública de la proposición no de ley interpuesta por el Grupo Parlamentario de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea que pide la supresión de la retransmisión de la misa de La Dos me pide a gritos una opinión.

Me resulta tan grotesco que en estos tiempos de incertidumbre social, económica y política a todos los niveles alguien polemice sobre una cuestión tan menor e intrascendente que cuando lo escuché me dieron ganas de reír. Me parece pírrico por parte de los que utilizan el grupo parlamentario para realizar propuestas propagandísticas que sólo tienen un matiz ideológico y que no redundan absolutamente nada en el bienestar diario de los españoles, pero todavía me parece más esperpéntico desde el punto de vista de los que organizan protestas masivas, reacciones airadas a través de las redes sociales y una indignación mediática abrumadora.

Yo no soy católico más que por educación no elegida. Pertenezco a la tradición de valores católicos por mera imposición, como muchos españoles, que no se sienten católicos pero tampoco pueden negar haber recibido y formado parte de esa corriente cuando no tenían edad para decidir por sí mismos.

Sin embargo, me importa un comino que se retransmita la misa a través de La Dos. Quiero decir, que ni me molesta ni me satisface, simplemente me da igual que se gaste dinero público en eso. RTVE gasta dinero público en hacer series de ficción, programas de entretenimiento o en comprar películas, y algunos de esos espacios probablemente son mucho más detestables que la liturgia y suponen un mayor derroche de dinero. Por no hablar de otro tipo de despilfarros que están en la mente de todos.

Retransmisión de una misa en La Dos. (Imagen: eldiario.es).

Yo no he visto en mi vida una sola misa en La Dos, pero he leído que hay 300.000 personas de media que la ven, supongo que la mayoría gente mayor y con limitaciones físicas. Bien por ellos. Tienen suerte. A mí también me gustaría que se retransmitieran partidos de la NBA en abierto, los Grand Slam de Tenis, documentales de música o conciertos clásicos de rock y no tener que elegir entre pagar o quedarme sin verlos, pero la vida es así de dura. Me alegro por los ancianos, que tienen en ese sentido más potra que yo y pueden ver la ingesta de la ostia y la lectura del Santo Evangelio según San Marcos sin soltar un céntimo mientras que yo me tengo que rascar el bolsillo para ver los crossover de Kyrie Irving.

Dicho lo cual, si se consideran las cosas desde un punto de vista puramente jurídico, la polémica es estéril porque sólo una de las partes tiene razón. La formación morada propone ni más ni menos que cumplir con lo establecido en el ordenamiento jurídico. España es un Estado aconfesional y laico. Ninguna religión ha de gozar de protagonismo o especial trato de favor a través de los canales públicos.

Es cierto que, por lo que he leído, en La Dos también hay emisiones dedicadas a los cultos judío, evangélico y musulmán, pero ocupan un tiempo mucho menor. Esto es totalmente lógico por la especial importancia del catolicismo en España, pero hay que recordar que el ente público no debería guiarse por los criterios de audiencia, sino por los de interés cultural, pluralismo político, servicio de información al ciudadano, etc.

Precisamente La Dos es una cadena de televisión que representa perfectamente ese espíritu. Es, con diferencia, el canal con mayor calidad en cuanto a sus contenidos. Documentales, programas culturales, películas independientes y clásicas, conciertos de grupos minoritarios o pertenecientes al circuito menos comercial… Por desgracia, su audiencia raramente pasa del 2,5% de cuota de pantalla diaria y prácticamente nunca llega al 3%.

Eso me llevó a pensar que en realidad Pablo Iglesias en realidad buscaba un objetivo completamente diferente al soltar su proclama de apariencia nimia y algo infantil. Con su sermón en contra de la celebración televisada, Iglesias perseguía subir el número de parroquianos de La Dos.

La misa tuvo un récord de audiencia espectacular, sobrepasando el millón doscientos mil televidentes y alcanzando un share del 20%. Ese día la segunda cadena de RTVE marcó un máximo diario en este 2017, llegando hasta el 3,2%. Si Iglesias buscaba atraer nuevos feligreses hacia La Dos, la táctica ha sido impecable. De ahí que en sus posteriores declaraciones siga erre que erre con la supresión del rito eclesiástico, confiando en que el efecto perdure.

A lo mejor, algún día de estos incluso le da por referirse a Los Conciertos de La 2, los de Radio 3, a Saber y Ganar, La Aventura del Saber, Grandes Documentales o Versión Española. Igual hasta a algún milloncejo de españoles les daba por verlos, e incluso les gustaba o se sentían medio enriquecidos. De momento, parece que su estrategia es menos directa.

Así las cosas, y siguiendo esta hipótesis, se puede decir que realmente Iglesias ha actuado como los propias curas en la misa. Ha soltado su homilía, su rollo macabeo, sus fieles lo han aguantado estoicamente y, tras varios bostezos, un par de rezos y las típicas respuestas automáticas para complementar lo dicho por el líder, han decidido comulgar a su manera, reconciliándose con su yo interno pecador.

Han recordado que existe La Dos, palabra que además se parece mucho a ‹‹Dios››. Iglesias se ha tomado el traguito de vino en la eucaristía se ha chuperreteado los labios, se ha limpiado la perilla con una servilleta del altar y ha soltado una sonrisa beatífica de satisfacción al final. “Compañeros de Podemos. Podéis ir en paz”.

Publicado en España, Política | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | 1 Comentario

Domingos por la noche en mi barrio

Dice Sabina en uno de los cortes de su flamante y excelente nuevo disco que “las noches de domingo acaban mal”. Yo podría decir simplemente que mis noches de domingo acaban de una forma extraña. Y sin apenas moverme del arrabal que circunda mi puerta.

No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que para vivir experiencias excitantes uno sólo tiene dos posibilidades: volverse un perturbado mental o viajar al extranjero. Bueno, en realidad sólo estoy en desacuerdo con la segunda alternativa. Pero añado que a veces se presentan, como animales en celo soltados a la intemperie, otras opciones mucho más prosaicas.

Uno puede viajar a otro continente o sentir de cerca el desastre sin necesidad de salir de su barrio de toda la vida, aquél en el que pasó su infancia y adolescencia. Sólo hace falta saber elegir el momento adecuado y estar predispuesto. Reconozco que mi facilidad para atraer sucesos que descarrilan del trazado de la vida rutinaria también ayuda.

Quien me siga con cierta frecuencia sabrá que acostumbro a dar paseos nocturnos o a echar carreras cuando el astro lunar se empeña de forma tan enternecedora como patética en proteger a los desamparados. Soy un poco ave de ese talante y condición, a ratos solitario, aunque sin rapacidad y en ocasiones tampoco con demasiada sagacidad.

Cuando me entra el arrebato de fuga, me escapo de la jaula para conocer mundo sin salir del mío. En realidad, ahora vivo en una zona residencial de viviendas unifamiliares que no dan la sensación urbana de barriada.  Por eso, de vez en cuando me voy al barrio en el que crecí. Algunos de estos microviajes a un microcosmos que enlaza mi pasado con la nostalgia de mi presente ya los he reflejado otras veces en esta Buhardilla.

Tengo dos momentos favoritos de la semana para desplazarme a mi zona de escondites en las esquinas, de comunidades de vecinos ochenteras y otras que aún conservan el encanto de los locales comerciales estética Cuéntame Como Pasó antes de que se muriera Franco.

Dos instantes predilectos en el ciclo capitalista de siete días para patearme mi área de rinconcitos metidos en soportales que surgen de repente y se adentran en las entrañas de una vida de patios interiores, escaleras que bajan a garajes y panaderías regentadas por la tendera de siempre.

Un par de recodos horarios entre el lunes y el domingo para despistar a la Diosa Narcolepsia de mi realidad y perderme por callejas y callejones donde hay bares con banderillas de pepinillo, tortillas de jamón, boquerones en vinagre y croquetas en vitrinas de aspecto poco sofisticado, pero con mejor sabor que cualquier tapa de los gastropubs y demás locales de putiferio fino donde se empuercan las falanges con supuesta elegancia.

Uno de esos momentos es el viernes por la noche. El punto en el que convergen en su punto más alto mis sueños, mi alegría melancólica y mi fe pagana en los espíritus que habitan bloques de hormigón. Cuando todo está por empezar y finalizar, allí donde la incertidumbre camina a pie de calle en escaparates todavía iluminados a bajo coste y la guerra de los días se arregla en mesas de comedores familiares con manteles de papel que se ven desde la acera.

El otro momento para dar vueltas de tuerca al gaznate de mis emociones es el opuesto para mis biorritmos y mi estado anímico, el domingo, casi madrugada del lunes. El descenso del telón de toda la pantomima, la llegada del bajón, de descubrir el marrón, cuando ya no queda ni la resaca, a esa hora en la que sólo vagan por la ciudad almas errantes, policías con ganas localizar una reyerta en la que haya implicados con gramos de desesperanza y vidas perdidas con un manojo de llaves que no hacen girar ninguna cerradura.

Pero en mi barrio, hay algunas veces en las que encuentro personajes que no entran dentro de ninguna de esas categorizaciones. Son simplemente seres trashumantes, nómadas de urbe que siempre se están moviendo, sin más destino que la mañana de un lunes incierto.

En ese punto exacto del domingo, cuando está a punto de bajarse la trampilla de la tienda de fin de semana en la que sólo se vendieron remedos de afrodisíacos y falsos estimulantes de deseo sexual para las chicas castellanas de los siete sacramentos, los hallo en su trasiego. Yo los miro a los ojos e inmediatamente sé que pertenecen a una de esas tropas sin uniforme ni insignias distintivas que forman el ejército más numeroso y menos compacto que existe. Y ellos saben quién soy yo. Y me paran.

Me siento arrastrado hacia ellos tanto como ellos hacia mí, supongo que porque ven en mí exactamente lo que necesitan en ese momento de conclusión amarga, de breve respiro silencioso y moribundo antes de la esquizofrenia que dominará el mundo unas horas después. Ven alguien auténticamente de allí, de ese barrio al que siempre vuelvo incluso cuando más me quiere alejar de él la dictadura de la evolución social.

Y yo, muy henchido, actúo de forma encantadora, me receto y me trago el antidepresivo idóneo para combatir la penuria de mi espíritu de domingo por la noche, que es la clausura de todas las fiestas, la previa de las clases de adoctrinamiento, la firma de la desilusión, la constatación del fracaso, cuando la abulia me hostiga y el calendario de bolsillo me ata las neuronas del alma.

En efecto, estos individuos de ninguna parte me salvan justo en el lugar del que yo me siento más parte que en ningún otro. Soy su guía física y espiritual durante unos segundos que a veces se alargan, dependiendo de su necesidad, mis ganas de conversación y las monedas que tenga en el bolsillo. Les conduzco por el siguiente paso de su itinerario, ese que tal vez no podrían hacer correctamente si no se hubiesen topado conmigo, un chico al que le salió barba en ese barrio, un domingo por la noche en el que ni siquiera la profilaxis actúa como triste consuelo.

Les digo cómo llegar a la pensión con cuyas historias de crímenes, desconchados con sangre y ruina extendida a lo largo de las antiguas ramas del árbol generacional de su aterradora propietaria, fantaseábamos mis amigos y yo. Les indico el atajo ideal de unos cientos de metros para llegar hasta una máquina de vending que sigue expidiendo los Kit Kat de envoltorio noventero que consumíamos de niños.

Si tienen sed, les llevo hasta la fuente de piedra que hay justo detrás del patio de mi colegio, al lado de unos columpios que una vez vimos balancearse solos en una noche de verano, tras lo cual alguien descubrió la leyenda de la niña a la que su abuela chiflada mató por empujar demasiado esas cadenas que antes eran anillas de hierro engarzadas.

Les aclaro cuál es la única cafetería de la zona que abre toda la noche y en la que sólo han de temer al viejo borracho que se asoma por allí sobre la doce y media a pedir su chupito de orujo, porque siempre sintió una inexplicable aversión por los forasteros, según se dice porque su mujer se fue con uno y desde entonces nunca jamás hizo otro recorrido que no fuera el de su edificio al bar.

Sin embargo, otras veces les detallo cómo resguardarse del frío en el cajero del barrio, cuyas puertas no suelen estar bloqueadas, o, en su defecto, en un cruce de calles donde se produce un extraño fenómeno climático que corta el viento en dos mitades que se repelen y huyen como Errejón y Pablo Iglesias, dejando ese espacio minúsculo como una especie de tregua que se toma el invierno en las crueles batidas que realiza por la ciudad. La tristeza aquí se enseñorea un poco de mi intestino, especialmente frágil a esas horas de agonía semanal.

No obstante, me pongo aún más triste cuando me preguntan cómo pueden llegar a las estaciones de retirada. Entonces, no me queda otro remedio que señalarles cómo salir de mi barrio, que aunque ellos no lo sepan es el lugar más interesante que puede existir un domingo a esas horas.

Me muerdo la lengua y reprimo las ansias de espetarles que no saben nada. No saben que en ese entramado de diseños urbanísticos informes, a esa misma hora del último día de la semana, una vez conocí a un chico sordomudo de Gambia con el que tuve una de las conversaciones más ricas de toda mi vida y que algún día tendrá su propia historia en este cuartito virtual.

No tienen ni la más remota idea de aquélla vez en que la policía municipal me confundió con un vándalo urbano y me retuvo a escasos metros de mi casa natal. Viven completamente ajenos al hecho de que en ocasiones hay simulacros de partidos de baloncesto en madrugadas dolientes, aunque la iluminación brille por su ausencia y la única competitividad la marquen los ladridos de los perros vecinos.

En ocasiones, esta ignorancia me produce algo peor que la pena, me despierta un terrible enfado. El que me solicita que le saque de allí cuanto antes, de esa cuadrícula de calles interconectadas y cruzadas, superpuestas y cuyo corazón se debate entre el sístole regular del traqueteo del tren y el latido arrítmico del tráfico de la avenida principal, me parece un desconsiderado, un insensible y un egoísta.

Sé que no lo hace aposta, que no es consciente del desprecio en que incurre, pero no puedo evitar convertirme en Django desencadenado de furia, con ganas de encañonarle. No se da cuenta de que está desaprovechando la oportunidad de perderse un domingo por la noche en mi barrio, de eternizar el fin de la semana, de engañar al tiempo en esas callejuelas intrincadas.

El muy inconsciente no sabe que allí uno puede timar a la implacable necesidad de los artificios que crea la sociedad, quedarse por una noche y, por lo tanto, quedarse para siempre.

Desconoce que yo desearía hacerlo y no puedo. Que a mí me toca volver a mi mundo, ese donde un portón donde los foráneos tienen que marcar una contraseña me guía hasta un sendero salpicado de jardineras, garajes individuales, casetas para los perros y cobertizos para las bicis.

El muy imbécil ni siquiera se puede imaginar que allí, en mi planeta, no hay barras de bar sobre las que se acodan viejos que se alcoholizan y echan pestes contra los de fuera. Que no existe nada parecido a la plazoleta tras las vallas de mi colegio con una fuente de piedra en su centro y los balancines que chirrían trémulos por el suspiro de la niña asesinada a manos de su abuela.

Que en mi universo sólo existen las normas de una costumbre que se perpetúa entre los pliegues de las obligaciones vestidas de lentejuelas. Que mi novia está postrada sobre su mitad más uno de nuestra cama y duerme profundamente sin un solo atisbo de remordimiento, sin una simple concesión a la compasión por mí persona.

Pese a que en el fondo se tema que no estoy hecho para esa comida de mantel de flores. Aunque sienta pavor cuando se plantea que en realidad yo nací para morir un domingo por la noche en mi barrio.

 

 

 

Publicado en relatos | Deja un comentario

El cambalache del siglo XXI

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.

El anterior fragmento, bien marcado en cursiva, pertenece a la letra de una canción. Los que tengáis mucha cultura musical tal vez la hayáis identificado. La mayoría no tendréis ni la más remota idea de a qué artista, álbum, género o año pertenece, aunque en este último punto casi todos coincidiréis en que probablemente ha sido escrita en la actualidad. Unos pocos perspicaces quizá os hayáis percatado de que el lenguaje empleado es algo particular. Incluso puede ser que alguno o alguna hayáis identificado algún que otro palabro procedente del español latinoamericano. Chorro, que significa ladrón, y aplazado (suspenso en un examen o en una materia).

En efecto, el tema musical procede del país de la pampa, Mar del Plata, Ricardo Darín, Eva Perón, Maradona (sí, mucho más que el de Messi) y el tango (que no se me enfaden los uruguayos, si es que tengo alguno entre mis lectores). Y sí, se trata de un tango. Y por supuesto no es actual, como ya habréis adivinado. De hecho, está muy lejos de serlo.

Se titula Cambalache y fue compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo para la película El Alma del Bandoneón. La grabación más difundida ha sido atribuida en numerosas ocasiones a Carlos Gardel de forma errónea, porque el ídolo de mi abuelo no la grabó jamás, sino que la versión original es de Ernesto Famá y la orquesta Francisco Lomuto. Aunque Discépolo lo escribió pensando en la situación de su país en aquella época, conocida como Década Infame, es tan trasladable a la actualidad española que da pánico.

En la estrofa que antes he transcrito se pone bien de manifiesto una tristísima realidad, aunque algunos conservadores de figureo y postureo se empeñen en negarla porque les conviene para que el ciudadano de a pie siga subvencionando su chiringuito. Los valores de sacrificio, esfuerzo, constancia, honradez y fuerza de voluntad para disfrutar de la igualdad para todos cacareada por la joven democracia española que nos fueron inculcados a los de nuestra generación, la milenial, se han dado contra un muro mucho más contundente que el que quiere concluir Trump para poner una tirita entre él y los mexicanos.

Efectivamente, no importa ser un “burro”, un “ignorante” o un completo idiota, y aun peor, da exactamente igual si eres un “inmoral” (un “traidor” o un “estafador”) porque ahora todo el mundo se ha “igualao” en una suerte de contienda por ver quien tiene más ambición deshonesta. Ese es el que a la postre se sale con la suya. No hay más. Dudo que alguien pueda llevarme la contraria observando lo que ocurre día a día en el panorama político, judicial o social español. Ha pasado siempre, lo que ocurre es que ahora se sabe y es mucho más flagrante. Pero Blesas, Ratos y Urdangarines, con sus prerrogativas, los ha habido desde que en la Península Ibérica estaban los godos.

Otra cosa es que, en mi opinión, siga siendo mucho más deseable ser una persona con valores, por la propia estima y la de aquellos que sepan considerar un código de conducta honorable, generoso, sensible y culto. Pero no porque uno vaya a ser premiado por la sociedad. Al contrario, es muy probable que al final el que decida ser “recto o sabio” acabe peor y sea castigado por friki, tontuelo y antisistema. “El que no llora no mama y el que no afana es un gil” (un simple o incauto).

Pero si gran parte de la canción bien podría describir la personalidad del pueblo español en estos tiempos aciagos en los que por fin nos caemos del burro y nos damos cuenta de que la justicia no es igual para todos, el espíritu de la letra es para mí mucho más global y define perfectamente la época que nos ha tocado vivir y, a veces, soportar.

Si bien el artista argentino ni siquiera podía imaginar lo que sería Internet, el mundo digital, la web 2.0. o las redes sociales, bien podría haberse erigido como profeta de cierta desviación a la que ha conducido todo este universo virtual que trae tantos beneficios como trágicas consecuencias.

Especialmente para la verdad. Todo vale, todo es útil para conseguir el propósito pretendido. Es como una gran pasarela donde se mide a todo el mundo por el mismo rasero, da igual la lógica, virtud o razón que lleven sus planteamientos. Su palabra vale lo mismo que la de un charlatán de tres al cuarto o un canalla que miente a 140 caracteres. Es la cultura de la postverdad, de los hechos alternativos y de la huida hacia adelante y sálvese quien pueda.

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!… Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches (un lugar de compraventa de enseres usados) se ha mezclao la vida”. En efecto, la Red es como un gran mercadillo del ardid donde todos venden y compran con las mismas reglas, “revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”. Puede parecer muy democrático, pero en el fondo no lo es, porque en el momento en que deja de importar la capacidad de cada uno para expresarse con corrección u opinar aportando motivos contrastados y basados en el raciocinio, entonces estamos sujetos a la dictadura de los propagandistas, fuleros y fanáticos.

Sigue la canción diciendo: “y herida por un sable sin remache ves llorar la vida contra un calefón” (aparato a través del cual circula el agua que se calienta en las casas). Fuera aparte de la referencia religiosa, lo que viene a decir esta frase es que la sociedad otorga el mismo valor a un libro culto que a un artefacto de poco valor.

Incluso esta queja se queda corta, porque está integrada en el contexto de aquella época, donde no existían los smartphones o las tablets. Para muchas personas que sufren alergia por el papel escrito y cuyo único ejercicio lector es revisar las notificaciones de su cuenta de Instagram, perder su dispositivo móvil equivale a un drama personal de proporciones siderales (y dado el precio que tienen los artefactos de nueva generación, también económico).

Como bien dice el tango, en un rechazo al tremendismo extremo que me encanta, no se trata tanto de una situación nueva, porque bien es verdad que la civilización humana siempre ha tenido esas características (“siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé” –imitación de una alhaja fina, oro falso).

Pero ahora este desprecio a lo estimable por sí mismo y no por lo que representa o lo que cree su usuario que representa se ha radicalizado. La recompensa a la falta de ética y el ninguneo, cuando no castigo, al que intenta sembrar su camino de buenas obras y altruismo ya no es tendencia. Es algo más.

Se trata casi de una resignación de parte de la sociedad que entiende la vida de una manera determinada ante el triunfo de la otra mitad que la entiende la manera opuesta y que cada vez tiene en sus filas a más conversos y adeptos a su causa. Porque mucha gente se da cuenta de que “es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley”.

De nuevo aquí el tango se queda corto, porque a veces da la sensación de que no es lo mismo, sino que aquel que se esfuerza, tiene fuerza de voluntad y procura el bien para los demás tiene menos opciones en la vida y sus oportunidades se reducen a poner la cara para que se la rompan. El engaño, la mentira, el truco burdo y la mediocridad tienen muchas más posibilidades de victoria que la lealtad, la sinceridad, la limpieza y la inteligencia.

Es como si todos padeciéramos una especie de síndrome masoquista que nos lleva a autoinfligirnos daño creyéndonos lo que sabemos que no tiene visos de ser cierto, votando a los políticos que se llevan el dinero de todos o benefician a sus grupos privados afines, manteniendo un sistema que promueve una justicia basada en los medios materiales y la retórica, comprando cachivaches con obsolescencia tecnológica o metros cuadrados inflados con los que financiamos el sofismo ante el estrado y el escapismo por las brechas y orificios legales.

Es una sociedad enferma, a la que le gusta fustigarse y en la que cada vez más personas tratan de esquivar los latigazos tratándose de mezclar con los que los dan, admirándolos mediante un click para que aparezca el emoji o el corazón que nos haga sentir adoradores de la turba virtual que domina el cotarro. Que “el siglo XX es cambalache, problemático y febril” y “un despliegue insolente de maldad ya no hay quien lo niegue”. Y el XXI, aún más.

Publicado en Reflexiones | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Robina Hood

El otro día se dio una situación curiosa en una de mis clases particulares que me condujo a una reflexión. Una de mis niñas había ido al teatro con su colegio a ver una representación de Robin Hood en inglés. Dado que ella ya sabía con antelación que iría, la semana anterior habíamos estado preparando en nuestra clase la historia y el principal vocabulario asociado a la misma.

Cartel de la película

Cartel de la película “Robin Hood: príncipe de los ladrones”. (Imagen: Film Affinity).

Al realizar dicha tarea, pese a que la leyenda del arquero inglés tiene multitud de adaptaciones, me basé en el relato clásico para niños, que bebe de Las Alegres Aventuras de Robin Hood de Howard Pyle, con ciertas modificaciones. También tiré de mis recuerdos cinematográficos de la pretérita niñez y le hablé de la mítica película Robin Hood: Príncipe de los Ladrones, protagonizada por Kevin Costner y Morgan Freeman, una de mis favoritas de aquellos años inocentes.

Además de un resumen general del argumento y de los principales personajes (Little John, el Sheriff de Notthingam, el monarca inglés, Lady Marian…), estudiamos palabras como thief, noblemen, rich, poor, shot, bow o arrow.  La niña se quedó entusiasmada y con muchas ganas de ver sobre las tablas un cuento que hasta entonces no conocía.

Portada de

Portada de “Las Alegres Aventuras de Robin Hood”, de Howard Pyle. (Imagen: todocoleccion.online).

A la semana siguiente, ella me recibió en su habitación con un rostro de indignación que al principio atribuí a su fuerte carácter o a cualquier noticia, en forma de deberes o exámenes, relacionada con una asignatura que hasta hace unos meses detestaba con contundencia medida y aparentemente irreconciliable y que ahora empieza a tolerar y a ver con otros ojos.

Sin embargo, el motivo era otro bien distinto: “Alber, me has engañado”.  Yo, que soy muy sentido para estas cosas, pero también muy irónico con mis jóvenes estudiantes, y pese a la adoración que siento especialmente hacia ella (confieso que es una de mis favoritas), me burlé durante unos minutos pensando que se trataba de alguna tontería relacionada con los juegos que utilizo con ellos para practicar el speaking y en los que se despierta su afán competitivo, sobre todo por el placer de ganar al profe (algo que inevitablemente yo siempre hago que acabe sucediendo, salvo si ese día tengo el estómago cargado de neurosis).

Pero pronto me di cuenta de que la cosa iba en serio, que la niña llevaba la decepción pintada en el rostro y me la espetaba como si yo la hubiera expulsado de la cuarta edición de Master Chef Junior. “Robin Hood es una chica, me lo explicaste mal, y además no puede enamorarse de Marian, porque también es otra chica. Lo único que sí es verdad es que el sheriff es el malo” (y un hombre con pene y temple repugnante, añadí yo en mi foro interno).

Hostia, a ver como salgo yo de esta, pensé para mis adentros, como si realmente me hubiera preguntado “de dónde vienen los niños” o “por qué mamá salta encima de papá en la cama cuando están desnudos”, aunque en verdad ella ya tiene edad suficiente como para tener bastante claras estas cuestiones.

Rápidamente descarté la idea de usar el inglés para explicarle que se trataba de una versión moderna y libre de una historia de la que por otra parte no había ningún tipo de constancia histórica, sino que en realidad se trataba de una leyenda muchas veces empleada como fábula. Demasiado complejo, así que traté de aclarárselo en castellano con palabras un poco más sencillas. Añadí para ilustrar mi teoría que en la película animada de Disney de los setenta los personajes eran animales en vez de personas, lo cual a priori es mucho más radical que cambiar un chico por una chica.

No surtió ningún efecto. Ella tiene un sentido de la justicia muy elevado, impropio para su edad, y además es muy obstinada. Seguía en sus trece. Que Robin Hood sólo podía ser o chico o chica, porque las personas solo pueden ser o una cosa o la otra, pero no las dos a la vez. Me sentenció definitivamente argumentando con lógica imbatible que en la película de Disney Robin Hood es un zorro y no una zorra.

Fotograma de

Fotograma de “Robin Hood”, película animada de 1973. (Imagen: Disney).

Como no podía meterme en fangos de los que tal vez saldría del color de la pernera de mis vaqueros cada vez que accedo al Estadio Zorrilla en un día de lluvia, corté por la vía sana. Egoístamente, di prioridad a la protección de mi honor y mi honestidad, sacrificando de una forma cobarde la posibilidad de abrir la mente de la niña.

“A ver, Robin Hood es un chico y siempre lo ha sido, punto, no te compliques más la cabeza, lo que pasa es que los que han hecho esa obra que has visto en el teatro han decidido poner a una chica de actriz porque les apetecía y no tendrían un buen actor”. Esto era completamente falso, pues el libreto que me enseñó la niña no dejaba lugar a la duda, (Robin Hood is a Young girl…). Además, investigando, he descubierto que existen varias versiones literarias en las que Robin aparece como una justiciera adolescente, por ejemplo Robin: Lady of Legend, de R.M. ArceJaeger).

Aun después de esta vergonzosa, peregrina, tajante y socorrida vía de escape, tuve que tirar de la biblioteca virtual más famosa del mundo para demostrarle a mi joven alumna que Robin de Locksley fue un varón con pelo en el pecho, botas poligoneras y capucha de saltador de caminos.

Portada de

Portada de “Robin: Lady of Legend”, de R. M. ArceJaeger. (Imagen: booksminority4.com).

Ella se quedó satisfecha, trasladó su indignación hacia el autor o autora que había perpetrado sobre el escenario tamaño sacrilegio hacia la sagrada leyenda del antológico héroe que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y yo me sentí estúpidamente aliviado, viendo mi dignidad restablecida.

Hasta aquí la anécdota. Pero desde ella se pueden extraer algunas conclusiones. La principal es que todos, incluido yo, que me gusta ir de profe joven, progre y modernito, tomamos el sendero más sencillo y corto para atajar un problema complicado con los niños, lo cual a la larga es contraproducente. Dicho lo cual, hay que reconocer que a veces no nos lo ponen fácil.

Soy el primero que defiendo la tolerancia y la flexibilidad en cuanto al arte se refiere, opino que no nos debemos quedar en los estereotipos de género y que hay que evolucionar hacia una enseñanza que promulgue el igualitarismo en los roles.

No me opongo en absoluto al intercambio de papeles que tradicionalmente la literatura, el folclore y la sociedad patriarcal han atribuido a hombres en detrimento de mujeres. Me parece totalmente necesario que proliferen heroínas valerosas, con poderes extraordinarios u ordinarios, que rompan el tradicional concepto de la fémina indefensa, sobreprotegida o bien la pérfida dama de apariencia externa frágil y ardides astutos.

Igualmente, considero que es procedente explicar a los niños, en cuanto su edad les permita un cierto entendimiento sobre estos aspectos, que la identidad sexual es subjetiva, que no hay un paradigma definido y objetivo y que cada uno la siente como le da la real gana. Comentarles que existen la homosexualidad, la transexualidad y la bisexualidad, entre otras, como opciones libres que se separan del binomio habitual.

Pero coño, una cosa es eso y otra confundir gratuitamente a los niños sin más motivo que la arbitrariedad. No cuesta nada crear una narración paralela donde la protagonista sea una mujer arquera, que vivía en un bosque inglés y que se llamaba Emma Carpenter, o Elizabeth Rice. O al menos, ya que se quiere aprovechar el tirón popular del bandolero de Sherwood, que se le travista el nombre a Robin y se acuda al estilo de la ínclita exministra Bibina Aído. Tampoco pasa nada por respetar un poquito algún detalle de clasicismo. El mundo seguirá girando y los niños crecerán con una buena salud psicológica.

Lo otro son ganas de embrollar la cabeza de los infantes y de poner en aprietos a los profesores. Aunque apuesto a que los titulares de mi curiosa alumna no liaron tanto la madeja y zanjaron el tema de un modo mucho más afilado. Tengo que decir en mi defensa que yo al menos lo intenté. Por mi honor y por el de Robin. O Robina.

 

 

 

 

Publicado en Educación, Reflexiones | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

El epitafio del pasado

Siento una mezcla extraña de fascinación, admiración y lástima por la gente que es capaz de coger la pala y cavar hasta meter su pasado en lo más hondo de sus conciencias. No es poca, ni mucha, pero la hay. Conozco a varias personas que lo han hecho con energía formidable y tal vez ciertas dosis de autoengaño, aunque esto último lo añado de mi cosecha para consolarme.

El otro día estuve tomando algo con dos de mis mejores amigas, dos de las pocas que me quedan desde mi pubertad y que por lo tanto no entraron en la cláusula no girls de mi novia. Ellas son un poco como yo, les gusta sentir nostalgia por lo que pasó, incluso por lo malo, sacar unos cuantos dardos de ironía de la zona perimetral de la diana de los recuerdos y guiarlos hasta algo aprovechable en el presente. No reniegan de su bagaje ni de las anécdotas añejas, les gusta compartirlas conmigo y rememorarlas a tragos de insatisfacción amarga y sarcasmo dulzón.

En un momento dado, una de ellas (que siempre ocupó el número uno en la particular lista de grandes éxitos y amenazas de mi novia, he de admitir que con bastante fundamento) propuso una idea que sonaba tan descabellada como tentadora. Una fantasía que de haber sido erótica habría copado el plano cenital de mis orgías mentales filmadas en mi celuloide neuronal.

Sería la hostia volver a juntarnos después de estos años de separación, dijo. Volver a esa adolescencia perdida, resetear la mente y hacer un borrado del disco duro de los rencores. Para ello, aseguró, habría que hacer una especie de juramento previo (no precisó si había que utilizar firma digital o servían los emoticonos buenrollistas del WhatsApp) de no echarse nada en cara, una promesa de regresar al estado emocional y mental de aquellos años, aunque sólo fuera durante un par de horas.

Después podríamos volver a ponernos a parir, a odiarnos en secreto con tristeza, a partirnos la cara en el pensamiento, a clavarnos puñales clandestinos en la espalda. Se trataba de respetar esos 120 minutos, ni más ni menos. Hacer como que dejábamos de ser adultos miserables, actuar nuevamente como quinceañeros desprendidos por menos de un millar de segundos.

Mi otra amiga reaccionó con entusiasmo ante la sugerente sugerencia. Sin embargo, yo acogí la propuesta con tanta ilusión como escepticismo. Poner en práctica su disparatado plan implicaba abrir una puerta dimensional a un espacio-tiempo en el que se juntaran los átomos de las relaciones rotas, algunas abruptamente y con exabruptos de por medio. Juntar las ramas en torno a un tronco talado. Regar unas raíces hundidas en los confines de los pasajes subterráneos de nuestras vidas.

Aunque yo veía prácticamente imposible conseguir tamaña cosa, el optimismo de mis amigas me contagió por un rato, y en algún momento emperifollé mi esperanza sin recurrir al postureo de directora de colegio internacional. Puede que me brillaran los ojos de verdad, porque en el bar no había humo que vender. Tal vez la fe que puse sobre la mesa de cristal era La Real, no esa edición de bolsillo a la que suelo recurrir de ciento en viento para esquivar las preguntas a las que sólo se pueden responder con la versión deluxe de los grandes manuales.

A raíz de ahí, empezamos a fantasear sobre cómo sería el encuentro, qué tal nos habría tratado la vida a cada uno. Creamos conversaciones hipotéticas vestidas de gracias barbilampiñas y pueriles, labramos anécdotas que en realidad eran versiones mejoradas de aquéllas que vivimos en esa época. Pensamos en cómo les habría tratado la vida a los demás, qué pensarían de cómo nos había tratado a nosotros y hasta qué punto nos esforzaríamos por tratar lo peor posible a esa cabrona cruel a lo largo de la bacanal figurada que duraría sólo ese intervalo entre las antiguas pausas para el cigarrillo.

Incluso nos pasamos de rosca y fuimos más allá de lo esperable, manejando ideas locas que implicaban reconciliaciones inesperadas, confesiones de arrepentimiento quitapenas, alguna que otra enfermedad grave que hiciese brotar la amistad marchita de la compasión.

Hasta hubo tiempo para las frivolidades imposibles y planteamos el florecimiento de viejas atracciones y antiguos anhelos morbosos presentes en todas las relaciones de amigos y que nunca se materializan cuando se trata de  una capital castellana de provincias. Bueno, tal vez esto sólo lo comentara yo, al tiempo que pensaba en el onanismo. Lo cierto es que aquélla noche dormí bien y soñé mejor.

En ocasiones, el destino es sólo ese chapero sin nombre que se dedica a prostituir el azar para que parezca más atractivo de lo que es. Algo así me ocurrió a mí al día siguiente. Por una concatenación de factores, tuve que llevar a un familiar a la residencia en mi coche clásico, que muchos daban ya por jubilado en la misma época en la que aquel grupo de mis viejas amigas todavía no se había roto y que a día de hoy sigue siendo el recurso preferido cuando sucede alguna eventualidad.

Por mero azar, que partió de la imposibilidad de encontrar un sitio junto al centro hospitalario, continuó por el temor a la amenaza de los tipos de humor agrio cuando llevan la luz verde y terminó con mi apreciado vehículo aparcado en una calle inusual, pasé frente a una joyería en cuyo interior jamás me había fijado.

No habría entrado jamás en un sitio así, de no ser porque reconocí al instante a la dependienta. La carambola resultaba tan certera que me dieron ganas de aplaudir con cara de lerdo. Era una de las amigas de la vieja pandilla quebrada.

Hacía un par de legislaturas, incluyendo la fallida, que no la tenía de frente. Su rostro continuaba siendo el mismo, aunque el cuerpo era el de una chica algo más talluda. La sonrisa perlada de toque ingenuo que me hacía evocar épocas en la que todos la considerábamos la mejor persona del grupo me provocó una ternura inesperada.

Desde luego, se trataba de una simple casualidad, pero yo me sentí obligado a tratarla como si no lo fuera. No haberme adentrado en ese local habría supuesto traicionar el espíritu del día anterior. Quedarme fuera habría significado desaprovechar la oportunidad de patear a la sorpresa desde la frontal para marcar un gol por toda la escuadra y que subiera al tanteador del equipo milagro.

Sin más conjeturas y con el corazón algo encogido, me decidí a abrir la puerta de la incertidumbre y a traspasar el umbral que separa los errores de los aciertos, por desgracia no siempre en ese orden. Ella me reconoció al instante, me nombró de una forma que detesto y me mostró una sonrisa tan amplia como forzada.

Sin más prolegómenos que un “cuánto tiempo” propio de cualquier ceremonia religiosa, improvisé rápidamente un aniversario con la fecha más pasada que un yogur del Pryca y la consiguiente necesidad de hacer un regalo a mi novia, de la que estaba muy enamorado, que todo se lo merecía y para la que buscaba algo muy especial, ametrallé de corrido como una ráfaga de esperma adelantado.

Tal esfuerzo me llevó a comportarme de manera exhausta durante los siguientes cinco minutos, sin más munición que frases huecas de supuesto interés, que combinaban la ponderación técnica con la emocional, hacia los diversos abalorios de precio prohibitivo que, con actitud algo acerada y metálica, pero sin abandonar la exhibición de incisivos, molares y colmillos, me mostró mi vieja amiga.

Elegí lo que me pareció más asequible para mis exiguas carnes monetarias, si bien adquirir cualquiera de aquellas bagatelas suponía reducirlas al nivel de un enfermo infestado de solitarias. Tendría que tirar de crédito al abismo y rezar para que la caída no me destrozara demasiado los huesos. La pétrea chica por la que en otro tiempo había sentido mucho afecto se limitó a despachar el encargo con precisión funcionarial.

Entonces, cuando estaba disponiéndolo todo para clavarme el florete cuanto antes y perderme de vista, yo me lancé al ruedo de la sensiblería como si todo el tendido me estuviera abucheando por no querer matar al animal y yo les hiciera un corte de mangas.

-Sabes que siempre te he tenido mucho cariño. En realidad, todos te lo teníamos.

Ella me miró como sin duda habría mirado a un extraterrestre feo, gordo y contrahecho, dudando de mi existencia real por mucho que la tuviera ante los ojos y en cualquier caso lamentándose por tan repugnante visión.

Me di cuenta en ese momento de que ella había decidido hace mucho tiempo socavar nuestra relación y todas las que hubo en aquella época en lo más hondo de su memoria más indeseada. Que había optado por enterrar el pasado sin ningún tipo de lamentos. Que a ella no le ocurría como me pasa en ocasiones a mí, cuando mi presente me parece una colección de sublimes mierdas ennegrecidas por la Ferritina.

Me percaté tristemente de que no había nada que hacer, que el delirium tremens que había compartido con mis amigas apenas veinticuatro horas antes se disolvería en una solución acuosa de imágenes oníricas de poca graduación y menos miras.

Perdido en mis reflexiones funestas, me había quedado empanado cual filete un domingo a la hora de comer en casa de mis padres y no había entendido lo que mi examiga me había dicho. Tuve que pedirle con un hilo de voz grotesco que me lo repitiera.

-Que si quieres que te lo grabemos –insistió ella con tono glacial.

Tras unos instantes de estupidez congénita en los que repasé mentalmente la historia de los soportes audiovisuales, desde el fonógrafo hasta el Blu Ray, pasando por los cassette y las cintas Beta, un rayo de lucidez salvadora me hizo comprender aquello a lo que ella se refería.

-Ah, sí, claro. Un lema o algo así –confirmé como para sentirme menos idiota.

Ella no dijo nada y se limitó a criogenizarme con su mirada de desprecio sin emoción. Cuando tenía claro que no se me ocurriría nada de mi propia cosecha y que aquella charla había aniquilado todas las partículas de inteligencia creativa que me quedaban para escribir textos panfletarios y otros cuentos surrealistas, alguien ajeno a mí, un viejo amigo siempre presente en mi vida, me lanzó un flotador y me así a él como un náufrago desesperado.

-Para X, del perdedor asiduo de tantas batallas que gana el olvido.

Ella se quedó tiesa cual mojama crepuscular y, tras sopesar si le estaba tomando el pelo moreno y largo recogido en una discreta coleta, me tendió con desagrado un papel y un boli para que apuntara la soplapollez que sin duda ella pensaba que había pronunciado, aunque en realidad se tratase de una de las mejores frases de mi maestro musical, Joaquín Sabina.

-Son muchos caracteres, te va a salir bastante caro –dijo mientras me arrancaba de las manos la tarjeta. Y me pareció que, al hacerlo, se relamía levemente.

Sin embargo, antes de que finalizara aquella aburrida tragedia mercantil que enmascaraba la sentimental, sucedió algo sorpresivo. Ella cogió otra vez mi papel y releyó la sentencia con curiosidad indisimulada, interesándose por algo relacionado conmigo por primera vez desde que yo había arribado al establecimiento.

-Un poco triste, ¿no?

-Es que lo vamos a dejar –me cachondeé. Total, qué más daba, ya me había enamorado de aquella puta farsa.

-¿Entonces para qué le regalas nada? –inquirió sin ocultar un gesto de asco entrañable.

La réplica perfecta del zorro ingenioso e irónico que llevo dentro afloró de mis labios como un capullo de un pene erecto:

-Porque aunque las cosas se mueran, soy de los que me gusta ponerles algo bonito en la lápida. Así descansan mejor durante la eternidad.

Sin detenerme siquiera a mirar el mohín, probablemente mezcla de repulsa y alucinamiento de mi antigua colega, salí de aquella tienda que durante más tiempo del necesario había olido a miseria, mentiras con incrustaciones de rubíes y melancolía unidireccional.

No comprobé el recibo de compra hasta que no llegué a casa y me di cuenta de que en realidad el único epitafio que yo había perpetrado en ese templo de bisutería recargada era el de mi cuenta corriente.

A mi novia la joya le produjo un entusiasmo entre moderado y satisfactorio, salvo por la leyenda, la cual criticó con su habitual sosiego castigador. Se me había olvidado que a ella jamás le gustó Sabina. Sus letras siempre le han parecido demasiado mustias, con historias que se pegan demasiado al pasado, excesivamente nostálgicas. Demasiado prolijo en himnos que le cantan a lo que pudo pasar, tal vez pasó y nunca volverá a pasar.

Publicado en relatos | Deja un comentario

Una amiga

A mi novia nunca le ha gustado que tuviese amigas. De hecho, cuando la conocí me impuso como condición que dejase de hablarme con las que tenía. Yo intenté explicarle que el concepto “hablarse” ya no significaba lo mismo que en los tiempos de sus abuelos y los míos, pero ella, que siempre fue un poco yaya, rechazó mi objeción como rechaza el trigo el organismo de un celiaco. Lo hizo con una extraña tristeza contundente, sin necesidad siquiera de regurgitarme las palabras a la faz, limitándose a despreciarlas con la elegancia castellana que siempre la ha caracterizado.

Sin embargo, en el fondo sabía que yo jamás la haría caso en una cosa como aquélla. Principalmente, porque mi natural talante me impide obedecer a la gente, incluso a la persona amada. Y, si por un casual lo hago, resulta contraproducente, pues se me crea una bola de bilis en el estómago que genera a la larga un aliento fétido a mi espíritu y me provoca ventosidades en el alma.

Mi novia, que siempre ha sido una amante de los buenos olores y se compra el perfume en el Mercadona, asegurando que la marca blanca supera al original, no soportaba tal característica pútrida en mi humor, así que decidió ceder relativamente.

Su nueva cláusula antiamigas era menos estricta, pero me advirtió muy seria que ésta sí era de obligado cumplimiento. Se me facultaba a mantener amistad con féminas conocidas como mínimo con dos años de antelación al inicio de nuestro noviazgo, pero no con las demás.

El no respetar esta estipulación por mi parte implicaría o bien la rescisión de la relación sentimental, o aún peor, aceptar la presencia de sus viejos amigos solteros en casa todos los fines de semana. Tal cosa habría sido horrible, no porque me provocase celos en ningún sentido, sino porque la mayor parte de ellos eran abogados, y yo sinceramente no soporto a los hombres que ejercen dicha profesión. Tal vez se debe a que en el pasado fui uno de ellos.

No obstante, yo vi desde el principio que este nuevo pacto me brindaba una oportunidad inmejorable. Siempre he considerado que ese gran ardid llamado Derecho puede doblarse con la misma facilidad con que se dobla una sábana de hospital y que su contenido es interpretable de forma amplia y siempre en favor del reo o de la víctima, y ambas condiciones coincidían en este caso en mi persona.

Eso me llevó a considerar que la nueva condición preceptuada por mi compañera sentimental no decía nada de nuevas amigas, al menos de forma expresa –y lo tácito está muy infravalorado en estos tiempos 2.0.

Así que en los años venideros fueron surgiendo, de manera esporádica la mayor parte de las veces, y con constancia irregular cual menstruación de una premenopaúsica en las menos ocasiones, determinadas amistades con chicas sin pareja a la vista. Algunas de ellas veían en mí un potencial infiel con trazos de bohemio irredento, otras un ángel de la guarda para su evidente insania transitoria y más de una un desahogo fugaz para su período entreguerras conyugales. Muy pocas tenían vocación de verdadera amistad, muy pocas se han mantenido.

Conocí a una de estas raras excepciones cuando realizaba un trabajo de comercial en plena calle (un empleo precario antes de que los medios hablaran de precariedad laboral). La hablé para darle mi información, habida cuenta de que su figura me atrajo ya de lejos, y confieso que durante esa época yo casi siempre me transmutaba en el madrileño que trata de parar un taxi en las zonas de fiesta nocturna, con éxito dispar.

Ella sí acepto mis servicios de charlatán y decidió pararse. Además de confirmar que efectivamente pasaba con creces la nota de corte para acceder a la Universidad de mis gustos físicos, descubrí inmediatamente que era simpática, lo cual siempre ha sido para mí mucho más relevante que lo primero.

Dado que por aquel entonces se me daba infinitamente mejor entablar relaciones que vender productos (razón por la cual encadenaba trabajos como úlceras en la boca), ella no quiso comprarme nada más que un café conmigo en un establecimiento colindante, uno de esos del viejo Valladolid que se encargaron de destrozar las instituciones, la policía y los propios habitantes de la ciudad. Había música en directo, olía a bollería, café y desayunos tranquilos y el mobiliario no daba la apariencia de haber sido fabricado para venderse en Ikea.

Allí tuvimos nuestro primer encuentro, nuestro acercamiento preliminar, que nada tuvo de sexual, si bien hubo ciertas comprobaciones, pues cuando se consigue una nueva amistad resulta necesario y pertinente testear ese tipo de cosas. Recuerdo que fue un rato agradable, rodeados de espejos que nos pusieron un poco las almas de través, y confesé menos cosas que ella pero más de las que me habría gustado.

Aun así, después de que nos despidiéramos en mi viejo coche que ya era clásico pese a no haber cumplido los años legales para ostentar tal título, no tuve la sensación de que aquello fuera a perdurar.

Nos dimos un beso sobrepasando levemente el límite de lo permitido en una capital de provincias, ella se desnudó sentimentalmente mientras yo daba vueltas a la posibilidad de hacerlo literalmente por si el escándalo sustituía a la evidente falta de química física, y nos encomendamos al incierto tiempo de la felicidad al tiempo que sonaba Ella Baila Sola, aquel fantástico dúo noventero tan ninguneado últimamente por la inexistente cultura musical española.

Sin embargo, han ido transcurriendo los años y mi amiga sigue aquí. Durante este tiempo no demasiado largo pero sí extenso, nos hemos tomado la amistad a pequeños sorbitos, como a ella le gusta beber, cocinando a fuego lento con paciencia para alcanzar el punto perfecto de ebullición. Esa reducción en el nivel de intensidad nos ha venido bien, aunque ella siempre quiso girar la ruleta, fiel a su carácter pasional e impetuoso. En ese hervor pausado que yo traté de guiar, mi amiga siempre ha puesto ingredientes de admiración dentro de la sartén de nuestra apetencia común.

Creo que yo no siempre he estado a la altura de ese cariño tan poco meditado, fruto de un frenesí que yo la he generado por mi manera de ser tan depurada de cara al exterior como llena de mierda de puertas para adentro. Necesitaba verme como una especie de hermano mayor, de consejero cualificado para sus idas y venidas por los terrenos escabrosos de esa carretera puta que llaman amor a la que le gusta irse a la cama por los atajos más polvorientos.

Hacer de copiloto por esas superficies traicioneras no se me da mal. Conducir es otra cosa, pero de eso ya hace mucho tiempo, porque mi coche sufre bastante en pendiente, incluso en cuarta. Y mi novia siempre lo ha detestado, así que solemos viajar en su flamante Audi.

He sorteado con mi amiga repechos a veces creados por su propio cerebro. Ella no siempre habría sabido moverse de forma habilidosa por ahí de no haber sido porque mi torpeza sofisticada le ha ayudado a ver el otro lado del valle, ese en el que se anuncian orgasmos de tranquilidad si uno profundiza un poquito más hacia las partes estrechas del río.

Ella siempre ha valorado eso de mí, mi capacidad para contemplar el arroyo manso y beber de él sin miedo ni pudor, aunque a veces sea exceso de generosidad malsana y retraiga la propia eyaculación de mis inquietudes. Y siempre he tenido demasiadas distracciones, aunque en el fondo supiera que eran potenciales gatillazos que algún día me dejarían los sentimientos flácidos y pendientes como colgajos.

Pero ella se ha mantenido paciente, incluso sabiendo que había otras amigas que la precedían por la antigüedad, por la tradición, por el pasado, por los fantasmas. Por mi obsesivo afán de retener y no soltar a la cara la lefa de todos mis reproches. Al final, muchas de ellas no han hecho honor a mi persuasión de mantenerlas en mi vida a salvo de las restricciones contractuales establecidas por mi pareja.

Algunas se marcharon y el contacto se deterioró. Otras se quedaron pero en realidad se fueron mucho más lejos. Todas enfermaron, la mayoría de amor burgués, igual que yo. Tuvieron sus propios pactos de convivencia sentimental que excluyeron casi totalmente mi presencia en sus vidas, y tengo la lamentable impresión de que no pusieron tanto ahínco como yo por preservar su situación jurídico-emocional anterior.

La mayor parte de mis viejas amigas apenas me habla o lo hace de Navidad en cumpleaños, en este último caso siempre que no estén en la playa con sus chicos, grandes y pequeños. Sólo con unas pocas mantengo algo parecido a lo de antes, pero incluso en esos casos existe un terrible aroma a decadencia.

A veces mi novia me saca el tema porque sabe que me duele enormemente. No obstante, en el fondo soy yo quien me rio por dentro, pues no ignoro que es ella quien peor lo pasa al hacer conjeturas sobre cuántas de ellas tuvieron sexo conmigo y, avergonzadas, decidieron alejarme en cuanto apareció su fulano de referencia, aquel a quien, como al médico de cabecera, sólo se le pueden ocultar las cosas que luego se le narran al especialista. A mí apenas me han dejado seguir siendo un médico rural en tiempos de recortes.

Pero con mi amiga de los platos preparados con el fogón adormecido las cosas no han sido así. Ella ha continuado ahí con la misma frecuencia y, a base de insistir, los pequeños momentos se han transformado en una gran historia.

En algún momento, su vuelo alto de mirada baja se juntó con mis altas miras en aviones low cost. Nos reunimos en un tren de cercanías, apegados a la tierra, y confluimos en algún punto intermedio de la desértica llanura que ambos tenemos en medio del corazón. Puedo decir que he llegado a quererla con una mezcla de emoción y razón que nunca sentí hacia el resto de mis amigas, con las que siempre hubo un componente de fanatismo manchado por la libido. A ella, por el contrario, la quiero sin ambages, de manera fraternal.

Incluso mi novia, a la que no me quedo más remedio que presentársela hace un tiempo cuando nos cruzamos por la calle, ha aceptado a regañadientes su presencia en mi vida. Y no ha cumplido (por el momento) su amenaza de ejecutar la cláusula de incumplimiento de nuestro acuerdo. Supongo que incluso ella, que tiene por afición poner lindes a los terrenos de libre paso, se ha dado cuenta de que ella no constituía una presa de valor para su cacería en cotos privados.

Así han pasado los años, unos cuantos ya, y mi amiga y yo nos contamos los lunares de la cara y las heridas que no se ven, mientras tratamos de taparnos las cicatrices. Así seguirán pasando muchos más, estoy seguro, porque siempre nos reuniremos en el punto exacto de la cocción. Allí donde se cocinan los platos cuyo sabor se graba en el paladar para siempre. Ella no es mi mejor amiga, sino algo mucho más importante. Es una amiga. Una de verdad.

Publicado en relatos | Deja un comentario