Crónica de un escritor sin lustre

Hace un par de semanas vi una película hispano-argentina titulada El Ciudadano Ilustre, sobre la vida de un Premio Nobel de Literatura que decide regresar a su pueblo natal 40 años después de abandonarlo. Allí le preparan todo tipo de fastos y un recibimiento por todo lo alto, al menos oficialmente, y deciden nombrarlo “ciudadano ilustre”.

Daniel Mantovani, que así se llama el ficticio hombre de letras, comenta en varias ocasiones que él estuvo toda su vida tratando de escapar de la localidad que le vio nacer, pero que sus personajes se quedaron atrapados en ella. De hecho, toda su obra está basada en situaciones, personajes y características del pueblo.

En un momento dado, le preguntan si no tuvo ganas de volver en todos esos años. Y él responde algo muy interesante. “Quise regresar muchas veces, pero desde lejos, como si lo viera a través de una película”. Aclarar que el tal Mantovani es un tipo que vive de manera burguesa en una gran ciudad española y que se siente hipócritamente culpable por ello, por haber perdido el contacto con el pueblo, como él mismo reconoce en el discurso tras recibir el Nobel.

A mí me pasa algo bastante distinto, si bien hay ciertos paralelismos, además del obvio relativo a la profesión. Yo nunca he salido de mi pueblo, si bien en realidad es una capital de provincia, pero en más de una ocasión me hubiese gustado transmigrar, vulgo hacer que se me pirara el alma, y ver la ciudad desde un plano cenital, pudiendo hacer zoom de vez en cuando para ver y oír lo que se dice en los mentideros, sobre todo en los de mi barrio. Una especie de dron pucelano (preferentemente desarmado, por miedo a las tentaciones).

Pero como yo soy un escritor sin lustre que ni siquiera ganó el premio de narrativa que no se convocaba en mi colegio de curas, me veo obligado a vagar errabundo por las calles y el subsuelo de la villa por excelencia de España. Manuscrito partío, carta de presentación y propuesta editorial en ristre, me dispongo a visitar algunos lugares que todavía se dedican al honroso arte de publicar libros. Aunque sospecho que sin ninguna traza de heroísmo. Su mayor gesto épico consiste en solicitar presupuesto a Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverte o Matilde Asensi.

Pero esto yo, un escritor sin lustre y con los zapatos poco abrillantados este día de lluvia y barro en las aceras, no lo sé. Yo creo. Yo tengo más moral que el Alcoyano. Yo sé que he escrito una novela de la hostia, el proyecto profesional más importante de mi vida, mi obra cumbre, aquella que debería, si el mundo funcionara con lógica, encumbrarme a los altares del reconocimiento literario. Allí donde los mánagers, como diría Sabina, se acercasen como perros, y la vecina que jamás saludaba me diría que mi última obra la excita más que todo Camilo José Cela.

Planeo ponerme unos temas motivacionales de viaje en el Avant (aunque soy un escritor sin lustre, he decidido hoy tirar la casa por la ventana), pero es demasiado pronto y en mi reproductor de música sólo encuentro algo de Sidonie que me pegue con ese momento mañanero.

Desde que llego a la estación de trenes junto al barrio de Florentino Pérez –ave césar, me dan ganas de decir mientras miro las cuatro torres– me hago un propósito. No pienso dejarme llevar por el estrés de esta ciudad, como otras veces. Voy a ir a mi ritmo, como cuando la visitaba siendo adolescente e iba haciendo turismo, y me parecían muy divertidos todos aquellos cuerpos trajinando continuamente, entre sudorosos y hastiados.

Meto spoiler. No lo conseguiré.

Lo primero que hago es dirigirme a una editorial situada en el centro. Hay que aclarar que Madrid tiene varios centros. El histórico, que también fue el de los indignados, el centro de los señores con corbata, el centro de los obreros, el de los inmigrantes… Este sitio al que voy se encuentra un poco en medio de todos ellos.

La ciudad está gris, y no sólo por las nubes, pero mi primer viaje en metro es agradable. Este medio de transporte siempre me trae recuerdos y sensaciones de todo tipo. Es como un traje malo pero llamativo que adoro ponerme y que al final del día acabara encogiendo y apretándome. Pero de momento, va bien. Voy leyendo un artículo sobre el muay thay y no pasa nada del otro mundo.

Es un trayecto casi aburrido, plácido. Tras surgir a la superficie, le compro un café caliente a un hombre de etnia árabe que gimotea en las escaleras de la estación y que luego me pide comida con desesperación. Le respondo algo comprimido que otras personas seguro que estarán encantadas de hacerle el favor. A mí hoy sólo me toca lo del café, como si los indigentes fueran empresarios que pudiesen elegir las funciones de sus empleados contratados por minutos, el minijob llevado a su cénit.

La calle no está muy concurrida cuando me dirijo a mi primer destino, es la típica estampa del Madrid a media mañana algo aletargado, como la fiera que se toma su reposo necesario antes de bramar. Hay una fina pátina de lluvia que no supone mayor problema para mi paraguas de varillas rotas, apropiado para un escritor sin lustre.

La oficina es como uno puede imaginarse la oficina de una editorial situada en el centro intermedio de Madrid. Sobria, elegante, alfombrada, precedida de una puerta gruesa de madera, bañada por la típica luz de las hemerotecas donde los catedráticos o los estudiantes con vocación de magos investigan cosas.

La recepcionista es una mujer atractiva y simpática pero que tiene la suficiente contundencia suave y femenina como para no dejarme pasar más allá de sus pequeños dominios. Ella es la única persona con la que podré conversar y he de decir que lo haré con gusto. Incluso volveré antes de emerger al exterior para repreguntarle algún detalle insustancial que ella me aclarará con la misma actitud de persona competente y encantadora. Me saca demasiados años, así que me voy.

Inicio la segunda parte de mi trasiego, sin duda la más dura, aunque también la más importante. Me dirijo a un grupo editorial fuerte, potente, situado lejos de lo único que puedo considerar mi zona de confort madrileña, si bien es cierto que he venido tantas veces a esta ciudad que incluso alguien provinciano como yo se cree capaz de poder abarcarla de una forma bastante cándida. A Madrid nunca hay que subestimarla.

Ameniza la atmósfera ya algo recalentada del vagón un indígena sudamericano que toca el Sounds Of Silence de Simon & Garfunkel con un instrumento que descubro ahora mismo gracias a la Red de Redes que se llama capador, y es típico de Colombia. Sí, me refiero a ese conjunto de cañas de diferentes alturas unidas entre sí que todos hemos visto miles de veces pero al que no solemos poner nombre.

Nadie da dinero al tipo, que muestra un semblante de derrota anticipada ya a esas horas de la mañana. A mí me hubiera gustado hacerlo, pero no tengo ni un duro, que se decía antes del redondeo. Se lo digo con algo de postureo innecesario y le deseo buena suerte. Un madrileño de pro (en realidad, asimilado, porque ya se sabe que allí ninguno es realmente de Madrid) jamás habría hecho eso. Hasta en este detalle se nota que soy un escritor provinciano sin lustre.

A partir de aquí, inicio la parte más penosa de mi tarea. La lluvia comienza a arreciar de una forma peligrosamente intensa. Otro sudamericano (posiblemente también colombiano, por el acento), dueño de una cafetería orientada a servir cafés y pinchos de tortilla para los chavales de un instituto cercano, me indica de una manera extremadamente amable, incluso parándose a revisar google maps (algo que podría haber hecho yo en primer lugar si hubiese pensado de forma más lustrosa), qué pasos tengo que dar para llegar hasta el sitio. “Hay 15 minutitos no más, brother”, me señala. Sé que serán 25, pero no me importa.

No me importa, claro está, si no fuera porque se pone a jarrear de cojones, el camino está en cuesta y yo tengo que agarrar en una mano mi paraguas desvencijado y en la otra mi carpeta voluminosa. Los artículos para el aseo personal, los cuales necesitaré más tarde, los llevo en los bolsos de mi cazadora de cuero sintético que tiene más rotos de los deseados y abriga menos de lo que me gustaría.

Para completar el execrable conjunto de mi persona, mi novia me empieza a bombardear a whatsapps preguntándome qué tal me ha ido. Qué falsa eres, cariño. Cómo si no estuvieras deseando que fracasara para poder centrar mi carrera en la empresa de tu padre. Pero en el fondo la quiero, pese a que no sea la chica de mi vida y practiquemos sexo descafeinado, así que me desvivo en escribirla como un amante primerizo. Se me está a punto de caer el dispositivo en varias ocasiones, pero prefiero que sea la carpeta la que choque contra la pluvia asfáltica. Un escritor sin lustre sabe perfectamente lo primero que debe sacrificar.

Consigo llegar con agujetas físicas y visuales a un edificio gigante que parece un complejo de oficinas como las que posee el progenitor de mi pareja más que una editorial. Pero bueno, yo ya he dicho que a mí hoy no me impresiona ni el fantasma de Rita Barberá, así que intento penetrar a través de las fauces del armatoste.

Sin embargo, una garita castra mi impulso enhiesto. Una recepcionista mucho menos agraciada y bastante más seca que la de mi primera parada me conmina a quedarme quieto, congelado cual panorama político español. Tengo que dejar allí mis papeles con la tímida esperanza de no estar perdiéndolos.

Ella, la hosca, me asegura que no, que en ese sitio se lo leen todo todito todo. Lo mismo que les decíamos a nuestros profesores cuando hacíamos las recensiones de El Quijote o Tiempo de Silencio, pienso yo. Me dan ganas de soltarle una disquisición sobre la paradoja entre la cultura que abre la mente y las puertas que cierran a los que nos dedicamos a ella, pero no me apetece transmitir una imagen de perdedor que da la barrila. Soy un escritor sin lustre, pero mostraré aspecto de digno competidor hasta el final.

Bueno, he hecho lo que he podido, pienso con un semblante cómico de escritor sin lustre, mientras me tiro un selfie cual disparo a la sien y desconecto los datos móviles para que mi novia no continúe ametrallándome. Con el paraguas quedo muy otoñal y lúgubre, aunque también tengo un no sé qué satírico que me encanta.

El paisaje de este día en Madrid es sorprendente y tiene un preciosismo decadente y grisáceo que me fascina. Las hojas amarillentas se caen a mi paso veloces como las de mi novela ante la vista de esos editores sin rostro, sueño con optimismo. Paso junto a un parque con aspecto de bosque y me entretengo viendo su soledad pétrea de mediodía, con la lluvia que no da tregua y sus bancos de madera puestos como para foto de pintor impresionista. Me lío a lanzar fotos y hago un video con vocación de youtuber frustrado y cutre, donde suelto un poco la rabia con cierta gracia inefable.

Entra una señora con perro por las puertas herrumbrosas del tétrico parque y corto la grabación por miedo a que me tome por un psicópata en aquel cuadro de película de terror. En realidad, no me doy cuenta de que deteniendo bruscamente el artefacto y pronunciando el alto la palabra psicópata estoy acojonando aún más a la mujer que pasa presurosa como si se hubiese topado de frente con el mismísimo Cristóbal Montoro.

Al salir de esa foresta urbana, un señor con perro cacatúa me para, extrañado por el hecho de que esté tomando fotos de todos los árboles. “Me gustan los colores” (dan aspecto de vida caduca y deprimente, me dan ganas de decirle, pero no le jodo al tipo la impresión dicharachera que le dejan mis palabras en su sonrisa de hombre jubilado y bonachón). Creo que por aquel entonces ya estoy algo trastornado y me he imbuido del espíritu general.

Ratifico esta sensación tras beber un café en el que leo sobre una nazi de 29 años que está bastante buena. Entro nuevamente en el metro y las promesas que me hice recién llegado se quiebran como la tríada de mi amigo Sergi cuando era una promesa en ciernes y fue lesionado por Nano en la Massía. Penetro acelerado, sin sentido, con un atisbo de brutalidad violadora. Es casi hora punta y aquello empieza a llenarse de seres humanos que se hacinan en celdas autogestionadas.

En este desplazamiento, el último que tengo que realizar, debo hacer varios trasbordos y los hago casi al ritmo de los demás bultos, subiendo por la izquierda mientras la derecha se para, metáfora patria a la inversa. Aun así, no llego. Nunca llego. Lo peor es que hay gente que siempre llega, lo percibo, lo intuyo, porque los veo desde fuera a través de las ventanillas. Se nota en sus gestos que acaban de llegar, que lo han logrado.

Yo espero como un tonto el siguiente tren, que en esta salida de curros del noviembre madrileño por suerte llega pronto. Decido seguir leyendo para mantener la cordura. Todavía tengo que mantener una pizca de ella para rematar mi visita a las editoriales. La carpeta me pesa casi tanto como las piernas cuando me muevo con afán destructor por los pasillos underground, cual T-800 buscando a Sarah Connor.

Culmino mi labor sacando mi cara más comercial con la dueña de una pequeña librería bajo los soportales de una particular plaza empinada que se dedica a editar ensayos universitarios y libros para la lectura académica. La trato de convencer de que mi novela se puede convertir en un referente generacional, que es exactamente lo que pienso y lo que le hago creer a ella, pese a lo cual sé que se limitará a leer mi propuesta con interés, a recordarme como un chico que tal vez si la hubiera pillado con treinta años menos habría tenido un pase y a desearme en silencio buena fortuna y lustre.

Ahora sí, por fin, me puedo entregar a la locura, porque Madrid me ha atrapado una vez más en sus tentáculos de ciudad inhumana que al mismo tiempo encandila. Ahora sí, soy un jodido perturbado que tengo que correr para llegar a tiempo a mi próxima parada.

Me dirijo como un desquiciado en tiempos bélicos a refugiarme de nuevo en el búnker del transporte público y allí me fusiono con la masa informe de autómatas que avanzan por las galerías de Matrix para encontrarse con el Arquitecto, ya que el Oráculo se ha ido de vacaciones a Cuba. En mis cascos suena el álbum Ellos Dicen Mierda, Nosotros Amén, de La Polla Récords, y me da por guitarrear y cabecear como si estuviese dando un concierto. El paraguas y la carpeta donde guardo mi alma de escritor ilustrado sin lustre ya forman parte de mi cuerpo.

Paso la tarde redescubriendo la ciudad, recordando lo que para mí simboliza Madrid en un día frío de finales de noviembre. Enrocado en mi adolescencia, recupero sensaciones perdidas sobre esta ciudad. Rememoro que Madrid es un mercadillo improvisado de ropa y zapatos tras la pared que da a un andén. Madrid es sudar despojados de abrigo y sudadera más que con ellos puestos. Madrid son unas escaleras que surgen al doblar una esquina y te destrozan las rodillas, la galería de una nave espacial bajo tierra, el arte kitsch en el único rincón sin aprovechar.

Esta ciudad son personas que duermen mientras se desplazan, que cierran los ojos de pie y gritan al despertar. Es un conjunto de androides que no necesitan viajar al futuro para que les cambien la programación. Es atravesar tantas barreras que te olvidas en qué punto se encuentra la libertad. Es un acordeón aliviando la marabunta y las corrientes de aire sahariano que se escapan del techo. Madrid es Tirso de Molina, Sol, Gran Vía y Tribunal, aunque nunca sepa dónde queda la oficina a la que te he de ir a buscar.

La capital de España es comer frente al Bernabéu rodeado de rascacielos, amagos de parterres, tipos con corbata, mujeres con faldas negras, máscaras del mundo y algún que otro expresidente del Madrid. Es un africano con gorro y guantes raídos vendiéndote un suplemento solidario a la entrada de un centro comercial ya iluminado para la Navidad del año que viene.

Madrid es leer poesía en un café donde descubrí lo que eran las bellas artes. Es la chica a la que no le pude decir que el pantalón que se estaba probando no le hacía justicia. Es un autobús colapsado fracturando la Castellana en medio del crepúsculo. Es coger el metro ligero y hacer la compra en un Corte Inglés de extrarradio. Madrid son amigos que se exiliaron hace años y que me reciben entre conmiseración, morriña y una pincelada de admiración condescendiente.

Es la ciudad perfecta para un escritor sin lustre. Inspiradora, fascinante, odiosa, frenética. Pero yo, al igual que Daniel Mantovani, el escritor que fue nombrado ciudadano ilustre de su pueblo argentino, radico casi toda mi producción literaria en Valladolid, porque nunca he podido, y muchas veces tampoco he querido, escapar de ella.

Me despido ya entrada la noche de la ciudad que no me quiso refugiar hoy mientras la estación tiene un aspecto de soledad incomprensible, de gelidez esencial, aunque los compartimentos estén repletos de viajeros. Regreso tras una jornada de inciertos resultados, si bien tengo la ligera sospecha de que el partido está amañado de antemano. Sin embargo, no me afecta demasiado, porque yo sé que un escritor sin lustre puede componer una novela maravillosa y buscar remedo en los patrones de su propia alma.

Convoco a los dos artistas favoritos de mi abuelo, Carlos Gardel y Alberto Cortez. El uno me recuerda que siempre hay que volver, aunque sea con la frente marchita, y el otro me habla de que allende Galicia se puede entregar la vida a una nueva tierra. Me pregunto si allí acogerían a escritores sin lustre. Mientras tanto, pienso que él (mi abuelo, no el de Cortez) se sentiría orgulloso de mí si pudiera verme así, retornando a Pucela tras haber estado luchando en territorio hostil, en esa Madrid que tan diferente era en sus tiempos y que a él tanto le encantaba. Al menos, sé que me consideraría el escritor con más lustre de todos los tiempos.

Y mientras me percato de que he vuelto y abandono con la tranquilidad de un provinciano el tren en ultimísimo lugar y Valladolid me recibe fantasmal y con un chirimiri, pienso que de momento con eso me basta.

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Trumpolín hacia la niebla

Admito que iba a haber titulado este artículo “Trumpolín hacia el abismo”, pero algo ocurrió hace un par de días que moderó mi catastrofismo. No sabría explicar qué fue, supongo que una brochada de moderado optimismo procedente de algún pintor inesperado que pasaba por ahí. Por otra parte, algún tuit lanzado la madrugada del Supermartes al Inferiormiércoles ya usaba ese lema, y no me gusta copiar el ingenio de los demás, ni siquiera en una ocasión así. Y sí, la llegada de mis queridas nieblas a los intestinos de esta ciudad castellana han influido.

Esto también implica un cambio en el espíritu de mi entrada, que no del Spiritrump. Ya no hay abismo, destrucción ni catástrofe inminente. Ahora digo que nos espera algo que, bien mirado, puede parecer incluso poético o bonito. Incertidumbre, como explicaba el otro día para la SER mi amigo el periodista pucelano y residente en Chicago Jorge Santo Tomás. Panorama difuso, borroso, incierto… Como la niebla.

Ahora, se abre un escenario político en el que todo puede ocurrir. Desde que Rusia se alinee definitivamente con Estados Unidos y se dediquen a bombardear indiscriminadamente a todos aquellos territorios donde exista el terrorismo musulmán, hasta que los mexicanos se rebelen y decidan declarar hijo de la gran chingada a Donald. A Trump y al pato. Que no tiene la culpa pero es yankee y no se le entiende hablando.  Y de paso a Mickey y a todos sus amigos, y a Iñaki y su hermano. O que Estados Unidos quede devastado y/o arruinado y alguna mujer parecida a Lisa Simpson ocupe el despacho oval para reconstruirlo.

“Como ya sabéis, hemos heredado del presidente Trump bastante crisis presupuestaria”. (Imagen: yourdailydish.com).

Claro que también podría suceder que no se desatara ningún escenario bélico a gran escala propiamente dicho y que todo siguiese más o menos como ahora, con una especie de guerra mundial rara, no declarada, entre Occidente y parte de Oriente, que no nos toque demasiado de cerca a los ciudadanos de esta zona. De no ser que vayamos de turismo a un país musulmán o que tengamos la mala suerte de estar dentro de una torre o de un tren cuando explote. Probabilidades bajas, a fin de cuentas. Lo bastante bajas para no quitarnos el sueño. Total, la peor parte se la llevan siempre los propios musulmanes, en Irak, Pakistán, Afganistán, Siria…

Bien, dicho esto, y una vez dejado claro que todo está en el aire como el love en las bodas, no pasa nada por decir que el tipo da miedito. Que a todos se nos ha pasado un poco por la cabeza que si este personaje se comporta igual como presidente que como candidato, tal vez nos esperen años jodidos.

En este sentido, me hacía gracia la reacción de bastante gente después de escuchar el primer discurso de Trump y de observar sus primeros comportamientos. “Se ha moderado. Se ha dado cuenta de que no puede actuar igual gobernando que en campaña. Allí le valía el personaje, pero como político con responsabilidades será  de otra forma. No es lo mismo estar en la Casa Blanca que en un reality de la tele”.

Yo creo que este grotesco ser ni se ha calmado ni tiene ninguna intención de hacerlo. Este tipo es lo que parece que es, un personaje con trazas hitlerianas y verbo violento, racista, machista y algo zumbado. Como pasa con Le Pen en Francia o con Viktor Orban en Hungría. A propósito de esto, Arcadi Espada en una columna infame publicada en El Mundo, al nivel del peor Salvador Sortres, metía a Pablo Iglesias y a Puigdemont en el mismo grupo que Trump y Le Pen por “populistas”. Aunque admitiera esta categorización para el líder de Podemos y el presidente de la Generalitat, hay un largo trecho por recorrer.

Ni Iglesias ni Puigdemont pueden compararse con el racismo de Trump. Decir eso, señor Espada, es como decir que Albert Rivera o Rajoy son iguales que Trump porque defienden el capitalismo. Lo cual además sería falso, porque Trump ni siquiera está definido en ese sentido y apoya determinadas políticas económicas que tienden al proteccionismo, metiendo esos matices izquierdistas en su discurso de ultraderecha para llevar a un grupo más amplio. Igualito que hizo Hitler en los años 30. Y es que estamos viviendo un peligroso regreso al pasado en este campo.

El racismo y la belicosidad contra lo diferente no sólo no se ha superado en los tiempos actuales, sino que bulle con más potencia que nunca. Como si este ser que llamamos humano no hubiese aprendido nada. Sin embargo, yo soy un defensor de que el problema no lo tiene tanto el individuo como la sociedad. Es ésta la que está enferma, como decía Freud. Y como me decía mi amigo Villa el otro día, lo terrible no es que haya un Trump –siempre habrá trumps en el mundo– sino la perspectiva de la sociedad actual sobre los problemas sociales y económicos.

Se culpa al inmigrante, a los colectivos minoritarios, a lo que se sale de la norma impuesta por el sistema patriarcal que intenta dominar a base de fuerza física. Se generaliza lo particular para crear bandos, enfrentamientos y odios, se toma un ejemplo y se criminaliza al conjunto, se humilla y desprecia al que siente, ama o folla diferente, se desprecia el papel de la mujer. No creo que haya mucha diferencia en este sentido entre Trump y el extremismo islámico. Por eso se odian. Por eso nos quieren meter entre medias de su odio. Porque son iguales. Y el resto de la sociedad, estúpidamente, muerde del anzuelo que tiran.

Además, es agresivo y ambicioso. Sus actos empresariales no dejan lugar a dudas. Para muestra, un botón. Javier Pino en la revista Papel de El Mundo contaba hace un par de semanas que Trump quería construir un campo de golf en Escocia y para ello tuvo que comprar varias fincas privadas. Sin embargo, una familia se negó a vender y, como venganza, los encerró en un muro para que su casa no se viera mientras él intentaba birdies. Además, les mandó la factura para que lo pagaran ellos –dicho lo cual, en España estamos siendo muy hipócritas llevándonos las manos a la cabeza con este tema del muro, porque hay que recordar, por si se les ha olvidado a algunos, que nosotros tenemos fantásticas alambradas en Ceuta y Melilla, con estupendas concertinas, sensores térmicos y demás elementos disuasorios.

Trump, en el centro de la imagen, durante la inauguración de su campo de golf en 2012 (Imagen: El Mundo).

Trump, en el centro de la imagen, durante la inauguración de su campo de golf en 2012 (Imagen: El Mundo).

Un hombre que actúa en sus negocios con ese talante mafioso, invasor, chulesco y dañino, puede perfectamente hacer lo mismo como político. El problema es que no es un político cualquiera, sino el máximo mandatario de la mayor potencia mundial. Así lo han decidido los ciudadanos de su país, que todo hay que decirlo, se vieron bastante limitados por la ausencia de alternativas en el bipartidista espectro político estadounidense y el desgaste mediático de la principal adversaria. En este sentido, desgraciadamente no tuvo razón mi amigo y tocayo Álber cuando me decía que cuando un candidato como Trump es tan detestado, la gente vota al otro sin pararse a pensar si está de acuerdo con su ideario programático.

Pero no nos engañemos, tampoco sé si Bernie Sanders le hubiera dado más batalla que Hillary Clinton, como aseguraba Pablo Iglesias en sus declaraciones tras la victoria del republicano. Creo que Trump se hubiese impuesto igualmente, porque el escenario le era totalmente propicio y sus partidarios se han hecho más fans suyos si cabe tras cada barrabasada que soltaba. El efecto contrario a lo que en teoría dictan las leyes de la razón.

Pese  a todo, Clinton tuvo más votos. Así que se puede decir que Trump gana las elecciones, pero no arrasa. Eso no es mucho consuelo, pero hay que tenerlo en cuenta para no meter a todo el pueblo estadounidense en el mismo saco, y para no caer en el error de las etiquetas. Eso sí, igual que digo esto, tampoco soy muy condescendiente con los que le han votado. He escuchado estos días cientos de análisis tratando de justificar a sus votantes, por ejemplo los de Pablo Iglesias y Alberto Garzón, tratando de comprender al ciudadano descontento, a la clase media empobrecida y demás colectivos maltratados por la situación económica de desigualdad que vive EEUU desde la crisis. También se tratan de entender las claves del triunfo trumpista en un interesante artículo que me pasó mi amiga Patri.

Trump celebra su victoria (Imagen: elproceso.com).

Trump celebra su victoria (Imagen: elproceso.com).

Aun admitiendo que tal explicación es cierta, no lo es menos decir que el que vota a Trump sabe a quién vota. Vota a un tipo que ha dicho que cuando eres una celebrity “te dejan hacer lo que quieras, agarrarlas del coño, lo que sea”, a un impresentable que comentó que a él no le gustaban “las mujeres cerdas gordas, perras, patanes y animales asquerosos”, a un fulano que ha asegurado que vetaría la entrada de los musulmanes a EEUU y devolvería a los refugiados sirios a su país, a un individuo que le dijo a su rival Hillary Clinton que era una asquerosa y que amenazó con meterla en la cárcel si era presidente, a un sujeto que aseveró que podría ponerse a disparar a gente en la Quinta Avenida y aun así, no perdería votos…

Por no hablar de algo que no ha sido apenas comentado y que a mí me preocupa casi tanto como su perfil de intolerante, xenófobo y virulento. Trump niega que exista un cambio climático, se burla de él, insulta a los que lo defienden y ha declarado abiertamente que no respetará los compromisos –tibios e insuficientes, pero en comparación con la situación anterior, un gran avance– alcanzados en la cumbre del clima de París.

Es decir, que nos enfrentamos a que la nación más poderosa del planeta dé pasos atrás (como si no hubiera dado bastantes en el pasado) y se ponga a escupir contaminación de forma masiva, a horadar la tierra con procedimientos de fracking y a dañar todavía más el medio ambiente. Y aunque algunos no lo quieran ver, este es el problema más grave que tiene el mundo a medio-largo plazo. Según el nuevo presidente electo, “se lo inventaron los chinos”.

Ese es el Trump de verdad. Quien se quiera creer su supuesta moderación porque le ayude a bostezar más reposadamente, está en su perfecto derecho. Es legítimo. Yo bostezaré igual que antes de Trump –un poco a empellones, algo nervioso– y miraré a la niebla de la misma forma, sin temor a encontrarme con su fantasma, pero tendré presente que esa vaporosa humedad podría algún día convertirse en humo procedente de deflagraciones.

Aunque también podría ser aquel efecto típico de las antiguas discotecas bakalatas o de los autos de choque. En esta coyuntura, todo es impredecible. ¿Alguien conoce a alguna mujer que se parezca a Lisa Simpson? Si es así, que la llame y la pida un favor en nombre de la humanidad, por favor. De mi parte, dígale que yo a cambio sólo le puedo dedicar alguno de mis escritos, entre tremendista, lírico y satírico, y un tour guiado por la Valladolid misteriosa de las nieblas. Que no es pequeña cosa.

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Dolores en diferido

Dicen que el peor padecimiento no es el que sucede inmediatamente al golpe, sino el que llega después, pasado un tiempo, como un recuerdo traumático del impacto. Acostumbra a quedarse toda la vida como molesta recidiva de la hostia y cada situación tensa que afecte a la parte en cuestión le hace renacer.

Claro que no siempre tiene por qué ser así. Hay veces que se cura del todo con rehabilitación, regeneración, concienzudos ejercicios, flexión y torsión, y sobre todo con voluntad. Pero ese “sobre”, amigo, es muy importante. Si no lo hay, ¡Ay, Dolores! Se quedan pa´ los restos del naufragio.

Lo más chungo es cuando te dicen aquello tan manido y recurrente de “ya verás, en frío te va a doler más”. Y a ti te dan ganas de espetar “en caliente” un buen shoryuken a la mandíbula del traumatólogo ad hoc.

Pero bien se sabe que es mejor controlarse, no sucumbir al arrebato pasional, olvidar sus beneficios atenuantes, y hacer las cosas con un poquito de alevosía. La planificación en esos casos es muy importante para defender que los daños se provocaron de manera culposa y nunca dolosa, o incluso, para sostener la propia irresponsabilidad e inocencia en la causación de siniestro. “Todo presunto” y a otros lamentos.

Craso error. Nunca hay que subestimar a los viejos males, a las antiguas migrañas. Esos dolores de cabeza siempre vuelven y te exigen el pago de una indemnización en diferido. Tú te justificas diciendo que lo haces en Defensa propia, pero parte de tu organismo se rebela. Al soldadito no le gusta que le pongan firme con la bragueta apretada.

Eso sólo acaba generando más dolores, de esos que prefieren que les llames Lola y a los que les gusta montar follón. Tienen mucha historia, aunque más que historia sea un poema. Les gustaba ser la niña de azul en el colegio de monjas, aunque acaban desagradándote como si fuesen la vieja verde. Tú te creías que tenías pomadas para esos dolores y remedios para toda clase de errores, pero ni siquiera tus recetas contra la desilusión te bastaron.

Lo peor es que el machaque sigue ahí por mucha simulación que hagas. Y no te vale ni destruir el disco duro. Esto está en la nube, como tú tantas veces, y no es todo falso salvo alguna cosa. Es dolor real. El destino se burla de ti.

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Mi reválida

Hoy me he examinado sin nada que perder, ante ti, mirando en tu aula interior; auscultando tus ansias de desbordar.

En esta noche fratricida, muchos son los pecados que callar; hagamos que los nuestros rompan el silencio de tu voz.

Alarguemos la oscuridad como zombis, montemos nuestro desfile de Halloween como almas errantes que escapan.

Luego, llegará la condena, tu caudal en los ojos, el vaso rebosante. Pero yo estaré allí para hacer de presa.

Me he propuesto que estos cursos merezcan la pena; jugármelo todo a una carta, sacar el nivel avanzado en la reválida de tus pupilas.

Si me suspenden los que habitan la casa franqueada por leones, la jauría que busca su investidura en la jungla; que al menos me apruebe tu sonrisa.

Cuando llegues a casa en el mañana que ya ha empezado, no te olvides de la lección que practicamos. Yo recordaré entre sueños que casi fui un profesor de verdad.

No temas a los maestros de tu vida; ellos también rechazaron los libros de la recta virtud. Yo he aprendido más en el torcido desliz de tus labios.

Sé que ya no nos quedan opciones, el tiempo encaneció la espera; pero a tu corazón aún le quedan muchas madrugadas de hincar codos.

Tiempos de fracasos y falsos ejercicios perfectos, de vistos y no vistos; no permitas que haya bostezos en las bibliotecas de la pasión.

Ten presente que fuiste la chica de verde; yo he sido testigo de tus superpoderes. Prometo no estorbar.

Mientras elijo a la criatura de mi disfraz, sentiré terror al pensar en tus fantasmas; demasiados vampiros sueltos para tan poca sangre.

Nunca pasarán la prueba de acceso a la universidad de tus deseos; alumno aventajado, tus tasas de matrícula de honor me gravan más que su IVA Cultural; bendita tu ignorancia, maldito su legado.

Resta tu clase de matemáticas, hagamos huelga de horarios; huye conmigo a las calles donde las ciencias no son exactas; haz manifestación al cuadrado de ti.

Entre tanto, yo probaré una nueva Máscara del Mundo. Dará más miedo que La Noche y será mito entre los bichos del XXI. Sé que no somos la generación del cambio, pero vamos a dejar bien alto el pabellón.

Begin Again, niña, que no quiero verte llorar por debajo de tus posibilidades. Un suspenso no es nada, porque tú eres sobresaliente.

No escuches a los notables ni a los certificados de la excelencia; hagamos ley.

Yo, el currículo de fantasía; tú, la materia obligatoria.

Yo, tus sesiones presenciales; tú, mi test de cada día.

Yo, el envoltorio de tu risa; tú, mi extraño regalo.

Yo, el diccionario de tus expresiones.

Tú, el boletín de notas de mi otoño de sueños lentos y aviones veloces.

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Bob Dylan, Premio Nobel del Pueblo

No sé si su autor estaba pensando –o practicándolo– en el discutible arte de meterse polvo blanco por la nariz, o bien el de chutarse –es muy probable que simplemente se tratara de los porritos–, cuando escribió Mr. Tambourine Man, una de las mejores alegorías sobre la droga que se han escrito en el mundo de la música, y más allá. Y de ese más allá precisamente va el tema.

No han pasado ni setenta y dos horas desde que unas personas decidieran condecorar a otra y en ese lapso de tiempo las feroces garras de los que se autoerigen como defensores de la cultura se han afilado más que nunca para despellejarlos a aquéllos y al premiado. Esto suena brutalmente cainita –de hecho, lo es– incluso si se obvia el hecho de que Bob Dylan siempre ha sido generador de tanta polémica como los propios Premios Nobel.

A mí, qué queréis que os diga… Los Nobel en sí, me parecen una pantomima. Es más la relevancia mediática que se les da que su importancia real. Son premios totalmente desprestigiados por sí mismos, otorgados según un criterio la mayor parte de las veces de oportunidad política –no hay que olvidar que Obama y Al Gore tienen uno–. Sí, no voy a negar que el de Dylan también tenga que ver algo con eso.

Ahora bien, dicho esto, lo que no puedo soportar y me corroe las tripas es la encarnizada cruzada que han iniciado los supuestos eruditos de este mundo contra la concesión del galardón.

Así que he decidido defender el premio de Dylan. Me pongo en este bando, puesto que parece que el tema es extremo y no permite medias tintas ¡Ni que los intelectuales estadounidenses se hubieran vuelto españoles!

Que Bob Dylan no es un reputado literario, ni ha escrito durante su carrera de forma sesuda grandes obras que inviten a la reflexión compleja y sustancial sobre los grandes problemas del mundo, está claro. Ello no es óbice para negarle su calidad como escritor de versos y contador de historias usando el lirismo.

El reconocimiento a Bob Dylan hay que entenderlo como una forma de elevar a los altares del mundo de la intelectualidad elitista y política a un portavoz del pueblo, a un trovador que ha cantado para todo bicho viviente y cuyas letras, por mucha riqueza lingüística que atesoren, son comprensibles para todo el mundo. Tienen capacidad para emocionar igualmente a un humilde indigente de los suburbios de Los Ángeles y a un catedrático de Filología.

Claro está que el primer Bob Dylan, el de The Freeweelin´ Bob Dylan y The Times They Are A-Changing, era mucho más cercano y entroncaba más con los sentimientos de la colectividad –el texto de Blowin in the Wind es plenamente vigente en el mundo de hoy–. Luego, se volvió más críptico, aunque nunca barroco, más metafórico y seguramente más genial –así lo reconoció la crítica–, pero no creo que dejase nunca de ser accesible.

Tengo que confesar que yo soy más de aquél, del working class hero, idolatrado incluso por mi admiradísimo y querido John Lennon, que para mí es el verdadero héroe del pueblo y de la clase trabajadora, por mucho que Dylan tenga la vitola de portavoz generacional y líder del movimiento contracultural, etiqueta que él tanto llegó a detestar.

Ojalá le hubiesen dado un Nobel a John, pero admitamos que el referente de todos aquellos genios de la música popular es Bob Dylan, así que bienvenido sea su premio. No porque vaya a cambiar nada el concepto que el planeta tiene del cantautor de Minnesota, sino porque se trata de un título simbólico, una especie de otorgamiento oficial a su figura y a lo que representa.

Eso es lo que a mí me sitúa en el lado dylaniano –aunque no sé si el propio Dylan, tan poco amigo del mainstream y los focos, será dylaniano en este tema, aún no le hemos escuchado– de la polémica. Me parece un premio con el que todos nos podemos sentir en parte identificados, una especie de logro compartido.

Si existiese un Premio Nobel de la Música, no habría hecho falta esto, pero dado que no es así, porque seguramente la Academia Sueca, como tantas otras instituciones de pedantes  e intelectualoides reprimidos, consideran un arte y un saber inferior a la música popular, al rock, al pop, al folk, al blues y al country –géneros todos ellos cultivados por Dylan con maestría–, el Nobel de Literatura es lo más aproximado.

En cierta medida, me estoy tirando piedras contra mi propio tejado, pues yo soy escritor y modestamente considero que no se me da mal. No me dedico a la literatura menos que aquellos que se han lanzado en tromba a criticar a Dylan, aunque yo no tenga una trayectoria profesional tan extensa –principalmente, porque hasta ahora no puedo vivir de ello–, ni tenga millones de lectores, ni reconocimiento de los analistas, y no me conozcan ni en mi propia casa –en parte, esto es literal.

Yo también pretendo que mi próxima novela sea un acontecimiento literario, y ojalá lo sea, pero probablemente nunca optaré a un Nobel, y posiblemente ni siquiera a un premio literario local de poca entidad. Pero eso no me generará ese sentimiento insano de frustración con el que se trata de desprestigiar la obra de una persona, que durante casi sesenta años ha cultivado con excelencia el género literario –para mí, lo es, aunque sea menor y esté denostado– de la canción de autor.

Por eso, no puedo sentirme identificado con aquellos que han desatado su cólera de las formas más variopintas vía Twitter, el hogar on-line del debate irrespetuoso, por mucho que se dediquen a lo mismo que yo.

Algunos han utilizado sarcasmos de lo más torticeros y demagogos, como la escritora Jodi Picoult, quien aseguró que tal vez a ella le corresponda ganar un Grammy, o el también escritor y periodista Gary Stheingart, quien ironizó con el hecho de que leer libros es duro y que por eso entendía al Comité. Por no hablar de la tontería que soltó el autor de thrillers Jason Pinter, afirmando que Stephen King debería ser elegido para engrosar el Salón de la Fama del Rock´n Roll. No he leído a Pinter, pero sí muchos thrillers en mi vida, y algunos son de una calidad literaria bastante inferior a las letras de Bob Dylan.

Unas letras que tienen además el don de reflejar una gran variedad de situaciones y ofrecer un abanico muy amplio para la interpretación de su significado, por su calculada ambigüedad. Tal vez los políticos españoles podrían dedicarse a sí mismos algunas de ellas. Por ejemplo, a Iglesias y a Errejón les pega muchísimo Tangled Up In Blue, a Pedro Sánchez le viene que ni pintada Things have changed, mientras que a los independentistas catalanes y a los nacionalistas españoles les podría retratar muy bien Don´t Think Twice It´s All Right.

Me gustaría haber encontrado alguna para Rajoy, pero  es tan soso y aburrido que ni siquiera tiene cabida en las canciones de Dylan. Pero a Cristóbal Montoro me le imagino como el protagonistas de Ballad Of a Thin Man. Es mi interpretación, claro está, porque Dylan dijo una vez que el tal Mr. Jones era un chapero…

Bromas aparte, para todos, sobre todo a los que desvalorizan su aporte literario a la sociedad, les recomiendo  escuchar ciento y mil veces la maravillosa The Times They Are A-Changing, mi canción preferida de Dylan (“vamos, escritores y críticos, que profetizáis con vuestras plumas, mantened los ojos abiertos, la oportunidad no se repetirá. Y no habléis demasiado pronto, porque la ruleta todavía está girando. Y nadie puede decir quién es el designado. Porque el ahora perdedor será el que gane después…”).

Sí, una de las más sencillas, de las que menos riqueza lírica tiene. Bella, intensa y directa al corazón. Como debería ser la buena literatura. Porque los tiempos están cambiando…

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El pegamento de la amistad

Una vez conocí a cuatro tipos que eran amigos entre sí. Formaban parte de una misma pandilla, vivían en el mismo barrio e iban al mismo colegio. Tuve un contacto bastante efímero con ellos, apenas un par de salidas vespertinas a una sala recreativa que había cerca de donde residíamos. Teníamos un conocido común.

Éramos bastante niños, pero no tanto como para no observar ciertas cosas.

Me llamó la atención el hecho de que no tuviesen roles demasiado definidos dentro del grupo. Sí que había uno de ellos que ejercía de líder, o más bien lo imponía, porque tenía más carácter que los demás, y el resto lo seguían con cierta desidia, sin demasiada convicción.

Por lo demás, existía la típica figura del gracioso que suele haber en todos los grupos de amigos, la del pasota y la del tímido. Pero en general predominaban las personalidades llevaderas e informes, no había rebeldía ni pasión. Era todo muy plano y apacible. No hacían nada especialmente entretenido ni todo lo contrario, sólo iban juntos, hablaban de sus cosas, se reían, gastaban algo de dinero, voceaban cuando pasaban las niñas y se volvían a sus casas.

Se notaba a la legua que les faltaba cohesión, que carecían de un perfil que les hiciera de pegamento, pero por alguna extraña razón, llevaban años divirtiéndose juntos, como si se hubieran encontrado por casualidad y hubiesen dejado que esa misma pendenciera veleidosa jugara con la duración de su amistad. Le debieron caer bien al cabrón del azar, o simplemente no les consideró lo suficientemente importantes como para agredirles con el martillo de sus caprichos.

Otra cosa que recuerdo –y que evidenciaba su falta de emoción hacia la cuadrilla que configuraban– es que dejaban entrar indistintamente a quien se acercara, no importaba qué tipo de aficiones, intereses o valores tuviera. Esto, que en sí mismo considerado era bueno –y bastante poco frecuente en nuestra ciudad–, hacía que siempre se vieran rodeados por distintos personajes a quienes ocasionalmente hacían más caso y dedicaban más atenciones de las que se prestaban entre ellos mismos.

Sin embargo, estos miembros no permanentes entraban y salían como las ratas de la sede del PSOE, y al final quedaban ellos cuatro, igual de sosos, acomodaticios y desafectados que siempre. Yo mismo, que sólo conviví un par de tardes de fin de semana noventero con ellos, podía considerarme parte integrante de su formación social de apariencia despegada, que ya entonces amenazaba desmembramiento, como Homer Simpson buscando su epifanía o Mortadelo y Filemón sometidos al efecto del Rayo Cerebélicodespiazador inventado por el Profesor Bacterio.

De hecho, muchos años después, me los volví a encontrar y me trataron como si fuera uno más, con la misma naturalidad que les recordaba, restando toda relevancia al hecho de que yo sólo hubiese compartido con ellos apenas diez horas en un par de esos domingos que ejercían de puñal de feromonas para el alma prepúber.

Fue hace no demasiado tiempo, en una boda. La que se casaba era amiga de mi novia, de modo que se trataba de uno de esos compromisos que únicamente me alegran porque sé que puedo comer y beber gratis, hasta reventar. Debo aclarar en este punto que chantajeé a mi novia, poniéndole como condición para ir al sarao que asumiera íntegramente los gastos del regalo, según norma social para pobres hecha por ricos; hasta le saqué una corbata –se lo puede permitir, su madre tiene un importante cargo en Renault y su padre en Grupo Norte, lo cual equivale en Valladolid más o menos a ser hija de Patricia Botín y Amancio Ortega.

Sin embargo, cuando vi allí a los cuatro colegas del barrio, a quienes prácticamente había perdido la pista desde nuestra adolescencia, pensé que además de deglutir y trincar como un cerdo podría pasar un bonito rato con risas y algo de nostalgia.

Así fue. Bailamos canciones de ésas que antaño englobábamos dentro de la categoría bakalao y algún que otro rock nacional –perdón– con letra reivindicativa de las de antes, hecha para rojos quinceañeros como yo.

En algún momento de la fiesta, debí de comportarme de un modo fantástico, atractivo, arrasador, como en mis viejos tiempos, cuando todavía no formaba parte de La Galera vital, lo cual coincidió con el momento en el que mi novia me dejó de mirar y lo empezaron a hacer las chicas –en su mayoría, primas adolescentes, tal vez universitarias, de la consorte.

Entonces, los cuatro amigos, esos que tan poca pasión como eficacia práctica transmitían cuando actuaban en comandita amistosa, me recordaron algo que yo tenía casi olvidado. “Joder, no has cambiado, Álber”, comentó el presunto líder. “Ya te digo, sigues siendo un crack”, apuntó el pasota. “Eres una mezcla entre Stephan Urkelle y Quim Gutiérrez, hijo”, opinó el gracioso. “Eras mi puto ídolo, te llevabas a todas de calle”, remató el tímido.

Eché un vistazo de soslayo a mi novia, que parlaba con fruición y un matiz de esa coquetería que perdió hace años al lado de otras mujeres. Al mismo tiempo, noté que las chicas me seguían mirando. A pesar de que mi ego y mi honestidad se pegaron de hostias durante un rato, ganó el primero con cierta contundencia, así que me hice el interesante delante de los cuatro amiguetes, torcí ligeramente el labio, me mesé la barba como quitándome importancia y me encendí un cigarrillo.

En ese instante, sucumbí a una vieja curiosidad, y me decidí preguntarles por su vida. No por sus vidas individuales, que ya me habían contado someramente y me la traían bastante al pairo, sino por su vida como amigos. Les dije abiertamente que me sorprendía que después de tantos años siguieran teniendo contacto.

Fue el supuesto jefe quien tomó la voz cantante. “Qué va, si en realidad no nos vemos nunca, lo que pasa es que nuestras mujeres son amigas entre sí y a veces nos juntan como hoy”. “Conocen a los recién convertidos en cónyuges”, explicó el gracioso. “Sí, una vez al año o así nos vemos con ellos y otras parejas. Él es un poco gilipollas, y además vota a VOX, pero le aceptamos, ya sabes cómo somos”, añadió el pasota con esa entrañable falta de entusiasmo que yo les recordaba de niños. “Mira, ésas son”, completó el tímido.

Me indicó con un gesto la posición donde antes había visto a mi novia, que seguía allí plantada, sonriendo mucho más que conmigo en los postcoitos –cuando los había–, junto a otras cuatro chicas, que deduje serían las cuatro compañeras sentimentales de los viejos amigos, y la propia contrayente, ataviada con su vestido níveo, de cola kilométrica, apenas salpicada por un par de manchurrones de cava catalán y un par de huellas de zapatos de niños.

Y ahí lo vi claro. Lo percibí, lo sentí, lo noté muy adentro.

Tuve una puta revelación.

Sabía por qué estaba en esa celebración. Ir a aquella boda había sido para mí como hallar las instrucciones de una gymkana de la amistad.

Había localizado un propósito. Decidí aquella noche que yo me convertiría en el pegamento del grupo.

Gracias a ello, podría matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, compartiría momentos con unos tipos que admiraban mi discutible aire de conquistador venido a menos. Por otra, me libraría unas cuantas horas de mi novia cuando nos reuniéramos. Tal vez después de ese tiempo, me echaría de menos y hasta follaríamos, pensé con moderado optimismo.

Me empeñé en la tarea concienzudamente. Durante meses, seguí los dictados establecidos, las pruebas que se suponía debía superar para lograr mi objetivo de tamaña importancia para mi vida social y sentimental. Proponía quedadas, me inventaba motivos, excusas, aniversarios, incluso cumpleaños si era preciso, para vernos. Siempre encontraba respuesta positiva.

Todo iba sobre ruedas. Le había cogido tanto el tranquillo que me había llegado a emocionar, sin demasiada pasión pero con utilitarismo, metamorfoseado a la perfección con mi nuevo grupo de amigos.

Y ahora, en el momento más inoportuno, cuando mejor me estaba saliendo todo, en este punto de mi vida en el que parecía haber recuperado algo de mi aura perdida, de repente sufro un encuentro inesperado en la Bajada de la Libertad, me topo con mi amor secreto y nunca hallado, y mi novia decide dejarme (sospecho que antes desea matarme, pero llevo semanas sin verla. Estoy muy ocupado terminando de escribir una novela sobre la generación perdida).

Las últimas palabras que me ha escrito no son esperanzadoras. Dice que aguarda a en casa con su traje de ejecutiva, dispuesta a darme lo que merezco. Si no fuese porque la conozco, pensaría tontamente que se trata de algún juego sexual. Pero no.

He querido buscar amparo en mis nuevos amigos, pero no han querido quedar conmigo. “Hombre, es que sin las parientas… Cuando lo arregles con la tuya”,  me comunicó el líder con un toque de albañilería. “Pero seguro que lo arreglas. Ya nos vemos”, me escribió por Facebook el pasota.

Ahora me encuentro solo en esta Buhardilla, que se me cae a cachos por la tensión. No sé muy bien qué hacer, si afrontar con valentía la realidad y buscar por la ciudad a mi musa, fuente de mis desvelos y mi ilusión renacida, o tratar de reconciliarme con mi enrabietada pareja.

Mientras lo pienso, voy a esnifarme un poco de Superglue.

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Cuando la (beatle) manía era sana…

No creo que España sea un país inculto –venga, ya lo he dicho, ha sido más fácil de lo que pensaba–, pero también pienso que la sociedad española sí que se mueve cómoda en la incultura. Ofrece pequeños síntomas de ello en cosas aparentemente no demasiado importantes, como un muestrario de miniaturas hechas a escala borreguil.

Cartel promocional de Eight Days A Week: The Touring Years. (Imagen: Filmaffinity).

Cartel promocional de Eight Days A Week: The Touring Years. (Imagen: Filmaffinity).

No puedo calificar de otra manera al hecho, para mí incomprensible, de que el documental Eight Days A Week: The Touring Years, dirigido por Ron Howard, haya tenido en España una promoción, una distribución y un recibimiento del público tan pobres. Alguno pensará que un monográfico sobre la trayectoria musical de Los Beatles –sí, los fans tradicionales nos negamos a decir The Beatles escupiendo al de al lado– no es cultura y que yo sólo soy un seguidor incondicional que no distingo la cultura de masas del verdadero arte.

Sin perjuicio de que opino que la música popular es una manifestación artística de primer nivel si reúne los requisitos mínimos de calidad, vamos a admitir que lo que hacían los cuatro de Liverpool no era cultura. De acuerdo, aceptemos las propias palabras de Paul McCartney, que en una entrevista durante una de sus giras por Estados Unidos dijo: “Esto no es cultura, hombre, es pasar un buen rato”.

Ellos eran un poco así. Bromeaban sobre todo, frivolizaban acerca de los asuntos más graves, incluidos los que les concernían y, si había que quitar importancia a las cosas, ellos se ponían automáticamente como ejemplo. Eran cuatro chicos modestos de barrio, auténticos, a los que de tanto ser sencillos, cercanos y reales se les fue de las manos.

Sí, luego vendría la famosa frase de John Lennon “somos más importantes que Jesucristo” y posteriormente cambiarían, mientras lo hacía la sociedad y el mundo entero, pero durante sus años más álgidos, los que retrata el documental, los de la beatlemania más frenética, no se lo creían. Nunca se lo creyeron.

(Imagen: variety.wordpress.com).

(Imagen: variety.wordpress.com).

Yo ya había visto muchas de las cosas que refleja Eight Days A Week: The Touring Years, así que iba convencido, y ver el documental, con un montón de detalles ampliados, testimonios nuevos e imágenes inéditas, sólo me confirmó lo que ya sabía. Que fueron los más grandes, entre otras muchísimas cosas, porque, mientras lo eran, siguieron siendo pequeños.

Evidencias como el primitivismo técnico con el que daban los conciertos, pese a lo cual sonaban mejor que cualquiera de las refinadísimas bandas actuales y su batería infinita de técnicos, avalan lo que digo. Eran ellos cuatro en el escenario, con sus instrumentos. Nada más. No había parafernalia de ningún tipo, no había espectáculo. Porque el único show era verlos a ellos, su franqueza, su simpatía, su magia.

Se comportaban allí arriba –en realidad, muy a ras del suelo, prácticamente en el mismo plano que su público enfervorizado– como si estuvieran en la habitación de hotel que compartían, en el estudio de Abbey Road, en el patio de tu casa. Hablaban entre ellos, se hacían bromas totalmente improvisadas, en ocasiones se liaban cuando presentaban las canciones y salían al paso de los errores.

Interactuaban directamente con los asistentes, no les tomaban como un público informe, una masa sin rasgos diferenciadores. Realmente los hablaban, incluso se dirigían a alguna fanática que perdía el control y quería asaltarles o se desmayaba. En este sentido, John, con su inspiración, desparpajo e instantaneidad, se llevaba la palma.

No había guión, no había preparación, apenas existía mercadotecnia, más allá de la indumentaria, igual para los cuatro, esos trajes que les recomendó Brian Epstein, su genio en la sombra. Bueno, y el pelo, claro. Ese peinado que en su día era sinónimo de rebeldía, luego fue patrimonio de modernos, después de pijos y ahora de clásicos, pero que para mí siempre será simplemente la melena beatle.

Su forma de moverse cuando tocaban delataba su completa falta de preparación en esas lides. No tenían ningún tipo de coreografía ni movimientos estudiados, fuera aparte de aquella oscilación de cabeza que provocaba gritos histéricos. Lo demás era todo naturalidad, su lenguaje corporal era el mismo que podríamos haber utilizado cualquiera con un poco de sentido musical, un par de narices y ganas de deleitar a la concurrencia. Pero es que en eso, que parece tan fácil, eran los reyes. Y ante 56.000 personas. O las que hiciera falta.

Hubo un punto en el que no pudieron soportarlo más. La gente se volvió completamente loca. Ellos los volvieron locos. No sólo a las adolescentes, pese a que fuera el colectivo con más peso específico. También a los chicos, a los adultos, a los policías, a los políticos, a la realeza, a los mandamases de varios imperios, a los religiosos… Se podría decir casi que incluso al mismísimo Jesucristo.

La manía se transformó en delirio, dejó de ser sana. Ellos decidieron refugiarse en su estudio y se hicieron músicos de verdad. Se dedicaron, entonces sí, a hacer arte con mayúsculas, si es que seguimos con el casi insostenible argumento de que lo de antes no lo era. De hecho, en este campo también acabarían siendo los mejores, en su segunda etapa, la que les consolidó como el grupo de música popular más importante de la historia, no sólo como el mejor grupo de fans.

Pero todo sería diferente. Es la parte que no te enseña este documental, pero que algunos conocemos muy bien. Vendrían las rivalidades, los egos, los roces, las intromisiones, la convivencia imposible entre cuatro genios que se olvidaron de ser amigos. De ser esos cuatro chicos de Liverpool que sólo se dedicaban a pasárselo bien y no a crear cultura.

Sin embargo, nos regalaron un último momento antes de extinguir definitivamente su estrella, cuando estuvieron más cerca que nunca de una de ellas. Sobre la mítica azotea de Apple Corps, ofrecieron el que para mí es el mejor concierto de la historia de la música, o al menos el más especial. Antes de las flashmob y de las lipdub, aunque en realidad el concepto básico fuera el mismo. Antes del mainstream y de los trending topic, Los Beatles fueron La Tendencia. Se hicieron inmortales y fueron por última vez los cuatro amigos del barrio.

El mítico concierto en la azotea de Apple Corps. (Imagen: nacionrock.com).

El mítico concierto en la azotea de Apple Corps. (Imagen: nacionrock.com).

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