Las pequeñas familias españolas

El avezado lector no habrá tardado ni una décima de segundo en adivinar que esta entrada viene a colación de la película dirigida por Daniel Sánchez ArévaloLa Gran Familia Española”, que hace unos meses se estuvo proyectando en las salas de cine de nuestra patria cada vez más enana, que no chica.

Cartel promocional de la película “La Gran Familia Española” (2013), de Daniel Sánchez Arévalo. (Imagen: Revista Vanity Fair).

Pese a ello, el título del filme utiliza el adjetivo de la amplificación, si bien el largometraje en sí más bien empequeñece con su acertada metáfora la estructura básica de los españoles, esa en la que, pese a todo, aún hoy en día nos sustentamos. Está muy de moda hoy en día en España comentar que las familias son el apoyo, el colchón, el flotador de la crisis. Tiene algo así como un toque de dignidad, sabiduría popular y humildad; provoca empatía; da la sensación de que se preservan los valores tradicionales. Además, decirlo y, más aún, vivirlo, arroja una especie de sentimiento cristiano. Nada que ver con los rituales católicos, sino más bien con una raigambre mucho más profunda, primitiva y auténtica de la religión de Cristo, que conjuga el sufrimiento, la abnegación y el espíritu de mártir.

Sin embargo, la impactante realidad que subyace tras el pelo frondoso que cubre los huevos destinados a engendrar nuevos españoles es la neurosis. La sociedad española vive presa de la más común de las enfermedades mentales y dicha tara, no inhabilitante en todos los casos, pero sí perturbadora, tiene su germen en la sagrada familia. Múltiples desequilibrios emocionales, carencias afectivas, represiones infantiles que causan traumas en la madurez, aspiraciones castradas, un sinfín de roles nocivos o adquiridos de manera nociva, una educación que se hace con la mejor de las voluntades, pero que arrastra el pesado lastre de la transformación engañosa y ficticia de un pasado rancio en una modernidad que jamás acabó de llegar al país.

Todo este conjunto de problemas, en muchas ocasiones no identificados, disfrazados o simplemente sobrellevados de mala manera, acaban desembocando en una madurez que, salvo excepciones –las cuales, entre cuarenta y pico millones, obviamente son muchas– dan como producto a un español tipo que padece de neurosis en mayor o menor grado, obsesionado con la estabilidad y la seguridad a todos los niveles, algo lastrado a la hora de tender puentes afectivos de plenas garantías, ligeramente acomplejado y miedoso, con mala tolerancia a la frustración, de contradicciones visibles, inclinado a anticiparse a la derrota y nostálgicamente convencido de que las generaciones precedentes a la suya fueron más sabias y más felices, especialmente en comparación con las presentes.

La Gran Familia Española no es más que eso, una amalgama peligrosa de elementos que por separado podrían funcionar medianamente bien, siempre que se pulieran como cualquier diamante en bruto, pero que conjugadas dan lugar a un desastre colectivo casi irremediable, el cual se refleja en un pueblo que se ve continuamente obligado a levantarse de la miseria, no porque caiga estrepitosamente en ella, sino porque, al igual que las pequeñas familias que lo componen, vive continuamente cogido entre alfileres, muy al borde del precipicio. Es como una gran tela de araña, de hilo deshilachado en el centro y malamente sujeta por las esquinas al techo y a las paredes, llena de moscas atolondradas y desaladas pululando sin mucho sentido en su interior, cuyo único objetivo es escaparse de las arañas voraces, aunque estas ni siquiera tienen demasiado estilo a la hora de moverse y se suelen quedar con la miel en los labios.

Sin embargo, en fugaces ocasiones, la familia de moscas se revela en las cosas más insulsas y de menos trascendencia, y decide sacar a la luz su aplomado talento, de manera imprevisible, sorprendiendo a las arañas y, aún más, a los bichos y chupópteros de mayor calado que vigilan de cerca el entretejido penosamente urdido. En estos últimos tiempos ha sido el deporte, y concretamente el fútbol, el que se ha llevado el gato al agua; el responsable de las heroicidades patrias; el niño aventajado de la casa mientras los demás miran con la baba caída como tontos los logros de su hermano guapo y continúan invariablemente a sus labores de médicos poco valorados, escritores sin editorial que confíe en ellos, directores de obras que nadie quiere ni puede ver o investigadores sin fondos.

(Imagen: esfamilia.com).

Seguramente quien esté leyendo esta entrada ande pensando a estas alturas que yo expongo tales maldades e infamias sobre las familias españolas y su resultado como pueblo global porque he crecido en el seno de una unidad básica desestructurada, repleta de problemas y que me ha ocasionado todo tipo de traumas, fobias, desazones, desapegos y, sobre todo, un odio irracional hacia la convivencia familiar.

Nada más lejos de la realidad. Tuve y aún tengo una familia bastante modélica, con infinitas virtudes y una buena apariencia exterior, como la mayoría de las que componen este país. Me siento orgulloso de la educación que recibí en ella y tengo la percepción de que crecí feliz en su seno. Sin embargo, yo era uno de los muchos niños que se enojaba cuando España caía en Cuartos de Final de Mundiales y Eurocopas, que soñaba con que llegara el momento en el que nos alzáramos con alguno de esos trofeos para sentir el triunfo como propio, de la colectividad, del país que se despertaba y decía al mundo “aquí estamos”; el logro de La Gran Familia, porque la familia, desde la de los mafiosos hasta la de los arrabaleros, incluso pasando por la de los futbolistas, siempre es lo primero, sea de una manera o de otra. Entretanto siempre nos miramos en el espejo de nuestra pequeña familia, que nos sobreprotegió y nos ocultó los monstruos de fuera y de dentro. Lo irónico es que ni siquiera lo hizo a conciencia en la mayoría de los casos, sino por pura ignorancia, sin pensar en el desmoronamiento, en los vacíos, ni en la falta de herramientas para enfrentarse al hostil futuro que en realidad ya era presente y siempre fue pasado, con más o menos capas de barniz.

Mientras eso ocurría, jamás reparamos ni yo ni la mayoría de los chavales de mi generación, que aquella España que caía en Cuartos provocaba un inmenso y global coitus interruptus, después de haberse empleado con furia y de desgastarse hasta la saciedad. Sin embargo, siempre quedaba el espejo de nuestras familias aparentemente irrompibles, de cuento de hadas moderno, fugazmente acomodaticios modos de vida y conflictos evitados, adormilados y aletargados. La niña y el niño se iban a dormir, consolados, porque dentro de cuatro años habría otro Mundial u otra Eurocopa, siempre quedarían príncipes azules o princesas rojas, se vendían como churros alarmas de Prosegur y la caja de la Seguridad Social tenía superávit.

Muchos años después, el niño y la niña ya hechos hombre y mujer pudieron por fin explotar, soltar todos los orgasmos guardados y reprimidos durante años, vibrar con el gol de Torres o con el de Iniesta. Cuán cruel no fue mirar hacia los lados –y hacia atrás– y darse cuenta de que las familias pequeñas lucían emborronadas como los árboles de un parque en un día de niebla, la seguridad había saltado por los aires y todo aparecía confuso, en la puerta de enfrente y en el horizonte más lejano. La eyaculación se quedó en mera expulsión de semen sin sustancia y el fluido vaginal jamás se presentó a la cita. Aún así, el polvazo se celebró por todo lo alto por La Gran Familia. Pero sin amor.

La pasión había desaparecido de las pequeñas familias españolas. Quedaba el rastrero engaño de la borrachera pasajera. Ya no había rastro de la furia.

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