Navidad

Seguramente muchos estéis pensando que, teniendo en cuenta el tono que decora esta Buhardilla, todo lo que yo pueda decir acerca de la Navidad sale de la chimenea en forma de tropezones, olor a heces fecales y aroma de desprecio.

Sin embargo, como dice la “Canción de Navidad” de esos dos genios llamados Serrat y Sabina, me conmueven la madre y el niño, la mula y el buey…

Lo que pasa es…

Bueno, lo que ocurre es que hay tantas cosas más allá del símbolo y de la significación de esta fiesta que están hediondas y podridas que a uno a veces le dan ganas de poner cianuro en el turrón de algunos, dejar bombas fétidas entre las luces del Árbol de Navidad, darle una leche en vez de regalársela a Papá Noel y ponerse ciego a metanfetamina cuando sale el Rey a dar su mensaje anual.

(Imagen: loquenosecomparte.com).

Pero en vez de eso, yo soy de los que aún conservo el mal llamado espíritu navideño, tal vez como resaca de una felicidad infantil engañosa o como nostalgia de tiempos mejores. A mí me gusta más pensar que lo conservo porque aún tengo esperanza en cosas y cierta ilusión.

Esta época me despierta más que ninguna otra un agradecimiento vital del que normalmente carezco cuando los problemas me asolan y las dificultades horadan mi camino. Me doy cuenta de que tengo familia, gente querida, comida y casa (alumbrada y caliente). Eso, a fin de cuentas, es más de lo que muchas personas poseen y, aunque suene a topicazo rancio, hay que valorarlo. No en estas fechas, sino en cualquiera. Sin embargo, la conciencia colectiva de lo que supone la Navidad hace que durante la misma se aprecien más esos bienes básicos sin los que las personas pasan de vivir apuradamente a vivir míseramente.

(Imagen: coloreando.net).

Por otra parte, esta el mito del nacimiento de Jesús. Los que tenemos tendencia seria al ateísmo podríamos fácilmente encontrar mil argumentos para despotricar contra semejante fábula. Sin embargo, esta Buhardilla no es demasiado convencional y suele alejarse de convenciones y de etiquetas. A mí me gusta la historia sagrada en este punto. Me parece un bonito símbolo de amor, esperanza y redención. Me importa un bledo que suene cristiano tecleado por los dedos de un tipo al que le dan alergia los ritos, liturgias y sotanas. Si todo el mundo que se dedica a explotar desaforadamente el consumismo en esta época de falsedades se empeñara en interpretar correctamente, más allá de religiosidades, ese alumbramiento mitológico, tal vez nos iría mucho mejor. Posiblemente la gente no se pondría ciega como cerdos a lechazo, pavo o cochinillo, no se emborracharía desaforadamente solo para olvidar a los familiares que no tragan, ni compraría cuatrocientos juguetes que no necesitan a sus niños españoles. Los mismos que probablemente dentro de unos años las pasen moradas para pagar el alquiler o tengan que pedir la prestación por desempleo (si es que aún existe), pero que conserven sus videoconsolas, tabletas (y tablets), iPhones y muñecos de postrera generación.

La humildad que nos enseña la leyenda de la Natividad es difícilmente comprensible para los niños actuales de la bandera rojigüalda. ¿Cómo explicarles que hubo un niño que vino a la tierra en condiciones míseras supuestamente para enseñar valores a los ignorantes y mediocres cuando sus ídolos cobran millones de euros anuales sólo por jugar al fútbol? ¿Cómo aclararles tamaña cosa cuando ven que el gordo de la barba blanca y el gorro rojo les trae artículos costosísimos mientras a sus progenitores les cuesta un ojo de la cara pagar la luz? ¿Será que “Santa Claus is coming to town” ha degenerado en el Arnold Swarzeneger de “Un Padre en Apuros”?

(Imagen: tatarana.net).

De cualquier modo, aquella estrella envuelta en CO2 que supuestamente guió a los tres jeques árabes hacia la solución habitacional (con amplias vistas) de Belén sonaría casi a chiste a día de hoy si no fuera porque en realidad es de las pocas cosas puras y humildes que nos quedan en esta sociedad enviciada. Sí, ya sé que tal vez la Virgen fuera violada (la Ley Gallardón la hubiera permitido abortar; quién sabe si por eso se enfadan con el ministro traidor-para-todos las asociaciones extremistas católicas), San José en vez de elaborar tablas de madera las robara, los Reyes practicaran magia negra y el único espíritu santo fuera el de un Fantomas que pasaba por allí.

Aún así, creo en ese mito, pienso sinceramente que su mensaje es valioso en los tiempos que corren y por eso la Navidad se salva de la quema de los luciferes de saldo y de las marcas blandas con sabor a permanencia raspada.

Mientras los gurús que anuncian la recuperación económica se ponen hasta el culo de Don Pérignon y los mortales rebuscan entre las botellas de cava de un euro y medio, el único consuelo que queda es que en una Noche de Guerra mitificada como de Paz de un mes que no fue diciembre y de un año indeterminado alguien creo la feliz historia de que un simple niño pobre iba a cambiar el mundo a mejor.

Y eso, que queréis que os diga, para mí sí es Navidad.

Así que canta, ríe y bebe, que hoy es Nochebuena. Hazlo con los tuyos, antes de que no puedas. Y, si os queda algo de tiempo, conspira con ellos en valores y sentimientos solidarios, para que los que fuisteis niños y los que lo sois ahora aprendáis para la próxima que el mejor regalo es no conformarse nada más que con el cariño y luchar por todo lo demás.

Feliz Navidad desde La Buhardilla de Álber.

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