Carta al 2013

Querido 2013: Ahora que te vas, he de confesarte que no te echaré de menos, aunque, sin haberlo pensado, he decidido dedicarte unos versos (o algo que se les parece).

Te vas dejando un reguero de miserias y frustraciones dignas del mejor asesino, si bien en realidad no eres más que uno, otro más, año perdido.

Las cadencias que se van sumando en este atardecer muestran un paisaje de ocaso envuelto en pátina de alegría, como si algo nuevo quisiera florecer.

Querido 2013, eso ocurre siempre que un año se va, pero tú has sido distinto, porque has sido ejecutor de la esperanza y la fe, como tu padre el 2012, tu abuelo el 2011 o tu bisabuelo el 2010.

Has sido el mísero responsable de que se fuera Mandela, uno de los grandes símbolos de la humanidad; entre indiferencia lo dejaste marchar, como si de mitos anduviéramos sobrados.

Has permitido que continuara la guerra en Siria, que se recrudeciera; has silenciado conflictos de tierras olvidadas y has dejado que el odio en lugares nuevos creciera.

Tú (sí, tú), has sido el mísero responsable de que aumentaran las desigualdades en este mundo de locos; de que el delirio se apoderara de los culpables y contagiara a los inocentes; en la balanza de tu justicia siempre vencen los despojos.

Te has llenado la panza de escombros sin talento; de sobras sin talento. Como una hiena mal amaestrada, has preferido sólo la carroña de los jumentos; tus bolsillos tienen forma de cobras sin emolumentos.

Pero escucha, 2013 (atentamente, óyeme): si bien entre los dos hemisferios de este planeta, cada día menos redondo y más cuadrado, has tenido el dudoso honor de sembrar esas semillas execrables, quiero que, antes de hacer las maletas, te fijes en lo hediondo que luce el terruño de la rojigüalda bandera:

En esta España que ya no se reconoce ni a sí misma (o se reconoce más que nunca), siguen los mismos que hace dos años y que hace cuatro y seis y diez y quince; como dice Pérez Reverte, nunca se libró esta patria que no lo es de sus élites rapiñeras y dementes.

A lo largo de tus 365 años he observado como aumentaban los desechos y la gente que se veía obligada a recogerlos por las calles de mi ciudad; entre la oscuridad y las sombras, marginando a los que no tuvieron la oportunidad o se la arrebataron entre contenedores demacrados.

Querido 2013, no te recordará la historia como un año glorioso, pero yo sí te rememoraré; me acordaré de ti cuando quiera superarme, atraer a mi alma las huestes; en el momento en que necesite decirme simplemente a mí mismo: “puedes”.

He aprendido contigo a guerrear más que nunca, porque castraste mis aspiraciones y las de millones de compañeros y compañeras, paisanos y paisanas, heroínas y héroes; vecinas y vecinos de soledades, algunos de bandera y la mayoría añorantes de vendetta.

Te tiraste el fardo de que podrías, pero en realidad demostraste ser un gran incapaz exento de IVA, un pecador sin arrepentimiento, un bala perdida; un cobarde que sólo vale para cantar por bulerías y pegarse el piro.

Pensaste que podrías nacer, crecer, desarrollarte y morir con dignidad, pero desde tus primeros meses andabas solicitando la eutanasia que no te concedieron los mismos que no saben cortar el cordón umbilical.

Tú, querido 2013, viniste al mundo engendrado a la fuerza, parido con dolores, y entre dolores pares a tu hijo el 2014, sin que puedas abortar ni hacer confesiones.

Estimado 2013, no te voy a añorar cuando te hayas esfumado entre “los petardos que borren sonidos de ayer”, pero te voy a pedir una última cosa, y te ruego que la consideres: no hagas a tu hijo a tu imagen y semejanza.

Querido 2013, cuando esta noche, entre gritos y pitos, los españolitos hagamos por una –y quien sabe si por última– vez algo a la vez, te suplico que a última hora traigas luego un aire nuevo que, te exijo, sólo deje margen a la esperanza.

En fin, 2013 de besos robados, lágrimas estériles y luchas inertes, me despido finalmente de ti en estos tus últimos instantes, deseándote que jamás pierdas lo más valioso que has tenido durante tu vida: tu muerte.

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