Al final, siempre gana la banca (I)

Hoy os voy a hablar de un tema local, que en principio solo afecta a mi ciudad de aspecto grisáceo y fachada hostil, pero resulta muy esclarecedor; tales vilezas ocurren en muchos otros lugares de España y muestran nuestras debilidades, flaquezas y zafiedades como pueblo.

Se trata del caso grosero de los Cines Roxy de Valladolid –inaugurados en 1936 como Cinema Roxy, término que aún aparece en el letrero de su fachada–, los cuales en breve serán transformados en una sala de juegos; en un casino.

2012-08-08-027Aparentemente poco hay que discutir sobre la legitimidad de la operación. El empresario, curiosamente el productor de cine Enrique Cerezo, busca sacar beneficio de sus propiedades y, ante la cuantiosa cantidad que le ofrece el Casino de Castilla y León, todavía ubicado en la cercana localidad de Boecillo, opta por alquilar el edificio durante veinticinco años. Es un negocio privado, idóneamente capitalista, encantadoramente liberalista. Encaja perfectamente con la ley del libre mercado que funciona a pleno rendimiento, con pequeñísimas excepciones, en las sociedades occidentales y entre ellas en España; la norma que ha elegido en su democracia post franquista el pueblo español, con o sin opción de que hubiera otro sistema económico, voluntaria o forzosamente. Es lo que hay, como decimos en Pucela con esa resignación acomodaticia y algo pusilánime que nos caracteriza, aunque luego echemos pestes con aire renegador y nos quejemos en nuestras conversaciones domésticas de casi todo.

No me alargaré mucho explicando a los que desconocen el tema cómo se ha gestado semejante atentado contra uno de los pocos bienes culturales que conserva el centro de Valladolid –porque el cine, incluso el malo, es cultura, mientras que los juegos de azar no lo son–. Pero sí considero importante explicar grosso modo el proceso, ya que es perfectamente significativo de la nula importancia que tienen los intereses distintos de los económicos de empresarios y políticos –que también son empresarios, de una forma más o menos visible– en la falsa democracia cuyas reglas no escritas aceptamos con los ojos cubiertos por pañuelos llenos de mocos.

Las decisiones que tienen que ver con la esfera pública, excepción hecha, quiero pensar, de las judiciales –aunque por desgracia ni mucho menos todas– se toman en el noventa y nueve por ciento de los casos única y exclusivamente en función de la rentabilidad económica que conllevan. Pura y llanamente.

2012-08-08-043Pese a que en el fondo todos sabemos esto y no estoy descubriendo el secreto de El Dorado a nadie, tal constatación de la realidad política de nuestro país resulta de una gravedad y una indecencia supremas. Supone despreciar por completo los elementos que verdaderamente sustentan el espíritu de los pueblos. Entre ellos, en el caso que nos ocupa, el del mantenimiento de un espacio histórico de la ciudad, del cine más antiguo de Castilla y León –en efecto, habéis oído bien, se van a cargar el cine más longevo de la región–; unas salas de proyección que, con las lógicas remodelaciones, han servido de escenario y punto de encuentro de miles de vallisoletanos pertenecientes a diferentes generaciones, quienes han visionado multitud de títulos en las mismas, desde “Don Quintín El Amargao” hasta “El Hobbit: La Desolación de Smaug”, pasando por cientos de fantásticas películas de autor que participaron en la Semana Internacional del Cine.

Ahora todo eso se destruye, se borra de un plumazo, se fulmina, por la voluntad de un importante empresario –irónicamente, repito, uno de los productores de cine más importantes de España y que presume de ser un cinéfilo y un defensor del cine en cada hipócrita entrevista que concede–, quien se topó inicialmente con la denegación de la Junta de Castilla y León, parte que en principio no era la principal interesada, o al menos se mantenía relativamente indiferente ante el proceso.

El Palacio de los Condes de Gamazo (Boecillo), sede actual del Casino de Castilla y León. (Imagen: fotopaises.com).

La operación económica, ya firmada y documentada contractualmente, entre el director del Casino, Javier Herrero, y el presidente del Atlético de Madrid, se vino abajo cual pared de adobe en noche de tormenta. El traslado del Casino no se podía llevar a cabo debido a que no se cumplía la normativa regional en varios puntos, entre ellos la exigencia de que ese tipo de establecimientos estuvieran en ciudades de menos de 300.000 habitantes, número superado por Valladolid, y la imposición de que las actividades de hostelería (sala de fiestas, restaurantes, etc.) permanecieran unidas a las de los juegos de azar. De este segundo obstáculo legal al cerezazo nunca más se habló, pero, un año después de aquel gatillazo, la primitiva eyaculación se retomó con esperma renovado, gracias a la modificación de la normativa por parte de la Junta de Castilla y León en lo referente a la primera de las trabas comentadas. Desde ese momento, la tropelía quedaba legalmente autorizada. Cosa que, tristemente, nadie dudó de que acabaría sucediendo.

En este armonioso proceso, guiado fascinantemente por el interés político –que, para los que gobiernan en la luz y en la sombra, es lo mismo que el interés público– y por el económico de un particular –que deviene a fin de cuentas en el mismo que el primero–, ha primado especialmente la intensa y persuasiva voluntad del Ayuntamiento de Valladolid, especialmente la de uno de los primeros ediles más famosos de la geografía española, el alcalde Francisco Javier León de la Riva.

El alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva. (Imagen: Diario de León).

El regente pucelano, que regenta desde hace dieciocho años su particular chiringuito –con taimada habilidad y lobezna discreción, eso sí; no de una forma ostentosa y chabacana como ha sucedido en otras ciudades, sobre todo del Sur y del Levante–, se puso manos a la obra para convencer a los responsables autonómicos –con muchos de los cuales, dicho sea de paso, ha tenido históricamente una relación no demasiado fluida, pese a pertenecer al mismo partido político–.

El resultado no se hizo esperar y la ley cambió de piel.

En cualquier caso, sería injusto y totalmente falsario echar toda la culpa del sabotaje al alcalde o al equipo de gobierno del Partido Popular. El PSOE e Izquierda Unida, los otros dos grupos con representación en el Ayuntamiento, mostraron su absoluta conformidad. Son tan responsables del saqueo como el alcalde. Y, si acaso, con más delito, pues su obligación es hacer labor de oposición a las desviaciones de poder del alcalde. De ellos era esperable alguna lucha, pero ni siquiera llegaron a las trincheras. Lejos de eso, se pasaron al enemigo (que, por lo menos, y es el único triste mérito que le reconozco, ha actuado con coherencia respecto a su mentalidad feudal). Aunque hubiera sido por proteger los puestos de trabajo que van a ser destruidos, salvo que Cerezo ofrezca una solución diferente a los empleados, directamente damnificados por el alquiler, que para ellos supone un desahucio. ¿No se supone que son partidos de izquierdas, que ante todo buscan el beneficio del currito? Curiosa forma de demostrarlo.

Juan Vicente Herrera y Javier León de la Riva. (Imagen: Flickr.com).

Que De la Riva ostentaba un especial interés por atraer el casino a su ciudad no lo ocultó en ningún momento. Ahora bien, se ve que el afán de “Leoncio” –como cariñosamente se le conoce en algunos círculos de la ciudad del Pisuerga– de solventar este asunto resultaba tremendo, extraordinario, casi ostentoso, hasta el punto de solicitar a la administración dirigida por Juan Vicente Herrera –con toda la merma de orgullo que eso le supondría– el barnizado de la normativa.

Por ello, suena extraña la versión oficial dada por el entrañable edil sobre los supuestos beneficios para el municipio pucelano en forma de impuestos, creación de empleo y atracción de visitantes –si mal no recuerdo, él utilizó el término turistas, mucho más propagandístico–. Lo cierto es que uno se siente tentado a pensar que el auténtico motivo radica en algo más personal. De ser así, yo lo desconozco por completo. Escuché en su momento desde ámbitos “no de la rivistas” –que en Valladolid, aunque fuera no se lo crean mucho, también los hay–que el alcalde poseía una gran afición por los juegos de azar. Incluso hay quien insinuó entonces –sin duda, maliciosamente y usando su satánica mente– que el Excelentísimo Francisco Javier era visitante –o turista– del Casino de Boecillo. Pero, como me gusta ser fiel a la verdad, me veo obligado a decir que no sólo no he encontrado ninguna evidencia que justifique esa teoría, sino que las informaciones que he conseguido la desmienten: al alcalde no se le ha visto por la sala de juegos sita en el Palacio de los Condes de Gamazo. Ello no implica necesariamente que no exista alguna razón oculta, pero se me escapa cuál puede ser.

Juan Vicente Herrera cava ante la mirada atenta de León de la Riva. (Imagen: El Mundo).

Lo que sí estoy en disposición de afirmar es que cambiar una ley en beneficio de una minoría, como hizo la Junta a petición del Ayuntamiento de Valladolid, resulta bastante poco democrático y se puede adjetivar de otros modos. Cada uno tendréis vuestros favoritos en la cabeza. No obstante, no hay datos suficientes para considerar rotundamente este caso como un ejemplificante y digno supuesto de transformación del interés público “a beneficio de corsario”, aunque desde luego huele a eso que tira para atrás.

Sin embargo, como en este cuartito puedo opinar lo que quiera, sin importarme si resulta más o menos popular, aplaudido o agradable, eso haré en la segunda parte de este artículo, y he de advertir que voy a ser tan corrosivo que hasta los muebles de La Buhardilla están temiendo por su integridad.

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2 respuestas a Al final, siempre gana la banca (I)

  1. karol dijo:

    Del Casino que es socio el alcalde es del de la calle Duque de la Victoria, igual que lo fue su padre. Eso puede ser lo que ha llevado al rumor, que para el que no conozca esta ciudad, no es un casino en sí, sino que es el nombre por el que los pobres hemos conocido siempre al Círculo de Recreo http://www.valladolidweb.es/valladolid/imagesmagvall/106circuloderecreo.htm
    Una pena sustituir el Roxy por un casino. En cuanto a la descripción de nuestro querido alcalde, lo has clavado. Lo que no sé es para qué quiere él un casino al lado de su casa. Igual no iba antes porque le pillaba lejos 😉

    • alber4 dijo:

      Muchísimas gracias por tu aportación, Karol. La explicación es totalmente razonable y me lleva a pensar como a ti que el rumor nació por eso. En cualquier caso, sigo pensando que hay algún motivo que justifica la obstinación del alcalde por trasladar el Casino “al lado de su casa” y que se nos escapa a todos.

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