Al final, siempre gana la banca (II)

En la primera parte de este artículo, comenté los hechos. Ahora, toca el turno de los sentimientos.

Tengo que decir que se me revuelven las entrañas, y seguro que también a muchos otros vallisoletanos, cuando pienso que la magia de los Roxy va a ser metabolizada en fichas que se cambian por el vil metal y que el lugar que ocupan sus butacas, en las cuales disfrutaron mis abuelos cuando eran jóvenes, se emocionaron mis padres cientos de veces y en las que me he sentado yo durante un número de sesiones que no puedo determinar, lo van a poblar ruletas y mesas de black-jack.

2012-08-08-037Me hierve la sangre si evoco la imagen de una barra de bar dorada, rodeada de sillones y butacones, en el mismo sitio donde aún luce esa gran pantalla en la que se han proyectado películas malas, regulares y buenas, muchas de las cuales han grabado una impronta en mi espíritu, un recuerdo simpático en mi cerebro o una simple imagen en mi retina.

Se me derrite el entusiasmo cuando entro a ver una película –las poquísimas veces que me lo permite mi maltrecha economía de ciudadano español empobrecido–, subo a la planta segunda, donde se ubica el kiosko y un par de sillones de apariencia retro (un espacio que posee ese encanto de sala de cine clásica y palomitera, que huele como ya no huelen las salas 2012-08-08-035modernas; un lugar dominado por la reproducción a gran tamaño de una cámara antigua), y pienso que todo ese añejo ecosistema artificial que ha resistido a las grandes multisalas será simplemente borrado del mapa… Se vaciará en un espacio diáfano hacia el que subirán los cargados humores de los jugadores y se perderá el sonido de sus blasfemias, sin llegar a rebotar en el techo ni en las paredes en las que desde hace casi ochenta años impacta el sonido de los murmullos de las conversaciones sobre películas, aunque algunos de aquellos improperios se transformarán en eco lastimero y ajado.

2012-08-08-034Se me viene abajo el optimismo cuando analizo una vez más la fría y calculadora decisión económica –obviando aquellos rumores sobre otros motivos más personales– que subyace detrás de la modificación normativa.

Se me cae al suelo mi sentimiento vallisoletano, que con tanto orgullo llevo por doquier, cuando tengo que convivir con la inacción de mis paisanos, que nada han hecho para evitar semejante fechoría, como si les diera igual, aunque me consta que en círculos privados, casi por lo bajo, sin que se note que no van con la corriente borreguil y que en el fondo tienen opinión propia, critican de forma parecida a como lo hago yo la canallada.

El alcalde de Valladolid delante del cartel promocional de la 55 edición de la Seminci. (Imagen: orange.es).

Me rechinan los dientes y se me pone torva la mirada cuando escucho a mi alcalde declaraciones externas de defensa de Valladolid ante el resto de España, al menor motivo que le dan, mientras que por la espalda, en las habitaciones de su casa, no solo permite, sino que fomenta violaciones contra su ciudad.

Contemplo como se marchita un poco más si cabe mi fe en esta absurda democracia, a la vez que visualizo la futura y próxima imagen de políticos, director del casino y tal vez de Cerezo –afamado productor de cine, que a nadie se le olvide–, retratados en la foto de inauguración del Casino. (¿Habrá alfombra roja como aquella que luce en la clausura de la Seminci, de la que el Roxy ha sido subsede en tantas ediciones?).

Alfombra roja de la Seminci. (Imagen: abc.es).

Decae la alegría de mis recuerdos cuando rememoro con lástima la triste degeneración cultural de la calle María de Molina, que en mi adolescencia albergaba, además de al Cinema Roxy, al ciento cincuentenario Teatro Lope de Vega, hoy cerrado y dejado de la mano de Dios por la Administración y los promotores privados (si se rasca un poco, los mismos que se han apresurado para legalizar el trasvase de los licores de la fortuna). Dentro de muy poco, dicha vía céntrica se asemejará mucho más a Las Vegas que a Valladolid.

El Teatro Lope de Vega de Valladolid. (Imagen: portalviajar.com).

Lo más deprimente radica en que tal vez es eso lo que quiere la población pucelana. No me consta la existencia de ninguna iniciativa, ni física ni a través de la red, ni siquiera en forma de protesta en foros o redes sociales, en la que se haya tratado de frenar la eliminación del cine más antiguo de Valladolid y de toda Castilla y León por un motivo estrictamente económico. ¿Os imagináis que alguien se planteara transformar una iglesia cualquiera y vulgar de Valladolid (no hablemos de las protegidas como patrimonio histórico-artístico) en casino? Los parroquianos que llevaran yendo años y años al templo, aunque serían pocos, saldrían en tropel –y harían bien–. Sin embargo, los miles de vallisoletanos que alguna vez han pasado por el Roxy a visionar una película, las decenas de pucelanos a los que probablemente el añejo cine de la calle María de Molina traiga recuerdos especiales, no han propuesto ninguna iniciativa, plegándose a la ambición de Cerezo y a la patibularia acción de su Ayuntamiento y de la Junta de Castilla y León.

Enrique Cerezo en la Fiesta del Cine Español. (Imagen: diariofemenino.com).

Si se realiza una búsqueda en Google o en cualquier otro buscador, por muchas combinaciones de términos que se efectúen, únicamente se encuentra la aséptica y neutra información aparecida en los periódicos locales referente a las distintas fases del proceso de venta del cine y adquisición por el Casino de Castilla y León y la noticia sobre su definitivo cierre, que se producirá el próximo 8 de enero. A este respecto, también es preciso señalar que la actitud de los medios de comunicación, tratando el tema como si de agencias de noticias se trataran, ha resultado cómodamente cómplice para el alcalde y sus acólitos, Cerezo y sus secuaces. No obstante, como señalaba, tampoco ha habido ninguna reacción ciudadana fuera de los cauces ordinarios. Ni una sola página, sitio, portal, blog o foro en el que aparezca una sola palabra crítica, un mero rechazo, una simple queja, a excepción de los típicos comentarios críticos en la edición digital de El Norte de Castilla (también hay algunos favorables). Apenas se pueden hallar en Twitter algunos aislados tuits de queja.

Más allá de eso, desierto conformista, cruel abandono a su suerte de uno de los espacios más emblemáticos de Valladolid y acoplamiento silente, desafectado y repugnantemente gélido, a la decisión de los poderosos. Como si nada importara más allá de proteger lo que es exclusivamente de cada uno. Como si toda cuestión que fuera más allá de la mísera propiedad de los bienes particulares les produjera a los pucelanos un interés nulo, despreocupación radical, ningún quebradero de cabeza.

La Plaza Mayor de Valladolid, abarrotada en las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo. (Imagen: blog.culturavioleta.com).

Seguramente la mayoría de ellos piensen que no les afecta, que su vida continuara igual, exista o no el Roxy. Sin embargo, ignoran que están haciendo una concesión a otros, los cuales les están robando algo, hurtando a los ciudadanos, y que ese es el principal recurso, el argumento capital en el que se asienta la dominación de los poderosos en esta repugnante democracia donde cada vez hay más pérdidas y hurtos a la soberanía popular. Lo que es más, desconocen todos esos ataráxicos hijos de Pedro Ansúrez, Zorrilla y Delibes que cuanto menos reconocible sea su ciudad, menos reconocibles serán también ellos mismos y más se disolverán en el amorfo e insulso espacio de la mediocridad, la uniformidad, la indiferencia hacia todo; de la capa grisácea que envuelve desde tiempos remotos a esta ciudad cada día más desmantelada.

Este lamentable paisaje necesita ser completado con la actitud de la población respecto al cine. La patética costumbre de acudir única y exclusivamente a los multicines de los centros comerciales, que ejerce como excusa salvapantallas para justificar la liquidación de los Roxy. Aunque ni mucho menos sea ese el principal motivo de su cierre, sino el ya expuesto, hay que reconocer que ese funesto cambio de hábito ha influido en el asesinato cultural de este y otros espacios a lo largo y ancho del terruño ibérico. Ahora no quiero ahondar en este aspecto, pues lo trataré extensamente en una futura entrada; 2012-08-08-028simplemente me limitaré a decir, antes de pasar a la tercera y última parte de este artículo, que me dan ganas de echar la merienda, el desayuno de ayer y la cena de hace tres días cuando escucho o leo algunos comentarios plañideros de personas que, salvo excepciones, llevaban años sin pisar el interior de ese edificio singular de estilo art-déco (ni siquiera los jueves, cuando el precio de la entrada era 4 euros), el cual alumbra la vista a cualquier viandante que pasa por la calle María de Molina y que se merecía un mejor homenaje por parte de los hijos de la ciudad donde se enclava que esperpénticos lloros vía Internet, aprovechando oportunistamente la circunstancia para meterse con ese al que apodan “Javito Corleone”.

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Una respuesta a Al final, siempre gana la banca (II)

  1. Elisa dijo:

    Muchas horas, muchas películas, muchos momentos…que ahora nunca más recordaré en su lugar y quedarán perdidos. Tardes de adolescencia incipiente en las que ir a tomar algo y al cine te convertía en “mayor”, y en las que podías disfrutar de todo dando sólo un paseo hasta allí.
    Pasamos a la obligatoriedad de los centros comerciales, de hacerlo todo en masa y metidos en un solo lugar, dependiendo de algún medio de locomoción.
    Lo antiguo, no todo es maravilloso, ni malísimo todo lo bueno, como tampoco al revés, pero tengamos un poco de cabeza. Ya nos lamentaremos cuando no tenga remedio.

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