Al final, siempre gana la banca (y III)

Pero, obviando por un momento la penosa abulia y ocasional hipocresía de los vallisoletanos, las cuales he expuesto en la segunda parte de este artículo, ¿en realidad cómo saber lo que opina la ciudad? Si ni siquiera ha sido cuestionada sobre el particular. Si nadie ha realizado un sondeo mínimo sobre lo que pensaban los vallisoletanos, no acerca del traslado del Casino a la ciudad, cuestión que es secundaria, sino sobre la desaparición de tan emblemático lugar de recreo y cultura como los Cines Roxy.

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Esto me lleva a la cuestión definitiva y que excede con mucho el ámbito local para plantear una reflexión de alcance mucho más global. ¿Es que acaso la protección del patrimonio municipal, regional o nacional solo se circunscribe a los edificios y a los parques? ¿Es que no existe un patrimonio inmaterial digno de salvaguarda? ¿Es que no hay actividades privadas, sobre todo las de carácter cultural, que, por su antigüedad, su fusión con la ciudad, que las ha absorbido por completo y las considera ya una pequeña parte de su estructura, merecen la tutela pública? ¿No es uno de los principios rectores de la democracia constitucional española la conservación del patrimonio histórico y cultural por parte de la Administración y los poderes públicos?

Es evidente que, en la práctica, no. Aún menos cuando se trata de actividades culturales o artísticas, y todavía menos si estas son privadas. A los poderes públicos les importa un comino. Tan solo confeccionan un mínimo programa cultural, para que se vea que la localidad lo tiene, pero este es cambiable, movible, fútil y deleznable en la consideración de las mentes de los políticos, ya no digamos de los empresarios, pese a que sean cinematográficos, como el traidor Cerezo.

011020133438Una ciudad no sólo es de cartón-piedra. Su espíritu no pervive únicamente a través de ladrillos, muros de mampostería, cruces y blasones (aunque también). El alma de un municipio necesita algo más que observar como los cuatro o cinco sitios más representativos de la misma continúan incólumes con el paso de los años. Una población es mucho más, precisa ante todo de las pequeñas cosas que la dotan de una vida cultural, popular, folclórica o lúdica, especialmente de las que tienen un arraigo consolidado en la comunidad. Requiere esas diminutas conversaciones entre abuelos y nietos en los que ambos intercambian sentimientos diferentes sobre realidades idénticas que subsisten entre generaciones. Porque eso a fin de cuentas es la clave del acervo de una ciudad, su esencia inmaterial, fuera aparte de su idiosincrasia como pueblo –la cual también se mantiene y moldea a través de esas experiencias comunes entre personas de distinta edad en épocas diferentes–.

Pero el desprecio de la gente y de los poderes públicos por esta evidencia y por los sentimientos intergeneracionales no tiene límites. Igual que en su día fue destrozado “a golpe de pico y pala”, que diría Jesús Cifuentes, el Teatro Pradera –este crimen fue aún mucho mayor que el que se va a perpetrar con los Roxy–, la historia se volverá a repetir, aunque en este caso la fachada del edificio será conservada –casi peor, pues servirá para traer perennemente a la memoria el expolio–.

El desaparecido Teatro Pradera. (Imagen: valladolidweb).

No hemos aprendido nada desde los años setenta, cuando la cultura y el arte importaban un pimiento en este país. Si acaso estamos peor. Ahora se grava con el 21% de IVA, se aboca al cierre a los teatros, se apolillan los museos, se desprecia a los artistas, se considera a su curro hobby y se convierte al cine más antiguo de toda una región en un casino.

2012-08-16-064Mientras algunos nostálgicos siguen acudiendo al Roxy más como experiencia del pasado que del presente y disfrutan en cada ocasión “por última vez” del Cinema, los que verdaderamente dominan el cotarro –que jamás han sido ni serán los ciudadanos de esta localidad ni de ninguna otra en el camino de descenso con pendiente del 21% que lleva este país– se frotan las manos pensando en los fajos de billetes que llenarán los espacios donde hasta ahora ha habido diálogos artísticos; argumentos que estimulaban la imaginación; fotografías de parajes fantásticos, desgarradores, bellos o costumbristas; canciones que hacían palpitar el corazón; sonidos del trote de caballos, de olas del mar, de lucha de espadas o naves espaciales; movimientos de cámara imposibles; interpretaciones memorables; risas ante la comedia, aspavientos ante el terror o lágrimas ante el drama.

Ahora las únicas carcajadas serán enlatadas, los diálogos serán los de los croupiers con los jugadores, el argumento el de una mala o buena racha, los sonidos serán los de las bolitas de frío metal, los movimientos consistirán en barajar cartas, las imágenes serán las que capten las cámaras de seguridad, las interpretaciones siniestras se perpetrarán en las oficinas escondidas a los ojos del público y las únicas lágrimas que haya se producirán cuando los jugadores, al igual que los ciudadanos de esta tierra desprovista de alma, se den cuenta de que una vez más, al final…

Siempre gana la banca

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Artículo dedicado a los trabajadores del Cine Roxy, que cerrarán sus puertas por última vez esta noche del 8 de enero de 2014, día negro para la historia de Valladolid. 

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