Esperando la sorpresa de tu vida (te quedaste sentado en la silla)

Cartel promocional de “Hope Floats” (1998), de Forest Whitaker. (Imagen: Film Affinity).

El otro día estuve viendo en La 1 de TVE –sí, ese ente que siempre ha sido público y en algunas épocas ha sido incluso bueno– la empalagosa película “Hope Floats” (Siempre queda el amor). Lo sé, algunos estáis sintiendo ganas de introducir un virus en mi ordenador personal. Venga, no seáis hipócritas, que hasta el más cultureta cae en la tentación de visionar cintas así. Este tipo de productos cinematográficos son tan necesarios como las obras clásicas o el cine de autor. Cumplen su función,  aunque sea en otro plano y con otra entidad. En absoluto es mi género de cine favorito, pero la efectiva Sandra Bullock tenía en los noventa ese toque abrumador para los filmes de “sábado por la tarde” y aún conserva esa capacidad para dejarte atrapado en el sillón casi contra tu voluntad. Sobre todo si la noche anterior ha sido movida, tu paladar se asemeja al esparto, tu cabeza anda saturada de ejercicio físico, mental o de otro tipo y necesitas liberar la alta carga de saturación de tu cerebro. O simplemente dejar que repose la resaca.

El caso es que el nacarado y a ratos lacrimógeno guión del filme, una conversación telefónica mantenida con una amiga por motivo de su cumpleaños y algunos sucesos acaecidos durante el día previo inspiraron esta entrada que, no por versar acerca de las sorpresas, resulta sorprendente en sí misma. Tampoco sé si es rutinaria. Tal vez únicamente necesitaba escribir y reflexionar sobre algo que rebajara el tono rojo de furia y combate que suele informar el mobiliario de esta Buhardilla.

La vida de las personas en general no es sorprendente. Las películas, y más aún las de Hollywood, mienten como bellacas. Eso lo tiene claro mucha gente, aunque se siga empeñando en creer en el cuento de hadas típico que te dibujan largometrajes como el de Forest Whitaker.

(Imagen: psicoterapiaysalud.com).

Cierto es que antes de llegar a ese punto la protagonista necesariamente ha de sufrir, pues, si no, la historia carece de gancho. Es la fase de las sorpresas negativas, que de esas sí suele haber unas cuantas en la vida real, si bien jamás se presentan con el grado de espectacularidad con el que se reflejan en la gran fábrica de sueños y pesadillas yankee. La cosa suele suceder de forma bastante más deprimente, sin tanto impacto pasional, sin esos matices épicos. La correspondiente persona querida que la diña no acostumbra a saber que se va a ir al hoyo y por eso, antes de hacerlo, no te da el consejo de tu vida, ese que guiará con brillantez el resto de tus pasos. Por otra parte, resulta dudoso que, en el supuesto caso de que hubiera conocido que las manecillas de su reloj marcaban las 24 horas, hubiera tenido la agudeza de regalarte ese grandilocuente momento.

No, las desgracias se producen de una forma bastante más aburrida y/o cruel. Acostumbran a fraguarse poco a poco, sin sorpresa. Hollywood pinta bonitas hasta las penas, pero lo cierto es que las miserias de esta tortuosa vida normalmente deterioran progresivamente a quien las padece, minan la energía y se aprende poco de ellas. Se sufren y se intentan superar, algo que nunca se consigue totalmente.

En el polo opuesto, el positivo, el panorama se tiñe de un color aún más impresionante en el cine y por ello contrasta todavía más con la gris realidad. Todo es magnificente en la ficción. Hay un cowboy que rescata de la podredumbre a la descarriada mujer, que vuelve así al redil de la estabilidad y a la protección de la dependencia sentimental. Además el individuo, como buen vaquero, es persistente y luchador hasta el masoquismo. Se come los rechazos que hagan falta, la ambigüedad, las medias tintas y hasta el desprecio, y continúa firme en su afán de conquista. El que la sigue la consigue, parece decirnos el filme, la chica que va de dura al final se derrite y todo es falso salvo alguna cosa. El cuento perfecto que acaba casi siempre bien después de un cierto penar. Se baja el telón, la foto que se cuela sorprendentemente en la máquina, con la complicidad del típico viejo bondadoso y su mirada de añoranza –“hijos, disfrutad de la vida vosotros que podéis”–. La agradable sorpresa final en el momento justo y clave y colorín colorado.

Fotograma de la película “Hope Floats” (2005), de Forest Whitaker. (Imagen: sensacine.com).

Lo peor de todo esto no es la mentira que encierra este tipo de desenlaces preparados por clímax que emergen de un modo aún más irreal. He de reconocer que me parece hasta necesario que exista ese punto de ñoñería, ilusión bobalicona o fantasía vestida de realidad. De no ser así, todo resultaría demasiado plano y amorfo.

Lo realmente malo es que desde niños la mayoría tenemos en el subconsciente colectivo que esas cosas en algún momento van a ocurrir. Que nuestra vida va a pegar un giro debido a algún acontecimiento rompedor y sorprendente, generado por otra persona o simplemente por la vida. Llámese golpe de suerte, ingenio supino de aquel de quien lo esperas y, por supuesto, predisposición mágica propia para recibirlo.

(Imagen: subirimagenes.com).

Precisamente en este último punto es donde comienzo a reflexionar y a intentar ver las cosas desde otra perspectiva, aunque me cueste. Me planteo si tal vez en ocasiones yo me coloque en una posición poco receptiva ante las posibles sorpresas, que quizá verdaderamente existen y yo no soy capaz de ver.

Ciertamente alguna cosa inesperada sucede de vez en cuando. Ni siquiera yo voy a negar tamaña evidencia. Muy de higos a brevas, esa es la verdad, pero existen instantes determinados en tu caminar vital donde nada permite predecir que se vaya a dar una circunstancia extraordinaria que cambie la predecible dirección de tu brújula y, contra toda lógica, ocurre.

(Imagen: nosabesnada.com).

Pero son muy pocas, poquísimas. La existencia humana, al menos en los tiempos actuales, resulta por lo general monótona y la mayor parte de los cambios vienen provocados por desgaste, el natural paso del tiempo o la necesidad. Casi nunca hay un efecto sorpresa irresistible que nos descoloque. Es muy raro que tras una caída brusca tengamos la opción de situarnos en un plano nuevo y allí aprovechar nuevas oportunidades. Aún menos permitirnos el lujo de despreciarlas y que estas u otras vuelvan a acudir a nosotros. Lo normal es tener que luchar por sobrevivir como se pueda, en mejores o peores condiciones según los casos, y comprobar como no varía demasiado el rumbo, ni siquiera si lo estás buscando o andas predispuesto.

También es verdad que yo he nacido y crecido en España, y no en Estados Unidos. Tal vez eso nuble en exceso mi vitalidad. La única sorpresa con la que te puedes topar aquí es que te toque la lotería –si tienes dinero para jugarla– o que te incluyan en un ERE –si tienes trabajo–. Fuera aparte de eso, los acontecimientos se desarrollan inexorablemente con una previsibilidad insultante. Lo cual no quiere decir que no existan desgracias ni pérdidas, más bien al contrario. Caminamos esperando inevitablemente el decaer de las cosas que nos rodean y de las personas a las que queremos. Aquí no hay cowboys que vengan al rescate, ni sandras bullocks que renazcan de sus cenizas. Se nos ha olvidado la capacidad de sorprender a los demás. Tal vez por eso damos la sensación embustera de ser un pueblo alegre: es lo que nos queda para combatir malamente el ostracismo. Y quizá por eso el que os escribe esto ya no cree en las sorpresas.

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