Báñez se baña en rojo

Atentos, españoles y españolas. La ministra Fátima Báñez, esa que tiene por encargo de nuestro sumo líder del plasma la llevanza de los asuntos laborales del territorio patrio, se ha vuelto roja.

Lo sé, resulta trágico. Soy consciente de la repercusión que tal noticia puede llevar acarreada para vuestras débiles mentes. Confío no obstante en que un poco más de anestesia –obviamente española– restablezca el sagrado equilibrio de vuestra psique.

Fátima Báñez. (Imagen: lamoncloa.gob.es).

¿Qué cómo le ha podido acaecer tamaño descalabro mental a nuestra querida ministra, esa que con tanta simpatía ha sido capaz de transformar a los emigrantes forzosos en jóvenes aventureros? ¿De verdad deseáis saberlo?

En fin, si tal es vuestro deseo, lo explicaré.

El caso es que estaba yo tranquilamente escuchando una canción de algún grupo español progre –porque yo soy progre, que conste– de reminiscencias ochenteras y voces pastosas, cuando de repente decidí –necio de mí– cambiar de emisora.

Habían dado las señales horarias. Era el momento de escuchar el parte de la SER –a mí me priva el EGM y hasta emito balidos cuando sintonizo el 106.7 F.M.– y de pronto escuché la voz de una andaluza que, desgarrada por la pasión, emitía una proclama a favor de los currelas y expresaba su enfado con la patronal.

Susana Díaz. (Imagen: wikimedia.org).

Pensé a primer golpe de oído que se trataría de la melodramática Susana Díaz, cuyos sermones valen tanto para un roto de liturgia como para un descosido de jornaleros andaluces. Imaginaos mi sobresalto cuando aprecié que no se trataba de ninguna política de asuntos socialistas sino de la Ministra de la Seguridad Social –su título dice que también de empleo–. El tono enfático y el discurso cuasi marxista –en su justa proporción lo era; quiero decir que para ser Báñez parecía estar llamando a la lucha obrera– me dejaron consternado.

Luego me preocupé por enterarme bien de que iba la movida y mi asombro fue progresivamente en aumento.

Los empresarios, con Juan Rosell a la cabeza, se habían cabreado cantidubi –perdón por la expresión, es que soy progre– porque el gobierno había decidido que los salarios en especie –la parte del sueldo que no se paga con pasta gansa– coticen a la Seguridad Social. Hasta ahora no era así. Ejemplo práctico: si tú, que me lees y vives dignamente como yo, tienes criada –yo para esto, aunque sea progre, soy machista y clasista a tope, chico, lo siento–, seguramente parte de su sueldo se lo pagas dejándole comer en tu kelly o incluso dormir entre semana. Y por ese concepto, suponiendo que la tengas dada de alta –yo a la mía sí, chaval, soy un tío legal–, no pagas ni un duro a los ladrones de la Seguridad Social –que nos sablean para pagar el paro a vagos y maleantes–. Bueno, pues a partir de ahora, por culpa de este gobierno, resulta que sí que tendrás que pagar el porcentaje correspondiente.

Juan Rosell. (Imagen: que.es).

Por eso se enfadaba Rosell, diciendo que les restaba competitividad y les impedía seguir con la política de moderación de salarios. No es de extrañar que el capo de los empresarios se mosquee, ya que esa medida ha sido utilizada con cierta frecuencia por las grandes empresas para ahorrarse sus buenos euros en Seguridad Social y reducir los sueldos monetarios. Es evidente que a una gran cadena de supermercados –por poner un ejemplo tontuelo que se me ha ocurrido de repente– siempre le va a salir más barato dar  a sus obreretes vales para adquirir productos en sus propios establecimientos que pagarles lo correspondiente en money. Y encima hasta ahora no cotizaban por ello, así que la jugada salía fetén. Ojo, porque hay que dejar claro que a algunos trabajadores aparentemente esto les parecía bien. Por ejemplo a Vainavi, que es mi criada hindú, le parece cojonudo, nunca le he oído quejarse –ni que se le ocurra–.

Pero ahora llega el mismo gobierno de la –tan elogiada por los trabajadores– reforma laboral y sorprendentemente, en una improvisación no pactada con los empresarios –ni con los de la patronal ni con los de los sindicatos–, le da por establecer que el salario en especie le pica como si tuviera especias y que hay que aflojar la guita a la SS.

Y, debido a ello, Báñez, e incluso mi paisana Soraya, vanagloriándose de que este gobierno por fin es popular…

Soraya Sáenz de Santamaría y Fátima Báñez. (Imagen: rtve.es).

Se preocupa por las pensiones futuras y por las prestaciones de desempleo, afirman…

He de decir que esto último no lo entiendo y me deja perplejo, ya que yo creía que los trabajadores actuales en activo no tenían motivos para temer quedarse en el paro, dado que hemos salido de la crisis y la destrucción de empleo se ha detenido. Y lo de las pensiones, pues hombre, tampoco lo acabo de ver, porque yo pensaba que precisamente había que procurar ir adelgazando el sistema para que no se pusiera enfermito; en pos de que no se deteriorara su excelsa salud.

Y yo, con miles de preguntas rondando mi preclaro cerebro: ¿Qué pasaba, españoles? ¿Las hordas judeo-masónicas de nuevo en nuestra patria? ¿Habían mejorado sus viles tácticas? ¿Practicaban ahora hechizos rojos y sórdidos con los que poseían las mentes de las juiciosas mentes de nuestro gobierno y en especial de la elocuente Fátima Báñez?

En definitiva, tú, que este gobierno me tenía desconcertado y asustado. Y sobre todo la Ministra de Empleo, que ahora de repente parecía ser la de Desempleo. Malicioso de mí, me dio por pensar que tal vez no estuvieran contándonos toda la verdad y la Seguridad Social tuviera un agujero tremendo. ¿Acaso el gobierno dudaba de su sostenibilidad futura y por eso tenía que recaudar a toda costa? No pude reprimir un escalofrío, aunque en realidad a mí me da igual porque yo ya me hecho mi planito privado de pensiones, sin escatimar en ceros, para prever mi fatigosa jubilación (como soy progre, esto no lo vayáis diciendo por ahí, que suena un poco carca).

Evolución del SMI desde 2002. (Imagen: euribor.com).

Sin embargo, mis desvelos se vieron prontamente olvidados cuando leí en un diario–tendenciosamente rojo, obviamente– que Báñez también defendía a capa y espada la congelación del Salario Mínimo Interprofesional por cuarto año consecutivo –lo cual es falso, rojos mentirosos, porque el año pasado subió nada menos que 4 euros–. Me tranquilicé cuando vi que lo justificaba en la búsqueda de la “moderación salarial”. De paso, me dio por mirar –porque no tenía nada mejor que hacer– y me fijé que (des)anda en 645 euros. Me dio una carcajada, que asustó a mi novia, la cual en esos momentos entraba por la puerta de casa –sudorosa, porque venía de jugar al pádel con sus amigas– ¿Pero de verdad hay alguien que cobra esa porquería?, me pregunté. Reafirmé mi sagaz teoría, ya olvidada, de que sin duda el SMI –se parece a FMI, ¡nunca lo había pensado!, qué agudo soy– se trata de un salario más simbólico que otra cosa. Es imposible que haya gente con sueldos de 640, 700, 800 euros, o miserias por el estilo. ¡Por el amor de Dios, con eso no se puede pagar casi ni la luz!

Por fin, volví a ver a mi Báñez de siempre. La misma ministra bajo cuyo mandato la destrucción de empleo ha cosechado récords históricos, el paro juvenil ha alcanzado cifras que sólo se podían prever en la peor de las pesadillas y la emigración de españoles al extranjero en busca de oportunidades laborales ha colocado a España con serias posibilidades de ser el mejor geriátrico del mundo –en el que habrá que pagar muchísimas pensiones–.

Entonces realmente me calmé y achaqué lo de los salarios en especie a un impulso irrefrenable de populismo en el que todos los políticos, incluso los del PP, caen en alguna ocasión. ¡Qué coño de agujero en la Seguridad Social!

Un baño –en rojo– al año no hace daño.

Incluso me voy a pegar yo uno, para demostraros lo progre que soy, que estoy viendo que no me creéis. ¡Vainavi, prepárame un bañito calentito!

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