Siria, obra maestra del cine de terror

He asistido impotente y horrorizado desde esta Buhardilla a las revelaciones que en los últimos días han realizado los medios de comunicación sobre las terroríficas torturas aplicadas por el régimen sirio de Bashar Al-Assad. He de reconocer que a veces peco de ser excesivamente resignado ante la barbarie humana, pero esto es demasiado.

Sin embargo, no descubro nada nuevo con ello. Imagino que es un sentimiento común a la mayoría de los seres humanos. Al menos, a aquellos que se merezcan tal adjetivo.

Bashar Al-Assad. (Imagen: wikimedia).

Lo verdaderamente indignante –porque lo otro es mucho más que eso: espeluznante, dantesco y contundentemente abrumador– radica en la airada reacción de la Comunidad Internacional. Escandalizados ante el informe de la masacre elaborado por expertos internacionales, alzan su voz con vehemencia y claman por el fin del holocausto en el que se ha convertido el conflicto sirio. El actual líder turco Erdogan era uno de los más críticos, lo cual resulta algo irónico teniendo en cuenta que en su país se continúa deteniendo a gente por sus ideas y reprimiendo protestas pacíficas. Por supuesto, también desde Estados Unidos se emitían declaraciones de enorme estupor. La misma potencia que intervino en un país como Irak –por cierto, también controlado por un dictador de corte similar a Assad–, mucho antes de que estallara guerra alguna y sin que hubiese motivo justificante más allá del deseo de establecer una democracia –que sigue sin llegar– en un país donde los norteamericanos tenían evidentes intereses económicos. Siria, pese a su sangrienta guerra declarada, no merecía tanto esfuerzo por parte de los yankees. Ni, por lo visto, del resto de estados del teórico primer mundo o, por ampliar espectro y no caer en la demagogia, del planeta Tierra. No es que con esto quiera defender la posible intervención militar –lo peor es que acabará llegando tarde y mal, sino que pongo de manifiesto el indecente doble rasero de los gobiernos.

Mención aparte merece la gestión del conflicto por parte de España. Rajoy, mostrando su habitual tibieza de hombre pusilánime ante la prensa y jugando a la gallinita ciega con Obama en cuanto nos damos la vuelta. Claro, que para realizar intervenciones como la de nuestro Ministro de Exteriores, García-Margallo en la conferencia de paz, invitando a los sirios a que tomen ejemplo de la transición española –¿pero de verdad este hombre se cree que ambas situaciones son comparables o es que se había inyectado ketamina antes de la cumbre?–, mejor que nos quedemos calladitos y nos dediquemos a emporcar más la pocilga propia, que al menos es nuestra.

Imagen de la Conferencia Ginebra 2, con Ban Ki-Moon, Secretario General de la ONU, en el centro. (Imagen: lasexta.com).

Volviendo a la globalidad, resulta inconcebible que la ONU haya esperado tanto tiempo para impulsar una conferencia, la bautizada como Ginebra II, que además adolece de múltiples fallos tanto en cuanto a su planteamiento como, especialmente, en lo referente a la voluntad de los actores implicados. Respecto a estos últimos, es obligatorio incluir a Rusia y a Estados Unidos, una vez más dificultando la resolución de una confrontación con sus eternas disputas internacionales, como si la historia estuviera continuamente viciada por una droga que, al ser consumida, hace revivir los delirios y la paranoia de la Guerra Fría. Los bloques pueden haber cambiado –o más bien, haberse matizado–, pero al final la polarización emerge como el tétrico vapor de una charca pestilente. Aparentemente otros objetivos, otra forma de entender la política exterior y otros escenarios donde plantear la partida, pero el macabro juego de las políticas estériles que sólo provocan víctimas inocentes se mantiene invariable.

Tres años de desvarío y brutalidades en Siria. Treinta y seis meses de asesinatos, mutilaciones y torturas. Mil noventa y cinco días de enfermedades, hambre, miseria, insalubridad, fugas obligadas, despojos humanos, gritos y lágrimas. El museo del horror en su versión más pura y real.

(Imagen: alertacatastrofes.com).

Pero, para que algo que se exhibe tenga éxito, es preciso que haya público. Sin el público, todo acaba muriendo. El resto de países han asistido a la guerra como espectadores de lujo, visionando su crudeza con todos los medios al alcance, que son muchos. Periódicos, radio, tele, Youtube, Facebook, Twitter, Instagram… La gran pantalla del séptimo arte nunca tuvo posibilidades tan infinitas como en este primer tercio del siglo XXI. Producida por la locura y la estupidez humanas, Siria lleva desde hace meses proyectando para el resto del mundo una de las grandes obras maestras del cine de terror de todos los tiempos.

La última escena ha supuesto el punto álgido de la historia, aunque por desgracia un clímax no supone necesariamente que la cinta se haya terminado. El informe basado en 55.000 fotografías documenta gráficamente el exterminio masivo precedido de todos los métodos imaginables e idóneos para infligir sufrimiento al género humano que ha sido practicado por Al-Assad y sus perros despiadados.

(Imagen: cadenaser.com).

Resulta bastante curioso, dicho sea de paso, que haya sido un ex policía militar del régimen el que haya destapado la aberración. ¿Los superespías norteamericanos lo desconocían? ¿Sus increíbles servicios secretos, capaces de robar conversaciones privadas de Merkel –hay que tener ganas– ignoraban que las milicias al servicio del tirano llevan torturando y matando sistemáticamente desde que comenzó la guerra? Y, para colmo, el informe se revela justo antes de la Conferencia de Ginebra –donde, mucho me temo, se consumirán bastantes más copas con el susodicho licor alcohólico que esfuerzos para lograr la paz–. Llamadme conspiranoico y escéptico, pero eso no se lo traga ni el que asó la manteca.

(Imagen: noticiasdesiria.blogspot.com).

Es muy importante destacar que las ONG hablan desde hace mucho tiempo de que también se cometen crímenes horrendos por parte de los opositores al régimen, quienes se hayan dispersos y divididos en numerosas facciones, grupos y subgrupos, sin que la supuesta autoridad central (La Coalición Nacional Siria) pueda aglutinarlos, ni mucho menos controlarlos. De hecho, estas entidades llevan haciéndose eco del genocidio desde el principio. Si ya de por sí el mundo se pierde entre la atrocidad elevada a la máxima potencia, me pregunto a qué niveles se llegaría si no existieran las organizaciones no gubernamentales, especialmente aquellas cuyo fin es denunciar las violaciones de los derechos humanos (Amnistía Internacional, Human Rights…).

El conflicto civil cuyo epicentro está Damasco resulta tan grave que ese concepto se queda corto para definirlo. Ha alcanzado la categoría de genocidio en masa. A aquel que dijo que después del nazismo el ser humano no volvería a caer en semejantes esquizofrenias, tengo que decirle que desafortunadamente los pesimistas teníamos una vez razón sobre él y sus colegas los humanistas. A veces no entiendo como sigue habiendo corrientes que defienden la bondad de la raza humana, conociendo la existencia de cementerios de la moral como la Guerra Civil Siria, así como otros abusos gravísimos y también masivos que se suceden día tras día en otras zonas del mundo, aunque no tengan tantas dimensiones.

Tal vez sea porque después de todo las películas sobre campos de concentración, matanzas en masa, violaciones múltiples o exterminaciones al por mayor siempre nos han interesado a los seres supuestamente civilizados. Qué mejor entonces que contemplar un conflicto real. Total, Internet hace que la diferencia entre lo real y la ficción sea tan flácida que resulta extremadamente sencillo deshumanizarse.

Escena de la película “Hotel Rwanda”. (Imagen: nosoyasistenta.com).

Así que, pensándolo mejor, no me hagáis caso. Acomodaos en las butacas y preparaos para disfrutar del terror. La secuencia de hoy trae carnes que se confunden con los huesos, ojos arrancados y cuerpos deformados. Yo ya estoy retrepado sobre el sillón de tela ajada que hay en el centro de la Buhardilla, con los pies encima del extremo derecho y la cabeza coronando el izquierdo. Que empiece el espectáculo.

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