La tiranía del amor

Cartel promocional de “Cuando Menos te lo Esperas”. (Imagen: cartlesmix.es).

Han pasado casi diez años desde que visioné en el cine una película que en su día realmente me entretuvo. Rememoro que me sorprendió por su frescura, me hizo gozar con sus interpretaciones fantásticas y me hizo reír. Años después la volví a ver bajo otro prisma y me pareció otra cosa. Simplemente una comedia bien hecha, una de tantas hollywoodienses, nacarada y pastelosa, aunque facturada con calidad. Os hablo de “Cuando menos te lo esperas”, brillantemente representada por dos monstruos de la gran pantalla como Jack Nicholson y Diane Keaton. La historia va de cómo un golfo incorregible muy entrado en canas se enamora de una mujer madura y, tras combatir contra su propia naturaleza, al final decide lo que vulgarmente se conoce como sentar la cabeza.

Acostumbrado como he estado siempre a sacar punta de todo y a mirar por debajo del mantel de todas las cosas y a través de las rendijas más ocultas para hallar los más recónditos lugares, incluso a veces imaginándome su propia existencia (hablando en plata, viendo diamantes donde sólo hay vulgar granito, creando polémica hasta de una película aparentemente tan dulce e inofensiva y con una historia tan sumamente irrelevante a nivel social); me decidí –aunque he de confesar que no me resultó excesivamente difícil, dada mi implicación personal en la materia– a ahondar en las profundidades de aquella trama ficticia, pero en realidad no exenta de una veracidad diría yo que hasta cruel.

El reflejo fue la reflexión que, más abajo y en cursiva, os transcribo tal cual la reflejé hace un par de lustros. Pese a todos los vaivenes que ha pegado mi vida desde entonces y a los múltiples cambios que supongo ha experimentado mi forma de pensar –a veces dudo de que hayan sido realmente tantos–, en este punto sigo teniendo la misma convicción. Podría matizarla, ciertamente, pero prefiero no hacerlo. Entre otras cosas, porque hoy no me siento especialmente inspirado. Pero además porque pienso que contaminaría su esencia. Finalmente, porque necesito tender puentes con mi pasado. “En estos días inciertos en que vivir es un arte”, nada es más importante que mantenerse fiel a uno mismo y respetar escrupulosamente el propio bagaje y la senda del tiempo por la que ha transitado…

(Imagen: desmotivaciones.es).

El filme encierra un dilema que es eterno, aunque quizás la mayor parte del planeta Tierra no se lo haya planteado en su vida. Sin embargo, estoy seguro de que inconscientemente bulle en vuestras conciencias con cierto disimulo, como un leve dolor de cabeza, casi imperceptible, del que sois capaces la mayor parte de las veces de olvidaros, pero que volverá una y otra vez, aunque no lo deseéis.

Me estoy refiriendo a la cuestión de si el ser humano es capaz de vivir una vida completamente independiente, sentimentalmente hablando. Muy especialmente hago hincapié en la dependencia sentimental más importante –quizás también la más irracional, por ello de que el vínculo de sangre brilla por su ausencia– y que es la reflejada por la película; es decir, aquella cuyo criterio diferenciador respecto de las demás, aunque hay muchas otras características que sí comparte con las otras, es el del matiz sexual.

Probablemente la mayoría de las personas a las que encuestásemos con semejante pregunta responderían negativamente. El largometraje lo evidencia claramente. Desde el principio hasta el final del mismo se trata de poner de manifiesto, a través de diversas situaciones revestidas del tono cómico que cubre todo la proyección, que el hombre y la mujer no son capaces de vivir sin un compañero sentimental. Especialmente lo refleja en el plano masculino, pues, aunque Diane Keaton interpreta a una mujer divorciada y solitaria, no tiene ninguna duda de que se ha enamorado del personaje interpretado por el bueno de Jack, quien, sin embargo, se empeña en continuar con su vida anterior de ligón empedernido, desordenada, plagada de fiestas y de desenfreno, hasta que acaba optando por la compañía de una persona antes que por la soledad de muchas.

Escena de “Cuando menos te lo esperas” (Imagen: cine5x.com).

Todo está teñido de un color rosa maravilloso, todo parece perfecto (a fin de cuentas, no dejará de ser ficción y no realidad). Quiero decir con esto que parece que es el corazón el que acaba ganando al cerebro y que realmente los personajes, de una u otra forma, se ven dominados por el libre albedrío –qué contradicción– y eligen la senda del amor, la voluntad y el querer, venciendo a las imposiciones engañosas de la razón, empeñada obstinadamente en no hacerles cambiar nada, pues más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Por lo tanto, la cobardía se muestra como la nota predominante en ambos, temerosos ante el compromiso, el arriesgar, el comenzar una nueva vida y el dejarse guiar por los designios de su corazón.

Este es sin duda el mensaje que intenta transmitir la película, aparte de convertirse en un fuerte alegato de la familia nuclear (ya digo que independientemente de la excelente comicidad y el fantástico dúo de actores).

Escena de “Cuando menos te lo esperas”. (Imagen: 2.bp.blogspot.com).

Sin embargo, ¿esto sucede así en la realidad?

¿Un hombre y una mujer –o un hombre y otro hombre, o una mujer y otra mujer– deciden compartir el resto de su vida juntos o, si nos referimos a un nivel inferior, emprender una vida en pareja con un contenido más o menos fuerte de compromiso, porque realmente acaban venciendo esa fría y desapasionada manipulación cerebral, guiada únicamente por criterios de comodidad y poco aventurera?

¿Es lo acertado y lo bueno, pues traduce la expresión de la voluntad libre del individuo, formalizar una relación sentimental con alguien?

Sinceramente, pienso que las respuestas a estas preguntas, desde un punto de vista completamente objetivo, son difusas, imprecisas y extremadamente complicadas, por mucho que para la inmensa mayoría de la gente posean una claridad meridiana.

(Imagen: taringa.net).

No es cierto en muchos casos que las relaciones se escojan, es decir, que sean una manifestación plena del libre albedrío de la persona. Quizás sí sea así al principio en la mayoría de los casos, pero con el paso del tiempo esa elección acaba desapareciendo y se acaba convirtiendo, bien en una mera rutina que se acepta inconscientemente –es decir, se acaba transformando en una elección de la comodidad por temor de la persona a quedarse sola o solo, pero no porque realmente sea eso lo que desea; en otras palabras, yo esgrimo que con el supuesto amor eterno ocurre aquello que, según pone de relieve la película, sucede en la situación contraria–, bien en una mera imposición social, pues lo lógico, lo socialmente correcto, lo tradicional, lo normal, es vivir en pareja, formar una familia y alejarse de todo lo demás, ya que el resto de las personas que formaban parte de nuestras vidas con anterioridad a la exogamia están a su vez en otro círculo diferente, en el de las preocupaciones exclusivamente propias y de su familia nuclear, independientemente de que sea matrimonial –la institución del matrimonio va perdiendo peso por momentos en la realidad actual– o no.

(Imagen: freepik.com).

Lo que se considera como la manifestación más patente del compartir es en realidad en muchos casos la esencia del egoísmo más cruel. Sirvan como ejemplo los miles de casos de ruptura radical con los amigos, los hermanos o incluso con los propios padres, abandonándolo casi todo por la pareja. En ocasiones esta ruptura es incluso trágica, abrupta y dolorosa, con amargas discusiones y odios prolongados y a veces irreparables. Esto por no hablar de la desconexión absoluta que se produce respecto del resto de la convivencia social en todos los planos: la persona muta en un ser deshumanizado hacia los problemas globales, las miserias parciales o las tragedias individuales. Por todo ello, las propias reglas de juego sociales terminan imponiendo la decisión y se decide iniciar una relación con miras de que se prolongue.

(Imagen: walter-riso.com).

Lo peor de todo es que ni este propio sistema acaba sosteniéndose por sí mismo. A los datos me remito: ha habido un aumento desmesurado y progresivo de separaciones y divorcios.

Y lo que es aún peor: el concepto social sobre las relaciones humanas al que me he referido, el rechazo más o menos expreso hacia el que toma otro tipo de senda en su caminar por la vida, la propia moraleja de la película, de muchas otras y también de cualesquiera otras representaciones artísticas o sociales, parece que nos incitan a elegir un determinado destino para nuestras vidas; nos fuerzan a construir nuestra existencia de una manera y no de otra; nos obligan, en definitiva; nos limitan la libertad, cuando no la anulan totalmente, porque es considerado como socialmente malo el no vivir en pareja y el no formar una familia.

Al final es la propia sociedad la que se engaña a sí misma, incluso reflejándolo en el arte, y lo que se toma por una decisión de amor y libre voluntad no es más que una tiranía social en muchos casos.

Deberíamos reflexionar más las cosas que damos por sentadas desde el principio…

Cartel promocional de “Agosto”. (Imagen: lahiguera.net).

Para terminar de acomodar correctamente este nuevo contenido en los muebles de La Buhardilla, os diré que ayer tuve el gusto de ver “Agosto” –y en versión original, a ver si es verdad que las salas de cine comerciales apuestan por este formato–, que, además de tener una calidad cinematográfica inmensamente superior a “Cuando menos te lo esperas”, ofrece una filosofía del amor que se encuentra en las antípodas respecto al que muestra esta última.

Siento decirlo, pero estoy mucho más de acuerdo con aquélla, pese al tremendo dramatismo y la crudeza con la que plasma las relaciones sentimentales. Ni mucho menos en todas sucede eso, claro está, pero se aproxima tristemente más a la media que la edulcorada visión de “Cuando menos te lo esperas”, a la que no obstante tengo que agradecerla haber inspirado este artículo.

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6 respuestas a La tiranía del amor

  1. Usher dijo:

    A mi me parece que Braveheart da una vision mas acertada de la vida en pareja

    • alber4 dijo:

      Jaja. Intuyo que quien me deja este comentario me conoce bien. Bueno, he de decir que Braveheart está ambientada a finales del siglo XIII y principios del XIV, mientras que la visión que yo expreso es acerca de las relaciones de pareja del siglo XXI. No pretendo que lo que yo opino sea compartido en absoluto, de hecho hasta me indignaría que así fuera, porque supondría que la sociedad vive en una incoherencia perpetua. Soy consciente de que se trata de una opinión muy particular y antipopular. Por cierto, lo que sí se mantiene respecto a la visión romántica y trágica de Braveheart es que los amores efímeros, arrebatados a la fuerza o imposibles son los verdaderamente eternos, aunque también esclavicen de otra manera.

  2. Juanjo dijo:

    Antes molabas, antes eras un romantico!!!!!!

    • alber4 dijo:

      Jaja. Parece mentira, querido Juanjo, que precisamente a ti, tan fan como eras de las enseñanzas de Luis, tenga que recordarte que el concepto de romanticismo incluye muchos más aspectos que una “romántica” visión de las relaciones de pareja. Y creo que yo sigo cumpliendo muchos de ellos. 😉

    • alber4 dijo:

      Jaja. Parece mentira, querido Juanjo, que precisamente a ti, tan fan como eras de las enseñanzas de Luis, tenga que recordarte que el concepto de romanticismo incluye muchos más aspectos que una “romántica” visión de las relaciones de pareja. Y pienso que yo sigo reuniendo muchos de ellos, ¿no crees? Un abrazo.

  3. Elisa dijo:

    Creo que no hace falta que comente nada en realidad…porque sabes que no comparto pensamientos, en este caso :-p

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