La generación de la pérdida

No existen límites de edad concretos para definirla, aunque lo más habitual es que sus miembros hayan nacido en algún año de la década de los ochenta. Incluye a gente de lo más variopinta, pero lo lógico es que sean personas con cierta inteligencia, talento, valores, inquietudes, mala tolerancia a la frustración y una ligera tendencia a la melancolía.

Sus integrantes no han perdido por completo su vida, pero arrastran tantas pérdidas a sus espaldas que lo normal es que jamás recuperen determinadas cosas que la vida o la sociedad les han arrebatado. Les ha tocado ser luchadores, aunque nadie les educó para serlo. Jamás fueron ricos, pero gozaron de ciertas comodidades y de una falsa seguridad.

Sí, son españoles o personas que han crecido en España. Y son muchos. Millones.

No todos son dependientes económicamente, pero incluso los que no lo son sienten que su independencia es falsa y los esclaviza más que liberarlos.

Cuando eran niñas y niños, saltaban a la comba, jugaban al conejo de la suerte o a la gallinita ciega e inventaban historias de vaqueros, bandidos o reinos llenos de tiranos, secretos y misterios. Ahora, siguen haciendo lo mismo, pero sin jugar.

A veces se planteaban qué querían ser de mayores. Fantaseaban con profesiones imposibles. Cómo iban siquiera a suponer que lo imposible sería tener una profesión.

Crecieron. Se hicieron adolescentes. Salieron muchos fines de semana. Se emborracharon. Unos cuantos también se drogaron. Ni por asomo se les pasó por la cabeza que el dinero que se gastaban en cualquiera de esas noches de diversión inolvidable supondría para algunos en el futuro la diferencia entre llegar a fin de mes o no llegar.

Si se les hablaba de las luces o la electricidad, su cabeza se iba a los libros de Historia. A la Ilustración, a la Revolución Industrial. Ahora, se dirige inexorablemente a la factura odiosa que cada sesenta días les quiebra la sonrisa.

La blasfemia fue un juramento hecho a destiempo en la Iglesia que, poco o mucho, los formó. La blasfemia es lo que expulsan sus bocas llenas de odio contra aquellos que los deforman.

Se los alentó para que siguieran su vocación. Ahora, se les anima para que renuncien a su advocación y abandonen esta estúpida comedia. La mayoría claudicaron hace tiempo. Los que todavía resisten, dementes, muchas veces no saben ni por qué lo hacen.

Un buen puñado de ellos soñaron con que algún día llevarían a sus hijos a Disneyland Paris, igual que sus padres los llevaron a ellos al Parque de Atracciones de Madrid o a Port Aventura. Ahora, sueñan con que algún día puedan tener hijos.

Miraban con compasión a aquellos que venían de lejanas tierras. Les escuchaban con una pizca de impotencia hablando de su hogar entre orgullo y añoranza. Inverosímil y estúpido les hubiera parecido entonces verse a sí mismos contando esas mismas historias, con la desazón tapando al orgullo y la tristeza a la añoranza.

Desarraigo, pérdida y fracaso; tres elementos que acompañan siempre a su sombra, aunque estén junto a los suyos, a veces desahuciados, otras veces sólo desquiciados; tres piedras que pesan en la mochila que portan los que están a miles de kilómetros, incluso en los días en los que parece salir el sol por esas montañas desconocidas.

Sus rostros no muestran por lo general más edad de la que tienen, pero sus espíritus sí. Con frecuencia se sienten vencidos por la desesperanza. A veces se arrastran lánguidamente por las calles. En otras ocasiones se dejan llevar por un optimismo en el que ya no creen, pero que les tratan de infundar agentes externos. Después, el vacío, la rabia, el enfado y, durante los peores días, las lágrimas.

Sacan lo peor de sí mismos y se asustan cuando lo hacen. Los domina la incomprensión y tratan de recuperar el rumbo, pero caen una y otra vez en la irascibilidad, descargada incluso contra aquellos que más les quieren.

Son mujeres jóvenes que todavía se consideran chicas. Son hombres que intentan ser maduros, pero que a menudo se ven castrados antes de serlo. Algunos no hace tanto que dejaron la adolescencia y sin embargo les parece que hace un abismo. La miran con nostalgia, igual que su niñez, y les entra un escalofrío desgarrador cuando ven las fotos de papel que aún conservan en sus cajones. Aunque tratan de combatirlo, hay instantes en los que se notan morir por las punzadas de dolor. Dolor del de la peor clase, del que no deja heridas visibles.

Jamás se pidieron el rol de heroínas, pues ya lo fueron sus madres y sobre todo sus abuelas. Nunca pensaron que a ellas también les tocaría llevar a cabo gestas.

El único héroe de carne y hueso que conocieron era su deportista preferido. Ni siquiera en sus sueños más delirantes pudieron imaginar que aquellos logros serían una pequeñez comparado con lo que tendrían que conseguir ellos.

Cuando se les hablaba de hazañas, su mente sólo se iba a las películas.

Sus cerebros asociaban el concepto de épica a la Edad Media.

Las únicas crisis que sufrieron eran de identidad.

Ahora caminan por la ciudad donde crecieron o en lugares remotos, pero les resulta indistinto. No los reconocen. Porque las pérdidas están a su alrededor y, sobre todo, dentro de ellos. En realidad, no pueden reconocerse a sí mismos.

Su gesto se anima aleatoriamente, sin demasiado criterio. Algunos aún tratan de ser felices, a su modo. Aquel que anhelaron ya nunca se hará realidad. Muchos ya son infelices sin remedio. La amargura los invade. El pesar no se disipa. Pero, en algún recóndito rincón de sus deformadas personalidades llenas de pérdida, aún hay traidores infames que se empeñan en insistirles que no son la generación perdida.

Las españolas del violento desvirgue asienten sin entusiasmo. Los españoles de la impotente erección afirman con ironía.

Tienen razón, piensan. Ellos simplemente son la generación de la pérdida y la destrucción. Las generaciones perdidas son las que llegan después.

Por eso, ni tan siquiera tienen fuerzas para enviar al mueble que los homenajea desde esta Buhardilla imágenes, videos, negritas, cursivas, comillas… Prefieren que esté sin decoración. Tan desnudo como a veces lo están sus almas. Pero, aún así, se despiden pidiéndome que lance en su nombre un grito al mundo, entre desesperado, furioso y sarcástico: “No nos podremos vengar, porque hemos perdido demasiado, pero, mientras lo intentamos inútilmente, nuestra pérdida será vuestra recuperación”.

 

 

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