El incómodo teatro de la vida y la muerte

Llega este gran momento en el que no sabes qué decir. Te encuentras saturado. No sufres, pero desearías hacerlo. Simplemente hay unas tenazas que te oprimen la garganta. Una manta de hostias invisible que te nubla el cerebro. Algunas cosas hechas con un material parecido a la roca crean una especie de muro entre tus sentimientos y el exterior.

Estás más atrapado de lo que crees. Tratas de avanzar, de dar pasos, de ser valiente. Pero no tienes demasiado éxito. Parece que sí, que te comes el mundo, que puedes con todo. El combate que llevas en silencio tratas de vestirlo de satén hacia el exterior. Eres el macho cabrío para ti y el caballero silente para los demás; la hembra más abnegada en tu interior, la dama de las camelias de cara al exterior.

Lames tus heridas lo mejor que puedes, pero hay sitios que no alcanzas. Sabes que deberías recurrir a que otros lo hicieran por ti, pero no quieres que se contagien de tu dolor. O tal vez, reconoces con una sonrisa irónica, crees que engañando a los demás conseguirás engañarte mejor a ti mismo.

Cuando eras niño, no tenías que llorar ante nadie. No había causa y, si la había, estaban ella o él. Ahora él se acaba de ir y ella, piensas, no se merece otra cosa que tu mejor actuación, para que te siga premiando como lo ha hecho desde que tus entrañas se confundían con las suyas.

Ahora, eres una orquesta sin director. Un coro alterado que trata de mantener la armonía más por dignidad (pues el espectáculo siempre debe continuar) que por convicción propia. El público te mira y tú te quieres agazapar en tu cascarón rompible que nunca se rompe. La concha se ha vuelto granítico revestimiento. Pero no tiene base. Es sólo una capa que no cubre la estructura que se derribó. Necesitas apoyarte en otros para construir nuevos cimientos sobre el suelo que es tu esencia. Esa, la que quieren los demás y que hace tanto tiempo que sólo ven a cuentagotas.

Tú no eres consciente, te comportas como un manojo de nervios aparentemente controlado. Estás tan sereno que tienes todas las llaves. Sólo tú. Pero no acudes a abrir cuando alguien palmea y te llama. Les dices que se han equivocado de barrio.

La inmensa mayoría de los asistentes se conforman; te entienden o hacen por entenderte. Observan tu proceder y reconocen tu valentía, o simplemente se resignan a que la función no da más de sí. Esa gran obra de la que ellos también participan. Aquella que casi todas ellas se han perdido porque no las enseñaste los camerinos, lo que había (y hay) más allá del telón, cuando querían ver los tesoros que guardas desde hace tantos años a buen resguardado bajo la trampilla que hay junto a la tramoya. Ellas siempre pidieron más.

Sin embargo, perdido entre las butacas, más cerca del gallinero que del patio, hay algún espectador exigente. Quiere más de ti, porque sabe que lo puedes ofrecer. Tal vez muchos lo ignoren o sean incapaces de verlo, pero él no.

Te mira desde su asiento de pobres, como un paria descosido a retazos, y muestra su belicoso gesto. Tú le recuerdas que a Aristocles lo llamaron Platón por el ancho de sus hombros. Él te replica que también te dijeron que los primeros dientes de león florecerían para anunciar la llegada de tu primavera. Y, sin embargo, aquel que lo aseguraba se marchitó antes de tiempo.

Es hora de que regurgite tu fuerza aletargada, de que exhibas tus verdaderas habilidades más allá de la estúpida compostura. Vales mucho más de lo que cuesta la entrada, joder. Rómpela en pedazos y deja el comedimiento para las estrellas de postín. Ese que tan mal ejemplo da lo sabe y tú en el fondo también. Pero se te ha olvidado.

Recuerda que las verdaderas historias, incluso las que se representan en los más incómodos coliseos de la vida (esos a los que hay que asistir por cojones), se cuentan porque las has vivido. Si no, no se pueden contar. Así, que, escúchaselo gritar a esa parte de la audiencia más pedigüeña y repítetelo a ti mismo: “¡Cuéntame!”. Pues si no, acabarás por no contarlo. Y, en tu caso, sería un incontable desperdicio.

Dedicado a un amigo que se ve pequeño pero en realidad es muy grande.

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