¿Y Valladolid, qué? ¿Otra vez capital de España?

Lo primero es presentarme a ustedes. Mi nombre es Robustiano Iglesias. Soy un hombre rústico, al que le llegan las noticias de lo que pasa en el mundo civilizao muy de higos a brevas y con bastante retraso. Vivo aislao en el campo. Me dedico a mis ovejas, mis cosechas, mis siestas vespertinas y mis paseítos nocturnos. Y tan feliz.

Pero el otro día pasó algo que se llevó la calma de mi vida como el viento de otoño se lleva las hojas caídas de los árboles. Resulta que se acercaron a mi cueva, que está en la Meseta Castellana, en la falda de un cerro y rodeada de prados, una chica y un chico muy majos que dijeron que venían pa´ entrevistarme. Yo no entendía lo que eso significaba, pero luego lo comprendí. Querían hacerme preguntas sobre cosas. Yo les advertí que soy un poco duro de mollera y no tengo estudios, pero les dio igual. Pusieron un artilugio muy raro, que yo no había visto en mi santa vida, y de repente, como por arte de magia, empezaron a salir imágenes de la capital. Me he llevado una gran alegría, pues no la veía desde que era mozuelo. Y yo tengo muchos años. Pero que muchos.

Me quedé asustao. No por lo cambiada que la encontré de como yo la recordaba, pues eso ya me lo esperaba, sino por otras cosas.

Manifestación en Valladolid a favor de la Educación 1 de febrero 2014Lo primero que me sorprendió fue ver a muchos individuos (¡y también individuas!) uniformados, con gesto muy serio y controlando lo que pasaba, en las faldas de lo que antes se conocía como “subida del Manicomio”. Mis acompañantes me explicaron que eran policías antidisturbios. En mis tiempos también había de esos, aunque los llamábamos guardias y no vestían así.

Los muchachos que estaban enseñándome todo aquello tan raro lo quitaron importancia. Decía que se les había colado sin querer. Que lo que les interesaba es que yo les contara cómo veía la ciudad. Pero yo les pedí con cabezonería que se quedaran ahí quietos (¡ellos podían detener la imagen y todo eso!; “qué prodigio del demonio”, pensé yo para mí).

Manifestación en Valladolid a favor de la Educación 1 de febrero 2014 (16)Me fijé un poco más. Delante de los señores agentes (todos con cara de perros, como si se les hubiera arruinao el sembrao) había unos elementos amarillos que impedían el paso de la muchedumbre que se agolpaba y gritaba cosas. Yo no cogía todas las palabras, pero sí entendía lo que querían decir. Había algunos mozos, pero muchos ya peinaban canas. También había zagales correteando. Muchos vestían camisetas verdes.

Los jóvenes –que aseguraban que eran periodistas, aunque a mí no me lo parecían, pues tenía yo otra imagen de cómo se hacía ese trabajo– seguían empeñaos en que yo no viera eso. Pero como yo soy más burro que un arao, pues no les quedó más remedio que dejarlo.

Manifestación en Valladolid a favor de la Educación 1 de febrero 2014 (12)Fue entonces cuando vi a unos tipos de esos a los que en mi época llamábamos señoritos (también había bastantes señoritas) saliendo de un edificio muy grande con mucho cristal y mirando con gestos variados, algunos mustios, otros divertidos y los más requemaos, hacia todo lo que estaba ocurriendo allá abajo. Por cierto, que la gran casona aquella tenía el nombre de Don Miguel. ¡Qué desfachatez, Don Miguel que siempre fue un hombre sencillo (aunque eso sí, muy de sus cosas de siempre) y de la tierra! Miré de reojo a mi ejemplar de “Las Ratas” e iba a decirles algo a los chicos, pero al final me arrepentí. Seguramente no lo hubieran entendido.

La cosa parecía una caldera a punto de explotar, pero se veía claramente quienes tenían las de perder allí, sobre todo si uno se fijaba en el semblante de tarde de pedrisco que llevaban los guardias. No pasó na´, aunque tuvo pinta un par de veces de que allí se armaba la de San Quintín, porque los señoritos lucían más nerviosos que un pastor cuando acecha el lobo, los del pueblo llano andaban como una colilla llena brasas y esos que se decían antidisturbios ponían los dientes fieros como chacales.

Manifestación en Valladolid a favor de la educación pública 1 de febrero 2014 (11)La cosa siguió y, aunque los chicos quisieron quitarme las imágenes alguna vez más, me puse yo terco como una mula y no lo consentí. Con menudo habían pillao. Estaban los pobres yo creo arrepintiéndose de haber venido a verme.

Entonces, como yo ya empezaba a entender muy bien todo y algún rumor había escuchao de la gente del pueblo de al lado –las pocas veces que me cruzo con alguno–, fui quien empecé a preguntarles cosas a los muchachos.

—Hijos, ¿y Franco qué opina de esto?

Ellos se miraron, se medio rieron, no sé si escandalizaos o más bien en plan guasa, pero no dijeron na´. Yo siempre había estao muy en contra del Generalísimo –y que Dios me perdone–, razón por la que decidí en su día venirme aquí retirao, así que me fui animando y seguí haciéndoles muchas más preguntas. Me aclararon que los señores eran del partido político que manda en España –“o sea, el de Franco”, insistí yo, y los jovenzuelos otra vez chitón y entre risitas– y que la gente allí reunía se quejaba por muchas cosas que hacen aquellos, pero sobre todo porque dicen que están robando –ellos lo explicaron de una forma más fina–.

—No queremos que usted opine de política, Robustiano —me reconvino con dulzura la muchacha, que, por cierto, estaba como un tren.

Yo le dije que a lo mejor yo no sabía mucho, pero sí sabía lo que era robar, porque Franco siempre nos había robao.

—Y me da igual que se lo digáis, porque yo ya soy muy viejo y me quedan cuatro siembras —me envalentoné.

Se me fueron hinchando los machos y les dije que me jugaba la boina a que en el edificio ese tan lujoso los señoritos habían estado hablando de sus cosas de mandones, pegándose buenas comilonas, cogiéndose buenas turcias y gastándose un montón de dinero, mientras el pueblo se moría de hambre.

—Es todavía peor, porque gran parte de ese dinero viene del propio pueblo —saltó de repente el joven, como de puntillas.

Ella, más controlada, le pegó un pequeño codazo. Moví la cabeza como hacía en mis tiempos jóvenes cuando mi parienta la Servanda, que en paz descanse, me hacía renegar.

—Qué pena que Franco tenga al pueblo acojonao, que si no… Esos que se están encoraginando son unos valientes, se pueden llevar una buena somanta palos y acabar en el cuartelillo —afirmé sin duda.

—Bueno, Robustiano, en realidad sí que se puede uno quejar en España, pero esa no es la cuestión —trató de reconducirme la chica.

—Así que el cabrón del Caudillo se nos ha amariconao —apunté yo, seguramente frunciendo el ceño, como suelo hacer las pocas veces que se me ablanda la sesera.

Otra vez las miraditas. Empezaba yo ya a pensar que esos dos mozalbetes eran más que compañeros y que compartían el puchero en la misma mesa.

Y, cuando me iban a replicar algo, me adelanté:

—Entonces, ¿por qué no hay mucha más gente en la calle protestando?

No supieron qué responder. Seguí con la carga:

—¿Y por qué hay tanto guardia urbano protegiendo a los señoritos esos del gobierno?

Me di cuenta entre una ráfaga amusgada que era yo quien estaba haciendo de periodista. Pensé que la Servanda se sentiría orgullosa de mí si me estaba viendo desde el cielo. Los dos jovenzuelos seguían sin contestar, sólo se cruzaban los ojos como si fueran dos animales tanteando el momento de tirarse el uno a por el otro –pa´ mí que andaban en celo los pobres–.

Entonces, les pegué la estocada final:

—Vosotros dos tenéis que contar las cosas al pueblo, ¿no? Pues contadles que tienen que quejarse más, ahora que se puede. Y vosotros también sois pueblo, ¿no?

Les dije esto último echándoles una mirada de arriba a abajo, dándome cuenta de que andaban flacuchos y con las carnes chupadas, así que me imaginé que no tenían los bolsillos muy llenos.

—Otra cosa os digo: no perdáis el tiempo, que la juventud divino tesoro y dura poco. Tú, chaval, me recuerdas a mí cuando era un mozo de buena planta y tú, hija, a la Servanda, cuando me miraba con esos ojos que se me comía. Pues eso, que ya va siendo hora de que dejéis de pensar en las musarañas.

Ella bajó la mirada y se puso como un tomate de esos maduros y deliciosos, él sonrió como un pipiolo que se acabara de caer del árbol. Al final, después de un silencio en el que escuché los vientos haciendo remolino con la arenilla de fuera, los dos echaron una buena carcajada como dándose por vencidos.

Recogieron todos los cachivaches y se disponían a irse en el automóvil que tenían aparcado afuera –por cierto, qué cosa más monstruosa– cuando la muchacha de pronto me dijo:

—Al final no nos ha dicho lo que opina de Valladolid, Robustiano;

—Eso… ¿De Valladolid qué? —la acompañó él con esa complicidad de enamorao.

Me rasqué la frente y pensé ceñudamente por última vez en ese día –y tal vez en toda la semana–. Los señoritos husmias del gobierno, los guardias mosqueaos con las porras, los pobres añusgaos de fondo diciendo que quieren educación gratis y más maestros… Así que me acordé de los libros de Historia de la escuela y no pude por menos que soltarles:

—Eso digo yo. ¿Y Valladolid qué, otra vez capital de España?

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Una respuesta a ¿Y Valladolid, qué? ¿Otra vez capital de España?

  1. Rodrigo dijo:

    Podría decir muchas cosas pero todas se resumen con una palabra: enhorabuena; enhorabuena por la historia, por lo que cuentas y por como lo cuentas, por la ironía, por la perspectiva… En fin, ya me he traicionado y he comenzado y no quiero, no quiero porque a veces es mejor dejarlo así, dejarlo con un ENHORABUENA!!!!

    Rodrigo

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