Donde empieza la corrupción en el Periodismo (I)

Jordi Évole. (Imagen: Asociación de la Prensa de Madrid).

Leí recientemente una entrevista que la Asociación de la Prensa de Madrid realizó a Jordi Évole con motivo de la concesión a este último del premio al Mejor Periodista del año 2013. No me decepcionó. Tal y como esperaba, sus respuestas fueron humildes pero no pusilánimes, concretas pero suficientemente explicativas, francas aunque absolutamente educadas. En la línea del fantástico programa que presenta y dirige en La Sexta (“Salvados”), Évole no escatima en halagos hacia los periodistas anónimos, “que hacen auténticas heroicidades”, no duda en apelar a la responsabilidad de los que lo tienen más fácil, “como yo”, ni niega que existan presiones y chantajes desde los poderes políticos, empresariales y fácticos hacia el Periodismo, muchos de los cuales tienen un vergonzante éxito.

En este último punto, Jordi no se queda corto, aunque quizá, por no echar más leña al fuego, se comporta de una forma excesivamente correcta. No lo culpo. Su posición de personaje famoso, de periodista estrella que tiene detrás un amplio respaldo y una numerosa legión de seguidores, le obliga a no cargar con excesiva virulencia hacia todos aquellos que han degradado la profesión hasta convertirla en lo que es hoy en día.

Que, por desgracia, son muchos. Muchísimos. Y no sólo los que, como el responsable de “Salvados”, gozan de amplia notoriedad.

Puede que las influencias malignas, las coacciones más o menos explícitas y los mandatos contra la veracidad y a favor de los intereses de los poderosos vengan de muy arriba, pero sería muy hipócrita liberar de responsabilidad a los que están en la base de la pirámide. Muchos de ellos, con sus comportamientos diarios respecto a asuntos mucho más cotidianos que la crisis financiera, la evasión fiscal o la independencia de Cataluña, tampoco guardan, perdón por la redundancia, la independencia necesaria para ejercer la profesión. Ni se guían por la ética debida. No digo que no sean personas con un sentido ético de las cosas, en absoluto, pero no lo aplican en bastantes ocasiones a la hora de desempeñar el ejercicio de esta profesión que tan huérfana está de honestidad, al menos en España.

(Imagen: heraldo.es).

Como bien dice Jordi Évole en la entrevista, no se puede exigir un comportamiento épico, en el que se arriesgue el puesto de trabajo o algo todavía más importante, a una persona que cobra 800 euros al mes –hay periodistas que ganan todavía muchísmos menos que eso y trabajan muchísimas horas al día, lo cual llevaría a plantearnos cuánto de cierto hay en eso de que en España no se introdujeron los famosos minijobs–. Sin embargo y aún admitiendo esto, existen situaciones bastante más mundanas, de la calle, que no tienen connotaciones de gesta. Por esas pequeñas actitudes se puede al final hinchar la bola de la corrupción periodística y llegar a que las altas esferas al final tengan la censura conseguida antes de imponerla, porque ya existe desde el primer peldaño.

Yo mismo lo he vivido en mis carnes con motivo de los lamentables sucesos que acaecieron en Valladolid el domingo 2 de febrero frente al restaurante La Parrilla de San Lorenzo. Como muchos sabéis, yo fui testigo presencial de los mismos y los reflejé en esta Buhardilla con la máxima objetividad posible –sin desdeñar por ello la parte personal, dado que yo también sufrí intimidación por parte de los antisturbios– en mi artículo “Cuando la protección se convierte en terror”. No fui el único periodista que lo vivió. También mis compañeros de los medios digitales Último Cero y Tiempos Modernos estaban allí. Los tres reflejamos los hechos exactamente de la misma manera. Los tres coincidimos en nuestros respectivos textos que la actuación policial se había producido sin provocación previa de los reunidos ni aviso de disolución, y que se había ejecutado de manera desproporcionada. Los tres habíamos sido hostigados por los antidisturbios mientras ejercíamos nuestro trabajo.

Manifestación 2 de febrero 2014 convocada por Parados en Movimiento (13)Sin embargo, no hubo ni un solo representante de los medios con principal difusión en Valladolid y, en general, en España. Se habían ido tras la finalización de la manifestación programada, que había concluido en la Plaza Mayor con la lectura del manifiesto por parte del representante de Parados en Movimiento. Ninguno de ellos acompañó a las varias decenas de personas que espontáneamente, sin plan predefinido, continuaron protestando por las calles del centro de la ciudad hasta llegar a la puerta del restaurante la Parrilla de San Lorenzo. Evidentemente, no sabían lo que iba a ocurrir, pues doy por hecho que, de lo contrario, hubieran acudido allí donde la noticia se fraguó.

Manifestación 2 de febrero 2014 convocada por Parados en Movimiento (31)Este es uno de los mayores hándicaps de los actuales profesionales de los principales mass media. Su poca intención de ir allí donde se producen los hechos realmente relevantes. También lo dice Jordi Évole, aunque en su opinión la época de las piezas cocinadas en las redacciones está dando paso de nuevo al reporterismo, al auténtico Periodismo, que nació a pie de calle. Yo estoy de acuerdo con él en lo que se refiere a los profesionales que están fuera de la superestructura de los conglomerados mediáticos, o dicho, de otra manera, de los curritos que no tienen detrás un medio fuerte que los respalde. Que son muchos, pero a ojos del pueblo son minoría. Los que trabajan en los principales periódicos, radios y televisiones, salvo contadísimas excepciones, siguen tirando del teletipo de agencia y de lo que les cuentan las fuentes oficiales. Por ejemplo, en el caso de los comentados incidentes, del Subdelegado del Gobierno en Valladolid, José Antonio Martínez Bermejo.

José Antonio Martínez Bermejo. (Imagen: lainformacion.com).

El susodicho caballero soltó una mentira detrás de otra, basada en el indecente informe policial que emitió la Unidad de Intervención Policial (UIP), pero la inmensa mayoría de los medios destacaron su versión el lunes con gran prevalencia sobre los demás testimonios. Después, hicieron un mínimo trabajo periodístico, sobre todo cuando comprobaron el tremendo revuelo que se había organizado, que había una mujer de 56 años ingresada en el Hospital Clínico Universitario y que se había convocado para el día siguiente una manifestación en protesta contra la actuación policial. Recogieron la versión del portavoz del 15-M Valladolid, Sergio de la Torre, y la de algunos heridos, y las confrontaron con la de Bermejo. Una noticia tipo de declaraciones, neutral y aséptica, con versiones enfrentadas sobre los mismos hechos. Que cada cual saque sus propias conclusiones y yo, que no estuve allí, me lavo las manos como Poncio Pilatos.

Esto no sería tan grave si no fuera porque efectivamente sí tenían recursos y elementos suficientes como para ahondar un poco más en la realidad de los hechos; para valorarlos, interpretarlos y vestirlos de un tamiz interpretativo, como ha de hacer el periodista que presume de ser algo más que un redactor de agencia.

Pero no, es mucho más sencillo, inocuo e inofensivo confrontar puntos de vista y dejar que sean los espectadores los que se confundan a la hora de sacar conclusiones. ¿Para qué va a arriesgar el periodista? ¿Para confundirse? No hay que jugar con fuego, seguramente pensarían en esta y otras muchas coyunturas. “No estábamos allí y, aunque hubiéramos estado, ¿quién sabe lo que en verdad ocurrió? Todo es tan relativo…”.

(Imagen: Sergio de la Torre/Último Cero).

Sin embargo, ni esa peregrina excusa vale para este caso concreto, donde todas las pruebas –excepto el infame informe policial– conducen a la misma conclusión: la actuación fue innecesaria, equivocada y en ello se empleó una violencia desmedida que debería conllevar responsabilidades penales. No se trata de una opinión, sino de una valoración objetiva sobre unos hechos que son fácilmente comprobables. No sólo mediante el famoso video que una persona grabó desde la ventana de su casa, donde se puede ver, entre otras lindezas, como un policía aporrea sin medida a una mujer vestida rojo, sino también mediante las fotografías que fueron tomadas desde diferentes ángulos y en las que se aprecia claramente –en todas ellas– la disposición pacífica de los manifestantes, el exagerado despliegue policial y la formación del cordón a posteriori de la llegada de los que protestaban frente al establecimiento.

(Imagen: Sergio de la Torre/Último Cero).

Pero lamentablemente la mayoría de los periodistas que cubren la información local de Valladolid decidieron caminar sobre seguro, pensando que así contentarían a todas las partes. No fue así, porque algunos heridos y detenidos sentían una indignación tremenda contra los medios el lunes por la tarde. No era para menos. Algunos lo expresaron en público. Hubo uno de ellos que lo hizo de una forma excesivamente exaltada, lo cual no es justificable pero sí entendible. Después de que tanto él como su mujer recibieran palos por no hacer absolutamente nada más que protestar contra el gobierno de forma pacífica, lo menos que esperaba era un esfuerzo por parte de los medios de su ciudad de contar lo que verdaderamente había sucedido. Y no lo recibió, por lo que su impotencia y frustración eran mayúsculas.

(Imagen: Sergio de la Torre/Último Cero).

Sin embargo, el equivocado criterio –por definirlo de una forma suave– de los medios en cuanto a estos sucesos fue aún más sangrante. Lo explicaré en la segunda parte de este artículo, donde hablaré de forma aún más dura. Me gustaría no hacerlo, pero el tema lo merece y creo que es necesario que la gente sepa como está ejerciéndose habitualmente el Periodismo en este país. Ni mucho menos estoy tratando de ser presuntuoso, porque seguramente yo cometa muchos errores en mi trabajo, pero lo que sí tengo claro es que trato de ser honesto y predicar con el ejemplo. Tristemente, como pondré de relieve en la segunda parte, a ojos de la mayoría de mis compañeros por lo visto tal actitud debe de ser prácticamente sinónimo de perder el tiempo. Será eso, que desde esta Buhardilla no hago otra cosa que malgastar las horas vomitando idioteces. Llamadme idiota entonces si queréis, pero no pienso dejar de hacerlo.

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