El reparto de culpas en el Club Baloncesto Valladolid (I)

En circunstancias normales hubiera publicado este artículo en el medio digital para el que trabajo. Sin embargo, he decidido que tenía mejor cabida en esta Buhardilla y por eso lo he escrito sin rigideces formales, ataduras de estilo ni limitaciones de contenido. El Club Baloncesto Valladolid ha ocupado y sigue ocupando una parte tan importante de mi tiempo que justo es hacerle sitio para que entre en este cuartito y colocar este mueble en su honor. Aunque por desgracia está hecho de madera adusta, fría y contiene elementos que carecen casi por completo de toda gracia. El momento que vive el principal equipo de baloncesto de Pucela es tan lamentable, tan extremo, que resultaba necesario explayarse y hacer un análisis extenso. No obstante, el diseño inicial de este artículo no era tan ambicioso, lo había planteado de forma más reducida y comprimida, pero una vez más me ha traicionado la poca capacidad de auto contención que tengo a la hora de escribir. Por eso, he dividido el mueble en tres compartimentos.

En este primero, establezco los antecedentes de la cuestión, algo imprescindible para entenderla, y trato de fijar la premisa: la relación causa-efecto entre la gestión económica y la ruina deportiva, centrándome en este último aspecto.

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Felipe Martín (a la izquierda) y Juan Vela.

El Club Baloncesto Valladolid atraviesa el peor momento a nivel deportivo de su historia, de ridículo en ridículo y tiro porque me toca, mientras que en el plano económico no acaban de llegar los frutos del trabajo que están llevando a cabo principalmente el presidente, Juan Vela, y el gerente, Felipe Martín. Los dos actuales mandatarios del club ayer ofrecieron una conferencia de prensa en la que se expusieron una vez más ante todas las miradas, realizando una dura crítica hacia los jugadores para responsabilizarse después ellos mismos de los males deportivos que aquejan a la entidad morada, salvando de culpas a todos los demás.

José Luis Mayordomo. (Imagen: cbvalladolid.es).

Al que sigue diariamente la actualidad morada le vienen muchas veces a la cabeza determinadas imágenes, muy cercanas en el tiempo pero de las que sin embargo parece haber pasado un siglo debido a la cantidad de acontecimientos que se han ido sucediendo en el seno de la institución: El homenaje que se brindó en Pisuerga a José Luis Mayordomo, presidente del club entre 2008 y 2012; el artículo que el propio Mayordomo escribió tras su salida, titulado “La pata del Ñu”, en el que echaba la culpa de las miserias económicas moradas a los obstáculos que continuamente iban surgiendo en el camino; el alcalde de Valladolid nombrando en el

El alcalde de Valladolid y, detrás de él, José Luis de Paz. (Imagen: El Día de Valladolid).

salón de plenos del Ayuntamiento sucesor de aquel a otro José Luis, que vino a traer paz y casi provoca la guerra pese a sus filosóficos discursos; Felipe Martín intentando dirigir a la desconcertada orquesta tras la tocata y fuga del concejal de Hacienda del Ayuntamiento, Alfredo Blanco, en aquella inolvidable y esperpéntica rueda de prensa de febrero de 2013; Juan Vela, flanqueado por los otros dos patronos y concejales del Ayuntamiento, tratando de explicar a la afición y a los medios la inexplicable ruina económica del club tras la dimisión del presidente que apelaba a Demóstenes; Mike Hansen, tan sincero como derrotado, anunciando su marcha en pleno verano después de apenas dos meses en el cargo…

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Juan Vela.

Se podría seguir indefinidamente hasta llegar al momento actual. Han sido tantos los vaivenes, mini crisis, problemas extradeportivos y deportivos, que esa espiral desgastadora se ha convertido en la vida diaria del club en lugar de ser la excepción. Pero la realidad es que, como recordaba Juan Vela en la última comparecencia celebrada en las oficinas de Pisuerga, esto es un club de baloncesto, y este, el deporte en sí, se halla ahora más herido que nunca.

Al final, eran las canastas las que, mal que bien, lavaban la cara de una institución agujereada y perforada como un queso gruyere. Esos triples, mates, ganchos, tiros en suspensión y alley-oops eran los que a fin de cuentas justificaban la presencia de aficionados en el Polideportivo Pisuerga. Eran también los que servían de excusa ante aquellos vallisoletanos enfurecidos y desencantados que señalaban con el dedo al Club Baloncesto Valladolid como una indignidad para la ciudad por sus continuos escándalos. Ahora esa última pata también se ha vencido y, como reconocía ayer el gerente Felipe Martín con una sinceridad desgarradora, “quizá hemos engañado a los aficionados, y ahora lo único que podemos pedirles es que vengan a apoyar al proyecto y a la institución”.

Esto es, sólo queda la institución, el club, los colores, la entidad, las siglas, el CIF, el nombre. Todo lo demás ha quedado devastado. De acuerdo que aún hay un equipo que de vez en cuando puede anotar puntos y recordar rastreramente en la lejanía los destellos de la ilusión dilapidada, la nostalgia de tantas tardes de sábado gloriosas en Pisuerga. Vale que todavía hay un cuerpo técnico –desgastado no, lo siguiente, desde el entrenador hasta el fisioterapeuta– que trata de hacer lo humanamente posible, con mayor o menor acierto, para mantener la dignidad profesional y la imagen de un equipo antaño asociado con el respeto del modesto que siempre compite.

(Imagen: cbvalladolid.es).

Decía Juan Vela que casi lo único rescatable del partido frente a Estudiantes era ver a los chavales de las categorías inferiores, que casi no cabían en la pista. “Eso demuestra que aún hay vida”, concluía. No le faltaba razón, al igual que era reseñable el hecho de que Pisuerga estuviera casi lleno, independientemente de que muchas personas no hubieran pagado su entrada debido a las promociones lanzadas por el club.

Sin embargo, son retales difuminados y engañosos. El Club Baloncesto Valladolid es lo que es, la institución y poco más. Aún así, no es poco. Se trata de un patrimonio de la ciudad, que, como tal, merece ser defendido, al menos en su dignidad deportiva. El problema es que la ciudad, Valladolid, mayoritariamente, le ha dado la espalda. La imagen que se tiene en la ciudad respecto a la entidad es muy mala. No hay más que leer los comentarios que dejan muchas personas –vallisoletanos, exabonados o incluso actuales socios– a través de las redes sociales refiriéndose con saña al CB Valladolid.

Ya era mala antes de que se produjera el naufragio deportivo, pero ahora lo es todavía más.

Panorámica del Polideportivo Pisuerga. (Imagen: zonadostres.com).

Además de eso, la masa social –esos incondicionales que, pese a todo, siguen acudiendo al pabellón año tras año– se ha reducido de forma dramática, y en el fondo tanto Juan Vela como Felipe Martín lo saben, por mucho que sigan apelando, como es normal, al espíritu de que Valladolid es una ciudad de baloncesto. Puede que lo fuera o que aún lo sea, pero ya no es del Club Baloncesto Valladolid. Salvo para algunos aficionados muy fieles que, aunque se avergüenzan del equipo actual, siguen queriendo al club como quien está enamorado de una pareja la cual ellos mismos son conscientes de que no es la mejor del mundo ni les satisface como les gustaría, pero a la que quieren a pesar de todo.

Una vez establecida esta realidad, cabe analizar de quien es la culpa de tanto despropósito a nivel de gestión económica e institucional que ha derivado finalmente como consecuencia directa y única en el desprestigio de la entidad y en la hecatombe deportiva. Evidentemente es de muchos. Todos los que han intervenido a lo largo de los años –y nos sólo en los últimos tiempos– tienen su responsabilidad.

El presidente y el gerente morados el otro día se centraron en la parte deportiva y echaron dardos arrojadizos –Martín con mayor dureza que Vela– sobre los jugadores, al menos sobre algunos de los componentes de esta plantilla que deambulan como parias sin causa por las pistas ACB. “No están siendo dignos con la historia de este club, no están poniendo el suficiente corazón”, decía Felipe Martín.

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Ricard Casas en la previa del partido contra el Barcelona.

Si se examinan los partidos que han causado uno de los bochornos más memorables de la historia del deporte en esta ciudad, principalmente aquellas palizas sangrantes ante el Valencia, Barcelona y Unicaja y los partidos en casa frente a Fuenlabrada y Estudiantes, se llega a la conclusión de que algunos jugadores en efecto adolecen de un problema mental y de una falta de intensidad alarmantes.

La plantilla no anda sobrada de calidad, pero salta a la vista que en ocasiones no quieren cuando no pueden; que a la mínima dificultad se vencen y bajan los brazos. No todos, claro está, pero Felipe Martín no señaló nombres concretos (un error), salvo el de Suka-Umu. No obstante, pese a que no lo digan expresamente –“No quiero acribillar a nadie”, adujo Martín–, cabe pensar que Jason Rowe y Sinanovic también están en el punto de mira por lo que los directivos morados consideran un comportamiento indolente en la cancha.

Así las cosas, indirectamente se enfrenta a la plantilla con la afición morada y se evidencia su separación con el entrenador, algo que ya hizo de una forma más discreta el propio Ricard Casas, el sábado pasado. Algo que, examinándolo con frialdad y desde un punto de vista de idoneidad comunicativa y gestión de grupo, parece bastante equivocado y se puede volver todavía más en contra si cabe del catastrófico equipo, sobre todo porque no habrá relevo en el banquillo y el mismo técnico que dice que esta plantilla no vale para competir en ACB es el que seguirá entrenándola.

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Ricard Casas y Juan Vela el día de la presentación del técnico.

Un técnico que es defendido por Juan Vela y Felipe Martín con tal vehemencia y pasión que ha causado estupefacción entre los medios de comunicación y los que siguen la actualidad del club. Hasta el punto de que el primero llegó a decir: “Sólo Ricard es ACB, los demás no lo hemos demostrado”; frase muy desafortunada si se tiene en cuenta que el resto del cuerpo técnico lleva muchos años en el club -y se les deben bastantes mensualidades-. “Todo lo hace bien”, zanjó Martín su larga enumeración de virtudes sobre Casas. Una afirmación tan contundente y elogiosa es muy significativa de que la relación personal que existe entre el entrenador y los dirigentes influye en su respaldo contra viento, marea y ciclogénesis explosivas.

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Juan Vela y Ricard Casas.

Más allá de esta reafirmación repetida, que tal vez a estas alturas de la película sea necesaria para que el club no dé una imagen más deleznable de la que ya tiene ahora mismo, Juan Vela y Felipe Martín refugian a Casas de todo vendaval mediático y del aluvión desbordado de críticas, obviando que él tiene responsabilidad en la confección de la plantilla sobre la que ahora dice que no es capaz de sacar más rendimiento. Él y el gerente pucelano fueron los que ficharon a los integrantes de esta plantilla. Cierto es que con unos recursos pírricos y probablemente imposibles de manejar para confeccionar un equipo ACB, pero independientemente de eso una vez que se acepta un reto y se afirma que se es capaz de lograrlo, la no consecución del mismo por muy difícil que este resulte implica necesariamente un grado de responsabilidad.

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Melvin Sanders y Ricard Casas el día de la presentación del jugador.

En este sentido, Ricard Casas la tiene. Ni mucho menos toda, porque la escualidez de los recursos, que es una limitación excesiva y que obliga a la total excelencia en la dirección deportiva –y profesionales que alcancen la excelencia hay muy pocos–, no es en absoluto atribuible a él, pero ello no puede librarle por completo de todo grado de culpa en el fracaso, como pretenden el presidente y el gerente morados con ese blindaje casi heroico, comprensible por la confianza personal que tienen en él, pero equivocado desde una perspectiva puramente objetiva.

Cabría plantearse qué porcentaje de responsabilidad tiene Ricard Casas en ese teórico nulo compromiso y en la supuesta escasa motivación de algunos de los jugadores del equipo. Eso llevaría al momento inicial de la temporada, cuando la mayoría del entorno señaló que Juan Vela y Felipe Martín habían cometido un error desdeñando la opción de Gustavo Aranzana.

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Ricard Casas, en el centro, flanqueado por varios jugadores del CB Valladolid.

No porque el vallisoletano fuera un entrenador más válido que el catalán, sino porque estaba más acostumbrado a gestionar situaciones de alto riesgo y porque era un hombre de club que ilusionaba a la ya por aquel entonces muy irritada parroquia morada. Esa decisión, que muy pocos compartieron entonces, probablemente haya perjudicado a un Ricard Casas que desde el primer momento estuvo en el disparadero y en el punto de mira de periodistas y aficionados. Vela y Martín, con la lógica intención de salvaguardar su polémica opción por el manresano, quizá también hayan contribuido a crear el efecto contrario al que pretendían al colocar un escudo y una burbuja protectora continuamente en torno al actual coach morado.

En la segunda parte del artículo trataré de fijar definitivamente la relación esencial e indisoluble entre la nefasta gestión económica y el bochorno deportivo y hablaré de quien ha participado en dicha gestión y con qué grado de responsabilidad.

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