En las profundidades del azar

Hay ocasiones en las que me pregunto por qué los escépticos nos resistimos tanto a creer en algo que vaya más allá de nuestra contemplación sensorial. Cuál es la razón por la que siempre nos aferramos a un análisis racional sobre los acontecimientos. ¿Qué es lo que nos da tanto miedo?

Tal vez no sea temor, sino una simple y llana desconfianza hacia la vida y sus posibles secretos. Resulta más sencillo negar lo que no es evidente y previsible. Lo contrario sería asumir que puede haber esperanza y, de ese modo, la ilusión rastrera nos acabaría ganando de nuevo.

Ni tan siquiera siendo testigos o incluso protagonistas de hechos que son difíciles de catalogar como casualidades damos nuestro brazo a torcer. Seguimos empeñados en que todo es azar.

Si una persona a la que hacía años que no veías se cruza en tu camino un buen día en un sitio por el que habitualmente no sueles transitar y a través del cual ese día optaste a última hora y contra toda costumbre pasear, es azar. Ni siquiera lo convierte en una señal de algo que vaya más allá de lo veleidoso el hecho de que te transmita algo que en ese momento quieres o necesitas saber y que de otro modo no hubieras sabido. O que te relate de pronto que tiene una experiencia común contigo y de ahí puede salir algo cuanto menos interesante.

No varías la calificación sobre un determinado suceso aunque este vaya revestido de toques ciertamente esotéricos. Entras en un establecimiento a una hora inapropiada, más tarde de lo que deberías. A una hora en la que sabes que ya no vas a encontrar lo que venías buscando o a quien perseguías encontrar. Te ha entretenido por el camino la multa de un municipal, ya que decidiste hacer una pirula que no acostumbras a realizar debido a que ya llegabas tarde. Le rogaste que no te entretuviera demasiado. En agradecimiento te pidió todos los papeles del coche, descubriendo para colmo que tenías que haber pasado la ITV dos semanas antes y lo habías olvidado por completo, lo cual hizo que te ganaras otra sanción más.

Llegas despotricando al sitio. Pegas un buen portazo antes de descender al asfalto y a la desesperación de tu realidad tardía. Casi escuchas el crujido de tu vehículo quejándose, aunque, como eres un perfecto escéptico en mayor grado que un obsesivo, obviamente no te lo crees. Cuando llegas al local de marras te das cuenta de que has perdido el bolígrafo que estaba en el bolsillo de tu cazadora –sin cierre hermético–. No es que sea esencial, pero te jode ser tan descuidado y eso aumenta tu cabreo. Hasta te parece haber pisado una caca de perro por el camino e incluso estar oliéndola. No es así, pero te fustigas casi convenciéndote de que la mierda es real, porque te lo mereces por ser un maldito desastre y aparecer siempre tarde, nunca a la hora apropiada, cuando ya no queda nada, oyendo campanas sin enterarte de donde proceden.

No obstante, contra todo pronóstico y lógica, tus narices se topan con la realidad de que el haber llegado a lo español a aquel lugar te beneficia, porque de haberlo hecho antes no habrías obtenido nada. Te reciben, te dan una palmada, te sonríen, te animan a seguir con aquello que tienes entre manos. Te vas a mear para aplacar el nerviosismo; te alivias. Piensas en el guripa; casi le das las gracias al muy bastardo. Reflexionas mientras tienes entre manos un asunto más trivial que todos aquellos que grojean en tu mente a cada paso.

Llegas a la conclusión de que has tenido suerte; el azar te ha sonreído pese a que las posibilidades de que recibieras premio en vista de tu negligencia eran realmente escasas. No te preocupa. Tú eres un tipo escéptico y caminas de nuevo hacia la próxima parada, sin intención de llegar nunca a la meta. Eres un individuo que corre siempre por coraje y se exige ir a toda velocidad, aunque no tengas fe de que vaya a haber una línea de llegada ni una pléyade de sonrisas con brillo en los ojos marca colirio registrado para otorgarte reconocimiento. Eres una chica descreída, tal vez del Valladolid que no se ve, que sólo lleva maquillaje porque sabes que debes llevarlo, aunque jamás vayas a encontrar al príncipe de tus sueños.

No hay señales, no hay destino. No hay escrituras sagradas. No hay merecimientos y los castigos te los infliges tú.

Llegas muy enfadado, bramando, a una oficina de correos cualquiera porque te pilla de camino, el cual has variado en el último momento. Frente a la entrada alguien encantador te deja su aparcamiento y encima te deja el papelito gracias al cual podrás dejar el coche estacionado en tu ciudad sin infringir la ley y sin que te den las gracias. Este día te hacía falta saber que existe gente amable y dispuesta a sonreír a los demás, ya que a ti parece que últimamente se te ha olvidado. Cruzas la puerta, portando tu paquete y sin dar un portazo. Estás algo más animado, es un comienzo.

A dos manzanas de allí tal vez alguien esté prevaricando en una cafetería. Con su sonrisa y el dinero que obtiene a cambio puede pagar una buena plaza de garaje en el centro de esa ciudad gris en la que a veces sorprende el sol. Exactamente igual que a ti te ha sorprendido la sonrisa de ese chico que te ha servido un café en el mismo sitio donde se delinquía a favor de la corriente. Tú estabas maldiciendo por un día pésimo, entre otras cosas porque la compañía de telecomunicaciones que te atraca mes a mes a cambio de darte un servicio muy sobrevalorado ha decidido aumentar su impuesto de robo contigo y te la ha jugado enviándote un terminal defectuoso. Pero al menos el camarero te ha alegrado el día; te miras al espejo antes de salir a la calle, te ves más guapa que antes y partes en dirección a correos para devolver tu pedido por tercera vez en lo que va de semana. No hay cola. Siguen las buenas sensaciones. Te acercas al mostrador y escuchas a un tipo con apariencia de rebelde y tono de voz profundo que está intentando hacer lo mismo que tú. Descubres que es su primer intento cuando denotas su desesperación tras escuchar la respuesta del empleado de correos que le atiende. No será esta vez cuando lo consiga. Tú sí que lo logras en esta ocasión y hablas con él para aconsejarle. Te lo agradece en el alma, porque se encuentra desquiciado.

En otro punto de la ciudad, algún comercial de la misma compañía de Telecomunicaciones que os provee de servicio a los dos se frota las manos pensando que ha hecho un buen negocio hoy a costa de aquel politicastro que tiene contratadas muchas líneas de móvil en esa empresa interpuesta que no figura a su nombre y a la que por lo visto han debido de adjudicar un buen contrato público que enriquece ostensiblemente las perspectivas de beneficio. Hasta se ha permitido el lujo de hacer una buena obra y de dejarle el aparcamiento y el ticket de la O.R.A. a un tipo que andaba bastante frenético, dando vueltas como un loco.

Ese tipo, que por supuesto eres tú, piensa para sus adentros, cuando llega al coche y comprueba que aún le quedan quince minutos de estacionamiento legal antes de ser un infractor de la norma, lo afortunado que ha sido. Te convences de lo bien que te ha tratado el azar al cruzarte con ese simpático tipo que te cedió el espacio y el resto de su ticket antes de que cometieras algo más grave con el volante y te acusaran de delincuente. De lo contrario, nunca habrías coincidido con esa chica que acababa de resolver a la tercera el mismo problema que a ti te estaba poniendo de los nervios y que te ha transmitido justo la información que necesitabas.

Si tú no fueras una escéptica, además de una vergonzosa, si la ciudad tuviera un alma más comprensiva y el mundo una menos sofisticada y si los puntos cardinales se entrelazaran siempre para querer decirnos algo, tal vez podrías haberle invitado a algo en el mismo bar donde antes el camarero te sonrió.

Si tú no fueras tan descreído, podías por lo menos haberle pedido el móvil, porque tenías tiempo gracias a tu héroe particular del día, que te dejó el resguardo del aparcamiento en la zona azul. Ahora eres tú el que te sientes blue y no sabes muy bien por qué. Será porque eres un escéptico general y ella en esta ciudad y en este mundo probablemente te hubiera tachado de acosador.

Ojalá estuvierais en una estúpida película hollywoodiense en la que algunas relaciones comienzan de esa manera y los personajes acaban descubriendo que están hechos el uno para el otro.

Casi te imaginas haciéndole el amor, descargando toda tu pasión reprimida. Viajando a sitios fantásticos con ella, disfrutando juntos con cosas que jamás te podrás permitir. ¿Realmente tanto te ha impactado en esos escasos 5 minutos o es que te sientes tan solo que hasta el azar se ha dado cuenta de que necesitaba echarte un cable?

Prácticamente te imaginas su rostro de barba recortada recorriéndote desde los pechos hasta la entrepierna, haciéndote llegar al orgasmo como no lo ha conseguido ningún pijo adinerado con los que has estado hasta ahora, incluido el imbécil de tu novio. Gritándole que quieres más, mientras él te descubre todas esas cosas del sexo que desde pequeña te dijeron que no eran importantes, porque lo realmente relevante era la seguridad de la pareja, la estabilidad económica y la familia que vendría detrás. Te fugas con él a sitios exóticos, dando rienda suelta a todas tus fantasías castradas ¿Será posible que te haya llegado tan adentro aquel tipo o simplemente es el azar que te ha jugado una mala pasada poniendo frente a ti un caramelo que no puedes disfrutar?

Si esas cosas se os pasan por la cabeza, replantearos si vuestro escepticismo es real, porque probablemente eso que llamáis azar debería bautizarse con otro nombre, veáis señales, destino o cualquier otro que implique plan predefinido de alguien o algo superior a los contingentes seres humanos como vosotros.

Yo, mientras tanto, prefiero seguir refugiándome en esta Buhardilla entre lo veleidoso. No quiero caer en las garras de la fútil fe. Alguno pensará que es temor, yo opongo que se trata de creer sin creencias en que mi voluntad domina mis pasos errantes. Ello no es óbice para que reconozca que en ocasiones los signos que hablan de que el caprichoso azar en realidad es voluntad caprichosa son abrumadores. Pero, como el maestro Sabina, sin por ello tener que escatimar en belleza (aunque en mi vida escasea), me gusta más pensar que son juegos de azar (si en mi vida los hubiera).

Te espero en el cuarto ciento cuarenta y dos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s