Vientos de guerra y paz

Dicen que marzo es mes de aires, aunque de esta península no se va la ciclogénesis explosiva. Existe huracán instalado ad eternum y algunos piensan que no se irá y nos llevará a todos en su remolino de escoria.

Cuando se haya asentado, recuérdame que le pregunte por su hermano febrero, que se fue sin despedirse y dejando a Ucrania al borde de la guerra. El problema es que marzo es el mes de Marte, dios romano de lo bélico. Espero que no tengamos que ponernos a escuchar acordes de una marching band para entrar en ambiente.

En realidad, ese ecosistema jamás se ha ido de África, aunque sólo nos acordemos de ella como ese dolor traumático recurrente por una vieja lesión, a veces incluso ni eso. La sangre sigue corriendo en Siria, pero ya no mancha tanto los papeles, los micrófonos, las cámaras o las pantallas de smartphones, ordenadores portátiles y demás dispositivos. Se ve que Putin estaba aburrido por la poca mala leche de Estados Unidos y decidió que resultaba más interesante trasladar la partida de Risk a otra zona verdaderamente rusófila. Quizá en un arranque de ironía pensara que en el idus de Martius asesinaron a Julio César, símbolo de la civilización occidental.

Pero es marzo y pese a que llega la primavera (la árabe fracasó) nada cambia, la diplomacia sigue cayendo en las fauces de la pantomima y los miembros del ignorante populacho nos acongojamos algunas fracciones de segundo al plantearnos que alguien podría apretar al mítico botón rojo del que tanto se hablaba en otras épocas y convertirnos en papilla apta para la alimentación de los futuros microorganismos que devuelvan la vida al planeta.

Estos días pasados, para estrenar el mes, veía la película “Trece Días”, sobre la crisis de los misiles; juro que no lo hice aposta, aunque me ayudó a entender mejor como se movían los hilos de la Guerra Fría. Mi tío me explicaba ayer que la Crimea de hoy será la Cuba de entonces y que al final no pasará nada. Aquello fue en octubre, que se parece un poco a marzo, porque suele ser mes de incertidumbre y transición.

A caballo entre el frío y el calor, entre una temporada sagrada y otra, suspirando por las calendas del maldito abril, combatiendo con los exámenes de los niños y la resaca de los de los menos niños. Mientras tanto, los mayores juegan a ser pequeños desdibujando su personalidad debilitada cual Arlequín durante los Carnavales, este año retrasados como la felicidad en estas tierras de sonrisas de calendario, no sé si en marzo.

Pero nosotros podemos seguir yendo a comprar el pan con IVA, vociferar en el estadio de fútbol o en el bar, discutir con nuestra pareja sobre si es el momento idóneo para tener hijos o si tal vez sería mejor esperar al siglo XXII y continuar con nuestro estúpido trabajo de ocho horas más cuatro gratis para la empresa (el que tenga la suerte o la desgracia de tenerlo). Tenemos la oportunidad de seguir pensando en cosas banales como tratar de llegar a fin de mes o tratar de llegar al contenedor de la esquina. Incluso podemos seguir mirando a la información meteorológica para ver si marzo se lleva la dichosa ciclogénesis.

Si a este lo tuviera delante en su manifestación material (me lo imagino amorfo y perdido, de rasgos poco definidos, abrumado y superado por las circunstancias), le diría que hiciera honor a su fama de ventoso, para que trajera la racha buena y se llevara consigo todos los malos olores que abundan por estos lares, el pesimismo que nos abruma y, de paso, a unos cuantos responsables políticos.

Le rogaría igualmente que se llevara de un plumazo la mediocridad, la atonía y el conformismo enfermo de estas tierras sembradas de miedo y apatía. Que ese cántico de “se va a acabar la paz social” que he escuchado en diversas manifestaciones se transformara en “se va a conseguir la paz social”, aunque para ello hiciera falta algo parecido a una guerra; una sin violencia, de la lucha que nace en la palabra, la que procede del espíritu, de los dedos índices que dicen no, del cruzar los brazos, que decía Víctor Manuel, de la rebeldía, de la creencia en el poder como pueblo, de los gestos que pongan coto y fin a los abusos envueltos en tranquilidad pasmosa, con convicción, sin armas pero sin miedo, sin puñetazos pero sin recibir más rodillazos donde más duele, sin insultar pero sin consentir una sola vejación más.

Un viento que traiga la frescura de la creatividad, la iniciativa, la autoorganización, la emancipación de las reglas que dicen que otros nos tienen que dar y que yo estoy convencido de que nos las podemos dar nosotros si nos creyéramos verdaderamente independientes, libres de mente, sin prejuicios; dispuestos a mandar la dependencia a tomar vientos de marzo que, en contrapartida, trajesen la vitalidad que nos falta.

Una fe en que no haya más marzos con vientos que derriben casas, sino de esos que traigan los aperos necesarios para construir hogares. Que estos bufidos de la naturaleza no destrocen más los medios de vida de las gentes de a pie, sino los negocios corruptos de los poderosos. Que en Galicia dejen de sufrir las inclemencias del tiempo los pescadores de meigas y que dejen de sonreír las meigas a los Pokémon, Patos, Campeón y demás personajes de dibujos animados.

Me lees y piensas que soy un imbécil utópico e irreal; en mi descargo te diré que tan sólo es una petición realizada al viento. Pero mis palabras no se las lleva el viento, como sí sucede con las de otros, aunque a veces me gustaría que así fuera. De ese modo no tendría que reafirmarme en las cosas desagradables que escribo desde esta Buhardilla. Por suerte su chimenea se lleva los humos nocivos hasta el exterior con la esperanza de que se transformen en vientos útiles, efectivos, que no sean simplemente pataletas.

De momento, no obstante, me conformo con reflexionar. Sin paciencia, sin tranquilidad, tal vez con demasiados agobios. Quizá con excesiva explosividad, como la de la ciclogénesis precipitada que marzo parece también querer mantener, en solidaridad con sus hermanos enero y febrero.

Sin embargo, espero que el hecho de ser el tercer hijo del año le haya hecho adquirir un mínimo de sabiduría y que no traiga esos vientos sólo porque sí.

Que sean de guerra donde se necesita y de paz donde brilla por su ausencia.

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