¿Por qué no triunfa el extremismo político en España? (I: la derecha)

Este artículo lo escribo tomando el testigo de Objetivo Ultraderecha, el programa dirigido por Ana Pastor y emitido por La Sexta el pasado domingo. Sin embargo, yo me centraré en ambos extremos, izquierda y derecha, ya que resulta bien evidente que ninguno de los dos tiene representación significativa en las instituciones españolas. En el mencionado programa se realizó un estudio respecto a la presencia de partidos con tintes xenófobos, racistas y/o ultranacionalistas españoles y se llegó a la conclusión, tras el análisis de datos muy completo, de que en España este tipo de formaciones tienen menos respaldo electoral y social que el IVA cultural establecido por Montoro.

Yo no voy a ofrecer números ni cifras estadísticas, tan sólo voy a expresar una opinión argumentada en base a la realidad que yo percibo. De lo contrario, traicionaría el espíritu de esta Buhardilla. En contrapartida, tengo que decir que el espectro en el que me baso no es pequeño, sino bastante representativo. Por eso, pienso que tengo elementos suficientes como para emitir un juicio sobre este tema. Además, el análisis en el que me he apoyado para conformar esta opinión va mucho más allá de las sensaciones subjetivas personales. Es decir, no parto únicamente de cómo es la personalidad de la gente con la que me relaciono (o la mía propia), sino también del tratamiento que dan los medios de comunicación y otras publicaciones a las cuestiones susceptibles de debate y del porcentaje de penetración e integración de determinados colectivos en la sociedad española, entre muchos otros.

Lo primero que hay que preguntarse es si en España se dan las condiciones idóneas como para que surjan este tipo de movimientos o, más allá de eso, si hay un porcentaje relevante dentro de la población española cuya manera de pensar –no digo ideología, pues esta resulta bastante maleable– podría encajar con ese tipo de mensajes o proclamas.

En esta primera parte, me centraré en la extrema derecha, aunque este concepto en mi opinión debería ser matizado. Pero lo uso a efectos de facilitar el entendimiento. Dicha línea de pensamiento se nutre de una premisa básica, que puede encontrarse en diferentes niveles de gradación: la percepción de la inmigración como algo negativo. Independientemente de que la persona sea racista (considera que las personas de otras etnias son inferiores) o solamente xenófoba (siente miedo y rechazo hacia las personas de otras razas), ese es el rasgo básico de cualquier ultraderechista, el tronco del que nacen todas las ramificaciones propias del árbol de la extrema derecha: nacionalismo o patriotismo extremo (con todo lo que ello implica: desconfianza absoluta hacia otras culturas, costumbres sociales, religiones o modos de vida; fortísimo sentimiento identitario con el propio pueblo; defensa acérrima, con la violencia si es preciso, de la unidad del territorio, etc.), desprecio hacia la pobreza o escasez de recursos, concesión de una capital importancia a la riqueza económica y a los bienes materiales, creencia suprema en la cultura del esfuerzo y el trabajo derivada de la obediencia ciega y militar. Estas son las razones por las que la cuestión de la raza es primordial. Este tipo de pensamiento, salvo que sea de una radicalidad extrema, suele desdeñar únicamente a las personas de otras etnias, no a los extranjeros en general, ya que normalmente las personas del considerado Primer Mundo son indoeuropeos. Por el contrario, las personas de los países en vías de desarrollo y de aquellos pertenecientes al llamado Tercer Mundo habitualmente suelen ser pobres, según la ultraderecha.

Hecha esta definición, tengo que decir, a riesgo de crear polémica con ello y de recibir críticas, que en mi opinión los españoles somos un pueblo que mayoritariamente tiene un concepto negativo de la inmigración. No me atrevo a considerarlo mayoritariamente racista, pues creo que sería excesivo y haría falta un estudio más a fondo (no me valen los basados en encuestas, ya explicaré más adelante por qué), pero sí afirmo sin temor a equivocarme que hay un porcentaje bastante relevante de españoles (y españolas, no vaya a ser que se me enfaden los machos) racistas. La generalidad del pueblo español guarda una cierta desconfianza hacia los inmigrantes, una sensación molesta, de incomodidad, a veces no muy consciente, pero que siempre está ahí como un runrún que, dependiendo de la persona, avergüenza mucho, un poco o nada. Y voy más allá para no caer en la demagogia. Recupero el gancho lanzado al definir el concepto de extrema derecha y, como anuncié antes, lo relativizo: existen muchas personas que tienen una ideología política de izquierdas (o afirman tenerla) que, si no son xenófobos o racistas, se acercan bastante a ello. El racismo no es patrimonio, ni mucho menos, de las personas que se consideran de derechas. Para nada. Quien diga lo contrario tal vez sea porque se siente aludido. Que se lo haga mirar. No seamos hipócritas.

(Imagen: publico.es).

(Imagen: 20 Minutos).

He de aclarar nuevamente que se trata de una percepción subjetiva, pero basada en datos objetivos que no tienen nada que ver con cuestionarios, en los cuales tengo muy claro que la gente miente como una bellaca cuando se trata de este tipo de preguntas. Confieso que en primer lugar pienso en los círculos de gente con la que tengo o he tenido relación, más o menos estrecha, pero ni mucho menos me ciño a esa visión.

También parto del tratamiento de la inmigración y de las culturas asociadas a otros pueblos y/o razas que hacen los medios de comunicación generalistas y con mayor difusión. Creo que el ejemplo de las quince personas subsaharianas que murieron recientemente al intentar cruzar la frontera por Ceuta es bastante significativo. En la mayor parte de los medios desde el primer día se centraron en dos aspectos: 1.) La actuación de la Guardia Civil y las cuestiones políticas derivadas de la misma (si fue adecuada o no en base a los protocolos, las declaraciones de los portavoces de la Guardia Civil, la defensa desde el Ministerio del Interior, las críticas de la oposición, etc); 2) La tensa y complicada situación que se vive en las Ciudades Autónomas (Ceuta y Melilla) y en el paso del Estrecho debido la entrada masiva de inmigrantes irregulares.

(Imagen: elmundo.es).

La reacción que a su vez tiene la opinión pública española ante ese tipo de noticias, reportajes o artículos también es importante para configurar mi perspectiva. Durante las últimas semanas lo más escuchado (generalizo de forma consciente, por supuesto que hay múltiples excepciones) han sido frases del tipo a “es que no podemos dejar entrar a todos”, o “el problema de Ceuta y Melilla hay que solucionarlo”. También se ha reproducido en las conversaciones coloquiales el debate político –por llamar de algún modo al intercambio de posturas entre cenutrios–: “El Ministro del Interior miente” versus “el PSOE hacía lo mismo en su día” y demás argumentos a cada cual más tedioso e inútil.

(Imagen: abc.es).

 

Lógicamente, entre toda esta masa informe de acusaciones, reproches y discusiones de patio también ha habido tiempo para identificar el drama humano, algo que todos más o menos hacen, salvo los extremadamente racistas. Cosa bien distinta es la actitud con la que se habla de la tragedia, que es muy diferente a la que se adoptaría en el caso de que las quince personas hubieran sido españolas. En el caso que nos ocupa la pérdida de vidas queda como informadora de la cuestión, es decir, como la triste realidad que subyace de fondo a la cuestión, pero no se toma como algo primordial. Los españoles no nos sentimos especialmente vinculados emocionalmente a las muertes de subsaharianos; no más de lo que lo hacemos respecto de las miles de muertes diarias que se producen en Zambia, el Congo, la República Centroafricana o Somalia, por citar solo algunos ejemplos –a estas últimas aún menos, pues los medios las silencian de forma sistemática y cruel, ya que no son noticia, sino costumbre–. Si es un español el que fallece, inmediatamente nos imaginamos el tipo de vida que tenía y ha perdido, la familia que ha dejado atrás, las cosas que jamás hará, los retos que nunca conseguirá, etc. Sin embargo, en acontecimientos donde los protagonistas son extranjeros que intentaban penetrar en el terruño de la bandera rojigüalda, la masa espectadora española reacciona de forma mucho más fría y contenida –algo a lo que contribuye en gran parte el tratamiento aséptico de los medios–, si bien siempre sobrevive al paso del tiempo el mítico icono español encarnado por la señora de cierta edad que enuncia con gravedad y deje de compasión beata el típico “pobres negritos”.

(Imagen: periodismohumano.com).

Finalmente, también tengo cuenta a la hora de formular mi juicio acerca de la consideración negativa que guarda la mayoría del pueblo español respecto a la inmigración, el número de personas de otras razas –insisto, este factor es fundamental, de lo contrario hablaríamos simplemente de extranjeros– que ocupan puestos relevantes en la sociedad española –me refiero al ámbito privado, pues el acceso a los empleos públicos resulta casi imposible para los foráneos– es muy escaso.

Aunque podría ahondar todavía más en este punto, para no alargar demasiado la cosa e ir directamente al grano, al meollo de la cuestión, cabe ahora preguntarse: ¿Por qué entonces no triunfa la ultraderecha política en España?

El otro día no se dio respuesta a la cuestión en el programa de Ana Pastor, ya que este principalmente se basa en datos y en realidades comprobables objetivamente, pero bajo mi punto de vista se puede contestar de forma clara. De hecho, determinadas cosas que aparecieron en el programa vinieron a confirmar una teoría que tengo desde hace mucho tiempo.

En primer lugar, podríamos aducir razones secundarias o de menor peso. Una de ellas es la escandalosa polarización del electorado en España, que, aunque se ha reducido en los últimos años a raíz de la desconfianza en las gestiones de PP y PSOE, sigue siendo muy significativa, al menos en las comunidades sin partidos nacionalistas de entidad. En general, la idiosincrasia española es muy tendente a dividir todo en dos mitades, casi no existe escala cromática, todo suele ser o blanco o negro. En el espectro político esto se ve acrecentado por la inestimable colaboración de la ley electoral, que dificulta muchísimo la obtención de escaños a las formaciones con menos respaldo, y por la propia historia del país. Un porcentaje bastante elevado de la población española sigue viviendo en el mito de las dos españas, que existen casi desde el nacimiento del Estado, se liaron a tiros en la Guerra Civil y, aunque reconciliadas, estarán enfrentadas hasta el fin de los tiempos.

Otra razón, íntimamente relacionada con la anterior, que sí se insinuó el otro día en El Objetivo es la habilidad que siempre ha tenido el Partido Popular (mucho mayor que la del PSOE) para aglutinar el voto de una de las dos mitades de España. Tradicionalmente lo han ido logrando a base de escoger perfiles bastante diferenciados entre sus dirigentes (sin salirse de la derecha, pese a que hayan flirteado con el centro), aunque luego en el fondo siempre han ido todos a una. Este es precisamente el segundo acierto, la férrea disciplina de voto, de estrategia comunicativa y de discurso, controlados desde la cúspide del partido. Sin embargo, cualquiera puede advertir que últimamente están perdiendo ambos recursos y, por lo tanto, la habilidad de la que hablábamos para arrastrar todo el voto de la derecha, tanto la extrema como la moderada. Hay que decir además a colación de esto –y quizá podríamos añadirlo como motivo a mayores– que en España está socialmente mal visto decir que se es de derechas, y por ello la gente que lo es –por mucho que últimamente esté muy de moda la milonga de “soy apolítico”, todo el mundo tiene ideología política, asociada a su propia personalidad– normalmente prefiere decir simplemente que vota al PP, “porque son menos malos que los otros”.

Pero el motivo principal por el que la ultraderecha no tiene apenas representación institucional es otro, a mi juicio: en España no existe una figura carismática, con el suficiente tirón, que aglutine el potencial voto ultraderechista. Las personas que representan a los partidos políticos de la extrema derecha en España no transmiten, pues muestran un discurso muy radical. Y curiosamente, la gente con tendencia al pensamiento radical no quiere verse reflejada en tipos (o tipas) que parezcan radicales (aunque en el fondo lo sean). Necesitan un líder o una lideresa que los guíe, que demuestre una cierta cultura (entendida esta más en el sentido de una expresión lingüística culta que respecto a las inquietudes culturales, aunque si también se cumple esta segunda condición mejor), una oratoria y una retórica abrumadoras, que exponga un discurso que cuadre con la ideología extremista pero envuelto en una pátina de refinación, elegancia y falsa moderación.

En definitiva, una Marine Le Pen, la jerifalte francesa de la ultraderecha, a quien entrevistó muy certeramente Ana Pastor. Creo que quien sacara la conclusión en base a la charla con Le Pen y a los datos expuestos en El Objetivo de que los franceses son mucho más xenófobos que nosotros se equivoca de medio a medio. La única diferencia estriba a mi juicio en que allí ha surgido un personaje con la suficiente destreza política como para convencer a los franceses que, ya de por sí, previamente, al igual que opina muchísima gente en España, consideraban que la inmigración en primer lugar y la corrupción política en segundo lugar eran el problema. Allí se tira también de euroescepticismo, algo que quizá no cuajaría demasiado bien en España, donde se sigue teniendo un muy buen concepto general de la Unión Europea, pero en cualquier caso ese aspecto me parece totalmente secundario.

Ana Pastor entrevistó a Marinel Le Pen. (Imagen: lasexta.com).

En definitiva, yo creo que si apareciera alguien en la Peninsula Ibérica o islas vinculadas que fuera capaz de guardar el equilibrio debido entre el populismo y la firmeza, que defendiera la democracia al tiempo que propone medidas dictatoriales, que diera con la tecla para convencer a esa gran masa del electorado español que tiene un concepto negativo de la inmigración y que consideran que el problema de España es la debilidad de sus políticos y la descomposición a la que está siendo sometida desde diversos frentes, ganaría un montón de adeptos. No me atrevo a decir que fuese a ganar las elecciones, pero estoy seguro de que alcanzaría una representatividad muy relevante, como Le Pen en Francia.

Ni muchísimo menos estoy alentando la aparición de semejante monstruo político, pero creo que es importante dejar de ser hipócritas, mirarnos al espejo, identificarnos como lo que somos y no considerarnos menos racistas o más tolerantes con los extranjeros, porque no lo somos. De esa forma tendremos elementos para analizar convenientemente a esa hasta ahora inexistente figura política ultraderechista en el supuesto de que algún día surgiese (que esperemos que no). Tal vez, así seríamos capaces de tener la suficiente inteligencia como para no darle crédito, a diferencia de lo que han hecho nuestros vecinos.

(Imagen: rohaut.blogspot.com).

Josep Anglada. (Imagen: elmundo.es).

Hasta ahora estamos a salvo porque en España, fieles a nuestro estilo chusco, sólo han surgido partidos ultraderechistas de aspecto zafio, trasnochado y que siguen defendiendo el ideal de la bandera del águila franquista, cuando esas no son las formas adecuadas para llegar a la conciencia popular española. Además, son personas que inspiran una confianza nula. No había más que ver a los dos representantes que hablaron en el programa, el de España 2000 y el de Plataforma Per Catalunya –he leído en una noticia publicada hace ya casi tres años en El Confidencial que a Josep Anglada, el líder de esta última formación, sí se le considera un ultraderechista moderno con capacidad para llegar a un amplio electorado; sinceramente, no estoy de acuerdo–. Aunque trataban de expresarse con una cierta educación, guardando las formas y el respeto, se los notaba tensos y exaltados, se percibía su odio hacia lo diferente muy a flor de piel, la intolerancia casi les salía en forma de vísceras, a diferencia de lo que sucede en el caso de la aparentemente aplomada Le Pen, mujer que muestra una compostura y un saber estar, así como una contundencia en su discurso, que atraen.

(Imagen: xaviercasals.wordpress.com).

Os resumo toda esta argumentación proponiéndoos un juego. Despojaos por un momento de ideas preconcebidas, dejaos guiar únicamente por las sensaciones, las impresiones subjetivas y las pasiones momentáneas. Si os ponen delante a un político de la extrema derecha española y a Marine Le Pen, ¿a quién confiaríais la gestión del país? Yo lo tengo muy claro: a Le Pen. Y, sin embargo, puede que sus ideas no difieran demasiado…

Para finalizar diré que nada más terminar de escribir este artículo he mirado por curiosidad si había más opiniones sobre el tema y me he topado con un artículo tremendamente interesante que comparte gran parte de los puntos de vista que yo he expuesto (uno en el blog La República Heterodoxa), por lo que refuerzo un poco más si cabe mi opinión.

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