Mi intrahistoria del 11-M

Me desperté bastante más tarde de lo debido, casi a las diez de la mañana. Recuerdo que estaba pasando una época algo complicada. Me costaba quedarme dormido y no descansaba demasiado bien. Había perdido irremediablemente la primera hora de clase y tampoco llegaría a la segunda, aunque lo intentaría. Me sentía mal conmigo mismo por haberme quedado dormido y, en general, hastiado y sin energía. Me levanté arrastrando el cuerpo, notando la frustración interior.

Los rostros cariacontecidos de mi abuela y mi madre, atentas al transistor, me hicieron salir inmediatamente del letargo. No les di los buenos días; tampoco hablé. “Menuda tragedia, hijo”, fue lo primero que dijo mi abuela al verme allí plantado como un pasmarote. Mi madre, en un tono muy suyo, bastante más racional, aunque ni mucho menos desapasionado, me informó de que se había producido “el atentado más grande”. Automáticamente pensé en Euskadi y en ETA, pues por aquel entonces nadie en España asociaba el terrorismo con otra cosa. Mi madre matizó que había sido en Madrid y que aún no se sabía si había sido ETA, aunque todo hacía presuponer que así era. Me dio un dato de muertos que me pareció elevadísimo, aunque aún había bastante confusión sobre ese punto. Si mal no recuerdo, los medios todavía hablaban de decenas de víctimas mortales y no de casi dos centenas.

Supongo que me sentí de alguna forma obligado por la noticia a correr todo lo posible, a dejar mi desgana, aunque no mi enfado interno. De hecho me sentía incluso más enojado, por un cierto sentimiento de culpabilidad al no haber estado en pie para seguir en directo semejante acontecimiento. Además, tenía un plus de urgencia por llegar a la universidad, donde probablemente se estarían cociendo muchas cosas. Había que estar en algún lado ese día y enterarse de lo que estaba ocurriendo, ser testigo de la historia de alguna manera. No podía permitirme el lujo de quedarme en casa ni un minuto más del necesario.

Me duché y vestí a la velocidad del rayo y, sin desayunar –algo completamente inusual en mí–, bajé a la calle y cogí ese coche que ya entonces parecía viejo y que, sin embargo, aún hoy sigue ayudándome a llegar a los sitios. Lo conduje a mayor velocidad de la habitual (si bien tengo que confesar que por aquel entonces era algo temerario al volante). Extrañamente no estoy totalmente seguro de si llevaba puesta a una de mis mejores compañeras de siempre, la radio, aunque doy por hecho que así era. De todos modos, estaba demasiado obsesionado con llegar cuanto antes para estar en clase y comentar con mis compañeros (y algunos de ellos amigos) lo que había sucedido y las consecuencias de lo que parecía a todas luces una masacre sin precedentes.

Pero estos conceptos yo aún no los había asimilado. Estaba todavía en fase de espabilarme cerebralmente, activarme, tomar conciencia, e hice aquel recorrido por las calles de siempre con más ansiedad que preocupación o tristeza. Había que llegar, ese era mi único pensamiento. Lucía el sol y la temperatura era templada, incluso calurosa, más o menos como hoy, diez años después. Aparqué como tantas otras veces en el callejón de mis sanciones, el cual yo bauticé con ese nombre en una poesía hace muchos años por la cantidad de multas que allí me endosaron y por el significado personal, casi místico, que tenía para mí. Era la única vía en varios kilómetros a la redonda que no tenía zona azul. En realidad, no estaba permitido estacionar a ningún vehículo ajeno al colegio de las Dominicas, allí situado, pero los municipales solían hacer la vista gorda, aunque no siempre.

Me quedé observando unos instantes desde el coche el panorama, extrañamente desierto. Reinaba una tranquilidad casi religiosa en la Plaza Santa Cruz. Demasiada. Era como si todo se hubiera enrarecido aquel día. Yo iba tomando conciencia poco a poco de lo que había sucedido. Quedaban pocos minutos para las once. ¿Cómo coño había podido tardar tanto?. Descendí casi frenético del vehículo y me dirigí a lo que antes era conocido como edificio nuevo de Derecho. Hoy en día se llama Rector Tejerina y contiene dependencias administrativas de la Universidad de Valladolid. Antes albergaba, entre otras cosas, claustrofóbicas aulas en desnivel y una biblioteca fantástica, de sabor clásico y muy antigua que debería haber sido conservada si se hicieran las cosas con un mínimo de decencia en este país sin memoria ni apego hacia nada, ni siquiera hacia las personas.

No llegué a entrar por la puerta. Rememoro la escena compuesta por varios compañeros míos saliendo por la puerta con gestos visiblemente afectados, aunque no pude entender lo que decían hasta que Teresa, que siempre estaba muy pendiente de la actualidad y llevaba puestos unos cascos de botón, anunció con gravedad que ya había ciento cincuenta muertos. Hubo un suspiro generalizado. Me acuerdo perfectamente de la reacción de mi amigo Francisco Gordaliza, escandalizado, repitiendo la cifra, exclamando, mirando al cielo. Ni siquiera me habían mirado ni me habían saludado, dudo siquiera de que se hubieran percatado de mi presencia.

Empezó a salir mucha más gente. Algo normal tratándose de un cambio de clase, pero la actitud distaba mucho de ser la habitual. De las muchas imágenes que tengo grabadas de aquel día, una de las que se han conservado con más fuerza en mi retina es la de varios chicos y chicas (me acuerdo sobre todo de Nuria) llamando con muchísimo nerviosismo desde sus móviles a amigos, compañeros y familiares de Madrid, allí, en la puerta de aquel edificio de fachada marmórea e impersonal que sería renovado un par de años después. Yo permanecía casi mudo, sólo formulaba preguntas rutinarias.

No tengo muy claro lo que ocurrió después, pero sé que algunos –no muchos, pues la mayoría se fueron a tomar café– entramos en clase de Derecho Mercantil, que nos impartía el actual rector, Marcos Sacristán. Allí automáticamente se inició un debate sobre lo ocurrido, no sé si promovido por el propio profesor o por los alumnos, que eran incapaces de asistir a una explicación sobre la recién promulgada (y que se haría tan tristemente famosa pocos años después) Ley Concursal.

Resultaba casi un insulto seguir con la rutina en aquellos momentos. Todo el mundo, al menos allí, en mi Facultad, tenía la sensación de que no se podía estar normal. No sólo era que no se debiera, es que no se podía. Aunque la disquisición –en la que yo, raramente noqueado, no intervine– no duró demasiado, comencé a ver claramente la alteración que cundía entre la gente. La tensión, la rabia, el dolor y la impotencia estaban a flor de piel, y eso que aquello no había hecho más que empezar. Lo peor era que todo el mundo parecía tener una opinión magistral sobre como debía solucionarse aquello.

En efecto, el intercambio de opiniones, que ya transcurría por los senderos de la discusión, incluso delante de Marcos Sacristán, quien trataba de moderar los ánimos encendidos, no se centraba ya en los muertos, los heridos o en las bombas, sino en las medidas que debía tomar el gobierno para gestionar el asunto. El debate era completamente jurídico-político, aunque mezclado con las pasiones más exaltadas, alejado de toda objetividad.

Jamás olvidaré el rostro de Marcos Sacristán cuando anunció con una solemnidad aún mayor que aquella que solía utilizar en sus explicaciones sobre el Código de Comercio, pero con una emoción que jamás le habíamos percibido hasta entonces: “Señores, las clases se suspenden”. El catedrático por el que muchos sentíamos un respeto no exento de cierta incomprensión, bajó de la lejana esfera de lo Mercantil y dijo “nada de lo humano me es ajeno”. Se hizo de carne y hueso y creo que desde aquel día todos vimos mucho más terrenal al carismático profesor con apariencia de intelectual trastornado. Fuimos hasta una cafetería cercana llamada Manjarrés y durante el trayecto la conversación se centró más en la tragedia que en la política. Era una tregua engañosa. Se produjo una situación bastante extraña, lo primero porque no era en absoluto habitual que casi toda la clase fuésemos al mismo bar, dado que la zona estaba plagada de ellos y cada uno elegía uno diferente según sus gustos y tradición desde que había comenzado la carrera –aunque siempre había un punto de moda, y en eso ganaba el inolvidable Algún Lugar, el cual sería destrozado poco tiempo después–, y lo segundo porque copamos la cafetería, que hasta nuestra llegada lucía sin clientes, casi como si fuera una fiesta privada. Hasta la forma que tuvo cada uno de posicionarse en las mesas y sillas hubiera sido digna de estudio sociológico.

No tardaron demasiado en desencadenarse las hostilidades, aunque yo nunca hubiera imaginado que fueran tan intensas. Ya había habido otras discusiones políticas en comidas, fiestas y otros eventos sociales a lo largo de la carrera, pero nunca como aquella. Nunca. Había que entender la idiosincrasia de la clase. Lejos de la fama de la Facultad de Derecho de Valladolid, que habla de una predominancia absoluta de estudiantes con ideología de derechas, en nuestra promoción (me refiero principalmente a los grupos de la mañana) había absolutamente de todo, si bien es cierto que existía una facción de personas muy de derechas, algunos muy radicales, que se significaban más que el resto.

Estos últimos, en aquella mañana de jueves 11 de marzo de 2004, se encontraban especialmente dolidos. Hablaban de declarar el estado de sitio y de sacar los tanques en el País Vasco, de suspender la autonomía según el 155 de la Constitución Española –ese que no se atreve a mencionar hoy en día el gobierno, pero que muchos le conminan a usar si Cataluña declarara unilateralmente su independencia–, de investir al Rey con verdaderos poderes ejecutivos como Comandante en Jefe del Ejército, de detener a todos los sospechosos en Euskadi –al que se referían como las Vascongadas–, de ejecutar a todos los pertenecientes o vinculados a la banda terrorista y, los más moderados, a de tomar determinaciones similares, o incluso más extremas, a las que había adoptado el gobierno de EEUU a raíz del 11-S.

La reacción por parte de las personas que se auto atribuían un pensamiento de izquierdas –votantes del PSOE principalmente– no se hizo esperar, y fue muy airada. Sobre todo la de Rodolfo, que tenía familia en Euskadi. Durante unos minutos, más o menos se respetó el uso de la palabra y la gente mantuvo a duras penas la compostura. Yo seguía sin decir nada, entre otras cosas porque no sabía qué decir y lo que se me ocurría me parecía o bien estéril o bien improcedente, o simplemente inútil y torpe, aunque pueda sonarle extraño a aquel que me lee habitualmente, porque pueda pensar que siempre tengo algo que decir y que opinar. Ni mucho menos, y aún menos por aquel entonces.

La gente se fue posicionando en uno u otro lado y se formaron microdiscusiones, aunque la principal continuaba abierta. El problema fue que aquel día y salvo algunas excepciones, incluso los que solían hablar de forma razonable sobre política se radicalizaron y se mostraron como ultras en un estadio de fútbol. Hubo insultos y descalificaciones, algunas muy subidas de tono y tremendamente crueles. Un par de personas estuvieron a punto de llegar a las manos. Se escucharon expresiones guerracivilistas, propias de dos bandos enfrentados en el conflicto armado que sembró la sin razón en España. Ninguno de nosotros lo había vivido, ni siquiera la dictadura. Las dos españas reproducidas por veinteañeros. Conceptos anacrónicos heredados a través de la educación, el ambiente cultural, los comentarios en los medios de comunicación y, quien sabe, tal vez una especie de herencia genética transmitida entre generaciones. Si no hubiera sido por lo que había de trasfondo, los casi doscientos muertos, los cerca de dos millares de heridos y las incontables personas afectadas directa e indirectamente, hubiera resultado incluso esperpéntico ver a aquellos chavales repitiendo el mismo discurso de sus padres y abuelos.

Lo más irónico fue que aquella noche se había organizado una cena a la que iban a asistir muchos de aquellos que se estaban gritando absolutamente de todo. Se estuvo a punto de suspender, pero al final se siguió adelante con ella. Yo ya había dicho que no iría, y me alegré tremendamente de haber decidido tal cosa. Ya bastante desagradable había sido la mañana.

Una mañana que, en lo estrictamente social, terminó para algunos de nosotros con una manifestación convocada en la Plaza de Santa Cruz, cuya necesidad simbólica era casi tan indiscutible como su inutilidad para aliviar el dolor, el sufrimiento y la tremenda indignación que corroía cada poro del país. Aunque también tengo que decir a este respecto que hubo alguno con el que conversé a lo largo de la tarde, mientras la película de terror se recrudecía por momentos, que no dio excesiva importancia a lo que había ocurrido ni se mostró especialmente afectado. En España, y muy especialmente en Valladolid, existe ese perfil de personas que reaccionan con resignación e indiferencia incluso ante lo más terrible. En esos casos uno no sabe donde acaba la coraza y donde empiezan la insensibilidad y deshumanización.

También es cierto que no podíamos seguir fustigándonos con aquello. No se podía hacer nada, más que tirar hacia delante, clásico tópico cuya formulación siempre me ha irritado, pero que en el fondo es el único válido en estos casos. Yo mismo salí de fiesta aquel día, quedando con mis compañeros y compañeras de la Facultad después de su cena, en la que no hubo tiros (verbales), aunque sí bastante tensión, sobre todo por el recuerdo de lo sucedido horas antes. Sin embargo, se hizo una especie de pacto de no agresión y se volvió a la falsedad habitual que en este país preferimos llamar reconciliación.

A partir de ese día y hasta que nos licenciamos (para lo cual por suerte quedaba poco) nada fue lo mismo, y las puñaladas por la espalda de unos y de otros dirigidas en cada caso a los del signo contrario arraigaron en las clases jurídicas, en las conversaciones de pasillos, en las tertulias de los cafés y entre las copas de la noche vallisoletana.

Se ha destacado muchas veces el ejemplar comportamiento de la ciudadanía española, que salió en masa a la calle para denunciar el atentado, al mismo tiempo que los políticos, por el contrario, daban un ejemplo vergonzante, tanto los del gobierno como los de la oposición, unos atribuyendo certeza a una versión de los hechos sobre la que no había ni una sola evidencia y los otros tratando de sacar tajada política, por cierto con un éxito manifiesto. Los medios de comunicación fueron también cómplices y bipolarizaron la opinión pública española hasta el límite, exprimiendo hasta el higadillo las infinitas posibilidades del atentado, todo lo cual creó el efecto sociológico más importante que jamás ha tenido lugar en la historia de la democracia española, el vuelco electoral.

Sin embargo, hubo una intrahistoria que nunca aparecerá en los libros y que yo sí percibí durante aquellos tres días atípicos, en los que hubo un ambiente tremendamente extraño, enrarecido y crispado, cuando personas que habían tenido hasta ese día una relación cordial se faltaron al respeto y enturbiaron su relación para siempre. Ese día rebrotaron las dos españas, que en realidad estaban silentes y adormecidas, pero jamás se habían ido. Desde entonces han seguido de plena actualidad, pues la guerra entre PP y PSOE fue volviéndose más encarnizada y virulenta. Sus absurdas batallas dialécticas del “y tú más”, trasladadas ahora al escenario de la crisis, son reproducidas por la gente que sigue apoyando a uno u otro y se siente cómoda en esa dicotomía, aunque esto ya pertenece a otra (intra) historia.

¿Y yo? Bueno, jamás me posicioné externamente en este asunto. Supongo que no tenía una convicción política tan definida y me asustó la irascibilidad y el fanatismo que percibí en los españoles, al menos entre aquellos con los que me movía. Imagino que yo también viví una especie de batalla interior, pero no entre izquierda y derecha, pues creo que en este punto desde que tengo uso de razón la primera ganó ampliamente la lucha a la segunda (aunque también creo que todos tenemos cosas de ambas en nuestra personalidad, pero esto también pertenece a otra intrahistoria), sino respecto a mis emociones, a mi forma de canalizar lo que se había desencadenado. No es que no tuviera claro que la solución desde luego no radicaba en restringir libertades ni en iniciar una especie de persecución voraz en pos de localizar a los responsables, porque ambas cosas me parecían injustas y equivocadas, pero tampoco me gustó el aprovechamiento político que del 11-M hizo una de las dos españas, la del PSOE, para derrocar a la otra, la del PP. No hablo de izquierdas y derechas porque me parece que estas dos españas decimonónicas van bastante más allá de esa consideración, se trata de una cuestión mucho más profunda, heredada, merecedora de un análisis muy pormenorizado, que (perdonad la reiteración), pertenece a otras (muchas) intrahistorias.

El caso es que al final llegué a la conclusión de que la única pelea realmente valiosa respecto a los atentados del 11 de marzo de 2004 era la del ser humano contra los monstruos. En este caso no había medias tintas, ni relativismos. Y eso supongo que me confortó entonces y, pese a mi tendencia y mi gusto por ver grises, me sigue confortando ahora. A veces uno reclama que las cosas sean blancas o negras. En ocasiones, las personas necesitamos ver claro lo que está bien y lo que está mal. Hay algunas intrahistorias que precisan de un desenlace claro, cerrado. Aunque no se sepa a ciencia cierta a día de hoy quienes fueron los indeseables que perpetraron aquella matanza contra personas inocentes, supuestamente culpándoles de actos cometidos por su gobierno, lo cual me pareció entonces y me sigue pareciendo ahora de una cobardía indecente, hay una cosa que yo tuve claro en aquellos días convulsos y sigo teniendo clara ahora: lo único realmente importante de aquello, lo único positivo, lo único que pudo aprender España, fue solidaridad y unión. El pueblo español, con sus violencias gástricas de mal gusto (y muchas veces de boquilla), mayoritariamente sufrió por aquella barbarie, de una u otra forma.

Mi verdadera intrahistoria y creo que la de muchos españoles, concluye ahí: sufrimos como pueblo, porque de alguna manera todos viajábamos en esos trenes.

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