Domingo

Domingo de tardes indefinidas; de sobremesa, fútbol, paseo y desidia.

Domingo de mañanas perdidas entre la resaca del alcohol o de las heridas.

Domingo absurdo, que transcurres como una anécdota sin carisma, como una película aburrida, una canción sin emoción, una caída al vacío, un viaje hacia ninguna parte.

Domingo insuficiente, en el que tratas de hacer lo que durante el resto de la semana no tuviste tiempo. Domingo beato, que no te perdona que seas irreverente, que te castiga por cada uno de tus pecados.

Domingo de casa sin hogar, de mesa sin sillas, de tapete sin cartas, de regalos sin sorpresas, de carretera sin manta.

Domingo de paseo por el parque si no llueve. Domingo de cine si caen gotas. Domingo de manta si hay frío. Domingo de manifestación si la convocan. Domingo de sonrisas si es que tocan.

Domingo de melodías perdidas, de sonidos lejanos, de ecos sin significado, de repiqueteo de pájaros muertos hace miles de años, de zumbidos de un teléfono en desuso, de graznidos de cuervos en un cementerio despoblado.

Domingo de misa sin comulgar, de plegarias que nadie escuchará, de oraciones vacías que mueren antes de que los labios las comiencen a pronunciar. Día de vino y hostia en algunas mesas, de la miseria del Señor, de los otros púlpitos que se ven por televisión.

Domingo de sobremesa y siesta; de café, puro, chupito y ronquido; domingo en cama y sofá, de jet lag sin viaje; de punta en blanco, de pijama, de cagar gramos de egoísmo.

Domingo de bodas, comuniones y bautizos; de visita al hospital, de comida con los suegros, de paganas tradiciones y de ritos; de costumbres en cajón de sastre, de maldecir en arameo sin bebida y con sonrisa, de pensar en aquel chico por el que aún palpitas, de enamorarte una vez más, sin verla, de aquella chica.

Domingo de elecciones cuando votabas, de encuestas equivocadas, de tu escrutinio si me dejabas.

Domingo del sueño imposible; de la derrota del equipo de tu corazón; del fantasma que vuelve a agitar la sábana sin haber sido invitado a tu cama; de lamento porque se te olvidó cambiar el edredón y aún huele a tu meada.

Domingo de la victoria que sabe a fracaso; de la utopía que tenías cuando aún eras un niño; de las batallas heroicas que librabas de chiquilla; de quitar palos a las zanjas y diques al mar; de las ensaladas que no necesitaban aliño.

Domingo de arrepentimiento para los que ayer cayeron en la locura; de depresión para los que están hartos de tanta cordura.

Domingo de recuerdos malditos por la noche que no se borra de la cabeza, de recuerdos benditos que luchan para que perdure mientras dure la espera; de la amnesia buscada y demencia forzada; del olvido perenne al que te sometió la soledad y la tristeza.

Domingo de crisis para los neuróticos y los pobres (de paranoia o abstemia impuesta); de engaño para los niños, de Tranquimazin y Prozac para los maduros; de rebelión para los Peter Pan; domingo de fin de mes o de tendencia, de no gastar ni un duro.

Domingo ruin y pesetero, huraño y avaricioso. Extractor de los bolsillos, usurpador de lo ajeno, recaudador de impuestos indirectos; generador de consumo indecoroso.

Domingo desolado, de yonkis entre las primeras luces del alba, ansiosos al mediodía, rehabilitados en tentativa con las luces vespertinas; drogadictos sin remedio al arribar la madrugada.

Domingo rastrero, sin más dignidad que la puesta, donde el honor se perdió entre el tumulto de la plaza y los cuerpos fueron usados como ceniceros de colillas ya apagadas.

Domingo obsceno y pederasta, que gestionas el negocio al violador lunes y practicas sexo oral y marcha atrás; regente de un puticlub de carretera con apariencia de Olimpo; director de una fábrica de consoladores; operador de reclamaciones contra la eyaculación precoz y el orgasmo fingido.

Partido de domingo entre cervezas, patatas, berberechos y malos olores. Desfiles de sudores y saliva en el césped; gritos enloquecidos, lágrimas irracionales; sensaciones de viejas pasiones vestidas con el ruido del metal que se estrella contra la barra y recogen en los palcos que valen deuda a millones.

Mercados de domingo, de bragas, sujetadores y camisetas de tirantes; de colgantes y pendientes de imitación; de la economía sumergida que se ve; de las furgonetas, legañas mocos después del amanecer.

Polvo de domingo que no surge igual que el del viernes y se limpia peor que el del sábado; de pajas sin heno, gayolas con imaginación en declive y desilusión en ciernes; la pasión se ha puesto en huelga.

Vómitos de domingo; tropezones de los que se queja la vieja del chihuahua y el fósil de la corbata marrón, con periódico en una mano y bastón de marfil en la otra, a la hora en la que pasa el servicio de limpieza, miran sus apalancadas cuentas y se comen las sobras.

Llanto de domingo que no se enjuaga contra el cristal rajado. Abrazos de domingo que no llegan ni por correspondencia. Skype de domingo sin Webcam. Cariño estafado con sabor a colchón desgastado y plástico sin reciclar. ¿Dónde se quedó el beso que te dieron ayer borracho en aquel bar?

Conductores domingueros, tortillas campestres, paellas que empachan sin haberse comido, tartas de celebración que empalagan antes de soplar las velas; restaurante caro, tupperware, sol y playa en verano, pinar y sombra en otras épocas, caviar y champán en los estómagos de las damiselas; sangre fresca en las entrañas de los potentados.

Eres hostil, domingo, casi por naturaleza, como lo son los edificios de esta ciudad y sus gentes que te miran de reojo por las ventanas, a través de los huecos de los muros, más allá de sus pisadas.

No eres gentil, domingo, ni siquiera cuando ofreces un saludo o estrechas la mano del perdedor. Entras con hosquedad y te sales por peteneras; eres el gris reflejo de una sociedad que se confunde con su propio hedor, creyendo que es aroma a tierra fresca.

Me haces sufrir, domingo, porque llegas y pones el caramelo en el paladar del diabético, con arrogancia y malas artes, no anuncias que vas a dejar un rastro de lisiados que se arrastrarán al día siguiente al matadero.

Eres el más infame de los siete hermanos escapistas; el más traidor, el más innecesario; aunque tienes la disculpa de que te engendró sin piedad tu madre de ciclo menstrual capitalista… Semana en retirada por vergüenza torera, con el ejército del sábado claudicando desde la retaguardia y la vanguardia del lunes asesino preparada para tomar posiciones.

Suicidio anticipado del proyecto de la vida, aniquilación de las ganas de ti, apatía entre las ramas de un roble en decadencia, cosas que ya es tarde para decir, ideas que no tienen aún fuerza para surgir y ser castradas de nuevo.

Llegan las doce. El domingo muere, la semana se finiquita… Los silencios invaden la ciudad cadavérica. La oscuridad es solo una mera comparsa de la quietud, tan mortal que casi parece enfermiza. Entonces, cuando eres abandonada como una gata famélica; cuando tú sales errabundo a penar por las calles, a expulsar el aire que se te ha anegado en la garganta durante todo el día; allí, a medio camino entre la avenida principal y el cruce de vías os encontráis por fin en un solitario antro de medianoche.

Y amparados por la música tenue, vestidos por una luz azulada, os resguardáis del trasiego del mundo, de su estúpido ritmo.

Y os inventáis otro domingo antes de que empiece la semana.

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