Círculos viciosos

No sabía muy bien sobre qué escribir. No porque no tuviese temas (pues de hecho tengo muchísimos en la recámara), sino porque no acababa de encontrar lo que realmente necesitaba. No me encontraba motivado. Me sentía hastiado. Entonces, mientras volvía a casa se me encendió la bombilla e incluso encontré en cierta medida el sentido a mi bloqueo.

Recordé una canción de Joaquín Sabina, Círculos viciosos, una de las menos conocidas del Maestro de Úbeda, perteneciente a su disco Malas Compañías, de 1980, cuando todavía no gozaba ni muchísimo menos de la fama ni del reconocimiento que recibiría pocos años después (a pesar de que ese álbum contiene dos de los más importantes himnos de su repertorio, Pongamos que hablo de Madrid y Calle Melancolía). Sin embargo, su talento y esa capacidad única para contar historias tan palpables que cualquiera se puede sentir identificado con ellas ya estaban en plena ebullición y le salían a chorros.

En ese tema, una de las consideradas canciones menores de su discografía porque está completamente escrita en clave humorística (a diferencia de lo que ocurre con sus éxitos más radiados, que, además de ironía, casi siempre tienen ese toque nostálgico inevitable compañero del olvido y el fracaso), Sabina encadena situaciones cotidianas con otras hasta llegar al punto de partida, que siempre es un tipo con problemas, por lo que realmente no acaba explicando nada, más allá de poner de manifiesto que todo forma parte de una rueda movida por el propio sistema que genera efectos perversos en las personas. “Eso mismo fue lo que yo le pregunté”, dice el estribillo.

Está de tan rabiosa actualidad que realmente sorprende, como sucede con muchísimas otras canciones que se escribieron en España entre finales de los setenta y principios de los noventa, mucho antes de que comenzara la gran hecatombe que llaman aún crisis económica y financiera en la que nos hemos caído. No estaría de más que aprendieran algo de esto la mayor parte de las bandas españolas que pululan ahora por el panorama nacional y que, salvo contadísimas excepciones, se dedican a lidiar con el surrealismo, la introversión, el futuro minimalista y la metáfora trascendente en sus letras, muchas veces con la intención de dar un toque de intelectualidad (muy propio del gafapastismo) y de grandiosidad a sus composiciones. No es que yo vaya en contra de las estéticas poéticas, ni de cuidar el aspecto formal de las letras, pero creo sinceramente que la música tiene que ofrecer un punto de lucha, combate y reivindicación, especialmente en un panorama tan sombrío y penoso como el actual, plagado de situaciones injustas.

Volviendo a Círculos Viciosos, me gusta especialmente la estrofa en la que Sabina pone como ejemplo a un fulano que no trabaja, porque está fichado. La razón por la que lo metieron preso es que lo pillaron robando, precisamente porque no trabajaba.

Pero no quiero hablar en esta reflexión exactamente sobre los efectos perniciosos del desempleo. Estos son muy evidentes y tampoco hace falta que los ponga yo de relieve, pues cualquier persona con un mínimo de sesera los conoce. Prefiero tratar otro tipo de círculos viciosos íntimamente relacionados con el paro, la precariedad económica y la desigualdad que ambos conllevan.

A este respecto, me parece importante destacar los escandalosos datos que contiene el “Informe Panorama de la Sociedad”, publicado esta semana, que, entre otras conclusiones, arroja la de que España es, con mucha diferencia, el país de la OCDE en el que más ha aumentado la brecha entre la población más rica (que prácticamente mantiene su nivel de ingresos pese a la que está cayendo) y la más pobre. Ningún miembro del gobierno, por cierto, ha realizado la más mínima valoración de estos escalofriantes datos. Es de pensar que están muy ocupados con la designación de un candidato para las elecciones europeas y que tampoco sabrían muy bien como compaginarlo con su irrespetuoso y vergonzante mensaje de la recuperación económica y del cambio de tendencia. Tampoco el resto de los partidos políticos se han hecho eco de dicho estudio, lo cual sorprende bastante, sobre todo en el caso de aquellas formaciones que supuestamente se consideran de izquierdas plurales, unidas y de otro tipo (¿estarán tan pendientes de los mencionados comicios que estos temas ya son pecata minuta para sus agendas?). Se me viene especialmente a la cabeza el mitin populista que Rubalcaba regaló a todos los españoles en el último debate sobre el Estado de la Nación, en el cual se infló a repetir esa palabra (desigualdad), echándole en cara al PP que hubiera provocado que se elevara. No es difícil adivinar sin embargo las razones por las que aquellos que se atribuyen el concepto socialista no valoran el “Informe Panorama de la Sociedad”. La mayor parte del período que analiza se refiere al segundo mandato del gobierno de Zapatero, así que, de hacer alguna valoración, el siniestro Rubalcaba lo tendría que tildar de infamia para defenderse. Como sabe que no lo es, decide callar.

Las personas que han elaborado el estudio aseguran que el principal motivo de esa “desigual” realidad es el paro, especialmente el de larga duración, que ataca con mucho más poder de devastación entre la población de menos recursos. Esto lleva a un primer círculo vicioso que es bastante obvio. ¿Por qué no trabajas? Porque no encuentro nada. ¿Por qué no encuentras nada? Porque llevo mucho tiempo en el paro. ¿Por qué llevas mucho tiempo en el paro? Porque no tengo suficiente formación para los pocos puestos que se demandan y/o medios materiales para buscar trabajo. ¿Por qué no tienes suficiente formación para los pocos puestos que se demandan y/o medios materiales para buscar trabajo? Porque no tengo dinero. ¿Por qué no tienes dinero? Porque no trabajo. Y, como diría Sabina, “eso mismo fue lo que yo le pregunté”.

Pero vayamos un poco más allá. No nos quedemos únicamente en esta razón fundamental esgrimida por los autores del informe. Hay algo mucho más sumergido, bastante más subrepticio, entre las zanjas más oscuras de la desigualdad en España. Dicho agujero negro que separa a las clases más pudientes de las clases más bajas no sólo es cada vez más extenso sino que además paulatinamente va aumentando el número de personas que abandonan el inmenso vacío intermedio y van descendiendo peligrosamente hacia el infierno de la pobreza o incluso llegan hasta allí (aunque como en todo, también en ese lugar dantesco existen diferencias, y los hay que están mal y otros que simplemente se hallan en la más absoluta de las miserias). Y son personas que, en no pocos casos, tienen su empleo precario, de pocas horas cotizadas y muchas trabajadas, de carácter muy temporal u ocasional y que sobreviven malamente con lo justo y necesario. Eso precisamente genera que las personas que se sumen al mercado de trabajo cada vez lo hagan en condiciones peores, pues si las que están integradas en él ya han visto devaluada la calidad de su situación laboral, entonces las nuevas van a estar en el mejor de los casos igual que ellos.

Esto, que aparentemente podría ser malo para los ciudadanos más ricos, porque cuanta más pobreza y limitación de recursos hay en una sociedad, más pobre es el Estado que la alberga, ya que desciende el consumo interno y por lo tanto el PIB, se recaudan menos impuestos, hay que pagar más prestaciones sociales (aunque eso, según la política del gobierno actual, no tiene por qué ser necesariamente así), etc…; como digo, esa realidad, que a primera vista se puede pensar que no es la deseada para los más potentados, si se analiza un poco más a fondo, uno se da cuenta de que no les viene tan mal o incluso, en un terrible círculo vicioso, puede resultarles muy beneficiosa (hablo en puros términos económicos, no estoy pensando en aspectos emocionales).

Exceptuando aquellos ricos que tienen fortunas heredadas y apalancan el dinero en los bancos y viven de las rentas, los enormes caudales en España los acumulan los grandísimos empresarios (en realidad no hay muchos en este país) o miembros de los Consejos de Administración de las grandes empresas, españolas, o filiales de las extranjeras. Personas que tienen a su cargo a cientos, miles de empleados, que producen para ellos bienes o servicios, los cuales venden a otras personas en un mercado capitalista global y mundial (excepto los países cuyo régimen económico es casi autárquico, y prácticamente renuncian a la importación).

De este modo, podemos probar a juntar dos cadenas causales en lenguaje sabinero:

1.) Somos pobres; por qué sois pobres; porque cobramos poco; por qué cobráis poco; por qué es el único trabajo que hay; por qué es el único trabajo que hay; porque hay mucho paro (y la gente acepta lo que sea); por qué hay mucho paro; porque España no se recupera de la crisis; por qué no se recupera de la crisis; porque no se compra; por qué no se compra; porque somos pobres.

2.) Somos ricos; por qué sois ricos; porque la empresa tiene beneficios; por qué tiene beneficios; porque vende mucho fuera de España; por qué vende mucho; porque nuestros productos son muy baratos; por qué son muy baratos; porque pagamos poco; por qué pagáis poco; porque así ganamos mucho; porque ganáis mucho; porque somos ricos.

“Eso mismo fue lo que yo le pregunté”.

El presidente de la CEOE Juan Rosell. (Imagen: http://www.elboletin.com).

Con este excelente panorama para las clases más pudientes, no es de extrañar que Juan Rosell, presidente de la CEOE, abogue por introducir un salario mínimo interprofesional más bajo que el general (ya de por sí ínfimo: 645 euros al mes en 14 pagas) para los menores de 35 años, justo el segmento de población más afectado por el paro. Rosell sabe muy bien que la mayor parte de los jóvenes desempleados lo aceptarían, no sólo los que forman parte de la población activa en la actualidad sino todos aquellos que se vayan incorporando con el paso de los años, mientras la gente mayor que todavía conserva mínimamente un poco de dignidad salarial se va jubilando y ahorrando salarios “elevados” a las grandísimas empresas, al tiempo que las PYMES y medianas empresas (otro círculo vicioso más), van desapareciendo, pues las es imposible competir, lo cual supone que habrá más personas dispuestas a hacer oposiciones para la precarización, muchos más pobres que estarán encantados de cobrar poco, producir más barato y…

La única esperanza que queda para romper esta draconiana rueda que lleva inflexible y severamente a España a ser la China de Europa (tal y como me señalaba acertadamente hoy el tuitero @kolvjose75); un país completamente arrasado por la desigualdad, la fábrica de objetos más barata, eficiente, preparada y formada de todo el continente; es que este frío y calculador círculo vicioso tan beneficioso para los ricos, sea detenido por la introducción de componentes emocionales. Muchos piensan en una revolución que rompa la diabólica cadena. Sin embargo, hoy no voy a hablar de eso (lo aplazo para otro artículo) y dejo enunciado algo que a muchos les sorprenderá.

Lo ideal (y seamos realistas, lo más efectivo) sería que proviniera de los propios ricos, que no todos tuvieran una mentalidad tan infame como la de Rosell. ¿Por qué no pensar que hay alguno que en la sombra, sin hacer ruido, está presionando para que cambien las políticas, las tendencias, las maneras de pensar, para que se quiebre el maldito círculo vicioso?

No me he pegado una hostia de repente, ni estoy ironizando. Sí, sé que me estaréis tildando de ingenuo, infantil, imbécil, de solemne gilipollas… Que pensaréis que tanta crítica me ha acabado embobando cual operado de lobotomía. Sin embargo, precisamente lo digo porque estoy tan hastiado y tengo tanta desconfianza hacia todo que necesito confiar, o por lo menos enunciar aunque sea sin confianza algo en lo que confiar. Sí, esto también es un círculo vicioso y por eso decidí escribir este artículo provocado por mi propia desconfianza y hastío. Porque yo soy el primero que pienso que sería más sencillo inventar una pastilla contra la pobreza y la precariedad. Claro que entonces la venderían las grandes empresas y, por tanto, se beneficiarían de ella los ricos, que necesitarían mano de obra barata para producirla y…

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