No es solidaridad todo lo que reluce

El pueblo español se considera a sí mismo solidario. Los medios de comunicación habitualmente hablan de la solidaridad de la ciudadanía española e incluso algunos la explotan en sus programas, como si fuera el menú del día.

Se trata de un concepto bastante extendido que en general goza de autoridad. Continuamente se oye, escucha y lee acerca de la implicación de la ciudadanía en los bancos de alimentos, las aportaciones a Cáritas (mal que le pese a Montoro), la participación de la gente en los comedores sociales, etc.

Sin embargo, las cifras globales quitan la razón a esa percepción. El parámetro de referencia que se usa para medir la solidaridad es el voluntariado. En España hay muchas personas que lo ejercen (5 millones según el último estudio de la Plataforma del Voluntariado en España), pero pocas si se compara con el conjunto de Europa (se estima que uno de cada cuatro europeos son voluntarios). Ello a pesar de que el número ha crecido mucho durante la crisis. Antes, la diferencia era todavía mayor.

Por otra parte, si se habla de generosidad, concepto muy ligado a la solidaridad, tampoco estamos para tirar cohetes. Las estadísticas recogen que España es uno de los países que menos dinero por habitante aporta a las organizaciones no gubernamentales.

(Imagen: Cáritas).

Pero a fin de cuentas estos no dejan de ser fríos datos que deben ser complementados con una visión analítica y más profunda de la realidad, aunque como todas las visiones, necesariamente será parcial. De lo contario, se caería en la trampa de considerar que sólo los voluntarios son solidarios o que sólo los que dan dinero a las ONG son generosos. El que regala algo a un amigo también está realizando un acto dadivoso y aquel que gasta parte de su tiempo en llevar a cabo una tarea en beneficio de otros, aunque no lo haga integrado en una de las redes reconocibles del voluntariado, también está siendo solidario.

Por lo tanto, considero que los estudios antes mencionados son un mero marco de referencia, pero para pintar el cuadro hace falta acudir a la investigación personal y a la propia observación.

No se trata de tomar un ejemplo y extrapolarlo, aunque alguno pensará al terminar de leer esta reflexión que es eso exactamente lo que he hecho. En absoluto, yo estoy convencido de lo que voy a exponer por cientos de pequeños y grandes hechos que he ido recopilando y grabando con el tiempo. Los escritores tenemos ese defecto, nos fijamos mucho en la realidad y analizamos, a veces con exceso, los sucesos y los actos. Casi como si fuéramos psicólogos, aunque a diferencia de ellos sacamos nuestra consulta a la calle y nos quedamos en un plano más externo.

El principal elemento en el que se basa la solidaridad es la empatía. Un individuo necesita saber ponerse mentalmente en la piel del otro para ser auténticamente solidario. De lo contrario, el acto se reduce a una mera conducta automática que se lleva a cabo porque hay un resorte de la conciencia que salta y nos obliga moralmente a ayudar. Pero falta el componente emocional, es necesario integrar esa conducta dentro de los sentimientos hacia el que sufre y atraviesa dificultades. En multitud de ocasiones sin embargo los españoles interpretamos la realidad de una manera tremendamente aislada, pensando que cualquiera de las desgracias que nos rodean no pueden acaecernos. En parte por miedo y en parte por omnipotencia.

Esto, que procede de una consideración algo infantil del mundo, provoca que cuando nos topamos frente a frente con la tragedia surja ese componente tan español de la compasión piadosa, la aflicción beata tan típica de nuestras abuelas combinada con la resignación sobria y adusta de nuestros abuelos. España es heredera de esa expresión común de la tristeza propia de las iglesias, donde la mayoría expresan con oraciones automáticas la pena por las desgracias ajenas para volver a los cinco minutos al silencio real de los hogares o virtual de los bares. “Es ley de vida, pero hay que tirar p´alante”, es la declaración popular ante la muerte. Somos torpes a la hora de hablar de emociones con los demás, incluso con los más cercanos. Cobardes y bastante cómodos. No nos gustan las complicaciones.

Pero esa máxima también se aplica a otro tipo de desgracias mucho menos definitivas y en ocasiones más dolorosas y angustiosas. Esto puede generar una deriva peligrosa, pues se las acaba considerando como pertenecientes a la esfera del sufrimiento ajeno. Lo cual conduce a la deshumanización. Se ve en muestras cotidianas. Las esquinas de la calle de la actualidad aparecen salpicadas por muestras del padecimiento de semejantes, mientras el mundo continúa su inexorable camino.

Beatriz Figueroa, junto a la pancarta que le acompañó durante su huelga de hambre. (Imagen: Beatriz Figueroa).

Beatriz Figueroa, junto a la pancarta que le acompañó durante su huelga de hambre.

Beatriz Figueroa sufrió en sus carnes esta falta de empatía y de solidaridad cuando decidió iniciar una lucha contra la injusticia que recaía sobre ella y un número indeterminado de personas en su misma situación. Se puso en huelga de hambre en mayo de 2011, varios meses después de que le fuera diagnosticado el cáncer contra el que lleva luchando desde entonces. Portaba una pancarta en la que se leía: “SERGAS te cura cáncer, INEM e INSS te matan de hambre”. Enferma de cáncer, sin trabajo y cansada del abandono a la que la sometía el presunto Estado del Bienestar, optó por hacer pública su queja, buscando no sólo la reacción de la propia Administración, sino la mediatización del asunto y el apoyo de personas anónimas. En definitiva, trató de atraer la atención y el interés de la sociedad hacia una situación de desamparo en la que podían verse envueltos cualquiera de los viandantes que pasaban junto a ella y la veían mostrando ese rótulo tan contundente como real, crudo pero ausente de todo dramatismo. La problemática de fondo ya la he descrito suficientemente en mi anterior artículo, “Estado de desprotección”.

Desprotección de los poderes públicos que se vertebra en cada una de las ramificaciones de la sociedad. Que tiene su continuidad en ellas. Cuenta Beatriz que la gente pasaba junto a ella y no se paraba prácticamente nadie, ni siquiera a mirar, aún menos a interesarse por su problema. Y ello pese a que lo visibilizaba de una forma tremendamente clara. Permanecía día tras día a pie de calle, tratando de gritar sin alzar la voz, con la fuerza de su gesto dolido pero sereno, el rictus de una mujer herida pero ni mucho menos hundida, dispuesta a combatir por encima del abandono. Pero las personas iban y venían, continuaban con su trasiego y la ignoraban. No le preguntaban por qué estaba allí portando un cartel tan explícito, ni por qué lucía un aspecto físico deteriorado. Aún no iba ataviada con uno de esos pañuelos con los que se empezó a cubrir una vez que llegó la inexorable pérdida del cabello en ese verano de 2011, cuando recibió la primera sesión de quimioterapia.

Beatriz Figueroa huelga de hambre (6)La reacción de los representantes de la oposición ante la problemática que planteaba Beatriz fue tan frustrante como la del propio partido del gobierno. Únicamente se interesaron esporádicamente por su caso un par de políticos (de Izquierda Unida y de la formación Anova). “Vinieron a visitarme una vez, pero incumplieron su compromiso de apoyo”. Las palabras de mayor reproche se las reserva a aquellos diputados que han sufrido el cáncer en primera persona. Algún que otro caso tuvo bastante repercusión pública justo cuando Beatriz iniciaba su huelga de hambre, hasta el punto de que se publicó cierto libro sobre la experiencia. “Intenté ponerme en contacto, pero no recibí respuesta”, explica Beatriz muy decepcionada. “A este tipo de personas, con sus prebendas de diputado, las miserias de los enfermos de a pie les son ajenas, pero duele porque aquellas lo son gracias a todos nosotros”. En una mezcla de ironía y desgarro, Beatriz asegura que, si ella escribiera un libro, el título sería algo más largo que aquel y bastante más explícito: “Contra tempestades, tifones, ciclogénesis explosiva y la hambruna: 31 meses con 426 euros al mes de ingresos, de los cuales 28 he tenido que pagar el 40% de mis medicinas, que no son pocas”.

Su huelga de hambre se prolongó un mes y eligió tres escenarios diferentes. Primero ante las puertas del antiguo INEM, luego en las del INSS y finalmente en las calles del centro de Vigo. Llegó a ser tomada casi como un fantasma por los transeúntes o, aún peor, por una desequilibrada. “Hace unos meses me entró el pánico cuando recordé la soledad que sufrí y la falta de empatía de mis iguales. A lo mejor algún día se acuerden de la loca de la pancarta. El cáncer no discrimina”, les avisa dolida.

Beatriz Figueroa huelga de hambreLos medios de comunicación le concedieron una importancia efímera, temporal –“fui noticia de un día, a excepción de la cobertura que dieron desde Europa Press Vigo y La Voz de Galicia”, relata–. En la mayor parte de los casos, realizaron un tratamiento equívoco, cuando no totalmente distorsionado, de sus acciones de reivindicación, sin ahondar mínimamente en los motivos que le habían llevado a emprenderlas. “No se molestaban en leer la nota de prensa que yo les enviaba, iban al titular directamente”. Después volverían a interesarse por su caso, mucho tiempo después, cuando su petición en change.org comenzó a coger fuerza.

Precisamente una vez que llegó a este punto, sus semejantes volvieron a demostrarle una falta de empatía flagrante. Las primeras 2.500 firmas las consiguió a través de contactos personales, no sólo amigos o conocidos sino personas a las que hizo llegar su petición a través de las redes sociales. Recibió múltiples negativas, mucho desinterés y el número de apoyos era completamente escaso en proporción a su esfuerzo titánico. “Fue horrible, me sentía como si estuviera pidiendo limosna”.

Sin embargo, cuando la plataforma change.org optó por difundir de forma masiva su petición a través de correo electrónico, el panorama cambió. En pocas horas las firmas se multiplicaron de una forma escandalosa, hasta llegar a las 70.000. Ahora, unos meses después de ese impulso, se ve factible el objetivo de llegar a 500.000, aunque ha habido de nuevo una cierta ralentización.

Beatriz Figueroa huelga de hambre (4)Esto deja patente que en la sociedad española actual se funciona de forma absolutamente automática. No quiero quitar valor ni mucho menos a todas las adscripciones que ha recibido Beatriz, pero todo el mundo sabe que hay veces que uno firma peticiones sobre determinadas causas en change.org sin examinar su contenido con un mínimo espíritu crítico. Se lee el titular y la información (a veces ni eso), se mira la foto, se hace click y se tranquiliza la conciencia. En este caso, la reivindicación es mucho más que justa y lo extraño es que no haya conseguido el triple o el cuádruple de firmas –lo cual nos llevaría de nuevo a la cuestión sobre el tiempo que dedica la gente a interesarse por los problemas ajenos–, pero cabría preguntarse cuántas acciones “solidarias” promovidas por Internet recaban multitud de apoyos sin que su reclamación resulte objetivamente razonable.

Por otra parte, el caso de Beatriz también deja en evidencia al pueblo español en el sentido de que concede una importancia suprema al comportamiento social y a la mediatización del mismo, sobre todo si está representado por unas siglas que aparentemente ofrecen confianza. No tengo ninguna duda de que un puñado de esas rúbricas se consiguen por el hecho de que es change.org la plataforma que difunde la petición y no Beatriz Figueroa de manera personal.

De hecho, ella fue vapuleada por la insolidaridad y el desinterés en más de una ocasión, cuando llevaba su batalla de forma anónima y solitaria (que es en realidad como la ha llevado siempre). Una de sus iniciativas fue recoger firmas manuscritas pidiendo a los poderes públicos que respetaran el contenido del artículo 41 de la Constitución Española (por el que se obligan a mantener un régimen público de Seguridad Social con prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo). La reacción de la inmensa mayoría de la gente fue de rechazo, pero incluso hubo situaciones extremadamente desagradables que derivaban en desprecio. “Cuando iba a recoger las hojas que había dejado en establecimientos comerciales bares, hospitales, etc, en muchos me encontraba con que habían desaparecido, en otros las habían usado para pintar y en otros en las que no habían recogido ni una sola firma no me pude resistir y terminé diciéndoles que cuando tuvieran cáncer esperaba que se acordarán de mí”. Declaraciones tan duras salen de los labios de una mujer que se ha topado con la más cruda decepción en forma de indiferencia y el maltrato vestido con el traje de la incomprensión. “De la Administración, clase política y medios de comunicación te lo esperas, pero recibirlo de tus iguales es lo más duro”, confiesa con tremenda desazón.

Beatriz Figueroa huelga de hambre (7)Durante una época encontró la complicidad de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), con la cual ella a su vez colaboraba. Sin embargo, esta organización, que tan respetada es en España a nivel popular, la dio la espalda cuando su reivindicación comenzó a ser molesta para la Administración Pública y las altas esferas. “Quería recoger firmas en una carrera popular y me dijeron que no, porque era un asunto particular mío”. Resulta inconcebible esta reacción, en tanto en cuanto se trata de un drama en el que puede verse envuelto cualquier enfermo de cáncer en desempleo, ni mucho menos de una situación individual. Sin embargo, la ciudadanía española destina millones de euros al año a la AECC, ya sea a través de sus famosas huchas a pie de calle, bien sea por medio de donaciones o contribuciones de mayor cuantía. No es un secreto para nadie que tras esas siglas se esconden personas tremendamente influyentes (su Presidenta de Honor es la Princesa de Asturias), que tradicionalmente han utilizado a enfermas de cáncer para explotar el carácter piadoso de los españoles, muy sensibilizados desde siempre con la imagen que proyecta la AECC. Organización que, independientemente de su loable labor, encaja mal las críticas internas, tiene un funcionamiento no demasiado transparente y mantiene una mentalidad muy cerrada sobre ciertos asuntos. Beatriz tampoco encontró el apoyo de otro colectivo muy representativo, el Grupo Español de Pacientes con Cáncer (GEPAC), que agrupa entre otras organizaciones a la Fundación Sandra Ibarra. “Les propuse acciones conjuntas, pero ni me contestaron”. Curiosamente ahora, después de que Beatriz haya conseguido una gran presión mediática con los cientos de miles de firmas el GEPAC afirma que sí que está a favor de cualquier cambio legislativo que mejore la vida del paciente. Resulta evidente que quieren salvaguardar su imagen y no quieren que el caso la dañe. No sería de extrañar que la AECC adoptara una postura similar en breve.

Sin embargo, Beatriz Figueroa utiliza las palabras más duras para referirse a sus círculos íntimos, tanto el familiar como el relativo a sus amistades. Hay muy pocos que le hayan apoyado y seguido desde el principio. “Como esto es una carrera de fondo, muchos llaman al principio, pero luego dejan de hacerlo”. A mayores, existe un terrible círculo vicioso. Como para Beatriz la palabra cáncer se tradujo en precariedad económica, dejó de poderse permitir gastos derivados de la vida social y eso también hizo que por el camino se quedaran personas a las que había considerado amigos. “La sociedad es una hipócrita, porque te animan a superar la enfermedad, pero luego no te dan ni una oportunidad”.

Ella recuerda con especial amargura aquel viernes a principios del verano de 2011 cuando realizó un acto simbólico mediante el que ponía fin a su huelga de hambre. Acudieron alrededor de ochenta personas, la mayoría porque se lo suplicó con insistencia, pero casi ninguno creía en lo que estaba haciendo. Asistieron sin ningún tipo de empatía ni, por tanto, de solidaridad, simplemente como una especie de acto caritativo y piadoso, aunque al menos estuvieron. “Aún así, hubo ausencias significativas”.

Ello, pese a que la situación por la que Beatriz reclama puede afectar a cualquier persona de clase media o baja con recursos modestos o limitados y encuadrada en el Régimen General de la Seguridad Social. Es decir, a bastantes millones de españoles. Como señala ella, “se trata de una cuestión de justicia social”.

(Imagen: calasparra.org).

Pero nadie parece querer verlo así. En la solidaria España, con una tasa de desempleo que ha llegado a superar el 27%, la gente ignora a los desconocidos, se despreocupa por completo de lo que le sucede al vecino de al lado y relativiza lo máximo posible los problemas de sus seres queridos, cuando no los esquiva. Obviamente hay excepciones (muchas en un país de 47 millones de personas), pero en términos generales nos hemos convertido en una sociedad de personas que deambulan por la vida con desconfianza y mezquindad. Sin embargo, lo peor de todo es la absoluta falta de conciencia acerca de los problemas globales, los que afectan al conjunto de la ciudadanía o a colectivos integrados en ella.

La verdadera solidaridad radica en identificar con empatía la indefensión que sufren los más vulnerables, los más susceptibles de caer en el abismo económico o en la exclusión social dentro de este Estado que deja desamparadas a personas como Beatriz. Esa es la única manera de mejorar como pueblo, de construir una sociedad más justa y, ahora sí, verdaderamente solidaria. Además, a excepción de los muy privilegiados, todos podemos ser Beatriz. El gran esperpento de este país es que en una situación catastrófica, de extrema gravedad, no fuimos capaces de descubrir que la condescendencia del ayer ante las injusticias que perpetraban los poderes públicos y los poderosos del ámbito privado sería nuestra decadencia del hoy. El pecado más grande de España es que ante la decadencia del hoy continuamos dejándonos llevar por la inercia que nos conducirá hacia la ruina del mañana, si no estamos ya en ese punto, cosa que a veces dudo.

Sin embargo, no quiero ser todavía más catastrofista de lo que ya soy y me gustaría dejar un mínimo hilo de esperanza, pensando que luchas como las de Beatriz Figueroa pueden poco a poco ir minando la grave atonía insolidaria de este pueblo de cabezas gachas, peleas callejeras, asesinatos en familia y sonrisas de telediario. Tengo que recordar lo que dije en mi artículo “Estado de Desprotección”: el verdadero valor de la batalla emprendida por esta abogada y periodista viguesa es que ella apenas aprovecharía los frutos de su hipotética victoria. Nadie puede ya aliviarle la angustia económica que lleva a las espaldas con tanto sufrimiento como el propio cáncer o el resto de problemas que ha sufrido a lo largo de su vida, que es absolutamente de película y daría para otro artículo. “Tal vez cuando se resuelva yo ya esté o curada o muerta”, expone con terrible franqueza. Pero nada de eso frena su voluntad de luchar por una España mejor, que reconozca el derecho a la protección económica y a la reinserción laboral de los machacados por la lacra del cáncer. Pese a la tragedia, me emociona saber que existen en este país heroínas como ella y me otorga un mínimo de aliento para seguir creyendo en esta España que ya no cree ni en sí misma.

No obstante, he de admitir que no soy muy optimista. Porque, a modo de remate, tengo que decir que toda esta argumentación tan crítica hacia la ciudadanía española ni mucho menos viene provocada por la historia de Beatriz Figueroa. La suya sólo es la piedra angular que necesitaba para sostener el edificio que he ido diseñando en mi conciencia a lo largo de los años. La excusa perfecta para exponer algo que bulle dentro de mí desde hace mucho tiempo. Eso me lleva a pensar que tal vez yo también esté siendo egoísta y no tan solidario, por utilizarla para justificar mi pensamiento.

Pero, apropiándome por última vez de sus sabias palabras, lo que sí tengo claro es que “no he llegado hasta aquí para ser un cínico”.

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4 respuestas a No es solidaridad todo lo que reluce

  1. Roberto fernandez gomez dijo:

    Beatriz figueroa miente. Esta señora casi nunca ha llevado nada de internet, tuvo suerte de que le hicieron eventos y le ayudaron a ponerlo en buscadores, las plataformas y un famoso de internet de marin con pseudonimo, aunque en marin todo el mundo sabe quien es. Esta señora una de dos.. o miente o compra las firmas, porque change.org es una plafaforma con animo de lucro. Las firmas se pueden comprar a razon de mil euros cerca de 7.000. Desde que el bng de vigo cogio las riendas de la peticion ha ido a peor. Las plaformas la han abandonado, porque esta señora todo es ella, realmente no busca nada para los otros afectados por el cancer, de hecho falta al respeto a la asociacion del cancer y claro una persona asi, no logra firmas casi ni pagandolas. Ahora ya se vio, salio en varias television y no logro ni 2000 firmas mas. Esta señora sino fuera tan chula y prepotente, hubiera logrado mas de un millon de firmas. Lo tenia todo hecho, pues se lo hacia el tio ese famoso de marin. Colabora en muchas ongs, obra social y esta en muchos sitios de estos de ayudar a la gente. Esta señora ha condenado a la derrota a los enfermos del cancer del pais. Ojala se salve de la enfermedad, pero los enfermos seguiran pagando los medicamentos, ella ya no, pues le pagan el avion, el tren y todos los gastos los del bng mientras dure la historia en el congreso, luego la dejaran tirada a su suerte.

    • alber4 dijo:

      Hola Roberto, en primer lugar darte las gracias por leer el artículo y participar con tu comentario, aunque no comparto el sentido del mismo. Aunque no conozco a Beatriz Figueroa personalmente, antes de escribir sobre ella me informé sobre su figura y me hice un perfil creo que bastante aproximado de cómo es ella en realidad. En base a ello, creo que lo que tú defines como prepotencia es en realidad defensa contundente y empleando una cierta agresividad bien entendida (de una forma educada y en absoluto ofensiva). Tal vez mucha gente entienda que una persona que pide para que se solucione una injusticia debe tener un aspecto lastimoso, utilizando la clásica táctica de la mendicidad y reclamando la caridad ajena con humildad rayana en la reverencia, orejas gachas y voz quebrada. Afortunadamente a mi entender, Beatriz no reúne para nada esa imagen, sino que habla de una manera culta, con claridad, sin pelos en la lengua, con vehemencia pero sin exageraciones. Eso quizá chirríe con la imagen de la Asociación Española Contra el Cáncer, cuyos fines sociales y cuya labor no voy a poner en duda aquí, pero que también tiene muchas sombras y no sólo luces. Al igual que sucede con change.org, respecto a la que soy consciente que existen muchas críticas, entre ellas la de que sí tiene carácter lucrativo.
      En cualquier caso, e independientemente de la percepción subjetiva o personal, lo realmente relevante y en eso objetivamente no puedo estar más en consonancia con el análisis de Beatriz, es que su reivindicación es completamente legítima, justa y necesaria. Y en lo que pienso que yerras por completo es en este último punto, que se cae por su propio peso. Resulta evidente que, si la petición sale adelante y la ley se modifica, los beneficiados van a ser los enfermos de cáncer en general, y no Beatriz Figueroa, que ya ha pasado un calvario con la legislación injusta actual y nadie puede devolverla esos meses de precariedad. No entiendo cómo puedes efectuar una crítica tan dura basándote solo en elementos subjetivos sin tener en cuenta esta realidad objetiva incontestable.
      Lamento no compartir tu opinión en absoluto. En cualquier caso, te doy las gracias de nuevo por participar y aportar otro punto de vista sobre este asunto. Perspectiva que, dada la pluralidad que preside esta Buhardilla, he recogido, pese a que, por los motivos expuestos, me parezca muy equivocada.

      • Roberto fernandez gomez dijo:

        Mire aqui le dejo las pruebas claras: http://gallir.wordpress.com/2013/02/06/respuesta-al-director-de-change-org-espana/ todo el mundo con dos o tres cuentas de mail puede firmar. Mi nombre ya le digo que es falso, yo soy uno de los que voto en contra de la propuesta del bng, estuve a punto de romper la disciplina de partido, pero me enseñaron estas pruebas y varios usuarios no se si era cierto o no, pero afirmaban que firmaron varias veces por las redes sociales. Al bng se le ofrecio una paga pequeña de unos 400 euros al mes y la rechazaron. La persona del blog lo hace con un programa informatico que yo desconocia y que le llaman bot y afirma que firmo cientos de veces hasta que le cogieron, porque quiso que le cogieran, esto debido a que usaron su correo electronico para una firma anterior. Una que fue muy famosa de 700 mil firmas. Le recuerdo distinguido señor de este blog que las firmas de change solo tienen validez mediatica, no son validas a efectos reales, aunque tuvieran cuarenta millones de firmas no hubieran valido de nada. Otro dato de interes. Al tio que investigamos logro muchas firmas pero muchas fueron extranjeras que tampoco tenian validez. Mi partido el pp ya la reto a que haga una manifestacion, con tantos cientos de miles de firmas, facil podria convocar a 100 mil personas, o a 10 mil o a mil? que lo demuestre….. Yo hubiera roto la disciplina de mi partido por etica y por moralidad, pero las pruebas cantan por si solas, muchas gracias. diputado del pp que voto en contra. Le podria dar mi telefono pero no nos interesa pues vienen las elecciones europeas y no interesa airear este tema aunque sea falso, pues es lo que quiere el bng

      • alber4 dijo:

        Simplemente remito a los lectores a que lean las últimas tres líneas de su comentario, Roberto. No creo que haga falta puntualizar nada por mi parte, creo que queda bastante claro todo. Un consejo: tenga cuidado con los blogs que lee, no vaya a ser que su presunto partido le acuse mientras sueña por la noche de romper la disciplina de voto por ello. Perdóneme por la ironía y el escepticismo; me viene de serie. Aunque en este caso tampoco hace falta ser muy agudo. Un saludo y gracias nuevamente por participar.

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