Conversación entre capuchones

Me encontraba yo el otro día por las calles de Pucela, a una hora confieso ya tardía. Mi toque de queda personal me amenazaba con mandarme a los militares de mi conciencia, aunque mi estómago reclamaba un whisky. Como ni de autocontrol ni de parné ando sobrado, deambulé un poco más, respirando aire fresco tras los agobiantes calores diurnos, cual si de un día de julio se tratara.

Al llegar a la altura del Teatro Calderón, me detuve al observar un numeroso conjunto de músicos, en actitud de preparación, mientras una gran multitud se arremolinaba en torno a la escena y rodeaba a la banda, dejando un pasillo imaginario frente a la puerta de la Iglesia de las Angustias. Me quedé allí detenido, en completo silencio (algo que por desgracia no hicieron todos los que me rodeaban) y durante la media hora siguiente contemplé como capuchones con cirios guiaban en procesión diversas tallas de madera policromada que llevaban en hombros otros, mientras las cornetas y tambores interpretaban diversas piezas musicales, entre ellas el himno de España. El remate al desfile religioso fue la salida de la Virgen de las Angustias, figura en la que se puede apreciar el dolor inmenso de una mujer destrozada y sufriente, aunque como se me habían olvidado las gafas no pude distinguir muy bien la escultura y, de no haberla visto otras veces y conocer su significado, hubiera confundido a la gimiente madre con la mujer de un sultán.

Es por tanto de dominio público y de evidencia notoria que mis ojos no siempre me transportan la imagen adecuada y que mi miopía me suele jugar malas pasadas (aunque no desvelaré ninguna de ellas por no venir al caso y por miedo a la Policía Municipal). Sin embargo, mis oídos son privilegiados y pueden captar hasta el desprendimiento de unas enaguas en un concierto de Julio Iglesias.

Es por ello que dichos elementos auditivos recogieron, mientras tenía lugar el paso de la angustiada madre de los cristianos, la conversación que a continuación transcribo tal cual se produjo, advirtiendo que es posible que haya rellenado los huecos generados por el olvido (además de las gafas se me olvidó mi bloc de notas que, como periodista, siempre me acompaña) con alguna licencia personal, por otra parte en absoluto importante y que en cualquier caso no desvirtúa la esencia de la charleta.

Se desarrolló a mis espaldas, por lo que no pude ver el jerol de los interfectos, aunque por sus voces intuí que rondarían la treintena.

—Hombre, ¿qué tal, tío?, cuánto tiempo sin verte —saludó uno de ellos con un tono de voz claro y exageradamente cordial.

—Hola. Ya ves, aquí andamos —respondió secamente el otro, de forma mucho más empañada y ronca.

—¿Viendo la procesión? —preguntó con una intención probablemente maliciosa.

—Qué dices, colega, a mí me da todo el asco esto —comentó con desprecio.

—Ya me imaginaba, no te pega mucho.

—Pues no, tronco, me da ganas de vomitar ver a la gente venerando la ostentación de la puta Iglesia capitalista llena de riquezas, con toda la pobreza que hay en el mundo.

De repente, parecía que el andoba había encontrado las ganas de hablar, despertando por consiguiente en mí las ganas de amordazarlos a él y a su compadre.

—Ya ayudan a los pobres, a través de Cáritas, los misioneros y todas esas cosas. También tienen derecho a tener cosas, ¿no?

—Sí, claro, y a no pagar impuestos y a recibir subvenciones del Estado… ¡No me jodas!

—Pues sí, porque así ha sido siempre. Además, ellos son los que enseñan la palabra de Dios, para que la gente tenga fe.

—Tú lo has dicho, el adoctrinamiento que nos hacen ya desde niños, más ahora que la religión va a volver a ser obligatoria en los colegios. Muy bonito, hacer que el personal tenga esperanza en un más allá mejor para que se olvide de las miserias de este mundo. Creer en un Dios que te castiga si te pasas de la raya… Todo perfectamente estudiado para que se mantenga el sistema que beneficia al rico y aliena al pueblo.

—Hombre, tú y yo estudiamos en un colegio de curas y está claro que muy religioso tú no has salido —observó, puede que con ironía.

—De puto milagro. Sería gracias a mis abuelos, que eran republicanos y odiaban toda esta mierda.

—Yo como católico lo adoro. Y además es una tradición española. A mí se me ponen los pelos como escarpias cuando suena el himno —declaró con exceso de colesterol emocional.

—Será que como yo soy de izquierdas y tengo un curro de mierda, me la pela bastante este país que no me da nada, mientras a la gente religiosa de derechas como tú la da todo… —apuntó con sorna y bastante mala baba.

—Te equivocas muchísimo, porque yo me quedé hace dos años en el paro, precisamente cuando estaban gobernando tus putos amigos socialistas… Los rojos no soléis ser muy amigos de España y sí bastante ateos. Qué pena que ahora mismo no estén los tuyos en el gobierno, ¿no?

—¿Qué pasa, que los tuyos te han hecho encontrar trabajo? —cuestionó con idéntico retintín.

—Pues mira, no, pero al menos ahora tengo expectativas, una cierta esperanza, porque el país está mucho mejor que como lo dejó el indeseable de Zapatero.

—¡Venga ya, hombre! ¡No me jodas! —exclamó indignado y en un tono bastante más alto que el que habían empleado durante la conversación.

Una de las asistentes tuvo menos paciencia que el resto de la gente que rodeábamos a los dos individuos y los mandó callar con evidente enfado.

—¡Un poco de respeto! —exhortó.

Los charlatanes hicieron caso a la mujer y cerraron de una maldita vez el pico. Aunque realmente no importó demasiado, porque la procesión se alejó del lugar pocos instantes después. Entonces retomaron su odioso diálogo de gorilas enjaulados. Fue el que presumía de su ideología izquierdista quien rompió su breve silencio.

—Por cierto, tú que eres tan amante de la pantomima esta, ¿qué cofradía, procesión, paso o lo qué coño sea era esto? —preguntó con aire retador.

—La de La Piedad —soltó, probablemente porque fue lo primero que le vino a la cabeza.

Indignado, no por su ignorancia, sino por el bullicio que habían montado, tuve un impulso de volverme a contestarles y de ese modo vengarme, pero no hizo falta, porque se me adelantaron.

—Se trata de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y la procesión es la de Regla, también conocida como de Sacrificio y Penitencia. Tiene cuatro pasos: el Cristo de los Carboneros, de Francisco del Rincón, el San Juan y Santa María Magdalena al Pie de la Cruz, de Gregorio Fernández, el Cristo Yacente, de autor desconocido aunque hecho en el taller vallisoletano, y el último es la Virgen de las Angustias, obra de Juan de Juni. Menos esta última, que es del XVI, todas las tallas son del siglo XVII.

La chica hablaba con un acento que no fui capaz de identificar a primera escucha. Me volví y la observé. Estaba rodeada por un grupito, supuse que sus amigas, que prestaban atención a la escena con gestos divertidos. Me fijé en el aspecto de los dos lenguaraces, que curiosamente no difería demasiado entre sí. Desconocía su expresión previa, pero la de ahora era de estúpido asombro y frisaba con la propia de auténticos paletos. El físico espectacular de su interlocutora también contribuía a acentuar esa faz de lerdos. Parecía que se les fuera a caer la baba de un momento a otro.

—Así que eres una experta de esto, ¿no? —inquirió bobaliconamente el que afirmaba ser de derechas.

—Bastante. Por desgracia, no se puede decir lo mismo de vosotros.

—¡Oye, que a mí me gusta un montón!

—Sí, ya te he oído, que te hace sentir orgullo patriótico y todo eso —apreció con sarcasmo ella.

—¿A ti también?

—Pues te diré que me apetecería escuchar Els Segadors antes que el himno de España, pero no creo que sea muy importante eso en una expresión cultural y artística. Por lo demás lo que me produce es una profunda emoción.

—Claro, porque tú eres católica, date cuenta de que yo no lo soy —intervino el otro.

—¿Yo? —replicó echándose a reír de forma socarrona —. ¡Hostia, tú, que sepas que eres bastante gracioso! ¿Siempre juzgas y etiquetas así a la gente? Yo de religiosa tengo más bien poco, soy bastante agnóstica. No hace falta ser cristiano para que te guste la Semana Santa. Entre otras cosas, porque simboliza la historia de Jesucristo, que aunque estoy de acuerdo contigo que ha sido utilizada y manejada por las élites económicas de la Iglesia a su antojo, es una figura impresionante.

—Eso es verdad, fue el primer comunista —añadió pusilánime, cual perro faldero.

—¡Hostia, tío, no todo es política en la vida! No sé si fue comunista o anarquista, entre otras cosas porque por aquel entonces no estaban definidos esos términos. De lo sí estoy segura es de que fue un ser humano excepcional que dejó un legado muy bonito para las generaciones futuras, aunque no lo apliquemos mucho. Tú que dices ser de izquierdas deberías sentirte orgulloso de que haya una celebración así en la que se ensalza la figura de un humilde carpintero que ayudó a pobres, desdichados, oprimidos…

—Claro, sí, nunca lo había visto desde ese punto de vista…

—De todos modos, mucho más importante que eso es el valor artístico y la singularidad mundial que tiene. Os deberíais sentir orgullosos. Ya me gustaría a mí tenerlo en Barna… Me habían avisado mis amigas de que los vallisoletanos sois un poco raritos y que tendéis a menospreciar lo vuestro y a prejuzgar, y ya me estoy dando cuenta de que tienen bastante razón. En fin, un consejo de una catalana bastante hippy: tened cariño a lo vuestro, conocedlo e id todos a una para defenderlo, que si no los de fuera vendrán y os comerán. Bona nit y passar-ho bé, pucelanos.

Las chicas se marcharon en dirección a la Bajada de la Libertad y los dos fulanos se quedaron allí plantados con cara de seto podrido, hasta que al cabo de medio minuto el de derechas dijo:

—Están buenísimas, macho.

—Joder, ya te digo, tienen un polvo de la hostia.

—A mí la polaca esta me ha puesto cachondísimo.

—¡Polaca! Mira que eres facha, colega. Pero sí, estoy muy de acuerdo contigo.

—Ya era hora de que lo estuviéramos en algo.

—Seguro que se van de fiesta.

—Oye, ¿tú tienes algún compromiso o plan ahora?

—Qué va, tío, me iba a pirar para la kelly.

—¡De eso nada! ¡Vamos a enseñarlas la noche vallisoletana!

—Joder, si no fuera por qué fijo que me llevas a la zona más pija de Pucela, suena hasta bien.

—¿De verdad te importa un bar u otro si estamos con ese pibón?

—La verdad es que no, soy capaz hasta de bailar un reggaeton.

—¡Ya lo sabía yo, joder! Que tu rabo, como el de todos, sólo entiende de lujo y no es de izquierdas.

—Y yo ya sabía que el tuyo era capaz de follarse hasta a una catalana.

—¡Vámonos de procesión a ver si metemos el capuchón a alguna!

—¡Y si es virgen, que venga Dios y lo vea!

Los dos se rieron como especímenes de edad evolutiva indeterminada y apretaron el paso para alcanzar a las chicas.

Yo me fui caminando con el ánimo algo revuelto y un no sé qué en el estómago. Finalmente decidí que iría al encuentro de la Cofradía para apreciar una vez más aquellas obras de arte y reconciliarme con mi ciudad.

Recordé que no llevaba las gafas encima. Blasfemé, aunque no en voz alta.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cultura, relatos, Valladolid y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Conversación entre capuchones

  1. ggonmar dijo:

    Bueno, cuando encuentres a un patriota de derechas y catolico confeso publicamente y a un izquierdista revolucionario antisistema conversando simplemente como describes en Valladolid, lo grabas… hasta entonces, ciencia ficcion lo que cuentas, solo falta un anillo que haga invisible a su portador en esta historia…

    Bueno, y ya lo de las microlecciones de arte de 5 minutos por pivones desconocidos en medio de una procesion (mientras imagino, el publico escucha atentamente y toma notas), ya me cuentas… que son, clases de la UNED? Vamos no j*das macho…

    • alber4 dijo:

      Te equivocas, la línea entre la ficción y la realidad es mucho más delgada de lo que tú te imaginas. Por otra parte, las personas que protagonizan el relato existen en realidad, te lo aseguro, las conozco, y el modo de comportarse que describo es tan real como la vida misma. Gracias por leerme y dejar tu opinión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s