Montoro, el ministro del consenso

No me he vuelto chalupa, ni las torrijas de Semana Santa me han afectado más de lo debido. Lo creo firmemente, Cristóbal Montoro es el mejor activo que ha habido nunca en la democracia española a la hora de lograr unión y acuerdo en torno a los más escabrosos temas, incluso aquellos más irreconciliables.

El talento de este hombre peculiar no ha sido reconocido por nadie hasta ahora, pero yo hoy le voy a rendir un merecido homenaje, que ya va siendo hora de que en este país de envidiosos se valoren las habilidades excepcionales. Ya que el señor Montoro jamás me reconocerá a mí mérito alguno por mi presunta calidad como escritor –aún menos como periodista, pues me da en la nariz que los reporteros no le caemos muy bien–, que no se diga que yo le guardo inquina a este ministro extraordinario, entendido este adjetivo en su significado puro, es decir, todo aquello que se sale de lo normal.

Lo malo para él es que dicho otorgamiento de inefables destrezas, casi poderes extraterrenales, implicaría necesariamente gravar al ministro con el tipo máximo de IVA del 21%, o con ese 23% que tiene tantas ganas de establecer desde hace meses. Lástima que la donación de órganos esté exenta del impuesto, por lo que Montoro se quedará sin hacer post mortem su gran contribución al Estado para el que tan dedicadamente sirve en vida. Quién sabe, igual algún día le da por introducir alguna modificación en este sentido. ¿Os imagináis? Un pulmón de Montoro, valorado en tropecientos miles de euros al 21%. Pasta gansa para la Agencia Tributaria. Menos valdría el corazón. Aunque el premio gordo sería el cerebro, porque, fuera aparte de su grado de inteligencia, sobre el que hay opiniones para todos los gustos, es indudable su descomunal capacidad craneal, aún no explorada ni siquiera en un tipo súper reducido del 4% (algún producto queda todavía por ahí con ese IVA).

Para muestra de las aptitudes colosales de Don Cristóbal, un pequeño botón. El otro día escuchábamos y leíamos todos los castellanos y leoneses en los diferentes medios de comunicación con difusión en la región las siguientes declaraciones: “El ministro ofrece datos falsos. Pero no nos ha sorprendido. Es una ocurrencia más de Montoro y nos tiene acostumbrados a ellas. Cuando se aburre se entrena todos los días para ello y le encanta pisar callos. Sólo le pedimos que por lo menos a las comunidades solventes nos deje en paz”.

Estas contundentes palabras hacia el actual titular de Hacienda no fueron pronunciadas por un antisistema ni por un diputado de Izquierda Unida. Tampoco del Partido Socialista. No las enunció vocero de sindicato alguno, ni siquiera un representante de alguna organización verdaderamente de izquierdas. No. Fue José Antonio de Santiago-Juárez, portavoz de la Junta de Castilla y León, gobernada por el Partido Popular desde hace tantos años que hasta los más viejos del lugar se confunden y creen ver gaviotas anidando en las almenas de las torres de los castillos en vez de a vencejos, cernícalos y lechuzas.

Como diría el esperpéntico cocinero Juanma Zamorano: “¡ay, que me quedo muerta!”. Si conseguir tal nivel de cabreo en el gobierno de una comunidad tradicionalmente mansa, en la que encima manda casi perpetuamente tu grupo político, no merece ser reconocido como logro absolutamente sobresaliente, es que hemos perdido la perspectiva. Alguno dirá que en general el ejecutivo de Mariano Rajoy en conjunto tiene ese don, el de enfadar incluso a los de sus propias filas, pero no sería justo quitar la mayor parte del mérito en la consecución de tamaña hazaña al inimitable Montoro. Hay que recordar que él es el responsable principal de que la mayor parte de los alcaldes del PP hayan decidido rebelarse contra la ley de reforma de la Administración Local.

(Imagen: lamentiradelsistema.wordpress.com).

Antes de que este hombre regresara -hay que recordar que ya fue Ministro de Hacienda con Aznar– a las existencias (y a las carteras) de los españoles, todo era realmente previsible y aburrido. Los del PP se enfadaban con los del PSOE porque estos subían los impuestos y los del PSOE se enfadaban con los del PP porque estos también los subían. Cada uno contaba la misma película de la manera que más le convenía y se armaba el guirigay de turno, asquerosamente conocido y rutinario. Al final, la polémica era ficticia, pues siempre se acababa atracando en mayor o menor medida a los encargados de sostener con sus impuestos el país (asalariados y pequeños autónomos), y había un cierta aquiescencia con respecto a esa situación. Se aceptaba que los más pobrecitos, los parias del sistema, no pagaran un chavo de IRPF y como tampoco apenas podían consumir se quedaran sin contribuir demasiado con el IVA y otros impuestos indirectos. Igualmente también se toleraba que los más pudientes pagaran en proporción mucho menos y vivieran a cuerpo de rey, con tal de que al menos pagasen. En efecto, la injusta situación llegaba a un punto de consentimiento múltiple, cada uno despotricaba de vez en cuando en reuniones de café y barra de lo que le tocaba, quitaba valor a aquello de lo que se quejaba el otro, se discutía un poco y no pasaba más. Todo el mundo estúpidamente feliz.

Pero amiga, un día llegó Montoro a tu vida. Y todo cambió. Entonces tú, médica, peluquera, abogada, ingeniera, desempleada, cajera del Día, pequeña empresaria, o incluso política del PP, viste como ese hombre que te susurraba como si quisiera envolverte en su manta, ese que parecía conjurar a los hados con sus suspiros ahogados tan poco sexys, ese ministro amante de las onomatopeyas y tendente al histrionismo, te cambiaba los esquemas. Ahora te sentías confusa, el erotismo de la confrontación se había transformado en el aburrimiento del flirteo sin pelea. Tenías aliados inesperados, de repente estabas de acuerdo con aquellos con los que antes habías discrepado. Grupos que jamás habían sido demasiado belicosos contra Hacienda ahora clamaban en pie de guerra. Todos a excepción de los que poseían grandes fortunas y los defraudadores (conceptos que coinciden en no pocas ocasiones), para los cuales el intrépido Cristóbal es un héroe, una especie de anti Robin Hood.

Para el resto de los mortales Montoro se transformó en el Tax Man de la mítica canción de The Beatles. Que me perdone George Harrison si me está leyendo desde algún lado más allá de lo terrenal, pero para todos esos españoles Montoro interpretaba ese mismo tema y les decía: “Be thankful I don´t take it all… You´re working for no one but me” (Da gracias a que no me lo lleve todo… No estás trabajando para nadie, excepto para mí). De esa forma, tú te encontraste súbitamente haciendo discurso común con todos ellos frente a ese hombre que se mostraba como la dupla Sméagol-Gollum en cada una de sus comparecencias.

Y es que el responsable de la cartera menos popular de todas las existentes –justo es decir que de por sí no tiene fácil convertirse en un líder arengador de masas– también ostenta ese toque bipolar que tan entrañable hizo al carismático personaje de El Señor de los Anillos. A Montoro se le puede ver un día con gesto hosco, marsupial, avinagrado, de señorito andaluz (pese a que curiosamente su infancia y adolescencia fueron bastante humildes), mientras dice cosas muy feas, regañando al personal o soltando dardos envenenados como si careciera de sentimientos. Por ejemplo, diciéndole a la Junta de Castilla y León que la culpa de pagar muchos intereses de la deuda es suya por no haber acudido al Fondo de Liquidez Autonómica del Estado. Poco le importa que los expertos señalen que esa acusación carece de todo sentido, ya que lo razonable es que las CCAA sin problemas acuciantes de liquidez acudan al mercado financiero normal y corriente, como cualquier empresa o particular.

(Imagen: lamiradacritica.com).

Sin embargo, al día siguiente, o incluso cinco minutos después de haber echado broncas a todo quisqui cual maestro cascarrabias, tú, que le tenías ya enfilado, de repente te topas con un Montoro cachondo que te desconcierta con sus chanzas y sus gracietas enunciadas muchas veces de forma algo sardónica, incluso pírrica, lindando con lo grotesco. Recuerdo por ejemplo hace poco cuando rectificó en mitad de un discurso -había anunciado la introducción de un impuesto que ya existía- y se empezó a partir la caja él sólo hablando de que su responsable de comunicación le iba a soltar un buen rapapolvo por meter la pata “No tengo remedio, qué lo voy a hacer”. Aquí es cuando más se parece a Sméagol, el lado bueno del binomio, que parece un ser campechano e incluso a ratos dulce, si bien en realidad es un poco rufián y embauca a Frodo Bolsón.

(Imagen: lamentable.org).

Pero Montoro es capaz de ir más allá y representar una tercera versión de sí mismo, la del sujeto mosqueadillo, asimilándose a un personaje dibujado por Ibáñez que se cabrea y despotrica de forma muy divertida. En esos casos sólo le faltan los rayos y esos bocadillos creados por el genio de la historieta con todo tipo de descacharrantes iconografías de la mala leche. De todos los personajes inolvidables del universo Ibáñez, al que más se asemeja es a Rompetechos, que siempre acaba indignado porque ve cosas que los demás no pueden ver. Esta tercera faceta del ministro es la más cercana a Gollum. De hecho, hay veces en las que me lo imagino terminando ese tipo de alocuciones, cuando entra en bucle –mi preferida es aquella vez en la que empezó a hablar de que la gente estaba a otras cosas, pensando en pitos, flautas y gaitas, enumerando dichos instrumentos de forma compulsiva y acelerada–, bramando “¡Golum, Golum!”, como hacía el ser cavernario que habitaba en la Tierra Media.

(Imagen: vozpopuli.com).

 

La gran duda es si el Ministro también padece tormentos internos como la legendaria criatura, que se debatía en feroz dicotomía entre sus dos personalidades. “El amo es bueno”, para replicarse inmediatamente: “¡no, el amo es malo!, ¡nos ha robado nuestro tesoro!”. En realidad, la clave está en que no cabe tal sufrimiento ni semejante contradicción en Montoro, pues tanto el amo como el tesoro terminan invariablemente en sus manos.

Gollum, personaje de “El Señor de los Anillos”. (Imagen: glogster.com)

Por último y dotándose a sí mismo de una complejidad que ya la quisieran para sí los actores sin registros, el confiscador Cristóbal tiene una última capa para mostrarse al público, la de mentiroso patológico. Cierto es que casi todos los políticos la tienen, en mayor o menor medida, pero ninguno llega ni de lejos al nivel supersónico de Montoro, capaz de emitir falsedades épicas que no guardan ni siquiera esa pequeña sombra de duda sobre su credibilidad.

Hay que decir que esta versión montoresca es la menos agradecida y cómica. El Ministro pierde bastante de su caché como humorista cuando asegura que no ha habido moderación salarial en un país donde la pérdida de poder adquisitivo ha superado con creces la barrera de la decencia –cayendo por tanto en la indecencia los que la han provocado–. Aunque su peor actuación, aquella por la que se hubiera merecido el Premio Razzie, fue sin duda la del ataque directo a Cáritas después de que la organización publicara los datos de pobreza infantil en España, asegurando Montoro que sólo eran casos aislados. El Ministro de Hacienda es tan osado que incluso se enfrenta a una organización católica que goza de un tremendo prestigio en España, especialmente por cierto entre la población conservadora, principal sostén de su gobierno.

(Imagen: zoomnews.es).

Aunque esa versión –llamémosla bellaca– de Montoro es bastante más indeseable que entretenida, hay que reconocer que es la más efectiva a la hora de generar consenso. Después de aquellas declaraciones las críticas fueron generalizadas, a discreción, desde todos los sectores del país, de uno y otro signo, salvo obviamente de los astigmáticos y miopes de elevada dioptría, o directamente imbéciles redomados. Por el bien de los que defendieron al Ministro, quiero pensar que padecen esas taras antes de considerarlos crueles o mal nacidos.

Igualmente, tampoco quiero pensar que el hecho de que el aventurero Cristóbal diga tamañas sandeces implique que sea malo, sino que, como decía otro mítico dibujo animado llamado Jessica Rabbit, “es que le han dibujado así”. Prefiero quedarme con otra imagen de Montoro. La de ese jefe anacrónico, metepatas, enfadica y fácilmente desquiciable de los tebeos, pero al que se le acaba cogiendo cariño. O la de Gollum, que, aunque no deja de ser un villano y una criatura monstruosa, cae simpático. En definitiva, como un sujeto con amplios talentos para la escenografía y la farándula. Algo paradójico, dado que los colectivos que más aborrecen las medidas del Ministro son precisamente los de esos gremios. No es para menos, dado que el jerifalte de Hacienda parece empeñado en acabar con todas las industrias artísticas del país, pese a que le han reclamado públicamente que variara su política criminal respecto al IVA cultural incluso políticos tan poco sospechosos de militancia en las hordas rojas como Francisco Javier León de la Riva. Pero Montoro ni caso. Aunque yo sé por qué es. El creador e intérprete de historias tan célebres como “amnistía en la Monarquía”, “paga el diez por ciento si tienes jeta de cemento” o “el DNI, tararí que te vi”, está alargando la tensión dramática hasta el límite para completar su magna obra, perfeccionando tanto el guión como sus variedades escénicas.

(Imagen: vozpopuli.com).

Evidentemente, esto trae un pequeño problema y es que Cristóbal Montoro no es una afamada estrella del circo, ni tampoco un monologuista, sino uno de los mandamases del actual gobierno de España. Si uno piensa con detenimiento en este detalle, es cuando empieza a sentir miedo y la cosa ya no parece tan graciosa.

Sin embargo, yo voy a tranquilizar desde esta Buhardilla a todos los españoles. Rajoy no mantiene por capricho, contra viento y marea, a Montoro al frente del fisco –fiasco desde que está él– sino que tiene sus motivos de peso: es el único capaz de solucionar la crisis de Cataluña. Jamás, ni rebuscándolo por debajo de las piedras, encontraría a una persona más idónea para mediar en tamaño conflicto. En algún momento soltará alguna incongruencia, barrabasada o disparate típicamente montoresco que enfadará por igual a la Generalitat y al Gobierno Español. Ese será el principio de la reconciliación y Artur Más y Rajoy acabarán comiendo con albariño y brindando tras los postres con cava catalán, incluso fumándose el cigarrillo de después tras tanta tensión sexual contenida. Y todo será gracias a Montoro. Evidentemente nadie se lo agradecerá públicamente, ni él lo pretenderá, porque aceptará estoicamente su rol, siempre sacrificado en pos de la gloria ajena mientras sigue siendo eternamente el ministro detestado. Pero, precisamente por ello, el generador del consenso por excelencia.

Sin embargo y pese a todas estas gestas, todavía le queda un último reto por conseguir: convertirse en el ministro peor valorado de la historia de la democracia. José Ignacio Wert -otro genio del consenso- se lo ha puesto muy pero que muy complicado, pero la ambición y el afán de superación de Montoro no tienen límites. En el último barómetro del CIS le ha recortado bastante distancia y ya le está soplando la nuca (1,84 de nota frente al 1,42 de Wert).

Y es que no hay nada imposible para nuestro incomparable líder de los recaudadores fiscales de este país, con los que por cierto también ha tenido no pocas polémicas, hasta el punto de que el organismo estatal del que es cabeza visible ha tenido más ceses en circunstancias extrañas que ningún otro en la historia reciente de la democracia. Si bien tal vez el ministro me acusaría de haber extraído dicho dato en base a DNI falsos. Espero por bien del show que no me lo dijera en su versión menos favorecida, sino utilizando ese estilo peculiar, de personajillo tan inverosímil que, de no haber nacido, no habría sido posible inventar. Y es que Hacienda somos (casi) todos, pero como Montoro… No hay otro.

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