Reconciliación sobre el asfalto

Las personas solemos medir la importancia de los momentos por la relevancia de los acontecimientos que se producen durante su transcurso. El día de tu boda o el del nacimiento de tu hijo; aquel en el que finalizaste tus estudios, te compraste tu primer coche o besaste por primera vez al amor de tu vida. También están los sucesos negativos que te marcan y convierten determinadas fechas en funestas o trágicas: el desahucio, la muerte de un ser querido, el despido del trabajo, un accidente de especial gravedad…

Cuantos más momentos de ese calibre hayan salpicado una existencia, normalmente mayor es la percepción de que esta ha sido intensa, para bien o para mal. Si se han producido muchos cambios a lo largo de una vida y estos han sido significativos, entonces prevalece la sensación de que al menos ha sido interesante. Otra cosa es que hay merecido la pena o no; eso dependerá de cómo haya salido parado cada uno.

Sin embargo, muy pocas veces acostumbramos a poner atención a esos pequeños detalles que de vez en cuando, en absoluto todos los días, aunque sí más de lo que pudiera parecer, tienen lugar mientras nos movemos por este planeta de locos. Ello a pesar de que, por sí mismos y sobre todo en conexión con otros, pueden encerrar toda una revelación respecto a algo, un significado verdaderamente trascendente. Unas veces constituyen un fin de ciclo que expira sutilmente, otras un retorno de algo que se creyó perdido con cambio de piel; pueden suponer toda una reunión de elementos del pasado para enseñar algo al presente o tal vez únicamente un mensaje de esperanza cuando te domina la desconfianza hacia aquello que antes era tu anclaje.

De repente estás andando por las calles de una ciudad habitualmente inhóspita que últimamente te da la espalda más de lo normal y se muestra rácana en oportunidades, depresiva en emociones, esquiva en respuestas; comatosa en abrazos y sonrisas. Hasta los perros fieles se escapan de sus dueños y hacen piña con los gatos brincando por los tejados, aunque se topan con mamotrencos de edificios que rompen la unidad de altura cada dos por tres. En el sexto salto directamente no pueden continuar. Tienen dos opciones, a cada cual más desoladora: caer al vacío o quedarse mirando pusilánimemente las paredes de cemento que los flanquean.

Existe una tercera vía, pero aún no se ha explorado, al menos en esa ciudad por la que transitas hoy: desandar el camino, lo cual implicaría dar saltos hacia atrás y establecer otra ruta. Aunque la especulación hizo demasiados estragos incluso antes de que se empezara a especular con tus esperanzas y las mías…

A veces me planteo si el asfalto aquí tiene un tono más gris que el corriente, y eso que ahora luce el sol mientras paso frente a esa Academia que resplandece especialmente en este tipo de tardes. Un poco más allá, llega el frescor del agua más poética de todo el país. Pero ni siquiera con esas se reblandece la dureza del pavimento. Las baldosas se encajan fuertemente, ocupando su sitio con solidez, encorsetadas, no permitiendo ni una rendija para que alguien o algo se cuele entre ellas.

Sobre ellas caminas cuando me ves desde lejos y te regalo una sonrisa, la mejor que tengo. Es posible que me hayas resultado atractivo, aunque no es esa la razón por la que trato de que detengas tu paso, que va a un ritmo algo más pausado de lo normal y adquiere una cadencia aún más ralentizada cuando localizas mis ojos. Puede que no me conozcas, pero en realidad te das cuenta al instante de que me vuelves a ver después de muchos años. Necesito contarte que represento a una organización orientada a la protección de los derechos de la infancia y dedicada a realizar proyectos de desarrollo en comunidades del Tercer Mundo. Sé que eres una persona generosa y quieres participar, poner tu granito de arena para que este planeta sea un poco mejor.

Es cierto que a mí también me conviene que lo hagas porque mi trabajo depende de ello, dado que la actividad a la que me dedico está explotada por una empresa de marketing que funciona en base a técnicas comerciales. Pero sé que mañana se acaba el mes y no voy a cumplir el objetivo, así que en realidad me planteo si no te he pedido que te parases porque me apetecía conversar contigo. O quizá se deba a que me siento muy identificada con esta fundación que favorece la precariedad laboral en España mientras predica la abolición de la pobreza en otras zonas de este mundo enfermo. Tú también lo estabas cuando trabajaste exactamente por las mismas avenidas, bajo los mismos soportales que yo, hace ya siete años.

No tienes nada que ver con el resto de las personas con las que he intentado charlar hoy. Me hablas, me miras, me explicas, me sonríes… Me estás alegrando el día. Quiero hablar un poco más contigo… En verdad sin darme cuenta quiero pasar el resto de la tarde junto a ti, para que me rescates de tanta estupidez y hosquedad como percibo a mi alrededor.

Un poco más allá, frente a los jinetes de bronce que preparan sus armas, apoyado sobre la fachada en la que se nos exige el sacrificio por la Patria, se halla un indigente al que llevo viendo toda la semana. Tiene el semblante roto, desolado; a veces trato de evitar cruzarme con su mirada. No sé si hago bien pidiendo a la gente que contribuya a aliviar el mal que se halla a miles de kilómetros de distancia de aquí cuando en mi movimiento pendular, desde el cruce por el que surges como un milagro hasta la batalla ecuestre, reparo continuamente en que él está ahí, como refugiado en una esquina. A los transeúntes de esta ciudad en la que hoy luce el sol (aunque el astro no refulja sobre sus rostros agrios), no parecemos importarles. Ni él ni yo.

Al menos a mí me miran, constatan mi presencia. Soy joven, ciertamente considero que no estoy mal físicamente y con mi entusiasmo y mi voluntad por sacar este curro adelante hago por que me noten. Él no hace nada, sólo está ahí encogido, probablemente avergonzado por pedir limosna, aunque en realidad no solicita nada. Y sin embargo tú sí lo ves. Lo sé porque, cuando me dejas a mí para proseguir tu marcha, lo miras. Me enternece el gesto que adoptas y eso hace que me caigas aún mejor.

Me fijo un poco más en él. En realidad es apuesto y mucho más joven de lo que yo pensaba. Pero le afean las marcas de la pobreza que lleva impresas sin remisión en cada uno de los elementos que conforman su conjunto. Reflexiono brevemente que tampoco hay tanta diferencia entre tú y él, quizá sólo circunstancias coyunturales no elegidas. Las mismas que determinaron en su día que Usana, la niña a la que supuestamente tú tienes apadrinada desde hace siete años, naciera en Nigeria entre la miseria.

Mientras recapacito sobre estas cosas tú te has esfumado de mi vista y no he podido observar los últimos metros que abarcaban mi campo de visión antes de que giraras hacia la izquierda –en ti, no podía ser de otra manera– y fueras a acometer tu tarea. Aunque yo ya no te puedo ver, sé que te diriges a un punto indeterminado de la ciudad para cubrir una historia. Es a lo que te dedicas, aunque no me lo hayas dicho. Sé que por tu cabeza ronda la idea de que ha sido una verdadera casualidad encontrarme, aunque no me conocieras.

Esta mañana recibiste un agradecimiento inesperado y para ti tiene algo que ver con nuestra pequeña e insignificante, pero, para mí, valiosísima conversación. El único presunto amor de tu vida, aquel que nació cuando intentabais ambos sanar a la esquizofrénica Tierra, según tu prisma de entonces (que ahora consideras pueril, pese a que mantengas el vínculo artificial con Usana), te escribió por la mañana; esta mañana que está tan presente en ti ahora que ya declina la tarde. No le debías nada, más allá de un reproche por la cobardía de entonces, pero yo sé que tú no eres así. Eso te hace diferente. Eso provoca que yo te haya encontrado hoy, a unos pocos metros de este tipo con aspecto de holandés errante al que desde que te has ido no puedo dejar de mirar. No guardas rencor y siempre has creído, al igual que yo, en la igualdad, en las segundas oportunidades y en las sonrisas, aunque a veces se te olvide que esa es tu esencia. ¡No te preocupes! Por eso me has hallado hoy, cuando el sol estaba en su punto álgido, para que te lo recuerde.

Yo quiero ser guía informativa, ¿te lo he dicho? Creo que no. Hay tantas cosas que no te he podido contar en esos pequeños instantes… Pero sé que tú te estás acordando de mí y del mendigo forzoso a tiempo completo, y eso me reconforta. Piensas, piensas sin parar, interpretas los pequeños detalles continuamente. Tú eres así. Los mensajes, nuestro encuentro, este que pasa la tarde junto a mí, sometido a un régimen encubierto de esclavitud occidental, y que tal vez también ha apreciado esa mirada empática que la has dirigido.

Súbitamente, siento que él (este al que casi ya considero compañero), de pronto cambia de gesto, como si se estremeciera. No puede ser de frío; hoy en esta ciudad de extremos aparentemente irreconciliables hace calor. Recibo dos malas contestaciones. No pasa nada, no me afecta. Es mi último día. Yo me dedicaré a otra cosa. Pero esos rechazos, esas demostraciones de antipatía me hacen añorarte todavía más. ¿Por qué no vuelves? Sé que estás ocupado en una labor más importante: tienes que hablar con ella.

Esa chica podría ser hermosa pero, al igual que mi acompañante en esta jornada vespertina de contestaciones cortantes, sólo es joven. Parece que soporta mejor que él su existencia pordiosera y de hecho intuyo que estás conversando con ella precisamente sobre eso. Le preguntas por muchas otras cosas. Qué sucedió, por qué ocurrió, cómo… Cuestiones que le formulas sin ningún ápice de impersonalidad. No puedes, aunque se supone que es lo que deberías hacer. Para eso nunca valdrás.

De hecho, empatizas con su situación o al menos lo intentas; te sientas junto a ella, le hablas a la misma altura, mientras los viandantes de esta ciudad (sí, nuestra ciudad hostil, que no es la de ella ni la de él) discurren chutándose con los picos de su vida como si sólo les importara su cresta de la ola o su Cabo de Hornos. Ella no es toxicómana, ni drogadicta, ni alcohólica. Tienes una cierta sensación de esperanza hacia ella (te sorprendes, porque no la sueles tener hacia ti mismo) pues te demuestra ganas, optimismo, una cierta voluntad para luchar e incluso algunas armas inesperadas, que no están esculpidas en bronce, sino que son blandidas a medida que ella pronuncia palabras que agita el viento ligero de esta tarde ya casi crepuscular.

No está derrotada. A diferencia de él, que sí lo parece. Por eso no me acerco, ni le hablo; creo que no quiere. Es más, pienso que me odia. Que lleva toda la semana despreciándome en silencio, repugnando cada nuevo trayecto de cincuenta metros que recorro, desde la estatua hasta la esquina donde te vi aparecer por primera vez. ¡Cómo me tranquiliza en estas oleadas de ansiedad el sonido de la fuente! Ojalá volvieras a aparecer frente a mí. Hablaríamos de otras cosas. De ella, de él, de lo qué hacías; de tu amor perdido que hoy no compensó con su gratitud insospechada las miles de decepciones que te causó.

Te despides de ella con dos besos, algo que provoca momentáneamente su sorpresa y un par de miradas de soslayo, más celosas que recriminatorias, quiero pensar. Tú no lo haces, porque has perdido la fe en ellos, en tus vecinos. Te has contagiado de su café con mala leche, de su medio limón, de su violeta desteñida, de sus pases de ciudad taurina, de su rencor sin venganza, de su cigarro de boquilla, de su violencia sin revolución, de su desaire al respirar, de sus beatas sin hábitos, de sus zorrillos sin astucia, de su autoestima por los suelos.

Y todo esto lo llevas reflejado en el brillo de tus ojos, con una rabia contenida pero palpable, cuando, casi sin creérmelo, apareces de nuevo.

Lo transportas mientras caminas con ese aire luchador de héroe caído que se afana encantadoramente en mostrar que está en pie, de bohemio de buhardilla sin otro polvo que el del pasado, de romántico empedernido flotando por las aceras. Me ves antes de que yo pronuncie palabra y te paras. Y otra vez me alegras el día, me libras de la ligera inquietud que se había apoderado extrañamente de mí. De nuevo contemplas como nadie más lo hace a ese respecto al que he imaginado ya una bonita historia de trovador urbano que un buen día tuvo la desgracia de perder su don. Por eso ahora está tan mustio y ha perdido la esperanza. Esa misma que tú has intentado antes darle a ella y que, tal vez sin saberlo, yo me he tomado muy a pecho.

Me sueltas todas esas cosas sobre nuestra gente, nuestros hermanos y hermanas que no creen ni en sí mismos y desvalorizan lo bueno que tienen, comportándose sin laurel, pisoteando el orgullo como si fuera un césped de segunda, echando vertidos a ese río donde se hundió el morado, abandonando al rojo del infierno a ese amarillo que les dio gloria y fama en otros tiempos.

Me dices que tienes varias teorías sobre esa amargura, mientras camino al lado tuyo unos instantes más antes de que te dirijas a tu nuevo destino. Sé que te quedan muchas cosas por hacer… Yo no te quiero entretener, aunque a lo mejor deseas que lo haga. En cualquier caso, necesito seguir trabajando cerca de mi compañero, tratando de convencer a esos de los que casi reniegas de que dejen de renegar tanto. Me aseguras que es envidia, complejo de inferioridad por no ser todo lo que en un buen día se pudo ser. Por tanta destrucción de épocas pasadas. Por tanto expolio y fracaso. Por tantos amores que faltan y te hacen viejo de repente.

Puede ser. Pero noto como encontrarte conmigo te devuelve algo. Te pierdo otra vez; no puedo hacer nada por retenerte. Tienes que continuar tu camino. Sin embargo, me dejas en un papel una pista para poder seguirte el rastro si algún día me encuentro con la necesidad de hacerlo. Si llega ese día en el que precise recordarme a mí misma, para luego recordártelo a ti, que por estas calles transita gente que merece la pena y que la mejor prueba eres tú.

Ya te has esfumado. Quedan pocos minutos para que la tarde se acabe y, por lo tanto, mi trabajo. Volveré a ser sólo un proyecto de guía. Como ella es un proyecto de mujer hermosa mal ejecutado por culpa de la inmundicia moral. Pero tiene optimismo. Y esperanza. Quién sabe si se lo has dado tú. Lo único que sé es que, cuando el ocaso está a punto de culminar, los destellos rojizos del sol poniente iluminan tenuemente en la fachada de las exaltaciones patrias y el rumor de la fuente es más dulce aún por el descenso en el volumen de peatones, una chica de cabello rizado, con una sonrisa de dientes ennegrecidos que podría ser hermosa, le da un beso en los labios al que ha sido mi compañero durante la última semana. Y, aunque ni él ni yo hayamos intercambiado ni una sola palabra, lo veo levantarse por primera vez, mirarme esporádicamente y modificar su gesto agrietado tras su barba dorada y deshilachada.

Entonces, llámame fantasiosa, pero me da la sensación de que en la distancia, ya lejos, en otro punto, tú también sonríes e incluso (perdóname por la ingenuidad, pero te la debo a ti) me da la sensación de que la ciudad entera experimenta un extraño escalofrío, mezcla de culpabilidad, despertar de conciencia y de agradecimiento hacia ellos dos, quienes le han dado una especie de abrazo intangible con su beso, que ella te dedica a ti en silencio.

Las baldosas rígidas se han movido levemente, sobre el asfalto gris hay una breve nota de color, los semáforos tintinean a la vez y las farolas se encienden. Nuestra ciudad de pronto resurge envuelta en un insólito manto de cariño hacia sí misma, curiosamente ahora que este día de sucesos insignificantes agoniza, después de haberse colado través de sus entrañas, permitiéndole traslucir una pizca de su alma doliente y arrepentida por tanta confrontación interior, inútil y atormentada.

En Nigeria una niña llora, pero su madre desde hace algunos años sí que puede alimentarla. Sueña con poder darle de comer esperanza algún día. Ella y él se abrazan mientras caminan sobre las calles inusualmente temblorosas y de vez en cuando se echan miradas de deseo que ni siquiera la pobreza y la desesperanza consiguieron quebrar. Tú te encuentras con otro amor lejano y perdido que te hace demorar un poco más tu camino a casa, durante el cual siento que ahondas en tus reflexiones inesperadamente esperanzadas. Cómo me gustaría que entre ellas estuviera yo… Yo, que me quedo mirando a la fuente, mientras la noche se presenta definitivamente y espero a que llegue un nuevo día con la esperanza de encontrarte otra vez.

Dedicado a Sara, con la esperanza de que lo lea. 

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