Ciudad con tapones

Los Holy Rollers son una banda madrileña que hace versiones de temas clásicos de rock y blues. La Joven Orquesta de la Universidad de Valladolid (JOUVA) y el Grupo de Música Antigua de la Universidad de Valladolid son dos conjuntos que principalmente ejecutan temas de Música de Cámara.

Pese al abismo que aparentemente separa el estilo de estas formaciones musicales, en el fondo integran el mismo colectivo y su pasión es la misma. El objetivo de ambas es también idéntico. Sobre todo buscan expresar su arte, utilizando para ello instrumentos, incluida su propia voz. Pero también quieren mostrarlo al mundo. Les gusta ser escuchados y, a poder ser, aplaudidos. Contar con la mayor asistencia de público posible y que este sea animoso, entusiasta y justo en sus valoraciones.

El sábado pasado se dio la feliz coincidencia de que tuve la oportunidad de presenciar los dos conciertos que realizaron en Valladolid estos grupos de música. Holy Rollers actuaron al aire libre en la Plaza de Portugalete, mientras que las mencionadas agrupaciones musicales de la Universidad de Valladolid se unieron en el Palacio de Congresos Conde Ansúrez –un recinto maravilloso poco conocido por los vallisoletanos, dicho sea de paso– para ofrecer un recital conjunto de piezas instrumentales y vocales.

Actuación el sábado 10 de mayo en el Palacio de Congresos Conde Ansúrez. (Imagen: JOUVA).

Ambos espectáculos fueron gratuitos. Algo inversamente proporcional a la calidad musical exhibida, que resultó realmente espectacular. La ecuación obviamente debería ser compensada por una asistencia masiva de público. Sin embargo, no fue así.

Hay que recordar que tuvieron lugar a última hora de la tarde del sábado, con un tiempo veraniego en la capital del Pisuerga. Justo es decir que los Holy Rollers vieron como la concurrencia crecía progresivamente, de forma lenta pero segura, debido a que los transeúntes que pasaban por la zona se quedaban a escucharlos y allí se acabó reuniendo un relativamente nutrido grupo de parroquianos. Pero no en número excesivo. Cierto es también que la ovación en el Palacio Conde Ansúrez fue atronadora –como no podía ser de otra manera–, y que la entrega de la gente en Portugalete fue extraordinaria, sobre todo por parte de los miembros del Rock & Roll Club Valladolid –en efecto, existe tal colectivo en Valladolid. ¿Sorprendido? ¿Estupefacta?–. Hasta tres veces tuvieron que volver al escenario el cuarteto madrileño, porque el aliento no cesaba y cada tema fue bailado con una energía apabullante y con no poco virtuosismo por personas de todas las edades. Me emocionó especialmente ver a niños –sobre todo niñas–, algunos muy pequeños, convertidos en auténticos príncipes del rockabilly.

Concierto de The Holy Rollers el sábado 10 de mayo en Valladolid. (Imagen: The Holy Rollers).

¡Pero, ay! Valladolid no acudió en masa a las citas. No hubo gentío descomunal. Había bastantes butacas libres en el Palacio y abundantes espacios en esa pista de baile al aire libre en la que se convirtió uno de los laterales de la Catedral. De no haber sido por los miembros del antedicho club de rock y por los familiares de los músicos y cantantes de los grupos universitarios, tengo mis serias dudas de que aquello no hubiera tenido apariencia de desierto urbano. Y eso que no tenías que aflojar ni un chavo, tron… Eso pese a que usted no debía abonar cantidad monetaria alguna para adquirir la localidad. Entretanto, las terrazas de las cafeterías, bares y demás garitos circundantes aparecían petadas de adolescentes pre nocturnos, borrachos post diurnos, parejitas ante-embarazo, veteranos antiabortistas y demás fauna urbana pucelana.

Ni mucho menos se trata de sucesos extraordinarios, sólo un ejemplo reciente que he tomado como excusa para soltar estas parrafadas. Lo sé bien, por haber sido fraile antes que cura y hacer cura antes de meterme a monaguillo (aunque no pase cepillo).

Público bailando durante la actuación de Holy Rollers. (Imagen: The Holy Rollers).

¿Cuáles son las razones que explican el aparente rechazo de Valladolid a la música? Sin conocer uno demasiado los intríngulis y revueltas de este municipio de violeta desvirtuado uno podría pensar que la población sufre una peculiar plaga de tapones de cera. Sus oídos, tal vez afectos de hemorragia interna por tanta chaqueta como meten los pringaos que ruedan por estos lares, han perdido la capacidad de escuchar armonías. Es posible que las Trompas de Eustaquio pucelanas en algún momento dijeran basta, estallando por tanta apisonadora, perforadora y taladradora como inundaron el sonido ambiente de esta nuestra ciudad en los tiempos de bonanza, cuando se levantaban calles como quien levanta parejas a otros. Siempre fue más de gusto del eterno alcalde León de la Riva observar agujeros y zanjas que escuchar notas y palabras, con rima o sin ella. Incluso uno se podría llegar a plantear si los habitantes de esta noble villa con título de ciudad desde 1596 no padecen algún tipo de extraña afección de difícil diagnóstico y peor remedio, cuyos síntomas son básicamente la entrada de cosas por el órgano auditivo izquierdo y la inmediata salida por el derecho.

No obstante, ninguna de estas causas, por interesantes e incluso científicas que pudieran resultar, me parece suficiente como para justificar el desafecto que profesa la ciudadanía pucelana respecto a la música.

No se puede pasar por alto, para comprender mejor la idiosincrasia del lugar, que aquí los conciertos en bares están terminantemente prohibidos, al igual que la música en la calle, excepto cuando el Ayuntamiento concede permisos especiales en días determinados. El resto del año la música en directo queda confinada a los tres o cuatro locales grandes que poseen licencia de sala de fiestas al reunir unas condiciones muy específicas, imposibles de cumplir para todos los demás establecimientos. Tocar música en las calles pucelanas o en uno de sus baretos es ilegal y perseguido, a diferencia de lo que ocurre con el botellón integrado por consumiciones sacadas de restaurantes de cuarenta euros el tenedor. Cierto es que la infame normativa es de ámbito regional (la dictó en 2009 la Junta de Castilla y León), pero no es menos cierto que la única ciudad donde se aplica con rigor de catecismo en tiempos de Inquisición es Valladolid, nadie sabe por qué oscuro motivo, si bien existen miles de leyendas urbanas al respecto, ninguna confirmada hasta la fecha. Este tema lo comentaré con mayor detalle en otro artículo, pues lo conozco en profundidad. Baste aquí sólo dejarlo mencionado para comprensión global del contexto.

Actuación de la banda Rhinestones en la sala Portacaeli, uno de los pocos locales de Valladolid con licencia para programar conciertos. (Imagen: Mar García).

Esta circunstancia, que debería en buena lógica haber indignado a la ciudadanía por haberle sido arrebatado uno de sus elementos de ocio, ha generado sin embargo desde que comenzó a producirse una total indiferencia en la inmensa mayoría de la población, cuando no aplauso, celebrando así los tragaldabas y tías melitonas no ver incomodado su disfrute del zaca-zaca (que diría mi tío) y cierto tipo de vetustos de inmueble céntrico no notar perturbado su perpetuo descanso de sillón, Televisión Española y paseo al banco para actualizar la cartilla.

Es curioso lo de estos últimos, ya que existen otra clase de personas mayores que adoran la música en directo y siguen llenando la Pérgola del Campo Grande cuando hay actuación, que, si bien no de muy exquisita calidad, música es a fin de cuentas. De hecho, mi abuela siempre recuerda con tremenda añoranza lo mucho que disfrutaban mi abuelo y ella cuando había orquestas de gran calidad en dicho espacio y buenos conjuntos en otros locales de la ciudad, prácticamente a diario. Ello por no hablar de las zarzuelas, muy habituales en el Teatro Zorrilla y no tanto en el Calderón, aunque esto lógicamente ya se aleja del análisis, pues la entrada no era gratuita.

El alcalde de Valladolid, bailando en la Pérgola del Campo Grande. (Imagen: http://www.tribunasalamanca.com).

Pero en la actualidad la cultura musical de la ciudad es verdaderamente lamentable. No sólo por la prohibición. Viene de mucho antes. Es verdad que el actual equipo de gobierno (que también es el pasado y el antiguo, porque lleva tantos años que se difuminan los límites temporales) ha realizado tradicionalmente una política de desprecio absoluto a la música y a la cultura alternativa en general. Sin embargo, sería un craso error echar toda la culpa al alcalde y sus acólitos. Es verdad que tienen una importante porción de la misma por haber favorecido un clima urbano de insulsos ruidos que no dicen nada, en vez de dejar que el ecosistema pucelano fuera invadido por partituras, golpes de guitarra, percusiones que invitan al movimiento y voces que generan sensaciones.

Pero hay otros agentes que no han hecho nada para que esa penosa situación variara. Por ejemplo, la mayoría de los medios de comunicación locales también tienen su parte de responsabilidad, ofreciendo una difusión escasísima, cuando no nula, de los eventos musicales, y no haciéndose apenas eco de noticias vinculadas al tema. Lo he comprobado en las informaciones relacionadas con estas fiestas de San Pedro Regalado que ayer terminaron. También hay que decir en su descargo que el Ayuntamiento hace un esfuerzo irrisorio por generar esa difusión, pero la labor del Periodismo en teoría es hacerse eco de los acontecimientos que resulten de interés para los ciudadanos y no de lo que les sirven ya cocinados los poderes públicos y económicos. Por supuesto, parte de la responsabilidad también es de la propia ciudadanía pucelana, que ha seguido el rollo desde hace años a León de la Riva y a sus secuaces, dándoles la razón para mayor hinchazón de su ego en sus planteamientos sobre la cultura de la ciudad, mezclada con el ocio y el negocio, basados en gastronomía de lujo aderezada con tapa achaparrada a dos euros cincuenta en caseta de feria, cine de extrarradio en centro comercial, ascensores religiosos y musicales famosos a precios de marquesado contrarrestados por conciertos de inofensivos artistas de radiofórmula en fiestas destinados al populacho sin cuartos.

La Plaza Mayor de Valladolid llena durante un concierto en Ferias. (Imagen: vayaciudad.es).

Vivimos una época de tal amorfismo general que la música en directo es vital a nivel psicosocial. Porque hace que las mentes se desatasquen, salgan de la atrofia emocional, que las personas se desinhiban y saquen la rabia contenida de una forma sana y constructiva, que las gentes sientan pero también reflexionen al escuchar canciones, porque el arte es vehículo de conocimiento y ante todo de historias, o simplemente para que los vecinos se reúnan, canten, bailen y gocen juntos. Tengo la teoría, sé que bastante poco compartida, de que la cultura, y sobre todo la música, ayudarían mucho al pueblo español a salir de esa depresión colectiva que sufre desde hace muchos más años de los que se quiere reconocer. Lo he presenciado muchas veces. Personas que acudían muy bajas de moral a un concierto y acababan saltando, riendo con personas desconocidas, haciendo bromas y con una alegría que les ayudaba a afrontar después mejor su complicada realidad.

Sin embargo, ese tipo de valioso entretenimiento cultural no es en absoluto frecuente en Valladolid, especialmente entre la gente joven. Fuera aparte de la prohibición antes comentada, no existe apenas costumbre de acudir a conciertos, excepto cuando en Ferias viene el típico artista mediático y comercial de turno que llena la Plaza Mayor. El resto del año la gente en Valladolid desdeña mayoritariamente los eventos culturales y se refugia en otro tipo de actividades. Los que pueden gastan dinero en bares y los que no se quedan en casa viendo videos de youtube (o de youporn, según los gustos). Ni siquiera durante el medio año de calor (mucho) que hay en Pucela se tiende a programar actividades musicales gratuitas y al aire libre, salvo eventos diseminados y esporádicos como El Día de la Música o el Valladolid Actúa, que tampoco suelen conseguir congregar a demasiada gente, no copan páginas de periódicos ni espacios en radios y televisiones. Esto es muy achacable a la política del Consistorio, pero también a los ciudadanos, que se desinteresan por la celebración de espectáculos musicales y tampoco transmiten a los más pequeños el gusto por ellos.

Actuación en Portugalete durante el Día de la Música 2009. (Imagen: El Mundo).

Por eso resultaba tan agradable ver en el concierto de Holy Rollers a aquellas niñas bailando con una energía tremenda hasta el último tema de la banda madrileña, desprendiendo una sensación de alegría como yo no he visto en ningún crío en mucho tiempo (y lo dice alguien que por circunstancias profesionales y personales, está en contacto diario con niños).

Candeal en concierto. (Imagen: El Norte de Castilla).

En realidad miento, pues la volví a ver ayer reflejada en el rostro de una niña muy pequeña que se conocía casi todas las canciones de Candeal y gozó como nadie el concierto del sempiterno dúo de temas tradicionales castellanos, todo un referente y orgullo para la ciudad y la tierra, pero que tristemente atrae cada año a menos público. Y no será porque ellos hayan bajado su nivel, pues Toño y Félix continúan enganchando como el primer día que los vi en directo, hace ya muchos años. Disfrutan y siguen haciendo disfrutar a los que vamos a sus conciertos con sus coplillas, romances, jotas y demás repertorio con el que cualquier castellano se puede sentir identificado. Lástima que la mayor parte de la ciudad no lo entienda así y les deje casi en familia cantando aquello de “levántate morenita, levántate resalada, levántate que ya llega el lucero de la mañana, levántate”.

Se ve que a pesar de la insistencia, ni la tal morena ni su buen mozo hicieron mucho caso y pasaron la noche de San Pedro tirados en el sillón entre mantas (que hacía rasca), deglutiendo algo de comida precocinada y haciendo zapping hasta que toparon con alguno de esos programas de cantantes de karaoke que tanto abundan en la parrilla televisiva.

Luego se colocaron tapones para dormir, a fin de no escuchar los ronquidos del otro.

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