Mi mujer

Conozco una variedad amplísima de personalidades femeninas. Un número que aumenta a medida que yo me hago menos deseable por fuera y tal vez más sabio por dentro. Crece como lo hace mi fascinación, en los parapentes de mi vida. De ellos me cuelgo cuando las escucho, con sus infinitas posibilidades y formas de enseñar su riqueza personal.

Aprendo cada día más cosas de mis amigas. Únicamente deseo que no desaprendan demasiado conmigo, aunque presiento que lo saben casi todo de la mente y el corazón y mi única ayuda es aportarles un torpe muestreo de palabras bien enunciadas. Parece que dicen mucho y me consuelo cuando noto que alivio su desazón.

Esa zozobra tan encantadora como dañina para sus cerebros, que analizan las cosas más allá de los límites espacio-tiempo, cortoplacistas e impulsivos en los que se suelen mover los seres masculinos recubiertos de carne, genitales y sentido práctico del momento. Su falta de perspectiva nos llevó a este mar angosto, que se vistió de libertad cristalina y no fue más que un estrecho con olas que se chocaban contra los límites estrechos de la tierra podrida.

Masculina deshumanización. También de esas mujeres que renunciaron a su raciocinio inquieto y se plegaron a las ilusorias fantasías de los hombres que las acompañan, incapaces de ver más allá de un tablero de juegos en el que todo vale para aplastar al contrario. Bendita falta de competitividad femenina. Yo también deseo jugar con vosotras, pero me niego a hacerlo contra ellos. Soy consciente de que nunca ganaré, pero me conformaré si algún día no tengo que sufrir vuestra pérdida.

Hoy precisamente esta palabra maldita me reviste como un trozo de papel de cocina que poco a poco se va convirtiendo en jirones excepto en su centro. Ahí bombea mi sangre aprisionada que lucha por librarse de las tenazas que la comprimen.

Algún día reventaremos todos y entonces todo se teñirá de sentimientos. Quizá ese día sólo queden sobre la tierra las mujeres y algún perro. Los cerdos se ahogarán en su propio fango y los buitres se atragantarán con la carroña. También habrán desaparecido los camaleones y posiblemente no tardarán demasiado en ser exterminados los pájaros carnívoros sin nido.

Las ametralladoras se cobran su factura cuando las hembras caen en la cuenta de que también pueden ser gregarias. El grupo de machos se revuelve con estúpidos gestos de incomprensión ante la derrota. Hay bombas en territorios hostiles, detonadas desde los lugares donde se pace con frugalidad. Los huesos se indigestan tarde o temprano.

Aquel día, no obstante, aún después de la aniquilación masculina, tú seguirás esperándolo a que vuelva de su cruzada en nombre de la patria con apellidos de humanidad. Mientras por las noches tus pesadillas resultan más agradables que los sueños acerca de sus misiones secretas. No menciones su apodo en clave, que la llave está cerrada desde hace demasiado tiempo, niña ingenua. Eres más mujer cuanto más piensas en ese imposible, pero menos adulta. Tú lo sabes y yo lo sé mientras nos escuchamos en un sobreentendido femenino, donde yo te miento por amistad y tú te engañas por necesidad.

En la última de las orillas que haya sobre el planeta, frente al único lago que todavía no se haya secado por completo, alguien te observará combatiendo junto a él inútilmente contra la paz de esas aguas mansas sobre las que el reflejo del sol se esté convirtiendo en una agonía dulce. Tal vez entonces, mientras lo ves en su barca estúpidamente a la deriva, pese a la ausencia de dudas en la corriente plácida, decidirás aguardar allí donde crecen flores a lo largo de la ribera. Aunque entiendo que no querrás matar a la chiquilla soñadora que alojas en tu interior y que preferirás seguir llorando para que siempre exista un embalse con el que oxigenar la vista fatigada.

Sé que estás cansada y que tus fuerzas cada vez se hayan más deterioradas. Pero hoy tuviste tres motivos para odiar menos a la humanidad. En aquel prado verde nos encontramos frente a frente con su locura y decidiste que preferías mi compañía o tu soledad antes de regresar a la morada de su amenaza y tu pánico.

Lucías un rojo de sufrimiento, pasión y combate. Percibí que no te resignarías, ahora lo tengo tan claro como el sol que nos iluminaba y la tranquilidad que nos inundaba.

Llegará un día en el que tu halo sufriente no necesitará correa y podrá correr libre sin asustar a nadie. Ya no parecerá un fantasma angustiado y revoltoso, será la prolongación de tu esencia de mujer. Maravillosa como no he conocido. Angustiada por entereza y valentía. Resistente por cojones. Los mismos que a ellos les faltan cuando te maltratan o se desentienden de tu dolor.

Mejor pensar que es ignorancia y no egoísmo, nos dijimos mientras mirábamos a las chicas de las toallas que te hicieron sonreír entre lágrimas. En ese paisaje desierto de civilización donde había un apocalipsis masculino al que sobrevivisteis vosotras y un perro.

Mientras, yo me alejaba entre la bruma ilusoria creada por los rayos del mediodía, deseando que Natalia Infante se adueñara una vez más de la Máscara del Mundo de los hombres. Ella, mi más fiel amiga. Porque nació de mí y vive por encima de mi exterior masculino. Allí donde habitan mis pensamientos y mis sueños de mujer.

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2 respuestas a Mi mujer

  1. Bar dijo:

    Esta buhardilla se va llenando ,espero y deseo seguir recorriendo sus paredes, gran trabajo y gran autor.

    • alber4 dijo:

      Mil gracias. Esas paredes de las que hablas se irán ensanchando si mis lectores y lectoras aprecian sólo la mitad que tú los muebles que voy colocando entre ellas. Besos.

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