El sótano de mi Buhardilla

Cuando me instalé en esta Buhardilla hace ya cinco meses era consciente de que, paradójicamente, estaba iniciando una bajada a las profundidades de la realidad. Al inframundo de la sinrazón humana. A las alcantarillas más inmundas de la sociedad. En el fondo sabía que mi Buhardilla tenía mucho de sótano inundado por ratas y otros seres repugnantes que vendrían cada poco tiempo a soliviantarme, a sacar esa rabia contenida y racional que me llevara a denunciar su asquerosa presencia, así como sus indeseables actitudes.

Sin embargo, jamás imaginé que establecerme en esta alcoba en la que a ratos tan a gusto me encuentro, implicaría un descenso tan brutal a los confines más recónditos e inimaginables de la locura, la maldad y la ruindad humanas; la crueldad en su máxima esencia, como sólo podía intuir por una percepción que todos tenemos y que desearíamos que sólo fuera fantasía atroz.

El destino está dando un mandoble a todas mis presunciones sobre el comportamiento humano como nunca lo hubiera siquiera presentido, devolviéndome a un estadio donde la razón sólo sirve para actuar con la suficiente prudencia; derrumbando mis convicciones de adulto, algo sofistas, relativistas; esas que de adolescente detestaba; incluso ataca a la bien lograda ecuanimidad de la que tanto presumo.

Tal vez era eso lo que en el fondo necesitaba y aquello que dota de completo sentido a este cuarto virtual. Contemplar la maldad hecha carne en su más primitiva manifestación, hallarme con ella de frente, dejar de pensar que la enfermedad y la locura justifican todo tipo de actitudes destructivas que existen sobre la faz de la Tierra y convierten en víctimas a quienes las padecen. Ahora me doy cuenta de mi ingenuidad, yo que a veces me considero sabio modesto y que voy de conocedor de las diferentes capas de la realidad, como en mi Máscara del Mundo.

Durante años he intentado despojarme de esa maniquea idea que todos albergamos en mayor o menor medida cuando tenemos una conciencia muy moralista y que establece la lucha sin cuartel de dos fuerzas antinómicas, una buena y una mala. Con la experiencia de la vida uno aprende que ni mucho menos es siempre así, que el caminar está tremendamente teñido de grises, como el asfalto por el que pisamos. Cuando uno madura, va haciéndose defensor de la teoría de que cualquier ser humano tiene bondad y maldad casi a partes iguales y que los motivos por los cuales ese incómodo equilibrio se vence hacia el lado oscuro son los reveses del mundo y los problemas psicológicos. Nadie es malo, simplemente son las circunstancias las que provocan determinados comportamientos nocivos en los seres enfermos. Y tener presente tal círculo vicioso los hace merecedores de lástima, ayuda y comprensión.

Hoy, después de muchos años combatiendo verbalmente con esa idea a los forofos de los púlpitos, a los radicales del bien, a los hollywoodienses y a los beatos moralistas, me veo obligado a rectificar en parte. Sigo esgrimiendo la aplicación de ese argumento en un tanto por ciento importantísimo de las ocasiones, pero ya no de modo absoluto. Ese mal que nos enseñaron de pequeños, con el que nos manipularon en gran medida a fin de que sintiéramos miedo hacia todo lo diferente, extraño o fuera de las normas y convenciones, existe. Me refiero al deseo de dañar y destruir, al retorcimiento extremo que busca aniquilar a otra persona para volverla esclava de los deseos propios, utilizando todo tipo de tretas sucias y despreciables, a base de chantajes, coacciones, amenazas, acoso y violencia de todo tipo (especialmente verbal, que a la larga es la que más dolor causa).

Toda esa mierda repulsiva y denigrante se halla en algunas personas, quiero pensar que no muchas, que forman parte de esta humanidad que algunas veces dan ganas de calificar como detestable. No hace falta irse a un país africano donde los señores de la guerra emplean a críos indefensos para que empuñen las armas contra sus semejantes o incluso sus propias familias con el fin de lograr una posición de prevalencia política que les de acceso al poder y a la riqueza. Aquí en España hay monstruos que, arrastrados por la enfermedad mental o no (sinceramente, eso me da igual), hacen lo mismo a otros seres humanos (siempre a los más débiles y vulnerables) en sus pequeñas y miserables vidas cotidianas. Su tremendo odio, su demoledora frustración, su absoluto desprecio hacia la raza humana, los conduce a destruir.

Pero existe una diferencia que para mí los hace aún peores que aquellos carniceros que reclutan a niños soldados y violan a mujeres arbitrariamente. Estas criaturas infernales de las que hablo se las apañan para integrarse en la sociedad occidental, cumpliendo todas sus reglas aparentes, hipócritas en su mayoría, y sus leyes establecidas casi únicamente para proteger a los poderosos y montar esa detestable fachada de orden público que todos necesitamos en nuestras cobardes conciencias para lograr la ficción de que tenemos el control.

Los dementes abyectos que abusan de la forma más degradante de otros lo tienen relativamente sencillo para no conculcar ese conjunto de normas en su vida pública y desplegar toda su perversidad en la esfera privada, en los rincones más recónditos de su domicilio, entre las cuatro paredes que consideran sus dominios absolutos, en la penumbra de sus moradas; allí donde piensan que la impunidad es absoluta y que gozan de la libertad total de hacer lo que quieran con todo lo que hay dentro, ya sean objetos materiales o personas, pues para sus cerebros totalitarios no hay ninguna diferencia. Este tipo de personas suelen ser más peligrosas cuanto mayor es su nivel de inteligencia, aunque la maldad y el ánimo de infligir dolor en otros son exactamente los mismos. Sólo cambia el nivel de destrucción hasta el que pueden llegar en función de esa capacidad mental, pero la voluntad malvada es la misma.

La religión cristiana habla del demonio para referirse a todo lo que va en contra de los principios que ella defiende, que obviamente para su credo son los buenos y loables. Se trata de una grandísima mentira, porque el demonio es el propio ser humano que actúa como tal y no una supuesta energía guiada por unos códigos de conducta diabólicos que puede pervertir las mentes humanas. Satanás (por utilizar ese lenguaje de fábula) no es único, aunque yo por suerte sólo tengo consciencia de haber conocido a un satanás. Gracias a (o por culpa de) él, ahora no tengo duda de que hay muchos más.

Pero ellos no me atacarán, ni probablemente tampoco a ti que me lees en tu cálido salón, envuelto en tu vida plácida y tranquila, como lo es la mía. Ellos son los enemigos de los débiles y desamparados, de aquellos que no tienen nada y se hayan sometidos al yugo de la pobreza, el desarraigo, el maltrato y la humillación; al abandono de las empresas privadas y de la beneficencia pública (eso que algunos llaman Estado del Bienestar).

Yo no creo en la pena de muerte bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en el caso de sujetos tan viles, pero no me voy a esconder diciendo que no la merezcan. Como escribí hace mucho tiempo en uno de mis libros (párrafo que curiosamente eliminé cuando lo revisé años después), hay individuos cuya vida sólo es respetable por el mero hecho de tener forma de criatura humana, pero cuya desaparición mejoraría objetivamente la sociedad, que sería mucho más sana sin ellos. Es más, en pura aplicación apriorística del Código Penal, el homicidio a manos de la víctima en estos casos supondría uno de los supuestos eximentes del delito, por las especiales circunstancias de desesperación a las que las abocan sus verdugos.

Me he hartado del buenismo extensible a todo. Hay veces que no sirve y es equivocado. En ocasiones uno necesita bajar al fango, embarrarse, andar con dificultades por el lodazal y manchar después las alfombras de su casa para ver las cosas con mayor limpieza y claridad gracias a la suciedad.

Yo necesitaba bajar al sótano putrefacto y traerme hasta la Buhardilla alguno de sus más repelentes elementos. Aquí lo dejaré a partir de ahora. Para que nunca me olvide de que hay diablos contra los que hay que combatir. Con inteligencia y racionalidad, pero sin ninguna tibieza, piedad ni compasión. Porque no son humanos. Sólo materia con apariencia de ser humano, podrida por fuera y por dentro.

 

 

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