Parloteo real

No me gusta nada seguir los dictados de la actualidad a la hora de introducir un nuevo elemento en este cuartito virtual. Cuando decido hacerlo siento como si estuviese traicionando parte del espíritu de esta Buhardilla, dejándome influenciar de alguna manera por la algarabía del mundanal trasiego y las habladurías de los teatreros del púlpito y sus jefes sombríos y siniestros. Noto como si sus tentáculos me estuvieran atrapando y este mundo lleno de muebles, ideas, sentimientos, emociones y opiniones se viera de algún modo cautivo de su ritmo decadente y cansinamente repetitivo.

Sin embargo, hay acontecimientos cuya fuerza intrínseca y especialmente mediática pueden incluso con los deseos de resistirse a la cíclope sociedad neurótica, así que no me queda más remedio que ser un charlatán más de toda esta historia mayestática.

De eso va el asunto. De parlotear, cuanto más mejor. En realidad, este es un deporte muy español que procede de épocas inmemoriales. De hecho, puede ser que cuando los primitivos guionistas del cine sonoro comenzaron a introducir aquello del indistinct chattering estuvieran pensando en los españoles.

Cuando el rey Juan Carlos I abdicó el pasado lunes, automáticamente se desató en los medios de comunicación de principal difusión una auténtica orgía de tertulianos, analistas, periodistas (también los amarillos y rosa), pseudo expertos, testigos, cronistas, marxistas, franquistas, rentistas, más papistas que el Papa y sobre todo constitucionalistas. De no haber sido porque faltaba el elemento principal de toda bacanal, cual es el sexo, hubiera habido que contratar a miles de personas (mediante contrato temporal por horas) para limpiar los fluidos vaginales y el semen diseminados por doquier. Pero, aún reconociendo que muchos alcanzaron el orgasmo con la noticia, a nadie se le escapa que, como casi todo lo que ocurre en España, para la mayoría fue un coitus interruptus en toda regla por causa de un ciclo menstrual sobrevenido y de periodicidad algo imprevisible, pero no tan inesperado.

La abdicación del Rey. (Imagen: http://www.abc.es).

La mejor prueba de ello es el hecho de que los que verdaderamente saben de esto pronto se dieron cuenta de que la dimisión del Rey no podía tener efectos inmediatos pues se necesitaba una regulación. Curiosamente esta información corrió como la pólvora y fue especialmente comentada entre personas antimonárquicas, que se hicieron en cinco minutos eruditos de las normas sobre la corona. Los republicanos se pusieron así a despotricar a través de las redes sociales y fueron los (poquísimos) medios de cierta relevancia afines a sus postulados los que recogieron esa circunstancia.

En los demás medios (la mayoría) la cosa estaba clara. No existían disquisiciones sobre aburridos legalismos. El Príncipe heredaría el Trono como está establecido en la Constitución y daba exactamente igual que, por puro formalismo, se tuviera que hacer algo tan importante como una Ley Orgánica para ordenarlo jurídicamente.

Esas menudencias no importaban a la gente que se lanzó a darle a la sin hueso. Sólo tocaba comentar miles de cosas sobre la obra y gracia del Rey, repetir las milongas habituales para ensalzar su figura sobre su supuesto papel clave en la estabilidad institucional del país tras la muerte de Franco y pensar en la continuidad de la Monarquía o, por el contrario, en la desaparición de esta. Los programas de periodismo en versión espectáculo se multiplicaron durante todo el día en la pequeña pantalla, los magazines de sabores varios aunque casi todos iguales entre sí estiraron su horario en la parrilla radiofónica y los plumillas, entre los cuales yo me hallo, se pusieron manos a la obra para contar la noticia u opinar sobre ella, cada uno desde un enfoque distinto, tal y como yo estoy haciendo ahora. Soy simplemente uno más.

¿Monarquía o República en España? (Imagen: Cadena SER).

Sin embargo, lo verdaderamente destacado sobre el tratamiento periodístico, o algo que se le parece, respecto a la jubilación real fue la sensación en muchos casos de que las palabras que se escribieron o dijeron ya estaban pensadas desde hacía mucho tiempo, como ingredientes conservados en el frigorífico y destinados a formar parte de una ensalada que no se había aliñado anteriormente porque faltaba la fuente, el continente, la forma. Muchos de esos espacios transmitieron una extraña sensación de comida antigua congelada que tenía una fecha de caducidad a la inversa, cuya leyenda recomendaba que no se consumiera antes de que lo decidieran determinadas personas ajenas a sus fabricantes.

Por poner el ejemplo más relevante, hay que decir que hubiera resultado casi diabólica la previsión casi matemática con la que RTVE lanzó toda su batería de hemeroteca y sacó del armario a toda su tropa de la vieja guardia a fin de soltar real cháchara de no haber sido porque muy probablemente sus máximos responsables conocían la decisión desde hacía días. No hubo ningún problema, nada se dejó al azar. Era imposible fallar. Los trabajadores de la primera cadena de televisión de España están perfectamente acostumbrados a esas tareas de archivo, recopilación y viajes al pasado. “La rutina de costumbre”, que diría el mítico pirata de Asterix y Obelix. El ente público, nuevamente llevando por enseña el ser el medio institucional del Estado, en vez del soporte mediático al servicio del Estado por y para los ciudadanos.

La directora de contenidos de RTVE probablemente lo sabría con anticipación al igual que eran conscientes de la determinación del Monarca Rajoy y Rubalcaba, que ya tenían pactada la Ley Orgánica con la que regularizarán la abdicación de Juan Carlos, así como la sucesión de Felipe en el trono. Lo que para muchos significa perpetuar, aunque sea decorativamente, el régimen de aquel que se hacía llamar Generalísimo.

La noticia de la abdicación en TVE. (Imagen: RTVE).

No se puede negar que la Monarquía española es una institución anacrónica cuyo funcionamiento casa muy mal con la democracia, por mucho que se diga que su papel es testimonial y de que no ejerza poderes efectivos ni en los aspectos legislativos, ni en los ejecutivos ni, por supuesto, en los judiciales. En este sentido, es totalmente lógico que una parte relevante de la ciudadanía pida un referéndum para que sea el pueblo el que decida sobre su continuidad, rechazando la orquestación PPSOE. La consulta (que no tendría efectos vinculantes) debería celebrarse, si bien en el hipotético caso de que tuviera lugar y triunfara la opción republicana sería inviable la reforma constitucional con la configuración actual del Congreso de los Diputados, ya que la Constitución exige mayoría de tres quintos para ello. Mientras el Partido Socialista no varíe su postura oficial monárquica, pese a que haya muchas voces críticas dentro de la formación que la rechacen, no habrá posibilidad de que se plantee tal iniciativa de cambio.

El Congreso de los Diputados. (Imagen: http://www.elperiodico.com)

Resulta curioso que esto le sorprenda a alguien. El PSOE es un partido que tiene una relación realmente extraña y controvertida con la democracia. Por una parte, existen continuas tensiones internas dentro de su seno que reclaman una regeneración y renovación de las claves con las que entender la política, pero por otra parte la cúpula y las personas con peso real en la formación siempre acaban imponiendo la línea ideológica a seguir y las relaciones de poder dentro de la estructura del partido, que no son nada democráticas. Al final, el PSOE opta por la Monarquía porque ante todo busca la estabilidad del sistema que tan bien le ha venido durante años. Del PP nada hay que decir, pues se trata de una organización que únicamente ha respetado la democracia formalmente por mera conveniencia, pero ni cree en ella ni la aplica en prácticamente ninguno de sus pasos, ni hacia dentro ni de cara al exterior.

Ahora bien, el hecho de que lo deseable y lógico, dentro de la normalidad democrática, sería una pregunta a la ciudadanía española sobre el posible cambio de modelo hacia otro realmente basado en la soberanía popular no es óbice para reconocer que ni mucho menos se trata del problema más grave que tiene el país en estos momentos. Ni siquiera el segundo o el tercero. Es normal que a mucha gente no le guste que le impongan una sucesión dictatorial, justificada en derechos hereditarios por motivos de sangre que en su origen se crearon por la fuerza. Pero de ahí a convertirlo en un asunto capital, de trascendencia decisiva para el futuro del Estado, hay un mundo. España no va a cambiar ni a mejorar en cuanto a su gravísima situación socioeconómica por el hecho de que exista una república.

Manifestación en la Puerta del Sol de Madrid a favor de la República. (Imagen: kaosenlared.net).

Eso es lo que no ven los que exageran la importancia casi sacrosanta del republicanismo (qué contradicción). Sin duda que es un asunto relevante y que lo óptimo sería que se reformara la Constitución por una cuestión de salud democrática de la que tan huérfana está España, pero los que reclaman con vigor la proclamación de la III República olvidan varias cosas que ni siquiera parecen haberse planteado. La primera es si desean una república presidencialista como en Estados Unidos o bien un sistema semipresidencialista en el que hubiese bicefalia entre el Estado (República) y el Gobierno, tal y como sucede por ejemplo en Francia. Incluso cabría plantearse si se desea que haya una única persona que ejerza la presidencia o varias de forma colegiada, como ocurre en Suiza. Igualmente obvian que la segunda opción (el modelo francés), que es la misma que se eligió en España para articular la Segunda República, resulta en principio mucho más cara que una Monarquía, como reflejan todos los estudios que se han hecho sobre el tema, si bien hay que decir que la opacidad y dispersión de los datos respecto a los verdaderos gastos en los que incurre la Corona Española hacen que no se sepa con certeza total la diferencia real.

Asimismo, los partidarios de la República no parecen ser conscientes de que aún son minoría (aunque muy grande) y que probablemente un hipotético referéndum arrojaría como resultado la elección de la Monarquía, aunque es verdad que la distancia se ha estrechado mucho en los últimos años y que España ante todo ha sido juancarlista más que monárquica. Pero la historia del país y la idiosincrasia del pueblo español es ante todo continuista. Nunca han triunfado las revoluciones ni los cambios drásticos, sino aquellos que se han hecho paulatinamente y en los despachos más que en las calles. Puede ser muy triste para aquellos que creemos en la fuerza decisoria de la voluntad popular, pero en el fondo el español medio ha elegido siempre someterse y que le dirijan para no complicarse demasiado la cabeza y evitar tomar él la iniciativa. Es un pueblo adormilado y algo miedoso, poco proclive a que le desmonten los parámetros con los que está acostumbrado a vivir, aunque al final lo acaben haciendo subrepticiamente, entre las luces penumbrosas de los edificios oficiales, pero manteniendo la fachada que le da tranquilidad. En este caso, la Monarquía cumple a la perfección esa función.

Campaña republicana pidiendo el referéndum consultivo. (Imagen: teinteresa.es).

Dicho todo esto, los medios de comunicación tienen en teoría la obligación de reflejar el pluralismo político del país y a raíz del cese del Rey la mayor parte de ellos se han puesto manos a la obra en la tarea de ensalzar su labor en sus treinta y nueve años de mandato (curiosa la coincidencia con la duración del período franquista), tanto su papel unionista como su rol de embajador y comercial de esa marca España que la mayoría quieren vender. Ese país cuyas grandes empresas consiguen contratos millonarios, en principio según cuentan algunos gracias a la mediación de Juan Carlos. Acuerdos que en no pocas ocasiones se han llevado a cabo contratando a trabajadores fuera de España debido a una cuestión de abaratamiento de costes laborales y de infraestructura. Sin embargo, las condiciones de trabajo en España y las exigencias de su mano de obra han descendido tanto a los infiernos que esas compañías se han dado cuenta de que por fin tenían en casa lo que necesitaban. Dicen que todo eso revierte finalmente al pueblo y que el Rey está jugando un papel clave en la recuperación del país; lo señalan los admiradores (no digamos defensores, pues de estos realmente no hay tantos) de la Monarquía, mucho más numerosos que los detractores, en los papelitos impresos, las ondas radiofónicas y las señales de televisión.

El parloteo no cesa y mientras unos utilizan los nuevos medios, que casi han desbancado a los viejos, para reclamar la República (da la sensación de que en Twitter mola mucho más decir que eres republicano que monárquico), otros se aferran al pasado y a los antiguos soportes para decir que España necesita una nueva transición tranquila, con Felipe VI dirigiéndola. Las dos españas frente a frente una vez más.

Pero todos ellos olvidan, en su charlatanería profunda y ceñuda, que existe una tercera España que es a la que verdaderamente se le debería dar voz en toda esta jauría de grillos. La que pasa del modelo de Estado y de la política, a veces por desmotivación, en ocasiones por odio y otras por falta de acceso a la cultura, y pide a gritos un cambio absoluto en las perpetuadas, caducas, vergonzosas y criminales estructuras socioeconómicas y educativas del país, que poco tienen que ver con el hecho de que exista una Monarquía o una República, pues en una u otra el país seguirá siendo lo que es desde hace más años de los que se pueden recordar: un amasijo amorfo y deleznable sujetado siempre por esparadrapos que se despegan cíclicamente y cada vez en mayor número. Cintas adhesivas que de vez en cuando reponen con desdén y entre copas de vino francés los ingenieros del ladrillo, de la hamaca y sobre todo los que hacen números reposando en sillones de cuartos oscuros, cuya única similitud con esta Buhardilla es su apariencia algo siniestra. Pero estos últimos no sacan la boca a paseo. Se limitan a sonreír, a contar, a amasar y a reírse cuando leen un periódico o ven a los charlatanes y a sus políticos en los medios. Cuando les preguntan si quieren Monarquía o República, ellos se limitan a contestar: “De eso, que hable la chusma”.

 

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