De Maracaná al infierno

El título de esta entrada podría llevar a los amantes del fútbol a pensar en algún episodio trágico de la historia de la selección brasileña, acaecido en el mítico Estadio de Maracaná. Sin embargo, el dramatismo que reviste el tema del que voy a hablar nada tiene que ver con la épica del balompié, aunque sí está estrechamente ligado a él.

Mucho se ha escrito en los últimos meses sobre el Mundial de Fútbol que se va a celebrar durante las próximas semanas en Brasil pese a que la tensión social, la situación de constante inseguridad y sobre todo el rechazo de más de la mitad de la población carioca lo desaconsejan. Pero el fútbol sobrevuela todo. La FIFA se empeñó en su día en que debía tener lugar por segunda vez en la historia un Mundial en Brasil, tras haber transcurrido más de 60 años desde el primero (Brasil 50). Poco le importaron las multitudinarias manifestaciones celebradas durante la Copa de Confederaciones de 2013, las huelgas, las protestas, las revueltas… Ni siquiera un problema de trascendencia mucho menor, pero tal vez mayor para la perspectiva futbolística, cual era el retraso y los problemas continuos en la construcción de las instalaciones.

Protesta contra la FIFA durante la Copa Confederaciones 2013. (Imagen: puntocero.me).

Mucha gente ha ido conociendo de forma masiva en los últimos días la coyuntura de revuelta ciudadana, paros en sectores clave como el transporte y actuaciones policiales contundentes, cuando la inminencia del Mundial y tal vez el temor de los corresponsales desplazados allí y sobre todo de los propios futbolistas han empezado a justificar el goteo de informaciones que antes apenas se transmitían.

Estos últimos, los que pegan patadas, hacen regates, paran trallazos o se pegan galopadas de caballo por la banda, están visiblemente acojonados con el asunto de los disturbios. Basten dos claros ejemplos. Uno el del exfutbolista brasileño Ronaldo, que ha solicitado mayor agresividad policial en la represión de las concentraciones y protestas para que no se empañe la imagen del Mundial y se garantice la seguridad de aficionados y deportistas. Otra, la de nuestro admirado Andrés Iniesta, que ha declarado no entender ese nivel de descontento, ya que todo el mundo debería estar muy feliz por la celebración de la Copa, la fiesta más grande del fútbol, máxime cuando se va a celebrar en el país por excelencia de este juego. Es el colmo de la estupidez, la ignorancia y la despreocupación respecto de la realidad que subyace debajo de las cuentas corrientes de millonarios que poseen tanto el manchego como sus compañeros, ninguno de los cuales ha salido a reprocharle sus palabras, probablemente porque todos opinen lo mismo. Estos son los teóricos principales embajadores de esa marca España que nos venden, los mismos que hacen vibrar a la mitad de la población cuando marcan goles y se enfundan la camiseta nacional. Para mear y no echar gota.

Andrés Iniesta con la camiseta de la selección española. (Imagen: infobae.com).

Ahora que ya nos hemos pegado una vueltecita por el cielo de Maracaná (aunque tal vez Iniesta directamente se haya quedado en el limbo, por eso de que siempre ha tenido aspecto de niño enfermizo), llega la hora de descender al infierno de Brasil, localizado no sólo en Río de Janeiro, sino sobre todo en otras ciudades del Estado suramericano. No hace falta desplazarse mucho del famoso estadio en el que se forjó una de las más recordadas batallas futbolísticas de la historia (el maracanazo, que se refiere a la sonrojante derrota que sufrió Brasil a manos de Uruguay en 1950) para comprobar los perversos efectos del Mundial sobre la población brasileña más humilde que, lejos de beneficiarse de los cuantiosos ingresos que sin duda van a recaudar las empresas y el gobierno brasileño, sufre un empeoramiento de sus condiciones de vida y un empobrecimiento aún mayor del que ya de por sí padecía.

Está perfectamente explicado en dos documentales, uno titulado Before The Party, dirigido por el noruego Einar Braathen, y el segundo (al que luego volveré a referirme), que lleva por título The Price of The World Cup, obra de Mikkel Jensen, periodista freelance danés. Providencia, la fabela más histórica de Río, situada a muy poca distancia de la estación y del estadio, zona por la que desfilarán miles y miles de extranjeros (y algún brasileño) de clase media, media-alta y alta, ha sido invadida por la llamada Unidad de Pacificación Militar (al servicio del Estado) que, con la excusa de limpiarla de droga y combatir el narcotráfico, tiene manga ancha para proceder a detenciones ilegales, torturas y asesinatos (también de personas que nada tenían que ver con el tráfico). Estos miembros de la policía castrense son desde hace seis años vecinos permanentes de la fabela, elementos decorativos de su paisaje, y, según testimonios de los residentes allí, perturban gravemente la convivencia, que antes, pese a la inseguridad, era mucho mejor que con ellos. “Ellos son una amenaza, no una mano amiga”, aseguran.

(Documental “Before The Party”, dirigido por Einar Braathen)

En segundo lugar, el gobierno decidió expropiar la vivienda a miles de familias, procediendo a la demolición de sus casas, con el propósito de construir un teleférico mediante el que se pudieran desplazar fácilmente los turistas para tomar fotos panorámicas de la ciudad. Una bonita y entrañable vista del barrio del hacinamiento, contrastando con la opulencia, el lujo y la modernidad de otras partes de Río. Perfecta instantánea para decorar las paredes de los hogares occidentales de ciento y pico metros cuadrados. “Yo estuve en Brasil y no veas que contraste, maja”; “Esta foto es la hostia, tío, se cogía desde el teleférico toda la fabela de los pobres”.

El mayor problema que genera este plan de ordenación urbana (eufemismo capitalista) no es que la familia en cuestión pierda su hogar, sino que ello no lleva aparejado un cambio a un lugar mejor. Las indemnizaciones son absolutamente insuficientes para comprar o alquilar otra casa en el barrio, ya que el precio de las mismas se ha triplicado en los últimos años a causa nuevamente de la cita mundialista. Terreno abonado para los especuladores que pueden seguir derribando, construyendo edificios nuevos y venderlos a un precio infinitamente más alto de lo que costaron en su día. ¿Os suena de algo esto, españoles y españolas? Mientras tanto, las personas desalojadas se ven obligadas a adquirir una vivienda a las afueras de la ciudad, lo cual provoca una cruel segregación, fomenta el que se creen nuevos guetos (en los que probablemente volverá a haber narcotráfico como medio de supervivencia económico) y separa todavía más a los pobres de un futuro con mejores oportunidades en la metrópoli.

Pero, si hablamos en términos dantescos, este sólo es el círculo más benigno del infierno brasileño que ha ido desarrollándose a rebufo del esperadísimo Mundial. Hay que descender más para ver la cara más depravada del ser humano, capaz de sacar tajada tanto por dinero como por placer de las necesidades de los más vulnerables. En Sao Paulo se ha construido durante los últimos años el Arena Corinthians, uno de los principales recintos que albergará el evento futbolístico más importante del planeta. Pero hablar de workers en ese proceso no sólo implica referirse a obreros como albañiles, capataces o jefes de obra. El concepto también engloba a las personas que ejercen la prostitución, procedentes de otras zonas del país e incluso de continentes diferentes al suramericano. Algunas de ellas son menores, en ocasiones niños de diez, once o doce años. Ofrecen su cuerpo a los trabajadores del estadio, algunos de los cuales no dudan en contratar sus servicios, tal vez para aliviar el hastío y la dureza que implica sus duras condiciones laborales (sobre estas sí han hablado algunos medios de gran difusión).

Menores brasileñas que ejercen la prostitución. (Imagen: Corriendo la Voz).

Lo cuenta la publicación digital Corriendo la Voz, que aporta varios relatos absolutamente terroríficos de las propias víctimas. Por supuesto, detrás de la explotación de los menores y de la degradación de los empleados están los desalmados mafiosos, que consiguen a estos trabajadores sexuales infantiles (que en realidad son puros esclavos) entre las clases más desfavorecidas a nivel económico. Los propios padres los venden o bien se trata de huérfanos que no tienen ni qué llevarse a la boca y no tienen más remedio que aceptar lo que sea con tal de comer. Ni qué decir tiene que abundan las niñas, aunque también hay niños prostituidos, como recoge uno de los testimonios aparecidos en otras de las informaciones sobre esta aberrante trata de seres humanos, que publica la web bbc.co.uk. El muchacho, de 14 años, dice que lleva desde los 11 prostituyéndose, que presta entre 10 y 20 servicios al día y que, si deja de hacerlo, le matarán. En esta noticia también se asegura que la prostitución se extenderá por todas las ciudades sede del Mundial, atraída por la presencia masiva de turistas, y que hay centenares de miles de menores ofreciendo sexo (aunque es imposible conocer el número exacto).

¿Qué hacen las autoridades brasileñas para frenar esta avalancha de comercio con menores? El gobierno, al tiempo que admite que el Mundial potencia la posibilidad de que estas situaciones se multipliquen, se defiende diciendo que ha destinado 3,3 millones de dólares para combatirlo. En primer lugar, la cantidad es irrisoria, sobre todo teniendo en cuenta el desorbitado número de niños que se hallan en esta terrible coyuntura. Pero es que además fuentes no gubernamentales, como por ejemplo la organización Iris Global, aseguran que no existe ningún tipo de plan de prevención o inspección y que la policía y los jueces no sólo no hacen absolutamente nada para detener este drama, sino que en ocasiones muestran indiferencia o incluso son cómplices del sistema, encubriendo a proxenetas.

La parlamentaria Liliam Sá critica la falta de programas públicos serios para combatir la prostitución. (Imagen: latercera.com).

Sin embargo, por si esto parece insuperablemente cruel y terrible, nos queda sorprendernos un poco más y viajar hasta Fortaleza, localidad de aproximadamente tres millones de habitantes situada en el norte de la nación carioca y en cuyo estadio se  jugarán seis partidos de la competición. Allí estuvo el periodista freelance danés al que antes mencioné, Mikkel Jensen, autor del documental The Price of the World Cup. Jensen publicó hace aproximadamente un mes en su perfil de Facebook una alarmante información en la que aseguraba que en Fortaleza subsistían los escuadrones de la muerte (que tan tristemente famosos se hicieron en los noventa), integrados por policías públicos y militares aunque también por miembros procedentes del sector privado.

Estas fuerzas criminales, que actúan con brutalidad y al margen de todo respeto por los derechos humanos, asesinan por las noches, según Jensen, a los niños indigentes que duermen en las calles de Fortaleza. El número se habría incrementado ostensiblemente desde 2008, cuando se comunicó que Brasil sería la organizadora del Mundial y también de la Olimpiada de 2016. Según los datos aportados por el coordinador del proyecto nacional Criança Nao é de Rua (en castellano, “un niño no es de la calle”), Manoel Torquato, cuyo testimonio aparece en el documental, sólo en 2013 las organizaciones locales registraron 121 muertes de niños además de un número elevadísimo de desapariciones que no han podido ser esclarecidas. “Esto no tiene sentido, es una gran absurdez”, asegura. A mayores cuenta que él fue testigo de un tiroteo indiscriminado contra ocho menores que estaban durmiendo en la calle. Dos de ellos murieron y otros dos continúan hospitalizados en estado grave. Según se explica en el documental, las autoridades de Fortaleza son conocedoras y en ocasiones ordenantes de las matanzas, las cuales otras veces han sido encargadas por las empresas adjudicatarias de contratos relacionados con el Mundial.

(Documental “The Price of The World Cup”, de Mikkel Jensen).

A Jensen le han criticado duramente desde la Administración de Fortaleza y el gobierno brasileño, como no podía ser de otra manera, calificando de “criminal” su publicación, acusándole de no aportar pruebas suficientes que sustenten una acusación tan grave y de no haber denunciado los hechos ante las autoridades. El periodista danés argumenta que sus fuentes y él mismo están amenazados de muerte, razón por la cual no aparece un mayor número de testimonios, mientras que la segunda objeción se cae por su propio peso y resulta ridícula dado el cariz de la denuncia de Jensen.

Si bien es cierto que se puede reprochar al danés el hecho de que no ofrezca ninguna evidencia definitiva de las masacres a menores, como fotos de los cadáveres, lo que se muestra en el documental es mucho más que una sombra de sospecha, va más allá de la duda razonable y tiene grandes visos de resultar cierto, por lo que el periodista ha actuado con absoluta objetividad y respetando la ética periodística, máxime si las personas de donde proceden sus informaciones temen la represión de las autoridades, que serían cómplices del genocidio. Ningún periodista está obligado a desvelar sus fuentes, salvo que un juez así se lo exija porque fuese estrictamente necesario para el seguimiento de un proceso judicial.

Resulta cómico que políticos del país carioca se dediquen a escandalizarse por las informaciones publicadas por Jensen, limitándose a desmentirlas como lo podría hacer una persona sin ningún tipo de capacidad intelectual, y no hayan emprendido acciones de ningún tipo para investigar si lo que dice el periodista es cierto.

De la misma manera, cabe destacar, por desgracia sin que genere sorpresa alguna, que ni las acusaciones de Jensen ni las relativas a la red de prostitución infantil en torno al Mundial han sido publicadas, ni siquiera poniéndolas en tela de juicio, por ningún medio de comunicación de gran difusión. Al menos no hay constancia en la Red de ello, lo cual es casi sinónimo de que no han considerado dichas informaciones suficientemente dignas de ser recogidas.

Esto no debería extrañar a nadie y en absoluto resta credibilidad a aquello de lo que se han hecho eco Mikkel Jensen y los medios antes citados. Actualmente el periodismo tradicional agoniza entre las miserias de su propia incapacidad para financiarse de forma suficiente, los recortes laborales de todo tipo y la imposición de la agenda oficial, que marca el noventa y nueve por ciento de los trabajos que aparecen en prensa, radio y televisión. Es el Periodismo de agencia o directamente de los gabinetes de comunicación de las grandes corporaciones, empresas y partidos políticos. No hay mucho más tras ello. Casi no hay investigación propia ni iniciativa a la hora de tratar un determinado tema y no otro. Es el Periodismo independiente, el de los freelance como Jensen, algunos de los cuales son auténticos románticos de la profesión, el que sostiene la calidad del Periodismo, fuera aparte del de los corresponsales extranjeros, sobre todo aquellos destinados a países en conflicto, si bien estos en muchas ocasiones tampoco son trabajadores del medio, sino igualmente freelance o autónomos cuyas piezas periodísticas son compradas por los grandes medios.

¿Por qué a un conglomerado mediático no le interesa hacerse eco de las gravísimas informaciones aparecidas en los documentales citados ni en los reportajes sobre la prostitución de menores?

La respuesta es clara, aunque a nadie le gusta asumirla. El Mundial de Brasil genera un pingüe negocio informativo, de los pocos realmente rentables que les quedan a los medios tradicionales. Por nada del mundo querrían que algo lo boicoteara. De ahí que cubran las protestas callejeras, manifestaciones y descontento social, porque eso no es tan alarmante –a fin de cuentas, también las hay en España con frecuencia–, pero ni por asomo entren en fangos más profundos, especialmente sin que haya pruebas absolutamente irrefutables que confirmen la existencia de esos crímenes contra la  humanidad.

Manifestación en Sao Paulo, una semana antes de la celebración del Mundial. (Imagen: runrun.es).

En cualquier caso, ni mucho menos es sólo responsabilidad del Periodismo esta complicidad por omisión. Los aficionados al fútbol, entre los cuales me incluyo, tenemos también nuestra parte de culpa, por muchos motivos que no sólo están vinculados al Mundial que arranca mañana, sino también por nuestra actitud de consentimiento absoluto y completa ausencia de crítica respecto a todas las aberraciones que rodean al mundo del balompié, pese a que las conozcamos o al menos podríamos tener conocimiento de las mismas a poco que quisiéramos informarnos.

Es más cómodo sentarse en el sillón o en la banqueta del garito de turno y observar obnubilados las genialidades que hacen los astros como Iniesta, importándonos bien poco que suelte sandeces en sus declaraciones, porque hay una especie de conciencia generalizada de que “a estos chicos no les da para más y además lo suyo es pegar patadas y no arreglar el planeta”. Craso error, pues con sus astronómicas fortunas y su tremendo poder de influencia están más exigidos que nadie a nivel moral para tener una posición responsable y decente ante los problemas de la sociedad, así como a contribuir económica y socialmente a paliarlos en la medida de sus posibilidades (sin que ello suponga un desplazamiento de la responsabilidad del poder público, que es el mayor obligado a poner soluciones).

En vez de eso, se dedican a soltar gilipolleces, que denotan una profunda ignorancia. Duele aún más tratándose del tipo que metió aquel gol célebre que dio a España el que hasta hoy es el único título mundial de su historia futbolística. Tal vez a Iniesta también le parezcan inapropiadas o le causen extrañeza las reivindicaciones sociales que realizan día sí día también sus propios compatriotas, estos no entre las basuras de las fabelas sino por las calles céntricas de metrópolis modernas como Madrid o su hogar, Barcelona.

Iniesta celebra el gol que dio el título mundial a España en 2010. (Imagen: http://www.prensalibre.com).

En cualquier caso, soy consciente de que esto realmente a pocos les importa, incluso a personas con una cultura y unos valores elevados, pues ya me he encontrado dos tipos de actitudes cuando he hablado de este tema que hoy ocupa el protagonismo en mi Buhardilla. Una ha sido la incredulidad sobre los hechos, reaccionando de forma escandalizada al conocerlos en primera instancia y no haciendo nada a mayores para comprobar su veracidad, simplemente borrándolo de la cabeza como algo muy molesto y perturbador. Otra ha consistido en el extremo contrario, la desdramatización de los acontecimientos, considerando que esas cosas suceden de manera habitual en Brasil desde hace años, tildándome de ingenuo por alarmarme ante tales revelaciones, como si todo el mundo supiera que matan a niños pobres por la noche o que comercian con niñas de diez. Según este segundo tipo de personas, hay que desvincular tales atrocidades del Mundial, pues nada tienen que ver con el mismo y, aunque tal vez el evento las multiplique, eso es culpa en tal caso de la FIFA o el COIE, por elegir Brasil como sede, pero nada se arregla con criminalizar la fiesta del fútbol, pues, de tomar esa actitud, entonces no se podría ver ningún macroevento, ya que todos están manchados de una u otra forma.

Es sorprendente los recovecos que se inventa la mente humana para descargar de peso a la conciencia y tratar de que el individuo viva lo más tranquilo posible.

En gran parte les comprendo, porque a mí también me apetece mucho ver el Mundial, ya que me encanta el fútbol y el deporte en general. Es un mes precioso de partidos emocionantes, intensos, en los que se vive un ambiente espectacular; uno se integra en una celebración colectiva que todo el mundo necesita en los tiempos tan angustiosos e inciertos que corren. En efecto, el circo es necesario, aunque los gobernantes lo utilicen para idiotizar. Para eso está la persona racional, que sabe separar entre el espectáculo, la diversión y lo que realmente es importante en su vida normal.

Sin embargo, yo en esta ocasión me bajo del barco. Aún a sabiendas de que me estoy perjudicando y que no voy a conseguir que el infierno cese ni un ápice; que no servirá para que dejen de violar y matar a niños, o de expulsar injustamente a los pobres de sus casas. Que en realidad no voy a conseguir absolutamente nada más que privarme de la diversión del Mundial. Probablemente el idiota sea yo y no Andrés Iniesta.

Sea como fuere, a él le dedico este artículo, aunque resulta casi imposible que algún día llegue a leerlo, pero, si por un cambalache del destino se diera el caso, espero que se dé cuenta del tremendo grado de estupidez de sus opiniones. También le deseo a él y a todos los demás integrantes de la selección que ganen nuevamente y traigan la copa a España, para que la puedan disfrutar millones de ciudadanos, un buen puñado de los cuales seguramente estén por debajo del umbral de la pobreza.

Quizá hasta yo me alegre discretamente entre la penumbra de esta Buhardilla. Pero en la tele de esta habitación no se sintonizará el Mundial.

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2 respuestas a De Maracaná al infierno

  1. David dijo:

    Se están cargando todo lo bonito de este mundo por dinero, qué pena que una cosa tan pura y bonita como el deporte también sea utilizada de esta manera. A mí me encanta mucho mucho el fútbol…no sé, tengo 1 día para tomar tu postura o no, voy a hablar con mi conciencia y veremos, es duro ir contracorriente, no tendría que ser así…Por cierto, enhorabuena por el artículo, estoy investigando más sobre esto. Saludos

    • alber4 dijo:

      Gracias por tu comentario, David. No sabes lo que se agradece ya no sólo que alguien te lea, sino que tus palabras provoquen reflexión. Yo por supuesto que no pido que nadie siga mi postura, que tal vez es muy radical y desde luego no soluciona nada, pero es que mi estómago no puede estar viendo fútbol mientras sé todo lo que está ocurriendo en la penumbra del país. Lo siento, pero mi conciencia ha puesto el cerrojo. Y me fastidia, te lo aseguro, porque yo también adoro el fútbol y lo que representa un Mundial. Pero… Un abrazo, David y hagas lo que hagas… Gracias.

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