El huracán de este pasado

—Te lo advertí, te dije que ese viento no venía como los otros. Quería revolverte, arrancarte algo, llevarse a porciones tu energía. Te lo advertí.

Aún siendo cierto que no había querido hacerle caso, me conmovía su insistencia inútil. Había encontrado un extraño placer en su dolor mitigado por la constatación de su acierto y así, con la melena sacudida por el vendaval, me producía una ternura que ni siquiera yo, con mi exagerada autoobservación, era capaz de explicarme.

Cierto es que el aire no venía sólo, sino que traía escombros de un algo que ninguno de los dos nos atrevíamos a pronunciar. Ella lo había avisado, pero no me molestaba. Si acaso el leve enfado, tampoco demasiado importante, lo dirigía hacia mí mismo, por haberme cegado. La anticipación siempre había sido mi fuerte y en intuición no me ganaba ella, al igual que yo no la vencía en su paternalismo.

Como una bala encasquillada en el desierto de los fusiles, penetré entre aquel desvarío de corrientes a pecho descubierto. Ya daba igual. Al menos así me sentiría libre por primera vez en aquella primavera que expiraba.

Ella, obstinada y siempre cuidadora de mis extravagancias, se desvivía gritándome:

—¡No vayas, maldito loco!

Esa alusión a mi falta de cordura me convenció todavía más de que tenía que adentrarme. Necesitaba recoger dentro de mí toda la nostalgia de los vientos que ya jamás volverían, para que me robaran lo poquito que me aferraba al presente y cerraran de un definitivo portazo la estrecha ventana hacia mi futuro.

Me intentó agarrar con agresividad, retenerme entre su autoridad diezmada por las circunstancias. Yo preferí lanzarme, como un crío impetuoso sin patinete, por entre las faldas de aquel cerro que siempre adoré contemplar. La urbanización, bien dispuesta, de chalets uniformes sin personalidad, más abajo, me gritaba que la salvara de su tediosa quema. No quise ser pirómano, había demasiados árboles alrededor a los que amar. Sus hojas creaban un efecto pixelado al moverse. Ya no quedaban casi espacios de azul decadente en la cubierta. Estaba agonizando todo y yo, irónicamente, me sentía más feliz que nunca. La rabia del aire cada vez me parecía menos real, los gritos de ella más lejanos y en realidad todo era un silencio confortable que me acogía en su manto. Me sentía tan triste que quería chillar de felicidad. Era tan triste el remusgo del último café disfrutado, el resquicio en el paladar del último cigarro, la cadencia descendente en fade out de la última canción, que estaba a punto de insultar hacia la nada como un desquiciado, de puro éxtasis.

—¡Vuelve, aunque te quiera!

De nada valió su último esfuerzo, que percibí lejano como un eco doliente de guerra. Yo ya me zambullía en nuestro pasado. Allí nos conocimos y estábamos ansiosos.

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En ese sitio, justo allí, en la frontera entre lo idealizado y lo posible; entre los bordes de lo que pudiste conseguir y yo nunca logré; en ese tramo de vía al que nunca llegó el tren, me arrancaste con los ojos la camiseta; te empapé de deseo mientras te deseaba sudando; me calentaste en una reyerta cerebral de mordiscos y arañazos, mientras yo me defendía con la lengua blandiendo en todas las direcciones que abarcaba tu cuerpo. En ese espacio que sólo comprendíamos tú y yo, donde la represión se adueñó de la realidad y el descontrol de la imaginación, nos fuimos al baño de las aulas aún sin la desagradable pintura reciente. Nos drogamos de sexo y no quisimos hablar de amor, aunque estuviese allí rondando todo con su asquerosa brisa de conferencia en seminario. Ahora, en este tiempo, no había huracanes en el patio. Todo parecía mucho más en calma que entonces, en ese presente, donde te dejé gritándome entre la furia de los vientos. La ciudad se batía en retirada, después de haber aguantado mucho tiempo nuestra propia mentira.

En esta época pasada el huracán volvía a estar por debajo del pliegue de nuestras carnes.

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