Flaqueza capitalista

Alejandro se acordó de aquella tarde declinante que en el fondo no había tenido nada de especial, sino más bien todo lo contrario. Eran las cosas cotidianas las que le habían atrapado, muy a su pesar. Él, que siempre presumía de anticapitalismo, flaqueó durante ese ocaso que vivió en movimiento.

Salió a correr contra su voluntad. No porque no quisiera hacer ejercicio, sino porque prefería otra clase de actividad física. Pero le había resultado imposible. Bien era verdad que, como todo el mundo pensaba que estaba muerto, recorrer dando zancadas las calles de la ciudad a las horas de menor oscuridad, antes del encendido de las farolas, resultaba muy apropiado. Le daba un cierto aire de figura espectral en la que nadie se fijaba. Le gustaba esa sensación, pues se consideraba un ser etéreo, más allá de lo terrenal; y es que –no había que olvidarlo– en teoría había fallecido.

El violeta se filtraba en la parte baja del cielo, como si fuera una persiana llena de rendijas, proporcionando los últimos coletazos a aquel día inevitablemente mortecino. Era un color que le agradaba a Alejandro, caminante sin fatiga sobre el asfalto tranquilo de aquella urbe más o menos en calma. Un aire revoltoso y algo molesto impedía su avance ligero, suelto. Tenía algo de pesadez estomacal, aunque aquello no era demasiado lógico tratándose de un supuesto cadáver, incluso sin obviar el hecho de que sólo estaba fenecido a nivel mental.

Había malas noticias a través de sus auriculares. No hacía falta que transitara por el barrio del infierno para que la muerte demandara empleo. A él no le hacía falta escuchar esas cosas, pues se hallaba caput. Como si se hubiera adueñado la mística de sus pensamientos y lo palpable quisiera acudir con simbolismo a la cita de sus malos humores y su negativismo existencial, se truncó el aparato y por unos instantes le pareció quedarse sordo. Pensó con una parsimonia no exenta de fastidio que suponía algo extraordinario el que un tipo que ya había sufrido una defunción perdiera algo tan vital como uno de sus sentidos.

Sin embargo, en realidad fue un despertar inesperado a lo corpóreo, a lo sensitivo, a lo materialista. El mundo empezó a emitir mensajes que su cuerpo de no-muerto se empeñó en recibir. Un tipo se mofó de él, alentándole a que corriese “fuerte, fuerte”, pese a lo incoherente que resultaba tal cosa y a que no lo podía reconocer –al menos, aplicando la razón de Alejandro–, cuando pasaba por una calle en la que en otros tiempos había sido depositario de almas etílicas que siempre querían beber más. Entonces nadie le pidió que fuese fuerte. Tal cosa hubiera resultado una incongruencia para alguien que se creía tan por encima de las necesidades mundanas y de las debilidades humanas. Después, con el crepúsculo cada vez más agonizante, su carrera prosiguió por recintos de fusiles y caballos en los que él en otra época había cimentado su foráneo medio de supervivencia. No es posible ganar la guerra sin hacer una inmersión lingüística en la tierra del enemigo.

Pero, hablando de batallas, la de Alejandro se iba calmando contra todo pronóstico con cada nuevo golpe capitalista, el cual venía acompañado de una cierta melancolía que tanto peligro entraña para alguien que ha dejado de pertenecer al mundo de los vivos. Percibió el olor a plancha al pasar junto a la puerta de los bares y miró de soslayo a los escasos clientes de sus terrazas, mientras una tele de plasma emitía un partido de fútbol cuya retransmisión le sonó a eco lejano de placeres olvidados.

Le arrebató comprobar que ese aroma y esa visión le generaban deseo. Se sintió asquerosamente capitalista. Pero hubo algo más allá que removió todos sus esquemas. La sensación de quietud, de recogimiento, de retiro, de descanso al final del día, tras la dura jornada laboral alienante, la noche casi de verano cayendo, el juego del balompié… No podía ser, pero ese sentimiento tan burgués y despreciable, la nostalgia, la añoranza del pasado ante los recuerdos engañosos motivados por las sensaciones que, asociativamente, despertaban el cerebro, lo estaban traicionando rastreramente. Y le habían hecho sentir mejor, al menos en cierta medida.

Sus músculos parecían calentarse, concepto tan absurdo tratándose de alguien a quien todos consideraban extinto. La velocidad aumentaba, la respiración se regulaba, el tacto del calzado contra el pavimento se intensificaba, el golpeteo del suave vendaval casi de solsticio veraniego se percibía con mayor delicadeza en su piel al descubierto. Su trasiego ya no parecía tan inmortal, bohemio y despreocupado, sino lleno de cadencias con carencias, faltas, sensaciones de dicha y pérdida, horizontes pasados, débiles esperanzas futuras. Términos, todos ellos, imposibles para un muerto que corre por las calles de una ciudad en penumbra que comienza a recoger sus bártulos materiales para preparar la noche previa al nuevo día capitalista.

El ciclo del merecimiento por la labor hecha, tan rastreramente propio de la dictadura económica que tanto detestaba, de la explotación obrera en la que él jamás caería, se abalanzaba sobre él y le resultaba incluso tentador… Se le hacía tan humillante que sólo podía seguir corriendo cada vez con más expulsión de adrenalina. Veía a los que se podían permitir una cena caliente en los locales de la fritanga, con esa tele a la que no hacía falta que dos viejos previsiblemente jubilados con sus cotizaciones a la ínclita Seguridad Social le hicieran caso para que aguijoneara y ese toque cañí a barrio de su infancia, y le resultaba insoportable siquiera estar reconociéndolo. Él, que se creía a salvo de las ataduras del Gran Engaño de ese sistema que con tanto ahínco había combatido antes de su inevitable muerte actuada y premeditada, ahora se veía sumido en un trastoque emocional tan sonrojante.

Cuando Alejandro ya había asumido su derrota y empezaba incluso a notar algo de sosiego en su avance cada vez más veloz, se topó ante un cuadro tan imperialista como bello. Incluso el fondo del día, ya excesivamente deprimente, recortaba a la perfección la imagen esculpida, dando ese toque de caída de la civilización odiosamente expansiva y tirana que él tanto aborrecía, incluso hallándose muerto en la conciencia colectiva. Pero el peor momento lo pasó cuando vio a aquella pareja –en su opinión, el pilar por excelencia de la sociedad conservadora, egoísta y domiciliaria– machacada por la senectud. Él aparecía tan encorvado que daba aspecto de tabla de planchar y ella, con su temblequeo labial, parecía pese a ello sonreír mientras le conducía de la mano. La escena le resultó tan execrablemente tierna a Alejandro que se sintió absolutamente defenestrado, apalizado y avergonzado.

Todos los transeúntes de aquella ciudad que Alejandro había conservado como simple decorado de olvido tras su fallecimiento virtual se dirigían, siguiendo el pestilente ritmo del capitalismo, a sus casas ostentadas con título de propiedad privada, una vez que la oscuridad definitivamente tomaba el mando. Él, sin embargo, como sólo le correspondía a un verdadero excluido social –en su caso por finiquito anticipado y falsario de la vida –, tendría que continuar vagando toda la noche, tal vez corriendo de nuevo. Lo haría eternamente para alejarse del despreciable vínculo posesorio, de la vomitiva raigambre hacia lo material.

Este último pensamiento lleno de descalificaciones le dio las últimas fuerzas para completar su carrera, casi esprintando. Sin embargo, era inútil, porque cuando se detuvo sintió como su corazón latía apresuradamente y tenía una media sonrisa en los labios, si bien algo triste. En sus fosas nasales se había grabado el olor a comida, en sus órganos auditivos la narración del partido, en su retina el ruinoso paseo del matrimonio de viejos. Se tocó el cuerpo. Sudaba. Notó fluir su sangre.

Alejandro evocó todo aquel atardecer mucho tiempo después. Recordó sobre todo que después de su carrera, entre jadeos, había pensado que el auténtico fastidio suponía que ahora tendría que plantearse decirles a todos: “No estoy muerto, cerdos capitalistas”.

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