No estuve a su altura

Ayer la vi desde la relativa lejanía de mi paseo matutino. Se asomaba insinuante, a través de una ventana que se levantaba muy pocos centímetros de la acera. Destacaba el rojo con el que vestía y el moreno de su cabello, pero mi miopía impedía percibir más detalles anodinos.

Por fortuna, la clásica ausencia de ceguera en mi espíritu me solucionó el trance y me di cuenta de que había algo en su actitud que me tenía que atrapar. Intrigado, caminé sin vacilar demasiado hacia la esperanza de su cara llena de acertijos disimulados.

Al principio no supe qué era lo que esperaba de mí. Tampoco conocía mi propia predisposición a retener sus ojos fijos en mi dirección. Sólo imité, en mi movimiento oscilante, su mirada queda y algo inquietante.

Aunque no fui capaz desde lejos de saber si era yo el destinatario del regalo de sus iris, me la jugué y mantuve mi paso firme sin apartar, yo sí claramente, mi atención visual sobre ella. Era guapa, me pareció. También me dio la impresión de que no reía, sólo adoptaba ese gesto asombrosamente interesante.

A mi izquierda se sucedían los edificios de piedra y piso bajo habitable, mientras que junto a mí pasaban los primeros caminantes de fin semana por la urbe de una ciudad que no quería ofrecerme nada nuevo un día más. El aire era limpio y fresco. Al menos eso aliviaba mi sopor de verano ingrato.

Pero fue ella quien me despertó aquella mañana que, sólo unas pocas horas después, tan lejana me parece. Fui descubriendo poco a poco, cada vez más definido, su aire misterioso. La leve sombra alrededor de sus mejillas, la coloración ligeramente penumbrosa de su tez. Le surcaban el rostro algunas líneas de desgaste emocional.

Pero aún así era preciosa en su sencillez y simplicidad. No le hacía falta más que su expresión y la decisión en el sostenimiento de su mirada para impresionar con su belleza sin exageraciones.

Continué aceptando su reto cuando ya sabía que la cobardía no tenía escapatoria. Nos hallábamos próximos y ya no cabía duda de que éramos ella y yo, frente a frente, su fijeza y mi movimiento firme, con ese inevitable toque de granito en mi alma social.

Aprecié que ella, con el rojo por bandera sobre su cuerpo, se abría entre un cortinaje blanco y desfasado, de casa de anciana, que sin embargo se embellecía por el juguetear del viento. Daba un respiro a la pétrea fachada del edificio y parecía convertir aquel lugar y la calle entera, que nada ofrecía en esa mañana de sábado tediosa, un aliciente inesperado para los grises transeúntes como yo.

Sin embargo, cuando llegué por fin a su altura, tras haber degustado cada segundo el protagonismo de su mirada, perdí la entereza. Me avergoncé de mí mismo cuando en un gesto espontáneo e inesperado, curvó sus labios y ocultó sus dientes que me habían parecido fugazmente bonitos y salvajes, al igual que el resto de su rostro.

Me lanzó un beso, ¿lo podéis creer? Y yo, abochornado, impactado, sorprendido como un colegial, devorado por una lluvia de prejuicios infames que me atravesaron el cerebro en unos segundos, agaché la cabeza y proseguí mi camino. En un último y patético momento de coraje, me giré nuevamente y observé como se ocultaba en la casa, probablemente fea y desgastada, y que no estaba a su altura. Al igual que yo no lo había estado.

Lo que más me aguijoneó el espíritu fue su expresión cuando se retiraba. Es posible que el gesto fuese travieso, de chiquilla divertida que había dado rienda suelta a su deseo de atrapar caminantes. Pero yo no podía dejar de ver su ademán de decepción e incluso de tristeza. Tal vez fueran mis estúpidas ínfulas, pues en el fondo, yo no era merecedor de su congoja.

Pues yo, que pasé a unos pocos centímetros por debajo de donde se hallaba, no estuve a su altura.

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