El genio y la española

No se trata del título de la nueva película de Almodóvar. Tampoco de una nueva fórmula educativa inventada por José Ignacio Wert, con el asesoramiento de Gallardón, para explicar a los niños españoles cómo se reproducen el hombre y la mujer.

En absoluto. Es una realidad hipotética y polimórfica a la que te pido que te traslades, querida lectora. Pido perdón a mis seguidores masculinos por excluirlos de las referencias directas, aunque sé que lo disfrutarán igual. Además, prometo una versión a la inversa.

Imagínate por un momento, amiga compatriota, que se te presenta la oportunidad de tu vida en forma de otorgador de deseos, dispuesto a hacerte concesiones sin necesidad de que le untes previamente con las cuatro perras que te quedan de tu último trabajo estacional de diez horas semanales. El popularmente conocido como genio, adaptado a los nuevos tiempos y españolizado.

Mantendría cosas, como el color azul y la panza. Por el contrario no sería ser asexuado, aunque tampoco andaría en pelotas –créeme, no tienes motivos para decepcionarte por esto– ni tendría esa coleta tan molona de experto en artes marciales. También poseería piernas, a diferencia de la clásica figura mitológica que tienes en mente. Las necesita, por si tiene que salir por patas ante alguna petición deshonesta o laica. En cualquier caso, en el remotísimo supuesto de que consiguieras seducirlo, he de advertirte de que es tradicional y no usa preservativo, así que no se hará cargo del futuro neonato ni tampoco se someterá a pruebas de paternidad así como así. Es un genio aforado. Ya sabes, como buena española, que tampoco podrías interrumpir el embarazo por el hecho de que te diagnosticaran que el niño sufre malformaciones al haber sido concebido por un engendro no humano.

En cualquier caso, deja de pensar en esas cosas, porque no te va a despertar la libido, hazme caso. Mejor pídele por esa boquita.

Calma tu primera refriega de emociones y trata de calmarte. Te va a hacer falta pensar con raciocinio para solicitar tu petición extraordinaria, pues este genio viene con muchas reglas, limitaciones y topes de déficit.

Para empezar, no te puede convertir automáticamente en millonaria, así que olvídate del típico “quiero ser rica”. Este ser se rige por la filosofía de que hay que esforzarse mucho en este valle de lágrimas. Sin sacrificio no hay beneficio, reza su código de buenas prácticas. Existe, no obstante una excepción: que la peticionaria sea ya tremendamente acaudalada. El genio entiende en ese supuesto que la española de turno ya ha pasado por el apropiado vía crucis de trabajo sin tajo, estudios espurios, formación sin subvención, riesgo con capital y prudencia más herencia, así que está exenta de volver a pasar por ese duro trayecto de penalidades y tiene potestad para multiplicar su riqueza. Dudo que alguna de esta clase de españolas me esté leyendo, pero mi obligación es ser riguroso y explicar convenientemente la política del genio.

En segundo lugar, debo avisarte de que esta criatura semiomnipotente tiene terminantemente prohibido modificar el aspecto físico de la gente. Es decir, que si quieres quitarte años, peso, michelines o conseguir una figura de top model no lo lograrás a través del genio. Te dirá con mal café y poca cortesía que te busques un buen gimnasio o una clínica de cirugía estética, e incluso se permitirá el lujo de recomendarte una entidad bancaria que fue caja de ahorros, donde tal vez te concedan un crédito dentro de unos años.

Sin embargo, sé que tú eres una chica inteligente, con inquietudes y altas miras, de esas que tanto abundan por la geografía ibérica. Por ello, no te molestan las restricciones antes comentadas, ya que esos deseos te parecen futesas materialistas. Tus aspiraciones son más elevadas, dignas y virtuosas.

Por ejemplo, una de las primeras cosas que se te ha pasado por la cabeza es pedir la erradicación de la pobreza en el mundo.

Denegado. Por las mismas razones que se expusieron en la regla número uno.

¿Acabar con el hambre?

Denegado. Por lo mismo. Te transcribo la respuesta de este particular genio: “Si se les da de comer a los leones sin enseñarles a cazar cebras, es como darles de jalar cerdos a los seres humanos sin que aprendan antes a hacer chorizos”.

¿Lograr la paz en el mundo?

Denegado. “No puedo entrometerme en asuntos de índole internacional, tengo que mantener la neutralidad. Cada cual puede pegarse con quien quiera, se trata de una cuestión de soberanía”.

¿Curar las enfermedades?

Denegado. “Eso iría en contra del curso natural de la vida y paso de tener problemas con la Iglesia o con la sanidad privada”.

¿Hacer que la gente encuentre el amor?

Denegado. “Vale ya, niña, no insistas”.

¿La felicidad del planeta?

“A ver si va a resultar que además de cansina, eres tonta”.

Entonces es cuando empiezas a pensar de forma más egoísta, muy a tu pesar. Por mucho que tu corazón sea dadivoso, también hay cosas que reclamas para ti.

Lo que más desearías en el mundo es volver a ver a ese ser querido que se te marchó antes de tiempo, según tu percepción, la cual siempre te ha indicado que aquello fue una gran injusticia. Ni se te permitió decirle lo mucho que significaba para ti, ni pudiste darle el mayor abrazo de todos, ese que le reservaste para un mañana que nunca llegó.

Pero ese personajillo por el que cada vez sientes menos simpatía te comunica con rictus de resignación beata, brazos en jarras y tono de voz de diácono que las normas le impiden devolver la vida a los fenecidos, pues ya uno resucito entre los muertos para salvarnos a todos de nuestros pecados y…

Antes de caer dormida, se te cruza una imagen libidinosa y algo transgresora por la cabeza perteneciente a tus recuerdos infantiles. Procede de aquella época en la que te dijeron que eso no era propio de niñas bien y que debías ser recatada. Le comentas al azulado mentecato con el que estás manteniendo la charla más estúpida de tu vida que si sería posible que reseteara tu mente en lo que respecta a los prejuicios y borrara tantas ataduras, valoraciones previas, miedos, represiones y otro tipo de lastres que te coartan el goce. El genio imbécil adquiere un leve matiz colorado en sus mejillas rechonchas y te reprende suavemente, soltándote otro sermón sobre la moral y las buenas costumbres.

Realizas otro intento, cada vez más hastiada. Te ilusiona tremendamente la idea de tener un hijo, pero no tienes ahora mismo pareja y la Seguridad Social no te financia un tratamiento de reproducción asistida, dado que no eres estéril. Es verdad que te causará múltiples problemas, porque te verás excluida del mercado laboral, que ya de por sí tienes bastante restringido dada tu condición de mujer aún joven pero que ya pasó de los treinta. Pero crees que pese a ello merece la pena, pues criar y educar a una persona cuya vida comenzará dentro de tu propio cuerpo te resulta una idea maravillosa.

Sin embargo, no podrás llevarla a cabo. Tu restrictivo interlocutor te dice que también eso conculcaría las normas, pues la única fecundación que él entiende como válida es aquella en la que un varón insemina a la hembra.

Por aquel entonces te encuentras completamente harta de aquella medianía pedante que para colmo no para de mirarte las tetas, pero, como eres persuasiva y bastante audaz, quieres sacar algo de provecho de aquel espécimen que se te ha aparecido por arte de magia y de nacionalidad en esta tarde cualquiera de salvas, juramentos y mentiras con recarga.

Supones que no pondrá impedimento alguno si le solicitas que aumente alguna de tus habilidades, prometiéndole, eso sí, que no las utilizarás más que para trabajar de forma honesta e impoluta, con sacrificio y estoicismo en aras del bien común, pagando tus impuestos, porque los tiempos son muy difíciles y hay que arrimar el hombro, bla bla bla.

Se te enciende la bombilla y se te ocurre que sería genial poder adquirir destrezas de deportista profesional. Pero enseguida lo desestimas, porque te das cuenta de que al ser mujer y encima española no tienes prácticamente ninguna opción de encontrar el reconocimiento, ni mediático, ni social (y tal vez ni siquiera privado), salvo que te dediques al tenis, lo cual no te motiva demasiado, porque te gustan los deportes de equipo.

Quizá podrías pedirle a ese que asegura ser un genio que te dotara de superpoderes, pero rápidamente lo descartas, ya que el rollo de la superheroína no vendería tal y como están configurados los parámetros de la sociedad y no aparecerías en ningún cómic.

Piensas en el arte, sobre todo en aquellas ramas del mismo que te despiertan verdadera pasión. Crees que por fin lo tienes. Sí, eso es, le pedirás que te conceda un extraordinario talento artístico para poder modelar el mundo a tu gusto en tus pinturas, escritos, obras de teatro, diseños… Cualquier forma de expresión. Aunque también te toparás con el mismo problema que hallaste al cavilar sobre el mundo del deporte, la invisibilidad y las barreras resultarán menores que en aquel caso y, si curras mucho y consigues ser la mejor en tu campo…

Te entra el bajón nuevamente cuando ves las cosas desde una perspectiva algo más realista. Una artista en España tiene menos futuro que el peluquero de Mortadelo. Aquí se lee poco, sólo se subvencionan las cuatro exposiciones de los de siempre, lo mismo ocurre con el cine o el teatro, la música en directo está prohibida en la mayor parte de los garitos, la mayor parte de los royalties se los quedan las discográficas a través de los visionados de youtube; si intentas ser autónoma y hacerlo por tu cuenta no tienes ninguna opción de llegar a nadie porque no te conocen ni en tu edificio y tendrías que invertir pasta gansa en publicidad que no tienes y, aún obviando todo eso, no podrías competir jamás con el hortera de turno que graba la pachangada del verano con chicas en bikini; el IVA cultural, el nulo interés por la innovación, tú eres un poquito rebelde y no te va lo comercial y fácil…

Chica, acabarías más pobre de lo que ya estás. Aunque con orgullo, eso sí.

Le vuelves a dar a la chola, te mesas el cabello que te parece como si se estuviera volviendo lacio súbitamente de lo agobiada que te sientes. El infumable genio te mira con ademán socarrón y te está poniendo de una mala leche inenarrable. Parece disfrutar con tu callejón sin salida.

Una nueva revelación acude a tu mente. Un ámbito mucho más práctico que el anterior, pero que también te llena relativamente pues tiene que ver con la educación. Le pedirás tener habilidades excepcionales en el mundo de los idiomas. Eso está demandado y sobre todo en tu país, donde más de la mitad de la peña entre dieciocho y cuarenta años accede entre diez y veintisiete mil veces al día a Internet para buscar destinos extranjeros donde ofrezcan buenas oportunidades laborales. Serás una profesora excelente, impartirás clases en cualquier lengua y además con un poco de suerte hasta te ayudará en tu vida personal. ¿Quién te dice que el amor de tu vida no se encuentra en Japón, Canadá, la India o Tanzania, en vez de en España?

El plan es perfecto. Puede que no te hagas rica, pues ya te ha recordado el genio que en el territorio rojigüalda eso es parcela reservada para los seres no eruditos y no para los curritos, voluntariosos o talentosos, pero al menos ganarás un puñado de dinero suficiente como para llevar a cabo otros proyectos más altruistas o que cuadren más con tus inquietudes.

Se lo comentas vistiéndolo nuevamente con ardides y con actitud de no haber roto un plato en tu vida, para que no te salga con alguna de sus excepciones de censor. Él te escucha adoptando una expresión de picapleitos positivista y sofista que no te gusta nada.

Por fin, cuando has terminado de formular tu deseo que más bien ha parecido un alegato, él dice: “Muy bien, muchacha, eso entra dentro de la cartera de servicios permitidos”. Te contienes para no saltar de alegría, no vaya a ser que la pifies…

Lo mismo te da, porque la criatura con aspecto de hombre suelta de forma tajante: “Sin embargo, no te lo concederé”.

Esta vez no puedes disimular tu gesto de indignación y estupefacción. Entonces, antes de que digas nada hace una argumentación que te deja completamente noqueada. Resumiendo, viene a explicarte que el razonamiento que has seguido demuestra que eres una mujer madura, inteligente, juiciosa, prudente, moderada y no sé cuantos adjetivos positivos más… Y que él tiene terminantemente prohibido otorgar deseos a mujeres así. “Tú no necesitas un genio, chiquita, pues ya lo eres”. Esboza un gesto que intenta ser de autosatisfacción por su propio comentario, el cual cree propio de genio con ingenio, pero que sin embargo deviene más bien en una mueca simiesca de hombre subdesarrollado, y se marcha como ha venido, esfumándose, como sólo pueden hacerlo los tipos como él, mentirosos, embusteros y traidores.

Cuando te repones un poco de la mayúscula estafa y consigues caminar hacia algún lugar, recuerdas que tienes que sellar la tarjeta de demandante de empleo del Servicio Público de Empleo Estatal.

 

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