Lo que el complejo se llevó

Hubo una vez, hace muchos años, una ciudad que sufrió expolio y desmantelamiento de su personalidad. Una capital en la que hizo estragos la especulación, como en tantas otras de aquel país donde el cuento de la lechera era siempre best seller en las listas de venta del subconsciente.

La pérdida y la decadencia se habían cebado con esa villa, sin necesidad de que cayeran sobre ella bombas, ni de que se hubieran efectuado tiroteos de pistolas hermanas ni siquiera de que se hubieran producido catástrofes naturales. Los únicos factores causantes de la masacre en el alma de aquella pobre localidad fueron la ignorancia, el rencor acumulado por tantos siglos de derrotas y el complejo provinciano de inferioridad. Muchísimos años atrás la ciudad había perdido el esplendor del que había gozado antaño, también la capitalidad de la nación y desde entonces su deterioro había sido constante e implacable, así como la creciente amargura en los corazones de sus habitantes.

Numerosos edificios históricos habían sido derribados y sustituidos por construcciones modernas, o bien abandonados a su suerte, sin el menor cuidado o conservación. Algo parecido había sucedido con el impresionante legado artístico y cultural de la ciudad, casi sin parangón en aquellas fronteras siempre en entredicho. Teatros vacíos, clausurados o directamente demolidos, cines reemplazados por solares o por salas de juego, recitales musicales prohibidos, representaciones artísticas callejeras perseguidas y mal vistas, folclore y tradiciones denostadas, exposiciones y museos aletargados en la desidia de la promoción turística, que quedo prácticamente relegada a la gastronomía, los toros y los desfiles religiosos.

Pero lo peor de todo fue el atentado cometido contra la historia de aquella ciudad, casi olvidada a través de las generaciones, silenciada por el poder público y, en general, minusvalorada o incluso despreciada por sus ciudadanos. Había llegado a ser el centro del mundo occidental, capital de un imperio cruel que con el tiempo fue sustituyéndose por otros igual de crueles focalizados en distintos puntos del planeta, incluso a veces en sitios ignotos poco identificados físicamente y conectados por el poder del dinero. Esa ciudad, que rivalizó en belleza con París, Londres o cualquier otra gran capital europea, fue traicionada por las preferencias de cierto monarca Austria a quien pese a ello se le levantaron elementos de culto en el casco urbano, perfecto ejemplo de la falta de orgullo de sus autoridades.

Lo más lamentable es que esa ausencia de dignidad, esa tendencia a rendir pleitesía al tirano se fue afincando progresiva e implacablemente en la conciencia colectiva de la localidad, hasta el punto que se fue convirtiendo en una de sus pocas señas de identidad reconocibles. La gente olvidó con el tiempo que había sido ciudad de maravillas arquitectónicas y rincones bellos para únicamente quedarse con el título de vieja ciudad de palacios, como si sus moradores quisieran conservar esa especie de complejo de inferioridad hacia lo cortesano, aristocrático y elitista, aunque ya no estuviera apenas presente a nivel externo. Cierto que se conservaron lugares y joyas urbanas, que aquel municipio no era tan descafeinado como sus propios habitantes lo veían, pero el rastro de la pérdida y de la caída en picado se podía olisquear como un perfume rancio de gloria podrida. Algunos pocos, a falta de preciosismo visible, decidieron conservar su estatus palaciego a base de dinero inmovilizado en cuentas corrientes, forjado a base de fortunas heredadas, pisos alquilados y acciones sin donaciones.

En aquella ciudad de ánimo desgraciado se fue instalando un extraño sentimiento de culpa viral que se perdía en la lejanía de los tiempos y cuyas causas ya no eran visibles. Los adinerados culpaban a los pobres, a los mendigos y a los perroflautas por perturbar su paz apalancada. Los endeudados culpaban a los que eligieron a sus gobernantes conservadores para mantener su posición privilegiada y deprimir un poco más la del resto. Las chicas culpaban a los chicos por buscar en ellas únicamente sexo fácil y denostarlas socialmente si accedían al mismo, lo cual las dotó de una hostilidad que incluso se enfatizaba en las viejas crónicas de otras ciudades de ese país. Los chicos culpaban a las chicas por ir de princesas caprichosas y volátiles, como queriendo conservar el aroma de la ciudad pija venida a menos, aunque con un fondo de armario poligonero tras los vestidos de cachemira. Los viejos culpaban a los jóvenes por no trabajar lo que ellos aseguraban haber trabajado. Los niños y niñas a sus madres y padres, por no dejarles jugar en la calle. Los artistas culpaban a casi todos, porque dificultaban, entorpecían y rebajaban su arte a entretenimiento sin utilidad…

Muchos tenían ganas de huir de allí. Los que se quedaban renegaban de su pertenencia a la infortunada ciudad y cuenta la leyenda que aquellos que se marchaban la defendían con un contradictorio encono cuando se hallaban en la lejanía y la criticaban con desprecio durante sus visitas de fin de semana al mes.

Sin embargo, entre toda aquella masa boñiguera de reproches acumulados y retráctiles humores de ciénaga, existía algo realmente valioso que incomprensiblemente se había ido forjando a lo largo de los años con sacrificio, voluntades anónimas aunadas, mucha pasión colectiva y humildad. Pese a que no se daban en absoluto las condiciones óptimas por la falta de sentimiento identitario ya explicado, aquella localidad era un referente nacional en cuanto al deporte, tanto a nivel amateur como profesional.

La punta de esa pirámide deportiva la representaban los clubes de élite. Ninguna ciudad en aquel reino poseía tantas entidades deportivas situadas en la máxima categoría, ni siquiera las que tenían muchísimo mayor tamaño, como era el caso de las dos capitales por excelencia, la jurídica y la cínica. Si bien estas dos eran las que acaparaban la fama, el reconocimiento y los títulos, carecían o bien de un equipo de balonmano, tanto masculino como femenino, o bien de uno de rugby de primera línea.

El municipio protagonista de nuestra historia llegó a tener situados en la cumbre al mismo tiempo a sus principales clubes de fútbol, baloncesto y balonmano masculino, balonmano femenino, rugby masculino, fútbol sala femenino, hockey línea masculino y femenino, esgrima, tenis de mesa masculino y femenino, voleibol masculino y femenino, y billar. Una lista que no admitía comparación en ningún otro lugar de aquellos controvertidos pagos.

Pero la capacidad de dilapidación y derrumbe de esa ciudad ingrata se mostró también implacable con ese patrimonio de valor incalculable. El gran tesoro, el acervo principal en torno al cual aún podía salvarse la identificación, la honra, el tesón y la buena lid de los habitantes de esa villa mesetaria, se fue degradando poco a poco hasta encontrarse en estado de ruina y acabar convertido en polvo decadente, símbolo del rastro de los viejos aventureros y de los sueños esfumados.

La locura, los delirios de grandeza y sobre todo la prepotencia, fruto del eterno complejo de inferioridad que portaba la ciudad como una maldición, se fueron adueñando de las gestiones de los clubes con mayor apoyo social y mediático. Entretanto, los pequeños, que sí mantuvieron la honestidad y la humildad, se vieron arrastrados por los desastres económicos de sus hermanos mayores y por el desinterés e indiferencia de los ciudadanos, especialmente los más pudientes (que habitualmente también eran los más acomplejados), como por ejemplo el fútbol sala femenino, que fue de los primeros en caer. Casi todos los vecinos de la villa se sentían inferiores a las grandes capitales, sobre todo a la del centro, cuello de botella del país, situada a una hora escasa en tren. Era el lugar hacia donde se dirigían casi todas las miradas, con envidia y ansia ponzoñosa, generándose desdén acomplejado hacia lo propio.

Se produjo un diabólico efecto en cadena que nadie fue capaz de detener. La ciudad quería que sus clubes fueran poderosos, que estuvieran en lo más alto, que se codearan con los ricos a cualquier precio. Los gestores de las entidades se dejaron llevar por esa tendencia y por su propio afán de acaparar fortuna y gloria, así como de estar en el centro de la demente ruleta mediática. Ellos fueron los responsables, los ejecutores, y la mentalidad colectiva del pueblo fue la culpable. Para ello, se rompió la conexión esencial, la unión que había sido la clave del milagro durante tantos años. Y es que… ¿cómo podría calificarse salvo de milagro al hecho de que una urbe como aquella fuese el ejemplo deportivo de todo un país?

En efecto, se quebró la vinculación entre la raíz –la base, el sustrato, el origen de todos los éxitos– y su cúspide, que se volvió ególatra, soberbia y perturbada, y dejó de mirar hacia abajo, a los niños, a los jóvenes, al que había sido su sustento principal durante los inicios de la gesta. Se comenzó a dar primacía absoluta a lo de fuera, como sucedía en esa ciudad provinciana respecto a cualquier cosa. Se prefirió lo foráneo, sobre todo si era caro, se codició lo ajeno y se puso por encima de lo propio, siempre desvalorizado, a un nivel inferior, minusvalorado. Se debía perdurar en la élite a toda costa y conseguir logros o incluso títulos, y para ello había que soltar amarras y alejarse del muelle de la Leyenda del Pisuerga.

Cuenta la vieja y destruida historia que hubo un punto de inflexión definitivo, un momento en el que se desencadenó definitivamente el desastre. Cuando la cuerda se hallaba tan tensa que la muerte por asfixia estaba prácticamente garantizada, el principal club de balonmano masculino de la ciudad, que además era el que más y mejor había llevado el nombre del municipio fuera de los polémicos límites de aquel país, decidió dar un paso atrás y retornar a los comienzos. De nada sirvió. Era muy tarde para rectificar y demasiado pronto para que gran parte de su entorno tuviera la madurez suficiente como para entenderlo. Exceptuando a sus más acérrimos seguidores, la ciudad dio la espalda a aquel equipo construido a base de los valores básicos que lo habían guiado en otros tiempos. Nadie podía evitar la aniquilación. Se asegura en las antiguas crónicas del lugar que en sus últimos estertores de vida, en los postreros jadeos, al menos hubo un entierro bello y lleno de magia, como se merecía el cadáver recién enterrado en un añejo pabellón erigido en las que habían sido las huertas privadas del fundador de la villa. Incluso ha llegado a nuestros días un testimonio audiovisual de aquello.

Por si fuera poco, ese fue el año en el que los clubes de baloncesto y de fútbol descendieron de categoría, pese a su empeño en recurrir insistentemente, de forma casi obsesiva, a la importación de piezas sin raigambre con la localidad, cada vez menos comprometidas y más de tercera mano. La mayor parte de la acomplejada ciudad ya había comenzado a avergonzarse de ellos, pues llevaban varios años viviendo en el alambre, pero aquel fue el mazazo definitivo, especialmente para la entidad de la canasta, la cual además arrastraba una idiosincrasia particular difícil de explicar incluso para los que la conocían profundamente.

Sin embargo, hay que advertir a las lectoras y lectores que en este momento el añejo libro que estoy consultando y gracias al cual me he documentado para realizar este relato se vuelve algo confuso. Es como si se dividiera en dos líneas temporales absolutamente divergentes y totalmente contradictorias.

Por una parte, está la que yo considero como real y que finaliza, como he reseñado varias veces durante la narración, en la total desaparición de aquel patrimonio deportivo. Como si de un sistema informático en red se hubiera tratado, los fallos fueron contagiando al resto de equipos, infectándolos de virus contagiosos que dejaron como único superviviente final al mencionado club de baloncesto masculino, que sin embargo acabó pereciendo mientras disputaba sus últimos partidos en canchas desprovistas de gradas y, eso sí, al fin hallándose sus filas principalmente compuestas por jóvenes oriundos de la localidad.

Sin embargo, existe un anexo a esta especie de antología que me desconcierta. La atribuyo a la mente enfermiza de algún loco fantasioso y romántico que quiso inventarse un desenlace distinto. En ella se asegura que, después de aquellos sucesos nefastos, los habitantes se conjuraron para proteger a sus clubes, exigiendo a sus desnortados dirigentes un cambio de rumbo en la política de gestión de los mismos. Poco a poco, se produjo una regeneración en las entidades de fútbol y baloncesto masculino, se creó un nuevo club de balonmano masculino que paulatinamente y no sin dificultades fue recuperando el sitio dejado por el otro, pero sin arrastrar sus desfalcos y desmanes, y el resto de equipos continuaron la propia estela de las cosas bien hechas, sin perder la cabeza.

Los ciudadanos comenzaron a valorar el valioso producto propio que tenían entre manos, dejaron de perderse en aspiraciones irreales a corto plazo, abandonaron las comparaciones imposibles y fueron recuperando el orgullo, perdido tal vez muchas generaciones antes de que se crearan aquellas entidades deportivas. Los mayores y las adultas dejaron de interesarse únicamente por los clubes de gran relumbrón para fijarse en los suyos, integrándose en su masa social, aportando su granito de arena para su crecimiento y sobre todo valorando el que estuvieran construidos por los que podían ser perfectamente sus hijos e hijas en el futuro. Así, las niñas y los niños comenzaron a soñar con pertenecer a alguno de aquellos conjuntos, practicando su deporte favorito y llevando los colores de la ciudad allende sus lindes.

No os puedo decir si, según esta surrealista y a todas luces inefable crónica, alguno de los equipos ganó títulos, trofeos, competiciones u otras zarandajas, ya que este relato paralelo concluye abruptamente, sin epílogo, como si estuviera inacabado y no hubiera páginas suficientes en el tomo para recoger la continuación. En cualquier caso, todo esto ocurrió hace muchos años y ya se sabe que por lo general la Historia es traicionera y parcial.

Si realmente tenéis un interés inusitado, preguntadle a un especialista en la materia, que tal vez os pueda aportar más datos. A mí no me miréis. ¡Ni que yo fuera periodista deportivo!

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