Despedida del continente

La hora dejó de acercarse y llegó el momento. Hubo oscuridad, silencio, calle estrecha y un portal en desuso. Entre el anhelo del whisky, con regusto a coca-cola, el desierto tornó de rojo a negro y me ganó otra vez el juego la ansiedad.

Se separaron nuestros caminos con más elegancia que expresividad, con un arte cobarde, porque había miradas impertinentes (o eso creí), aunque no dejé de fijarme en tus ojos, parecidos a los que me dejan sin memoria.

Bajamos las persianas y cerramos las ventanas solos los dos, por primera y última vez. El día ya había abandonado, aunque también había sol. La despedida se fundió entre un abrazo que supo a retirada sin dar que hablar, a cambio de ciclo sin recuperación, a cariño entumecido que los alicates de tu afecto casi me lograron extraer.

Fue una partida digna, con un resultado intrascendente, mientras en otro continente todo un país derramaba lágrimas. Era la vieja Europa con sabor a victoria que te sentía regresar y la nueva América derrotada que se consolaba celebrando tu primera llegada. Yo me quedé siempre aquí, echando de menos África, entre pirámides de cartulina, sin haber salido de la ciudad de la Inquisición.

Apenas atisbé un camino y me lancé a él, buscando el premio de consolación. Pero perdí también la batalla, derribando tus buenos presentimientos. Ya sabes, yo como de costumbre; anidando en campos de matojos y tierras mal cultivadas, mirando a los cerros, añorando el horizonte al verlo, pensando en ti allende los mares del falso Egipto.

Te escribo una carta por no desgastar más las yemas de los dedos. Los que hay hace tiempo que cambiaron, pero aún no es veinte de abril. El verano me abrasa el corazón después de que volvieras a ser la niña que nunca podré tener en otoño. Cuando llegue Navidad, me levantaré por la mañana entre la nieve, esperando ver de nuevo el regalo de tu sonrisa en saltos sin cuerda.

Ahora cualquier día sin ti se hace desesperadamente soportable. El camino de vuelta a casa lo hago sin escuchar ecos de balones traspasando redes; tan atrapado quedé con tu ambición bien entendida. Hoy, un día más, a mí me atenaza el talento y me echa en falta la sencillez, como cuando me sujetabas los brazos haciendo filas castrenses.

En las profundidades de ese triunfo que sé que lograrás, no olvides que fui pasto de tu risa inocente, de tus andares desenvueltos y de la fe con la que echabas cada paso. Recuerda por mí, ya que yo no podré ni me dejarán los grumos del inconsciente, que hicimos juntos el último almuerzo y la última cena. Hubo dos Judas: el país y el tiempo.

No sé por cuanto tiempo podrá verte en la lejanía mi torpe entramado de emociones antes de que la sierra saje la nostalgia. Si alguna vez me vislumbras desde las puertas del cielo, perdóname por no entrar en tus diseños. Ya era tarde para empezar de cero. La lucha me la ganaron los mismos que con los que no podías renovar. Al menos me queda el consuelo de que corrí contigo y no me creí una rock´n roll star; sólo fugaz.

 

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Una respuesta a Despedida del continente

  1. Otro Álber dijo:

    El lenguaje encriptado de Álber

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