Las otras víctimas de los nazis

La imagen que Alemania ha proyectado históricamente hacia el resto del mundo resulta harto compleja. Levanta en muchas ocasiones sentimientos encontrados. Por una parte, el germano es percibido como un pueblo trabajador, organizado, productivo y capaz de recuperarse de cualquier catástrofe en tiempo récord. Pero en la otra cara de la misma moneda también se le considera mecánico, cuadriculado, excesivamente metódico, rígido, inflexible e impositivo. Conozco a personas que han residido allí durante períodos más o menos prolongados y coinciden con ambos, el anverso y el reverso. Cada cual con sus pros y sus contras.

Adolf Hitler. (Imagen: wikipedia.org).

Pero la historia de la principal potencia de Europa tiene además características históricas muy diferenciadas, o al menos así han sido reconocidas en los libros y en las crónicas. Esas vicisitudes, que no hace falta alguna que yo exponga aquí, han lastrado mucho la valoración que los nacionales de otros países otorgan al estado germano. Si bien ahora mismo está muy en boga por el hecho de haber funcionado como motor principal (o tubo de escape, según a quien se pregunte) de la supuestamente desastrosa economía europea y por el hecho de tener a una líder recia y muy conocida en todo el globo, como es Angela Merkel, odiada y denostada más que admirada y querida, resulta muy difícil aislar el nombre de Alemania de su pasado nazi. Nunca se logrará del todo. Si se pregunta a cualquier ciudadano de a pie sin demasiada cultura acerca del país teutón, probablemente los dos primeros elementos que identificará como típicamente alemanes serán su selección de fútbol, recientemente proclamada campeona del Mundial, y Hitler. Bueno, admito que posiblemente también a Merkel. Y las salchichas y las cervezas.

Casi todo el mundo sigue pensando a día de hoy que Alemania fue la culpable de la Segunda Guerra Mundial, que esta es prácticamente la única contienda bélica justa de la historia, pues se veían claramente distinguidos el bien y el mal, y que las cosas que hizo el Führer justificaban la defensa sangrienta de las naciones aliadas. De alguna manera había que responder a la anexión forzosa de Austria e invasión de Polonia, la expulsión y exterminación de judíos, opositores políticos y cualquier otro colectivo que no cuadrara con el espíritu nazi y a los planes de expansión imperialista y dominación violenta de Hitler.

Aún estando plenamente de acuerdo con tales planteamientos, existen muchas cosas que se quedan en el tintero y que frecuentemente se olvidan, como casi siempre ocurre con la historia mala, que es aquella que divide a los verdugos de sus inocentes víctimas, porque es la que mejor se vende. Pocos tienen en cuenta que el Führer era admirado, además de temido, por otros líderes mundiales, como Churchill o el mismísimo Stalin, quien firmó con el canciller alemán por excelencia un pacto de no agresión poco antes de empezar la batalla, en una de esas ironías maestras del destino.

Por otra parte, el hecho de que el estado alemán provocara a todo el planeta con sus crímenes y genocidios contra la humanidad y ello hiciera, si no necesario –pues creo que toda guerra es evitable tomando las medidas preventivas adecuadas, incluso aquella–, al menos sí legítimo y comprensible el que hubiese una reacción de igual contundencia, resulta tremendamente injusta la identificación absoluta que normalmente hace la mayor parte de la gente entre el ejército germano y sus líderes. Los métodos de estos fueron ejecutados por determinados individuos probablemente perturbados, expresamente aleccionados para ello y con el correspondiente lavado de cerebro de por medio.

Soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. (Imagen: wehrmacht-info.com).

Sin embargo, los hombres que combatieron bajo la bandera nazi –así como las mujeres que realizaron otro tipo de funciones no menos importantes al servicio del III Reich– fueron en su mayoría soldados que no tuvieron ninguna posibilidad de elegir si ir a la guerra a matar a otros seres humanos o quedarse en su casa. Como casi todos los miembros de cualquier armada cuando les toca participar en un conflicto de grandes dimensiones. Más si cabe en aquella época, donde defender los intereses de la patria se consideraba un deber sagrado y la guerra era vista por la población como un acto de valor, servicio y abnegación cuya realización no podía ser rehusada. La imagen que ha llegado hasta nuestros tiempos del ejército alemán que participó en la Segunda Guerra Mundial es la de un contingente ordenado, disciplinado, muy motivado, totalmente identificado con la esvástica y el resto de enseñas alemanas de la época y firme creyente de la importancia de los objetivos que tenían encomendados.

Pero más allá de ese cortinaje y de la fanfarria nazi, muchos soldados alemanes detestaban a Hitler, lo consideraban un loco ególatra, lo criticaban en las reuniones de camarillas, en bajito, deseaban el fin de la guerra y respetaban a los combatientes de otros bandos, a los cuales sin embargo mataban por la inercia del conflicto, el instinto de supervivencia y la deshumanización como método de defensa asociado a la barbarie. Como imagino que sucede en cualquier guerra, donde el único romanticismo se lo reservan los cronistas y poetas que escriben sobre ella.

El escritor alemán Heinrich Böll. (Imagen: electroasylum.com).

Precisamente he tenido recientemente la oportunidad de leer una novela excepcional titulada El tren llegó puntual, del escritor alemán Heinrich Böll, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1972. El autor vivió la guerra en primera persona y, como exsoldado, la visión que da es la de un ejército de composición interna mucho menos idílica que la imagen que se expandía hacia el exterior. Pero lo verdaderamente interesante es observar otra guerra, la dirimida en el interior de los soldados alemanes, poseedores de almas atormentadas y torturadas, descreídas por completo de cualquier propósito bélico o de la grandeza del Reich. “Voy a morir muy pronto”, es la única obsesión de Andreas, el protagonista de esta pequeña joya literaria, que consigue crear una empatía tremenda hacia ese soldado alemán que pese a todo conserva muchas emociones más allá de la ciénaga que cubre su espíritu.

Cartel promocional de la película “Das Boot”, de Wolfgang Petersen (1981). (Imagen: butacadeprimera.com).

En un terreno más comercial, también vi hace poco la película Das Boot (El Submarino), filme dirigido por Wolfgang Petersen, un director teutón que luego se haría muy estadounidense. Sin embargo, en este largo (demasiado largo, dicho sea de paso) de impresionante factura estrenado en 1981 demostró que poseía cierto talento para contar cosas más allá de los meros parámetros de entretenimiento.

Si uno se olvida de la claustrofóbica ambientación y del despliegue técnico que dota de gran realismo a las escenas, se descubre el verdadero valor de la película, cual es retratar casi con maestría la decadencia, el hastío, la miseria y, en ocasiones, el delirio, de unos jóvenes soldados alemanes que son los únicos protagonistas de su particular guerra, alejada en las profundidades de las aguas de la otra contienda, la conocida. Se muestran desesperanzados y sin fe en la victoria de la flota alemana, cuestionan las órdenes del alto mando nazi y la inteligencia del propio Hitler. En ese submarino lleno de vidas destrozadas el himno venerado no es el alemán, sino el popular It´s a long way to Tipperary que entonaban los miembros de las fuerzas militares británicas, ironía que en mi opinión supone el punto más álgido de la cinta. Se la considera una obra de gran fidelidad respecto a los sucesos realmente acontecidos.

En definitiva, se trata de dos visiones expresadas por sendos artistas alemanes que probablemente odien lo nazi tanto como cualquier otra persona con un mínimo de humanismo, pero que sin embargo no se olvidan de retratar a otras víctimas de aquella Segunda Guerra Mundial, vendida general y únicamente como de malos y buenos. Esos damnificados nunca salen en las películas de Hollywood, donde siempre se entierran con todos los honores a los héroes estadounidenses y prácticamente por sistema se desdeña la calidad humana de cualquier soldado germano que combatió a las órdenes del régimen nazi. Con frecuencia, dichos militares aparecen fugazmente, bien para morir o bien para mostrar una especie de personalidad que se mueve entre lo automático, lo degenerado y lo monstruoso.

Imagen de la película “Das Boot”, de Wolfgang Petersen (1981). Imagen: smokingbarrels.blog.hu).

Seguramente los trabajos de Hesse y Petersen antes mencionados se hallen mucho más cerca de la imagen real del soldado medio alemán que estuvo integrado en el ejército nazi que la que ofrecen las películas más famosas y reconocidas facturadas en la llamada Meca del Cine.

Es una verdadera lástima que, casi con total certeza, ninguno de los que leerá este artículo combatiese en la Segunda Guerra Mundial. Precisamente, esa dificultad que suele subyacer cuando se intenta acudir a la fuente original hace imprescindible observar muchos trabajos histórico-culturales realizados desde perspectivas muy diferentes. Es lo único que nos puede salvar de los vacíos interesados dejados por algunos historiadores, del forofismo y del maniqueísmo.

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