No estuvo mal

Subo por aquella montaña de piedra creo que caliza. No hay indicadores de velocidad ni señales de seguridad. La fila india se quedó en el limbo de la niñez antes de llegar a los tipis. Quise asentar mi campaña allí, pero siempre ganó la tienda.

La memoria se me desdibuja entre gargantas, chapoteos e historias plomizas. No sé si me quedé en el bosque oscuro, siempre castigado, o salí a buscar aventuras más allá de lo que iluminaba la luna. El cuadro siempre estuvo aquí y no lo vi.

Fui niño para volver a serlo de adulto. Tuve odio comprimido para soltarlo en amor cuando había que proteger los senderos, las formaciones y las dudas. El control se erige siempre como jerifalte contra los desmadres de la infancia. Pero sigue habiendo risas y llantos.

Reconozco que me cuesta ver más allá de las líneas que trazan los permisos de mis olvidos como dunas. Elijo prohibirme recordar para que así me dejen en paz los trances vividos en traumas de reglas autoimpuestas y secarrales de esta Castilla que allí era fértil y verdosa.

El pirómano remató lo vivido y lo dejó en aras de la lógica del mundo capitalista. Listos y astutos eran los extintores de los fuegos que no necesitaban mangueras. A veces decidiste apagarlos antes de que se crearan en tus rutas. Otras los dejaste bullir descontrolados, fatuos como aquellos profesores que se jugaron nuestros tipos.

El riesgo llama a capital cero y mano de obra barata para excavar las zanjas de los vacíos cerebrales. Es lo que me gustaría decirte algún día. Que lo veo como la herida hollada por el caballo que se quedó sin grupa y optó por arrancarles las colas a los escorpiones. Pero más bien soy del vulgo, lagartija.

Ahora vuelves a llorar como aquel primer día de liberación familiar. Yo ahora no lo hago aunque me opriman los lazos consanguíneos en las cuerdas vocales. Tú y yo casi nunca lloramos de risa ya, aunque soltamos ironías entre café caliente y te verde a cuarenta grados.

Medimos la distancia en aparataje pesado de anécdotas sin descanso ni tregua de silencios maduros. Preferimos ser los chiquillos que compraban gayumbos nuevos para violar ese campo donde no les dejaban llamar por teléfono sin móviles. En realidad nunca necesitamos el chat de las conversaciones entre ondinas y bulevares.

No te olvides que paso revista a todo lo viejo y lanzo aristas a lo que creo nuevo (maldito rompehuesos). Las flechas se las he dejado a Diana. Nunca fue lo mío la caza mayor, aunque en aquel paraje de cuentos añejos sonaban animales devorados por hembras reinas de un futuro que no acabaron de llenar sus príncipes nunca coronados. Acuérdate de cuando fuimos top y frisaba la tragedia en esta ciudad insana.

Siento haberte sacado del campo de los refugios ilegales y devolverte a las calles de las represiones normativas. Cuando llegue el momento, bajaré al portal donde quedamos desde que robaron mi mundo y, mientras me derrumbo lentamente, sin drama, te diré, una vez pasada la fatiga, con la calma en mis ojos y la nostalgia en los tuyos, mirando hacia atrás por encima de mis hombros:

No estuvo mal.

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