Menores mediadores

Resulta muy tópico decir que cuando se trabaja con niños uno descubre muchísimas cosas y aprende al mismo tiempo que enseña, aunque es totalmente cierto. Sin embargo, existe otra frase muy relamida y aparentemente también muy verídica, que cada día me parece menos acertada: “son como niños”.

Ojalá fuera así.

Si dos niñas o niños tienen un conflicto entre ellos, se puede actuar de dos maneras. La primera consiste en poner en funcionamiento el mecanismo represivo, correccional o ejemplificador construido previamente por los valores del que se encarga de impartirlo, ya sea el Estado, una organización, un centro, una familia o el tutor correspondiente. Con ello no sólo hay que pensar en castigos, pues existen otras fórmulas supuestamente más modernas, que van desde la charla moral hasta aquellas más originales que buscan la toma de conciencia del niño o la niña a través de la metáfora, incluso representada con todo lujo de detalles por el adulto, dando protagonismo al propio menor o tratándolo como mero observador.

(Imagen: bebesymas.com)

La segunda vía de actuación es dejar que sean los propios críos quienes resuelvan el conflicto con la ayuda de un mediador que cuente aproximadamente con su misma edad.

Normalmente esta última es infinitamente más efectiva. He tenido ocasión de comprobarlo en virtud de mi trabajo. Ya pueden haberse peleado agriamente los dos implicados en el problema, o incluso cascado a base de bien, que normalmente acaban pidiéndose perdón mutuamente, dándose la mano y jugando juntos de nuevo. El hecho de que sean otros niños o niñas los que intercedan resulta determinante. Aquellos que se han envuelto en la disputa los ven muchísimo más cercanos a sus preocupaciones, formas de hablar y modos de comportarse, y, pese a que no estén imbuidos por la autoridad de un adulto, se hacen respetar y sus consejos terminan por prevalecer.

(Imagen: educarloshijos.blogspot.com).

Lo curioso del caso es que esta misma situación no suele encontrar su contrapartida en el terreno de los niños o niñas ya crecidos. Si dos personas supuestamente maduras, hechas y derechas, tienen una movida, raro es que la cosa termine arreglándose. Ya puede venir a mediar el espíritu de Nelson Mandela, que frecuentemente tiene la misma efectividad que los crecepelos inventados por el Profesor Bacterio. No digamos si encima el asunto objeto de controversia tiene lugar en el entorno laboral. Las posturas acostumbran a ser irreconciliables. Cada rey se enroca en su propia casilla y, aunque salga la reina con sus movimientos libres, elegantes y su indiscutible carisma, la partida concluye en tablas, aunque en la mente de los contrincantes está el jaque mate que se han asestado mutuamente. Poco importa quien movió primero los alfiles o quien trotó sin cuidado con sus caballos descontrolados. O si ambos fueron agresivos, como de hecho suele ocurrir cuando se trata de hombres y mujeres que fueron niños y niñas en años muy remotos (si se considera la distancia emocional).

No pienso que la contraposición sea descabellada ni que los planos sean tan distantes que no puedan ponerse al mismo nivel. El hecho de que las relaciones entre adultos resulten mucho más complejas y de que el contexto social en el que se desenvuelven entrañe múltiples diferencias con respecto al universo lúdico de los niños y niñas, no justifica por sí mismo el abismo respecto a los resultados en la resolución de conflictos que se producen en uno y otro caso.

(Imagen: radio.rpp.com).

Más allá de que el miedo de perder el bienestar económico, social y laboral condicione decisivamente la forma de comportarse de las personas adultas en la mayoría de los entornos, tengo el pleno convencimiento de que lo que más lastra la armonía en cualquier tipo de organizaciones, colectivos o grupos gestionados por adultos, ya sean profesionales o personales, es el orgullo. Eso cristaliza en múltiples defectos, propios del adulto y que no suelen estar presentes en el menor. En resumen, falta de empatía emocional, nula capacidad de cesión e intolerancia.

Aunque pueda resultar irónico, el exceso de racionalismo en el análisis de los críos grandes deriva muchas veces en cabezonería y visceralidad. Puede que de primeras un adulto sea mucho más cerebral que un niño, el cual normalmente se enfada por nimiedades y acusa al compañero o compañera que tiene al lado de forma impulsiva y absolutamente nada motivada. Pero la persona infantil tiene una increíble capacidad de reflexión a corto plazo, si existe una mediación adecuada, que muchas veces es realizada por otros niños o niñas, y la escasa capacidad de retención de los pequeños en cuanto a los sentimientos de animadversión o a los desagravios hace que la cosa se diluya en el tiempo. En el mundo adulto entra en liza el rencor, también derivado del orgullo, y eso hace que ni siquiera los problemas aparentemente solucionados acaben de disolverse. Se usa lejía y productos de limpieza muy sofisticados, con ingredientes aparentemente infalibles, como los instrumentos de comunicación interna de las empresas, los arbitrajes, conciliaciones, la típica amiga organizadora de eventos reconciliadores o el clásico vecino que trata de que llegue el buen rollo a esta nuestra comunidad.

(Imagen: convivamosenarmonia.blogspot.com).

No digo yo que en todos los casos fracasen, pero el porcentaje de éxito de las mediaciones es infinitamente menor. La soberbia, el anteponer los motivos egoístas y racionales a los afectos y el desparrame de bilis con más control que cuando éramos niños pero con mucha más inquina y retorcimiento, hace que una relación adulta rota de origen o de forma sobrevenida sea más difícil de vincular o restablecer que los cables del ascensor del 13 Rúe del Percebe.

Cada vez estoy más convencido de que la estúpida sociedad adulta funcionaría bastante mejor si dejáramos que los niños intervinieran en nuestros asuntos y mediaran en los conflictos. Sus simples y lógicos razonamientos harían que más de un imbécil orgulloso se sonrojara y que unos cuantos inútiles se quedaran con la boca abierta, pensando: “por qué no se me habrá ocurrido esto a mí antes”.

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