La comunidad nacional

La historia que voy a narrar a continuación, basada en hechos reales, es la de un país tan pequeñito que entraba todo él dentro de un edificio de nueve plantas, subdivididas en dos viviendas cada una, excepto la novena y última, que sólo contaba con una. Los miembros de la comunidad de vecinos venían a ser los únicos habitantes de esta singular nación, cuya mentalidad era tan diminuta como las dimensiones de sus dominios.

Dicha construcción contaba con un ascensor normal, de funcionamiento normal, sin más esplendidez que su funcionamiento normal, el cual hacía su servicio con la dignidad suficiente para trasladar a la población desde la planta baja hasta sus diferentes moradas y a la inversa. Sin embargo, tenía una importante carencia. No llegaba hasta el último piso, el más elevado, por lo que el ocupante, sólo uno, de la vivienda número diecisiete, se veía obligado cada día a subir el tramo de escaleras que separaba la octava planta de la suya. Se trataba de un hombre de muy avanzada edad, con problemas de movilidad propios de tal vetustez. El mencionado abuelito había estado durante años accediendo a su piso con esas dificultades, aunque se valía por sí mismo y lograba superar el obstáculo sin mayores dificultades.

Un buen día el señor se cayó en la calle, fuera del territorio del país, lo cual provocó que se viera obligado a recuperarse de sus heridas en una residencia privada. Sin embargo, su intención era regresar a su tierra y para ello planteó a sus compatriotas que hicieran una obra en el ascensor a fin de que pudiera llegar a una altura superior, la suya, la del controvertido ático, donde se ubicaba su vivienda, la número diecisiete.

El resto de la comunidad al principio se negó en rotundo a tal proposición, la inmensa mayoría de ellos porque la obra supondría unos gastos desmesurados a la comunidad y por ende a las economías individuales de tales vecinos, por esto de las derramas y derrames tan temidos por los propietarios de fincas como la descrita. No en vano, el ascensor debía ser demolido por completo y construido otro completamente diferente en su lugar, al parecer por razones técnicas, económicas, técnicas, organizativas o de la producción.

Sin embargo, había una familia, la poseedora de la vivienda número trece, sita en el séptimo piso, que se opuso a tal idea por otros motivos, cuales eran la existencia de una persona igualmente anciana, mujer en este caso, de movilidad tan limitada como la del abuelo del ático. Si se llevaba a cabo tal faraónica obra, no habría ascensor durante casi un mes, lo cual implicaría que la señora se vería imposibilitada de abandonar su vivienda durante todos ese período de tiempo. Le resultaría imposible acudir a sus consultas médicas encuadradas dentro del sistema de Sanidad Pública, así como darse su pequeño paseo matutino o tomarse su cafecito vespertino. Es menester destacar que tales vecinos no eran propietarios, sino arrendatarios, siendo los únicos vecinos que tenían tal condición en todo el inmueble.

La disyuntiva a la que supuestamente se enfrentaba la comunidad nacional era de tomo y lomo. Si rechazaban el nuevo ascensor, confinaban al viejo propietario a la residencia, pero si accedían a su realización, hacían lo propio con la vieja. Dos mundos aparentemente tan próximos entre sí, pero en realidad tan lejanos. Del trece al diecisiete, del séptimo al ático, del ascensor a las escaleras, ambos tan cercanos y tan distantes al mismo tiempo. La justicia y la injusticia puestas en un fino y delgado hilo representado en los cables del elevador, tan decente y digno para aquel Estado comunitario como mal prevista había sido su inicial configuración.

El drama estaba servido y no era cosa menuda. El peso de la decisión final recaía cual IVA cultural en las cabezas de aquellos desdichados propietarios horizontales, que hicieran lo que hicieran aparentemente perjudicarían a alguien. Tal debía ser su desvelo que no resulta fácil hallar palabras para describirlo.

Pero en esta horrible tesitura surgió la clarividente idea de dos de los habitantes del edificio, concretamente los ostentadores de la vivienda número nueve, que además ejercían como psicoterapeutas y eso, sin lugar a la menor duda, era cosa seria y los cualificaba. Tras consultar la normativa y las diferentes opciones, estos dos comunitarios pusieron sobre la mesa la posibilidad de colocar entre el octavo piso y el noveno una rampa especial para personas con discapacidad o dificultades motrices. De esa forma, todo el mundo quedaría contento.

El abuelo que había dado pie a todo el conflicto gritó indignado un sonoro no a lo que consideraba una afrenta hacia sus intereses y necesidades. Él, como propietario del edificio, tenía derecho a gozar de las mismas condiciones que los demás. La tercera vía propuesta por los psicólogos le dejaría en una posición de inferioridad y seguiría siendo un ciudadano de segunda en aquel edificio, igual que lo había sido durante todos esos años. Nadie alcanzaba a comprender las exactas razones que llevaban al empecinamiento del hombre, aunque se rumoreaba que sus herederos extranjeros, viendo próxima su defunción, le estaban presionando para que arreglara el incómodo asunto de su vivienda, la cual se revalorizaría considerablemente si hasta ella llegaba el ascensor.

El viejo entonces decidió que no le quedaba más remedio que hacer uso de la única herramienta que le otorgaría posición de fuerza en aquella su comunidad nacional: el dinero. Como de tal recurso andaba el señor sobrado y podía permitirse pagar un elevador nuevo y otros dos si le daba la gana, decidió que él sufragaría la obra y así se lo comunicó a sus compatriotas. Lo hizo mientras notaba una fuerte opresión en su corazón, él que había estirado durante toda su vida la pasta de su cuenta corriente como si contuviera espaguetis.

Los demás habitantes escucharon atentamente la nueva opción y se desmarcaron con sonrisas, estallando de cordialidad con el viejo, mientras sus ojos brillaban como chiribitas. Gracias a la prudencia de su primera negativa, tendrían un ascensor nuevo y flamante, ahorrándose así la comunidad nacional todos los gastos que en el futuro pudiera ocasionar el ya existente (tan digno y eficiente como mal planificado) por posibles averías, revisiones, modificaciones o eyaculaciones de salvajes polvos veloces.

Todos los vecinos comunitarios se miraron cómplicemente, regocijándose con su importante logro y alabando su magnífica astucia y capacidad de negociación. Una vez que el nuevo elevador fuese instalado, no habría quien los detuviera en su imparable camino hacia la modernidad, creciendo en cada nuevo viaje que los trasladaría desde los inicios de sus fronteras hasta las particulares guaridas de cada uno. El mes de la obra ciertamente supondría un fastidio considerable, pero a fin de cuentas todos poseían propiedades en el extranjero o dinero para conseguir una ocasional, de modo que desaparecerían esa temporadilla de sus dominios, vistiéndose de emigrantes aventureros, término muy de moda, y retornarían a su hogar triunfantes y con el país en plena recuperación. Cualquier cosa por la patria.

Evidentemente, votaron que sí a la propuesta y autorizaron la obra. Lo hicieron todos los que acudieron a la definitiva reunión. Entre ellos, no estaban los psicólogos, decepcionados con el desprecio perpetrado hacia su inteligente y conciliadora idea. Para colmo, tuvieron que cerrar la clínica mientras se realizaban los trabajos, dado que algunos de sus pacientes se hallaban imposibilitados físicamente para superar todos los peldaños que existían hasta la planta cinco

Las labores de demolición del viejo ascensor (tan digno como mal diseñado) y erección del nuevo se llevaron a cabo con precisión, energía y ruido infernal durante el mes de agosto, en el cual los habitantes de aquel país pequeñito disfrutaron de las mismas vacaciones que cualquier otro año pero con una alegre diferencia: a su vuelta su territorio común luciría más lozano y moderno, y todo ello sin necesidad de haber soltado un solo duro de las austeras cuentas comunes. Uno de ellos proclamó la perfección de la balanza fiscal comunitaria, en lo que el susodicho consideró un alarde de ingenio.

Por su parte, los olvidados miembros de la familia arrendataria de la vivienda número trece, que tenían ingresos mucho más limitados que los del resto de comunitarios, se vieron obligados a sufrir la obra entre los rigores de los asfixiantes días veraniegos y la fantasmagórica apariencia del edificio, sin más habitantes que los obreros revestidos de protecciones auditivas que la empresa elegida para realizar la obra no tuvo la cortesía de darles a ellos. Tampoco repararon en ello los comunitarios que sí habían reparado en gastos (cuando amenazaban sobre sus faltriqueras).

Una vez que llegaba la noche, si subían los siete pisos que los separaban de su vivienda, se imbuían del silencio que invadía el edificio, de aspecto espectral, y observaban la luna agostera a través de los vanos que había entre rellano y rellano, mientras aprovechaban para tomar un respiro. La matriarca casi nonagenaria, optó tras varios días de sufrimiento por elegir la crisis económica antes que la nerviosa que le estaba generando el enclaustramiento nacionalista, por lo que decidió gastarse lo que no tenía para marcharse el mayor número de días posible a un modesto hotel con ascensor (digno y normal, sin esplendidez, funcional, y seguramente más o menos bien planificado), aunque para ello tuvo que padecer una bajada brusca de siete plantas, durante la cual sus rodillas se desvivieron en improperios y su sistema respiratorio tuvo que hacer acopio de recursos extra.

A la vuelta de todo este tinglado, el edificio que poseía aquel país se convirtió en una construcción con ascensor aparente, de cierta esplendidez, velocidad similar al anterior y que llegaba hasta un ático que continuó deshabitado, aunque a su propietario, que siguió viviendo en la residencia privada, se le eximió de pagar la cuota mensual durante una buena temporada en recompensa por los servicios prestados en pos de aquella su comunidad. Los alquilados de la vivienda número trece se negaron a pagar dichos gastos comunitarios en venganza por los perjuicios causados y acabaron siendo desahuciados. Se cuenta que el día de su expulsión bajaron por el nuevo ascensor, el cual se detuvo en mitad de la marcha, tal vez por exceso de peso, y tuvieron que ser auxiliados por técnicos de la misma empresa que lo había erigido, la cual tuvo que repararlo. Dicha actuación generó una derrama al resto de habitantes de ese país pequeñito que cabía en un edificio de nueve pisos y diecisiete viviendas.

No se sabe muy bien qué ocurrió con los psicólogos, aunque los rumores hablan de que jamás regresaron al país y montaron su nueva clínica en la última planta de un rascacielos abandonado.

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