Primero arregla tu casa…

La socorrida expresión de cabecera no la suelo pronunciar yo nunca. En realidad les debo el tema de este artículo a dos amigos míos que la expresaron el otro día mientras departíamos del bien, el mal y el regular.

Primeramente diré que son personas juiciosas y con valores, en absoluto el prototipo del egoísmo o el materialismo. Sin embargo, son de la teoría de que España no está actualmente para ayudar ni compadecerse de nadie y aún menos sus ciudadanos de la clase media, a la cual ellos consideran que pertenecen. Mis colegas son dos de esos indignados de centro-derecha que simpatizan con Pablo Iglesias, pero que no coinciden probablemente con ninguna de sus propuestas de corte social. Pese a ello, a día de hoy lo votarían, debido al odio que arrastran hacia la casta política tradicional española, según la definición pabloiglesiana.

“Nos viene muy bien que esté ahí, aunque no gobierne. A mí tampoco me gustaría que gobernara, pero sí que toque los cojones a toda esa gentuza”, apostillaba uno de ellos, mientras paseábamos por una amplia avenida de una gran ciudad española, entre la calma de la tarde, los aromas cargados del verano y varios grupos de latinoamericanos que cruzaban un puente, se reunían en torno a una radio o parloteaban tirados al césped.

Pablo Iglesias (en el centro) festeja su éxito electoral en las pasadas elecciones europeas junto a otros miembros de Podemos. (Imagen: publico.es).

Ellos sostienen, como muchos otros españoles, que los extranjeros, ya sean panchitos, negritos o chinos, tienen ventajas respecto a los nacionales patrios de origen. En cuanto a las subvenciones que reciben, las ayudas a las que pueden optar y las condiciones en la que se les permite establecer sus negocios.

Confieso que yo me sentía algo escandalizado, pues, aunque de ellos tampoco me esperaba un discurso pro Amnistía Internacional, nunca les había oído hablar así, pese a nuestra larga amistad que se remonta a los albores de la infancia. Antes de esgrimir mi total desacuerdo, traté de entender su postura. Señalaban como ejemplo que los hijos de los inmigrantes copan casi todas las plazas en guarderías y colegios públicos, sobre todo en aquellas zonas urbanas donde no hay demasiadas. Yo opuse que eso estaba fijado en función de parámetros de renta y que el hecho de que se adjudicaran más plazas a los extranjeros se debía a que normalmente tenían un nivel de ingresos inferior, no porque la legislación los beneficiara expresamente. Aún admitiendo ese argumento, mis amigos se enfurecían ante el hecho de que ellos, pese a ser españoles de pura cepa, tendrían que llevar a sus retoños a un centro escolar muy distante de su zona, mientras que por el contrario los inmigrantes podían darse un paseo de pocos minutos desde su morada hasta el lugar de estudio de sus pequeñuelos. Yo a su vez admití que en efecto eso estaba muy mal, pero no por la comparación aparentemente discriminatoria, sino porque todo el mundo debería tener el derecho de enviar a su prole al colegio público más cercano de su domicilio.

Mis colegas siguieron con lo suyo, defendiendo de una forma algo visceral y radical, como ellos mismos reconocieron, que el pan primero tenía que ser para los españoles y que, por muy desfavorecidos que estuvieran los inmigrantes que llegaran a España, la preferencia había de ser para los de casa. “España no es una ONG, no puede entrar nadie mientras haya españoles en paro”, decían. Añadieron entonces el concepto de la entrada irregular, sacando a colación inevitablemente el tema de las pateras y la escalada de las alambradas y salto de vallas (mi irredimible humor negro me hizo estar a punto de plantearles que a lo mejor el secreto estaba en nacionalizar a todos y mandarlos a las olimpiadas, al estilo estadounidense, pero me reprimí, pues no estaba el ambiente vespertino para chascarrillos).

Varias personas tratan de saltar la valla fronteriza situada en Melilla. (Imagen: Telecinco).

El hecho de conocer las condiciones penosas en las que vivían esos ciudadanos, muchos de ellos menores de edad, e incluso niños, en sus países de origen, no les enternecía ni lo más mínimo. “Si lo tuyo está hecho un desastre, no puedes preocuparte de los demás. Primero arregla tu casa…”, sentenció el más elocuente de los dos. Yo intenté discutirles el término de la austeridad obligada y de la escasez de recursos con el que a mi juicio nos han manipulado desde Bruselas, a través del conducto siempre eficaz de la calle Génova, pero ellos sí están convencidos de que, aunque se gestione mal y haya una estafa evidente, en realidad la crisis es muy real y resulta cierto que España está tan pobre como en los tiempos del mondadientes.

Entonces comprendí que la forma de pensar de mis amigos, por otra parte muy extendida en el terruño de la bandera rojigüalda, no venía motivada por sus prejuicios racistas (los cuales hasta donde yo sé jamás han tenido), sino a causa de la comunicación del sistema que los gestores de la vida pública española han ido constituyendo a lo largo de los años y que ha ido fraguando ese tipo de ideas algo xenófobas. Por supuesto, también influye el propio contenido de ese entramado, lleno de barrabasadas (que una familia no pueda llevar a sus hijos a la guardería pública o al colegio público más próximo a su casa es, en efecto, una canallada propia de un sistema criminal).

Clase multiétnica en un colegio de L´Hospitalet. (Imagen: El País).

El mensaje de que estamos muy pobrecitos y que el Estado ha estado durante años despilfarrando lo que no tenía en asuntillos sociales que no revierten directamente en el bienestar de los ciudadanos patrios trabajadores, los cuales soportan estoicamente las cargas de la crisis y de la estafa, ha penetrado hondamente en la conciencia del pueblo español. Igualmente ha arraigado fuerte la idea de que sobran funcionarios públicos, esos de oposición y carrera posterior. Nadie habla expresamente del personal de libre designación asociado al político de turno, aunque lógicamente también están incluidos dentro de la misma idea de la sobredimensión de la Administración Pública. Hay que erradicar corporaciones, organismos, empresas públicas y fundaciones, cargarse a empleados públicos (desde el político de alto cargo hasta el administrativo de Grupo D), retirar subvenciones, ayudas… Todo ello con el fin de que el ahorro resultante revierta en mejorar las condiciones empobrecidas de los ciudadanos de clase media y media-baja del sector privado.

Esta línea de pensamiento podría perfectamente haber cuadrado en un discurso de Marine Le Pen, pero, como en España esas cosas de apariencia tan fascista no triunfarían por motivos que ya expuse en mi artículo “El extremismo político en España: la ultraderecha”, la movida torna a un color más rojizo y surge la figura del político de la coleta con sus proclamas populistas y de antídoto sin laboratorio. Si vivieran en España, a Iglesias le votarían ahora mismo incluso los franceses partidarios de la lideresa del Frente Nacional, a falta de otra alternativa más acorde a sus posturas.

Esa forma de interpretar la realidad social actual no solo la ostentan mis amigos, sino muchísimos españoles. Y no los culpo, aunque esté en completo desacuerdo con ellos. Es cierto que los asalariados del mercado laboral privado han sido los más maltratados desde que interesó que nos diéramos cuenta de que estábamos en crisis, eso no se puede negar, y de ahí el hondo malestar que padecen las personas integradas en su colectivo. Sin embargo, la mayoría de la gente no repara en que los auténticamente pobres ya estaban semi excluidos antes de la caída de Lehman Brothers y también antes de la de Aznar (y antes…), y esta oleada de desastres macroeconómicos que ha acaecido no ha hecho sino machacar un poco más a esos parias, que lo fueron, lo son y lo siguen siendo en este país donde una vez que caes no te levantas ni aunque te rocíen el alma con Viagra. Por ello resulta irónico que un importante sector de la ciudadanía española se queje de las ventajas que se les da a los grupos de menores recursos, puesto que en su mayoría no son más que migajas insuficientes a las que para colmo no tienen acceso los que son extremadamente pobres, como ya puse de relieve en la entrada “No es solidaridad todo lo que reluce”.

(Imagen: gallinablancaccoo.blogspot.com).

Sin embargo, la taimada habilidad tanto de políticos como de los medios de comunicación, que han sido en parte compinches de aquellos en la creación del estado de opinión que ahora domina en las provincias hispanas, ha conseguido que se culpara al inmigrante, al drogadicto, al delincuente y, eso también hay que reconocerlo, debido a la vertiente no cómplice del Periodismo, también a los propios políticos (así, mientras muerden la mano del que les da de comer, siguen con su precisa labor de mantenimiento del sistema). Han logrado establecer un clima de profundo egoísmo, insolidaridad y falta de empatía emocional, incluso respecto al vecino de al lado. La gente sólo quiere que le devuelvan lo suyo para poder vivir con un poco más de desahogo y que cada uno se las componga como pueda. “Yo bastante tengo con lo mío”, que diría mi abuela.

Aquella tarde agostera (por otra parte muy agradable) que compartí con mis amigos traté de rematar la conversación mencionando a los niños extranjeros, cuya protección debería estar por encima de la de cualquier otro, pues en ellos y en su educación reside nuestra última posibilidad, si es que la hay, de salvarnos de la quema y dignificar este deleznable y podrido mundo. Ellos repitieron la consigna conocida: Primero arregla tu casa… Me vi tentado de sacarles el tema del virus Ébola y también de introducir en la conversación a las miles de víctimas inocentes que está costando la reactivación de la guerra siempre latente entre Israel y Palestina.

Pero preferí callarme. El sol veraniego sobre el asfalto urbano empezaba a castigarnos con su pesadez y se sobrepuso a nuestra charleta. Creo que alguno de los tres comenzó a parlar sobre una chapuza que tenía pendiente en su casa. Probablemente acabamos hablando de fútbol.

 

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