El pacto del alcalde

Lo que voy a relatar a continuación está basado en una leyenda popular vallisoletana, cuyos primeros testimonios recopilé en su momento durante el año 2008 y que en el actual 2014 he recuperado y ampliado con nuevas averiguaciones. He de poner sobre aviso que sólo es apta para mentes liberadas de todo prejuicio y que no sean fácilmente impresionables, pues el personaje que capitaliza la mítica historia es capaz de escandalizar al más pintado y los sucesos que se narran casi resultan inenarrables por el insondable pánico que generan. También es mi obligación advertir a mis lectores abuhardillados de que no pongan en práctica los métodos que se describen en tan aciago relato, de no ser que carezcan por completo de escrúpulos y padezcan de una especie de Síndrome de Diógenes modificado, siendo en este caso la lengua el lugar donde se almacena incontroladamente la basura.

Sin más preámbulos, transcribo aquí la leyenda, tal y como he conseguido recuperarla de los más recónditos lugares vallisoletanos, allí donde ni siquiera el ancestral espíritu de los árboles del Campo Grande ha sido capaz de llegar…

“Cuentan las malas lenguas (sin duda las más viperinas y malintencionadas) de esta señorial villa conocida con el sobrenombre de Pucela, que hace la tira de años un trascendente dilema se cruzó por el camino del que ya por aquel entonces era excelentísimo alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva (conocido con múltiples apelativos que este cronista se limita a enumerar sin entrar en valoraciones y desligándose de toda responsabilidad por su nefasto gusto: El Pirata Genital, Mister Asfalto, Pavimentoman, El Coplero del Tranvía, El Alcalde-cámara, El Señor Feudal, Leoncio, Javito Corleone, El reparador del ascensor, etc.).

Sucedió en aquellos años pretéritos de su reinado que el regidor decidió cambiar las señaladas fechas de las ilustres Fiestas y Ferias de esta nuestra ciudad, antes dedicadas a San Mateo -que jamás fue patrón de Valladolid-, para hacerlas coincidir con el día de la patrona, la Virgen de San Lorenzo, y de ese modo aprovechar la mayor benevolencia del clima del antiguo Valle de Olid en la primera quincena de septiembre respecto a la segunda.

Sin embargo, lo que De la Riva ignoraba es que tal decisión le supondría pagar un precio muy alto, extremadamente elevado… Todo por formular una petición aparentemente inocente en forma de súplica, procedente de alguien tan beato como cualquier presunto señor castellano de bien.

El inimitable Javier trató de meter tripa, se mesó la barba, adoptó su rictus más soberbio, se puso de rodillas, alzó la mirada al cielo oculto tras sus anteojos de ginecólogo en excedencia, contempló el cielo vallisoletano, oscuro y encapotado por la lluvia amenazante, y pronunció unas palabras que serían el principio de su castigo más cruel:

“¡Por Dios y por todos los santos, que no llueva este año!… ¡Estoy dispuesto a vender mi alma al Diablo si fuera necesario!”.

Entonces, sucedió algo escalofriante, sencillamente espeluznante… Algo que determinaría para siempre el destino del peculiar edil pucelano.
El Diablo, Lucifer, Belcebú, Satanás o cómo se le quiera denominar, se levantó de su trono, subió desde el Averno hasta la Tierra y se entrevistó con el buen León para proponerle un pacto… “Yo concederé tu deseo, alcalde de Valladolid, pero a cambio tendrás que hacer, durante el resto de tu vida, lo que yo te ordene… Sufrirás los mayores padecimientos morales, tus súbditos te despreciarán a partir de ahora, incluso te lanzarán huevos una vez al año y te cantarán esa tonadilla que dice tenemos un alcalde que es un facha”; “Tranquilo, que eso ya lo hace la panda de vándalos y maleantes que suele frecuentar la zona de Cantarranas”, replicó altanero el edil.

El alcalde, que efectivamente ya de por sí no era muy querido por un amplio sector de aquellos a quienes consideraba sus súbditos, decidió aceptar el trato sin demasiadas dudas (ni respecto al contenido de la oferta ni acerca de su capacidad para cumplir el leonino –nunca mejor dicho– acuerdo). A fin de cuentas, todo merecía la pena con tal de contentar a la siempre quejumbrosa hostelería de la capital del Pisuerga, pensó el regidor (que tenía fama de buen yantar y mejor pimplar). De ese modo, aprovechando el nuevo sol del septiembre vallisoletano y que el mencionado río pasaba por la ciudad, el ingenioso y taimado político propuso a los hosteleros inventar una cosa llamada “La Feria de Día”, la cual reportaría no pocos diezmos a las arcas del Ayuntamiento…

Cuentan que esta es la razón por la que no volvió a llover en las Ferias de Valladolid a lo largo de varios mandatos sucesivos del entrañable León, aunque, a cambio, éste tuvo que contentar a Satanás año tras año, dedicando a los vallisoletanos actuaciones que serían largo tiempo recordadas y odiadas por estos, causando el estupor y el bochorno de muchos, aunque también, para qué negarlo, el orgullo y admiración de otros, cuando no la mofa, befa y escarnio, cual salaz y mordaz sarcasmo aprovechado por trovadores, juglares de tres al cuarto, poetas fracasados y relatores de historietillas; en definitiva, toda la recua de artistas de poca monta rechazados del insigne orden social o relegados al oscurantismo por los dictámenes de la fama.

Tómense como ejemplos, entre muchos otros, estos archifamosos episodios protagonizados por el eterno excelentísimo pucelano, algunos especialmente repugnantes y que dieron auténtica vergüenza propia y ajena a los habitantes de la ciudad castellana, quienes no daban crédito a lo que hacía o decía su alcalde (pese a lo cual, con un extraño sentido de la reprimenda, le otorgaron una mayoría absoluta tras otra):

En San Juan, palos vienen, palos van; Mando al gitano a Pajarillos, porque allí no hay pijillos; Si tienes un coche, me pagarás hasta el broche; Pinto línea azul hasta en el abedul; Hijos de puta, valientes y machotes, en Cantarranas los hay a montones; Yo no le caso al gay, por el forro me paso la ley, Si protestas contra la guerra, mis polis te darán leña; El guripa te pone la multita, aunque no tengas la culpita; Si te descuidas en la rúa, te tocará pagarme la grúa; Coloco radares y cámaras, hasta debajo de tus sábanas; Si quieres beber en la calle, mejor que te pires del valle; Si intuyo un solarcito libre, me construyo un pisito con ático triple; Con el pico, la pala y el martillo, se me hacen grandes los bolsillos; Mi hijo está en Villa del Prado, porque es pobre y nada vago; Le canto una copla a Soraya, ¡caramba!, pues su tranvía me raya; Camina tranquila de madrugada, ¡que a ti no hay quien te viole, Soraya!; Si sales conduciendo del estadio, más te vale que seas un mercenario; Me cargo las cosas históricas, y como si son góticas; Enfrente de San Benito pongo el VIVA, porque rima con De la Riva; Os levanto las aceras, los parques, avenidas y plazuelas; Los Celtas Cortos no tocan más, que son rojos como Satanás; Saco mis barbas al balcón, para que me tiren huevos en el pregón; En el Roxy pongo un casino, pa´ que el Cerezo plante un pino; Subo a la catedral en ascensor, con chicas sin sujetador; Me parto el culito con las ministras socialistas, una con esos morritos y la Pepis pasando revista; ¡Qué bonita está Valladolid!, me dicen los turistas de postín; Si se te ocurre dar un concierto, yo te toco el pito y a tomar vientos; Nombro los presidentes del Baloncesto, cual si fueran concejales del Ayuntamiento; Antes iba al palco del Pisuerga, y ahora prefiero irme de juerga; Menuda mala idea la de los periodistas, ¡y que luego a mí me llamen fascista…!; Limpiaré la ciudad de putas, y a los mendigos les pondré multas; Cuando me toca cumplir una sentencia, me da por reír y me entra incontinencia; No hay plaza de parking lo bastante exigua, ni iglesia lo suficientemente antigua; Como hoy estoy más inspirado que José Zorrilla, le dicto un comunicado al Norte de Castilla; Mientras os ahostian frente a la Parrilla, me zampo un lechazo con mis coleguillas; Vuestro alcalde seré hasta que me muera, o hasta que se soterre el tren bajo Pucela

Y, aunque parezca mentira, un largo etcétera… (casi 20 años de León De la Riva dan para mucho).

La lista de abominables y execrables episodios es tan extensa como inefable. Pero lo que sólo la leyenda desvela es que tales aberraciones no fueron urdidas por el  Javi, sino dictadas por la mano férrea e implacable del ímprobo Rey del Averno, que, riéndose desde la lava del infierno, cada vez se veía más identificado con aquel pobre mortal que había requerido sus servicios y se había transformado en su marioneta… De vez en cuando, le recordaba sus obligaciones, introduciéndole su ardiente tridente por agujeros situados en partes cuyo nombre no reproduciré aquí, motivo por el que Javier, genio por doquier, padeció durante años una intensa flatulencia y un ardor de estómago horroroso, el cual precisaba calmar en las casetas de la Feria de Día y en las regionales, razón por la que al desgraciado edil le colocaban mantel, servilleta, silla y tenedor en varios de esos establecimientos, mientras que el resto de los ciudadanos miraban con odio al regidor cuando les tocaba esperar más de la cuenta para ser servidos. Todos ellos, ¡envidiosos y desagradecidos!, mascullaba entre dientes el desventurado Javier, desconocían las penurias y sufrimientos causados por el Demonio, que habían llevado al alcalde a tal situación, aparentemente burguesa y asimilable a la de un Señor Feudal.

Pero llegaron las fiestas del año 2013 y algo se trastocó… Lo que llevaba muchos años sin ocurrir, sucedió…

Llovió. Dos días, y no en poca cantidad. La fábula asegura que los trabajadores de las famosas casetas regionales tuvieron que achicar agua, tarea cuya mecánica casi habían olvidado.

De la Riva no podía creerlo.

Su faz se tornó roja de la ira, salió a su adorado balcón, que tantos años le había visto presidir los acontecimientos más relevantes de su villa, y, con un estruendo que erizó los pelos a cada viandante de la urbe pucelana, bramó iracundo, exigiendo una explicación…

Y la respuesta que se le dio fue tan simple como frustrante para el edil, además de llevar aparejadas terribles consecuencias.

El contrato que Javi había firmado años atrás con Lucifer estaba amenazado… Aquel año las maldades no le habían parecido suficientes al Demonio… Ni siquiera habían bastado unas retorcidas declaraciones del lenguaraz León realizadas en plenas Ferias sobre los tiros que se metían en Turquía para resolver la corrupción…

El ínclito alcalde pucelano, desesperado y resignado a su mísera suerte, preguntó a Satán que debía hacer para restituir el pacto. “Lo que sea, por horrible que sea”, aseguró esclavo y empequeñecido ante el Rey de los Infiernos, que expulsaba estentóreas carcajadas. “Has de superarte a ti mismo”, le dijo. “Eso va a ser difícil”, protestó débilmente el desvalido Francisco Javier. “Si alguien puede, ese eres tú”, le animó el maléfico ser con un gesto socarrón, mientras se despedía hasta el año siguiente.

Y en efecto, De la Riva pudo. Logró lo que nadie hubiera conseguido en su situación, especialmente tras su terrorífico historial repleto de barrabasadas sin parangón: superarse. Le sirvió de percha informativa, como dirían los correveidiles, una violación cometida en agosto de 2014. El alcalde, transformado en brazo infame del Mal, aprovechó dicha circunstancia trágica (no podía haber mayor demostración de ruindad y bajeza moral de cara al Diablo que esa) para desvelar su más secreta fobia: elevarse junto a una mujer. Probablemente fuese una metáfora oculta sobre algún problema de eyaculación precoz, pero nadie lo entendió, como tantas otras veces…

El siempre incomprendido, malinterpretado y sacado fuera de contexto Francisco Javier se fue triste y desolado a la cama aquel día, pero al menos tuvo el pequeño alivio de que había hecho todo cuanto estaba en sus manos. Todo quedaba en manos del destino.

Los días fueron pasando inexorablemente en la capital pucelana, entre tensiones, cordones de ropa interior y aviesas miradas policiales. Pero al alcalde todo eso le daba un poco igual. A él sólo le preocupaban el cielo…

Un cielo que estaba gris, casi negro, en la mañana del viernes 5 de septiembre de aquel año 2014, a sólo unas horas del arranque de las Ferias… Amenazaba tormenta y parecía como si se hubiera regresado a aquellos años de San Mateo, en los que los festejos iban inevitablemente acompañados de la molesta lluvia… De pronto, un huracán furioso comenzó a soplar a eso de las once de la mañana, algunos claros se asomaron, pero el viento, de una fuerza temible, revolvía los cabellos de los vallisoletanos, que se preparaban para su gran primer día… De nuevo, las nubes lo cubrieron todo y, una vez más, un soplo rabioso se las llevó, pero no del todo…

Nadie sabe realmente cómo finalizó esta leyenda… Pero se rumorea que, desde el balcón del Ayuntamiento, que aquel año cumplía ciento seis años de vida, un hombre desesperado, de rodillas, miraba al cielo y luchaba contra su destino, suplicando una vez más, como hizo muchos años antes, a una Voz de ultratumba, su aliado y socio, el cual se reía pavorosamente, retumbando en forma de aire en los oídos de todos los pucelanos, quienes, ajenos al sufrimiento de su pobre Rey, de su Señor, de su Líder, aguardaban con paciencia a que un nuevo milagro acaeciese y salvase sus fiestas…”

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