Cuando el miedo se come a la dignidad

El miedo es ese elemento enemigo que llevamos dentro como si se tratase de un huésped imposible de desahuciar, pese a que no pague renta ni hipoteca, sino que, muy al contrario, nos saca los higadillos en cuanto puede. Somos respecto a él como una ONG dispuesta a darle de comer, a alimentarle sin condiciones, pese a que se trate en muchas ocasiones de un vicioso antropófago que está dispuesto a ejercer el canibalismo con nuestro cuerpo, cada vez más pútrido y envejecido.

Es el temor, síntoma inequívoco y preferido del miedo, el que nos conduce a continuar con situaciones estancadas, poco productivas o incluso manifiestamente perjudiciales para nuestros intereses. Sentimos un escalofrío que nos amedrenta o experimentamos el sutil vértigo que acompaña al pánico a la hora de pensar en lo que sucedería si no proseguimos con esa relación masoquista que establecimos con ese algo o alguien hace tanto tiempo que ya no somos capaces de identificar el motivo. Sólo distinguimos el miedo. Irracional, profundo y apenas ponderado miedo.

Pese a que este inquilino indeseable de nuestro camino vital se cuela por todos y cada uno de los vericuetos por los que transitamos, ha cogido gusto a una curva concreta de la carretera española (esa que, dependiendo de la orografía concreta de cada uno, pica continuamente hacia arriba por sistemas montañosos, aparece desolada en un desértico panorama llano, se asfixia a su paso por urbes monstruosas que engullen a los viajeros o termina directamente en el mar, sin playa de arena fina previa).

Allí habita cómodo, desenvuelto, cual Montoro en una gasolinera o en un estanco. Se ríe malévolamente como un espectro, mientras saluda al incauto pasajero que pasa por allí, pues sabe que este tiene que pagarle un peaje para poder continuar el trayecto. Aunque ese precio signifique perder la dignidad durante un número indefinido de kilómetros.

En España se ha instalado la cultura del pavor, disfrazada de un imperativo de sacrificio si se quiere sobrevivir. Empezó como un discurso oficial promovido por los que no tenían que esforzarse, pero se fue adornando con elementos diversos a medida que se iba descendiendo de estrato social. Los más taimados y que ostentaban una cierta posición de fuerza lograron hacérselo creer a los menos astutos, a aquellos más responsables o afectados por una conciencia rígida, a los que sufrían una situación de debilidad y a los más desesperados, normalmente también los más miedosos.

Sin embargo, estos también se equivocaron al integrarlo dentro de su modus operandi. No están exentos de toda responsabilidad respecto a su propia pérdida de dignidad. No fueron capaces de anteponerla a su propia exigencia de estar dentro del sistema, al maldito terror que les generaba la idea de estar excluidos del mismo a perpetuidad.

Es cierto que hay que tener la máxima comprensión hacia este tipo de decisiones, porque no hay nada más humano que dejarse llevar por el miedo. Miedo a la desesperanza, a no tener otra oportunidad, a que ese tren lento y maloliente sea el último, a que derriben la estación de autobuses cutre en la que se lleva esperando un montón de tiempo, por lo que montarse en cualquier vehículo infecto parece mejor que quedarse allí.

Mientras, los brigadieres de la falsa recuperación (sustentada en los parámetros de una crisis también falsa) se frotan las manos ante tanta aceptación de condiciones insultantes. Con ello pueden justificar el mantenimiento del establishment, de su propia posición económica y de la comunicación invasiva en las vidas ajenas, de aquella que promulga la ausencia de todo orgullo y amor propio si se quiere subsistir. Azuzan a los grumetes a que limpien la cubierta en unas condiciones infrahumanas, pues de lo contrario serán arrojados a la borda. Esos piratas modernos, que carecen del carisma y la simpatía que generaran los clásicos (y que no sólo son la casta política ni únicamente son los que visten de traje), arramplan con todo. Se llevan las expectativas profesionales, las vocaciones, la creatividad, el dinero invertido en formación, el esfuerzo empleado en hacerse un hueco digno en la jungla laboral…

A veces incluso se llevan tu inteligencia. Se llevan hasta las ganas de besarle a él o a ella cuando sales de tu cárcel, de la galera en la que remas para llevar a unos pocos hacia su puerto de bienestar. Se llevan la autoestima, el gusto por demostrarle al mundo que vales para algo más.

Se llevan tu dignidad. Pero necesitas tener un mínimo atisbo de independencia material, una remota sensación, por falsa que sea, de que puedes salir adelante con tus propios medios. Y por eso asumes cualquier condicionamiento con tal de satisfacer esa esclava idea mental que te dicta que la vida no merece la pena si no se trabaja, sean cuales sean las circunstancias en las que se hace. Da igual que te ofrezcan un trabajo que implica casi dedicación exclusiva por unos cientos de euros sin contrato, que te den de alta cuatro horas al día y te paguen por dos o tres mientras trabajas diez. No importa si te pagan por debajo del ya de por sí indecente salario mínimo ni tampoco si tienes que realizar todas las funciones que antes desempeñaban tres profesionales distintos, incluso algunas que no controlas en absoluto y que tienes que aprender en tus escasos ratos libres. Ni siquiera es determinante el factor límite: que no te paguen; porque piensas, influenciado por la sociedad, determinada por la neurosis colectiva creada por los que no la padecen, que algún día tal vez las cosas cambien y comiencen a remunerarte en ese lugar, en una habitación virtual o en Pekín, a diez céntimos de euro la hora. En el colmo de la explotación laboral, en España hay gente dispuesta a aceptar trabajos en los cuales se pierde dinero, en transporte o incluso por la aportación de herramientas propias. Y no sólo los becarios.

El odioso y devorador miedo nos conduce a todas esas situaciones. Y es que pensamos, ¿qué sería de nuestra vida sin trabajo, por infame que sea? Al menos con él podemos comer, podemos subsistir en condiciones míseras, o, en los ejemplos más extremos antes citados, creemos que ese sacrificio –de nuevo el engañoso y rastrero concepto del sacrificio–  quizá nos permita poder hacerlo en el futuro.

Pero ni siquiera la necesidad de supervivencia material justifica el desprecio de una persona hacia su propia dignidad. Sin embargo, en España se ha cruzado la línea desde hace tiempo. Y no parece que sea sencillo retroceder unos pasos.

Sin embargo, tiraré de ingenuidad y diré que no es imposible.

¿Os imagináis que sucedería si los millones de personas que trabajan en régimen de neoesclavitud laboral se negaran a hacerlo? Que serían despedidos, obviamente, y la cifra de paro oficial subiría hasta los diez, once o doce millones. El Estado se colapsaría a base de conceder prestaciones de desempleo o ayudas públicas y el empobrecimiento de la población sería tan demoledor que posiblemente el país volvería a entrar en recesión y la recuperación económica se desangraría como una puerca agonizante entre el cieno de su verdadero rostro estafador.

En un alarde de osadía, me atrevo a pronosticar que la catástrofe arrastraría a unos cuantos de esos que hablan del sacrificio, a aquellos que aseguran que el problema de los españoles es que nos quejamos mucho y producimos poco, lo cual lastra la competitividad, a todos los indeseables que hablan del despilfarro y los escandalosos aires de grandeza del ciudadano de a pie.

Saltaría por los aires la aberrante imagen del país moderno del Primer Mundo y España se quedaría en pelotas, enseñando todas sus vergüenzas.

Sería un caos, sí. Pero al menos tendríamos dignidad. Y, quién sabe, a lo mejor ya no tendríamos miedo. Seríamos nosotros los que nos reiríamos, desarrapados pero orgullosos, de los aterrorizados conductores, en cada curva de la carretera.

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2 respuestas a Cuando el miedo se come a la dignidad

  1. David dijo:

    Muy bueno Alber!!

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