Ferias atrasadas (una crónica de Robustiano Iglesias)

Les tengo que confesar que jamás pensé que este año (que no sé muy bien qué nombre tiene, porque yo sólo llevo la cuenta por las cosechas; diría que andamos por el 2010 o así) traería tantas cosas novedosas a mi vida. Quién me iba a decir a mí, a Robustiano Iglesias, que volvería a ver la capital a través de aquella pantalla pegada a esa especie de mesita llena de teclas con letras y símbolos (recuerden que la vi tan alborotada que llegué a pensar que volvía a ser el centro del Imperio Español).

Pero aún más… ¡Cómo iba yo siquiera a imaginar que volvería a pisar sus calles! Esas que yo recordaba sin asfaltar en algunas zonas, con los animales andando por to´ los laos, los carros de aquí p´ allá y rodeadas de casitas bajas parecidas a las del pueblo donde nací.

Yo, acostumbrao como estoy a mi pequeña finca, con su huerto, su llanura castellana salpicada de cerros y su silencio sólo roto por los balidos de mis ovejas o el piar de los pájaros, de repente arrancao de esa paz y metío de lleno en todo ese caos infernal…

Pero aquellos dos muchachos, los plumillas, me convencieron no sin poco trabajo de que debía regresar durante unos días a la que, pese a ser hombre de campo, siempre he considerao mi ciudad. Allí viví en el pasado (hace muchos, muchos años) experiencias que ya no se me van a quitar de la mollera, sobre todo con mi parienta, la Servanda, que en paz descanse y de la que me he acordao esta última semana más que en muchos años. No me entiendan mal, no es que yo no la tenga presente en cada momento de mi vida (¡cómo no, si era lo más bonito que yo tenía!), pero me refiero a que el haber estao en la capital me ha hecho sentirla aún más cerca, casi como si la tuviera junto a mí. Aunque yo no creo en más fantasmas que en el de la lluvia, la tormenta o el pedrisco, tengo que decir que casi me parecía como si me estuviera hablando desde el Más Allá. ¡Lagarto, lagarto! Aunque por otra parte… ¡Qué hermoso es pensarlo!

Los jóvenes reporters (como los llamábamos en mi época) querían que yo les acompañara durante las Ferias. Ni más ni menos. Pegué un respingo tremendo y la mecedora en la que tenía plantadas las posaderas se meneó tanto que casi me pego un buen trompazo.  Después, una vez recuperao del susto, caí en la cuenta de una cosa. Aunque habían pasao muchos años desde que dejé de ir, mucho antes de que la Servanda se me fuera, y no tenía ni idea de en qué fecha exacta estábamos, me acordaba perfectamente de cuándo caían las fiestas de marras.

–¡Pero si todavía no son! Quedan tres semanas pa´ que empiece la cosecha. Y las Ferias empiezan la semana antes de que terminen los trabajos en el campo, ni una más ni una menos, coincidiendo con San Mateo, a finales de septiembre. Por eso nosotros siempre íbamos el segundo sábado, ¡sí, señor! –me felicité por mi buena memoria.

–Ya no es así, Robustiano, las adelantaron hace unos años y ahora se celebran en honor a la Virgen de San Lorenzo –me aclaró el muchacho.

–¡Vaya! ¿Y por qué hicieron esa burrada? –pregunté enfadao.

–Para aprovechar que todavía es veranito y hace mejor tiempo –respondió risueña la chica.

–Y porque le venían mejor al alcalde y a la hostelería –completó él con un gesto raro, que no entendí, y se llevó un pequeño codazo cariñoso de la jovencita.

–¡Qué cosas, Dios mío! –exclamé, y me salió del alma.

Mi sesera volvió a cavilar sobre el disparate que se les había ocurrido a los dos jóvenes inconscientes. ¡Ir a la capital! ¡En Ferias! La idea me daba espanto sólo de pensarla. Al principio, me negué tozudo como una mula, por más que me insistían ellos.

–¡Pero Robustiano, si le va a encantar! Así puede recordar cosas de su juventud… Seguro que no se perdía ni un baile –me dijo ella con gesto picarón, como sólo una chiquilla sabe.

–¡Ni uno, hija!. Además, yo tenía muy buena planta y era mu pretendido. A las chavalas como tú las tenía locas. Todas querían que las sacara –le respondí envalentonao, sacando todo ese carácter presumido que me había dao no pocas alegrías y también algún que otro disgusto en mis años mozos.

–¡No me extraña! –replicó ella con la mejor de sus sonrisas, mientras le guiñaba un ojo al pánfilo de su compañero.

Reconozco que aquello terminó de ablandarme los machos. Sabía que era un mal embuste y que estaba cayendo en la trampa como un conejo antes de llegar a la madriguera, pero no tenía yo ya la fiereza de los perros de caza que había tenido en otros tiempos y, qué leñe… ¡Nunca me había yo podío resistir a los piropos de una muchacha joven!

Así que, ni corto ni perezoso, metí en el zurrón un par de mudas (operación en la que me entró una morriña terrible al recordar a la Servanda, que era quien se ocupaba de esas cosas), dinero y algunas cositas personales de las que nunca me desprendo, y marché en aquel engendro de automóvil junto con los chavales, rumbo a la capital, sintiéndome como una mezcla de El Coyote, mi héroe de juventud, y de toro atrapao en la plaza después de un encierro.

No les voy a detallar to´ las cosas nuevas que vi por el camino antes de llegar a la ciudad y después aún más una vez en ella, porque me daría pa´ escribir un libro y yo no soy hombre de letras, aunque siempre me haya gustao mucho leer, sobre todo a los escritores del pueblo y de las cosas nuestras, rurales, sencillas y del campo, como mi admirado Don Miguel o, aunque no sea de estas tierras, el gran Wenceslao Fernández Flórez.

No. Fue tanto el remeneo que me provocó cada imagen que vieron mis viejos ojos que un anciano inculto como yo no sabría describírselo a ustedes, pues supongo que serán mucho más ilustraos y sensibles que yo y no quiero hacer el ridículo ni que se rían de mí o me llamen paleto. Eso sí, espero que no tengan ustedes na´ que ver con las gentes que me encontré en mi añeja capital, tan cambiada y con tanto alboroto y muchedumbre desenfrenada y poco preocupada de saberes, sensibilidades ni otras gaitas.

Sólo les hablaré, como me pidieron mis dos jóvenes amigos (¡qué cariño les he cogido a los jodíos, casi como si fueran mis biznietos!), de lo que me parecieron las Ferias.

El primer día vi el desfile con el que los festejos quedaban inauguraos. Muchos chavalitos saltando por la calle, bebiendo y tirando vino, con cara de locos, vestíos con camisetas de muchos colores, donde se pintaban letras y dibujos. Según la ropa se sabía de qué grupo eran. “Son las peñas”, me explicaron los periodistas. Yo pensé enseguida en la época cuando yo era mozo e iba a las romerías o cuando fui quinto y eran las fiestas del pueblo. “Parecío, pero esto más a lo bestia”, les dije.

Luego aparecieron en el balcón del Ayuntamiento unos señores a decir unas palabras (aunque nadie los escuchaba) y también se asomó un momento, medio agazapao para que nadie le viera, un individuo que me pegó de sopetón un golpe de recuerdo. “A ese yo le conozco de algo”, aseguré señalándolo. “Me ha parecido que era el alcalde”, me informó el chico poniendo un gesto de asco. “Hace muchos años era ginecólogo, igual le suena de eso”, añadió ella. “¿Y cómo se llama?”, pregunté. En cuanto me dijeron sus apellidos se me encendió la bombilla. Era el hijo del ginecólogo de la Servanda. Yo lo recordaba siendo muy chico y correteando por los pasillos de la consulta y luego algo más crecido allí junto a su padre. “Todo sigue igual en la capital, están los de siempre”. Siguió allí la algarabía cuando se acabó el discurso, del que no cogí ni media palabra.

Otro día mis queridos zagales me llevaron a la Plaza de la Universidad, allí donde yo siempre había querido ir pa´ aprender un poco más. Me puse muy triste cuando la vi con todas esas vallas tapando los leones y la portada, que siempre me había parecido una maravilla. Luego fuimos al lado de la estatua del otro Don Miguel, el adoptao, y me quedé patitieso. Todo lleno de barras de bar cubiertas con techos, como si fueran chiringuitos. Y la gente allí metida jalando y pimplando como si no hubiera mañana. Me gustó aquello, porque yo siempre fui hombre de buen saque y aún hoy me gusta empinar la bota de vino que me rellena cada pocos días un bodeguero amigo mío que tiene unas viñas cerca de mis tierras. Yo, que siempre he sío muy esplendido, les dije a los muchachos, tan flacos como están los dos, que les invitaba a unos chatos. Ellos erre que erre con sus negativas (¡cada vez que yo quería hacer algo, me ponían un pero!). Ahora también les digo… que a terco a mí no me gana ni Dios, con perdón.

La mayoría de las que servían detrás de esos mostradores de madera eran chiquillas, otra cosa que a mí me tenía asombrao (y encantao, mire usted). Le pedí a una de ellas, muy guapa y muy salada, que me pusiera unos vinitos para mí y para los chicos y algo de comer. Ella me dijo algo que no entendí sobre los pinchos de feria. Lo trajo con una rapidez del demonio, pese a que allí no cabía ni una lagartija. Saqué unas pesetillas del zurrón, más desde luego que lo que hubiera costado en mi época, pensando en que los tiempos habían cambiado. La zagala se rió como sin querer cuando fue a coger mis monedas, y me dijo que con eso no podía pagar. ¿Más? Repliqué yo sonrojao. Entonces llegaron los chicos y me sacaron del apuro, soltando ellos los dineros, que eran de apariencia distinta a mi calderilla.

Yo puedo ser un hombre muy antiguo, pero de tonto no tengo ni un pelo de los que me faltan, así que me di cuenta de que lo que pasaba es que como llevaba muchos años sin pagar nada con el metal (no me hace falta pa´ sobrevivir), habían cambiado las viejas pesetas del Caudillo, que ahora eran más modernas. “Lo siento, hijos, ahora os lo doy yo… ¿Cuántas pesetas os ha costao?”. Yo ya me había acostumbrao a que, cuando les hacía alguna pregunta, se miraran como si hubieran escuchado un chiste, poniendo esa carita de pipiolos. Tardaron un porrón en contestar, como si estuvieran haciendo cálculos (¡yo que para contar nunca había tenido que usar los dedos!). Claro, que mejor que no me hubieran dicho la cantidad, porque casi me quedo en el sitio, tieso como una mojama, de la impresión. “¡Madre del amor hermoso! Todo eso por comer un trozo pan con rabas y un vaso de morapio?”. Se encogieron de hombros y pusieron una sonrisa un poco mustia, los pobrecitos.

Luego caminamos por la calle Librería hasta la Plaza del Colegio Santa Cruz. Yo aún me estaba comiendo el cacho y le di un bocao a un señor vestido con harapos que había medio tirao en la acera. Imaginé que se había emborrachao en medio de todo aquel desenfreno.  Él me lo agradeció, pero me pidió dinero y yo no se lo di, porque no me dejaron los chicos. No me lo explicaron. ¡Vaya periodistas que están hechos los dos! A mí porque me dicen que lo son, que si no, pensaría más bien que son espías secretos, porque se callan todo los jodíos en vez de informar.

Ya era de noche y me llevaron a un teatro muy raro, aunque tenía butacas y todo eso. Allí nos tragamos una obra en la que cinco sujetos ya metidos en años, haciendo como que estaban pasando el día después de la cogorza, soltaban chascarrillos uno detrás de otro y todo el mundo allí se tronchaba de una forma terrible. Parecía que se fueran a partir el esternón de la risa. Yo no me enteraba de la misa la media, pero lo poco que cogía me parecía muy verde y también había insultos y palabras muy groseras que no me gustaron. Cuando salí y me preguntaron mis chiquillos (que también se habían pegao una buena panzada a reír) qué me había parecido, yo les dije muy sincero:

–Qué queréis que os diga, cuando yo era muy joven se hacían zarzuelitas y vodeviles con la misma pimienta, pero por lo menos había canciones y salían señoritas en cueros.

Otra vez se pusieron esa cara y se echaron la miradita que tan tierno me pone cuando se la veo. Aunque la edad del pavo ya pasaron hacía tiempo, nadie lo diría fijándose un poco en cómo se tratan.

Uno de los días quisieron llevarme a los toros. Yo no sabía que aún había corrías en España. “Siguen gustando a mucha gente, aunque también hay gente a la que no”, me aclaró el chico. Les dije que no. Nunca me habían gustao, ni de chico, y eso que a todos mis amigos les alucinaba, pero a mí siempre me dio mucha pena el animal, tan bravo y tan humillao. Dimos un paseo por la Avenida del Generalísimo, después de pasar por la Plaza de Colón y dejando el Campo Grande a la derecha y yo me asombré mucho del follón que había allí montao. Había unas casetas con cosas de Artesanía, pero estaban vacías, nadie las hacía caso. El revuelo era por otra cosa. Una fila larguísima de personas, muchas con críos, esperaba para recibir un peazo de tarta. Yo me entristecí mucho… ¡Seguía el racionamiento en las ciudades!

-El miserable de Franco, sigue teniendo al pueblo muerto de hambre, como en la posguerra –rumié en alto, sin miedo a que me oyeran.

Aquella misma noche los chicos me llevaron a un concierto de música en la Plaza Mayor, que por cierto me pareció muy bien arreglada, aunque eché de menos los árboles que había cuando yo era mozalbete. Empezó a llegar mucha gente pa´ escuchar a la banda que iba a tocar. Yo tenía el miedo metío dentro ´el cuerpo porque pensaba que allí iba a haber un griterío tremendo y a sonar música muy distinta a la de mi época, seguramente el rocarrol ese del que a veces había oído hablar a los chavales del pueblo cuando me los cruzaba. Cuál sería mi sorpresa (y también mi decepción, les confieso) cuando veo salir al escenario a unos señores ya talluditos tocando entre otras canciones esa que dice lo de Eva María se fue buscando el sol en la playa, ¡que hasta yo me la sabía! Canciones que se tocaban en las verbenas del pueblo cuando yo, aunque ya entrao en años, todavía estaba de buen ver…

–¡Pero hijos, qué me habéis traído a ver, si esto es muy viejo! –me quejé a mis anfitriones –. ¿No hay música más moderna, de esa que os gusta a los jóvenes?

Él puso cara de mangarrián y ella, más pilla, se rio medio escandalizada, medio encantada.

-No se preocupe, Robustiano, que mañana actúa el artista más famoso y popular que hay en España: David Bisbal.

Eso me calmó el sabor amargo que se me había quedao en el paladar y me sentí menos renegao. El día siguiente sería emocionante, pensé yo.

¡Pero ay qué equivocao estaba! Lo primero que no me gustó ná de ná fue llegar y ver a el gentío agrupao, peor que la Plaza de Oriente un 1 de octubre, mire usté. Con sólo decirles que para entrar de la calle Santiago a la Plaza Mayor había un tapón y yo m´ acojoné, con perdón, porque allí había empujones, codazos, patadas… ¡Qué sé yo! La chiquilla intentó sabiamente utilizarme pa´ pasar. “¡Que es un hombre muy mayor, dejen pasar, por favor!”, les pedía, mientras el chiquillo ponía cara enfurruñao. “Todo este follón para ver al fulano ese, hay que joderse”, rezó por lo bajinis. A mí lo que más me extrañó fue no ver a ningún gris o cómo se llamen ahora los agentes, sobre cuando recordé los muchos que había en aquella reunión de hace unos meses, cuando conocí a los reporters, en la que cuatro gatos se quejaban contra los señoritos.

Aunque a muchos les importó un pimiento que yo estuviera más cerca de la sepultura que un buitre de la carroña, la chica, astuta y hábil como ella sola, se las arregló pa´ entrar en la plaza y conseguir un sitio frente a la pantalla de cinematógrafo donde se le veía muy bien al muchacho de los rizos. Tenía una pinta un poco rara pa´ mi gusto, entre torero y bailarín, pero me callé pues no sabía yo de moda de estos tiempos. El chaval no cantaba del todo mal, aunque tampoco era pa´ tanto, yo que había escuchao grandes voces en las magníficas orquestas de mi época. Además, era bastante sosaina. Y la música… ¡Psche! Que quieren que les diga, a mí me pareció más bien tirando a aburría. El individuo se tiró casi to´ el rato con melodías muy suaves y lentas. Los jovencitos y jovencitas, que había muchos en la Plaza, se las sabían de pe a pa, eso sí. Pero yo no entendía porque no se sacaban a bailar. Se lo pregunté a unos muchachos que había a mi derecha y me contestaron con voz de bobalicones. “Es que ellas no se dejan, abuelo”. Pues todo decidío le fui con el cuento a unas zagalas muy repintás que había cerca de los tontuelos. “¿Con esos pringaos? ¿Tú has visto la pinta de friquis –algo así creo que dijo– que tienen? Nosotras sólo queremos bailar con Bisbal. ¡Ay qué bueno está, tía!”, gritó una de ellas como si estuviera poseía. Nunca había escuchao yo a una chiquilla hablar así, pero me quedé igual que estaba, más confundío que un cura en una mancebía… ¡Vale que las jovencitas de la capital siempre habían sío un poco difíciles, pero con un poco labia se las ganaba!

Y luego estaban mis queridos chiquillos… ¡Vaya par de patas pa´ un banco! Se pusieron muchos ojitos cuando el rizos canto una cosa en la que hablaba de usté a alguien sobre su amada (como si el lenguaje entre jóvenes no hubiera cambiao mucho), pero no hicieron del otro mundo más que eso, mirarse como dos pajarillos entontaos. ¡Ya podía haber estado yo allí con la Servanda en ese ambiente cargao, con to´ la muchedumbre como gallinas fuera del corral! ¡Nos íbamos a haber hecho arrumacos, dao achuchones y lo que se hubiera terciao hasta hartarnos, miren ustedes! Pero allí los jovencitos mucha bobada, mucha carita de enamoraos y poca chicha… Me parecía a mí que la capital se había convertío ahora en un sitio de reprimir, estaban los muchachos como constreñíos y las muchachas mu presumías esperando como a un galán caído del cielo. ¡Qué cosa más antinatural! Yo no entiendo , si se supone que el Caudillo (que, por cierto, tiene que estar aún más viejo que yo) ha levantao un poco la mano, o eso parece… Pero en el fondo es como si todo el mundo le siguiera teniendo pánico.

Cuando acabó de actuar el andoba de los rizos, les pregunté a los chicos si no había otro tipo de música durante las Ferias. “Por ejemplo algo de rocarrol o de folclore de Castilla”. Me dijeron que de lo primero nanai de la China y en cuanto a lo segundo me explicaron que antes siempre cerraban las fiestas unos señores llamados Candeal (como el trigo), pero el hijo del ginecólogo de la Servanda debió un día cansarse de ellos y los mandó a paseo sin motivo.

Quedaba sólo un día para poner el san se acabó a aquella excursión que yo había empezao con mucho temor y que ahora me tenía algo aplanao por la poca impresión que me estaban causando todas aquellas cosas.

Los jóvenes me subieron por la cuesta del Manicomio y me enseñaron el Nuevo Estadio Zorrilla, que me pareció más grande que el antiguo pero igual de viejo. Me entró la nostalgia en las tripas cuando me acordé de aquel Real Valladolid con los dos Lesmes, Aldecoa, Coque y demás figuras, al que yo había visto jugar algún partido cuando toavía no vivía tan aislao en mis tierras.

Los chicos me llevaron a los carruseles de la Feria. Todas las máquinas mu modernas, con muchas luces, y algunos ingenios muy altos y mareantes sólo a la simple vista, desde luego… Pero allí seguía habiendo los puestos de las escopetas, los muñecos de premio, las carreras de camellos, los algodones de azúcar, el tío vivo, el bingo… Tampoco noté yo tanta diferencia con las de otros tiempos, cuando las ponían en Las Moreras, que quieren que les diga. Y justo al lado de allí más casetas de alterne, tragueo y pimpleo, cada una dedicada a un sitio de España. Asturias toa llena sidra, Galicia de pescao, Cataluña alejada de las demás, las Vascongadas sin presencia, o séase sin conquistar, Andalucía la más grande y animada, con rumbas y sevillanas puestas a tope de volumen… “¡Pues tampoco ha cambiao tanto el país!”, pensé yo.

El viaje tocaba a su fin. La tarde caía y el día se moría. El sol se metía detrás del Cerro San Cristóbal, allá a lo lejos, donde sigue el monumento dedicao a Onésimo Redondo (¡tiene bemoles!). Y yo sentía una gran congoja.

Mis queridos reporters me vieron con el ceño fruncío, el gesto mustio y se preocuparon.

-¿Qué le pasa, Robustiano? –saltó el chiquillo.

-Ná, hijos… Es que… Yo esperaba otra cosa.

-¿No le ha parecido todo muy distinto a su época? –curioseó la chica.

-Hombre, hija, distinto es… Más sofisticao, sí… Pero en el fondo es lo mismo. Eso es lo malo, que es igual pero con otra fachada, como sin magia. No sé si me entendéis.

El joven puso cara de no haber entendío mucho, pero la muchacha, mucho más espabilá que él, lo cogió al vuelo:

-Ya sé lo que necesita ver esta noche antes de irnos, Robustiano –dijo con misterio.

Cuchicheó algo al oído con su compañero y él enseguida movió la cabeza en señal de que le parecía de rechupete. Los dos rieron divertidos. Yo andaba con la mosca detrás de la oreja, un poco desconfiao por tanto chasco.

Pero esta vez no me chafaron la sorpresa. Al contrario, los muchachos me regalaron por fin la única emoción de verdad de ese viaje, que llegó precisamente con lo contrario de aquello que yo había pensao, como si fueran unas ferias atrasás.

Era ya noche cerrada cuando andábamos por el Paseo Zorrilla. Entonces noté viniendo por la derecha el añejo frescor de aquellos árboles que se querían colar en el asfalto como intrusos, más allá de las verjas. A la izquierda, un poco más allá, la Academia de Caballería. Y el rumor de la música que venía de dentro del parque. Me recorrieron escalofríos por el cuerpo cuando me di cuenta de a dónde íbamos.

Seguía existiendo: La Pérgola y sus bailes. Torcimos a la diestra y se me apareció de frente como si fuera una imagen de mi vida pasada que estuviera poniendo mi sesera allí delante. Pero no, era real, presente y lo podía tocar, sentir, oler y escuchar. Sonaba un bolero, luego un tango, después un pasodoble… Todo estaba más o menos igual que como lo recordaba y un montón de señores y señoras bailaban alrededor de la fuente, con la escultura del cisne en el centro. Allí había movido los pies infinidad de veces al son de las viejas canciones, agarrao a la Servanda, descuidaos del mundo los dos, e incluso yo siempre solía bromear con ella diciéndole que fue allí donde la enamoré del , en uno de aquellos bailes de Ferias, antes de ser adelantás, cuando casi tocaban octubre. Era nuestro primer año de noviazgo y la Servanda cayó rendida a mis pies. Ahora, muchos años después, sentí como si hubiera viajao al pasado. Y casi pude hablar con la Servanda a mi lado cuando la orquesta tocó una canción de Armando Manzanero y los jóvenes reporters se lanzaron a bailar en un impulso sorprendente.

Y yo allí, fantaseando con que volvía a ser mozo… ¡Casi se me cae la lágrima!

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2 respuestas a Ferias atrasadas (una crónica de Robustiano Iglesias)

  1. Juan dijo:

    Sigue asín, crack. Tus textos me hacen excretar lactosa por el glande de forma continuada.

    • alber4 dijo:

      Jajaja, no sé si es el mejor comentario que me han dejado en esta Buhardilla, pero desde luego es el más original de largo. Mil gracias, amigo, y lamento haber tardado tanto en dártelas, últimamente tengo una vida demasiado poco “abuhardillada”, por desgracia.

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