El ministro abortado

En realidad, Alberto Ruiz-Gallardón no ha dimitido. Tampoco ha abortado, por lo que no hay ningún error gramatical en el título de esta entrada. Tal y como reza, Gallardón se ha convertido en el ministro abortado.

Precisamente el ya extitular de Justicia ha sufrido el accidente que le ha causado su defunción política curiosamente después de que otros decidieran practicar el aborto con su hijo, aplicando la legislación vigente en un acto de infinita ironía. La criatura, monstruosa y con malformaciones en opinión de la mayoría, no pasó de la fase embrionaria. Es dudoso saber si se hubiera respetado la ley de plazos elaborada por el gobierno de Zapatero en esta interrupción del embarazo. El feto iba alojado en el vientre de Gallardón, pero este actuaba como madre de alquiler, según él mismo aclaró en la rueda de prensa donde anunció que había pasado de encontrarse en estado a hallarse en estado de ministro dimitido (perdón, abortado).

Sin embargo, no se despejaron las dudas sobre la forma en la que fue concebido el amago de proyecto o anteproyecto. Lo más plausible, después de haber observado todos los pasos que ha seguido la traumática gestación no concluida, es pensar que se creó en los laboratorios de Moncloa. No se recurrió a técnicas conocidas y medianamente aceptadas incluso por el catolicismo al que hasta hoy rendía pleitesía el PP (siempre que medie esterilidad), como la inseminación artificial o la fecundación in vitro. Rajoy y sus matasanos decidieron arriesgarse y salirse del guion conservador, al menos en la forma. Se utilizó un método experimental nuevo y en realidad de espíritu muy viejo, basado en la manipulación genética de la que se hablaba en Parque Jurásico, con el fin de resucitar al eslabón perdido. En primer lugar, se utilizó el ADN de Franco, fosilizado en el cadáver de unas pirañas que solían frecuentar bastante los pantanos y presas que tanto le gustaba inaugurar al dictador. Seguidamente se completó la secuencia genética, allí donde había huecos, con el ADN de los gallos de corral, tan abundantes por estas tierras patrias, y todo ello se lo inocularon a Gallardón, que quedó exitosamente fecundado. Sería mucho más tierno decir que la ley fue producto de un polvo salvaje entre Gallardón y Soraya, de las relaciones sexuales, extramatrimoniales, y adúlteras entre Mariano y Esperanza o incluso que la trajo la cigüeña desde París, pero no es cuestión de inventar cuentos para niños. Todo hace presumir que la cosa se desarrolló de una forma tan fría y carente de amor cristiano como se ha descrito anteriormente.

Tal vez por ello el embarazo no ha llegado a término. Ello pese a que el supuesto de la creación de bebés probeta nunca ha estado expresamente contemplado como supuesto despenalizador del aborto en nuestro ordenamiento. Aunque parezca lo contrario, quizá haya sido un guiño a la Iglesia: sin fornicación, no hay Ley-Gallardón. El equipo médico de Rajoy se ha valido del antiguo procedimiento que usaban las familias españolas adineradas para proceder a la interrupción del embarazo, con algunos matices. Se ha cambiado el clásico escenario del exilio, pues en vez de Inglaterra se ha optado por China, pero se han mantenido los elementos de la clandestinidad (aunque esta vez hubo testigos de la inesperada operación, la cual no se retransmitió como otras veces a través de una pantalla de plasma) y el pago de un alto precio (en este caso el cese del ministro, que apareció después de la intervención ya sin tripita).

Nunca conoceremos cuál hubiera sido el sexo de la ley, aunque existen rumores de que en la ecografía se le notaba algo pequeñito y saliente en la entrepierna. La certeza absoluta no se puede tener porque dicha prueba se la quedó Ana Mato para imputar la factura, abonada en forma de copago, a los presupuestos de su ministerio, mientras Montoro reflexionaba sobre si estaba exenta de IVA.

Sin embargo, aún queda un cabo suelto en toda esta historia. Gallardón lo insinuó sibilinamente en su despedida, cuando dijo que una legislatura había resultado ser poco tiempo para un debate sobre un tema tan sensible y auguró por tanto que en el futuro, tarde o temprano, la beneficiada de esa discusión sería la sociedad española. Todo un mensaje en clave dedicado a ese feto que portó en su vientre durante tantos meses y al que finalmente no ha podido dar a luz. Quién sabe si se estaba refiriendo al nasciturus (concebido y no nacido) de cuyos derechos hereditarios habla el Código Civil. No hay que olvidar que el exalcalde de Madrid es jurista, circunstancia que también recordó en su comparecencia. ¿Y si en realidad el feto hubiera sobrevivido pero fuera del cuerpo de Gallardón, quien ha fallecido políticamente? La criatura habría sucedido por tanto a su padre y tendría una expectativa de derechos que se materializaría sólo en el caso de que tuviera vida independiente fuera del seno materno. En ese caso estaríamos ante el hijo póstumo de Gallardón. Pero para ello lógicamente hace falta otra persona que asuma parir en el futuro al todavía nasciturus. Tratándose de una gestación en diferido… ¿será María Dolores de Cospedal?

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