Daños ocultos

Vamos a hablar en serio. No es que otras veces no lo haga, pero en este caso digamos que no voy a revestir el artículo de mi habitual pátina de ironía y sarcasmo. Ni siquiera pretendo dar un toque informativo o documentado a lo que voy a decir. Sólo me voy a limitar a opinar de una realidad tan dramática que no me sale expresarla de otro modo. A fin de cuentas, como la cosa va de daños ocultos, resulta mejor, en contraposición a la naturaleza de aquellos, no usar forro alguno que alivie el desgarro de la realidad, sino ponerla tal cual sobre la pantalla de esta buhardilla. Esto es un colchón duro como una piedra, un camastro de pensión, un jergón burdo, un banco de piedra sin pulimentar.

Lo primero de todo, una premisa de Perogrullo. Eso que llaman crisis económica y que no es más que la consecuencia eterna e inevitable de un sistema injusto, fallido y cruel, provoca un innegable deterioro en las condiciones materiales de vida de las personas. Esto se bifurca en aspectos sobradamente comentados por muchos expertos, periodistas, analistas e incluso bocachanclas: fractura social del país, desigualdad en el acceso a las oportunidades por motivos puramente económicos, tensión en las relaciones familiares debido al aumento de su grado de complejidad, cronicidad de la pobreza y, como causa-resultado que se retroalimenta diabólicamente, del desempleo (tema del que ya hablé en un artículo, Círculos Viciosos) y otros muchos.

Sin embargo, de lo que no se ha hablado ni mucho menos tanto es de la degradación psicológica que todo ello lleva acarreado. Y no sólo me refiero a nivel individual, que ya es suficientemente terrible, sino también a nivel colectivo, lo cual tiene consecuencias todavía peores. Este es mi punto de partida para establecer lo que considero daños ocultos, sobre los cuales creo que aún no se ha hecho ningún estudio serio. No seré yo quien lo haga, por razones evidentes como la inadecuación del espacio y sobre todo la absoluta falta de conocimientos. Me limitaré a exponerlos.

¿Alguien se ha parado a pensar en el estado mental en el que se encuentran por ejemplo los parados de larga duración? Resulta imposible que una persona que lleva sin trabajar varios años y que en el mejor de los casos cobra una prestación por desempleo a nivel asistencial o una renta mínima de inserción (la tarifa plana de 426 euros, en el irónico y acertado lenguaje de Beatriz Figueroa, esa infatigable luchadora que reclama un sistema de protección suficiente que garantice la estabilidad económica de los enfermos de cáncer y cuya historia también relaté en su momento) se encuentre sana psicológicamente. Para colmo, pueden concurrir circunstancias agravantes, como el tener cargas familiares, una edad avanzada o poseer una cualificación muy específica que únicamente la habilita para trabajar en un sector en el que sabe que jamás volverá a encontrar empleo. Algunos dicen que cualquiera está facultado para servir copas o limpiar escaleras. Además de no ser cierta, tal afirmación da por hecho que ese espacio del mercado laboral que requiere profesionales con baja cualificación puede absorber absolutamente a todos los desempleados. La ignorancia es hija de la estulticia y la mediocridad mental. Normalmente quienes dicen tales cosas serían los primeros que no valdrían para desempeñar ese tipo de oficios si les tocara hacerlo, si bien es algo que probablemente nunca se comprobará, pues acostumbran a ser esa clase de individuos, cada vez más en peligro de extinción en España, con futuro laboral asegurado, garantizado o comprado, según los casos, aunque tampoco deberían cantar victoria, pues a día de hoy ni siquiera ellos tienen el porvenir amarrado.

Sin embargo, no hay que centrarse únicamente en el drama del desempleo. Hay muchas personas asalariadas que por diversos factores, los cuales incluso pueden no tener que ver directamente con su ocupación laboral, se encuentran tocados psicológicamente. Se está creando una sociedad esquizofrénica, como mínimo bicéfala (aunque el monstruo a mi entender tiene muchas más cabezas), donde los mensajes que se mandan en cada ámbito no son meramente contradictorios, sino pertenecientes a realidades opuestas. La inseguridad en la que vive la ciudadanía, incluso los miembros de la misma que aparentemente tienen una situación más o menos cómoda, es terrible. Todo pende de un hilo, existe inestabilidad y agitación en todos los lugares, riesgo de caer al infierno individual o familiar en cualquier instante, miedo a que los pocos pilares que quedan firmes también se desmoronen. El mundo hasta ahora conocido en España parece que se desmorona, pero lo peor es que lo hace llevándose todo por delante para hacernos vivir sobre sus propias ruinas, sobre la propia miseria que ha provocado, sin permitir que haya propuestas firmes y reales para que se reconstruya algo mínimamente decente en lugar de este país catastrófico.

El Grito (1893), de Edward Munch (Imagen: rincondelvago.com).

La consecuencia inevitable es una sociedad enferma, que ya no es solamente neurótica como la de antes (donde una ansiedad trastornada y obsesiva era alimentada por la engañosa percepción del bienestar), sino que, por debajo de esa capa esquizofrénica, la mitad de la población española vive sumida en la desesperanza, la frustración, la falta de autoestima y la pérdida de la dignidad. Y si esta última se va al garete, también se evaporan los valores más esenciales, desde el compañerismo hasta la empatía, pasando por las inquietudes o los afectos familiares. Cualquier cosa es susceptible de ser sustituida por el único objetivo: la supervivencia física. Y cuando ella no es posible, el suicidio.

Estas afecciones psicológicas generan además una terrible inadaptación social. Yo estoy en contra del sujeto conformista, que se fusiona absolutamente con el borreguil tejido social de la civilización actual y se deja absorber por él, pero incluso alguien con mi tendencia hacia la anarquía reconoce que una persona sana necesita tener un cierto nivel de adaptabilidad social para no caer en la exclusión y el abandono del deseo hacia las más elementales necesidades humanas. Somos seres sociales, nos guste o no. El anacoreta, el bohemio solitario, el lobo estepario es un sujeto fallido, por mucho que nos mole su imagen icónica de ser autosuficiente capaz de sacarse las castañas del fuego por sí mismo sin necesitar la mano amiga. El problema es que esta sociedad tan enferma y maltratada es caldo de cultivo para la creación de sujetos que ni sientan ni padezcan, que pierdan cualquier tipo de pasión, pulsión de vida o incluso de muerte (aunque tal absurdo supondría la deshumanización absoluta), que se guíen por la terrible inercia del paso de los días sin meta, recompensa, incluso sin sufrimiento por el supuesto castigo.

(Imagen: blogmercedesintervencion.blogspot.com).

Esto a su vez ocasiona una terrible modificación en las relaciones sociales. La estratificación puede ser tan brutal que una persona apartada, expulsada, olvidada y machacada psicológicamente jamás pueda entablar conexiones emocionales o de otro tipo con sus semejantes, todavía menos con aquellos que pertenezcan a una clase social superior, como si nos hubiéramos instalado en una especie de sistema de castas made in Spain (y no sólo la de los políticos).

Pero la mayor crueldad de todas, el culmen del juego perfectamente urdido, el broche que engarza el collar, lo constituyen las dificultades prácticamente insalvables que tienen las personas a las quienes ha pillado de lleno el tsunami ibérico a la hora de acceder a un tratamiento adecuado que les dote de armas para combatir psicológicamente el problema; una terapia que les ayude a enfrentarse con herramientas mentales válidas a la infame sociedad, enferma a su vez y sin tratamiento de choque, más allá del que aplican los cirujanos del recorte en prestaciones, derechos, libertades y hasta en las pasiones de los ciudadanos. En España la salud mental está concebida para que únicamente se la puedan costear los ricos, pues en la cada vez más deficiente Sanidad Pública dicho área importa un pimiento, está abandonada a su suerte. Tengo pendiente escribir en detalle sobre este tema, aquí sólo lo dejo enunciado. Jamás ha habido un plan para implementar recursos o una estrategia adecuada en este campo y nadie parece preocupado por el devastador hecho de que millones de españoles que padecen patologías psicológicas fácilmente diagnosticables no puedan recibir un tratamiento adecuado. Como en casi todas las cosas, estos ciudadanos son los de clase baja o incluso media, todos aquellos que carecen de recursos suficientes para sufragarse una psicoterapia privada, la única efectiva y que podría ayudarles al menos a enfrentarse con la lamentable realidad que asola al país y que derrumba sus vidas cada día.

(Imagen: lasprovincias.es).

Pero esos daños ocultos no les quitan el sueño a los gestores de esta barbarie ni a muchos de los ciudadanos que se han salvado de sufrirlos. O que creen haberse salvado. La insolidaridad es muy grande en este plano; la incredulidad y el escepticismo también. Es habitual que no entendamos la posición de esa persona amiga que dice sentirse deprimida, sin fuerzas ni energía para seguir luchando, que no busca trabajo sencillamente porque ya no puede. Pensamos que tiene lo que se merece y acabamos por no hacerla demasiado caso. Tal vez nos produce compasión y poco más. Hastiada, sin esperanza ni fuerzas, acaba sintiéndose tan incomprendida y desamparada que opta por tragarse su propio infierno. Esa persona ya está fuera de la rueda, ya no se puede montar al carro infantil e ilusorio de la falsa recuperación. Ni siquiera puede vivir con la ficción de que algún día podrá correr tras el caballo y subirse a su grupa.

Pero, a pesar de la tragedia, todas esas personas pueden consolarse tristemente con una idea. Es posible que padezcan una enfermedad psicológica o un trastorno mental, pero al menos no están locos. La psicoterapia generalmente considera locura a la visión perturbada de la realidad. Por ejemplo, ver bienestar o recuperación donde hay descontento y desigualdad. O brotes verdes en los secarrales. Lo peor es que no sólo los latifundistas de esas tierras sin valor están chiflados (o directamente son unos sinvergüenzas), sino también algunos curritos encargados de arar lo que no se puede cultivar. Locura e ignorancia en grado sumo.

Así que podemos decir que la población española se divide entre ciudadanos con patologías psicológicas y otros que bailan con la cabra y la sacan a paseo en una especie de exhibicionismo de la demencia. Entre medias, tal vez queden algunos sujetos sanos que nos salven, quién sabe…

O igual es de locos pensarlo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en España, Sociedad y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s