La patria de Mortadelo y Filemón

Resulta cuanto menos curioso lo mucho que los españoles nos venimos crispando e indignando desde hace unos años para acá cada vez que observamos el acontecer de la realidad socio-económica y política del país. Como si lo que sucede ahora fuera algo completamente desconocido, rabiosamente novedoso, inverosímil.

El problema más grave entre los muchos que hay en España es la falta de cultura. Aunque tiene muchas más vertientes, me refiero sobre todo a que en esta nación de sobremesas donde hay siesta incluso cuando el ojo está abierto se ha leído históricamente muy poco. Para la inmensa mayoría de los españoles es un ejercicio que bascula entre lo aburrido, lo inútil o lo excesivamente elevado. Y no sólo respecto a obras de gran envergadura, sino incluso hacia la literatura más popular y accesible, que por suerte en este país es inmensamente rica y tiene una calidad descomunal, sobre todo a la hora de reflejar de forma humorística las miserias, desastres y aspectos negativos en general de esta tierra de chiste. Desde Cervantes hasta Eduardo Mendoza, pasando por otros autores también de gran renombre y afines a lo satírico, como Quevedo, Clarín o Valle-Inclán.

Esto deriva en una ignorancia absoluta sobre la mayor parte de las cosas. Lo más penoso es que el desconocimiento es especialmente notable en lo tocante a la propia idiosincrasia histórica del pueblo español, nuestra sangre, tal vez la única patria verdadera. Todas las demás, enarboladas en forma de trapo de un modo más o menos exaltado según el contexto y el ámbito, son artificios políticos o temporales. Pero esa otra perdura y se extiende en el tiempo. No se manifiesta en días concretos de la Hispanidad o de la Diada sino de forma continua, recurrente, socarrona y descacharrante, como en una historieta de Mortadelo y Filemón; un relato gráfico que también es cultura y no sólo entretenimiento, como erróneamente se ha considerado tradicionalmente. Aún más, lo que hace su creador y dibujante –que se autodefine a veces en sus propios álbumes como “humilde pintamonas” aunque sea un artista como la copa de un pino– no puede ser más cultural, porque, a través de una manifestación artística, refleja la sociedad con una visión crítica, empleando un lenguaje popular, apto para todos los públicos, pero al mismo tiempo lleno de riqueza, combinando con increíble maestría los cultismos, la riqueza semántica y el argot de las gentes de esta nuestra variopinta y desmangada España. Este es el tremendo tesoro que nos ha ido dejando a lo largo de 58 años uno de los mayores genios que han nacido dentro de las fronteras hispanas (y catalás), el maestro Paco Ibáñez. Pero se ve que, pese al tremendo éxito comercial que alcanzó en épocas no tan lejanas, la gente ha olvidado lo que su magistral pluma y su travieso lápiz nos muestran. O, aún peor, tal vez nunca lo supo.

Francisco Ibáñez, junto a sus personajes Mortadelo y Filemón (Imagen: http://www.oconowocc.com).

No puede ser más perfecta ni clarividente la caracterización del país que se hace en los tebeos (que no cómics, como recuerda su autor en las entrevistas) de los dos agentes (españoles y catalanes, o catalanes y españoles) de la T.I.A., detectives privados cuando trabajaban en su mítica Agencia de Información. Desde hace muchísimos años el maestro Paco se dedica a reflejar España, navegando por sus diferentes hitos o a veces usando temas atemporales. La política, la sociedad, el mercado laboral, el deporte, la cultura, la mentalidad del pueblo y demás aspectos del panorama nacional han sido retratados por Ibáñez, que no es un simple dibujante, sino un historietista, lo cual tiene mucho más valor. Él hace los guiones, es un creador integral, controla toda su obra y pone en cada viñeta y en cada bocadillo el espíritu que guía su arte. Este eje es completamente caricaturesco y ahonda en el esperpento, la ironía, la sátira e incluso el surrealismo, pero es precisamente en esa exageración y en el disparate de Mortadelo y Filemón donde tristemente mejor se puede uno identificar como español y como perteneciente a la sociedad española. No hay mayor patriotismo, aunque este implique reconocer el ridículo y el desastre que preside a nuestro país, que leer las aventuras de los dos agentes más torpes de la historia de la ficción. Por supuesto que España no es sólo ese cúmulo de desmadres, ruindades, desfalcos, deficiencias y situaciones grotescas que aparecen en los álbumes de Mortadelo y Filemón, pero, si hiciéramos una generalización, ese es nuestro sustrato mayoritario, aunque no nos guste. No hay peor mentecato ni más peligroso que el que se niega a reconocer la evidencia, porque jamás cambiará sus errores. Eso es lo que nos ha ocurrido desde hace muchos años a los españoles. Claro, que ha existido un problema añadido aún más grave: los que sí hemos sido consciente de ellos hemos adoptado la actitud de no hacer nada, más allá de reírnos (que al menos es mejor que llorar). Algunos porque les venía muy bien que todo siguiera así, otros por simple desidia, pasotismo, miedo a la responsabilidad, complejo de inferioridad o simplemente por falta de voluntad de cambiar la tradición infame, en una especie de rito masoquista.

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Portada de “El S.O.E.” (Ediciones B, 1992)

El reciente episodio de la llegada del ébola a España, las consecuencias y reacciones que ha traído consigo y, sobre todo, la gestión de la crisis, tanto política como técnica –en cuanto a la planificación y empleo de los recursos– casi supera el despropósito, la absurdez y el desvarío de las situaciones descritas en los tebeos. Un país con unos medios sanitarios deficientes, afectados por el continuo tijeretazo, aplicados por médicos sobresaturados de trabajo, lastrados por una burocracia y unas listas de espera insoportables, una lentitud diagnóstica exasperante y unos responsables técnicos y políticos sinvergüenzas e incompetentes, es el habitual entorno de las historietas de Ibáñez que se ambientan en el contexto de la salud. El primero de los títulos que se me viene a la cabeza es El S.O.E. (1992), por ser un monográfico sobre el tema, pero realmente la denuncia del funcionamiento de la Sanidad Pública española a través de la chanza y la supuesta exageración está muy presente en las aventuras de los dos entrañables funcionarios públicos. Si no fuera porque ha habido una persona contagiada, a mí me habrían dado ganas de descoyuntarme observando la evolución de todo este asunto: una ministra a la que sólo le falta tartamudear en las comparecencias, un consejero que recuerda (sólo en el aspecto físico) al legendario abuelillo de Fraggel Rock (por cierto, fallecido ayer mismo) echando la culpa de todo a una enfermera (esto me recuerda a esas viñetas en las que Ibáñez invierte la lógica para ilustrar la injusticia, por ejemplo en el ámbito deportivo; el árbitro sobornado expulsa al jugador agredido acusándole de haber propinado un golpe de estómago al pie con botas claveteadas de su oponente), un hospital desmantelado que tiene que volver a habilitarse en tiempo récord, charlas de formación exprés, entrenamientos con bolsas de basura, habitaciones de un metro cuadrado para ponerse un traje…

El S.O.E. (Ediciones B, 1992).

“El S.O.E.” (Ediciones B, 1992).

El S.O.E. (Ediciones B, 1992).

“El S.O.E.” (Ediciones B, 1992).

 

 

 

 

 

Pero el descalabro grotesco y mortadeloyfilemoniano de este país de chirigota y abuso de poder no sólo abarca al ámbito sanitario. Nos echamos las manos a la cabeza a medida que descubrimos nuevos datos sobre las tarjetas black –opacas o lo que sean, que diría el sinvergüenza de Arturo Fernández–, como si todo eso no hubiera sido pintado a la perfección con la más afilada de las sátiras por el maestro Ibáñez. Quien no haya leído jamás Atasco de influencias (1991), escrito y dibujado hace más de dos décadas, tal vez no sepa de lo que le hablo. La fiesta y la orgía a costa del erario público, los chanchullos y el amiguismo son parte del ADN de este país desde siempre y no existe ninguna diferencia con el momento actual, salvo que ahora, de una forma bastante graciosa, todos nos escandalizamos mucho más porque existe una situación socio-económica horrible para las clases medias y bajas. Como si antes fuera mucho mejor… La única diferencia es que previamente a eso que llaman crisis la miseria, la precariedad laboral, la falta de ética por parte de los grandes empresarios y los agobios para llegar a fin de mes estaban menos generalizados y en muchos casos disfrazados por el gran engaño de la financiación.

Portada de El Atasco de Influencias (Ediciones B, 1991).

Portada de “El Atasco de Influencias” (Ediciones B, 1991).

Barcelona 92 (Ediciones B, 1991).

“Barcelona 92” (Ediciones B, 1991).

 

 

 

 

 

Nadie debería sorprenderse por el hecho de ver a individuos como Miguel Ángel Araujo o el ya mencionado Arturo Fernández riéndose del pueblo español a través de los medios de comunicación, porque estos impresentables han poblado las viñetas del historietista catalán prácticamente desde el principio de la democracia. Normalmente aparecen en los magistrales prólogos de sus álbumes. Son personajes opulentos y viciosos, repulsivos y orondos, de aspecto zafio y marrano, que se reparten con total impunidad y actitud carroñera la suculenta tarta cocinada por el sistema de los aportes de crema, nata y hojaldre que, en modo yonqui pero al revés, sostiene cada español con renuncias a su parte correspondiente de azúcar. Al final, todos acabamos teniendo que inyectarnos, no obstante, nuestra dosis de insulina financiera con efecto perverso. Y los siniestros personajes, dale que dale, haciéndonos reír en las páginas de Mortadelo y Filemón ante nuestra propia incapacidad de echarlos y vencerlos, pese a que somos capaces de detectarlos e identificarlos perfectamente. El Rato de hoy lo pasamos con el Conde de ayer, mientras que Blesa hace que se le caigan los pelos del bigote a Aznar a cambio de que a él no se le mueva ni uno solo de su cabello atado con gomina, probablemente manufacturada a base de extractos De la Rosa.

Portada de "Corrupción a Mogollón" (Ediciones B, 1994).

Portada de “Corrupción a Mogollón” (Ediciones B, 1994).

En Corrupción a Mogollón (1994), publicado en la época de los GAL, el agujero de Banesto y el desfalco de los fondos reservados, y basado principalmente en la rapiña de Roldán, Ibáñez finaliza la aventura con una escena absolutamente demoledora y genial. Felipe González, que durante toda la historieta aparece firmemente comprometido con la lucha frente a la corrupción, acaba olvidando el asunto con la sonrisa cínica mejor dibujada de la historia del cómic (perdón, del tebeo), rompiendo la lista de implicados en la trama al descubrir que allí aparece prácticamente todo el gobierno. Esa caricatura de Felipe, el político que en los ochenta encandiló a más de media España y que acabó más podrido que los colectores de una fábrica química, podría ser, veinte años después, Mariano Rajoy, aunque indudablemente bastante menos astuto y con un tirón popular mucho menor. El presidente del plasma, que hace la vista gorda a todos los escándalos que asolan a su partido y al Estado que encabeza, entre otras muchas cosas porque todo es falso, salvo alguna cosa, y sus conductas probablemente entren dentro de esto último.  Nuevamente, la Gürtel de la actualidad es la FILESA de entonces.

"Corrupción a Mogollón" (Ediciones B, 1994).

“Corrupción a Mogollón” (Ediciones B, 1994).

 

Incluso hay un tema del que se habla infinitamente menos entre la gente, otro altavoz por el que siempre ha sonado toda la música infumable de este país (y hay mucha), del cual Ibáñez también siempre ha sabido reírse con ironía mordaz y contundente: el fútbol. El genio de Barcelona mostró el flagrante trato de favor hacia el sector futbolero y la pasividad de los españoles respecto al mismo ya en las páginas del legendario tebeo Mundial 82 (1981), hace más de 30 años, poniendo de relieve el indecente derroche de fondos públicos que ha supuesto para este país el deporte del balón. Una sangría inagotable para la Administración, de la que todos somos casi más culpables que los que la generan, el primero este que os escribe, como aficionado y consumidor que soy. El monstruo que hemos alimentado es de proporciones tan insondables que, aun sabiéndolo, no terminamos de ser totalmente conscientes. Deudas gigantescas con Hacienda y la Seguridad Social, subvenciones públicas a mansalva y en muchos casos a fondo perdido, créditos millonarios concedidos por entidades rescatadas con dinero público para fichar a supercracks, estadios de última generación pagados por todos, recalificaciones de terrenos en beneficio de clubes, televisiones dementes dispuestas a pagar millonadas desorbitadas por un partido celebrado a una hora intempestiva y que sólo unos pocos chalados van a ver en directo al campo…

"Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)" (Ediciones B, 1981).

“Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)” (Ediciones B, 1981).

Un sinfín de barbaridades que están comprimidas con un arte descomunal y desternillante (de puro vergonzoso, execrable y cierto como es) en esa tira cómica mítica. Hay un corrupto, por supuesto: el preboste, que aúna en su figura muchas otras fácilmente reconocibles. Pero sobre todo hay un retrato increíblemente preclaro de la sociedad española, en el que todos, en mayor o menor medida, quedamos retratados. Son tres páginas que deberían ser de obligada lectura para todos los españoles. Los mendigos buscando en la basura y los pequeños negocios en quiebra mientras en la sede del Consejo de Mandamases se celebra el auge y crecimiento del país; el silenciamiento (en este caso a lo bestia, sin sutilezas) de la voz discrepante sobre la decisión de poner en marcha el Mundial 82; los medios de comunicación como voceros del discurso oficial; el empleo desmedido de medios económicos para poner en marcha la infraestructura del evento; el español que está dormido delante de una tele que informa sobre un congreso científico y que se despierta enloquecido, drogado, delirante, flipado, ante la noticia de que se pone en marcha el Mundial 82; la cola interminable de personas pidiendo entradas para los partidos, pese a que aún no se han puesto ni siquiera a la venta; el edificio flamante, superlujoso, que alberga la sede del Mundial (pero con acabados cutres; “vigilad que no entre aquí el preboste, se han caído todas las vigas del ala oeste”, advierte una voz), mientras al mismo tiempo se coloca la segunda piedra del complejo destinado a albergar (algún milenio de estos) la sede del centro de investigaciones científicas y matemáticas; la comilona que le espera al preboste con “la pandilla” (“digooo, el Comité Directivo para el Banquete Oficial de Inauguración”)…

"Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)" (Ediciones B, 1981).

“Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)” (Ediciones B, 1981).

"Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)" (Ediciones B, 1981).

“Mundial 82 (en marcha el Mundial 82)” (Ediciones B, 1981).

 

 

 

 

 

El otro día viendo la sección Sé lo que hicisteis con el último contrato del programa El Objetivo, que dirige Ana Pastor, alucinaba en colores no por los hechos en sí, sino por la fidelidad, incluso quedándose corto, con la que Ibáñez nos mostró eso mismo a través de un tebeo que, precisamente por ser eso, una manifestación artística popular, muchos han desprestigiado y minusvalorado negligentemente.

Y es que lo que aparentemente sólo es divertimento, resulta ser mucho más, una genialidad diseñada por un español (y catalán) que, como muchos otros artistas del humor, la sátira o la crítica social, no es que esté dotado de superpoderes, sino que simplemente es mucho mejor observador de la realidad que la generalidad del pueblo español, mayoritariamente inculto, iletrado, ignorante y pasota. Eso sí, el mérito de Ibáñez no sólo está en contemplar e interpretar a la perfección lo que ve, sino sobre todo en saber plasmarlo con esa perfecta deformación, a través de ese surrealismo tan realista, sin duda lo más difícil. No se me puede ocurrir mejor definición de un patriota, alguien que es capaz de dejar un legado cultural tan valioso para el país, pese a que sea para nuestro sonrojo y abochornamiento. Pero nadie se lo ha tomado jamás demasiado en serio. Sólo es una caricatura, una exageración, una forma de cachondearse para que la gente se entretenga… Eso es lo más triste de los españoles, como dije al principio, la ignorancia supina que nos embriaga hasta el punto de ver sólo vapores a nuestro alrededor y ser incapaz de leer una sola línea de verdad sobre nuestro pueblo, ni siquiera cuando se halla tan próxima a nuestro entendimiento.

"El Ordenador... ¡qué horror!" (Ediciones B, 2001).

“El Ordenador… ¡qué horror!” (Ediciones B, 2001).

Lo único que por desgracia le falta al bueno de Francisco Ibáñez es ser una especie de Dr. Frankenstein capaz de dar vida a sus criaturas. Partidos políticos nuevos, regeneración democrática, nuevos procesos constituyentes, reforzamiento de los controles, auditorías de la deuda, redistribución de la riqueza, políticas fiscales… Pamplinas. La única medida que resultaría verdaderamente eficaz consistiría en encargar a Mortadelo y Filemón la custodia de todos esos personajes rastreros y sin escrúpulos. Entonces la risa al contemplar los chistes, trompazos, calamidades y desastres sería de igual intensidad, pero cambiaría de matiz…. Ya no nos reiríamos por no llorar, de vergüenza ajena, de nosotros mismos, sino de ellos y de su desgracia. Y Mortadelo y Filemón no sólo serían unos patriotas como hasta ahora, sino algo más: nuestros héroes nacionales.

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