La costa de los fracasos

Se ha anclado en tu puerto ese barco. Un carguero sucio de chimenea oxidada y paquetes llenos de dinero falso. Ha venido navegando sobre un mar engañosamente calmo, aunque el cielo amenazaba tempestad.

En la dársena revolotea el avispero con su machacante zumbido. Los cansados mercantes de bazos famélicos no pueden descargar los fardos.

El ambiente, fantasmagórico. A lo lejos, en la línea que dibuja la costa decadente se difuminan en la bruma todos tus sueños del pasado. Sobre la ciudad luce una neblina embustera.

Añoras la niebla fría y seca del otoño, la que traía rocío en tus mañanas, cuando todavía saboreabas el fracaso. Esta humedad es insoportable. Ni siquiera los inviernos se adelantan como antes, cuando no había este insufrible olor a sudor, vómitos, pescado y necesidades subastadas.

En la lonja se pesa tu alma contra tu vida. Te sorprendes de que la segunda esté tan barata y de lo poco que cuesta vender la primera. En los arrabales del barrio pesquero donde nadie sabe usar la caña se escuchan quejidos inútiles, lamentos repetitivos.

Un viejo velero cuyo nombre nadie quiere recordar gira obsesivamente alrededor del muelle; su timón verde descascarado lo guía un chiquillo enfadado.

Por el malecón desfilan seres grotescos, ya sin formas definidas. Son los hijos bastardos del sexo imaginario, de los placeres onanistas, de las perversiones mal folladas.

Has llegado a tierra firme echándolo todo por la boca, mientras otros lo arrojaban por la borda. No hay excusa; no bebiste durante el trayecto, no existe resaca. Las olas ya no se elevan como antaño.

Ahora arribas a tierra firme cada vez en intervalos mayores y siempre con la lengua fuera por el constante remar en la galera. Apareciste antes de que partiera el alba moribunda; el día ya nacía derrotado.

Aguardas un nuevo ocaso de pérdidas, más allá del crepúsculo de los dioses mal paridos, en el preludio de la noche interminable. Allí no te dejarán jugar.

Recuerdas el mediodía, cuando corriste sin mucho sentido.

Sólo fracasaste con algo de estilo por la tarde.

Ya se acercan las gaviotas, como si no tuvieran nada mejor que hacer.

¿Dónde se han metido los pavos reales?

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4 respuestas a La costa de los fracasos

  1. Sara Hdc dijo:

    grande Al! como siempre 🙂

  2. @caordas dijo:

    ¡¡Cómo echaba de menos una entrada poética!!. Preciosa como siempre.

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