Sexo sin nacionalismos

Al final todos pecamos de oportunistas, yo el primero, y hablamos en profundidad sobre un determinado tema cuando los reyes de la pantomima y el descalabro nos marcan la agenda con sus decisiones políticas. Eso me ha ocurrido a mí con “el problema del secesionismo o desafío soberanista catalán”, en la terminología del nacionalismo español, y que es denominado por el nacionalismo catalán “derecho de autodeterminación o a decidir de los catalanes”.

Como yo nunca he creído demasiado en las ideologías políticas, pese a que me considere un tipo tremendamente interesado en ellas, he intentado enfocar este asunto desde un punto de vista muy distinto a aquel que se emplea en el debate público, normalmente con los medios como escaparate, pero también durante la vida cotidiana.

En efecto, la cuestión catalana –concepto que empleo como intento de neutralidad, probablemente inútil, pues ya nadie te permite ser neutral en este asunto– se cuela en todos los sitios: cenas familiares, eventos sociales, reuniones conyugales o cafés entre colegas que se creen entendidillos. Estoy convencido de que se habla de esto incluso en la cama, espero que de forma post coital, aunque no me extrañaría que hubiese algún par, trío o colectivo orgiástico que decidiera en pleno acto sexual motivarse con referencias a la actualidad de Cataluña y Espanya.

Plantear esto puede resultar muy aburrido, pero también tremendamente divertido. Si uno visualiza en su mente los roles perfectamente diseñados, en función de lo esperable, la cosa carece de interés y resulta tan previsible como el comportamiento de aquel presidente que algunos aseguran tuvo España llamado Mariano Rajoy. No tendría morbo alguno que una persona partidaria del Estado Catalán vociferara “¡Sí, sí, independència!”, una vez que llegara al orgasmo, o que el típico sujeto españolista de pro soltara a todo pulmón un “¡Viva España!” cuando alcanzara el clímax. De hecho, tal falta de espontaneidad derivaría probablemente a la postre en gatillazos, coitus interruptus y, por puro hastío, en eyaculaciones precoces.

Sin embargo, como el sexo es por lo natural el espacio de lo humano más proclive al retorcimiento y a la liberación de las perversiones más inconfesables, la cosa también puede volverse muy cachonda y entretenida. ¿Os imagináis a una catalana independentista pidiendo a su amante español centralista, inmovilizado y esposado, que le tararee la Marcha Real mientras ella, sentada a horcajadas sobre su amante, ondea un látigo que ocasionalmente restalla contra el armazón de la cama y grita en cada balanceo: “Mas, Mas, dame más”?”. O, en el polo opuesto, podemos figurarnos a ese mismo pepero de Madrid (tal vez pariente lejano de Esperanza Aguirre o de algún alcalde implicado en la Operación Púnica), o bien a una socialista andaluza fanática de Griñán y Chaves que se hace valer de un pene de goma, solicitando a su pareja de baile (que puede seguir siendo la chica antes mencionada o un hombre homosexual votante de Esquerra Republicana) que cante aquel conocido verso de Els Segadors que reza: “Ara és hora segadors!/Ara és hora d´estar alerta!/per quan vingui un altre juny/esmolem ben bé les eines” (¡Ahora es hora, segadores!/¡Ahora es hora de estar alerta!/Para cuando venga otro junio/¡afilemos bien las herramientas!); mientras la penetra por el orificio anal.

Aquel que ocupa el papel del sometido en cada situación hallaría un placer masoquista difícilmente explicable en un contexto distinto al sexo, que es la excepción a la rigidez de la vida y a la coartación de la libertad, pues su única norma consiste en que las reglas del juego deben ser establecidas de mutuo acuerdo por los participantes. Todo lo demás vale. Como digo, el dominado en cada caso descubriría un estado de poderosa excitación muy a su pesar. Siguiendo con las figuraciones, el españolismo dejaría de ser retentivo de líquidos y reticente a soltar su locura, precisamente al comprobar el gusto morboso en la inversión de personajes. Azuzado por el jinete catalanista, amarrado por las bridas, comenzaría a moverse como un caballo que ansía desbocarse, liberarse de pronto de las riendas y concederle al que va montado sobre su grupa el disfrute de un mundo nuevo a toda velocidad, lleno de cambios a cada segundo. También podemos fantasear con que el independentismo catalán se sabría invadido y vencido por la España más rancia, pero encontraría por fin la satisfacción oculta que llevaba tanto tiempo esperando después de haber planteado batalla hasta tensar la cuerda de la ruptura. De la forma más humillante, pero irónicamente también a través de la única vía posible, la más estrecha que ha quedado después de la cerrazón prolongada en el tiempo. Sería el regreso de Convergència i Unió de la manera más gráfica posible.

No obstante, la imagen más hermosa y arcádica me lleva a suponer un escenario de puro desenfreno sexual, donde catalanes secesionistas, fascistas españoles, españolas republicanas de La Voz Dormida, castellanos de Machado, aragoneses salidos de las canciones de Serrat e incluso neskitas de apariencia virgiliana se montasen la fiesta padre, que dejara Sodoma y Gomorra al nivel de una fiesta del pijama, bebiendo todos de las CUP y de las copas en blanco y negro del Real Madrid.

Y es que la situación ha alcanzado tal nivel de controversia que la única solución pasa por liberar tensión sexual, echar el polvo del siglo, en nuestro caso el de las cinco centurias y pico que tiene de existencia este Estado mal construido y peor gestionado. Admito que al principio no sería fácil, costaría entrar en materia, harían falta muchas caricias y juegos previos, bastante sexo oral, unas cuantas palabras de calentamiento, tal vez a Pablo Iglesias ejerciendo de presentador y animador de la orgía, pero estoy seguro de que poco a poco allí correrían los fluidos como en un circuito de Fórmula Uno y finalmente todo se tornaría cálido y húmedo como un monzón en la India. Las sábanas, que en realidad serían las banderas de cada uno, acabarían revueltas, mezcladas, desparramadas por el espacio común (posiblemente la Puerta del Sol, en esto hay que ser centralista). Todo se compartiría durante este multitudinario acto de deseo arrebatado, desde las parejas hasta las ideas, pasando por la cultura y la lengua. Daría lo mismo en qué idioma se expresara la euforia de la pasión sexual, o aún más, que no se expresara en idioma alguno. ¿A quién le importaría durante el cigarrillo de después brindar con vino espumoso o con cava catalán?

Eso sí, una sola exigencia pido para que tales augurios ideales y fantasiosos se cumplan y se resuelva de una vez por todas la cuestión catalana: que no aparezcan políticos en la bacanal, especialmente si son miembros del Gobierno o de la Generalitat. Estos acudirían a la cita en coches oficiales, se harían una consulta a modo de preliminares y se insultarían durante el acto; se escucharían cosas muy poco libidinosas como “comême boles”, “te lo juro por Artur” o, durante el metálico orgasmo, un “sí” con una desagradable prolongación de la s; en el post coito, se cambiaría el pitillo por el Cohíba y se bebería con desaire champán francés.

Y es que el sexo hace olvidar incluso los nacionalismos.

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